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19 diciembre 2017

A LA CONTRA

Todos los enemigos de España llevan boina
Cayetana Álvarez de Toledo

Las campañas electorales, al margen de su artificialidad, son períodos particularmente fecundos para observar el juego entre rituales políticos y fenómenos mediáticos: gestos, discursos, posiciones, alardes de fuerza, estadísticas fraudulentas, liderazgos histéricos, trucos, paseo de símbolos. Incluso el juego sucio. El procés catalán es un buen ejemplo, que parece haber llevado la violencia contenida de los últimos tiempos a la pasarela del desfile y el gesto histriónico.

Como decimos, es un momento propicio para analizar las posiciones de los agentes en conflicto. De paso, una oportunidad para echar un ojo al trasfondo del sistema político, que en este carnaval se muestra en su impudicia en medio de tanto artificio. Es cierto que hay mucho ruido; pero entre el petardeo y el humo los oficiantes –en un efecto freudiano- desvelan sus pensamientos más íntimos, sus esquemas mentales a menudo reprimidos.

Ha sido revelador, al respecto, el artículo de Enric Juliana que compara a Puigdemont con el carlismo. “Es el carlismo de Carles Puigdemont”. Para Juliana, que quede claro, esta metáfora negativa, insultante, es su opinión; está en su derecho: “El carlismo lleva boina y trabuco. El carlismo es una sotana mugrienta. El carlismo –esterilizado por Franco después de la Guerra Civil– evoca la España oscura y reaccionaria que se resiste a las normas unificadoras”.

Pero en medio de estas descripciones cripto-judeo-masónicas, se le escapa el lapsus; el desliz que traiciona su subconsciente, que pinta su autorretrato. “Aquellas comarcas (entonces carlistas) son hoy fuertemente independentistas. Iban a la contra en el siglo XIX. Y siguen yendo a la contra en el siglo XXI”.

A la contra de qué, nos preguntamos. No lo explica Juliana, y en ese sobreentendido se retrata el periodista: a la contra de España; a la contra del régimen del 78; que es el mismo (lo dice él; él plantea el paralelismo) que la España del XIX, la de los espadones, de los borbones, la misma España de Franco, de los militares que se enfrentaron a las tendencias disgregadoras de una España que nunca fue nación sino un poder dictatorial impuesto sobre sus pueblos. La España de la corrupción hoy, la del PP, la de la cal del PSOE y todo eso que conocemos. ¿Eso es ir ‘a la contra’? Desde luego, Juliana se ha retratado. Se ha lucido.

El lapsus de Juliana, que se pone en la centralidad del sistema (para expulsar del mismo a cualquier disidente, a quienes no comulgan con su profesión de fe), coincide con otras expresiones similares de exclusión, que implícitamente (freudianamente, diríamos) definen el modelo político español. Desde un ángulo folclórico, por ejemplo, y coincidiendo con Juliana, encontramos a Cayetana Álvarez de Toledo, aristócrata y diputada del PP, que sostiene que todos los enemigos de España usan boina. Volvemos al carlismo, y de paso a esas imágenes de Gila, el tonto del pueblo, el patán, el paleto de turno. Las metáforas hispánicas no sé si las carga el diablo, pero desde luego llevan plomo.

Este repaso a los argumentarios que sostienen el 155 (un golpe de Estado a la ‘Autonomía’ de Catalunya), nos descubre durante la campaña electoral posiciones similares entre las distintas fuerzas políticas. Como decía el humorista, va un García Albiol y diu: “Hay que desmantelar Tv3 y rehacerla con gente normal”. Los catalanes que hacen y ven Tv3, los que disienten del modelo de autoridad, son ‘anormales’. La mayor parte de la población. Así; sin tapujos. La normalidad es acatar el dominio hispano. El independentismo es anómalo. Es una anomalía de la naturaleza, se podría precisar el pensamiento (?) de García Albiol. Es probable que Goebbels lo planteara de modo similar al referirse a judíos, gitanos, homosexuales, minusválidos y otras hierbas.

El planeta ‘socialista’ no les va a la zaga, y sustenta sus discursos sobre esquemas parecidos. Va Borrell y diu: ‘hay que desinfectar el panorama catalán, empezando por los medios de comunicación’. Aquí la anomalía es sanitaria; de higiene y salud pública (sería curioso comprobar cuántos de estos esquemas argumentales tienen antecedentes en el franquismo; un tiempo en el que apenas se podía profundizar en el debate político –estaba prohibido-, y las justificaciones adoptaban estos estilos: higiene, salubridad, anormalidad… Todavía nos aplicarán la Gandula, la ley de vagos y maleantes). Los soberanistas están enfermos; infectados; lo suyo es de tratamiento hospitalario, médico, psiquiátrico, lo que sea para expresar que es insano.

En estos discursos la normalidad viene definida por quien detenta el poder. Es un canto de alabanza a la autoridad competente. Un aleluya de sumisión. Y una condena inquisitorial al disidente, al que lleva boina. Es anormal. Esto es lo que hace Juliana al asociar el independentismo de Cataluña con el carlismo histórico. Es retórica del poder. Y en todo este discurso no hay el menor sitio para la voluntad catalana; para la libertad de las gentes; para el Estado de Derecho. La única norma aceptable es el poder hispano.

Las malas lenguas sostienen que a poco que rasques la cabeza de un navarro, enseguida le sale la boina roja. A juzgar por estos argumentos, como explica la Soraya del gobierno, a catalanes y navarros, con la excusa de arreglarnos el peinado, nos quieren descabezados.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate 

NOTICIAS DE NAVARRA 2017/12/22

DEIA 2018/01/08

02 febrero 2017

UNA DE MARXCHISMO

La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música (Groucho Marx)
En los últimos tiempos las páginas de Diario de Noticias de Navarra son escenario de un amplio debate sobre la guerra de 1936, la rebelión militar, el papel jugado por el Partido Carlista y, en general, su sentido histórico. Todo ello subsumido en un trasfondo, parcial y sesgado, sobre la memoria histórica.
Resulta estimulante analizar los claroscuros de una fuerza tan compleja como el carlismo, que movilizó a grandes sectores de nuestro país, unas veces en defensa de libertades y otras lamentablemente en sentido contrario. Lo que resulta alucinante, en cambio, es la ausencia de esa misma mirada crítica hacia las andanzas de sus adversarios.
El liberalismo español, antagonista histórico del carlismo, es al liberalismo lo que la música militar es a la música. La frase de Groucho Marx matiza con la ironía necesaria el recorrido político que bajo el nombre de liberalismo se ha llevado a la práctica a lo largo de los siglos XIX y XX en el Estado español y justificado en manuales de historia y medios de comunicación.
La pesada carga de la liquidación del imperio americano, asiático y africano, fue un lastre que dejó su huella en la evolución de los acontecimientos políticos en el Estado, incluso en el origen de la guerra de 1936-1939. De hecho los principales militares del golpe eran todos africanistas.
El siglo XIX, a su vez, representa un continuo en el que los golpes militares, encabezados a menudo por los espadones rebotados del imperio, alejan la política española de cualquier veleidad liberal. Puro militarismo. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. La fase del siglo que cierra el general Pavía en 1874 con su disolución del Congreso de Diputados, y sigue con la llamada Restauración de Cánovas en 1875, es una sucesión de golpes de Estado que comienzan en la práctica con el de Riego en 1820, la mayor parte a manos de militares coloniales: O’Donnell, Espartero, Serrano…
El muy liberal sistema político español fue heredero de la monarquía absoluta en muchos sentidos pero, sobre todo, en su intento de imitar el jacobinismo francés. Este sistema procuró hacer tabla rasa de los regímenes jurídicos, administrativos y políticos forales, principalmente el de Navarra, reino subordinado desde la conquista de 1512-1530, pero con instituciones propias: Cortes y Diputación del reino hasta 1841, fecha en la que pasó de ser reino distinto de Castilla a ser una provincia española más.
Estos agravios, junto a las desamortizaciones de bienes comunes, provocaron un conjunto de conflictos dentro del Estado español que se “resolvieron” dentro del sistema corrupto que siguió con dicha Restauración de Cánovas e incluso con la dictadura de Primo de Rivera. Siempre en favor de los grupos oligárquicos, por cierto: terratenientes, militares y la jerarquía católica. Aparentemente tuvo un paréntesis en la segunda república española de 1931. Pero los próceres republicanos, también muy liberales, no dudaban, por ejemplo, de la ‘libertad’ de bombardear Barcelona como ejercicio rutinario. Como afirma Manuel Azaña en sus Memorias"Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada 50 años".
Y sigue: "El sistema de Felipe V era injusto y duro, pero sólido y cómodo. Ha válido para dos siglos".
Otra muy liberal declaración del mismo, en relación a José Antonio Aguirre y Lluis Companys: “Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga poderes, dinero y más dinero”.
Al igual que todas las justificaciones nacionalistas de raíz castellana sobre la visión que de la historia de una España hipostasiada tenían dos eminentes liberales en competición: Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro.
Así pues, resulta un chute de marxismo puro (grouchiano) descubrir a unos sedicentes herederos de Basilio Lacort –guardia civil, por cierto, al igual que su padre y, eso sí, gran comecuras- que intentan vendernos mercancía averiada como el summum del “liberalismo progresista”. Puede ser ignorancia de la historia, o quizás falta de cultura universal, de principios políticos. O tal vez simple adoctrinamiento. En cualquier caso, un sarcasmo.

