22 julio 2019

SANTIAGO MATAMOROS, FIESTA DE GUARDAR

De guardarse de ella. Santiago, Yaakov de Zebedeo según los evangelios, es el patrón de España. Su fiesta se celebra cada 25 de julio, de modo oficial, allá donde el Estado español extiende su dominio. No por casualidad, cuando en 1512 las tropas del duque Alba invadieron Navarra, entraron en Pamplona un 25 de julio, día de Santiago. ¿Qué nos dice la memoria de este santo patrono?

Según la tradición cristiana, Santiago fue discípulo de Jesús; un apóstol; y de los principales. De hecho con este nombre hubo dos: el Mayor y el Menor. O, más difícil todavía, tres, ya que a los dos anteriores se suma una Epístola que forma parte del Canon cristiano y cuyo autor es también… ¡Santiago!

En la tradición medieval, cuando los apóstoles de Jesús se dispersaron por el mundo para difundir su mensaje, Santiago recaló en la Hispania romana en la que, siguiendo otra leyenda, la propia virgen se le apareció en Zaragoza sobre una columna, cuando se hallaba en un momento de desesperación y zozobra. María, parece, le dio ánimos para continuar su labor evangelizadora. Aquí el relato español erige uno de sus lugares de memoria sobre el “pilar” en que la virgen se presentó al apóstol.

Tras muchos años de olvido, a finales del siglo IX se encontraron en Iría Flavia, junto a la actual población de Santiago de Compostela, los restos de una persona de importancia. Sobre estos restos humanos se construyó una leyenda de mucho trasiego en el medioevo hispano y europeo, un trasiego comercial, cultural y religioso. Se atribuyeron al retorno milagroso de los despojos de Santiago a Hispania. Y así arrancó el camino jacobeo. Con este mito el nacionalismo español construyó otro lugar de memoria que, a la larga, fue más relevante que el de Zaragoza. Santiago fue elevado a la categoría de Patrón de la patria, con un significado que evoca ideas de cierre y xenofobia.

El apodo de Santiago Matamoros nos remite a su sangrienta intervención en la batalla de Clavijo, en 844, ¡mira qué bien!, contra los sarracenos. Otra frase que le califica, explícita en el himno del Arma de Caballería del Ejército español, es ¡Santiago y cierra España! Esta expresión se asocia al cierre o clausura que define, desde el reinado de Felipe II por lo menos, la política de todo gobierno de la monarquía española. Cierre ante cualquier idea, ante cualquier avance técnico o científico. Clausura ante el pensamiento libre, emancipado de la tutela católica.

Desde que a comienzos del pasado siglo Benedetto Croce propuso la tesis según la cual ‘toda historia es historia del presente’, cada vez son más los historiadores que se suman a ella. Toda sociedad y todo grupo, en cada época, reconstruye su historia, su relato en general, en función de sus intereses en el presente. Su posición social o política en los conflictos actuales proporciona la base de sus investigaciones, la selección de los hechos y su interpretación. El nacionalismo español ha construido la parte esencial de su relato nacional con el cuento de la Reconquista y con Santiago como estandarte contra los ‘otros’ (moros).

Como decíamos, el 25 de julio de 1512, festividad de Santiago, las tropas castellanas conquistaron Pamplona, capital del reino de Navarra, en los primeros días de la invasión del duque de Alba (y el fin de la independencia del Estado vasco).

El simbolismo que supone la pérdida de la capital histórica del reino, Iruñea, no puede ser objeto de festejo alguno, porque expresa una derrota. Pero de la memoria de los vencidos, como dice Walter Benjamín, surge la reivindicación y la lucha por la superación y reparación de las injusticias. Nuestro futuro se puede construir precisamente sobre la memoria, sobre esos mimbres memoriales de los derrotados. Un futuro de libertad y emancipación nacional no se levanta ignorando las injusticias y derrotas anteriores. Buena parte de los conflictos que desde entonces hemos padecido en nuestra tierra tienen su origen, más o menos directo, en la pérdida de soberanía que supuso la conquista del Estado vasco a manos del Imperio español. En 1620 desapareció la Baja Navarra absorbida por la corona francesa.

