23 febrero 2012

PEDRO DE NAVARRA






En el año 2010 fue noticia el descubrimiento de los restos de Pedro II de Navarra en la Iglesia de San Pedro de la Rúa de Estella, en la cripta de los mariscales. La importancia de este personaje en la resistencia a la conquista y ocupación de Navarra iniciada por el rey Fernando de Aragón, llamado el católico, en 1512 y en los hechos que condujeron a la ocupación y dominio del reino, está fuera de toda duda. Su integridad y fidelidad a la causa de su patria y sus reyes legítimos son ejemplares y merecen ser tenidos en memoria permanente por los navarros.

El mariscal Pedro II era el jefe supremo del ejército navarro en la guerra de Conquista de Navarra iniciada en 1512. Después de la invasión del reino por las tropas castellanas, se llevaron a cabo varias contraofensivas para recuperarlo. En la segunda ocasión, en marzo de 1516, el mariscal Pedro II pasó desde la Baja Navarra hacia Roncal con 1.200 hombres. La intención era unirse con las tropas del rey Juan de Albret que debían entrar en la Alta Navarra por Orreaga para converger ambos sobre Pamplona. En este intento de recuperación del reino no hubo apoyo francés y las fuerzas navarras resultaron escasas. Las tropas castellanas del coronel Villalba se interpusieron entre ambos cuerpos del ejército navarro, lo que unido al mal tiempo y la imposibilidad de retirada hacia ultrapuertos produjo la derrota del mariscal y su rendición en Isaba al coronel Cristóbal Villalba, que lo hizo prisionero.

El mariscal fue llevado preso en primer lugar a la fortaleza de Atienza. Allí el 29 de mayo de 1518, en nombre de Carlos I se le hizo una oferta de perdón, a cambio de jurar fidelidad. Su negativa fue por escrito con las siguientes palabras:

“Una vez más suplico, con toda humildad posible a su Majestad, se sirva demostrar conmigo la magnificencia que ha de esperarse de semejante Majestad, devolviéndome la libertad entera y el permiso de ir servir a quien estoy obligado. La fidelidad, la limpieza que su Alteza quiere y estima de sus servidores, yo podré guardarla a los míos, y por ello me tornaré cautivo y esclavo de su servicio”.

Posteriormente, fue trasladado a la prisión de Simancas. El 24 de noviembre de 1522, mientras su hijo luchaba en la fortaleza de Hondarribia, apareció acuchillado. La información oficial dijo que se suicidó. La controversia sobre la causa inmediata de su muerte sigue en pie todavía, aunque en cualquier caso y sin ninguna duda, estuvo provocada por su prisión. Incluso tras su muerte, Carlos V, en Cédula de 9 de febrero de 1523, confiscó sus bienes y los de su familia.

Una vida ejemplar de servicio a la causa de la justicia y la libertad. Un claro compromiso del que quedó excluido cualquier tipo de traición o componenda. La de Pedro II fue la última generación que pudo comportarse así. A partir de 1530 la estabilidad de la ocupación española convirtió el ambiente de la Navarra ocupada en asfixiante. La construcción de las nuevas murallas y de la ciudadela, modelos de sistema defensivo del invasor frente a los propios pobladores, supusieron una vuelta de tuerca más en la opresión y expolio del pueblo navarro. Simultáneamente, la cúspide social: militar, religiosa y política se veía ejercida, o cuando menos interferida gravemente, por administradores y políticos españoles.

La memoria de lo ocurrido en esos años cruciales, de 1512 a 1530, se iba viendo progresivamente sustituida por el relato del invasor. “Los vencedores escriben la historia”, se dice con razón. La “historia” que se contaba desde la imperial España suponía la aniquilación narrativa de la nación navarra. En efecto, las historias de Mariana con relación a Castilla y Zurita con Aragón, en las que la realidad de Navarra era expuesta dentro de un marco de intereses ajenos, forzaron a que la cortes de Navarra intentaran elaborar la propia y desde su particular centralidad. En esta situación las cortes del reino encargaron al jesuita Moret la redacción de su historia. De ahí surgieron los famosos “Anales del reino de Navarra” escritos en 1677, aunque publicados en 1684. En la obra de Moret se expone la historia nacional de Navarra y de su conquista, aunque acepta la teoría del pacto como modelo por el cual Navarra se “incorporó” a Castilla, manteniendo sus instituciones. Muy distinta es la versión escrita desde los territorios de una Navarra independiente por el zuberotarra y síndico de Saint Palais, Oihenart, que habla de “injusta usurpación y retención de Navarra por los españoles”. Las autoridades ocupantes de la Alta Navarra denegaron a Oihenart el permiso necesario para investigar en los archivos de Pamplona datos sobre la conquista y ocupación de la Alta Navarra.

Hoy, en vísperas del 500 aniversario de la invasión y ocupación de Navarra por España, nos encontramos en un momento especialmente oportuno para reivindicar la memoria de un navarro insobornable, que pagó con su vida la fidelidad a su patria y a sus reyes legítimos: Pedro II, mariscal de Navarra.



Bibliografía

Esarte Muniain, Pedro. “Represión y reparto del Estado navarro (siglos XVI y XVII) La nación vasca, expolio franco-español”. Pamplona-Iruñea 2007. Editorial Pamiela.

Esarte Muniain, Pedro. “Breve historia de la invasión de Navarra (1512-1530)”. Pamplona-Iruñea 2011. Editorial Pamiela.

Monteano Sorbet, Peio J. “La Guerra de Navarra (1512-1529) Crónica de la conquista española” Pamplona-Iruñea 2010. Editorial Pamiela.

Pescador Medrano, Aitor. “Francisco de Xabier. Nacimiento de un mito, muerte de una nación”, Tafalla 2006. Editorial Txalaparta.



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LA FAMILIA DE LOS MARISCALES DE NAVARRA

La “casa de Navarra”, también conocida como “casa de los mariscales” tiene su origen en Leonel (1377-1413), hijo natural de Carlos II Evreux, conocido como “el Malo” siguiendo la denominación, ampliamente aceptada, propuesta por los cronistas franceses y de Catalina de Lizaso. Fue, por lo tanto, medio hermano del rey Carlos III el Noble, con el que mantuvo una estrecha y buena relación como fiel y leal vasallo.

Le sucedió como mariscal de Navarra su hijo natural Felipe, nacido en Estella en fecha indeterminada, de María Juan. Fue este Felipe quien a través de su matrimonio en 1424 con Juana de Peralta, hija de Mosén Pierres “el Viejo”, pasó a formar parte importante de lo que, tras su muerte en 1450, sería el conflicto entre el rey viudo-consorte de la reina Blanca, don Juan II de Aragón y su hijo el príncipe Carlos de Viana. El hijo de ambos, Pedro I de Navarra, siguiente mariscal del reino y primer jefe del partido “agramontés”, tomó las armas contra Carlos de Viana en favor de su padre don Juan. Murió a manos del hermano del jefe de la facción contraria, Felipe de Beaumont, mientras acompañaba a la princesa Leonor en una entrada clandestina en Pamplona. A pesar de los intentos de hacer justicia, el poder beamontés no consintió que se ejecutara la sentencia de muerte sobre Felipe.

Del matrimonio de Pedro I con Inés Enríquez de Lacarra nació Felipe, también mariscal del reino. Cuando en 1480 el mariscal Felipe II se dirigía de Sangüesa a Villafranca y cerca del Monasterio de la Oliva, su enemigo el II conde de Lerín, Luis III de Beaumont, le tendió una emboscada y Felipe fue lanceado y muerto por el Conde. Le sucedió como cabeza del linaje su muy joven hermano Pedro, que sería conocido como Pedro II.

Pedro II casó con Mayor de la Cueva, matrimonio del que nació Pedro que, más adelante, sería también mariscal del reino por nombramiento del emperador Carlos V el mismo día en que otorgó perdón a los agramonteses por Real Cédula de 29 de abril de 1524. Ayudado por el hijo de Pedro II, el almirante Bonnivet tomó Hondarribia el 19 de octubre de 1521. Tras un asedio de más de dos años, el 19 de febrero de 1524 capituló, rindiendo la plaza al Condestable de Castilla.


Nota

Este texto es mi colaboración en el libro publicado por Irujo Etxea con motivo del 500 aniversario del comienzo de la conquista y ocupación de Navarra en 1512. 

08 febrero 2012

SOBRE CRISIS Y ESTADOS



Muchas veces se ha repetido entre nosotros la idea de la superación de los estados en un mundo globalizado, en el que los poderes subestatales tienen, al mismo tiempo, cada vez más capacidad de maniobra. El mantra “el Estado es algo obsoleto en nuestra época” se ha llegado a convertir en algo tan monótono y pesado como una guía de teléfonos. También se ha dicho que por mucho repetir una mentira no se convierte en verdad. La monserga de la obsolescencia del Estado es un caso particular de mentira que se pretende elevar a verdad a fuerza de repetirla. Interesadamente, por supuesto.

Ya es sabido que muchas de las políticas en las que se basó históricamente el modelo de estados surgido en Westfalia (1648) han quedado realmente desfasadas como actividad soberana de los mismos y que se han traslado a niveles superiores, de organizaciones supraestatales. Mucho cuidado, supraestatales, no internacionales, que sería algo muy distinto. Las políticas económicas constituyen en estos tiempos de crisis su paradigma.

Y las cosas suceden así en dos niveles que se pueden comprobar cotidiana y sencillamente con la lectura o escucha de cualquier medio de comunicación. Uno sucede en el ámbito global de las grandes decisiones macroeconómicas y el otro en el campo interno de los estados, en el momento de aplicar esas recetas generales.

El primero consiste en que quienes diseñan dichas políticas no son directamente los estados, por lo menos no todos los estados, sino que son agentes económicos a nivel mundial en connivencia con los estados más poderosos. Pero quien tiene que hacer los deberes, es decir el que debe tomar las medidas concretas que afectan a las personas corrientes, sí son los estados, por muy de tercera división que sean. “Grecia tiene que hacer los deberes”, “Portugal no debe endeudarse más”, “España no está cumpliendo sus compromisos” o bien “Islandia parece que capea el temporal”. Nunca se oirá que “Escocia saca adelante un plan estabilidad económica”, “Navarra cumple los compromisos derivados de su deuda”, “Flandes está en el camino de la recuperación” o “Cataluña entra de nuevo en fase de crecimiento”. Los sujetos en el plano mundial, en los asuntos económicos también, son siempre los estados.