NOTICIAS DE NAVARRA 2017/02/03

26 mayo 2016

MONTEJURRA 40 AÑOS DESPUÉS

EL CARLISMO EN 1976

El fenómeno carlista siempre ha constituido una especie de “sapo” difícil de digerir por parte de los historiadores españoles, y por supuesto sus medios de comunicación y propaganda. Vapuleado a diestro y siniestro, muy pocas veces ha sido contextualizado en la realidad en que nació y en los problemas sociales y políticos a lo que trató de dar, con más o menos éxito, respuesta.

No trataremos aquí de analizar el carlismo, pero sí intentaremos entender cómo una fuerza política que puso sus recursos al servicio del golpe militar de 1936, muy pronto expresó su disconformidad con el régimen que le siguió, ya durante la propia guerra –Decreto de Unificación con Falange en abril de 1937- y en la creación del “Nuevo Estado” tras la victoria después.

Los años negros de la dictadura fueron cuajando focos de oposición a la misma. Los problemas nacionales de Cataluña y País Vasco, no aniquilados por el fascismo, fueron núcleos de resistencia. La capacidad clandestina y su disciplinada organización hicieron del PCE otro puntal de la oposición. No ocurrió lo mismo con otros partidos históricos, como el PSOE u otros movimientos republicanos.

Durante esta etapa el carlismo pasó por fases de acercamiento y alejamiento a Franco. Javier de Borbón Parma, titular de su jefatura legítima para la mayoría de los carlistas, participó en la resistencia al nazismo en Francia y fue internado en el campo de Natzweiler, en Alsacia, primero, y luego en Dachau. Durante la guerra 1936-39 Franco lo había expulsado de su territorio.

La evolución de las distintas naciones a nivel del Estado español y europeo, su vivencia por las personas de base del propio carlismo, unida a los cambios producidos en el seno de la Iglesia Católica –de la que los carlistas eran siempre fieles seguidores- sobre todo con el Concilio Vaticano II, condujo a una radicalización social y política de muchos militantes. El relevo como líder del carlismo del hijo de Javier, Carlos Hugo, de excelente preparación universitaria, conocedor de la realidad europea y mundial y alejado de las tendencias integristas del carlismo sobre todo en la etapa de la segunda república española, remachó un profundo cambio en el mismo.

El acto de Montejurra se venía celebrando con carácter conmemorativo desde el final de la guerra 1936-39, pero a partir de 1957, con la incorporación de Carlos Hugo, toma un carácter de clara oposición al Régimen. El carlismo presentaba una doble oposición: por un lado, constituía una fuerza política con una importante militancia, sobre todo en los territorios forales –Euskal Herria, Cataluña, País Valenciano- y, por otro, Carlos Hugo representaba una alternativa al heredero de Franco: Juan Carlos.

En 1974 el Partido Carlista participaba de la “Junta Democrática” con el PCE, el PTE o el PSP de Tierno Galván. Tras la unión con la “Plataforma de Convergencia Democrática”, impulsada por el PSOE, todos conformaron la llamada “Platajunta”. El carlismo estaba en la primera línea de oposición al Régimen.

Dentro del conjunto de grupos que se reclamaban del carlismo, había también sectores, minoritarios desde el punto de vista social e irrelevantes desde el político, partidarios de continuar en su soporte al Régimen. En ellos se sustentó la “Operación Reconquista”.

OPERACIÓN RECONQUISTA (1976)

Nunca los servicios secretos españoles se han caracterizado por su pericia en gestionar las operaciones de las cloacas del Estado. Su estilo chapucero lo vimos, algo más tarde, en los GAL. En Montejurra la “Operación Reconquista” fue una escenificación de la “división” del carlismo para dar una cierta verosimilitud de ‘enfrentamiento entre facciones’ del partido carlista.

Entre el Ministro de la Gobernación español, Manuel Fraga, el director de la Guardia Civil, Angel Campano, y su jefe de Estado Mayor, José Antonio Sáenz de Santamaría, buscaron la complicidad de Sixto Enrique, hermano de Carlos Hugo, para encabezar lo que debería ser “la otra facción”. Se apoyaron en mercenarios, despojos del fascismo español, italiano y argentino, para formar una banda paramilitar de apoyo.

Para intentar construir un relato algo creíble, utilizaron a José Arturo Márquez de Prado, antiguo dirigente del requeté y apartado de cualquier responsabilidad política en el partido carlista. Los días precedentes Márquez de Prado frecuentó la Dirección General de la Guardia Civil y participó en reuniones del Estado Mayor con su director general y mandos implicados en la organización de los actos. Márquez de Prado solicitó para sus militantes, que desde la víspera iban a concentrarse en la cima de Montejurra, que la Guardia Civil les facilitara radio-teléfonos y armamento pesado, en concreto ametralladoras.

Entre esta barahúnda aparece el “hombre de la gabardina”, Marín García-Verde, comandante retirado del ejército español, que fue quien el 9 de mayo disparó a sangre fría a Aniano Jiménez Santos en las campas de Iratxe. Aniano falleció pocos días después.

Desde la víspera, el grupo paramilitar ocupó la cumbre del monte y una ametralladora, con munición habitual del Ejército español, disparó entre la niebla a los carlistas que pretendían alcanzar la cima. A consecuencia de los disparos murió Ricardo García Pellejero.  

Los guardias civiles y la policía que vigilaban la zona dijeron que tenían órdenes de “no intervenir”. La participación del Ministerio del Interior español y su responsabilidad en la organización de estos actos fueron evidentes. La ficción de las “dos facciones” fue una burda patraña urdida por la propaganda española para justificar su agresión.

TERRORISMO DE ESTADO PARA LIQUIDAR EL CARLISMO

El resultado de dos muertos y más de veinte heridos, varios de ellos graves, constituye la parte más gráfica y dolorosa, desde el punto de vista humano, del balance del terrorismo estatal español en Montejurra. Desde la perspectiva política, el terror consiguió una parte importante de sus objetivos. No eliminó físicamente la figura de Carlos Hugo, a pesar de que muchos consideraron que era uno de los objetivos previstos. Pero logró el declive progresivo del peso del Partido carlista y, al final, el eclipse de Carlos Hugo como líder político.

Tras muchas investigaciones y revisión de testimonios, se ha podido construir un relato veraz de lo ocurrido. El ataque de Montejurra supuso, en la práctica, el ocaso del partido más antiguo del Estado español, de las Españas como dicen los carlistas, que llevaba vigente desde que en 1833 se alzó con la bandera de los fueros y la defensa de los bienes comunes frente al unitarismo de los gobiernos españoles, mal llamados liberales, y las desamortizaciones de los mismos a favor de los caciques locales. 


22 abril 2016

LA MEMORIA DE LOS OTROS

Caminar, hoy, por la capital del reino de España, Madrid, me induce con frecuencia sensaciones familiares. Mi etapa de estudiante me permitió, como dicen los franceses, flâner –vagar, sería una traducción aproximada al español- por muchos barrios madrileños. Era el final de los años 60 del pasado siglo y Madrid acababa de alzar cabeza tras una triste posguerra, a pesar de haber salido vencedores en la contienda quienes de ella se reclamaban. Había dejado de ser el “poblachón manchego” que, según Mesonero Romanos, fue y, con bastante sufrimiento para mucha gente, se iba organizando como una ciudad moderna.

Todavía podías deambular por un “barrio dentro de otro barrio”, como era el Barrio de Pozas en Argüelles, junto a la calle de la Princesa, donde hoy se erige el clónico edificio de El Corte Inglés de Princesa. Fue derribado en 1972 por obra de algún alcalde “ilustrado”, en este caso el inefable Carlos Arias Navarro, el carnicero de Málaga, y posterior ilustre gobernador civil de Navarra (1954-57) como sucesor del también famoso Luís Valero Bermejo. El barrio estaba constituido por 21 edificios levantados en 1860 por el arquitecto Cirilo Urribarri.

En un recorrido por Madrid el caminante se encuentra muchos otros nombres de comercios que corresponden a apellidos o, en menor medida, nombres de indudable origen vasco. De mis paseos de aquellos años tengo en la memoria, en una calle, cuyo nombre no logro recordar, próxima a San Bernardo y Malasaña, un comercio de tintorería o de limpieza cuyo nombre era Birgin Selva.

Si nos fijamos en los nombres de calles o plazas se puede encontrar, siguiendo desde San Bernardo por los antiguos bulevares, la Glorieta de Bilbao. De ella parte una calle que lleva por nombre Luchana. Continuando por bulevares en dirección al Paseo de la Castellana se encuentra, hacia la izquierda, la calle de Monte Esquinza. También existe en Madrid una calle Oroquieta. ¿Qué tienen en común Bilbao, Luchana, Monte Esquinza, Oroquieta? Todos designan batallas de las guerras carlistas. De forma curiosa no se encuentra ninguna calle que haga mención a Oriamendi, Abárzuza o Lacar; ni tan siquiera a Arguijas. ¿Por qué unas sí y otras no? ¿De qué atributo participan las primeras que no lo hacen las segundas? ¡Premio! Que todas son victorias liberales en cualquiera de las dos guerras del siglo XIX. No hay una que haga mención a una victoria carlista.

