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07 octubre 2014

EL IRATI, UN LUGAR PARA LA MEMORIA


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En agosto de 2011 con motivo de la publicación del trabajo de Víctor Manuel Egia Astibia “Orotz-Betelu y Olaldea, una historia industrial a orillas del Iratí” publicado por Iturralde y Nabarralde, escribí un comentario sobre el mismo bajo el título “Memoria industrial del valle del Iratí”. Ahora en el otoño de 2014, tres años después, Egia nos ha ofrecido, también de la misma mano editorial, una nueva investigación divulgativa sobre aquel entorno geográfico, pero situada en una secuencia temporal inmediatamente posterior a la del anterior trabajo. El título de la reseña podría haber sido perfectamente “Memoria industrial del valle del Iratí, 2”, ya que el nuevo libro de Egia se centra en una zona próxima a la de su anterior estudio, en una ubicación más cercana a la cabecera del río Iratí.  Sube al monte, hacia la explotación maderera y sus industrias derivadas.

Para varias generaciones de pamploneses el nombre de “El Iratí” se vio unido al de “El Plazaola”, como dos ferrocarriles de vía estrecha que unían la capital, Iruñea, con Zangotza –con un ramal hasta Agoitz- el primero y con Donostia, el segundo. El Plazaola, a pesar de su origen en la explotación minera de Plazaola en el término municipal de Berastegi, tenía como eje central el propio ferrocarril. El Iratí, por el contrario, tenía unas connotaciones extractivas e industriales mucho más complejas, de las que el tren fue una consecuencia, lógica e importante, pero algo derivado de otras formas de actividad económica. De sus 260 páginas, sólo 30 aproximadamente están dedicadas al ferrocarril.

La nueva obra de Víctor Manuel Egia lleva en su título el nombre de una persona, Domingo Elizondo y Cajén (Aribe 1848 - Iruñea 1929), promotor y creador de El Iratí S.A. Domingo Elizondo, a pesar de pertenecer, como dice el autor, a una familia moderadamente acomodada emigró, casi adolescente, a Buenos Aires. Trabajó mucho y tuvo suerte. Con cuarenta años volvió a su tierra con dinero suficiente para llevar una vida cómoda el resto de su existencia. Domingo no parece que fuera una persona capaz de permanecer ocioso en su casa y sestear al cobijo de sus rentas. Y decidió invertir su capital en el desarrollo del valle del Iratí, explotando de modo racional y complementario su riqueza maderera y la energía extraída de sus cauces fluviales. El primer capítulo del trabajo de Egia es una breve y excelente exposición del contexto social y económico de la Alta Navarra en aquella época.

El cuerpo principal del trabajo constituye una magnifica descripción de la explotación maderera de la selva del Iratí. Incluye, por supuesto, los sistemas de extracción y transporte de los troncos desde los bosques a los lugares de transformación. La exposición de los diversos oficios asociados a las explotaciones e industrias anejas, muchos de ellos pertenecen ya al campo de la etnografía, está estupendamente documentada. Entre los oficios, ocupan un lugar destacado los que se relacionan con la extracción y transporte de la madera. En este sentido resulta de gran interés la información sobre el uso de ríos y embalses para el almacenamiento de los troncos, la utilización de almadías y, sobre todo, las difíciles y arriesgadas tareas relacionadas con su guía por los diversos cauces.

También se relatan las industrias a que dio lugar esta explotación, sobre todo químicas. Queda muy bien reflejada la adaptación tecnológica a los últimos avances de la época en que se desarrollaron el conjunto de factorías. La construcción de presas y embalses, incluido el pantano de Irabia tenía una doble utilidad: por una parte, el suministro de energía eléctrica para usos industriales (factorías químicas, ferrocarril etc.) y domésticos y, por otra, la regulación del transporte de los troncos por el cauce fluvial hacia su destino.

Me parece un acierto la reflexión final que incorpora V. M. Egia sobre “El Iratí, un lugar de memoria”, en el que se incluye la revisión del propio concepto de “lugar de memoria” de la mano de uno de sus creadores, el historiador francés Pierre Nora. Dado el conjunto paisajístico “natural” e industrial que lo constituye, pienso que El Iratí conforma, además, un “paisaje cultural” de gran importancia en la Navarra pirenaica.

“El Iratí”, al igual que su anterior trabajo, se lee de un tirón. Está bien escrito, es didáctico y resulta muy ameno.

