Pueblos “y” ciudadanos. También podemos decir pueblo “o” ciudadanía; todo depende del contexto político sobre el que hablemos. Pachi López ha prometido su cargo, de representante del Estado en el territorio sobre el que tiene jurisdicción, la llamada en la actual organización política del mismo Comunidad Autónoma del país vasco o Euskadi, sobre su estatuto, es decir sobre un texto que, además de justificar su subordinación, es, en la práctica, papel mojado. Y lo ha hecho ante los representantes de la “ciudadanía vasca”.
La cruda realidad es que hoy y aquí no existe tal “ciudadanía vasca”. La ciudadanía es un concepto de la modernidad asociado al conjunto de derechos, libertades y garantías de las personas y, por supuesto también, de sus obligaciones, deberes y compromisos. Pero ¿ante quién? Y ahí surge el problema de fondo. Es un asunto que escuece. Y mucho. Es el Estado el que conforma el concepto de ciudadano. Es él quien garantiza sus derechos y libertades y es él quien tiene capacidad legal y, en teoría, legítima de exigirles sus deberes y obligaciones.
Aquí y ahora no existe una “ciudadanía vasca”. ¿Por qué? Porque no existe un Estado vasco. Los únicos estados que tienen jurisdicción sobre los territorios actualmente habitados por los vascos son el español y el francés. Esto implica que los vascos nunca somos “ciudadanos vascos” sino siempre “ciudadanos españoles” o “franceses”. Es decir, que en la organización unitaria de ambos estados, los vascos no existimos como sujeto político, por mucho que su propaganda, sobre todo la española, pretenda convencernos de algo que no es sino una simple mentira: que sus entes autonómicos constituyen entidades con poder real. En todo caso son subordinadas a sus poderes reales, legislativo y ejecutivo, con los que topan siempre, y en última instancia con el judicial representado por sus inefables Audiencia Nacional o Tribunal Constitucional. Nos pretenden vender una mercancía averiada.
Las actuales instituciones “vascas”, o “navarras”, no cumplen ninguno de los requisitos citados. Ofrecen servicios (aunque no todos), sí, pero no garantizan derechos ni libertades; es el Estado quien los establece, quien los define y otorga el marco en que se constituyen, en las jurisdicciones española y francesa. Todo esto se percibe aún con más claridad al hablar de obligaciones y compromisos. ¿Qué sociedad normal plantea que sus ciudadanos tengan el deber de conocer y hablar el idioma oficial de quien los conquistó y ocupa? ¿Qué país democrático juzga a sus propios ciudadanos por delitos de opinión, los tortura o les cierra medios de comunicación? Los dos portazos que recibió Ibarretxe por parte de las instituciones del Estado español: el Congreso de Diputados ante su famoso Plan y, directamente, el Ejecutivo ante su Consulta, muestran con nitidez la amarga realidad y dónde radica el soporte y ejercicio de la ciudadanía y la democracia. Al no existir tal “ciudadanía vasca”, no hay derechos ni obligaciones propias, sino los derivados de la pertenencia, forzosa por cierto, a los Estados a que estamos subordinados.
En este sentido resulta esclarecedor el artículo publicado en Diario Vasco de 9 de mayo por Luis Haranburu Altuna bajo el título Ciudadanos bajo el árbol. Al margen de su apología de la laicidad (supuesta, como veremos más adelante) de la promesa de Pachi López, Haranburu expresa con claridad meridiana lo que acabo de exponer cuando afirma: “la soberanía reside en el pueblo español y parece claro que dicho colectivo no es sino la suma de todos los ciudadanos españoles”. Y un poco más adelante: “una cosa es la ciudadanía política y otra la pertenencia cultural”. Además, añade: “Las provincias hermanas del País Vasco francés e incluso Navarra (¡gracias, Luis, por acordarte de nosotros!) forman parte de la Euskal Herria cultural, que en su día se expresaba en euskera (¿ya no? ¿y por qué, Luis?), pero dicha entidad no existe ni ha existido, jamás, en su calidad de comunidad política”.
La contraposición que hace Haranburu entre “pueblo” o “ciudadanía” responde a una realidad fuerte, reconoce que los vascos constituimos un “pueblo”, pero que tal entidad no tiene un valor constituyente. Por cierto, ¿por qué para los españoles o franceses sus pueblos respectivos lo son, y para nosotros no? ¿Hay pueblos de primera división y pueblos de segunda? ¿No le llamaban a eso racismo?