Algo muy semejante sucede si indagamos nombres de próceres, militares, eclesiásticos o civiles, del mismo siglo que tienen calle en la Villa y Corte española. Encontraremos Espartero, Oráa, Fernández de Córdoba y, por supuesto, Espoz y Mina. Ninguna referencia a Zumalakarregi, Egia o Villarreal, de la primera guerra o Dorregaray y Elio, de la segunda. Sí la tiene en cambio Rafael Maroto, el traidor, según la opinión de los carlistas.

La historiografía española oficial ha marcado dos campos perfectamente definidos: liberales (progresistas, laicos etc.) frente a carlistas (reaccionarios, meapilas etc.). La gestión de esta memoria se ve perfectamente reflejada en el callejero de Madrid. Todas las calles que representan hechos bélicos de esa época, batallas o militares, rememoran las victorias ya citadas: Bilbao, Monte Esquinza, Archanda, Luchana…. En este sentido, parece que el actual Ayuntamiento de Madrid quiere eliminar de su nomenclátor la “calle Montejurra”. Curiosamente, en la segunda guerra Carlista hay dos batallas en esta montaña: una en noviembre de 1873, con victoria carlista, y otra en febrero de 1876, con victoria liberal. ¿Por qué la quiere suprimir? ¿Por si pretendía conmemorar la victoria carlista en lugar de la liberal? Como no saben cuál es, se quita y tira millas.

Es evidente que, para la gestión de memoria que ejerce el Estado español, no hay dos bandos en ‘una guerra civil’ en la que el conflicto se dirime entre dos bandos igualmente nacionales. Los éxitos carlistas simplemente no existen. Para esta gestión memorial, las victorias liberales se asocian a lo nacional, a España. Sus derrotas (victorias carlistas) no existen. El ejército vasconavarro representa el otro, el enemigo nacional. Sus triunfos se borran de la memoria.

Está claro que los vasconavarros de hoy -malos, separatistas- no formamos parte del imaginario nacional hispano. Nos excluyen de su memoria. La nuestra es otra. Bueno sería que tomáramos nota.

Publicado en EUSKAL MEMORIA

20 febrero 2013

A UN AMIGO



A José Fermín Arraiza Rodríguez-Monte


Querido José Fermín:

Tal vez en esta ocasión debería utilizar el nombre de los tiempos de gloria, de nuestras primeras batallas por las causas que creíamos justas, y llamarte como entonces: Pepín.

Te escribo desde bastante lejos de nuestra Iruñea. Lo hago desde otra de las colonias que mantiene el decadente imperio español, desde la nación Canaria. Pero es una lejanía geográfica, no de afecto y amistad. En cualquier caso, tú ya estás en otra dimensión y supongo que te dará lo mismo.

Recuerdo la amistad entre nuestros respectivos padres, carlistas ambos. Ellos propiciaron nuestra temprana vocación política que iniciamos, lógicamente, dentro del Partido Carlista. El carlismo fue el único movimiento popular capaz de tener un proyecto de estructuración del Estado español que se pretendía respetuoso con su orden multinacional y que, a su modo, lo fue.

Nuestra etapa resultó particularmente intensa. Las generaciones que no habían vivido la sublevación y guerra de 1936 se abrían camino hacia un protagonismo caracterizado por la modernidad y apertura hacia las corrientes europeas y mundiales en general. Era la época de las luchas antiimperialistas, de los movimientos de liberación nacional, en lo que entonces se llamaba Tercer Mundo. Fue una época marcada en occidente, además, por el revulsivo que supuso mayo el 68. En este contexto recibimos nuestra formación social e iniciamos nuestra actividad política. El carlismo no permaneció al margen de todos estos cambios, influido sobre todo por la evolución del catolicismo romano tras el Concilio Vaticano II.

Aquel carlismo renovado se encontró pronto en un callejón sin salida. No sólo por las infinitas trabas impuestas por la legalidad tardo-franquista surgida en la transición que algunos han denominado intratotalitaria, sino también por su propia incapacidad para acompasar un movimiento popular en su origen pero contaminado tras su colaboración con la oligarquía, iglesia católica y ejército españoles sublevados en 1936. Esta sublevación logró un apoyo, humano sobre todo, muy importante por parte de los carlistas; aunque, todo hay que decirlo, con fuertes dosis de crítica. El carlismo mantuvo en general una posición antifranquista.

En cierto modo, el carlismo estalló. Algunos carlistas, pocos, permanecieron en posturas integristas o afectas al régimen, dentro de su sistema de partidos. Otros, avanzaron en la vía de la oposición a la reforma “pactada”. Creo que, aunque por caminos diferentes, José Fermín, ambos seguimos en este sentido. Los dos creíamos que lucha por la justicia se concretaba para nuestro pueblo en la consecución de la libertad, la independencia, de Euskal Herria. Tú, además, con tu compromiso por la justicia en el mundo del trabajo, como abogado laboralista.

Al cabo de los años fuimos muchos los que percibimos con claridad que el instrumento que había posibilitado la permanencia histórica del pueblo vasco, de su cultura política, concretada en los Fueros, de su lengua privativa, el euskera, y de todas las características que permitían que a nivel mundial se nos reconociera como nación, había sido su Estado, el reino de Navarra. Nos dimos cuenta de que Navarra era el eje político de los vascos, su realidad política.

Pronto vimos las virtualidades implícitas en este planteamiento de cara al futuro y que una Euskal Herria independiente en Europa tenía que referirse inevitablemente al Estado histórico de los vascos, a Navarra. Y así se produjo nuestro reencuentro, a través de la constitución de Nabarralde. Ambos, junto con otros amigos, fuimos socios fundadores de este proyecto. Lo hicimos con gran ilusión y con la idea de que su presencia y actividad aportaba una dosis de cordura y perspectiva democrática de futuro a la sociedad vasca.

A toda esta andadura social y política común es imprescindible añadir la indudable cercanía afectiva que se manifestaba en cada uno de nuestros encuentros. No puedo hablar de una amistad íntima, pero sí de esa sensación de proximidad y complicidad que no se da con frecuencia entre personas por muchos años que lleven de conocimiento y trato habitual. Sin asomo de duda yo te quería y respetaba como un buen amigo y compañero de batallas de muchos años.

Allá donde estén tu aliento y tu memoria, te mando un abrazo muy fuerte.

Luis María Martínez Garate

San Sebastián de La Gomera, febrero de 2013

23 octubre 2009

25 DE OCTUBRE

El artículo 1º de la “Ley de 25 de octubre de 1839 confirmando los fueros de las provincias Vascongadas y Navarra”, según el texto original que da título a la misma, dice textualmente:

“Se confirman los fueros de las provincias Vascongadas y Navarra, sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía.”

Toda la reivindicación política tanto del carlismo vasco posterior a esa fecha como del nacionalismo de Arana Goiri y de la práctica totalidad de nuestro pueblo en su época, tuvo como eje, precisamente, la derogación de esta Ley.

¿Por qué?

En primer lugar, porque esa expresión “sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía” encierra precisamente lo que es el acta de defunción del sistema foral vasco. Si algo lo caracterizó fue, justamente, el hincapié en el hecho político vasconavarro como previo a la monarquía española y no sujeto a ninguna “unidad constitucional” externa, sobre todo por la sumisión que suponía a la “soberanía” de una realidad política extraña o, dicho en términos modernos, a una nación extranjera.

Los recuerdos, lejanos muchas veces, de etapas pasadas con conquistas, ocupaciones, persecuciones lingüísticas y culturales, suplantaciones institucionales y agravios en general persistían en la memoria colectiva. Habían pasado épocas en las que, mal que bien y tras haber logrado un precario estatu quo de convivencia con la monarquía española, la agresión al sistema foral había alcanzado las cotas intolerables que llevaron a una larga y dura guerra desde 1831 a 1839.

El canto del cisne de esta reivindicación aconteció hace aproximadamente noventa años. La Asamblea de municipios navarros reunida en Iruñea-Pamplona en diciembre de 1918 tenía como objetivo concreto la exigencia de derogación de la citada Ley de 1839 y sus consecuencias (leyes de "modificación de fueros" de 1841 para Navarra y de 1876 para las provincias Vascongadas) y la vuelta a la situación que se denominaba como de “foralidad plena”. Esta asamblea fue reventada por el topo, agente español, Víctor Pradera, quien logró enredar la discusión hasta el punto que lo que parecía, en su comienzo, un acuerdo fácil de alcanzar culminó en un desorden total y sin entendimiento de ningún tipo.

La coyuntura internacional en la que se convocó la Asamblea era favorable para las demandas nacionales. En 1918 comenzó Irlanda su guerra por la independencia contra Inglaterra. En el mismo año el presidente Wilson de Estados Unidos proclamó sus famosos catorce puntos para la paz, de los que el quinto decía:

“Reajuste, absolutamente imparcial, de las reclamaciones coloniales, de tal manera que los intereses de los pueblos merezcan igual consideración que las aspiraciones de los gobiernos, cuyo fundamento habrá de ser determinado, es decir, el derecho a la autodeterminación de los pueblos.”