El libro se abre con un breve e ilustrativo prólogo del catedrático de Paleontología en la UPV Humberto Astibia Aierra. Concluye, además de con una completa bibliografía, con un Índice Cronológico de gran ayuda para la ubicación en el tiempo y contexto histórico de las personas y hechos relatados. Al igual que en “Orotz-Betelu” el material gráfico, fotográfico sobre todo, es de primer orden y sirve de gran ayuda para entender el conjunto de los temas que abarca la obra.

Referencia bibliográfica

Egia Astibia, Victor Manuel.
Pamplona-Iruñea 2014. Nabarralde.


03 mayo 2011

GERNIKA

A los 68 años del bombardeo de la ciudad símbolo del pueblo vasco, Federico Borras Alcain, presidente de la Asociación Vasca Urrundik de Paraná, Argentina, escribía en mayo de 2005 en el sitio web de EUSKOSARE:

El 26 de abril de 1937 era un lunes de mercado en la villa vasca de Gernika. La ciudad es un lugar sagrado. Allí se encuentra el Árbol de Gernika, símbolo de las libertades del pueblo vasco, ante cuya sombra los monarcas juraban respetar las milenarias libertades de los euskaldunes, costumbre que se remonta al año 1317. Bajo ese árbol, los representantes del pueblo se reunían en juntas, y según escribiera Rousseau, “siempre toman las decisiones más justas”.

Pero ese lunes no sería un día más para Gernika, ni para el resto de la humanidad. Pasadas las cuatro de la tarde, la villa sufriría la primera destrucción masiva contra una población civil indefensa producto de un bombardeo aéreo que registra la historia.


¿Qué es Gernika? Gernika es un lugar perfectamente ubicado en un entorno geográfico concreto; constituye el comienzo de la ría que forma el río Oka en su desembocadura al mar de Bizkaia, conocida como ría de Mundaka. El paraje, de extraordinario valor paisajístico y ecológico, es conocido como Urdaibai. En su entorno se encuentra la cueva de Santimamiñe, con restos y pinturas del Paleolítico Superior, entre 14.000 y 9.000 ANE. Gernika, Urdaibai, lugar sagrado de nuestros antepasados.

Gernika es una villa fundada en 1366 en el lugar de la anteiglesia de Lumo, cuya primera mención histórica aparece en el Cartulario de San Millán de la Cogolla y data de 1051. En esta población de tantos siglos y avatares, y posiblemente debido a su excelente ubicación, se comenzaron a reunir los junteros forales de Bizkaia en la etapa en que el sistema foral vasco se constituyó, durante el siglo XIV, como alianza de las villas con los monarcas castellanos, frente a los desmanes endémicos de los parientes mayores, en los que el mayor perdedor era siempre el pueblo llano.

Parece que existía en la anteiglesia de Lumo un robledal con una pequeña ermita en sus inmediaciones, la Iglesia Juradera de Nuestra Señora Santa María La Antigua. Andando los siglos, del robledal sólo se conservó un ejemplar: el Árbol Foral o Árbol de Gernika. Testimonios abundantes del siglo XVI indican que dichas juntas se realizaban “so el árbol”; es verosímil que fuera el mismo. El hecho es que, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el lugar en el que se juraban los fueros del Señorío de Bizkaia se fue transformando, por extensión de su significado, unido a toda la simbología ancestral del “árbol del mundo” o del “árbol originario” de tantas cosmovisiones, en el “Árbol” de los fueros.

El reencuentro entre los territorios segregados de Navarra y ocupados por Castilla durante los siglos XI y XII, que la ofensiva antiforal del poder del Estado español propició y que se expresó a través de las guerras carlistas del siglo XIX, elevó al Árbol de Gernika a símbolo del conjunto de los fueros vascos. La apoteosis se alcanzó gracias a un bardo, poeta y músico, voluntario carlista de la primera guerra, exiliado por necesidades políticas y económicas, de vida bohemia y, sobre todo, amante de la libertad: José María Iparragirre. Él compuso la letra y la música del “himno foral vasco” por antonomasia. El Gernikako Arbola. El zortziko-himno de Iparragirre arrasó. Se cantaba, todos puestos en pie, en cualquier reunión de carácter social o político de Euskal Herria en los siglos XIX y XX, por lo menos hasta que la llamada “Transición” de los años 70 del pasado siglo lo fue arrinconando.