El segundo aparece más difuminado pero, en el fondo, es más preocupante ya que nos atañe muy de cerca. Se trata de la conocida cantinela de las fusiones empresariales en general y bancarias en particular y como caso de gran trascendencia para una futura política independiente de las naciones que, sometidas a otras, quieren emanciparse mediante su acceso al estatus de sujeto político con un Estado independiente propio. Esta voluntad de independencia requiere un sistema financiero autocentrado para ser viable. Cuando en el Estado español se habla de fusiones bancarias nunca se ha planteado, ni se planteará, la hipótesis de fusión entre entidades que tengan su base de operaciones fuera del territorio que controla. Siempre serán dentro de la “perfecta unidad entre los hombre y las tierras de España”. Además, añado de mi cosecha, con la sana intención de derribar esas fronteras regionalistas y localistas que “pretenden imponer los nacionalismos trasnochados”. Y de afianzar su “unidad nacional”.

La política económica que perpetran los estados ocupantes está dirigida directamente a minar las bases económicas sobre las que necesariamente deberá asentarse nuestra futura independencia. Tratan, por el contrario, de asegurar su puesto a nivel global apoyándose en el control y expolio de los “recursos” (humanos y materiales) de las naciones sometidas a su férula, en provecho propio y del grupo nacional que les da soporte.

Sucede exactamente lo mismo con sus políticas lingüísticas, culturales y de cohesión social. Las pagamos todas las naciones que domina su Estado y sólo favorecen a la suya. Cuando levantas el dedo para denunciarlo, inmediatamente te acusan de “identitario”, “estrecho de miras”, “provinciano” o cualquier otro epíteto despectivo. ¿Qué pasa cuando son ellos los que lo hacen? ¿Por qué no se los aplican? ¿No dicen que vivimos en un mundo global y sin fronteras? Vamos a jugar todos en igualdad de condiciones y dejarnos de monsergas. Necesitamos nuestro Estado.

07 febrero 2012

VERANO DE 1512


Cuando el 19 de julio (¿a qué me recuerda esta fecha?) de 1512 las tropas españolas procedentes de Vitoria entraron en el territorio de lo que todavía era reino independiente de Navarra es posible que produjeran pasmo y, seguro, temor en los pobladores de la Burunda y la Barranca. El paso fue muy rápido ya que el día 22 ya pernoctaron en Huarte-Arakil y, a pesar de la resistencia de seiscientos roncaleses en Oskia, llegaron a Pamplona el día 23, pernoctaron en Arazuri y el 23 en la Taconera de Iruñea. El 25 se rendía la capital del reino ante la abrumadora superioridad de las tropas conquistadoras frente a su población, en una relación de cuatro a uno. 5.000 habitantes frente a un ejército de unos 20.000 efectivos humanos, un armamento moderno y una técnica militar de última generación. Sobre los efectivos del ejército invasor cito textualmente lo que sobre el asunto aparece en Wikipedia:

El ejército castellano se fue concentrando en Vitoria. Estaba a las órdenes de Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba, y entre sus mandos figuraban experimentados militares, como los coroneles Rengifo y Villalba. Constaba de 2.500 jinetes, 12.000 infantes, 1.500 lanzas y 20 piezas de artillería con sus sirvientes; a los que había que añadir 400 hombres al mando de Antonio de Acuña, obispo de Zamora. Entre estas tropas estaban 750 infantes de los temidos tercios de Bugía precedentes del norte de África, traídos a bordo de galeras hasta Bilbao.

Con seguridad los pobladores de Sakana no fueron conscientes en aquel momento de la trascendencia histórica de los hechos que fueron los primeros testigos en la Navarra libre. Al ser tan rápido el acontecimiento, es posible que tampoco sufrieran demasiado lo que supone para una población muy reducida el paso por su territorio de 20.000 hombres armados con toda la parafernalia militar correspondiente.

Ahora que estamos en las puertas del 500 aniversario de estos hechos tenemos una amplia perspectiva histórica de sus secuelas. Pueden parecer lejanos en el tiempo. Habrá quien diga que quinientos años son muchos años, pero las consecuencias se manifestaron muy pronto y, sobre todo, han sido permanentes hasta el momento presente.

Los vascos en su desarrollo histórico tuvieron la capacidad de crear, como otros pueblos de Europa y frente a sus dos potentes vecinos, un Estado propio. Soberano. Independiente. El reino de Navarra expresaba en su constitución política la cultura social del pueblo de los Pirineos. Una cultura de solidaridad (auzolan), con un importante igualitarismo social y de una clara insumisión frente a poderes arbitrarios extraños. El Fuero General y el movimiento de los Infanzones (de Obanos, por ejemplo) de los siglos XIII y XIV son sus primeras expresiones.

La pervivencia el euskera como idioma propio se asienta sobre la independencia política del reino navarro. Tanto en La Rioja como en Huesca se encuentran, en la Baja Edad Media, textos legales reprimiendo el uso público del euskera. Eso nunca sucedió en los territorios de la Navarra soberana.

La estructura política del Estado independiente reafirmó todo ello, nacionalizó, como afirma Lacarra, la propia sociedad navarra. Tras la conquista en 1200 de la parte occidental del reino los territorios ocupados por Castilla siguieron siendo vascos (étnica y lingüísticamente) pero dejaron de ser políticamente navarros. De esa fecha procede la triste división, hoy tan explotada por el nacionalismo español, entre “vascos” y “navarros”.

A partir de esa fecha las cosas cambiaron mucho en la Alta Navarra. A nivel político la subordinación a los ocupantes era un clamor cotidiano, pero en el aspecto lingüístico también hubo novedades tristes. Mientras al norte del Pirineo, hasta 1620, se mantuvo el reino independiente se produjo, merced a la Intervención de la reina Juana III de Albret, el acceso del euskera a lengua de cultura. Etxepare y Lizarraga, con la traducción del Nuevo Testamento por el segundo, fueron sus más destacados artífices. Por el contrario, en esa época en Alta Navarra, ocupada por España, se prohibía la impresión de libros en “lingua navarrorum”.

1512 supuso un hito de primera magnitud en un proceso cuyas consecuencias sufrimos en estos complicados y críticos comienzos del siglo XXI. El llamado “conflicto vasco” no tiene su origen en el franquismo. Tampoco en las guerras carlistas del siglo XIX. Sus verdaderos orígenes se remontan en el tiempo a la conquista de un Estado vasco independiente, Navarra, de su ocupación y sometimiento, según el título del  libro de Pedro Esarte, y de lo que supone a todos los niveles la pérdida de la soberanía política.

La superación democrática del conflicto y la presencia del pueblo vasco como sujeto en el mundo exige que nos planteemos con seriedad la (re)constitución del Estado que fuimos capaces de construir y que nos fue injustamente arrebatado.



1512KO UDA


1512ko uztailaren 19an (zer dakarkigu gogora egun honek?), espainiar armada Nafarroako Erresuman sartu zenean, Sakanako biztanleek harridura eta batez ere beldurra sentitu zutela pentsa daiteke. Tropen igarotzea oso azkarra izan zen; uztailaren 22an Uharte-Arakilen eman zuten gaua eta, Erronkariko 600 biztanlek Oskian aurre egin bazieten ere, 23an Iruñera iritsi ziren. Arazurin eman zuten gaua, eta 24an Iruñeko Taconeran. 25ean hiriburuak amore eman zuen, konkista indarren nagusitasuna ikusirik: biztanle bakoitzeko 4 gerlari zeuden. 5.000 biztanle, armamentu eta teknika militar berritzaileak zerabiltzan 20.000 soldaduko armadaren aurka.

Hona hemen bertaratutako tropen tamainari buruzko aipamena: “gaztelar armada Gasteizen bildu zen. Fadrique Álvarez de Toledo, Albako bigarren dukea, zuten buruzagi eta kapitainen artean eskarmentu handiko militarrak ziren, Rengifo eta Villalba koronelak kasu. 2.500 zaldunek, 12.000 oinezkok, 1.500 lantzarik eta 20 artilleria-piezak osatzen zuten; gainera Antonio Acuña Zamorako apezpikuaren aginduetara zeuden beste 400 gizon zituzten lagun. Tartean ere, Bgayet (Afrikako iparraldean) lurraldetik ekarritako 750 gizon ziren” (Wikipedia).

Litekeena da Sakanako biztanleak begien bistan zuten gertakari haien garrantzia historikoaz ez ohartzea. Gaur egun, ordea, badakigu gertakari haiek zoritxarrez beteriko epe luzea iragartzen zutela, berezko Estaturik gabekoa, subiranotasun eta independentziarik gabekoa. Nafarroa Espainiako gau luzean sartu zen horrela, eskasia eta gerra arrotzetan, askatasunik gabe eta bere hizkuntza eta kultura ukatuak zirela. Oraindaino.

GUAIXE.NET 2011ko azaroak 11 (350. zenbakia)



18 diciembre 2011

PARADIGMA NAVARRO



Un tema recurrente en diversos medios de comunicación españoles es aquel que dice que el País Vasco y Catalunya no han tenido jamás un Estado propio, con lo cual su historia no podría ser considerada una historia nacional dado que se trataría de una parte de la historia de España. Los españoles, claro está, sí que tendrían un pasado nacional. Los vascos y los catalanes, en cambio, no. Ello se explicaría mediante las conclusiones a las que ha llegado el ámbito científico español, después de múltiples estudios, según las cuales el origen de España se encontraría en el Big Bang. Es cierto que la Conferencia Episcopal Española mantiene un punto de discrepancia en esta cuestión, ya que considera la creación del mundo obra de Dios y no la consecuencia de una explosión cosmológica, con lo cual, según ella, España no sería el fruto de una expansión del universo, sino de una voluntad divina. Pero se trata sólo de un matiz intrascendente, ya que, más allá de la duda eclesiástica de si el nacimiento de España se produjo en el primero o en el sexto día de la Creación, es decir, si fue con la creación de la Tierra o con la creación de los humanos, tanto la Conferencia Episcopal Española como la ciencia coinciden en que la antigüedad sería la misma.