Y sus puntos 11, 12 y 13:

“Evacuación de Rumania, Serbia y Montenegro, concesión de un acceso al mar a Serbia y arreglo de las relaciones entre los estados balcánicos de acuerdo con sus sentimientos y el principio de nacionalidad.”

“Seguridad de desarrollo autónomo de las nacionalidades no turcas del Imperio otomano, y el Estrecho de los Dardanelos libres para toda clase de barcos.”

“Declarar a Polonia como un estado independiente, que además tenga acceso al mar.”

Todos ellos basados en lo que internacionalmente se conoció, desde aproximadamente 1850, como “principio de las nacionalidades”.

Esta derrota de la reivindicación vasconavarra fue seguida, años después y en otro registro, por el importante acuerdo logrado en la Asamblea de municipios Vascos celebrada en Lizarra-Estella en 1931 y concretada en la aprobación del Estatuto de Autonomía elaborado por Eusko Ikaskuntza (Sociedad de Estudios Vascos) para todo el País Vasco sudpirenaico. Sus avatares posteriores en el régimen de la Segunda República española y la guerra de 1936 y los de la posterior etapa franquista son de sobra conocidos.

La Constitución española de 1978 derogó efectivamente Ley de 1839, pero la sustituyó por una sumisión más férrea todavía al sistema unitario, en el cual se definió la “soberanía” como residente en el conjunto del “pueblo español”, del cual la parte sur de nuestro país formaba parte obligatoria e indiscutible. De esa constitución emanaron los estatutos de autonomía: el de la Comunidad Autónoma de País Vasco y el la de la Comunidad Foral de Navarra mediante la Ley Orgánica de Amejoramiento Foral que encubrió en realidad un estatuto vergonzante al que se le privó de la posibilidad de refrendo popular.

La aprobación del estatuto de Gernika de 1979 se hizo coincidir, ¿casualmente?, con la fecha de la Ley de 1839. A una fecha de derrota bélica y sumisión se añadió otra semejante de asimilación y subordinación.

¿Qué tenemos que “celebrar” los vascos el 25 de octubre?


PD.

Este artículo surgió de una charla informal con mi buen amigo Eugenio Arzubialde, a quien se lo dedico con todo mi afecto.

29 noviembre 2008

FUEROS Y CARLISTADA


Con este mismo título acaba de presentar Mikel Sorauren, en Iruñea y editado por Nabarralde, su último trabajo. Se trata de un libro breve (100 páginas) pero de mucha enjundia, a la vez que de lectura muy amena. El objetivo de la obra consiste en ratificar las tesis ya expuestas por su autor, principalmente en su trabajo fundamental “Historia de Navarra, el Estado vasco” (1998 y ampliado en su tercera edición de 2008), sobre el contenido inequívocamente foral del levantamiento carlista de 1833 en el conjunto de los territorios vascos ocupados por la monarquía española.

En aquella obra se demostraba exhaustivamente, frente a tirios y troyanos, que el origen del conflicto carlista radicaba fundamentalmente en la defensa del sistema foral propio, tanto el del reino de Navarra como el de Vascongadas. Tal organización política, en ambos casos, era retoño de un común tronco del Derecho, el “Derecho Pirenaico” según diversos autores, y su plasmación más completa se produjo en la máxima institucionalización lograda históricamente por el pueblo vasco: el Estado navarro.

Muchas interpretaciones se han dado de las causas que motivaron la primera Guerra Carlista. En los últimos tiempos, algunas han insistido de nuevo en la motivación religiosa, como es el caso de Mª Cruz Mina; otras en cambio, han hecho hincapié en motivaciones relacionadas con determinados intereses campesinos unidos a una cierta pequeña nobleza agraria y al bajo clero, “feudales” siempre, como es la propuesta de Ramón del Río Aldaz. Los hay que oscilan entre una y otra, pero siempre considerando el carlismo como un movimiento “contrarrevolucionario”; tal es la perspectiva de Jordi Canal.

La posición de Sorauren es inequívoca y en este libro se ratifica de forma concluyente a través del análisis a que somete a cuatros obras escritas por otros tantos protagonistas de la contienda, procedentes de diferentes campos. Del propio bando carlista es el general Maroto. El liberal está representado, en sus dos principales corrientes, por el Marqués de Miraflores por la conservadora, y el general Espartero por la progresista. La cuarta perspectiva corresponde a la de un individuo muy peculiar, muy narcisista según Sorauren, que se puede decir que perteneció a todos y a ninguno de los grupos en conflicto: el conspirador Avinareta.

Las cuatro obras tienen como característica común: la de haber sido escritas inmediatamente tras el fin de la guerra, durante la década 1840-1850. Tres de ellas (las de Maroto, Miraflores y Avinareta) son autobiográficas y la cuarta es una biografía dirigida por Segundo Flórez, persona estrechamente vinculada al general y Duque de la Victoria, Baldomero Espartero, por lo que se puede considerar como “autorizada”. Son obras de personas totalmente implicadas en el conflicto, directamente bélico en algunos casos, político o diplomático en otros. Del análisis de las cuatro, Sorauren obtiene una conclusión inequívoca y que ratifica las tesis expuestas previamente en obras como la ya citada anteriormente. Es decir, el origen foral, de defensa de los Fueros vasco-navarros, de dicha guerra.

Siempre he estado de acuerdo con la tesis fundamental del autor y me ha alegrado mucho encontrar en este trabajo, basado en fuentes de época y protagonistas en el conflicto, un reforzamiento de la misma. De todas formas en ella se plantea un aspecto sobre el que creo que nadie había reflexionado anteriormente. Es una consideración de gran importancia, sobre todo desde la perspectiva actual de nuestro contencioso con España y Francia. Se trata del carácter de “Imperio” que presentaba la monarquía española en los orígenes de este conflicto.

Efectivamente, cuando surgen las circunstancias que van a provocar la guerra de 1833-1839, es decir las tensiones entre Euskal Herria y los gobiernos del rey de España, Carlos III, y Godoy a finales del siglo XVIII, así como en la época de la redacción de la famosa Constitución española de 1812, España era un Imperio extenso todavía. Conservaba gran parte de Centro y Sudamérica, Filipinas y Canarias en ultramar y, por supuesto, Galicia y los territorios sudpirenaicos de los Países Catalanes y de Vasconia en la península Ibérica.

En nuestro caso, en ese momento, nos encontramos en una fase a la que se llega, sin solución de continuidad, desde las conquistas sobre Navarra sufridas entre los siglos XII y XVI, en las que el conflicto presentaba claramente su condición de internacional, como ocupación violenta de un Estado legítima y legalmente constituido, o de partes del mismo, por otro. La nación vasca y su Estado, Navarra, fueron presa de las ambiciones expansionistas de una potencia, Castilla-España, por su parte sur y de otra, Francia, por la norte. La culminación de este proceso, en la Edad Moderna, es coetánea con la formación del resto del Imperio español. En el mismo año en que la Navarra ocupada por Castilla en 1512 trataba de liberarse y fue derrotada en Noain, 1521, Hernán Cortés conquistaba Méjico.

El libro está muy bien construido y una parte especialmente interesante del mismo se dedica a la revisión de otras fuentes contemporáneas, sobradamente conocidas, y que niegan origen foral al conflicto. Tal es el caso de las perspectivas de Zaratiegui o Henningsen. Como contraposición, el autor cita otros autores que plantean la existencia incluso de posiciones secesionistas en algunos sectores del carlismo vasco con relación a España. Es el caso, según Sorauren, de “Mc. Kenzie, Wikinson, Sommerville, Laurens y el mismo Xaho”.

Se trata de una obra muy interesante sobre todo para los que, desde la perspectiva del siglo XXI, consideramos el logro de un Estado propio para Navarra como nuestro objetivo democrático más importante. A través de su lectura nos percatamos de que el siglo XIX, la entrada en la Modernidad, fue para Euskal Herria un punto de reencuentro de todas sus gentes y territorios, tras varios siglos de relativo aislamiento, con un objetivo único: la defensa de su propio sistema político: los fueros. Los territorios de ultrapuertos contribuyeron también activamente, como retaguardia logística y como vía terrestre de acceso al resto de Europa de los territorios en combate franco, que se encontraban al sur del Pirineo.

Nuestro conflicto actual tiene raíces muy profundas, que datan de mucho tiempo atrás y que es producto, como ya se ha explicado tantas veces, de conquistas y ocupaciones violentas, pero su acceso a la Modernidad se produjo en el siglo XIX y su detonante fueron, precisamente, las guerras carlistas, en las que una vez más, a través de la reivindicación foral, se mostró su inequívoco carácter internacional.


