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26 julio 2023

EUSKO IKASKUNTZA: ESPEJISMOS Y PREJUICIOS

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. Al menos así la interpretaba la versión más dicharachera del marxismo, la de Groucho Marx. En efecto, la polémica en torno al estudio sobre Navarra y el euskera, de Eusko Ikaskuntza, parece ajustarse grotescamente a esta fórmula. Al dedillo. Lamentablemente, diríamos, porque lo que pretende presentarse como estudio científico está contaminado, preñado de conceptos, etiquetas y prejuicios políticos.

El primero, según su propia explicación-justificación (“Hablemos de Navarra y su ciudadanía”, Deia, Noticias de Gipuzkoa y Noticias de Navarra 19-22.07.23) lo encontramos en la difuminación del objeto de estudio. “¿Dónde queda la navarridad?”, dice el texto de forma literal. Esta pérdida de referente se traduce en la definición de la investigación en términos de una supuesta “disputa nacional en Navarra entre los nacionalismos vasco y español”. ¿Navarra no existe? ¿Hablamos de un ente imaginario, sin voz propia? ¿No ha existido históricamente un sujeto político con dimensión institucional, que durante siglos ha dado cohesión, defensa, cultura, vida económica y social, a una población, sobre un territorio? ¿No queda nada de eso?

Parece que no, a juzgar por las interpretaciones y los presupuestos metodológicos que emplean los ‘científicos’ de EI. Y como sabemos que sí ha existido, podemos colegir que estos investigadores presuponen que esa realidad estatal no ha dejado huella. No ha conformado una conciencia de pertenencia, no ha dejado poso en una memoria colectiva, no ha sedimentado en referencias simbólicas (de las que beben, quizás, esos nacionalismos que cita EI, pero que son previas), en lugares de memoria, en significantes con singularidad y personalidad propias. Por ejemplo, en una adhesión al euskera que entre la población va más allá de las corrientes partidistas, como patrimonio colectivo, lingua navarrorum, no propiedad del nacionalismo sino consustancial al país vasconavarro, en su territorio y su cultura.

En ese espejismo prejuiciado sobre el que han operado los investigadores de EI, se diría que les ha confundido el poder concluyente que, en las opiniones de la sociedad navarra, adjudican a unas ideologías concretas. Pero, ¿eso es real? ¿Tanto poder performativo tienen? ¿Solo se puede ser nacionalista vasco o nacionalista español? ¿No existen los anarquistas navarros -digamos Lucio Urtubia…-? ¿No se puede ser vegano-ecologista de Valdorba, o ribero amante de la huerta, o contrabandista euskaldun del Pirineo con sede en Urdazubi? ¿La ideología de partido, cortoplacista, electoralista, lo define todo? ¿La memoria del euskera de los abuelos/as de Otsagabia, tan fresco su recuerdo, no ha intervenido y facilitado la recuperación lingüística del valle, y matizado obviamente la opinión de los salacencos/as?

Para un investigador de EI, los valores de la sociedad, la posición de uno mismo en su tiempo, su comprensión del patrimonio con que opera su comunidad, ¿se guían (determinan) exclusivamente por una ideología, programa o discurso nacionalista?

Son muchas las falacias y los prejuicios sobre los que se sostiene el presunto estudio “científico” de EI. Otro supuesto que desfigura y desacredita el resultado que presentan es que, en esas disputas, de hondo calado histórico (dicho sea de paso. La aculturación -en torno al euskera, y más- viene de lejos, desde la conquista), “ambas ideologías y sentimientos son legítimos en democracia” (sic). ¿Lo son? ¿De verdad? ¿De la misma manera? ¿Es equivalente la actitud y autoridad del dominante español -o francés-, a la que se sufre en la zonificación de la lengua vasca? ¿No pesan los siglos de prohibición y diglosia de la realidad euskerica? Dicho de otro modo, ¿se puede hacer un corte temporal, presente absoluto, en la muestra societaria que se toma, y que no pese el pasado, ni la violencia, ni las leyes o los tribunales estatales, ni la institucionalización de la vida municipal, educativa, medios de comunicación, universidades…?

O, en otro sentido, ¿se pueden considerar igualmente legítimos dos sentimientos, dos identidades -lenguas, culturas, comunidades, simbologías, estatus…-, cuando una está en el poder del Estado, y la otra no tiene Estado, ni poder, sostenida únicamente por el tesón y el voluntarismo de sus nacionales? ¿La psicología del sujeto las contempla, legitima y se identifica con la misma naturalidad? ¿Es similar o equivalente la posición del dominante -agresivo, arrogante, empoderado- que la del dominado? ¿No es posible que, en estas condiciones, la miopía de ideologías nacionalistas nos impida percibir la existencia de otras versiones del país que no tienen tantos recursos, pero que están ahí?

Interpretar todo este barullo, en una situación de conflicto, de presión, lucha, imposición y resistencia, a partir de unos constructos ideológicos (en el peor sentido del término) como son los discursos de dos nacionalismos, se convierte en un ejercicio de primero de sociología, condenado al suspenso.

Si los investigadores de EI se interesan por el valor que el euskera tiene para la población navarra, les sugeriríamos que empezaran por revisar su propio aparato metodológico. Un principio científico señala que la primera condición para abordar un problema es establecer un diagnóstico acertado (ello nos permitiría alejarnos de las tesis de Groucho Marx sobre la política). Siendo el euskera, como es, un elemento societario y cultural, parte del patrimonio colectivo de Navarra, deberían sostener su investigación a partir de esas claves disciplinarias: memoria colectiva, cultura política, conflicto, toponimia, historia… Quizás se llevaran más de una sorpresa. Sea como fuere, no aplicarían conceptos vascongados a una realidad que, evidentemente, se les escapa.

 Luis Mª Martinez Garate,  Angel Rekalde

NOTICIAS DE NAVARRA (2023/07/28)

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2023/07/31)



03 junio 2020

EN TORNO AL CONCEPTO DE PATRIMONIO

Este texto recoge de forma resumida los contenidos de una conferencia titulada “Patrimonio: ¿un concepto en crisis?, impartida en el Centro Cultural Navarrería de Pamplona, el 11 de mayo de 2001.
Un escenario que obliga a la reflexión

La continua destrucción del patrimonio en Navarra nos obliga a reflexionar, conscientes de la importancia que su conservación y creación tienen para garantizar la continuidad histórica de nuestro Pueblo.

En Iruñea se han producido recientemente tal número de actos destructivos que, según término acuñado por la UNESCO, puede hablarse de Crimen contra el patrimonio. El derribo de gran parte del Palacio Real, el levantamiento del adoquinado, la demolición de la base del lienzo de muralla medieval en la obra del aparcamiento del Rincón de La Aduana, la sumisión del baluarte de San Antón en la Ciudadela al proyecto del nuevo auditorio y, quizás el más grave de todos ellos, el vaciado de la Plaza del Castillo, donde se ha destruido gran parte del complejo histórico-arqueológico más importante de los navarros (véase Castellet y otros 2003), son algunos de los hitos más notables de esta tragedia. La falta de restauración y las malas intervenciones arquitectónicas en otros edificios y monumentos emblemáticos en Navarra contribuyen a ensombrecer aún más el panorama.

También es lamentable la pérdida y dispersión, principalmente en las bibliotecas y archivos de España y Francia y colecciones particulares, de parte del Archivo documental del Reino (Patrimonio escrito); igualmente el abandono del Patrimonio Industrial, en su cuádruple vertiente de continentes, contenidos, productos y archivos, materializado en uno de sus actos más recientes en la demolición de la Azucarera de Marcilla.

A todo lo anterior se une el modelo urbano que pretenden imponer en esta tierra quienes hoy ostentan el poder político y económico: un modelo que prioriza el uso del automóvil, el consumo y la creación de grandes superficies y otros no lugares (según Augé, 1992), en los que prima el individualismo frente a la cultura más solidaria de la calle. Sufrimos un brutal proceso de metástasis y clonación de urbanizaciones y la destrucción de nuestro paisaje y arquitectura tradicional.