La fiesta de Santiago, un santo cristiano, violento, racista, matamoros, imperial, reaccionario, no es para celebrar, si no es como ocasión de rechazo. Como signo de rebeldía, reclamación de justicia y pase de página. Es una metáfora ilustrativa de lo que nos ofrece España, y un relato de cómo se ha construido. Una buena ocasión para caer en la cuenta de cuánto nos conviene guardarnos de ella. ¿Fiesta de guardar? En todo caso, de protegernos. Cualquiera tiene un mal día.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

08 julio 2019

DEL BURGO, LUZ DE TRENTO

Si algo tiene Jaime Ignacio del Burgo es que nunca te deja indiferente. Responde a ese patrón de la tradición española que se define sin rubor por el ideario de Menéndez Pelayo en su Epílogo a la Historia de los Heterodoxos españoles: “España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad”. Nacional-catolicismo destilado, de 50 grados a la sombra.
La última aparición de este político en ‘el Mundo’ (Una ambición destructiva para Navarra y España, 26-06-2019) nos ofrece una nueva evidencia. Este tipo de personajes fundamenta sus posiciones y argumentos en una suerte de catastrofismo agorero. “Quieren crear la Eurorregión de Euskal Herria”, destaca en negrita. Su discurso es un batiburrillo de calamidades y desgracias que acaecen por culpa de sus adversarios; y es natural que ello les lleve a una justificación (cuando no demanda) de sanciones, castigos, represalias, operaciones de Estado y otras agudezas. El mundo es traidor, y no nos puede temblar la mano cuando está en juego la seguridad de la patria.
Este pensamiento es alarmista por naturaleza. Se nutre de las fábulas de terror y de una literatura desquiciada que han ido fabricando durante años a base de manipulación, retórica e insistencia. Todo es ETA. Los atentados de Madrid son ETA. El ex alcalde de Altsasu es ETA. La canícula de verano y las tormentas de granizo que puedan acaecer en sanfermines también son ETA.
Otra peculiaridad de esta verborrea patriótica es su tono patético, de melodrama. Nada existe en matices, en grados, en escala. Recuerda a los culebrones venezolanos. Todo ocurre a la tremenda. Si ya no me quieres, Amadeo Fernando, el mundo se derrumba. Si Geroa Bai se reúne con el PSN, es que mi amor me traiciona y me apuñala por la espalda. El PSOE está dispuesto a “archivar sus convicciones constitucionalistas”. Si une sus votos a Bildu para elegir a Unai Hualde (¡ex alcalde de Altsasu!) es que va con quien mancilla las calles al grito de “Gora ETA”. Si el cuatripartito ofrece el menor gesto a favor de la lengua vasca, es que impone “el euskara como si fuera oficial en toda Navarra”.
Un aspecto que desconcierta dentro de esta visión apocalíptica, dado su currículo de académico de la Historia, es su argumentación historicista (así, en ese sentido peyorativo del término). En efecto, sorprende su inconsistencia. Primero, porque es imperdonable en una persona que presume de saber historia que confunda la Constitución española de 1812 (la de “¡viva la Pepa!” con la de 1837, que es la que estaba en vigor al final de la guerra carlista, tanto cuando se produjo el ‘abrazo de Bergara’, como cuando se impuso la famosa Ley, que del Burgo llama “paccionada” (agosto de 1841), que significó el desmantelamiento foral de la Alta Navarra.
Pero, más grave aun, en segundo lugar, que califique de logros y bondades los cambios históricos e institucionales que se produjeron en 1515 y 1841 (la ‘incorporación de Navarra a Castilla’ y la desaparición del reino). Como cualquier limpiabotas sabe, ambas fechas se refieren a sendas y graves derrotas de Navarra; nos remiten a situaciones bélicas; ambas circunstancias son de desolación y castigo, de imposición y humillación al vencido en el campo de batalla. Una en la conquista del duque de Alba (1512) y otra la victoria de Espartero (1839).  ¡Hombre! Que nos venda como avance y beneficio lo que fue venganza y despojo de los vencidos, manu militari, es de traca.
En todo caso, al lado de todo este argumentario falaz, embrollado y marrullero, el artículo de JIB se orienta a defender su negocio. Por sentido de Estado, el PSOE tiene que entregar el gobierno de Navarra a los suyos. A Navarra Suma. A UPN, PP y Ciudadanos. Ahí el viejo zorro se nos presenta como protagonista de las alcantarillas del Estado, estratega de sus maniobras, honorable James I. Bond de una lucha contra el imperio del mal, acreedor de servicios a la corona. Por cierto, en ese alarde de autocomplacencia expone su peculiar interpretación de la democracia: “en la democracia española sólo es intangible la unidad de la nación cuya soberanía pertenece al pueblo español”. Por si alguien no lo entiende, todo es discutible menos la unidad de España: eso es impepinable, absoluto, previo a las leyes, a la dignidad humana y al sursum corda.
JIB pertenece a esa casta que configura lo que se ha dado en llamar deep statee, el Estado profundo. No es un partido, ni un lobby, ni una mafia, sino un conglomerado de funcionarios, élites, estructuras de poder, banqueros, que se retroalimentan entre ellos y se cooptan. No dudan en utilizar las cloacas del Estado para guardar sus intereses. En ella se incluyen los medios de prensa que se encargan de retransmitir y amplificar sus fake newsCon ellos la opinión pública flota entre la complacencia del supremacismo español y el somnífero del deporte y la farándula. Ahí, las figuras como JIB obtienen reconocimiento y prebendas.
Así funciona la máquina. Como advierte J.I. Bond, de lo que se trata es de que el gobierno del PSOE atienda a su razón de Estado: entrégame el chiringuito navarro; para los míos; es “Vital para la unidad de España”.