Me temo, por todo ello, que el libro “Paradigmanafarra/El paradigma navarro”, de Luis Mª. Martínez Garate, publicado estos días por Nabarralde, será recibido como una herejía en los ambientes científicos y eclesiásticos españoles, ya que tiene la osadía de afirmar con pruebas documentales no sólo que los vascos no son españoles sino que tuvieron su Estado hasta que fue ocupado por España y Francia. Y además lo hace de manera diáfana, ilustrativa y amena con el fin de aumentar la autoestima vasca, de dotarla de argumentos irrebatibles y, en definitiva, de fortalecer su conciencia nacional. En tan sólo 115 páginas, que en realidad son la mitad puesto que está en dos idiomas, euskera y español, Martínez Garate desmonta un montón de tópicos sobre la pretendida españolidad de los vascos a través de diversos ámbitos entre los cuales hallamos la historia, la memoria, la identidad, la nación, el territorio, la lengua y la emancipación.

En este fragmento, el autor nos habla del Estado de los vascos: “Navarra es el eje de la realidad vasca, su centralidad política. Por eso es tan importante la memoria de los hechos que acompañaron y sustentaron la conquista y la dominación, de los intentos de asimilación y de todos los acontecimientos de los siglos XIX, XX y XXI. Navarra es el único Estado histórico del pueblo vasco, con todos los atributos y trascendencia que el término conlleva. (…) Sin la existencia de un Estado navarro independiente y los restos de su soberanía tras las conquistas –el llamado sistema foral–, el euskera habría pasado casi con seguridad a engrosar la lista de lenguas muertas”.

En el apartado dedicado a la identidad, Martínez Garate habla de la importancia de mantener viva la conciencia nacional para no sucumbir a las estrategias del dominador: “Si una sociedad dominada no plantea su propia memoria histórica, de hechos y de lugares, ese espacio será automática e inmediatamente ocupado por los de la sociedad correspondiente a la estructura política dominante. Así lo experimentamos los vascos en la cotidianeidad más vulgar. A través del imaginario con el que se ha representado peyorativamente a nuestra sociedad, el vasco aparece bruto, aunque noble; un poco tonto, pero despierto para algunas labores; tal vez alguno, “versolari” y, sobre todo, fundamentalmente aldeano. Españoles y franceses, en cambio, se muestran reyes, generales, presidentes, científicos, literatos, músicos y pintores. Todo un ejemplo de intoxicación “no identitaria”. (…) Dicho de otro modo: si no somos capaces de tener un punto de vista propio, nuestra centralidad, geográfica o territorial sí, pero sobre todo histórica y social, adoptaremos indefectiblemente la de quienes a lo largo del proceso histórico conquistaron y ocuparon nuestro país, le arrebataron su soberanía y minoraron y persiguieron su lengua, cultura e instituciones políticas propias”.

Finalmente, “Paradigma nafarra/El paradigma navarro” aborda el lavado de cerebro a que ha sido sometido el pueblo vasco: “El problema no somos nosotros para España y Francia. Ellos son nuestro problema real, ellos constituyen el problema que nos impide un desarrollo “normal” a cualquier nivel: lingüístico, cultural, económico, social, etc. (…) Los términos que utilizamos cotidianamente indican nuestro pensamiento de fondo. La colonización a la que estamos sometidos alcanza niveles insospechados. (…) La triste realidad es que el actual sistema político español está creado precisamente contra Navarra y contra Catalunya. Respetando su “democracia”, en su letra y en su trasfondo, nunca conseguiremos, ni unos ni otros, nuestra realización nacional plena. Siempre seremos elementos dispersos y subordinados a su voluntad “general”.

El libro, como vemos, aborda diferentes aspectos de la realidad vasca y constituye una inyección de firmeza y asertividad como escudo de protección contra el pensamiento oficial, que es aquel que transmiten los grandes altavoces mediáticos españoles cuya raíz, pese a su apariencia democrática, es tristemente totalitaria. Hay una solución, sin embargo, y se encuentra en la comprensión de esta frase del libro: “La existencia objetiva de un pueblo no es garantía de su supervivencia. Es necesario además que ejerza poder, que tenga voluntad de ser y que lo manifieste explícitamente”.


Berria, 2011/12/18

EL PARADIGMA NACIONAL



Paradigma nafarraUn tema recurrent en diversos mitjans de comunicació espanyols és aquell que diu que Catalunya i el País Basc no han tingut mai un Estat propi, per la qual cosa la seva història no podria ser considerada una història nacional, atès que es tractaria d'una part de la història d'Espanya. Els espanyols, és clar, sí que en tindrien, de passat nacional. Els bascos i els catalanes, en canvi, no. Això s'explicaria gràcies a les conclusions a què ha arribat l'àmbit científic espanyol, després de múltiples investigacions, segons les quals l'origen d'Espanya es trobaria en el Big Bang. És cert que la Conferència Episcopal Espanyola manté un punt de discrepància en aquesta qüestió, ja que considera la creació del món obra de Déu i no pas la conseqüència d'una explosió cosmològica, raó per la qual, segons ella, Espanya no seria el fruit d'una expansió de l'univers, sinó d'una voluntat divina. Però es tracta només d'un matís intranscendent, ja que, més enllà del dubte eclesiàstic de si el naixement d'Espanya es va produir en el primer o en el sisè dia de la Creació, és a dir, si va ser amb la creació de la Terra o amb la creació dels humans, tant la Conferència Episcopal Espanyola com la ciència coincideixen en què l'antiguitat seria la mateixa.
Davant d'això, em temo que el llibre Paradigma nafarra / El paradigma navarro, de Luis M. Martínez Garate, publicat aquests dies, serà rebut com una heretgia en els ambients científics i eclesiàstics espanyols, ja que té la gosadia d'afirmar amb proves documentals no sols que els bascos no són espanyols sinó que van tenir el seu Estat fins que va ser ocupat per Espanya i per França. I a més ho fa de manera diàfana, il·lustrativa i amena a fi d'augmentar l'autoestima basca, de dotar-la d'arguments irrebatibles i, en definitiva, d'enfortir la seva consciència nacional. En només 115 pàgines, que en realitat són la meitat, perquè està en dues llengües, èuscar i espanyol, Martínez Garate esmicola un munt de tòpics sobre la pretesa espanyolitat dels bascos en diversos camps, com ara la historia, la memòria, la identitat, la nació, el territori, la llengua i l'emancipació.

En aquest fragment, l'autor ens parla de l'Estat dels bascos:
  •  "Navarra es l'eix de la realitat basca, la seva centralitat política. Per això és tan important la memòria dels fets que acompanyaren i sostingueren la conquesta i la dominació, dels intents d'assimilació i de tots els esdeveniments dels segles XIX, XX i XXI. Navarra es l'únic Estat històric del poble basc, amb tots els atributs i transcendència que el terme implica. (...) Sense l'existència d'un Estat navarrès independent i les restes de la seva sobirania després de les conquestes -l'anomenat sistema foral-, és gairebé segur que l'èuscar hauria passat a engruixir la llista de llengües mortes."
En l'apartat dedicat a la identitat, Martínez Garate parla de la importància de mantenir viva la consciència nacional per no sucumbir a les estratègies del dominador:
  • "Si una societat dominada no planteja la seva pròpia memòria històrica, de fets i de llocs, aquell espai serà immediatament ocupat pels de la societat corresponent a l'estructura política dominant. Així ho experimentem els bascos en la quotidianitat més vulgar. A través de l'imaginari amb què s'ha representat pejorativament la nostra societat, el basc apareix rude, tot i que noble; un xic babau, però despert per a algunes tasques; potser algun sigui "versolari", i, fonamentalment provincià. Espanyols i francesos, en canvi, es mostren reis, generals, presidents, científics, literats, músics i pintors. Tot un exemple d'intoxicació "no identitària". (...) En altres paraules: si no som capaços de tenir un punt de vista propi, la nostra centralitat, geogràfica o territorial sí, però sobretot històrica i social, adoptarem indefectiblement la dels qui al llarg del procés històric van conquerir i ocupar el nostre país, li arrabassaren llur sobirania i minoraren i perseguiren llur llengua, cultura i institucions polítiques pròpies."
Finalment, Paradigma nafarra / El paradigma navarro aborda la rentada de cervell que ha patit el poble basc:
  • "El problema no som nosaltres per a Espanya i França. Ells són el nostre problema real, ells constitueixen el problema que ens impedeix un desenvolupament "normal" a qualsevol nivell: lingüístic, cultural, econòmic, social, etc. (...) Els termes que emprem quotidianament indiquen el nostre pensament de fons. La colonització a què estem sotmesos assoleix nivells insospitats. (...) La trista realitat és que l'actual sistema polític espanyol està creat precisament contra Navarra i contra Catalunya. Respectant la seva 'democràcia', en la seva lletra i en el seu rerefons, mai no aconseguirem, ni els uns ni els altres, la nostra realització nacional plena. Sempre serem elements dispersos i subordinats a la seva voluntat 'general'."
El llibre, com veiem, aborda diferents aspectes de la realitat basca i constitueix una injecció de fermesa i d'assertivitat com a escut de protecció contra el pensament oficial, que és aquell que transmeten els grans altaveus mediàtics espanyols l'arrel dels quals, malgrat la seva aparença democràtica, és tristament totalitària. Hi ha una solució, tanmateix, i es troba en la comprensió d'aquesta frase del llibre: "L'existència objectiva d'un poble no és garantia de la seva supervivència. Cal, a més, que exerceixi poder, que tingui voluntat de ser i que ho manifesti explícitament".

Víctor Alexandre

Twitter: @valex_cat

e-noticies 2011/12/18

PARADIGMA NAFARRA


Komunikabide espainol batzuetan, behin eta berriz aipatu ohi dute Euskal Herriak eta Kataluniak sekula estatu propiorik izan ez dutelakoa; hortaz, haien historia ez litzateke nazio historiatzat hartu beharko, Espainiako historiaren parte bat izango bailitzateke. Espainolek bai, jakina, izango lukete iragan nazional bat. Euskaldunek eta katalanek, aldiz, ez. Hori, berriz, eremu zientifiko espainolak azkenaldian atera duen ondorio batek azalduko luke, ikerlan asko egin eta gero ondorioztatu baitu Big Bang-ean bertan dagoela Espainiaren jatorria. Egia da Espainiako Apezpikuen Biltzarra ez datorrela guztiz bat kontu horretan, Jainkoaren lantzat baitauka munduaren sorrera, eta ez leherketa kosmologiko baten ondoriotzat; hortaz, haren ustez, Espainia ez litzateke izango unibertsoaren hedapen baten emaitza, baizik eta Jainkoaren nahiarena. Baina hori ñabardura garrantzigabe bat besterik ez da; izan ere, zalantza eklesiastikoaz harago —Espainiaren jaiotza Sorrerako lehen edo seigarren egunari ote dagokion, alegia, Lurraren sorrerarekin edo gizakien sorrerarekin bat datorren—, Espainiako Apezpiku Biltzarra eta zientzia bat datoz berbera izango litzatekeela antzinatasuna.