Contémplese a este respecto la desfiguración de la Cuenca de Pamplona y la destrucción de patrimonio histórico-artístico que supone el pantano de Itoitz (véase Asirón, 2001).

El olvido y menosprecio de las expresiones más genuinas de nuestra cultura contribuyen de manera clara a la liquidación de nuestra identidad social.

Consideramos intolerable y genocida la represión que sufre en la CFN nuestra lengua nacional, el vascuence (euskara), elemento central del Patrimonio de los navarros y patrimonio de la Humanidad, sometido a una política de marginación a través de la denominada “Ley del Vascuence”.

Estos y tantos otros casos que tristemente se podrían recordar, constituyen
etapas de un proceso continuo de degradación de elementos básicos de nuestra memoria colectiva y son, al mismo tiempo, expresión de alarmantes carencias en nuestra sociedad.

Información y creación de Patrimonio

En primer lugar, nos parece necesario adquirir una visión amplia del patrimonio, que supere la concepción fundamentalmente monumentalista imperante sobre el mismo. En esencia el patrimonio es un archivo, un elemento básico de referencia histórica (memoria histórica) y autoestima social. El patrimonio es información.

Pero de trata de un archivo especial, configurado en forma de red o sistema de elementos –elementos patrimoniales-– en continua interacción. Defendemos, por tanto, una concepción sistémica y no reduccionista de la cultura (véase Bertalanffy, 1975) y del patrimonio.

En consonancia con esta ultima afirmación, la consideración de los entornos donde se integran e interaccionan los elementos patrimoniales debería guiar una moderna política de patrimonio.

En nuestra opinión, además, no sólo es necesario recuperar, defender y mantener el legado de otros tiempos, sino que éste debe evolucionar y es preciso acrecentarlo; crear Patrimonio. El patrimonio es algo vivo. Sólo las sociedades vivas son capaces de crear patrimonio. Crear patrimonio implica incorporar a la red patrimonial nuevos elementos y también consensuar y emprender labores de reconstrucción y/o recreación de elementos emblemáticos dañados o desaparecidos. Media Europa ha sido reconstruida y recreada a partir de sus escombros tras las dos grandes guerras del siglo XX.

La Humanidad tiene su patrimonio y éste emerge a partir de las culturas particulares, basadas a su vez en grupos humanos que son quienes mantienen (o destruyen) y generan nuevos elementos patrimoniales. Nuestra responsabilidad universal en materia de patrimonio pasa inexorablemente por el entorno más próximo. Es el patrimonio de nuestros pueblos, valles y nación (Navarra-Euskal Herria), con su lengua y tradición político-social, incluso el del entorno cultural del Occidente europeo, el que permite nuestra aportación al Patrimonio humano.

De lo dicho podríamos concluir que el propio término de Patrimonio expresa actualmente limitaciones fundamentales. Incluso podría plantearse el abandonarlo y buscar un nuevo modo de designar el conjunto de realidades de todo tipo y sus múltiples relaciones e implicaciones que hasta ahora así se han denominado.

Definición de patrimonio y elementos patrimoniales

Es patrimonio el conjunto de bienes, materiales (muebles e inmuebles) e inmateriales (instrumentales, éticos, comunicativos y organizativos) que, en continua interacción, constituyen el acervo, el activo, a través del cual, o en su seno (Patrimonio natural), un pueblo participa en el devenir de la Humanidad.

También podríamos definirlo como la red (sistema) de expresiones (elementos) materiales e inmateriales de cada cultura. Presenta, principalmente, aspectos lingüísticos, históricos, sociales, productivos, políticos, artísticos, religiosos; culturales, en general.

La lengua es un elemento precultural patrimonial básico. Su fase más intensa de desarrollo en la evolución humana parece que tiene lugar cuando se dispara la evolución tecnológica, produciéndose un salto, tanto en la propia evolución técnica como en el nacimiento de las expresiones simbólicas, artísticas, religiosas, actividades no relacionadas directamente con la supervivencia (véase Carbonell, 2000).

A partir de la “Revolución Neolítica” muchos grupos humanos dejan de ser nómadas. El territorio incrementa entonces su importancia como bien patrimonial.

Sobre Lengua y Territorio se crea y construye el resto del patrimonio. Elemento básico es el Paisaje; incluida la Arquitectura, considerada esta última en toda su diversidad, no solo la religiosa o monumental convencionales. Patrimonio son también expresiones básicas multifuncionales como la Literatura -oral y escrita- la Música, las Danzas, el Folclore en general, etc.

Las sociedades humanas modifican su entorno creando paisaje. Éste es consecuencia del conjunto de interacciones entre el medio físico, biológico y humano. El paisaje es un elemento que la humanidad construye como patrimonio, a través de su actividad, sobre un sustrato territorial resultado de millones de años de evolución geológica y biológica.

El Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO adoptó, en 1992, la categoría de “paisajes culturales” para lugares peculiares “creados, formados y preservados por los vínculos y las interacciones entre el hombre y su entorno”. No obstante, se puede afirmar que todo paisaje es cultural por el hecho de serlo, y no tiene sentido sin el observador ni la sociedad que lo construye. El paisaje tiene una doble vertiente: la subjetiva, ya que no existe sin la persona que lo contempla, y la objetiva, que se expresa y cuantifica sobre variables de los sistemas geológico, biológico y social.

La valoración del paisaje como elemento patrimonial es reciente y en ella confluyen cantidad de factores, entre ellos los culturales y los derivados de la propia apreciación subjetiva de las personas (Astibia y Martínez Garate, 1998). El paisaje es un concepto englobante capaz de incluir prácticamente todos los elementos patrimoniales, los “bienes” (ondasunak, en vasco) de una sociedad. Un tema a estudio es la influencia o distorsión que sobre patrimonio y paisaje ejerce una actividad de masas como el turismo.

También son bienes de un pueblo su propia organización social y política; sobre todo, cuando, como en el caso navarro, la organización social, base de la política del Reino desde la Alta Edad Media, constituye un sistema jurídico propio, que se caracteriza por una importante anticipación de posiciones que más tarde se llamarán “democráticas”.

Las manifestaciones comúnmente denominadas espirituales, maneras de mostrar afanes de perdurabilidad, de “relación/ligazón” con otros seres o, simplemente, la conciencia de “ser limitado” que acompaña a las personas, expresiones presentes históricamente en diversos modos religiosos o simbólicos, también pueden constituir parte de los bienes (activo social) de un pueblo, de su activo social.

Conviene resaltar como idea central que nuestro concepto de patrimonio se aleja de la idea de algo pretérito, estático, al margen de las necesidades reales de personas y grupos, solamente a conservar y sin valor para el mundo actual más allá del puramente estético. 

Muy al contrario, el patrimonio es un sistema en evolución, un todo vivo que varía a una con los modos de vida y la mentalidad de los pueblos que lo crean. Es el “activo”, en el amplio sentido de capacidad movilizadora y motivadora de una sociedad, olvidando por el momento las resonancias reduccionistas de tal concepto en su uso puramente contable.

Navarra y el papel de los estados

Navarra es un Estado conquistado y desgarrado por España y Francia (Urzainqui y Olaizola, 1998; Esarte, 2001). En casos similares, los estados dominantes se enfrentan a la resistencia de los ocupados tratando de fagocitar y destruir sus señas de identidad. Dicho de otro modo, buscan lo que en Iparla 3 (1988) se ha denominado con acierto la “resolución entrópica de la contradicción social”. Los recientes conflictos en los Balcanes son un claro ejemplo de ello. La entropía de un sistema físico expresa su nivel de desorganización. 

Según la “Teoría de la Información” (Shannon y Weaver, 1949), un sistema, para mantenerse organizado y lejos de la uniformización, es decir con baja entropía, necesita estar alimentado continuamente por información. Las sociedades humanas pueden morir a menos que se activen sectores sociales que provean información, es decir entropía negativa, capaz de invertir la tendencia impuesta por los actuales estados imperiales. Esto exige tener ideas, capacidad organizativa y estrategia para realizarlas.

No creemos, por tanto, que los estados de nuestra realidad más próxima, creados sobre y en contra de estados históricos como Navarra, Escocia,o Cataluña, sean los sujetos idóneos para garantizar la conservación y expansión de nuestro patrimonio, sino que constituyen, por el contrario, un factor básico de su ocultación y aniquilación.