Además Haranburu Altuna incurre en un grueso error histórico (¿intencionado?) al afirmar que Euskal Herria no ha existido “jamás” en su calidad de comunidad política. ¿Y los largos siglos, desde el IX, de existencia y ejercicio de poder del reino de Navarra, qué fueron? Tal vez un “error histórico” que españoles y franceses bien cuidaron de corregir con procedimientos de ´”diálogo” y “persuasión”, tanto en 1200 como en 1512 o en 1620.
Creo que en nuestro caso, más se debe hablar de pueblo ”y” ciudadanía. De un pueblo, el vasco, que aspira a alcanzar para su población el estatus de ciudadanía que le otorgará, una vez recuperado, el Estado de Navarra. Como ya se ha dicho, para españoles y franceses son sus respectivos pueblos los elementos constituyentes de su soberanía y organización política en estados reconocidos. Reitero, ¿en virtud de qué principio unos sí y otros no? Máxime cuando sus modos de asimilación social y de delimitación de fronteras han sido de todo tipo menos democráticos. Ya dice Will Kymlicka (*) que en los actuales estados se puede discutir democráticamente cualquier asunto salvo, precisamente, la delimitación de su marco, de sus fronteras.
La cuestión, citada muy recientemente de modo simple y directo por Xabier Arzalluz, cuando afirmó que Pachi López suprimió el término ‘pueblo’ y lo sustituyó por el de ‘ciudadanía’ de su fórmula para asumir el cargo en Gernika, con el objetivo de evitar ‘el problema de la autodeterminación’, consiste en que el pueblo, cualquier pueblo con capacidad de ejercer como tal, tiene poder constituyente. Una “ciudadanía” diluida en el conjunto de otro pueblo, el español o el francés en nuestro caso, no. Y no le falta razón.
No es de recibo, tampoco, la genuflexión con besamanos en la que Pachi López ha inclinado, con servidumbre digna de épocas históricas premodernas, la cerviz ante la corona, ante la monarquía que rige los destinos del Estado español por designio de Franco. Todo muy progresista, anticonvencional y laico. Pero monárquico.
Por cierto, antes he hablado de la “supuesta laicidad” de López y Haranburu y la contrapongo a la afirmación que el segundo hace en el texto del Diario Vasco ya citado, cuando afirma: “Se ha dicho, con razón, que el nacionalismo es una suerte de religión política”. Estoy de acuerdo con tal planteamiento: la religión de Pachi López y de Haranburu Altuna es su nacionalismo español. Por eso ni el juramento de López en Gernika ni las posiciones de quienes lo defienden fueron, ni son, laicas. Profesan esa religión profundamente enraizada en la cultura política de las naciones que han hecho de la conquista y el expolio su forma de vida: el nacionalismo puro y duro. España y Francia, por ejemplo.
(*) Kymlicka, Will. Fronteras territoriales, Madrid, 2006. Editorial Trotta.
Texto firmado por Luis Mª Martinez Garate y Angel Rekalde
Opiniones y puntos de vista sobre Navarra como perspectiva política de Euskal Herria y de la Vasconia histórica en el mundo actual y sobre cualquier aspecto que afecte al presente y futuro del planeta Tierra, su biodiversidad, y el papel de la inteligencia humana en todo ello, "Nos guste o no, estemos o no preparados, somos la mente y los guardianes del mundo vivo". (Edward O. Wilson)
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10 mayo 2009
25 agosto 2007
LEWIS MUMFORD
Acabo de terminar la lectura de un libro, muy largo, que me ha parecido genial de principio a fin. Lo he leído en su edición francesa aunque la original es en inglés y desconozco si hay edición en español. Se trata de “The City in History” (”La cité à travers l’histoire”) de Lewis Mumford.
Es un libro de casi 800 páginas en la que el autor hace un recorrido erudito, serio y muy ameno, sobre esa institución básica para las sociedades humanas, por lo menos desde el Neolítico, que es “la ciudad”.
La obra transcurre por fases diversas. El estudio de las ciudades antiguas (egipcias, mesopotámicas etc.) y clásicas (griegas y romanas) resulta muy instructivo y profundo, sin dejar de ser atractivo en todo momento. Su acceso al medioevo no sólo sigue siendo de gran interés, sino que cada vez se contempla como más próximo a nuestra realidad actual, y el autor no lo oculta. En la ciudad medieval se perfilan ya muchos de los caracteres de la moderna.