07 mayo 2019

ZENHERRIA Y EL EJÉRCITO DE OCUPACIÓN


¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga? 
Jorge Luis Borges


Apostaría por que fuera un imperio lo que se apaga, pero mucho me temo que sea una sencilla luciérnaga entre muchas que no alcanzan a proyectar un foco capaz de orientar un país con sensación de derrota y rumbo perdido.

El imperio, los imperios, que soportamos sufren todos los quehaceres derivados de un mundo en transformación a no se sabe dónde ni en qué condiciones: transiciones energéticas, cambios climáticos, modelos sociales y económicos, organizaciones políticas… pero, en contra de lo anunciado décadas atrás, no acaban de apagarse. Los estados, modelo paradigmático de su organización, permanecen activos y protagonistas.

Vuelve a tomar auge la idea de identidad. La identidad no es principalmente un buscar en un pasado, más o menos idílico, las características comunes que definen un grupo humano, pueblo, sociedad, nación… sino los proyectos que se plantea hacia el futuro. Normalmente los problemas identitarios, los nacionales, no surgen hasta cuando el transcurrir de un pueblo o nación se encuentra obstruido, interceptado, destruido muchas veces, por intervenciones extrañas. La identidad como problema emerge cuando un grupo humano interfiere sobre los modos de organización social, lingüística, política, festiva, religiosa, etc., de otro y pretende imponer los suyos. Las definiciones nacionales se expresan en este contexto. Siempre una identidad o una nación se problematizan y se expresan con relación a otras, sobre todo cuando esas otras pretenden anularla.

En nuestro caso podemos tratar de construir nuestro relato con base en un modelo de organización social, una lengua, una historia, una memoria… y todos son elementos importantes para construir el sujeto histórico que en una nación desestructurada y sometida es el soporte para constituirse en sujeto político. Pero muchas veces, y es nuestro caso, parece que no es suficiente esta perspectiva del sujeto social. Es tan importante, o más, la percepción externa, sobre todo cuando procede de alguien que pretende disolver, o incluso aniquilar, la identidad colectiva o nacional del sujeto. De este modo, la objetiviza en los dos sentidos del término: por un lado la convierte en un objeto, pero, por otro, al ser distante, puede ser más objetiva.