Sin embargo, considerado genéricamente y dado el control que los estados ejercen en temas tan decisivos como política lingüística, educación, cultura, economía, medioambiente, defensa, etc., su papel como garante del patrimonio es de gran importancia. Publicaciones, como “El Correo de la Unesco” inciden reiteradamente en este planteamiento. Pensamos, por tanto, que en el mundo actual un pueblo mal puede garantizar la vida de su patrimonio sin el concurso de la organización social llamada Estado. De aquí se deduce la importancia que adquiere para nosotros la recuperación del Estado navarro. Este sería el medio principal que en el mundo presente, con una progresiva tendencia a la homogeneización económico-cultural, tendríamos los vascos para tratar de garantizar aspectos tan básicos como son los “Derechos Humanos”, comprendidos en ellos, obviamente, el mantenimiento y expansión de los elementos patrimoniales.

La Aldea Global y la Aldea Local: ¿la Caverna Global?

Tras la denominada Sociedad industrial hoy vivimos inmersos en la Sociedad de la información y de la Economía globalizada. Hechos que suceden a miles de kilómetros no sólo constituyen noticia inmediata, sino que pueden influir directa y rápidamente sobre nuestro entorno más próximo. A esta situación se la ha denominado La Aldea Global (McLuhan y Powers, 1989). Al mismo tiempo, vivimos una situación en la que la necesidad de un apoyo sobre el que construir nuestras sociedades lleva a la recuperación y valoración de las potencialidades de cada sociedad particular (La Aldea Local, véase Schumacher, 1973). Por otro lado, la manipulación de la informacion por los medios de comunicación
–“mediados” por grandes intereses económicos y políticos– produce tal distorsión de la realidad que Gómez Pin (2000), utilizando el símil platónico, denomina el mundo actual como La Caverna Global.

Tan pronto como el desarrollo científico y tecnológico se lo han permitido, el potencial destructivo de los humanos, organizados en muchos casos en empresas expoliadoras preocupadas sólo del beneficio inmediato, o en estados embarcados en aventuras bélicas capaces de aniquilar personas y bienes de todo tipo, se ha mostrado con crudeza. Millones de personas tratan de sobrevivir en la miseria. La actual civilización, derrochadora de energía, está contribuyendo a una preocupante degradación del ecosistema planetario, generándose problemas que lejos de resolverse o reducir su incidencia, son cada vez más intensos y exigen planteamientos más radicales. Por otro lado, la reciente Revolución biotecnológica supone una encrucijada para la Humanidad y el planeta sin precedentes.

Estos y otros problemas exigen una visión global y la inexorable necesidad de un cambio. La obra del geógrafo navarro, Leoncio Urabayen (1949 y otras publicaciones) ha supuesto una temprana y valiosa aportación sobre temas paisajísticos y de desarrollo equilibrado –ecológicos se diría hoy- y marca un hito para nuestra reflexión. El paisaje humanizado de Urabayen, en el sentido de equilibrado es, tal vez, su aportación más original. La “Hermandad del Árbol y del Paisaje”, creada en Iruñea en la primera mitad del siglo pasado, constituye un precedente de los actuales movimientos en defensa del medioambiente (véase Saiz-Calderón, 1929-1930).

Hemos avanzado y la visión antropocéntrica -básicamente judeo-cristiana- de “un planeta al servicio de la Humanidad” está dando paso a la de un mundo en equilibrio, a una trama de interdependencia en el que Homo sapiens es una especie más, aunque importante por su capacidad cognitiva y transformadora. En este sentido incide la “ecología profunda” o “visión holística del mundo” (Capra, 1996). Nuestros planteamientos de “posesión” deberían retornar a planteamientos de “pertenencia”, superando un concepto tradicional de patrimonio que considera los bienes en términos de “recursos”, planteándonos incluso la necesidad de prescindir de esa palabra u otras como heritage, etc., dadas sus connotaciones machistas y de herencia. En este sentido, la palabra vasca ondare –que surge de un pueblo donde el sentido de lo colectivo todavía es importante- parece más apropiada, por su cercanía etimológica al concepto de “bien” (ondasun), que otras utilizadas en idiomas vecinos.

La visión global de un sistema planetario en equilibrio nos lleva a los planteamientos de la “Hipótesis Gaia”, expuesta y defendida por James Lovelock (véase Margulis, 2002). El biólogo Edward O. Wilson (1992) padre de la denominada Sociobiología, destaca la importancia fundamental del mantenimiento de la biodiversidad para la propia supervivencia humana.

Nuestro comportamiento agresivo con el planeta nos debería hacer pensar que éste puede encontrar su equilibrio sin los humanos, y que la vida –como ha ocurrido durante miles de millones de años- puede seguir sin nuestra especie.

Somos parte del Patrimonio de la Tierra y hemos de procurar seguir siéndolo, tratando de continuar en armonía con el resto del planeta.

¿Somos -o podremos ser- los humanos, la consciencia de Gaia?

El respeto al patrimonio es el respeto a los pueblos que continuamente lo crean y sustentan; por tanto, es el respeto a la especie humana (suma de todos los pueblos y sus interrelaciones). A cualquier nivel la diversidad es un requisito básico para la supervivencia. 

La estandarización y uniformización son preámbulo de esclavitud y desaparición. La supervivencia de la Humanidad está ligada tanto a la variedad biológica de la Tierra como a la complejidad lingüística, histórica y cultural de sus sociedades.

El respeto a la pluralidad y diversidad son una importante característica de la tradición jurídicopolítica de Navarra, incardinada en lo que los especialistas denominan “Derecho pirenaico”.

También pertenecen a la tradición cultural europea y, concretamente, a la nuestra los conceptos de la Tierra como madre (Ama Lur) y el de pertenencia a la Casa.

La concepción política del equilibrio entre lo individual y lo social está en la base del Derecho navarro (Urzainqui y Olaizola, 1998).

Otros pueblos nos llevan una gran ventaja. Si queremos una Navarra con presencia digna en el mundo no podemos esperar más. La defensa del Casco Antiguo de Iruñea, con su Palacio Real y toda su fisonomía clásica, ha sido el arranque de una reivindicación con importantes antecedentes históricos, como es la de la “Asociación Euskara de Navarra (Campión, Iturralde y Suit, etc.), y será el símbolo de nuestra regeneración. La consecución de nuestra soberanía política, encuadrada en el marco de la recuperación del Estado navarro, como soporte y garante de nuestra supervivencia y aporte al Patrimonio universal, es nuestro objetivo próximo.

Pretendemos con ello contribuir a un fin mucho más amplio: conseguir un planeta habitable por todos los grupos humanos, y por todas las especies vivas.

A modo de conclusión

El concepto de patrimonio es mucho más amplio que el convencional, limitado casi exclusivamente a aspectos materiales y aún estos en sentido muy restrictivo.

El patrimonio es un sistema dinámico, como las personas y pueblos que lo crean y hacen evolucionar. Es el “activo” que permite que las sociedades humanas vivan y busquen una armonía interna y global con el resto de sociedades y con el planeta.

Son los “bienes” (ondare, ondasunak) de los que cada grupo humano se ha beneficiado en siglos de trabajo, relaciones y reflexión, que se transmite y cambia de generación en generación.

Nuestro patrimonio forma parte de un todo planetario y universal. La moderna concepción de patrimonio y la alarmante destrucción del mismo en Navarra exigen, de manera inaplazable, un serio debate intersocial e interdisciplinar en nuestra tierra. Nuestra supervivencia, individual y nacional, está en juego. No es asunto baladí ni intrascendente como para dejarlo en manos de unas pocas personas con posiciones acomplejadas, homogeneizadoras, reduccionistas y asimilacionistas. Este planteamiento conlleva importantes repercusiones políticas, que nos pueden implicar y comprometer de manera muy profunda.

Agradecimientos

Al Dr. Xabier Pereda Suberbiola (UPV/EHU), a Erlantz Urtasun (Nabarralde) y a nuestros amigos de la Sociedad de Estudios e Iniciativas Iturralde, por la lectura crítica del manuscrito.