Horregatik guztiagatik, beldur naiz Luis M. Martinez Garateren Paradigma nafarra liburua, Nabarraldek egunotan argitaratua, ez ote duten heresiatzat hartuko Espainiako alor zientifiko eta eklesiastikoetan; hainbat dokumentu froga gisa baliatuta, egileak ausardiaz baieztatzen baitu, batetik, euskaldunak ez direla espainolak, eta, bestetik, beren estatua izan zutela Espainiak eta Frantziak okupatu zuten arte. Eta, gainera, modu argi, adierazgarri eta atseginean azaldu du, euskaldunen autoestimua areagotzeko, ezin gezurtatuzko argudioak emateko eta, azken batean, haien nazio kontzientzia sendotzeko. Guztira 115 orrialde besterik ez du —egiaz, erdia, hizkuntza bitan baitago: euskaraz eta gaztelaniaz—, eta, horietan, Martinez Garatek desegin egiten du euskaldunei egotziriko nahitako espainoltasunaren inguruko topiko mordoa, hainbat alorretakoak: hala nola historia, memoria, identitatea, nazioa, lurraldea, hizkuntza eta emantzipazioa.

Honako zati honetan, euskaldunen estatuaz mintzo zaigu egilea: «Nafarroa da euskal errealitatearen ardatza, erdigune politikoa. Horregatik da hain garrantzitsua memoria: besteak beste, konkistak eta menderakuntzak ekarritako eta euskarri izandako egintzena, asimilazio ahaleginena eta XIX., XX. eta XXI. mendeetako gertakari guztiena. Nafarroa da euskal herriaren Estatu historiko bakarra, horrek berekin dakartzan ezaugarriekin eta garrantziarekin. […] Estatu nafar independenterik izan ez balitz eta konkisten ondoren haren subiranotasunak hondarrik utzi ez balu —foru sistema deritzona—, hizkuntza hilen artean beste bat izango litzateke euskara, ia ziur».

Identitateari buruzko atalean, Martinez Garatek hizpidera dakar nazio kontzientziari bizirik iraunaraztearen garrantzia, menderatzailearen estrategiei ez amore emateko. «Gizarte menderatu batek ez badu proposatzen bere egintza eta tokien memoria historiko propiorik, haien tokia hartuko dute, modu automatikoan eta berehala, egitura politiko garaileari dagokion gizartearen egintza eta tokiak. Hala bizi izan dugu euskaldunok eguneroko bizimodurik arruntenean. Gure gizartea iruditeria gaitzesgarri baten bidez agertu izan dute: basa baina noble agertu izan dute euskalduna; tonto samarra baina bizkorra zenbait zereginetarako; agian, bat edo beste, bertsolari; eta, batik bat, zeharo abarkadun. Espainolak eta frantsesak, ordea, errege, jeneral, presidente, zientzialari, literato, musikari eta pintore agertu izan dituzte. Intoxikazio «ez-identitarioaren» erakusgarri ederra. […] Bestela esanda: ez baldin bagara gai ikuspegi propio bat izateko, gure zentraltasun bat izateko —geografiari edo lurraldeari dagokiena, bai, baina batik bat historiari eta gizarteari dagokiena—, ezinbestean geuretzat hartuko dugu prozesu historiko osoan gure lurraldea konkistatu eta okupatu zutenen zentraltasuna, subiranotasuna ebatsi zigutenen, eta hizkuntza, kultura eta erakunde propioak gutxitu zizkigutenen eta haiei jazarri zitzaizkienen zentraltasuna». Azkenik, euskal herriari burua jan diotela du hizpide Paradigma nafarra-k: «Gu ez gara arazo Espainiarentzat eta Frantziarentzat. Haiek dira benetako arazo guretzat, haiek ditugu arazo, eta haiek eragozten digute garapen normal bat izatea edozein mailatan: hizkuntzan, kulturan, ekonomian, gizartean, eta abarretan. […] Egunero darabiltzagun hitzak ditugu barreneko pentsamoldearen adierazgarri. Ezin susmatuzkoa da zein mailatarainoko kolonizaziora behartzen gaituzten. […] Egia tristea da, hain zuzen, Nafarroaren eta Kataluniaren kontra sortutakoa dela gaur egungo sistema politiko espainola. Haien demokrazia errespetatuta, hitzetan eta muinean, sekula ez dugu erabat lortuko, ez haiek eta ez guk, gure nazioa burutan ateratzerik. Betiere osagai sakabanatuak izango gara, haien nahi orokorraren mendekoak».

Liburuak, bada, euskal errealitatearen hainbat alderdi ditu hizpide, eta sendotasun eta asertibotasun injekzio halako bat da, pentsamendu ofizialaren kontrako babes ezkutu bat, huraxe transmititzen baitute bozgorailu mediatiko espainolek, itxuraz demokratikoak izanagatik sustrai totalitarioa baitute zoritxarrez. Bada konponbide bat, ordea, eta liburuko esaldi hau ulertzean datza: «Herri baten existentzia objektiboak ez du bermatzen haren iraupena. Horrez gainera, beharrezkoa du boterea erabiltzea, izateko nahia edukitzea eta hori berariaz adieraztea».




IDAZLE ETA KAZETARIA


(Erredakzioan itzulia)

BERRIA 2011/12/18

17 noviembre 2011

EL PARADIGMA NAVARRO





Las naciones “normales”, con Estado propio, cuando escriben su historia toman como marco el territorio y población de su propio Estado. Naciones, como la nuestra, sometidas a estados extraños, no pueden tomar como referencia la historia escrita por los vencedores y dominantes. Deben hacerlo desde su propia centralidad y tomar como referencia el conjunto de su patrimonio (memoria, lengua, cultura social y política, territorio histórico, paisaje, elementos arquitectónicos, música etc.)

La forma de explicar el proceso histórico de Euskal Herria se ha realizado mediante tres modelos o paradigmas:

1.- El modelo foral, con origen en la fase inmediatamente posterior a la pérdida de independencia del reino de Navarra en los siglos XVI y XVII; su origen es atribuible a historiadores como Garibay, Ohienart y Moret, principalmente. Presenta la realidad vasca como un “pacto” con la monarquía (española o francesa) y fue parte fundamental del imaginario carlista en el siglo XIX.

2.-, El bizkaitarra, con origen en la etapa en la que el principio nacional se ha extendido por Europa a lo largo del siglo XIX; su paternidad data de la visión de los hermanos Luis y Sabino Arana Goiri. Sigue aceptando la existencia de un “pacto originario”, aunque considera irrenunciable el derecho de la nación vasca a su independencia.

3.- Ante la limitación de los anteriores modelos y su escasa capacidad de integrar con armonía, humana y territorialmente, al conjunto vasco, a finales del siglo XX se plantea el paradigma navarro. Son fundamentales las obras de Sorauren, Olaizola y Urzainqui.

El paradigma navarro considera que Navarra fue el Estado de los vascos, su máxima construcción política, en la que gozaron de soberanía en pie de igualdad con otros estados europeos. Presenta la posterior institucionalización foral tras las diversas fases de ocupación militar, no como pactos libres sino como una especie de estatus de equilibrio entre la derrota militar y la conquista y el mantenimiento de sus propias instituciones basadas en el Derecho Pirenaico.

El paradigma navarro permite explicar y comprender mejor que cualquier otro modelo hasta la fecha el proceso histórico nacional de los vascos y su situación en los comienzos del siglo XXI, ya que:


·      Incorpora la globalidad humana y territorial del país
·     No se circunscribe a las limitaciones impuestas por los sistemas políticos y administrativos de la dominación
·      No acepta ninguna autolimitación humana ni territorial de la propia sociedad
·     Plantea unas perspectivas de futuro, realistas e integradoras, a las demandas de libertad y democracia, concretadas en el principio irrenunciable a la “libre disposición”
·     Presenta nuestra reivindicación en el plano internacional, no como un simple asunto interno de los estados español y francés


Referencia bibliográfica

"Paradigma nafarra" / "El paradigma navarro". Luis María Martínez Garate
Pamplona-Iruñea 2011. Nabarralde



16 noviembre 2011

UNA HISTORIA VASCA DE BOLSILLO

Los libros de bolsillo tienen, o deben tener, la cualidad de ser asequibles, de lectura fácil, amenos, que enganchen. Se pueden leer en cualquier lugar: en el tren, en la villavesa, en el tranvía o en el trole, sentado tranquilamente en la Media Luna, La Florida, Cristina Enea o en una butaca en la propia casa.

Lo que nos ofrece Iñaki Egaña en su nuevo libro editado por Nabarralde es un verdadero libro de bolsillo, un trabajo que nos puede acompañar en cualquier situación en la que dispongamos de un cuarto de hora para leer. Está muy bien escrito. Y, además, es riguroso.

Egaña ha escogido un conjunto de “hechos, episodios y situaciones”, como reza su título, de la historia de nuestro País. Su trabajo conforma una buena selección, de modo que cubre, en la práctica, los acontecimientos más importantes del proceso histórico protagonizado por la sociedad que vivió en su territorio desde la prehistoria; capítulo que, por otra parte, tiene una interesante presencia en su obra.

Los episodios de nuestro pueblo, de los distintos grupos sociales que protagonizaron su historia a lo largo de siglos están bien elegidos. También las diversas instituciones políticas en las que cristalizó el poder del pueblo vasco. En primer lugar, el Ducado de Vasconia al norte del Pirineo, en la etapa posterior a la caída del Imperio Romano que tuvo vigencia hasta la hegemonía de los francos a través de Carlomagno, con la que, tras su ocupación militar, desapareció del mapa.

Con la fallida incursión de Carlomagno a Zaragoza y la destrucción por parte de su ejército de la capital de los vascos, Pompaelo o Iruñea, la victoria de Orrega dio a luz a una potente organización política al sur del Pirineo: el reino de Pamplona hasta comienzos del siglo XII y de Navarra, a partir de la restauración García Ramírez y Sancho el Sabio a lo largo del mismo.