A lo largo de los conflictos que la sociedad vasca ha sufrido a partir del siglo XIX, como consecuencia inmediata de los intentos de emulación del modelo de Estado francés por parte del español, hay una constante que nos define como sujeto —objeto para ellos—,  y es el Norte. Ya sabemos que nosotros tenemos nuestros puntos cardinales propios: nuestros norte, sur, este y oeste están bastante claros, o deberían estarlo. Pero para los españoles somos el Norte, su norte.

La guerras carlistas eran, para los cronistas hispanos, las guerras del Norte. Cuando en plena efervescencia del franquismo montaron un plan especial contra la insurrección vasca lo denominaron Zona Especial Norte (ZEN). Nosotros que andamos enfrascados en la descripción de un relato que nos dé sentido de nación, nos posibilite constituirnos como sujeto, lo podemos aprovechar también. Es el enemigo quien define nuestra identidad, nuestra nación. Ellos se proclamaban como el ejército de ocupación. Nosotros, los zen, los ocupados.

¿Por qué vamos a discutir que si Euskadi, Euskal Herria, Vasconia, Navarra… si ya nos han dado un nombre de resonancias culturales universales: ZEN-Herria? Ya nos han definido: el pueblo del ZEN. Bien sé que adoptar la definición que otorga el enemigo es, normalmente, contrario a los intereses del dominado, pero en este caso, tanto su autodefinición como la marginalidad simplemente geográfica en que nos ubica, expresan su cultura imperial.

El Zen es, también, la variante japonesa del budismo mahāyāna (el ‘gran vehículo’). Un modo característico de expresión del Zen son los haikus o formas poéticas muy breves (tres versos en general) en relación con situaciones cotidianas, pero siempre con una disrupción final que provoca asombro o emoción. Modelo Borges. Aspiramos a ser luciérnagas en nuestro caos.

NOTICIAS DE NAVARRA (2019/05/10)

02 mayo 2019

USTARITZ 1789




LUIS Mª MARTÍNEZ GARATE: “Los estados español y francés siempre han tratado de centrar a cada parte de Vasconia en su imaginario nacional”





