Bibliografía

Asirón, J. (2001). Reflexiones en torno al patrimonio histórico-artístico. Diario de Noticias, 22 de abril.
Astibia, H. y Martínez Garate, K. (1998). Paisajes del Tercer Milenio. Diario de Noticias, 25 de Agosto; Deia, 1 de septiembre.
Augé, M. (1992). Non-lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité. Edition du Seuil. (Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad).
Gedisa editorial, Barcelona, 1998).
Bertalanffy, L. Van (1975). Perspectives on General System Theory -Scientific- Philosophical Studies. George Braziller, Inc., New York (Perspectivas en la Teoría General de Sistemas,
Alianza Universidad, Barcelona, 1979).
Capra, F. (1996). The Web of Life. Anchor Books, New YorK (La Trama de la Vida). Anagrama, Barcelona, 1998).
Carbonell, E. i Sala R. (2000). Planeta humà. Empúries, Barcelona (Planeta humano). Península, Barcelona, 2000).
Castellet, J., Eguino, E., Otxoa, C., Larrea, A., Iraizoz, P., Ibañez, P. y Aranaz Tx. (Coordinadores) (2003). Plaza del Castillo. Una lección de democracia ciudadana frente a la destrucción de 2000 años de patrimonio. Editorial Pamiela, Pamplona.
Esarte, P. (2001). Navarra, 1512-1530. Conquista, ocupación y sometimiento militar, civil y eclesiástico. Editorial Pamiela, Pamplona.
Gómez Pin, V. (2000). Los ojos del murciélago. Vidas en la caverna global. Seix Barral, Barcelona.
Margulis, L. (2002). Planeta Simbiótico. Debate, Madrid.
McLuhan, M. y Powers, B. R. (1989). The Global Village, Transformation in World Life and Media in the 21st century. Oxford University Press, New York.
Saiz-Calderón, A. (1929-1930). Guía deNavarra. Séptima Edición, Pamplona.
En torno al concepto de Patrimonio.doc 18/1/yy
Shannon, C. E. y Weaver, W (1949). The Mathematical Theory of Communication. University of Illinois Press.
Schumacher, E. F. (1.973). Small is Beautifull. (Lo pequeño es hermoso. Hermann Blume. Ediciones, Madrid, 1978).
Urabayen, L. (1949). La Tierra humanizada. Espasa-Calpe, Madrid.
Urzainqui, T. y Olaizola, J. Mª (1998). La Navarra marítima. Editorial Pamiela, Iruñea.
Wilson, E. O. (1992). The Diversity of Life. Harvard University Press, Cambridge, Mass. (La Diversidad de la Vida. Editorial Crítica, Barcelona, 1994).
XX. (1988). Un modelo de reducción totalitaria. Iparla, 3.




Luis Mª Martínez Garate, Ingeniero de Telecomunicación

Humberto Astibia Aierra, Doctor en Ciencias Biológicas, UPV/EHU
Miembros de la Sociedad de Estudios e Iniciativas Iturralde

01 junio 2014

OSASUNA

Osasuna. La salud. ¡A la suya señores! Osasuna es también el nombre del principal equipo de fútbol de Pamplona. Parece que en los últimos tiempos ambas acepciones del término, como sustantivo y como nombre propio de un club, andan por caminos revueltos.

La salud, el sistema sanitario, sea Osasunbidea u Osakidetza, está sufriendo profundos recortes que repercuten inexorablemente sobre la calidad del servicio que recibe el “paciente”; ¡uy!, ¡perdón! el “cliente”, que es la forma políticamente correcta de denominarlo en la actualidad.

Los recortes han producido estragos en muchos de los servicios que se creían garantizados por el “estado del bienestar”. Y, de modo alarmante, se han cebado en el sistema sanitario. Atención primaria, especialidades, listas de espera crecientes, etc. producen una grave sensación de impotencia y malestar… ¡en el cliente!, que es precisamente aquél de quien decían que siempre tenía razón. Parece que la tenía de bastante más calidad cuando era simplemente… paciente.

No obstante esta deriva sobre el deterioro del sistema sanitario, quisiera hacer una reflexión sobre el contenido del nombre propio. Se ha dicho muchas veces que el Club Atlético Osasuna es el único equipo de Vasconia que participa normalmente en la primera división de la liga española, hasta este año en que ha descendido a segunda, que llevaba un nombre en euskera. En efecto, ni el Athletic, ni la Real (¡vaya título democrático!), ni el Deportivo Alavés tienen nombre vasco.

Parece que los recortes asociados a la crisis, unidos a una gestión pésima, de la que no me encuentro capaz de hablar dada mi nula afición a ese espectáculo de masas que se conoce como fútbol profesional, han provocado su descenso de categoría.

Aprovechando eso de que “a perro flaco todo son pulgas” ahora resulta que Osasuna se ha convertido en el receptáculo de todas las obleas por parte de los sectores que, con pleno autoodio, aborrecen de lo propio. Ya se han escuchado voces que dicen que Osasuna no es lo más importante para Navarra (cosa, por otra parte, cierta), que el equipo de fútbol de una ciudad lleva “normalmente” su nombre (como ejemplos: Sevilla, Salamanca etc.) y otras muestras de menosprecio hacia… ¡Osasuna! Es decir que, por un lado, Osasuna es prescindible y que, por otra, lo obligado es que haya un equipo de fútbol en la Liga española que lleve el nombre de su ciudad, obviamente Pamplona.

Cuando hablamos de fútbol, aquí y ahora, estamos visualizando un mapa, nos estamos sintiendo “acogidos” por lo que ese mapa contiene de nacionalismo, dicen que banal, pero que de banal tiene muy poco. El espectáculo fútbol, “la liga”, es uno de los medios de nacionalización más potente de que disponen quienes controlan el poder en el marco del Estado español.

Incluso esa pequeña motita de polvo que puede empañar su “una, grande y libre” o su “Navarra foral y española”; ese mínimo desajuste que constituye el hecho de que haya tres equipos de fútbol vascos sin nombre vasco y que el único que lo lleva sea el de un territorio que ellos afirman que no lo es, les produce tal desasosiego, lo consideran tan importante desde el imaginario simbólico, tanto español como navarro, que tiene todos los visos de que creen llegada la hora de prescindir del mismo.

Si me pusiera serio diría que, si lo llegan a perpetrar, sería un atentado más (¡y van…!) contra el acervo pamplonés y de todos de los navarros, porque Osasuna es signo de salud, lingüística claro, pero sobre todo de memoria y patrimonio.


17 noviembre 2013

PATRONOS, PATRIAS, PATRIMONIOS



Escribo este texto en Madrid el día 15 de noviembre. Es el día en que la Iglesia católica celebra la festividad de San Alberto Magno (finales del siglo XII-1280). Alberto era bávaro, estudió en Padua donde se hizo dominico, enseñó en Paris y tuvo como discípulo a Tomás de Aquino. Fue teólogo, por supuesto. Practicó una alquimia cauta y se le considera descubridor del arsénico. Defendió con firmeza la esfericidad de la Tierra. Roma lo hizo santo y designó como patrono de la ciencia y los científicos.

La costumbre de tomar el referente de una persona distinguida en cualquier campo práctico o de conocimiento en general como modelo no es algo exclusivo del cristianismo. Es un hecho que aparece, por ejemplo, cuando Sócrates, ante su inminente muerte por la cicuta, pidió a sus seguidores que ofrecieran un gallo a Asclepio, el dios patrono de los médicos. Es fácil que el origen de su culto estuviera en la persona del sabio egipcio Imhotep que vivió 2.000 años antes que Sócrates.

La asociación de “persona modelo” en algún campo -práctico o teórico, secular o mágico-, con una referencia religiosa y su conmemoración por los grupos dedicados a la misma profesión es algo común a muchas civilizaciones. Asclepio –el Esculapio de los romanos- fue el patrono de los médicos. Pero también lo tienen los agricultores o carpinteros.