El Estado europeo de Navarra, máxima creación política del pueblo vasco, duró muchos siglos. Sufrió frecuentes ataques y conquistas de sus poderosos vecinos, pero logró una verdadera “nacionalización” de la sociedad vasca. Esta característica ha permitido el acceso al siglo XXI de un pueblo vivo, con una lengua y cultura propias y, sobre todo, con voluntad de acceder, de nuevo, a la condición de Estado independiente que fue durante tan largo periodo histórico.

Innumerables influencias externas ha tenido nuestro pueblo. Y muchas son las expuestas por Iñaki Egaña. Los romanos, los vikingos y la civilización musulmana entre ellas. En mayor o menor medida todas participaron en el progreso organizativo, cultural, técnico y lingüístico, de la sociedad vasca. Hubo otras, sin embargo, que apenas presentaron elementos positivos, como lo fueron las visigodas, francas y las posteriores castellanas, españolas y francesas; que sólo ofrecieron guerras, conquistas, rapiñas y ocupación. Frente a ellas el factor resistente surgió como necesidad y práctica cotidiana en nuestra cultura social. Este elemento de resistencia ha tenido su expresión de múltiples modos: sociales, políticos o armados.

Presentes están en su trabajo los viajeros que partiendo de Vasconia recorrieron el mundo. Desde Benjamín de Tudela hasta los grandes navegantes del Renacimiento, como Elcano y Urdaneta, pasando por misioneros como Xabier. Hasta llegar a la moderna diáspora vasca, producto tanto de las guerras carlistas del siglo XIX, como de la escasez del modo de vida rural de la Vasconia desestructurada socialmente que siguió a las mismas. También fue de gran importancia el exilio forzado y nueva diáspora que siguió a la guerra de 1936.

A la inversa, están presentes también personajes que visitaron desde fuera nuestra tierra. Viajeros llegaron a las tierras del reino de Navarra como Aymeric Picaud, autor del famoso Codex Calixtinus, en el siglo XII; hasta el catalán Mañé i Flaquer, tras la última guerra carlista, con su “Viaje al Oasis: El País de los Fueros”. Unos, como el primero, hablaban maldades de nuestra sociedad; otros, como el último, la idealizaban en extremo.

Egaña no escurre el bulto ante los conflictos internos como lo fueron las luchas de bandos, o los conflictos internos con grupos minoritarios como agotes, judíos o gitanos. Trata con detalle e interés los hechos políticos que removieron a los estados ocupantes de Euskal Herria como la Revolución Francesa y su secuela napoleónica y que influyeron de forma decisiva sobre la parte norte de Vasconia. Esta influencia negativa llegó a su punto más alto con la obligatoriedad del servicio al ejército francés en las dos guerras mundiales del siglo XX. “Morts pour la patrie”. También relata el autor los intentos españoles que, a partir de Godoy, trataron de eliminar el sistema foral vasco y que condujeron a las guerras carlistas. Presentes están en su trabajo, ¡no podía ser menos!, el jefe militar de los vascos en aquella etapa histórica, Zumalakarregi, y su bardo, Iparragirre.

Los conflictos armados que condicionaron negativamente la evolución de sus estructuras políticas ocupan asimismo un importante lugar en la obra. La conquista de la parte occidental del reino en 1200, los hechos de Noain, Amaiur y otros como las ya citadas guerras carlistas, hasta llegar a los bombardeos de Durango y Gernika y al desarrollo de la guerra de 1936-37, consecuencia de la rebelión militar del 18 de julio, en el País Vasco y al correspondiente terror fascista implantado a continuación.

El desarrollo cultural de la Navarra libre y del Bearne en ultrapuertos, tras las guerras y ocupación de la etapa 152-1530, tiene también su lugar con los hechos y logros alcanzados durante los reinados de dos mujeres, Margarita y su hija Juana, con sus aportaciones a la cultura del Renacimiento y al acceso del euskera a lengua de cultura, con la traducción del Nuevo Testamento por Lizarraga, respectivamente.

Los 45 capítulos que forman la obra de Egaña contienen otros muy variados aspectos. Entre ellos, y dar preferencias, se encuentran episodios como el de la peste negra, elemento determinante de la última etapa .bajo medieval, o las plurales actividades investigadoras, productivas e industriales desarrolladas por nuestra sociedad. Entre ellas nos ofrece un capítulo dedicado a la Ilustración.

No faltan las historias de vascos rebeldes como Lope de Aguirre. La disidencia social, tras la conquista, expresada en lo que españoles y franceses conocieron como el mundo de las brujas y que persiguieron con saña. El motín de la sal, la revuelta de Matalaz, las matxinadas o la Gamazada tienen sus respectivos capítulos. Las huelgas, el movimiento obrero de la etapa del franquismo y la insumisión, como la movilización social más reciente, constituyen otras partes del trabajo de Egaña.

Concluye el libro con un capítulo titulado “Violetas de Parma” en el que narra un episodio, para mi desconocido, de la segunda Guerra Mundial en el que nuestro país, concretamente la zona labortana próxima al aeropuerto de Biarritz, sufrió las consecuencias de la ocupación nazi, por una parte, y de la inexperiencia de la aviación aliada, por otra.

El recorrido histórico del autor es variado y completo. Su organización cronológica es didáctica y facilita su comprensión. El estilo no presenta la aridez tan habitual en muchos libros de historia sino que tiene un buen estilo literario. Se lee con gusto.

Un acierto de Iñaki Egaña por escribirlo y de Nabarralde por su publicación.


Referencia bibliográfica:

 Egaña, Iñaki. Vasconia: hechos, episodios y sucedidos. Pamplona-Iruñea 2011. Nabarralde

08 noviembre 2011

CONQUISTA Y OCUPACIÓN DE NAVARRA (1512-1530)

UN DEBATE HISTORIOGRÁFICO

La guerra de ocupación militar del territorio y población que en 1512 permanecía como reino independiente de Navarra ha provocado, casi de inmediato tras su acontecimiento, una polémica interminable entre las interpretaciones enfrentadas. Incluso, desde algunos puntos de vista integrados en el más rancio nacionalismo español, se ha negado que la ocupación del reino de Navarra fuera una conquista. Un ejemplo histórico de esta posición extrema es la de Víctor Pradera (1922) en el primer tercio del siglo XX.

En esta línea se encuentran quienes, además de Pradera, defienden el destino casi-eterno de Navarra como parte de España, desde la Iberia antigua o la Hispania romana, pasando por el reino visigodo de Toledo y su posterior quehacer conjunto con el resto de reinos peninsulares en la Reconquista frente al moro. Esta línea de pensamiento llega a afirmar que en el conflicto de 1512 quienes defendían los auténticos intereses de Navarra eran los que apoyaban a Castilla. Esto, dicen, por dos razones: la primera por lo ya expuesto del eterno destino español de Navarra; y la segunda, porque de no ser así, habría caído en manos de Francia; es decir, afirman que quienes luchaban contra Castilla lo hacían a favor de Francia. Según ellos, en aquel momento crítico no había navarros; sólo españoles, buenos, y franceses, malos.

Sin incurrir en un extremo tan poco respetuoso con la realidad histórica de Navarra, siempre ha habido una versión que culpabilizaba a los propios navarros de la conquista. Sus conflictos internos, guerras civiles, habían conducido al reino a una situación de ingobernabilidad no sostenible. O se integraba en España o era recuperado por Francia. Según esta interpretación, Navarra era un Estado sin sentido; tal vez no era tan siquiera un Estado.

No obstante, ya desde el fragor del mismo conflicto militar de 1512, el capitán castellano Luis Correa (1513) interpretaba los hechos de los que fue protagonista como una conquista militar pura y dura. Para suavizar este relato y darle un matiz amigable, tras la “incorporación” del reino a la Corona castellana en las cortes de Burgos de 1515, algunos hablaron de unión equae principal”, entre iguales. En aquellas cortes no estuvo presente ningún navarro. Además, según Idoia Estornés en la Enciclopedia Auñamendi, al principal heredero ideológico de Víctor Pradera, Jaime Ignacio del Burgo (2000):

Puede considerársele el padre de la muy dudosa fórmula jurídica union aeque principal invocada por los historiadores apologéticos navarros para caracterizar la incorporación del reino de Navarra a la corona de Castilla (1515), sintagma que no figura en el documento de incorporación ni en los posteriores, hasta 1645 en que aparece la fórmula unión principal, que es completada en la segunda mitad del s. XIX con el adverbio latino aeque.

La ocupación y sometimiento del reino a Castilla produjo una organización política peculiar, en la que, a pesar de la subordinación de las instituciones propias, la cultura política generada por siglos de independencia, desarrolló otras nuevas, como la Diputación del reino o el Consejo Foral, de una relativa eficacia para afrontar la nueva situación. La realidad en la que sobrevivió la parte del reino del sur del Pirineo sometida a Castilla, la Alta Navarra, fue de un constante y solapado enfrentamiento. Basta con consultar los Cuadernos de Agravios de las Cortes, reunidas con inusual frecuencia durante los siglos XVI, XVII y XVIII, sobre todo frente a las de los otros reinos “integrados” en la monarquía hispana, como las de Castilla o las, más importantes, de la Corona de Aragón: Aragón, Cataluña y Valencia.

En esta época surge la justificación de los diversos sistemas políticos de Vasconia como ‘pacto’. Las cortes del reino, frente a los relatos que estaban surgiendo en España sobre la realidad histórica y política de Navarra, encargaron al jesuita Moret la redacción de su historia. De ahí surgieron los famosos “Anales del reino de Navarra”, completados por el también jesuita Alesón. En efecto, las historias de Mariana con relación a Castilla, y Zurita con Aragón, en las que la realidad de Navarra era expuesta dentro de un marco de intereses ajenos, forzaron a que las Cortes de Navarra intentaran elaborar la propia y desde su particular centralidad. En la obra de Moret aparece con claridad la historia nacional de Navarra y de su conquista, aunque para “salvar los muebles” acepta la teoría del pacto como modelo por el cual Navarra se “incorporó” a Castilla, manteniendo sus instituciones.

En el siglo XVI y coincidente con el afianzamiento del sistema foral vascongado, Garibay expuso una teoría basada en el pacto de las Provincias con Castilla y de modo semejante justificó el estatus de la Alta Navarra tras la conquista y su relación pactada con Castilla. Muy distinta es la versión del zuberotarra y síndico de Donepaleu, Oihenart, que habla de “injusta usurpación y retención de Navarra por los españoles”. Es de reseñar el veto que encontró Oihenart, por parte de las autoridades de ocupación españolas, al presentarse en Pamplona con el fin de estudiar los archivos correspondientes a esta etapa

Como se ve, desde el siglo XVII ya se presentan, cuando menos, tres interpretaciones de la conquista de Navarra. La primera, directamente asimilacionista, es representada por los historiadores al servicio del poder de la monarquía española. La segunda, la pactista, está representada por quienes servían al mantenimiento del statu quo del reino dentro de la misma, pero desde unos intereses que se podrían llamar como de compromiso. La tercera, elaborada en esa época desde los territorios de una Navarra independiente y libre, es la que considera injusta la conquista y ocupación de la parte sur del reino.