Sorauren, Mikel
“Fueros y carlistada. Maroto, Espartero, Avinareta…”
Pamplona-Iruñea 2008
Nabarralde

14 julio 2008

POLÍTICAS VIOLENTAS

De su subtítulo, “Una historia de la insurgencia, el terrorismo y la guerra de guerrillas desde la Revolución Americana hasta Iraq”, se podría deducir que estamos ante un libro de historia. Del perfil de su autor, William R. Polk, que nos encontramos ante una obra eminentemente política. Y efectivamente en esta estupenda colección de trabajos que constituyen el libro hay de todo: hay mucha historia, más o menos reciente, y hay, sobre todo, un buen análisis político de cada situación planteada.

El autor trabajó, ya en 1961, en el “Consejo de Planificación de Políticas” del Departamento de Estado estadounidense durante el mandato de John. F. Kennedy. A partir de 1965 volvió a la docencia en la Universidad de Chicago donde creó el Centro de Estudios de Oriente Medio. Previamente a su participación en la administración Kennedy, había sido profesor de Política e Historia de Oriente Medio y de lengua árabe.

La obra consta de 11 trabajos precedidos por una Introducción y se cierra con una Conclusión. Los capítulos están distribuidos según diversas situaciones históricas en las que una ocupación extranjera se ha tenido que enfrentar a un modelo de guerra situado fuera de los cánones convencionales. Se trata de lo que se ha denominado como guerras de guerrillas, en las que una de las partes es, habitualmente, un ejército en el pleno sentido, pero que en las que la otra son combatientes que luchan en grupos pequeños, sorprenden al ejército invasor en acciones breves pero normalmente muy destructivas, tras de las que desaparecen y en las que los combatientes vuelven a sus tareas normales, en general en el campo; para atacar de nuevo, por sorpresa, lejos del lugar del asalto anterior.

El primer caso que plantea Polk es, posiblemente, el más extraño dentro del modelo “resistencia autóctona” frente a “invasión extranjera con ejército convencional”. En efecto, la lucha de los criollos de América de Norte en contra de los colonos británicos no se puede equiparar a cualquiera de los conflictos incluidos en el resto de trabajos. Un caso semejante al de filipinos frente a españoles, irlandeses frente a ingleses o argelinos contra franceses, por poner tres ejemplos también citados en la obra, supondría la rebelión de los propios nativos indios frente a los conquistadores británicos, pero no la rebelión de los criollos. No obstante, su lucha por la emancipación de la metrópolis presenta, en la práctica, características semejantes a posteriores conflictos independentistas.

El segundo caso que presenta Polk, referido al conflicto de “los españoles” con los ejércitos franceses, tras la ocupación napoleónica de la península Ibérica, resulta poco preciso y, por supuesto tal y como lo plantea, contradictorio. Polk reconoce a Navarra como el eje guerrillero fundamental contra los franceses, pero no expone las causas específicas de su lucha.

En Vasconia se produjo un fenómeno muy interesante de aceptación, entusiasta en ocasiones, de los franceses invasores. El caso de Gipuzkoa es clamoroso, pero sucedió de modo análogo en Navarra. El conflicto con la monarquía española y sus tendencias uniformizadoras era ya manifiesto cuando Napoleón invadió la Península, su origen se centra principalmente en la etapa de Godoy, y de ahí procede la buena aceptación de los franceses. Es suficiente recordar los acontecimientos de la “Guerra de la Convención”. Vascos del Norte del Pirineo, como los hermanos Garat, ya plantearon la independencia vasca, bajo protectorado francés, con el nombre de “Nueva Fenicia”. El absoluto desprecio manifestado en la práctica por las tropas de ocupación hacia el régimen político propio de los vascos, el sistema foral, provocó un levantamiento de tipo guerrillero de gran magnitud y con importantes éxitos propios.

Las motivaciones de lucha en Catalunya fueron semejantes a las navarras pero distintas de las de otros territorios de la monarquía hispana, aunque coincidentes todas ellas en la finalidad última de derrota y expulsión de los “franceses”. Pienso que ahí radica la confusión de Polk y el que en su libro todos aparezcan como “españoles”, con criterios y móviles uniformes. En todo el análisis referido a este periodo subyace también la propaganda nacionalista hispana que considera la guerra de la “Independencia” como uno de los principales mitos fundadores de su “nación española” moderna. De modo semejante a como consideran la etapa visigoda como su origen más remoto y la “reconquista” peninsular a los musulmanes como su fase de consolidación.

Otro conflicto notable planteado por Polk y que presenta especificidades muy interesantes es el de “Yugoslavia” frente al nazismo alemán. Su eje central es la figura de Josip Broz, Tito, croata de nacimiento, que concibió un movimiento de resistencia conjunto de las diversas naciones balcánicas a la ocupación nazi, siguiendo la estela de la recién nacida Yugoslavia tras la primera Guerra Mundial, como amalgama de serbios, croatas, eslovenos, bosnios, montenegrinos y macedonios principalmente. Todo ello a pesar de la importante colaboración croata con los alemanes. En cualquier caso, y a pesar de los éxitos logrados frente al nazismo alemán, su escasa consistencia y mala trabazón política y social se comprobó tras la caída de los regímenes comunistas del Este europeo, los conflictos consecuentes y los sucesivos procesos de independencia.

El resto de trabajos, en los que filipinos se enfrentan con españoles y estadounidenses, irlandeses con ingleses, griegos con alemanes, keniatas con británicos, argelinos y vietnamitas con franceses, vietnamitas con estadounidenses, afganos contra británicos y rusos, plantean conflictos similares, aunque con características y formas de resolución muy distintas, dependientes de las características tanto de cada una de las sociedades dominadas como de las de la potencia dominante.

El hilo conductor que subyace a todo el libro es la insurgencia popular, nacional, frente a ocupantes con ejércitos regulares. Polk aplica la tesis de Mao de que los insurgentes o guerrilleros se mueven “como el pez en el agua”. El “agua” es el conjunto de la población propia, que es vejada por los invasores y que, por lo mismo, aborrece de ellos. El guerrillero encuentra ahí su aprovisionamiento, refugio y apoyo moral, en resumen es su “mar”. Sin ese “mar” poco podrían hacer las guerrillas, los “peces”, en contra de los ocupantes y sus días estarían contados.

En la mayor parte de las ocasiones que cita Polk existe una persona (también un movimiento o partido, en la mayoría de la ocasiones), con gran carisma, inteligencia y capacidad de liderazgo, que favorece los logros insurgentes de forma decisiva. Tanto que hay casos como los acontecidos en Filipinas en varias ocasiones, tras el inicio de su emancipación con relación a España, en las que la neutralización del líder supuso la derrota temporal de la insurgencia.

A lo largo de la obra se percibe claramente que su objetivo no consiste simplemente en narrar y analizar unos hechos unidos o relacionados por las características semejantes que ya he señalado. En el libro se plantea el propósito firme de extraer conclusiones consistentes y que el autor aplica, al final del mismo, a las últimas intervenciones de Estados Unidos en Iraq, Afganistán y Somalia. A todas ellas, siguiendo el hilo de libro, se puede aplicar la misma lección. Se trata de una potencia con ejército regular que ocupa territorio con población autóctona más o menos estructurada, con fines variados, económicos directos, geoestratégicos etc., y que produce rechazo de la misma, la cual se defiende mediante un conflicto guerrillero e insurgente. Se trata de una guerra atípica en la que la potencia ocupante puede “vencer” militarmente (aunque no siempre), pero a un costo tan inmenso que, normalmente, culmina con el abandono del territorio ocupado, con la consiguiente victoria final de los insurgentes.

Un caso muy importante de este tipo de guerra y que no aparece en la obra, es el de Vasconia durante el siglo XIX. Efectivamente el conflicto planteado durante la primera guerra Carlista (1833-1839) y su evolución, responde en gran parte a los criterios planteados por Polk Se trata de una insurrección popular en defensa del estatus político propio, que ya se había manifestado frente a los franceses tras la invasión napoleónica, ante el intento de aniquilación del sistema foral por los diversos gobiernos españoles. El conflicto se inicia como una guerra de guerrillas en la que brilla el genio de Tomás de Zumalakarregi, y continua con la consolidación de un ejército carlista, y la consiguiente transformación en guerra “regular” y una administración propia en los territorios liberados. Con la desaparición de la figura carismática del general Zumalakarregi, por herida de cañón en el sitio de Bilbao en 1835, se inicia el declive carlista y, tras la continuación de un conflicto bélico de tipo tradicional, se llega a la derrota y al armisticio de Bergara (1839).

El conjunto de agresiones que provocaron dicha guerra agravó una herida, iniciada en los largos episodios de ocupación del Estado navarro (1200, 1461, 1512-24, 1620) que no sólo no se ha cerrado todavía, sino que cada vez que hay un “acuerdo” tras la derrota, cicatriza en falso, de modo que todos los conflictos de Euskal Herria con el Estado español, que prosiguen durante el resto del siglo XIX y perviven en el XX y XXI, son continuación del primero.

Se trata de un libro serio y, desde mi punto de vista, con análisis muy certeros al mismo tiempo que ameno. Plantea con rigor la gran dificultad que supone marcar los límites entre la violencia implícita en la “política convencional” y la violencia estructurada en insurrección. Es sabido que toda política expresa de forma, más o menos manifiesta, los conflictos sociales que subyacen en las sociedades correspondientes y que siempre lleva asociada el ejercicio de un determinado nivel de violencia, bien en potencia, como amenaza, o en acción, como ejercicio de actividades cruentas y conflictos guerrilleros o bélicos, sobre todo en situaciones “no democráticas” como lo son las que se derivan de ocupación de territorios y poblaciones y la aniquilación de sus instituciones públicas, lengua, cultura y, en general, modos de vida.