Cuando los humanos se agrupan en sociedades estables con su territorio, diferenciadas unas de otras, que, a veces, colaboran entre sí, pero que la mayor parte del tiempo se encuentran en conflicto, adoptan también sus modelos en la forma de héroes, guerreros, sabios, personas de vida ejemplar, santos…, tanto si son míticos como reales. Las patrias suelen tener un patrono. Ambas voces tienen un mismo origen en latín: “pater” (padre).  Desde Rómulo y Remo hasta Juana de Arco, pasando por Sant Jordi, las patrias han acogido, venerado y reclamado protección de sus patronos respectivos.

En Madrid, el 15 de noviembre de 2013, he acudido a una exposición montada por CaixaForum que, con el título de “Japonismo”, trata sobre la recepción, a partir del siglo XVI, del arte nipón en la cultura occidental. En la introducción se indica textualmente que “todo empieza en el año 1549, (cuando) el jesuita español San Francisco Javier llega al archipiélago japonés y entra en contacto con una cultura oriental milenaria”. La apropiación de Francés de Xabier como jesuita “español” resulta, cuando menos, descarada. Los imperios siempre se han caracterizado por la incautación de cualquier activo propio de los países que colonizaban. Su patrimonio pasaba a formar parte del tesoro imperial. Quedaba al arbitrio del imperio su apropiación mediante desnaturalización, ocultamiento, reinterpretación o simple ignorancia. Sucede, como en la historia de Alicia en el País de las Maravillas, que quien manda puede hacer que cada cosa signifique lo que él desee.

Francés de Xabier es patrimonio de Navarra, pero quienes la conquistaron se apropiaron de su figura, tras una reconversión oportunista. La posición política y militar de su familia no resulta asimilable con facilidad desde la historia española. Su enfrentamiento a los ocupantes no dejaba ningún resquicio. Esa cuestión quedó simplemente aparcada, se ignoró. Francés se recupera por una vía indirecta, a través de su papel como misionero jesuita, como persona relevante para el mundo católico. Y es esto lo que aparece en la exposición organizada por La Caixa: Xabier es jesuita y el imperio se lo apropia como jesuita “español”. Da lo mismo que no fuera español ni de nacimiento ni de sentimientos; Francés de Xabier viajó por el mundo como portugués. Nació cuando Navarra existía, pero pronto fue fagocitada. No quedó más que España (y una parte navarra mínima en Ultrapuertos). El ya San Francisco Javier no podía ser otra cosa que español.
En esta condición de misionero, español forzado, lo convierten en patrono de Navarra, en realidad copatrono junto con San Fermín el inexistente. Pero esa es otra historia… Javier llegó a ser patrono de una Navarra rota, sometida a España. Hoy es una simple Comunidad Autónoma.

Formamos parte de una civilización en la que, a nivel simbólico como material, el cristianismo forma parte básica de su estructura profunda. En lo personal podemos ser agnósticos, ateos o de cualquier otro credo religioso, pero sin la impronta cristiana nuestra sociedad no sería comprensible.

Francés de Xabier nació en un Estado vasco libre, una patria independiente. Él y su familia fueron sus acérrimos defensores. Para nosotros debería ser accidental que fuera misionero jesuita. Habrá quienes, por sus creencias, lo quieran venerar como tal. Pues santo y bueno. Los que lo valoramos como patriota navarro, pues también. 

Desde hace años es el patrono del euskera y también de los pelotaris, el deporte vasco por excelencia. Algunos, con acierto, lo han propuesto como patrono de Euskal Herria. Ya es hora de que Francés de Xabier ascienda de categoría y pase de ser el patrono de la CFN, simple provincia española, a serlo del conjunto de la nación vasca y de su próximo Estado independiente: Navarra.


IZARONEWS 2013/11/25

NAIZ 2013/11/27

NOTICIAS DE NAVARRA 2013/12/02

DEIA 2014/01/04

20 septiembre 2012

DESTRUCCIÓN DE LA MEMORIA



La demolición del sistema defensivo del reino de Navarra durante la etapa de la conquista, entre 1512 y 1530, fue, sin duda, un modo expeditivo para lograr su rendición. Pero más allá de esta consideración bélica, la aniquilación de castillos y murallas tiene una lectura más profunda. De este asunto se trató en Aoiz en la sesión del III Congreso de historiadores de Navarra dedicada a “La destrucción de los castillos”.

La red de fortalezas de Navarra tenía una función que iba mucho más allá del simple sistema defensivo. Cumplía misiones simbólicas y efectivas relacionadas con la política territorial del Estado, con la delimitación de su espacio y su administración a todos los niveles. Desde los grandes castillos como Tiebas, Marcilla y tantos otros, hasta los simples palacios de Cabo de Armería, pasando por sencillas torres que ejercían labores de vigilancia y comunicaciones entre cualquier punto del reino y su capital, formaban una red jerarquizada que organizaba el territorio y daba base material al Estado. Su desmantelamiento suponía destruir no sólo el sistema militar de organización del reino sino, principalmente, la legalidad vigente, su orden civil, el control sobre su territorio. Y sustituirlo por una legalidad ajena, impuesta, un sistema subordinado y aniquilador del propio.

Jokin del Valle afirmó que, según la convención de la UNESCO, “somos el paisaje”. Y añadió: “los castillos constituyen un elemento especial del paisaje, por su ubicación llamativa y constituir elementos militares y de poder”. Con el tiempo, los paisajes de las poblaciones que albergaron el sistema defensivo navarro fueron cambiando y sus habitantes se resignaron al cambio. Al principio todo les resultaría extraño. Por supuesto la nueva forma de gobernar, pero también el paisaje con un castillo derruido primero y, poco a poco, por la fuerza del tiempo y la erosión de la historia, desaparecido. La memoria que podía tener cada pueblo de pertenencia a un Estado independiente, con su sistema político soberano, se fue diluyendo.

El paisaje es “depósito de memoria”, según expresó Joseba Asirón en la misma sesión. Y el paisaje cambia. A veces espontáneamente, pero en muchas otras ocasiones de manera inducida. Esto es lo que sucedió en la Alta Navarra tras los hechos bélicos y de ocupación reseñados. En la mayor parte de Europa, comenzando por nuestros “países vecinos”, España y Francia, y otros más lejanos como Escocia, han mantenido sus castillos como elemento de continuidad del paisaje, y de memoria por lo mismo; los han convertido en elementos de atracción cultural y turística con sus correspondientes centros de interpretación, museos, lugares de venta y promoción de libros, recuerdos, etc., siempre con referencia contextualizada al lugar correspondiente.

De los castillos destruidos en la época de la conquista queda la memoria en la toponimia y en las crónicas históricas de su destrucción, pero en el lugar donde cumplieron su misión no existe ninguna referencia. Existen otros casos, como el de Xabier, donde se mantuvo el castillo, pero en el que se ha perpetrado una tergiversación total de su sentido histórico. Han “olvidado” su función como castillo de una de las principales familias del reino independiente y resistente a la ocupación. Lo han “reconvertido” en una basílica de culto religioso, de dudoso valor estético, tras destruir su torre mayor, según explicó Pello Iraizoz.

Para los que sufrieron la conquista y sus inmediatos sucesores la desaparición de los castillos fue una auténtica humillación, pero seguían existiendo sus ruinas. El paso del tiempo borró estas huellas, el paisaje fue cambiando, allanándose como la memoria de los agravios recibidos en la conquista. La memoria sobrevivió, en gran parte, gracias a la transmisión oral de las vivencias de los hechos y de los permanentes agravios que perpetraba el sistema político impuesto tras la ocupación. Fue a finales del siglo XIX, con la constitución de la “Sociedad Eúskara de Navarra” y la posterior “Comisión de Monumentos”, cuando se comenzó a valorar este patrimonio y su función memorial. Recuperaron el recuerdo de lo que fue un Estado europeo soberano. Significativo es que uno de los principales trabajos de Julio Altadill, fundador de la Asociación Eúskara, fueran tres volúmenes dedicados precisamente a los castillos de Navarra.