Esta polémica despertó de nuevo a finales del siglo XIX y en el primer tercio del XX, con motivo de la reivindicación de la “reintegración foral plena”, es decir la vuelta a la situación anterior al final de la primera Guerra Carlista en la que, al menos sobre el papel, se mantenía el sistema foral vasco, tanto el del reino como los de las provincias. Esta pérdida fue un proceso iniciado, tras el Convenio de Bergara, en la “Ley de Confirmación de Fueros” de 25 de octubre de1839, con la expresión “se confirman los fueros de las Provincias Vascongadas y Navarra sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía”. Culminó con las leyes abolicionistas de de 1841 para Navarra y de 1876 para Vascongadas. Esta exigencia de reintegración foral coincide con el auge de los movimientos nacionales en Europa, del que no son ajenas las posiciones bizkaitarras de Arana Goiri. Con la citada ley de 1841, Navarra perdió su estatus formal de reino para pasar a ser una provincia española, por mucho que se dijera “foral”.

En esta época surgieron en la Alta Navarra dos bandos: los “cuarentaiunistas” y los “anticuarentaiunistas”. Los primeros defendían que la ley de 1841 fue positiva para Navarra, mientras que los segundos planteaban su negatividad. Esto cristalizó en las dos visiones de la historia que ya venían de antiguo. Incluso dentro de la primera tendencia, los partidarios de la ley de 1841 presentaban dos aspectos: el pactista vergonzante que aun aceptando el hecho de la conquista como factor negativo, valoraban positivamente el nuevo “pacto” que supuso dicha ley, y los que como el ya citado Víctor Pradera pensaban que los navarros que lucharon por su independencia eran, en realidad, enemigos de Navarra. Los contrarios, anticuarentaiunistas, opinaban como Oihenart que la conquista había sido injusta y contraproducente en todos los aspectos de la vida social y política, y los efectos de la ley de 1841, negativos. Entre estos se encontraba Arturo Campión.

El debate, que se ha mantenido hasta nuestros días, sigue vivo. Gracias a la enorme y sólida documentación puesta en valor por historiadores solventes y serios sobre la realidad y violencia de la conquista, no quedan en Navarra, en la práctica, historiadores que defiendan la extrema teoría de Víctor Pradera, aunque hay sí políticos, como el antes citado J. I. del Burgo. Las posiciones más comunes se dividen entre los que siguen manteniendo la aceptación positiva de la ley de 1841, anulada y, según ellos mejorada, por la ley de “Amejoramiento Foral” de 1982 y los que continúan en la defensa de la soberanía original de Navarra injusta y violentamente arrebatada en la conquista y ocupación de las guerras de 1512-30.

Una vez más es el presente, las opciones políticas actuales, el que condiciona la investigación histórica y la exposición de los hechos. Ante la abrumadora cantidad de documentación y testimonios presentados por quienes sustentan que fue una conquista y ocupación en toda la regla, los que defienden el actual estatus de Navarra van retrocediendo posiciones. Hace pocos años todavía era difícil que un historiador de la Universidad del Opus Dei hablara de “conquista”. Recientemente lo ha hecho el anterior presidente de la Comunidad Foral, Miguel Sanz (2011).

Texto publicado en HARIA 29. Noviembre 2011

25 octubre 2011

RECUERDO DEL 25 DE OCTUBRE

Por su validez actual, recuerdo la entrada de este blog de 25 de octubre de 2009.

20 octubre 2011

REFLEXIÓN SOBRE LA HISTORIA DE NAVARRA

Charla pronunciada en Koldo Mitxelena de Donostia el 18 de octubre de 2011 con el título de Una reflexión sobre la historia de Navarra

Esta entrada enlaza con la página web de Agoragune, entidad que grabó la charla de Koldo Mitxelena de 2011/10/18 sin autorización ni de la propia Biblioteca ni de los participantes en la misma. Parece que ha sido borrada. Tal vez su contenido no gustó a los responsables de Agoragune.

25 septiembre 2011

¿EN TIERRA DE NADIE?

En este mundo occidental en que vivimos no existen “tierras de nadie”. No hay poblaciones que existan al margen de los estados. Los vascos, exactamente igual que los magiares, lusos, bretones o cualquier otro grupo étnico europeo, vivimos dentro de un Estado concreto (el húngaro, el portugués o el francés en los casos citados). Aunque en el nuestro sean dos: el español y del francés. Y esta realidad es tozuda: si no tenemos Estado propio, tenemos (o nos tiene) otro. Siempre.

Hoy en día en nuestro entorno geopolítico se nos asegura que el Estado está perdiendo atribuciones. Es posible... Algunas han pasado a niveles supraestatales, como son las relacionadas con los sistemas militares o monetarios. Pero hay un asunto que cobra cada vez más importancia, en el que los estados tienen la competencia exclusiva y que está, además, relacionado con los procesos migratorios y otras cuestiones de gran alcance. Cualquier grupo humano que pretenda responder democrática y eficazmente a los retos que plantean los problemas vivos en el planeta Tierra a comienzos del siglo XXI debe constituirse como una sociedad cohesionada, en la que puedan expresarse en plenitud todas las potencialidades de su cultura social y política. Un elemento básico de cohesión es la lengua propia de los grupos que la poseen y utilizan.

Los estados, desde el siglo XIX sobre todo, son los principales generadores de identidad. En los estados multinacionales, pero monolingües, monoétnicos y unitarios en la práctica política, como los que nos toca soportar a los vascos, la identidad que se impone a través de la lengua, de la versión de la historia y de la consiguiente memoria asociada a los hechos y lugares que configuran una sociedad, es la de las naciones dominantes.

El estrepitoso fracaso de determinadas políticas “multiculturales”, basadas en la creación de guetos sin otra facultad que la de mantener las características étnico-religiosas de los grupos inmigrantes y sin ninguna capacidad de colaborar con el conjunto social en el que se integran para solucionar el conjunto de problemas de la sociedad de acogida, lleva a la necesidad de controlar los instrumentos de cohesión y manejarlos eficazmente. Para esa tarea, entre otras, está el Estado. Es el instrumento que puede garantizar que las aportaciones y valores de las culturas inmigrantes se incorporen al conjunto social de modo democrático, positivo y lo menos conflictivo posible.

En un reciente artículo, Euskal estatuaren ezinak eta nahiezak , publicado en Berria (2011/09/11) Pablo Sastre afirmaba que por tener mañana un Estado no vamos a ser más avanzados o mejores, y eso es sencillamente una postura derrotista y políticamente equivocada. Cualquier Estado tiene sus riesgos, pero la posición de Sastre es conservadora, cuando no abiertamente reaccionaria: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Es lo que hace implícitamente el autor al elegir España o Francia, lo malo conocido, frente a lo bueno por conquistar.

Si somos el pueblo de los batzarres y del auzolan, difícilmente vamos a tolerar un Estado propio que no sirviera a la propia sociedad. No es de recibo admitir la hipótesis peor, como afirma Sastre, de que “un Estado propio no sólo no nos ayudaría a ser a nuestro modo; sino que pondría al pueblo bajo su dominio”. ¡Como si España o Francia nos dejaran “ser a nuestro modo”! También esa desconfianza hacia la sociedad propia encubre una posición conservadora. Nunca la izquierda ha tenido miedo al pueblo, y cuando lo ha sentido, ha dejado de serlo para pasar al campo de los dominadores.

Es particularmente desafortunado afirmar: “bagarelako gara” (“somos porque somos”), ya que constituye o bien una frivolidad tautológica, vacía de contenido, del tipo “Navarra es Navarra” (de Jaime Ignacio del Burgo), o bien una expresión del esencialismo más rancio. Se diría que el ser social, según Sastre, constituye una esencia en sí, inmutable, y la realidad colectiva no fuera una construcción social, nacional en este caso, en la que el poder estatal aculturiza, manipula y, sobre todo, crea identidad.

Con posiciones como las expuestas en el artículo citado sólo se consigue afianzar el dominio secular al que España y Francia nos tienen acostumbrados. Sembrar la duda y el recelo frente a la tarea política liberadora de constituirnos en Estado independiente favorece las estructuras de dominio y explotación a las que estamos sometidos desde hace mucho tiempo. La lucha realmente progresista, aquí y ahora, consiste precisamente en su logro en el plazo más breve posible.

Está claro que hay opiniones para todos los gustos, pero hay cuestiones en las cuales se impone la cruda realidad y que, nos guste o no, está ahí y hay que afrontarla. Una de esas realidades es el Estado. El Estado puede ser instrumento de dominio, pero también de relativa liberación, según quien ejerza su control. Abandonarlo en manos ajenas por su condición de estructura de poder implica ceder el terreno de la lucha política y resignarse a la derrota, a la marginación, a vivir, como propone Sastre, en los resquicios.

En nuestro caso concreto, las funciones que ambos estados ejercen sobre la sociedad vasca se enfrentan a nuestros intereses. Los vascos del siglo XXI pertenecemos obligatoriamente a unos estados que no sólo recaudan nuestros impuestos y los utilizan en nuestra contra (sistema lingüístico y educativo, sistema penal, policial, judicial, militar, medios de propaganda y tantos otros...), sino que además controlan y canalizan todo tipo de inversiones y ayudas en un sistema de I + D + i que nos es ajeno, cuando no directamente contrario.

Todo eso, y mucho más, es lo que hace del Estado, un ente polifacético, polivalente y multiusos. Pero hay una cuestión que, como ya se ha dicho, es evidente: no existe ningún grupo humano en nuestro planeta que viva al margen de esa realidad. Necesitamos un Estado propio porque hoy es la forma de ser en el mundo. Como sujeto. Hoy por hoy; la única.