El trabajo de Polk es una obra sobre historia y política, pero con un fuerte componente de tesis sobre los conflictos en los que actualmente están inmersos con mayor (Iraq y Afganistán) o menor (Irán) intensidad bélica los Estados Unidos de América del Norte. Es un aviso para navegantes.


“Políticas violentas. Una historia de la insurgencia, el terrorismo y la guerra de guerrillas desde la Revolución Americana hasta Iraq”
William R. Polk
Barcelona 2008
La Vanguardia. Librosdevanguardia

19 febrero 2008

EL PENSAMIENTO NAVARRO

Estos últimos días, estimulado por la lectura de un, para mí por lo menos, muy interesante libro he recordado una temprana mañana, soleada supongo, de un domingo de agosto de 1970. En aquella época yo estudiaba en Madrid y me encontraba en Iruñea compaginando el estudio de asignaturas pendientes para la convocatoria de septiembre, varias clases impartidas a estudiantes de bachiller para obtener algún pequeño beneficio y el ocio propio de las vacaciones.

En esa mañana, se oyó desde mi casa de la avenida de Carlos III, frente a Capuchinos, sobre el “Garaje Unsain” y muy próxima a la calle Leire en la que se ubicaba el periódico, un ruido tremendo, una detonación. Mi padre, sin apenas duda, exclamó: “¡el Pensamiento Navarro!”. Y tenía razón. Una enorme explosión se llevó por delante los restos materiales de un periódico que otros, previamente, ya habían liquidado y vaciado de contenido expulsando a su valiente director, Javier María Pascual y rompiendo cualquier lazo con los propietarios morales del periódico: los carlistas.

Había seguido muy de cerca las tribulaciones de Javier María Pascual como director de un medio de comunicación que él mismo había convertido, sin apenas más medios que su capacidad, voluntad y relaciones personales, en pionero de una prensa que pugnaba por salir del agujero de más de treinta años de franquismo, plantar cara al régimen y servir de altavoz de unas reivindicaciones hasta entonces silenciadas.

La época lo propiciaba. Por el mundo corría un amplio espíritu libertario y reivindicativo, cuyo exponente simbólico más importante fueron los movimientos en pro de los derechos civiles en Estados Unidos, la liberación de las trabas generacionales, la libertad sexual; resumido en un símbolo: “mayo del 68”. Hasta la encorsetada Iglesia Católica generó, con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, un potente movimiento de renovación.

En el Estado español el franquismo daba síntomas de agotamiento, no tanto por la capacidad de la autodenominada “oposición democrática”, sino por el final del modelo autárquico y el comienzo de los movimientos paneuropeos y globalizadores. La tímida “Ley de Prensa” de Manuel Fraga, en 1964, fue un pequeño movimiento del régimen en tal sentido.

El carlismo, como movimiento político decisivo en la consecución de la victoria de los sublevados el 18 de julio de 1936 contra el gobierno de la 2ª República española y alejado, por otra parte, de los circuitos de poder del régimen, se encontraba en una situación de abatimiento total. A lo cual había contribuido poderosamente el propio régimen propiciando divisiones y querellas internas. En resumen, el carlismo estaba mal visto por la escasa “oposición democrática”, por haber colaborado decisivamente con el ejército y resto de sublevados el 18 de julio de 1936 y por el propio régimen, por ser un protagonista muy crítico con su acción política y al que no podía desautorizar públicamente sin desautorizarse a sí mismo.

Al carlismo también le llegaron aires de renovación de la mano de un grupo de personas como el propio Carlos Hugo de Borbón y su Secretaría Particular (Ramón Massó, Víctor Perea y otros, de los que luego solo continuó José María Zavala). A este grupo se unieron otras, como Pedro José Zabala y el propio Javier María Pascual. Los aires del Concilio reavivaron las cenizas del carlismo que, mediante la hábil maniobra de sustitución del viejo Francisco López Sanz en la dirección del único periódico que consiguieron salvar de la “quema unificatoria” de Franco y Serrano Súñer, por el joven entusiasta, bien preparado y excelente escritor que fue Pascual, y propiciaron un importante cambio cualitativo en su línea informativa y editorial.

Javier María renovó totalmente la perspectiva del periódico, lo modernizó y, lo que es más importante, le dio aire fresco, afrontando con valentía y dentro de los escasos límites que le imponía el régimen, los principales retos políticos, sociales y económicos que tenían planteados Navarra, el Estado español y Europa.

Este sueño fue breve. De 1966 al verano de 1970 se respiraron esos aires en El Pensamiento Navarro y lo percibieron claramente sus muchos lectores, tanto carlistas como de la “oposición democrática” y del propio régimen. En efecto era el único periódico de “provincias”, según la despectiva terminología imperial, que se recibía en todos los ministerios del Gobierno español. La historia de esta etapa ha sido contada de forma muy amena, en mi opinión, en el libro escrito por Rosa Marina Errea Iribas aparecido en Navarra en 2007 y editado por Eunate. Su título, “Javier María Pascual y El Pensamiento Navarro. ‘Con él llegó el escándalo’ (1966-1970)” es bastante explícito al respecto.

La obra se sustenta en la Tesis Doctoral que presentó su autora en la Universidad de Navarra bajo la tutela del profesor don Francisco Javier Caspistegui. Resulta muy interesante como friso de una etapa decisiva para la sociedad de aquella parte de Navarra que entonces acababa de salir de su versión agropecuaria y encaraba un rápido proceso de industrialización y enfrentamiento a los problemas, hasta entonces soterrados, propios (de identidad) y del mundo (de ubicación).

Da la casualidad que quien aquella luminosa (supongo) mañana dijo lacónicamente, tras oír la explosión, “¡el Pensamiento Navarro!”, es decir mi padre, era Luis Martínez Erro, consejero del mismo y la única persona de su Consejo de Administración que se opuso, por un lado, a la destitución de Pascual como director y, por otro, que acató las órdenes del carlismo para poner sus acciones, de las que nunca se consideró titular sino sencillamente fideicomiso, a la disposición de su organización.

Aunque en esa etapa yo vivía en Madrid, estaba suscrito al “Pensamiento” y mantenía un fluida relación con mi padre que incluía, cotidianamente, los pesares y cuitas de ambos (de Javier María y de mi propio padre que en tantas ocasiones le sirvió de “paño de lágrimas” ante la postura cerril, integrista y destructora del resto del Consejo).

Cuando el pasado sábado, 16 de febrero de 2008, me tropecé casualmente, en las calles de Iruñea con Juan Indave Nuin, sustituto de Javier María en la dirección del diario y que tan activamente colaboró en la campaña para su desprestigio, sentí pena. Por él y por todos los que posibilitaron que ese proyecto se hundiera, arrastrando el periódico a la quiebra y ruina. No creo que Indave me reconociera.

Sobre el libro de Errea Iribas opino que es clarificador, aunque su autora manifieste una clara toma de partido a favor de Javier María Pascual a la que me adhiero cumplidamente, sobre todo para la comprensión de esos años cruciales en Navarra y en todo el Estado español, tal como ya he indicado anteriormente.

En el aspecto formal, pienso que la conversión de tesis a libro se podía haber mejorado, haciendo su lectura más amena, ya que en ocasiones peca de repetitiva. Los documentos que aporta son muy interesantes y muchos de ellos inéditos (los del propio fondo de Javier María Pascual). Alguna de las fotos que aparecen, como por ejemplo la de Pascual con don Javier con Montejurra como fondo, fueron tomadas por mi padre.

Siempre me quedará el interrogante: su inequívoca expresión ¿fue simple intuición de Luis Martínez Erro, a la vista del encono y violencia a la que se había llegado en el asunto del periódico?, ¿sabía algo? Supongo que nunca lo sabremos.

Mi padre falleció en 1995 y Javier María Pascual en 1998.

Sirvan estas líneas de homenaje a ambos navarros que, desde su carlismo militante, procuraron servir a su pueblo del mejor modo al que imaginaron tenían acceso, en aquellos tiempos y en sus respectivas situaciones.

21 marzo 2007

NAVARRA VISTA DESDE CATALUNYA

La perspectiva unánime que actualmente se ofrece de Navarra desde la prensa española resulta acorde con el pensamiento nacionalista dominante en la misma. No me resulta extraña, tampoco me asombra. Responde a esa lógica tan bien expresada por la frase: “lo más parecido a un español de izquierdas es un español de derechas”.

Por el contrario me ha resultado sorprendente, penosamente sorprendente, la visión brindada de Navarra desde la prensa catalana, por AVUI sobre todo, tras la manifestación de “reconquista” del pasado sábado 17 de marzo.

Tal vez se trata de ingenuidad por mi parte, pero me cuesta comprender que periodistas, personas en general, con una visión democrática sobre los hechos nacionales, tanto de las realidades del Estado español como de las del resto de Europa y del mundo, tengan tal ceguera (¿ignorancia?) respecto a Navarra.