El mantener y transmitir la memoria de las injusticias sufridas es un elemento emancipador. El olvido y tergiversación que provocan quienes controlan los resortes del poder y los medios de educación y propaganda en nuestro país, tiene una intención política clara: convertir una nación, orgullosa de su patrimonio e historia, en una sociedad mansa e integrada en su sistema imperial. Su puesta en valor es una tarea necesaria para recuperar nuestra dignidad y afrontar el futuro con decisión y optimismo. 

Noticias de Navarra (2012/09/25)

03 mayo 2011

GERNIKA

A los 68 años del bombardeo de la ciudad símbolo del pueblo vasco, Federico Borras Alcain, presidente de la Asociación Vasca Urrundik de Paraná, Argentina, escribía en mayo de 2005 en el sitio web de EUSKOSARE:

El 26 de abril de 1937 era un lunes de mercado en la villa vasca de Gernika. La ciudad es un lugar sagrado. Allí se encuentra el Árbol de Gernika, símbolo de las libertades del pueblo vasco, ante cuya sombra los monarcas juraban respetar las milenarias libertades de los euskaldunes, costumbre que se remonta al año 1317. Bajo ese árbol, los representantes del pueblo se reunían en juntas, y según escribiera Rousseau, “siempre toman las decisiones más justas”.

Pero ese lunes no sería un día más para Gernika, ni para el resto de la humanidad. Pasadas las cuatro de la tarde, la villa sufriría la primera destrucción masiva contra una población civil indefensa producto de un bombardeo aéreo que registra la historia.


¿Qué es Gernika? Gernika es un lugar perfectamente ubicado en un entorno geográfico concreto; constituye el comienzo de la ría que forma el río Oka en su desembocadura al mar de Bizkaia, conocida como ría de Mundaka. El paraje, de extraordinario valor paisajístico y ecológico, es conocido como Urdaibai. En su entorno se encuentra la cueva de Santimamiñe, con restos y pinturas del Paleolítico Superior, entre 14.000 y 9.000 ANE. Gernika, Urdaibai, lugar sagrado de nuestros antepasados.

Gernika es una villa fundada en 1366 en el lugar de la anteiglesia de Lumo, cuya primera mención histórica aparece en el Cartulario de San Millán de la Cogolla y data de 1051. En esta población de tantos siglos y avatares, y posiblemente debido a su excelente ubicación, se comenzaron a reunir los junteros forales de Bizkaia en la etapa en que el sistema foral vasco se constituyó, durante el siglo XIV, como alianza de las villas con los monarcas castellanos, frente a los desmanes endémicos de los parientes mayores, en los que el mayor perdedor era siempre el pueblo llano.

Parece que existía en la anteiglesia de Lumo un robledal con una pequeña ermita en sus inmediaciones, la Iglesia Juradera de Nuestra Señora Santa María La Antigua. Andando los siglos, del robledal sólo se conservó un ejemplar: el Árbol Foral o Árbol de Gernika. Testimonios abundantes del siglo XVI indican que dichas juntas se realizaban “so el árbol”; es verosímil que fuera el mismo. El hecho es que, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el lugar en el que se juraban los fueros del Señorío de Bizkaia se fue transformando, por extensión de su significado, unido a toda la simbología ancestral del “árbol del mundo” o del “árbol originario” de tantas cosmovisiones, en el “Árbol” de los fueros.

El reencuentro entre los territorios segregados de Navarra y ocupados por Castilla durante los siglos XI y XII, que la ofensiva antiforal del poder del Estado español propició y que se expresó a través de las guerras carlistas del siglo XIX, elevó al Árbol de Gernika a símbolo del conjunto de los fueros vascos. La apoteosis se alcanzó gracias a un bardo, poeta y músico, voluntario carlista de la primera guerra, exiliado por necesidades políticas y económicas, de vida bohemia y, sobre todo, amante de la libertad: José María Iparragirre. Él compuso la letra y la música del “himno foral vasco” por antonomasia. El Gernikako Arbola. El zortziko-himno de Iparragirre arrasó. Se cantaba, todos puestos en pie, en cualquier reunión de carácter social o político de Euskal Herria en los siglos XIX y XX, por lo menos hasta que la llamada “Transición” de los años 70 del pasado siglo lo fue arrinconando.

Gernika y su Árbol fueron un símbolo de la libertad vasca. Muchos, casi todos, lo aprendimos en casa. Mi padre, carlista, de pie y con la cabeza descubierta como signo de respeto y acatamiento. Con él, abertzales de todo tipo y tantas personas de cualquier, o de ningún, pelaje político, pero todos vascos o vasconavarros. Gernika era un “lugar de memoria”.

El 7 de octubre de 1936, en plena guerra, se eligió en Bilbao, con participación de concejales de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia, a José Antonio Agirre como lehendakari del Gobierno Vasco, por mayoría absoluta. Ése mismo día juró el cargo en la Casa de Juntas de Gernika, al pie del árbol. Gernika, lugar de los Fueros.

Gernika fue, por lo mismo, el lugar elegido por Franco para desmoralizar y humillar a los vascos. Siguiendo con la narración de Borras Alcain:

El corresponsal inglés Steer, entre otros muchos analistas, sostiene que el objetivo del bombardeo era desmoralizar a la población civil, atacando una ciudad símbolo para el pueblo vasco. El argumento bien puede enlazarse dentro de la blitzkrie aérea alemana, que combinaba no solo bombas rompedoras, incendiarias y ametrallamiento, sino también, cómo no, el terror.

…Winston Churchill lo diría mejor que nadie: “Gernika fue un horror… experimental."


Pablo Picasso afirmó: “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo”. Su Gernika, cuadro pintado en los meses de mayo y junio de 1937, es alusión clara al bombardeo del 26 de abril de dicho año. Su interpretación puede ser objeto de polémica, pero su valor artístico está fuera de discusión. No sólo es considerado una de las obras más importantes del arte del siglo XX, sino que se ha convertido en un auténtico icono del mismo, símbolo de los terribles sufrimientos que la guerra infringe a los seres humanos. Gernika, lugar contra los horrores de la guerra.

Muchos otros artistas e intelectuales plasmaron el terrible suceso en sus obras. En 1966, un gran compositor donostiarra, Pablo Sorozábal, recogió la tragedia en “Gernika, marcha fúnebre vasca para una plantilla de txistus, trompas y tambores”, dedicada a su madre. Diez años más tarde, en 1976, realizó una segunda versión que subtituló “Eusko kantata para coro y orquesta” con alguna modificación del original. En la música se reconoce la melodía popular “Lurraren pean”, recogida por Sallaberry en Lapurdi. Se estrenó el 15 de enero de 1987. Gernika, también, lugar sonoro de memoria.

Artículo publicado en Haria, número 28, dedicado a Lugares de memoria. Mayo de 2011.

15 octubre 2009

PEQUEÑO PATRIMONIO INDUSTRIAL


Pequeño en cuanto a su tamaño y formato, pero muy rico en cuanto a su valor histórico, sentimental y estético. Se trata de una obra no habitual, por lo menos en nuestro entorno. Muchas veces se han realizado libros sobre el patrimonio, tanto material como inmaterial, con texto e imágenes. En escasas ocasiones el asunto del trabajo se centraba exclusivamente sobre el Patrimonio Industrial. Rizando el rizo, esta obra se refiere a un aspecto muy especial del patrimonio industrial. Consiste en descubrirlo desde su perspectiva gráfica, seguir su evolución, en el tiempo y en el espacio, a partir de esos elementos “fósiles” que han permanecido tras el desmantelamiento de minas, fábricas y otras factorías que centraron el paisaje industrial de nuestro país. Se trata, principalmente, de cartas, facturas y folletos de propaganda que nos han dejado. Su ámbito geográfico se circunscribe, como expresa su título, a Vasconia, al País Vasconavarro

Humberto Astibia Aierra (Iruñea, 1955), gran amigo y compañero de tantos buenos ratos si, pero también de debates y discusiones en defensa de nuestro patrimonio y de su recuperación y adecuación a los tiempos actuales, ha construido una obra preciosa. Me he permitido la licencia, no merecida por un trabajo que en realidad es grande, de emplear la palabra “pequeño” en el título de este comentario. El calificativo se refiere evidentemente a que los materiales sobre los que Astibia ha trabajado son diminutos en comparación con la grandiosidad de la mayor parte de los elementos que representaban. Como ya he indicado antes, son cartas, facturas y folletos principalmente, frente a fábricas, ingenios productores de energía u otras grandes estructuras de la Era industrial. He afirmado que Humberto ha “construido” un libro y eso es porque además de escribirlo, que es como habitualmente se hacen, ha desarrollado una inmensa labor de campo; un paciente y largo trabajo recolector de los materiales que han dado base a esta original obra y conforman su contenido.