Nabarralde acaba de publicar el último libro de Luis Mª Martínez Garate, Ustaritz 1789. Laburdi en la Revolución Francesa, en la que habla de la situación de dominio que sufre el pueblo vasco por parte de dos estados (el español y el francés) y la existencia de una frontera que lo divide desde 1659, con lo que ello implica: el desconocimiento mutuo de la historia de la vasconia peninsular y la vasconia continental. El libro pretende dar a conocer al conjunto vasco hispanohablante algunos de los acontecimientos acaecidos en Lapurdi como consecuencia de la Revolución Francesa y sus efectos sobre la población.
 ¿Cómo y dónde surge la idea de escribir este libro?
En la primavera de 2017 un amigo uztariztarra, Beñat Castorene, me propuso la idea de conocer a Michel Duhart y hablar sobre sus estudios referidos a Ustaritz y Laburdi en general. Duhart es un gran conocedor de la historia, de los acontecimientos y lugares, del País Vasco continental. Pasa de los noventa años y goza de un mente espléndida. Uno de sus trabajos lleva por título Ustaritz au temps de la Révolution y versa sobre los avatares de la comuna en los tiempos convulsos de la misma (1789-1800). La intención de Michel Duhart era hacer partícipe a la población hispanohablante del área peninsular de Euskal Herria de los acontecimientos vividos y sufridos por su zona continental, desconocidos, en gran parte, a causa de los sistemas educativos de los estados que dividen nuestro país.  
Se trataba de dar a conocer unos hechos que afectaron de modo muy grave la cohesión social y política de la Vasconia norpirenaica y sin los que no podríamos construir el relato completo de nuestra nación. Acepté el reto y, aprovechando una etapa de retiro forzado por una rotura del tendón de Aquiles, trabajé en una contextualización histórica de la Revolución francesa y en una breve síntesis de la historia de Laburdi y Baiona que junto con la organización de los datos recogidos por Duhart en su estudio, constituyen el fundamento de mi trabajo divulgativo. Porque hay que resaltar que no es una obra de investigación ni de reflexión. Simplemente de divulgación.
En el mismo, hablas de cómo afectó la Revolución Francesa en Ustaritz. ¿Por qué, precisamente, ese lugar?
Por tres razones. La primera porque el trabajo de campo estaba realizado ya por Michel Duhart con base a los archivos municipales de Ustaritz. En segundo, porque Ustaritz es la “capital” histórica de Laburdi al haber acogido las reuniones de su biltzar o asamblea de los representantes de su organización foral. Y la tercera, por ser una comuna representativa del conjunto lapurtarra, de modo que lo acontecido en la misma podría ser extrapolable al resto.
El pueblo vasco lleva siglos dominado por dos estados, divididos por una muga férrea. ¿Cuáles dirías que son las principales consecuencias de esta división?
La pregunta implica una respuesta larga, pero para sintetizar al máximo diré que la partición de Euskal Herria entre dos estados absolutistas, predecesores de los modernos sistemas totalitarios, fue creando ‘dos’ vasconias ya reconocidas por Oihenart en 1637 en su Notitia Utriusque Vasconiae…, la ibérica y la aquitana. Los estados son elementos fundamentales para la construcción nacional y el español y el francés siempre han tratado de centrar a cada parte de Vasconia en su imaginario nacional. Para ello reescriben la historia según sus intereses e inculcan una memoria adscrita a los mismos.
¿Dirías que es tal la división, que desconocemos la historia del otro?
Por supuesto que la desconocemos. Pero sobre todo lo que sufrimos es una aculturación memorial. Desde niños, los franceses construyen sus personajes y lugares de memoria basados en la grandeur de la France. Los galos, nuestros antepasados; Clovis, el gran rey converso; San Luis, el rey santo; Juana Arco, la heroína de la independencia; Luis XIV, el esplendor de la monarquía absoluta; el Siglo de la Luces, con Diderot, Voltaire, Rousseau..; la gran Revolución, partera de la democracia moderna; Napoleón y su imperio; etc. Los españoles nos han inculcado los suyos. El esplendor de la Hispania romana; la gran unificación visigoda entorno a Toledo; su recuperación, tras la conquista musulmana, en ocho siglos de Reconquista; los gloriosos descubrimiento, conquista y cristianización de América; el Imperio en el que “no se ponía el sol”; el Siglo de Oro; la Guerra de la Independencia frente a los franceses, con Agustina de Aragón al frente; etc.
Quitando la fuerza del hecho lingüístico, han tratado de destruir todos los referentes comunes entre ambas vasconias.
Principalmente, ¿qué consecuencias tuvo la Revolución Francesa en Lapurdi y en general, sobre el pueblo vasco de la parte continental?
La fundamental fue la destrucción de la organización social y política propia, expresada en la abolición del sistema foral en 1789. También fue la consolidación del sistema unitario francés, incluyendo sobre todo la persecución lingüística.
¿Que suponía ser vasco en la Lapurdi de la Revolución Francesa?
Suponía tener un modo de organización social y económica propio y un sistema político, aun subsidiario al francés, de una relativa autonomía. La Revolución se lo llevó todo por delante.
¿Se puede reconstruir o construir, de alguna manera, el imaginario y el relato de la historia común del pueblo vasco, alejado del español y el francés?
No sólo se puede, sino que se debe. Hay que desvelar todos los mitos impuestos por ambos estados y rebelarse contra ellos. El modo mejor de hacerlo es (re)construir la historia desde un punto de vista auto-centrado, desde la perspectiva nuestro pueblo como sujeto. Y trabajar los lugares y hechos memoriales propios con esta perspectiva.
¿A qué se refiere Carod Rovira cuando dice que una nación es, sobre todo, un relato? ¿Y cómo se aplica esto al pueblo vasco?
Es una feliz idea de Carod Rovira. Sin un relato compartido, no se puede considerar que una sociedad constituya una nación. Ese relato es sobre todo un hecho memorial vivido. La memoria común lo construye y, a su vez, el relato la realimenta.
Sin memoria común no se pueden hacer planes y sin planes compartidos no hay un futuro propio viable. El hilo que va de la memoria al futuro pasa por el relato. De ahí el interés de los estados que nos dominan de controlar la historia, sí, pero sobre todo la memoria y el relato. Y así, mantener su dominio. En nuestro caso, se trata de reconocer como propios los referentes memoriales de la parte ocupada por el otro Estado, de relacionarlos con los ya asumidos y construir un relato autocentrado, el de la nación vasca y su Estado, Navarra.