Según el planteamiento utilizado generalmente, ante la “cuestión vasca” no hay más que dos alternativas: la primera, la imperial, la de la imposición del ancestral unitarismo del Estado español; la segunda, la perspectiva “sabiniana” edulcorada y representada tradicionalmente por el PNV y, hoy también por EA y, en líneas generales, por la Izquierda Abertzale.

Si una sociedad como la que hoy ocupa el territorio de la actual Comunidad Foral de Navarra (CFN) no presenta veleidades “sabinianas” o “vascongadistas”, queda automáticamente calificada como “española”. Desde mi punto de vista, esta perspectiva constituye una burda simplificación.

Desde el conocimiento que permite la historia no manipulada por los intereses de los nacionalismos dominantes (español y francés), se puede llegar a una comprensión aceptable del proceso que ha conducido a la situación actual, aunque sea de modo sencillo.

Los testimonios sobre los vascones son múltiples y antiguos. Durante el Imperio romano tenían su soporte en las tierras del entorno del río Ebro, con Calagurris (actual Calahorra, en La Rioja) como uno de sus centros más importantes. Su principal ciudad fue Iruñea, la actual Pamplona, que debe su nombre en castellano a Pompeyo (Pompeiopolis, Pompei-iluna en versión vasca; Pamplona). Tras la caída del Imperio los vascones mantuvieron una organización social y política propia, a pesar de los conflictos con los vecinos “bárbaros” procedentes del Norte y del Este de Europa instalados tanto en la península Ibérica (visigodos) como al norte (francos). El frecuente “domuit vascones” de las crónicas visigóticas de Toledo expresa los esfuerzos de conquista, por una parte, y los de pertinaz resistencia, por otra.

La culminación de los esfuerzos de afirmación frente a ambos enemigos tiene lugar en 778 en la batalla de Orreaga / Roncesvalles contra el ejército de Carlomagno. Muy poco tiempo después surge a las crónicas la existencia del reino de Pamplona. Este reino se organiza en torno a los notables vascones que, tras la caída del Imperio romano, han mantenido una estructuración política propia basada en lo que algunos tratadistas denominan como “Derecho Pirenaico”, contrapuesto tanto al Romano como al Germánico. Es un derecho basado en el uso y la costumbre y que tiene como soporte fundamental la casa (“etxea”) y la familia anexa; es un derecho en el que la persona, inscrita en la comunidad, participa en sus trabajos y decisiones.

El reino de Pamplona alcanzó su cenit territorial a comienzos del siglo XI bajo Sancho III el Mayor (“rey de los vascos” según crónicas musulmanas de la época), pero su organización política en clave “moderna” tuvo lugar a mediados del XII, bajo Sancho VI el Sabio. La concepción política del reino pasa de ser “personal”, del rey, a ser territorial, con una administración sofisticada y eficaz y, significativamente, se produce con el cambio de nombre: pasa de “reino de Pamplona” a “reino de Navarra”. En aquella época los territorios y poblaciones de La Rioja, Bizkaia, Araba y la actual Gipuzkoa eran parte del reino.

Castilla ocupó La Rioja y Bizkaia, salvo el Duranguesado, a lo largo del siglo XII, y en 1200 el Duranguesado, Araba y el actual territorio de Gipuzkoa. Durante los siglos siguientes el reino restante se extendía por ambas vertientes del Pirineo hasta que la parte ibérica, la más extensa e importante demográficamente, fue ocupada y conquistada para Castilla por Fernando el Católico en 1512. La parte aquitana continuó independiente hasta 1620, en que Luis XIII de Francia la incorporó a dicho Estado.

Navarra constituye la máxima expresión política lograda por los vascos a lo largo de su historia. No dicen verdad quienes afirman que “los vascos nunca han tenido un Estado”. Claro que lo hemos tenido y ha sido, precisamente, el reino de Navarra, estado europeo independiente y de igual rango que la Corona de Aragón, Francia, Inglaterra, Castilla o Escocia.

El actual sistema foral de los distintos territorios que actualmente forman Vasconia es el resto del sistema estatal navarro minorado y asimilado tras largos y duros procesos de conquista, ocupación y asimilación, pero sigue siendo, en potencia, el germen del futuro Estado vasco en Europa. Los navarros nunca hemos renunciado voluntariamente al mismo. La Navarra que seguía manteniendo tal nombre dentro de la Monarquía española fue reino diferenciado y con Cortes propias hasta 1841, cuando, tras la derrota en la Primera Guerra Carlista, se forzó la (mal) llamada “Ley Paccionada de 1841”. Fue una Ley para los vencidos. En ella Navarra dejó de ser “reino” y pasó a ser “provincia” y perdió la mayor parte de sus instituciones propias, comenzando por las Cortes que ejercían realmente el poder legislativo en la Navarra que controlaban.

Navarra se convirtió en una provincia “foral”, semejante en cierto modo a lo que, desde la “normalización” política que impuso Enrique IV de Castilla, ya eran las Provincias Vascongadas tras las “Guerras de Bandos”. No obstante en las profundas relaciones que se establecen durante la Primera Guerra carlista y posteriormente entre los órganos políticos de todos los territorios vascos peninsulares, es la Diputación de Navarra quien lidera los proyectos.

Los españoles siempre han considerado Navarra como una “cuestión de Estado”. Desde su conquista principal en 1512 hasta la actualidad más rabiosa. El desarrollo de la Primera Guerra Carlista en el territorio de la actual CFN supuso un enorme desgaste demográfico y económico. Quedó una sociedad inerme, diezmada por la guerra y el exilio. La frontera del territorio en que se hablaba euskera retrocedió rápidamente, en beneficio del castellano, en más de 40 Km en pocos años. El proceso aculturizador provocado por las autoridades españolas fue efectivo desde el punto de vista lingüístico. No tanto desde la perspectiva política propia, que ha seguido considerando mayoritariamente la realidad de la existencia de un reino independiente y conquistado como algo perdido y deseable de recuperar.

La “memoria histórica” de haber sido conquistados se mantiene en la sociedad de la actual Comunidad Foral Navarra. Pero la propaganda oficial del Estado aprovechó, todo hay que decirlo, algunos grandes errores políticos que en la llamada “transición” exhibieron muchos partidos “nacionalistas vascos”, que pretendieron “incorporar”, “absorber”, a Navarra en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAV). De ahí se ha seguido, en parte, la tesis que contrapone “Navarra” y “País Vasco” o a “vascos” con “navarros”. Y bien sabemos que una mentira repetida con insistencia acaba pasando por verdad.

La sociedad de la CFN mantiene una clara conciencia política diferenciada con relación a la del resto del Estado español, a pesar de la disolución que ha sufrido por la fortísima presión de los sucesivos sistemas educativos y de los medios de propaganda, en cuanto a su lengua originaria, cultura y modos de vida propios en general. La sociedad de la CAV, en cambio, la que presenta una mayor penetración “nacionalista vasca”, mantiene un alto nivel de conciencia en los aspectos lingüístico-culturales, pero un desolador desconocimiento de su realidad histórica.

En cualquier caso considerar el Régimen Foral como un privilegio o una antigualla y, por consiguiente, manifestarse opuesto al mismo, es solidarizarse con el modelo unitarista del Estado español y oponerse a un germen de auoestima, de emancipación y de democracia que con respecto al mismo debe de lograr Euskal Herria. Mantener la dicotomía de “vascos” y “navarros” no consigue más que hacer el juego a los intereses del nacionalismo español dominante.

En este artículo he pretendido aclarar algunas de las cuestiones básicas que actualmente se plantean en Vasconia y que son sistemáticamente tergiversadas por los medios de comunicación españoles. Especialmente, la existencia de una perspectiva propia, que no pasa ni por el “nacionalismo vasco” en su versión sabiniana, ni por el nacionalismo español. No sé si habré logrado proporcionar un atisbo de claridad entre tantas tinieblas, pero me alegraré si así fuere.

18 diciembre 2006

NAVARRA: ALGO MÁS QUE UN ESLOGAN

“Es que en ignota vergüenza
sumirla quieren quizás,
y como Navarra en más
estima su honor que nada
será siempre noble aliada
pero vil sierva jamás.”

Hermilio de Olóriz
“A Navarra” en “Ecos de mi Patria”
Pamplona, 1900


Navarra, reino medieval; Navarra, el Estado político que construyeron los vascos en la Alta Edad Media cuando otras sociedades europeas realizaban la misma tarea, con la particularidad de que quien lo hizo era la población que llevaba siglos en el mismo territorio, mientras en otras eran pueblos venidos del Este de Europa. Navarra, pueblo adelantado en plasmar su específico Derecho consuetudinario en el Fuero Antiguo, a comienzos del siglo XIII. Navarra, siempre tierra de frontera con los conflictos consiguientes: reinos musulmanes o cristianos próximos, potencias hegemónicas o de nivel medio, ocupantes agresivos o vecinos amigos, de organización social y política similar.