Humberto Astibia es Doctor en Ciencias Biológicas y Catedrático de Paleontología en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco en Bilbao, donde siempre ha combinado la docencia con la investigación de campo. De muchos años atrás le viene su interés por aclarar y lograr una actualización del concepto de patrimonio y de su consideración como el “activo” de una sociedad. El patrimonio “fosilizado”, como algo muerto, muchas veces descontextualizado, cuando no destruido, es presa de cualquier tipo de interés. En unas ocasiones es el interés privado, como es el caso de las empresas constructoras si se trata, por ejemplo, del acceso al terreno ocupado por determinado patrimonio material. En otras es el llamado interés “público” el que suele influir sobre ambos tipos de patrimonio. Esta situación se produce, principalmente, cuando en situaciones como la nuestra, quienes tienen el poder y, por lo mismo, controlan la interpretación de la historia y del valor que tales bienes suponen, son unos estados cuyo interés histórico demostrado ha sido la sumisión a sus respectivas sociedades nacionales del grupo poseedor de tales elementos patrimoniales con una perspectiva unitarista. Una cristalización de todas estas inquietudes fue la magnífica síntesis que Humberto Astibia presentó en Haria (2006, número 13) con el título “Trece o más consideraciones sobre el Patrimonio”.

Poco a poco Astibia fue hallando, al modo de los fósiles del Cretácico en suelos, canteras o cualquier tipo de yacimientos, recuerdos impresos de una época que hacía escasos años había sido de enorme vitalidad y generado gran riqueza para nuestro país, pero que iba desapareciendo vertiginosamente. Los fue encontrando entre vendedores de libros viejos, chamarileros o simplemente traperos y chatarreros. Su numerosa colección fue adoptando una forma en la mente del científico que indudablemente es, ya predispuesto además a otorgar el valor que cualquier sociedad debe reconocer a su patrimonio, el industrial en este caso.

No puedo expresar sino mi admiración por una persona como Humberto Astibia que ha logrado con algo aparentemente tan humilde y pequeño, con unos “pobres” papeles impresos, reconstruir parte importante de la trayectoria que siguió nuestra sociedad en una etapa tan compleja y problemática como fue la transcurrida entre mediados del siglo XIX y la feroz, aunque necesaria, reconversión de los años ochenta del siglo XX.

Una inteligente y sensible introducción de Xabier Morrás, junto con un afectuoso prólogo de Konrado Mugertza, abren una obra en la que es difícil decidir qué valorar más, si el texto en sí, de muy amena lectura, las imágenes obtenidas, seleccionadas y muy bien reproducidas o la explicación de su contexto mediante unos espléndidos comentarios. Tal vez su conjunto, unido a una hermosa edición por parte de la BBK, nos ofrecen las claves de una obra didáctica, amena y de bella factura.

Me ha extrañado la aparición en el título de la denominación de Era industrial “vasco-navarra”, así escrito, con guión. El uso normal en nuestro entorno, sobre todo desde finales del siglo XIX, pienso que ha sido el de País “vasconavarro”, sin guión. Su utilización puede dar lugar al equívoco de percibir ambas partes (“vasco” y “navarro”) como dos realidades distintas, en lugar de considerarlo como una manera complementaria de designar una sola: el mismo país, la misma tierra y las mismas gentes, tal y como el autor expresa claramente a lo largo del texto comentado.

Reseña bibliográfica

“Paisajes de papel y patrimonio de la Era industrial vasco-navarra”
Humberto Astibia Aierra
Bilbao 2009
Editado por BBK. Colección “Bizkaiko gaiak - Temas Vizcaínos”

29 febrero 2008

DESTROZA LA MONTAÑA

Esta mañana bisiesta (29 de febrero de 2008) he visto por primera vez el suplemento "Stylo" de Diario de Noticias de Gipuzkoa y me he quedado casi bizco (birolo, dicen en mi pueblo) al leer un reeportaje titulado "quad, enfréntate a la montaña", escrito así con minúscula inicial.

La cantidad de reflexiones que se me amontonan al ver las fotos, leer el reportaje y releerlo, por si era una broma (de mal gusto, por supuesto), hacen difícil su destripe sin llegar a un excesivo enfado. No obstante voy a intentarlo brevemente.

Hoy en día la sensibilización general con relación al cambio climático, a la deforestación (del Amazonas, por supuesto), al aparentemente imparable proceso de desertificación de tantas zonas de nuestro planeta, convierte su visión y lectura en un sarcasmo.

Desde hace tiempo se ha considerado que las motos de montaña ("trial") constituían un elemento predador de vegetación y suelo de primer orden y un enorme riesgo para nuestros montes. En este caso no se conforman con hacer publicidad de biciclos devastadores, promocionan los tetraciclos ("quad"). Su modo de destrucción (perdón, de uso, según ellos) es explicado con todo lujo de detalles en el citado reportaje.

Además de error ortográfico cometido al iniciar el texto con una minúscula, desprecian el destrozo mayúsculo que estos artilugios pueden perpetrar en nuestros, ya de por sí esquilmados, montes.

Lo podían haber titulado directamente: "Quad, la 'solución final' para nuestros montes".

09 mayo 2007

LA REBELIÓN Y LA POLÍTICA

En Euskal Herria estamos tan sobrados de “derecho” como ayunos de capacidad política para ejercerlo consecuentemente y plasmarlo en realidades institucionales, fundamentalmente en la forma básica para que una sociedad o pueblo sea sujeto político en el mundo actual: el estado propio.

Nuestro pasado, más y menos antiguo, presenta tantos casos flagrantes de asalto a mano armada (nunca mejor dicho) a nuestras instituciones, a nuestra lengua, a nuestra cultura, en una palabra a nuestro Patrimonio, que bien podemos conocer en propia carne lo que significa el “derecho a rebelión”. Por ello mismo, la historia ofrece una buena muestra de nuestro espíritu insumiso, de nuestra capacidad de rebeldía contra tales atropellos.

Parece mentira que estemos donde estamos, en una situación que parece una espiral que se cierra sobre sí misma, desesperante y desesperanzada, sumida en un falso conflicto, al menos en los términos en los que se plantea, y que no sabe más que repetir “más de lo mismo” y hacerlo "ad nauseam". Parece increíble que no hayamos escarmentado en nuestro propio sufrimiento, en nuestro sentido del derecho y de la justicia y en la frustración por los escasos réditos obtenidos hasta el momento en nuestra lucha.

Si hacemos una revisión histórica de hechos ejercidos sobre nuestro pueblo “contra derecho” o “contra justicia” su “nombre es legión, pues somos (son) muchos” (Marcos 5 9). Efectivamente son innumerables y variados. Se reparten en el tiempo y en el espacio. Tal vez los más decisivos hayan sido los sucesivos episodios de conquista del único Estado constituido por los vascos: Navarra. Sin olvidar el asalto a sus restos, que conformaban lo que se conocía como el “Sistema Foral” hasta finales del siglo XVIII en el Estado francés y principios del XIX en el español, y su posterior destrucción.

A través de todos los avatares históricos de nuestra sociedad hay un hilo conductor que es una forma de concebir la sociedad y su organización, incluida la política. Se manifiesta en la relación de gobernados y gobernantes, con las limitaciones que la organización propia impone a estos últimos por voluntad de los primeros. Evidentemente los procesos que suceden en la Edad Media difieren muchísimo de los actuales, pero su hilo conductor se puede seguir con bastante facilidad y consiste en una visión de la organización social en la que la autoridad se debe a aquél sobre el que se ejerce y a quien debe rendir cuentas. No hay gobernantes absolutos, sino gobernantes al servicio de la colectividad y bajo su control.