29 marzo 2019

LA CONFUSA MEMORIA DEL PRESENTE


La guerra de España en América fue plenamente moderna, precisamente gracias a su decidida voluntad de gestionar la memoria a través de la confusión 
(Jorge Luis Marzo)

Hace pocos días se ha conmemorado el 500 aniversario de la Batalla de Centla, en la que los mayas chontales fueron derrotados por tropas muy inferiores en número al mando de Hernán Cortés, gracias a su dominio de las armas de fuego y el uso de la caballería, que los indígenas desconocían. La masacre fue brutal. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha recordado los hechos afirmando que la conquista "se hizo con la espada y la cruz"; de paso recriminó que hubo "matanzas", "imposiciones" y "se construyeron iglesias encima de los templos" prehispánicos. Con este motivo, afirmó que próximamente se dará a conocer "la postura del Gobierno de México" en cuanto al "rescate de nuestra memoria histórica".

La reacción de la prensa y la casta política española ha sido lamentable. Hemos asistido a una descalificación del presidente mexicano a base de insultos e improperios. La querencia imperial del nacionalismo hispano se ha manifestado sin tapujos; de derecha a izquierda, de arriba abajo, por el centro y los resquicios, las declaraciones han sido elocuentes: de Vargas Llosa a Pérez Reverte o Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española; Abascal, Borrell, Casado y Rivera se han unido en santa cruzada para despreciar y recriminar al presidente mexicano.

La polémica abierta tiene su interés por varios motivos, de los que algunos nos conciernen. De entrada porque pone de evidencia la naturaleza imperial del Estado en que nos vemos, que se ha construido sobre la brutalidad y la violencia ilegítima empleada sobre las gentes, en contra de cualquier derecho o razón civilizatoria. De paso, también sirve para que comprobemos que el nacionalismo español, en el poder y con los recursos de este Estado en sus manos, está contaminado por una ideología supremacista, agresiva, con un fundamento argumental y de valores que se asienta en siglos muy pasados, en épocas y pensamientos medievales.

Pero como apunta el historiador Jorge Luis Marzo, la gestión de estos debates es plenamente moderna porque se mantiene una voluntad de encarar los hechos del pasado a través de la confusión del relato y la memoria. Y eso nos atañe.

Si hoy, en nuestro propio país, planteamos el debate en los términos de López Obrador, nos encontramos con que desde la derecha o la izquierda, desde el ordenamiento legal o los movimientos políticos y sociales, en Euskal Herria como en España, no se admite más memoria que la del 36. Se sostiene, legal y argumentalmente, que la memoria histórica no va más allá de la sublevación militar en 1936 y la represión posterior hasta la muerte del dictador Franco. Si aludimos a la conquista de Navarra, se nos responde que somos historicistas y estamos fuera del debate. No hace mucho un responsable institucional nos reprochaba: “eso no es memoria; es ideología”.

Como el presidente mexicano, los Estados latinoamericanos tienen muy claro el legado de calamidades que les dejó el imperio español con su historia de genocidio, latrocinio, saqueo, desestructuración social y política y demás secuelas. Y denuncian que no se entiende su realidad actual sin esa premisa memorial.