Más tarde, tras las conquistas de 1200 y después de la de 1512-21 con la consiguiente ocupación castellana, en la que la mayor parte de lo que quedaba con el nombre de reino de Navarra, mostró una enorme capacidad de hacer “de necesidad virtud”. Esa parte de Navarra que conservaba su nombre histórico creó, desde el sometimiento, un modelo de sociedad autocentrada y resistente, en lo posible, a las intromisiones castellanas. En esa Navarra, en la que “el reino”, es decir el pueblo de Navarra constituido en Estado, construyó un entramado jurídico-político que, siguiendo el anterior espíritu de la organización del reino independiente, evolucionó acorde con los tiempos hasta que el peso y la capacidad militar del unitarismo de la monarquía española lo asfixiaron y destruyeron.

En el resto del Estado navarro, tras 1521, se manifestó un fenómeno interesantísimo de puesta al día, en el que las virtualidades de la cultura política navarra dieron paso, de forma síncrona con el resto de estados europeos modernos, a una profunda reforma intelectual. Bajo Margarita de Navarra, esposa de Enrique II el Sangüesino, se reunió en la Corte de Pau lo más granado de la intelectualidad europea de la época, próxima del erasmismo o de la reforma. Con su hija Juana III, convertida al calvinismo, se publicó en lengua vernácula, euskera, la edición del Nuevo Testamento traducida por Ioannes Leizarraga en la misma época en que Martin Lutero lo hacía a su idioma nacional: el alemán.

“Navarra es Navarra” es una afirmación muy utilizada, sobre todo en ámbitos próximos a quienes actualmente controlan el poder delegado de España en la que llaman Comunidad Foral. “Navarra es Navarra” en realidad es una tautología, ya que emplea como definición el elemento a definir, ambos son iguales y una definición exige más precisión y una explicación comprensible del primer elemento. Lo que sucede es que se utiliza como una figura retórica en la que la primera “Navarra” (elemento a definir), no expresa lo mismo que la segunda (definición o explicación). En la segunda parte se dan por supuestas muchas cosas y, entre ellas, la que quien expresa la frase desea que se entienda y que, es en este caso, el “status quo” actual.

Quienes utilizan sobre todo esta expresión en realidad quieren decir: “Navarra es nada más que Navarra”. En ese “nada más” se concentra la situación actual en la que Navarra es una Comunidad Foral “diferenciada” dentro de la Monarquía española por tener un “pacto original”. El pacto original no existió, la realidad fue conquista y sometimiento puro y duro; si se disfrazó de “pacto” fue para suavizarlo y hacerlo más digerible para el pueblo navarro. Esto equivale a que la Navarra que entienden ellos es una Comunidad Autónoma como cualquier otra dentro de España y la diferencia se traduce en que ha sido la única que no ha refrendado mediante voto, aun dentro de su propio sistema político, su actual estatus. En honor de la verdad hay que decir que Navarra dispone de una fiscalidad propia, que es originaria, residuo de la época de su soberanía plena y que se ha mantenido en tanto en cuanto su eliminación todavía podría suponer serios problemas de incardinación en el Estado español actual. Esta “peculiaridad” es compartida, con los mismo atributos de soberanía residual, por los territorios que hoy forman parte de la llamada Comunidad Autónoma del País Vasco dentro de la misma organización política citada.

Hay otros que piensan también que “Navarra es Navarra”, pero en el segundo elemento ven una especie de “Navarra es ni más ni menos que Navarra”. En el “ni más ni menos”, se incluyen elementos mucho más positivos. En el “no es menos que” se incluye su trayectoria histórica como elemento matriz de Euskal Herria, aunque la encontramos limitada ya que se complementa con un “no es más que” otro herrialde del conjunto vasco.

Nosotros pensamos netamente que “Navarra es nada menos que Navarra”, así de claro, pero en el segundo elemento incluimos a Navarra como la expresión política histórica más elevada, como Estado independiente, de Vasconia. La entidad política que ha permitido a nuestra sociedad transitar desde la Edad Media hasta la modernidad y llegar al presente, a pesar de todas las presiones y conquistas de sus vecinos, con unas ciertas posibilidades de supervivencia y desarrollo. Vemos a Navarra como el referente político de Euskal Herria. Consideramos que Navarra es el aspecto político de nuestro país, de todo nuestro país. Para nosotros Navarra tiene el valor simbólico de la libre determinación de la Vasconia del siglo XXI. Como para Montenegro lo tuvo su pasado histórico.

Navarra siempre ha sido, y sigue siendo, un “territorio de frontera”, no sólo geográfica, sino principalmente simbólica. Los que han pretendido históricamente y lo siguen haciendo con afán hoy en día, siempre han sabido que reducir a Navarra, el territorio y gentes que usan el gentilicio de “navarros”, integrarlos en el sistema político español, o francés en su caso, es la forma más eficaz de reducir la resistencia de toda la Vasconia histórica y lograr su derrumbe, primero político y después lingüístico y cultural. Saben que destruyendo o simplemente tergiversando el patrimonio de Navarra, destruyen la centralidad política de todo lo vasco. El problema principal es que posiblemente quien ignora estas cuestiones es nuestra propia sociedad.

Los españoles conocen esto perfectamente desde finales del siglo XVIII sobre todo. Las conquistas de los siglos XI y XII y los conflictos posteriores (Guerras de banderizos) que duraron hasta el siglo XV finalizaron mediante las medidas de Enrique IV de Castilla que estabilizó y dio origen al llamado “Sistema Foral" de las provincias Vascongadas. De este modo desde finales del siglo XV y hasta el XVIII, no sin conflictos (matxinadas etc.), Castilla había mantenido separado el sistema político de las Provincias Vascongadas del navarro. La última arremetida contra todo el sistema foral vasco realizada por Godoy catalizó la unidad del país en contra de la misma. De todo el país. En efecto, si bien los episodios bélicos de la Guerra de los Siete años (Primera Guerra Carlista o la Guerra de Navarra, como la llamaban internacionalmente muchos contemporáneos) se desarrollaron en la parte ocupada por España, la intendencia y apoyos logísticos tenían lugar al Norte, en la zona ocupada por Francia.

Para el nacionalismo español tal unión era intolerable por el peligro “separatista” que implicaba y la política española durante el resto del siglo XIX y XX tuvo como máximo objetivo “el rescate” de Navarra, de esa parte de Navarra que seguía manteniendo el nombre y que, por ello, era simbólicamente de gran valor. Y en esa pelea seguimos.

Desde nuestro punto de vista, Navarra es mucho más que un simple eslogan. La carga simbólica de Navarra la asumen plenamente los españoles y sobre todo sus estrategas; mientras que, por desgracia, muchos de entre nosotros no lo perciben así. Sin esa valoración de Navarra seguiremos con la autoestima a ras de suelo y poco podremos avanzar hacia nuestra normalización y democratización reales. Mientras el veneno del autoodio siga infiltrado en nuestra sociedad y el complejo de minoración continúe su sorda labor de zapa, será difícil salir de la cueva y tomar luz y aire frescos.

Pensamos que Navarra es el futuro político de Euskal Herria, es la forma del Estado de los vascos reconocida internacionalmente durante muchos siglos y al que nunca hemos renunciado, en el mundo globalizado actual y en la Europa unida, no bajo el signo burocrático y totalitario de los actuales estados, sino de sus naciones vivas, reales y democráticas. Es nuestro aporte a la construcción de un planeta justo y solidario.

16 marzo 2005

CARLISMO

Periódicamente los medios de comunicación españoles resucitan el asunto del carlismo y, curiosamente, casi siempre en relación con lo que ellos denominan como “nacionalismo vasco”.

Esta vez es Daniel Reboredo desde el “Diario Vasco”. Una vez más les delata la ideología nacionalista (esta sí, de verdad) española que profesan con fervor. Según ellos, el carlismo es un puro movimiento reaccionario que en el enfrentamiento con la modernidad representa a los sectores más atrasados. Al principio dijeron que era puramente dinástico, más tarde que religioso; en otras ocasiones movimiento de pequeños propietarios conservadores, a veces un levantamiento de campesinos...

Son muy pocos los que niegan una especie de continuidad entre el carlismo y lo que denominan como “nacionalismo vasco”. Reboredo basa esa continuidad en el integrismo religioso que ambos movimientos políticos parece, en su opinión, que practican.

Al señor Reboredo y corifeos habrá que recordarles:

1.- Que los autodenominados “liberales españoles” eran en su generalidad tan meapilas como los carlistas. Y que ninguno de ellos fue tan librepensador y “liberal” como el carlista José Agustín Xaho.

2.- Que el “liberalismo” español no existía en el sentido propio que a la sazón se le daba en Europa. Eran una cuadrilla de propietarios y compradores de bienes desamortizados, herederos y beneficiarios de las prebendas de la monarquía absoluta de austrias y borbones.

3.- Que el asalto a los últimos reductos del Estado navarro, el llamado Sistema Foral, está en la base del conflicto permanente que ha mantenido Vasconia con España durante los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI.

En resumen, que el carlismo es un movimiento prenacional, en el que la sociedad defensora del sistema político de Vasconia, residuo de las instituciones del reino independiente o Estado de Navarra conquistado y ocupado por Castilla, se opone con todos los medios a su alcance a su asimilación e integración en la “nación” española.