Toda esta concepción forma parte principal de nuestro Patrimonio social y político. Nos han arrebatado mucho, nos intentan quitar más cada día, pero el espíritu de rebeldía permanece con gran fuerza en nuestra sociedad y se manifiesta de continuo. Un ejemplo bastante reciente tenemos en el movimiento insumiso frente a las “quintas” españolas.

Pero, como indicaba al comienzo, parece que nuestro Patrimonio social y político no incluye ese sentido de la estrategia y de la organización necesarios para afrontar los retos del mundo actual y, en concreto, el de la necesaria recuperación nuestro Estado para sobrevivir dignamente en el mismo, como sujeto político, y poder ejercer nuestra solidaridad, tan generosa dicen por otra parte, con nombres y apellidos propios, no los que “cautivantemente” nos ceden España y Francia.

Ahí radica nuestro principal problema. Si nuestra sociedad ha sido capaz de afrontar con éxito retos tan importantes como el tránsito de la economía del Antiguo Régimen al capitalismo, si hemos posibilitado la creación de un entramado económico y social como es el mundo cooperativo, si hemos sido capaces, en fin, de constituir un movimiento como el de las Ikastolas a favor de la supervivencia y desarrollo de nuestro euskera, tenemos que ser capaces de “incrementar”, o “amejorar”, nuestro Patrimonio social y político, basándonos en sus rasgos, ya reseñados anteriormente, pero aprendiendo de otras sociedades, de otros países, que han accedido a su independencia. O simplemente imaginándolo, pero con consistencia. Es nuestro reto.

15 noviembre 2006

LA PARTE POR EL TODO

Una consideración sobre la actualidad.

El día 23 de octubre pasado en su habitual columna de los lunes en Noticias de Gipuzkoa, mi apreciado Ramón Labaien escribía un comentario sobre la imputación, por parte de la judicatura hispana, al lehendakari Ibarretxe por sus contactos con la por ellos mismos ilegalizada Batasuna. Es evidente que, ante tamaña arbitrariedad, me solidarizo con Ibarretxe y con todos aquellos que lo que pretenden es hablar y debatir sobre nuestra realidad y futuro.

Hasta aquí todo en orden. Pero... ¡Sí!, hay un pero: Ramón Labaien afirma que “...el lehendakari estará representando, ni más ni menos, a una Nación vasca imputada en bloque por la Justicia española”. Dentro de las amplias limitaciones del actual sistema político que rige en el Estado español se puede aceptar en principio que Ibarretxe represente a la parte de la población vasca que vive en las tres “Provincias Vascongadas”, hoy conocida como “Comunidad Autónoma del País Vasco” (CAV) o, en una escandalosa reducción del neologismo sabiniano, Euskadi.

Hay, no obstante, muchos otros vascos que, debido a los violentos avatares históricos sufridos y, en concreto más recientemente, al sistema político impuesto en el estado español tras la muerte del General Franco, no han votado a Ibarretxe. Son tan vascos como los que hoy reciben dicho nombre desde las instancias políticas españolas. Y a esos, se quiera o no, guste o no, no les puede representar Ibarretxe de ninguna forma. Se pueden sentir solidarios con él y apoyarle, pero viven en contextos políticos distintos. Por cierto, que ninguno de los “contextos” ni sus respectivas “organizaciones políticas” en los que (mal)vivimos los vascos ha sido libremente determinado, ni tan siquiera refrendado, por el conjunto de nuestra sociedad.

Otra sobre historia y patrimonio.

Recientemente se ha publicado un hermosísimo y muy interesante libro (Pamplona, 2006. Ed. Pamiela) de Iñaki Sagredo cuyo título “Navarra, castillos que defendieron el Reino” ya constituye toda una declaración de principios. Es de enorme importancia didáctica el mapa de la cubierta posterior en la que la ubicación de los castillos expresa un territorio que, evidentemente, coincide con la extensión territorial de Navarra, pero que coincide también con gran aproximación a los territorios en que hoy todavía se conserva abundante toponimia vasca. Parece que próximamente aparecerán otros dos volúmenes que culminarán tan importante obra.

El libro de Sagredo contextualiza, con datos documentales, cada una de las fortificaciones que relata aunque de las mismas sólo queden vestigios. Por eso está llamada a ser una obra de referencia. Une la rigurosidad histórica a la belleza y la didáctica.

Por el contrario, hay que decir que la publicación realizada por el Departamento de Cultura de Eusko Jaurlaritza-Gobierno Vasco, escrita por Armando Llanos con el título “Defentsarako Arkitektura. Euskal Herriko Gazteluak eta Dorre Gotorrak – Una Arquitectura defensiva. Castillos y Torres Fuertes del País Vasco”, resulta triste y penosa.

El libro, con formato folleto y un CD incluido, ambos de muy bella factura, resulta decepcionante. Para su autor (espero y deseo que no sea así para los responsables de Cultura del Gobierno de Vitoria-Gasteiz), los límites de lo que él considera Euskal Herria coinciden con los de la ya citada CAV. En su obra la palabra Navarra prácticamente no aparece (cita, eso sí, la obra clásica de Julio Altadill sobre “Castillos medievales de Navarra”, sin ninguna referencia concreta a la misma) y las pocas veces que lo hace resulta, cuando menos, inadecuada.

Así, por ejemplo, en su página 20 en referencia a las fortificaciones guipuzcoanas afirma: “La construcción de buena parte de ellas, en momentos antiguos, parece corresponder a una ordenación estratégica estando relacionada con el Reino de Navarra y con la frontera natural (¡sic!) con Francia. El resto de las torres fortificadas son elementos tardíos, elevadas con motivo de las luchas de bandos entre Oñacinos y Ganboinos.”

El texto, aparte de su extraña redacción, contiene realidades parciales y descontextualizadas: 1) Afirmar que “parece responder a una ordenación estratégica estando relacionada con el Reino de Navarra” y no decir que en 1200 Castilla conquista el Duranguesado, Araba y el territorio de la actual Gipuzkoa y establece allí su frontera defensiva, si no es ignorancia es una broma. 2) Hablar de la “frontera natural con Francia”, sin ninguna reflexión sobre la realidad aquitana en su conjunto, a través de la ocupación británica que dura desde el siglo XIII hasta mediados del XV, con el final de la Guerra de los Cien Años. Ni “natural”, ni “francesa”, ni nada de nada, hasta prácticamente el siglo XVI y la consolidación de las monarquías española y francesa; de nuevo, ¿ignorancia? ¿olvido?. Y 3) Los elementos más tardíos hacen referencia, en eso estoy de acuerdo con el autor, a los conflictos banderizos; pero, ¿hasta qué punto se puede mantener que dichos conflictos nada tienen que ver con la anterior adscripción a Navarra de los territorios en que se desarrollan?

A este respecto resulta esclarecedor el texto (sin firma) de la Presentación del libro de varios autores “Los señores de la guerra y de la tierra: nuevos textos para el estudio de los Parientes Mayores guipuzcoanos (1265-1548)”, editado en Donostia-San Sebastián por Gipuzkoako Foru Aldundia – Diputación Foral de Gipuzkoa, en el que se dice “...resulta evidente la importancia del Archivo general de Navarra para profundizar en el conocimiento sobre los Parientes Mayores guipuzcoanos durante una etapa en la que la documentación castellana apenas los menciona.” Por algo será.

Y una conclusión.

Considero muy peligrosa la tendencia cada vez más extendida, por desgracia, en algunos sectores que se consideran abertzales de la CAV a considerarse a sí mismos como los “vascos” y relegar al resto al “limbo de los justos” (¡Pobres “navarricos” y “gabachos”!). Lo cual ya resulta extemporáneo en la época en que hasta la ortodoxia romana parece renunciar a defender su existencia.

Evidentemente que si a esas personas se les pone en el disparadero, rectifican automáticamente y vuelven en su discurso a la “ortodoxia” nacional. No obstante su subconsciente les traiciona con frecuencia y toman “la parte por el todo”, porque inconscientemente piensan que la “parte” es el “todo”.

¡Triste y pequeño País, al que quieren empequeñecer aún más, si cabe!