En resumen, el artículo de Sastre contrapone la cuestión social y democrática con el hecho nacional, algo ya utilizado en tantos debates históricos, lo cual le obliga como conclusión a una apología del estatus existente. Con la exquisita exigencia de perfección para lo propio, imposible de alcanzar, opta, de hecho, por seguir con lo ajeno, con lo que hay, España y Francia, sin dar opción a la posibilidad de un Estado nuestro, navarro, al margen de sus presumibles rasgos problemáticos o contradictorios. El artículo de Pablo Sastre es conservador, reaccionario, lleno de desconfianza hacia la propia fuerza de su pueblo y, por desgracia, defensor en el fondo de la situación de dependencia y dominio a que se ve sometida Euskal Herria.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

NO MAN’S LAND?

Bizi garen Mendebalde honetan ez dago “inorena ez den lurralderik”. Ez dago estatuez landako herririk. Euskaldunok, magiarrak, lusoak, bretoiak edo Europako beste edozein talde etniko bezalaxe, Estatu jakin baten baitan bizi gara (hungariarrean, portuguesean edo frantsesean, aipatutako kasuetan). Gurean, bi dira estatu horiek: espainola eta frantsesa. Eta errealitatea tematia da: ez badugu Estatu propiorik, beste bat (beste batena) izango dugu. Beti.

Gaur egun, gure inguru geopolitikoan Estatua eskuduntzak galtzen ari dela diote. Baliteke... Batzuk Estatuaz gaindiko mailetara igaro dira, hala nola sistema militarrekin edo monetarekin zerikusia dutenak. Baina badago gero eta garrantzi handiagoa duen gauza bat, Estatuei soilik dagokiena eta, gainera, migrazio-prozesuekin eta munta handiko beste gai batzuekin lotuta dagoena. XXI. mendearen hasieran, Lurra planetako arazoei demokratikoki eta eraginkortasunez erantzun nahi dien edozein gizataldek gizarte kohesionatua izan behar du, non bere kultura sozial eta politikoaren potentzialitate guztiak adierazi ahal izango diren. Kohesioaren funtsezko elementua taldeen hizkuntza propioa da.

XIX. mendeaz geroztik batik-bat, estatuak dira identitate-sortzaileak. Estatu multinazional baina praktikan elebakar, etniabakar eta unitarioetan, euskaldunoi pairatzea egokitu zaizkigun haunetan adibidez, gizarte bat eratzen duten hizkuntzaren, historiaren bertsioaren eta, beraz, gertakari eta lekuei lotutako oroimenaren bitartez inposatzen den identitatea nazio menperatzailearena da.

Talde etorkinen ezaugarri etniko eta erlijiosoak mantentzeko, baina harrerako gizarteak bere osotasunean dituen arazoak konpontzeko inolako kolaborazio-gaitasunik gabe, guettoak sortu dituzten politika “multikulturalek” izan duten porrota ikusita, agerikoa da kohesio-tresnak kontrolatzeko eta eraginkortasunez erabiltzeko beharra. Horretarako dago Estatua. Bera da etorkinen kultura eta balioak gizarte osoan demokratikoki, positiboki eta ahalik eta gatazkarik txikienarekin txertatzea berma dezakeen bitartekoa.

Duela egun batzuk (2011/09/11) Berrian agertu zen “Euskal estatuaren ezinak eta nahiezak“artikuluan, Pablo Sastrek zioenez, bihar Estatu bat “izatearekin, deusetan ez gara abantzatuagoak edo hobeak izanen”. Jarrera etsikorra eta politikoki okerra da hori. Edozein Estatuk ditu bere arriskuak, jakina, baina Sastreren iritzia kontserbadorea da oso: “Ezagutzen ez dan ona baino, ezagutzen dan txarra hobe”. Horixe da artikuluaren egileak inplizituki egiten duena Espainia edo Frantzia aukeratzean (ezagutzen den txarra), konkistatzeke dagoen onaren ordez.

Batzarreen eta auzolanen herria bagara, nekez onartuko dugu gizartearen beraren zerbitzura ez dagoen Estatu propiorik. Ez da onargarria hipotesirik txarrena ontzat ematea eta, Sastrek dioen moduan “Estatu propioak, ez bakarrik ez liguke zertan geure eskuko izaten lagunduko, baina, herria (nazioa) behin-betikoz bere menpe jarriko luke”. Espainiak edo Frantziak “gu geu izaten” uzten digute nonbait! Bertako gizartearekiko mesfidantza horrek jarrera kontserbadorea estaltzen du halaber. Ezkerrrak ez dio inoiz beldurrik izan herriari eta, halakorik sentitu duenean, ezkerra izateari utzi dio, menperatzaile izateko.

Bereziki zoritxarrekoa da “bagarelako gara” esatea; izan ere, fribolitate tautologikoa izan daiteke, edukiz hustua, Jaime Ignacio del Burgoren “Navarra es Navarra” haren modukoa, edota esentzialismorik zaharkituenaren erakusgarria. Sastreren arabera, izaki soziala berezko esentzia da nonbait, aldaezina, eta errealitate kolektiboa ez litzateke eraikuntza soziala izango, nazionala kasu honetan, non Estatuaren botereak kulturgabetu eta manipulatu egiten duen eta, batez ere, identitatea sortzen duen.

Artikulu horretan agertzen diren jarrerekin, Espainiaren eta Frantziaren mendetako nagusitasuna sendotu besterik ez da egiten. Estatu independente izateko lan politiko askatzailearen aurrean zalantza eta errezeloa sortzeak oso aspalditik pairatzen ditugun larderiazko egitura menperatzaileen alde egiten du. Benetako borroka aurrerakoia, hemen eta orain, independentzia ahalik eta lasterren lortzea da, hain zuzen ere.

Jakina mota guztietako iritziak daudela, baina gai batzuetan errealitate gordinari ezin diogu muzin egin, gustatu ala ez. Errealitate horietako bat Estatuarena da. Estatua tresna menperatzailea izan daiteke, baina baita nolabaiteko askapenarena ere, haren kontrola noren eskuetan dagoen. Botere-egitura delako besteen esku uztea borroka politikoan amore ematea da eta porrota, bazterkeria eta, Sastrek dioen bezala, zirrikituetan bizitzea etsi-etsian onartzea.

Gure kasu zehatzean, bi estatuek euskal gizartean betetzen dituzten funtzioak gure interesen aurkakoak dira. Izan ere, XXI. mendeko euskaldunok nahitaez gara estatu batzuetako kide eta estatu horiek, gure zergak jaso eta gure aurka erabiltzeaz gain (hizkuntz politika eta hezkuntza-sistema, errepresioa, defentsa eta ordena publikoa, propaganda-hedabideak eta beste hainbat...), inbertsio eta laguntza oro kontrolatzen eta bideratzen dute, gurea ez den eta batzuetan zuzenean gure kontrakoa den I+G+b sistema batean.

Hori guztia eta askoz gehiago da Estatuak egiten duena, entitate polifazetikoa, balioanitza eta erabilera anitzekoa baita. Baina, esan dudanez, bada agerikoa den gauza bat: ez dago gizatalderik planeta honetan errealitate horretatik at bizi denik. Gure Estatua behar dugu, hori baita munduan izateko modua gaur egun. Subjektu izatekoa. Gaurkoz, modu bakarra.

Laburbilduz, Sastreren artikuluak arazo soziala eta demokratikoa eta arazo nazionala kontrajartzen ditu, hainbat eztabaida historikotan egin dena; horren ondorioa, dagoen estatusaren apologia egitea izaten da. Gurea eta propioa dena ezin hobea eta guztiz perfektua izan dadin eskatuz, praktikan, besteenarekin jarraitzea hautatzen du, dagoenarekin, Espainiarekin eta Frantziarekin, gure Estatua, nafarra, bere balizko ezaugarri kontraesankor eta problematikoekin bada ere, eraikitzeko aukera baztertuz. Pablo Sastreren artikulua kontserbadorea da, gure ustez atzerakoia, herriaren indarrekiko mesfidantzaz betea eta, tamalez, Euskal Herriaren menpekotasun eta subordinazio-egoeraren defendatzailea azken batean.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

BERRIA 2011/09/27

24 septiembre 2011

BEOTIBAR: EL MITO DE LA BATALLA

Según un lugar común en la memoria de muchos guipuzcoanos, sobre todo en Tolosaldea, el 19 de septiembre de 1321 ocurrió en el paso de Beotíbar una batalla de las tropas navarras contra Gipuzkoa a consecuencia de la previa destrucción del castillo de Gorriti por los guipuzcoanos. Este episodio se ha trasmitido asociado a la fiesta y baile de la Bordondantza que Tolosa celebra el 24 de junio, en el solsticio de verano, un hecho bélico magnificado y, sobre todo, interpretado en un sentido de división y enfrentamiento entre vascos.

Reflexionaba sobre todo lo anterior con motivo del reciente Segundo Congreso de Historiadores de Navarra organizado por Nabarralde y celebrado en Oñate los pasados días 16 al 18 de septiembre. En el mismo se presentaron dos ponencias que aludieron a dicha escaramuza. Una de ellas, expuesta por Floren Aoiz, destacaba su instrumentalización política, sobre todo tras la conquista de la Alta Navarra en el primer tercio del siglo XVI. En la segunda, dictada por Juan Antonio Urbeltz sobre “Los alardes de armas y sus metáforas”, Beotibar aparecía como ejemplo que ilustraba su tesis, en torno a la relación entre folklore e historia.

La leyenda de Beotibar, cuyo origen data de finales del siglo XVI y comienzos del XVII con Garibay, Zurita y Mariana, todos ellos historiadores “orgánicos” al servicio de la monarquía española de los austrias, ha servido para construir un imaginario colectivo entre los guipuzcoanos que, en muchas ocasiones, ha elevado el suceso a lugar de memoria de la Provincia frente al reino de Navarra, al que presenta como un ente político extraño y agresor. Se llegó a hablar de que 60.000, ¡sí, sesenta mil!, “franceses, gascones y navarros” marcharon sobre Tolosa desde Pamplona y a su paso arrasaron Berastegi. Al “historiador” correspondiente habría que preguntar cómo el Valle de Berastegi pudo albergar a 60.000 hombres. Según el mismo relato, 800 guipuzcoanos formaron el pequeño ejército que derrotó a los navarros en Beotibar.

La historia, como puso en relieve Floren Aoiz, nos habla más bien de un pequeño enfrentamiento en la muga entre ambos reinos, fortificada por Castilla tras la conquista castellana de los territorios occidentales navarros en 1200. Pasó a la historia como “frontera de malhechores” por los conflictos y fechorías que, en su mayor parte, fueron instigados por Castilla. Beotibar fue una pequeña trifulca, posteriormente sobredimensionada con una evidente intención, hasta elevarla al nivel de leyenda generadora de simbolismo e ideología. Es decir, de memoria.