Mumford da el salto al Renacimiento y al Barroco con una todavía más clara perspectiva de la realidad “presente” (en este sentido hay que considerar que el libro fue escrito en 1965). Su planteamiento de la organización urbana en ambas etapas está hecho de un modo particularmente didáctico con referencias, por supuesto también fotográficas, a tramas urbanas que hoy siguen existiendo (sirve Washington como ejemplo), o a ciudades diseñadas en etapas más recientes pero inspiradas en su visión.
Cuando Mumford se adentra en la realidad “carbonífera”, es decir la de la “revolución industrial” (siglo XIX) y en todos los problemas relacionados con la energía y el transporte propios del XX… no tiene desperdicio. Es de una actualidad increíble, sobre todo pensando en la fecha de su escritura.
Su punto de vista está muy relacionado con la forma de concebir las relaciones humanas y urbanas planteada por los anarquistas clásicos (Kropotkin, desde el pensamiento social o Howard, desde el urbanístico, con su Idea de “ciudad jardín” por ejemplo), pero también de los urbanistas canónicos más importantes y clásicos del siglo XX, como Le Corbusier.
Su perspectiva humana y de una ecología seria y profunda se adelanta en más de 30 años a posiciones que hoy, con razón, pasan por “modernas” y “progresistas”.
La obra merecería un estudio profundo y serio, para el que no dispongo de tiempo ni me siento capacitado. En la web he encontrado una tesis doctoral en español dedicada a nuestro personaje y también me parece de gran interés.
En resumen, se trata, en mi opinión, de un clásico de la literatura sociológica de primera fila. Altamente recomendable para los interesados en la evolución actual de la sociedad humana y sus perspectivas ¿de futuro?
Publicado en Alenarte:
Es un libro de casi 800 páginas en la que el autor hace un recorrido erudito, serio y muy ameno, sobre esa institución básica para las sociedades humanas, por lo menos desde el Neolítico, que es “la ciudad”.
La obra transcurre por fases diversas. El estudio de las ciudades antiguas (egipcias, mesopotámicas etc.) y clásicas (griegas y romanas) resulta muy instructivo y profundo, sin dejar de ser atractivo en todo momento. Su acceso al medioevo no sólo sigue siendo de gran interés, sino que cada vez se contempla como más próximo a nuestra realidad actual, y el autor no lo oculta. En la ciudad medieval se perfilan ya muchos de los caracteres de la moderna.
Mumford da el salto al Renacimiento y al Barroco con una todavía más clara perspectiva de la realidad “presente” (en este sentido hay que considerar que el libro fue escrito en 1965). Su planteamiento de la organización urbana en ambas etapas está hecho de un modo particularmente didáctico con referencias, por supuesto también fotográficas, a tramas urbanas que hoy siguen existiendo (sirve Washington como ejemplo), o a ciudades diseñadas en etapas más recientes pero inspiradas en su visión.
Cuando Mumford se adentra en la realidad “carbonífera”, es decir la de la “revolución industrial” (siglo XIX) y en todos los problemas relacionados con la energía y el transporte propios del XX… no tiene desperdicio. Es de una actualidad increíble, sobre todo pensando en la fecha de su escritura.
Su punto de vista está muy relacionado con la forma de concebir las relaciones humanas y urbanas planteada por los anarquistas clásicos (Kropotkin, desde el pensamiento social o Howard, desde el urbanístico, con su Idea de “ciudad jardín” por ejemplo), pero también de los urbanistas canónicos más importantes y clásicos del siglo XX, como Le Corbusier.
Su perspectiva humana y de una ecología seria y profunda se adelanta en más de 30 años a posiciones que hoy, con razón, pasan por “modernas” y “progresistas”.
La obra merecería un estudio profundo y serio, para el que no dispongo de tiempo ni me siento capacitado. En la web he encontrado una tesis doctoral en español dedicada a nuestro personaje y también me parece de gran interés.
En resumen, se trata, en mi opinión, de un clásico de la literatura sociológica de primera fila. Altamente recomendable para los interesados en la evolución actual de la sociedad humana y sus perspectivas ¿de futuro?
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Anarquismo,
Ciudadanía,
Historia,
Urbanismo
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