Gernika y su Árbol fueron un símbolo de la libertad vasca. Muchos, casi todos, lo aprendimos en casa. Mi padre, carlista, de pie y con la cabeza descubierta como signo de respeto y acatamiento. Con él, abertzales de todo tipo y tantas personas de cualquier, o de ningún, pelaje político, pero todos vascos o vasconavarros. Gernika era un “lugar de memoria”.

El 7 de octubre de 1936, en plena guerra, se eligió en Bilbao, con participación de concejales de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia, a José Antonio Agirre como lehendakari del Gobierno Vasco, por mayoría absoluta. Ése mismo día juró el cargo en la Casa de Juntas de Gernika, al pie del árbol. Gernika, lugar de los Fueros.

Gernika fue, por lo mismo, el lugar elegido por Franco para desmoralizar y humillar a los vascos. Siguiendo con la narración de Borras Alcain:

El corresponsal inglés Steer, entre otros muchos analistas, sostiene que el objetivo del bombardeo era desmoralizar a la población civil, atacando una ciudad símbolo para el pueblo vasco. El argumento bien puede enlazarse dentro de la blitzkrie aérea alemana, que combinaba no solo bombas rompedoras, incendiarias y ametrallamiento, sino también, cómo no, el terror.

…Winston Churchill lo diría mejor que nadie: “Gernika fue un horror… experimental."


Pablo Picasso afirmó: “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo”. Su Gernika, cuadro pintado en los meses de mayo y junio de 1937, es alusión clara al bombardeo del 26 de abril de dicho año. Su interpretación puede ser objeto de polémica, pero su valor artístico está fuera de discusión. No sólo es considerado una de las obras más importantes del arte del siglo XX, sino que se ha convertido en un auténtico icono del mismo, símbolo de los terribles sufrimientos que la guerra infringe a los seres humanos. Gernika, lugar contra los horrores de la guerra.

Muchos otros artistas e intelectuales plasmaron el terrible suceso en sus obras. En 1966, un gran compositor donostiarra, Pablo Sorozábal, recogió la tragedia en “Gernika, marcha fúnebre vasca para una plantilla de txistus, trompas y tambores”, dedicada a su madre. Diez años más tarde, en 1976, realizó una segunda versión que subtituló “Eusko kantata para coro y orquesta” con alguna modificación del original. En la música se reconoce la melodía popular “Lurraren pean”, recogida por Sallaberry en Lapurdi. Se estrenó el 15 de enero de 1987. Gernika, también, lugar sonoro de memoria.

Artículo publicado en Haria, número 28, dedicado a Lugares de memoria. Mayo de 2011.

17 enero 2011

UNA PIEDRA EN EL CAMINO









Jaizkibel de nuevo. No sé hasta que punto la crisis que sufrimos habrá influido en los faraónicos proyectos que pretendían horadar Jaizkibel y construir un macropuerto en su costa y seguirán vigentes para quienes controlan la obra pública en Gipuzkoa. Desconozco si los habrán abandonado por su inviabilidad económica y su nula, o negativa, rentabilidad incluso desde el pacato punto de vista del desarrollismo más obsoleto, más allá de los beneficios directos e inmediatos derivados de su construcción.

Una vez más, aprovechando una luminosa mañana de este mes de enero, he paseado por el camino que conduce desde Donostia hasta Pasaia por Ulia. He contemplado de nuevo los fantásticos acantilados de Jaizkibel, casi a plomo, sobre nuestro mar de Bizkaia. Y he vuelto a sentir la nausea que produce el ver algo tan hermoso, tan querido y tan “nuestro”, como una presa en manos de especuladores sin escrúpulos, capaces de arrebatarnos uno de los paisajes más espléndidos de nuestro país para su lucro privado e inmediato.

No es sólo, que también lo es, la perspectiva desde la que nuestros antepasados avistaban las ballenas en su transitar por el Cantábrico, con el objetivo claro de su captura como elemento fundamental de supervivencia. Es, sobre todo, la de un paisaje hermoso, sin desmesura, acorde con la perspectiva de una nación de regular dimensión espacial, no muy grande, pero con nervio suficiente para plantear su persistencia en el mundo actual.