Tras la leyenda y el relato histórico, queda el tercer aspecto del mito, que es su utilización como supuesto soporte de la celebración el día de San Juan, el solsticio de verano, en la fiesta de la Bordondantza en Tolosa. Ya el padre Larramendi en su "Corografía de Guipúzcoa" recordaba que la Bordondantza, conocida anteriormente como Alagaidantza, se bailaba en otros pueblos del Beterri como Andoain, Hernani, Urnieta o Rentería. La teoría de la batalla queda bastante malparada.

Juan Antonio Urbeltz en su ponencia sobre los alardes defendió la distinción entre folklore e historia y la inconmensurabilidad entre el concepto de tiempo de ambas. La historia constituye una narración temporal, un relato diacrónico de los hechos acontecidos en una sociedad. El folklore es, en cierto modo, intemporal, acrónico. Responde a arquetipos muy antiguos y que no encuentran cabida fácilmente en los hechos históricos. Funciona con un sistema de representación e interpretación distinto. Esto no quiere decir, por un lado, que el folklore no evolucione con el tiempo y se transforme a un ritmo distinto, mucho más lento por supuesto, que los procesos sociales o históricos. En cambio, por otro, puede suceder que un hecho enraizado en la cultura, manifestación de la identidad de un pueblo, sea asociado deliberadamente con algún hecho histórico, de trascendencia real o magnificada, para ser utilizado con voluntad política.

La tesis de Urbeltz defiende que los alardes vascos actuales responden a patrones de folklore muy antiguos y, como tales, constituyen representaciones festivas. Cualquier elemento histórico y, por lo mismo, sucedido en épocas recientes, es algo añadido. Estas incorporaciones corresponden a intereses políticos concretos. Es el caso de los alardes de Irun y Hondarribia, a los que se han adjudicado relatos épicos en épocas tan recientes como el siglo XIX, supuestos elementos de batallas de los siglos XVI en adelante. Algo similar sucede con la Bordondantza de Tolosa. En todos estos casos sobre la base folklórica se han introducido elementos seudohistóricos como factores de memoria con el objetivo evidente de crear ideología y propiciar el enfrentamiento entre vascos.

La recuperación del origen en el folklore y la discriminación de los elementos ahistóricos deben servir al restablecimiento de su expresión festiva. Eso no supone la eliminación de sus rasgos actuales, sino el cambio de su interpretación como fundamento de memoria. Aunque es posible que algunas de sus características actuales, en los casos de Irun y Hondarribia por ejemplo, deberían ir evolucionando hacia fiestas en las que las mujeres pudieran participar con normalidad.

La decisión de qué hechos y lugares hemos de conmemorar es nuestra. No la podemos dejar en manos de quienes sirven a los intereses de un Estado que crea identidad a nuestra contra; un Estado que consciente y permanentemente diluye y tergiversa nuestras señas de memoria e historia y, con su relato, las asimila. La interpretación de los hechos y lugares también debe ser nuestra. Si no logramos crear nuestro propio relato, nunca saldremos del pozo del sometimiento y la apatía.

09 septiembre 2011

HISTORIA, MEMORIA Y MANIPULACIÓN


Toda la historia está escrita desde el presente, tomando en cuenta el conjunto de conflictos e intereses contrapuestos que se manifiestan en la sociedad desde la que se escribe. La historia es ciencia, pero es una ciencia muy especial. La selección de los hechos sobre los que un historiador pretende investigar y descubrir sus orígenes, evolución, conflictividad, consenso o desencuentro posteriores y sus resultados no es inocente. Tampoco lo son los límites espaciales y temporales que obligatoriamente debe poner a su investigación. Cualquier hecho histórico ocurrido en cualquier lugar está relacionado, tanto en la escala temporal, con hechos que le precedieron y colaboraron o participaron en su ocurrencia, como en la espacial, con acontecimientos que sucedían en su entorno geográfico más o menos próximo. Es imposible investigar a la vez todo sobre un hecho, todo sobre sus antecedentes y todo sobre lo que sucedía en el resto del mundo al mismo tiempo.

La selección de hechos que hace cualquier historiador no es nunca inocente, siempre responde a unos intereses sociales determinados. Por eso la historia, aunque sea con mayúsculas y se llame ciencia, no es neutral, sino que responde a los intereses y al conflicto del presente desde el que se la estudia. En este sentido, Raymond Aron, 1964, comentaba, Cada sociedad tiene su historia y la reescribe a medida que ella misma cambia. El pasado sólo queda fijo definitivamente cuando no hay futuro. Los hechos a estudiar siempre se eligen desde el debate político del presente. Como afirmó Edward Said, 2000, La escritura de la historia es el mejor camino para dar su definición a un país y la identidad de una sociedad es en gran parte función de la interpretación histórica, campo en el que se enfrentan las afirmaciones que se discuten y las contra afirmaciones.

Normalmente la memoria histórica es la base sobre la que se sustenta la selección de hechos que se ofrecen para la investigación histórica. Ahora bien, cuando en un conflicto hay vencedores y vencidos la memoria juega un papel ambiguo. Según Walter Benjamín, 1938, la memoria de los vencidos es la única vía para el resarcimiento de la derrota cuando ésta es considerada injusta. Si los dominados relegan la situación y hechos en los que fueron vencidos, el olvido constituye una segunda derrota que, según Benjamin, puede ser definitiva. La memoria es un factor emancipador de primer nivel. Por eso, los triunfadores tratan de hacer que los vencidos olviden la memoria de sus derrotas, que la tengan desdibujada o directamente tergiversada y sustituida por la impuesta desde el campo vencedor.

Se suele afirmar, con razón, que son los vencedores quienes escriben la historia y ésta es su principal arma. Sus historiadores tienden a dejar de lado muchas de las prácticas que caracterizan al método científico de la historia para lograr una versión favorable a los intereses de quienes triunfaron. La selección de hechos a investigar suele ser tendenciosa y, con frecuencia, los análisis de fuentes y archivos que realizan sesgados, parciales o simplemente manipulados. El documento recientemente descubierto por la historiadora Idoia Arrieta, 2011, sobre la conquista y ocupación de la Navarra marítima, Urzainqui y Olaizola, 1998, o País Vasco Occidental en 1200, en el que la propia denominación de conquista referida a San Sebastián aparece ocultada, con dolo, por parte del burócrata español de turno a las órdenes del político correspondiente al transcribir el documento, constituye en nuestro caso, el último ejemplo conocido de esta manipulación.

Otra expresión frecuente de la falta de rigor histórico sucede al no contextualizar bien, en su entorno geográfico y temporal, los hechos históricos y ofrecer una interpretación finalista de los mismos de modo casi constante. En el caso de Navarra es clara la manipulación que supone hablar permanentemente de su vocación hispánica, incluso desde etapas muy anteriores al surgimiento de la idea nacional española. Las historias de Navarra que nos ofrece el nacionalismo español, sobre todo las realizadas desde sus intereses en la propia Comunidad Foral del presente, son ejemplos reiterados de esta carencia de rigor.

El ofrecer juicios de valor sobre acontecimientos pasados con criterios históricos o sociales del momento actual, es otro de los fallos de método habituales en este tipo de historias. Un buen ejemplo lo constituye el tomar como referencia permanente para los límites de Navarra los de la actual demarcación administrativo política que supone la Comunidad Foral de ese nombre. Se pueden encontrar narraciones de la historia del reino de Navarra en la época de Sancho III el Mayor a comienzos del siglo 11, cuando ni tan siquiera lo era de Navarra sino de Pamplona, con unas mugas al norte que coinciden con precisión con las actuales entre los estados español y francés. Es reconocido, en cualquier ámbito relacionado con la historia medieval de Europa, que las posesiones de este rey se extendían de forma amplia por el norte del Pirineo. También lo es que la actual delimitación de mugas entre ambos estados procede de la Paz de los Pirineos datada en 1659, que en 1868 tuvo lugar un importante arreglo de límites entre los dos estados y, que fue modificada por última vez ¡en 1984!, con motivo de la construcción de la carretera de Roncal a Arette.

La historia ayuda y colabora a rectificar los excesos que la memoria de los vencidos había podido transformar en mitos. Pero también, y sobre todo, a desmontar toda la construcción de su falsificación u ocultación por parte de quienes resultando vencedores habían obtenido el dominio y expolio de los derrotados. Como dice Albert Balcells, 2008, la memoria y la historia cumplen dos funciones distintas en los procesos sociales, del mismo modo que la sociología o la ciencia política tienen objetivos diferentes de los propios de la acción social o política. La ciencia de la historia cumple un papel análogo al de las ciencias sociales y políticas, mientras que la memoria se encuentra mucho más próxima del activismo social o político. La historia se mueve de modo principal a través de la razón, mientras que la memoria lo hace, sobre todo, por la emotividad. La memoria tiene como base el testimonio y se expresa mediante rituales o ceremonias, la historia, por el contrario, pretende expresarse a través de un método científico.

La manipulación de la historia es un hecho común por parte de quienes sabiéndose vencedores pretenden la tergiversación, olvido o sustitución de la memoria de los vencidos. No se puede bajar la guardia ante la reiteración de sus interpretaciones poco rigurosas. No por repetir mil veces una mentira se convierte en verdad. La inexistencia de una obra breve, sencilla y actualizada de la historia de los vascos, sobre todo desde una perspectiva política propia, me ha llevado a escribir una síntesis histórica del conjunto de Vasconia considerada como sujeto histórico, a plantearla desde su propia centralidad y no como satélite que gira en torno a otros planetas ni como retazos aislados de las historias de los estados que actualmente nos dominan. He intentado mostrar a Navarra como el Estado histórico de los vascos; su máxima construcción política como Estado independiente y soberano. He tomado por hilo conductor su cultura social particular, especificada en el sistema Jurídico consuetudinario propio, también conocido como Derecho Pirenaico, codificado a lo largo de los siglos 12 y 13 en textos conocidos como Fuero Viejo o Fuero General. El pueblo construyó el reino, el reino devino Estado y el reino Estado nacionalizó la propia sociedad vasca, Lacarra, 1976. Sin su Estado histórico, Navarra, difícilmente hablaríamos hoy, en el siglo 21, de nación vasca.

Publicado en Euskonews 591, 2011/09/09-16