Desde mi punto de vista, Jaizkibel es un lugar en el que el paisaje se percibe como un elemento de identidad de primer orden. Tiene la ya citada perspectiva de lugar marcado históricamente, así como una belleza especial. El paisaje es territorio, una porción de espacio, sí, pero es espacio percibido por una sociedad concreta, con su cultura. Y no sólo percibido, sino creado, recreado, contemplado, preservado y, que debería ser, tenido en cuenta en cualquier futura planificación territorial, en la cual incluyo, obviamente, la paisajística.

Joan Nogué en su reciente libro “Paisatge, territori i societat civil”, ganador el pasado 2010 del “Premi d’assaig Joan Fuster", afirma:

El paisaje es el resultado de una transformación colectiva de la naturaleza; es la proyección cultural de una sociedad en un espacio determinado; es el rostro del territorio. Y no sólo en lo referente a su dimensión material, sino también a su dimensión espiritual y simbólica. Las sociedades humanas, a través de su cultura, transforman los medios naturales originarios en paisajes culturales, caracterizados no solamente por una determinada materialidad (formas de construcción y tipos de cultivos, por ejemplo), sino también por la traslación al mismo paisaje de sus valores, de sus sentimientos. El paisaje es, por tanto, un concepto enormemente impregnado de connotaciones culturales, de valores, y se puede interpretar como un dinámico código de símbolos que nos habla de la cultura de su pasado, de su presente y quizás también de su futuro.

En el mismo trabajo, Nogué cuenta cómo cuando el Ministerio español del Medio Ambiente proyectó una obra faraónica, un gran dique y puerto exterior, para Ciutadella (Menorca), tuvo muchas alegaciones de tipo técnico y jurídico, pero una de las alegaciones que tuvo más soporte decía:

Uno de los principales atractivos del puerto de Ciutadella es su gran belleza. La imagen del entorno de la entrada del puerto, todavía sin transformar, constituye un patrimonio de primer orden que Ciutadella ha de conservar. La construcción de un dique en la bocana cambiaría radicalmente la actual vista hacia el mar desde la ciudad y se perderían por siempre jamás espectáculos de gran belleza, como las puestas de sol…

Y concluye Nogué:

No es, en efecto, un argumento técnico, ni tampoco jurídico. No necesita un especial soporte técnico ni se sustenta en ninguna premisa científica… (el argumento) tiene una fuerza y una trascendencia enormes, porque pone sobre la mesa… lo que realmente está en juego: el sentido del lugar, la íntima comunión del individuo con un paisaje determinado.

En este sentido, mantengo que, aun siendo válidos todos los argumentos ecológicos, económicos y políticos contra el puerto exterior de Jaizkibel, el de más peso, inmediato y desgraciadamente irreversible, es desde mi punto de vista, el paisajístico. El paisaje, como ya se ha expresado, en un elemento identitario de primer orden, pero, además, es un factor importantísimo de bienestar social, de equilibrio psicológico personal y colectivo. Hasta ahora no ha sido considerado con el interés debido. Ha sido marginado como algo superfluo y partícipe del lujo o de las cuestiones propias de la sociedad de la abundancia. Hoy se ve que no es así.

Como casi todas las cuestiones de trascendencia social su conservación, gestión y planificación requiere las herramientas necesarias que sean capaces de pasar del puro voluntarismo y de la constatación de una necesidad a la efectividad y práctica reales. Mientras sigamos formando parte de unos estados que tienen como una de sus tareas negarnos los instrumentos que permiten desarrollar nuestras capacidades en estos terrenos, tenemos un futuro negro. Sólo en un ámbito de democracia pueden ser bien resueltos estos problemas. Por lo mismo, pienso que un Estado propio, como elemento democrático básico, es condición necesaria para dar pasos efectivos en este sentido, desde una perspectiva nacional propia.


Nota

La primera imagen corresponde a una vista de los acantilados de Jaizkibel tomada de internet. En las dos imágenes siguientes aparecen dos de los proyectos de puerto exterior. El primero es lo que llaman "puerto isla", mientras que el segundo sería un puerto convencional, anexo a la costa y son fáciles de encontrar en la red. La cuarta, es una fotografía realizada por el autor del blog el domingo 16 de enero de 2011. Debido a la situación de la mar y a la hora en que fue tomada, hacia las 11 de la mañana, no es una imagen excesivamente clara, pero tiene el valor de reflejar lo que percibí en ese momento.


Referencia bibliográfica

Nogué, Joan. “Paisatge, territori i societat civil”. València 2010. Edicions 3 i 4