Sin embargo en esta tierra no admitimos la cadena de agresiones, expolios, brutalidades y despropósitos que marca la historia y nos conduce hasta el presente, la que explica los sucesos del 36 y el siglo XX, pero más allá la Gamazada, las guerras carlistas, las rebeliones y matxinadas, el desmantelamiento del Estado navarro independiente (aunque todo ello sea posterior a los hechos que cita López Obrador). Admitimos la memoria de Latinoamérica, pero no la que nos incumbe.

La confusión que menciona J.L. Marzo llega hasta hoy, gobierna nuestras conciencias y lo hará hasta que no tengamos un Estado, un presidente, vasco, navarro, pero independiente, que alce la voz y reclame la memoria y la condena de las conquistas y desmanes de los gobernantes españoles.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

NOTICIAS DE GIPUZKOA 2019/03/30

NOTICIAS DE NAVARRA 2019/04/06 2019/04/23

DEIA 2019/04/13

06 marzo 2019

DEBILIDAD DE ESTADO

Afirma el sociólogo Salvador Cardús que con el juicio al independentismo catalán el Tribunal Supremo está cavando la tumba del Estado español. Su propia tumba. Y no tanto por el exceso de represión que vaya a demostrar; sino precisamente por lo contrario; por la extrema debilidad que muestra al esconderse bajo las togas de los magistrados a causa de la ineptitud del resto de instituciones.

No es una reflexión baladí. La paradoja, y a veces el disparate, se amontonan en la crónica de este proceso independentista que hace tambalear las estructuras del Estado hispano. En torno a esta causa se está escribiendo mucho, tanto por la dimensión histórica del proceso independentista que se pretende enterrar, como por la torpeza que el poder ha demostrado a lo largo del mismo, entre cepillados, piolines, demandas de extradición, baile de togas y discursos rancios.

Por citar un ejemplo, el periodista Juan López Alegre escribe en Economía Digital (‘Juicio a España’) que “El juicio es la traca final de un proceso de reescritura de la historia que el independentismo puso en marcha en noviembre de 2017”. Más adelante, el mismo autor añade: “El juicio no está analizando si hubo rebelión o sedición. La sentencia, el separatismo ya la tiene dictada: nadie tiene derecho a juzgarles porque su derecho a la autodeterminación emana del más allá como de allí venía el poder del Rey Sol en la Francia prerrevolucionaria”.

Este comentario, representativo de un sentir colectivo que se manifiesta de uno u otro modo, nos ofrece dos claves centrales que están en juego. Por un lado, para los españoles, más grave que la secuencia de los hechos en sí es el derrumbe del relato hispano. La ‘reescritura de la historia’. Lo que está en juicio es la relación Cataluña-España. Se hace evidente, ante la escena internacional pero también ante los propios sujetos peninsulares, tan resignados a formas corruptas de dominación y gobierno, que ya no se sostiene la unidad de destino en lo universal, que ni catalanes ni vascos se ven en este engendro, y que tal ‘destino’ nunca fue otra cosa que el invado, ordeno y mando del duque o mariscal de turno. En esta quiebra del relato nacional se hunde el imperio, la monarquía, la democracia, la Transición y todo lo que quedara atado y bien atado.

Relato, por cierto, que no es de hoy. Como decía Quevedo, El catalán es la criatura más triste y miserable que diós crió i que son los catalanes el ladrón de tres manos. Quevedo murió en 1640, año en que comenzó la Guerra de Els Segadors; el desencuentro viene de lejos.

Más aun, en el segundo apunte tenemos la madre del cordero. Es decir, que el Derecho de Autodeterminación que aquí se juzga es para la cultura política española un invento del demonio. Satanás. El vade retro. Y que nos salve la Santa Inquisición. Un enunciado premoderno que viene de la esfera de autoridad de una realeza que acabó con el cuello rebanado. ¡Hay que ser cazurro! Que el derecho más básico de la legislación internacional y que está en la solución de tantos conflictos coloniales se vea como un concepto caprichoso, absolutista, monárquico, nos da la medida de la altura de la democracia española que defienden jueces, periodistas y gobiernos.

En el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, en su artículo 1, párrafo 1 se reconoce: Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural (1966, ONU).

Se puede, pues, afirmar, que el Derecho a la Libre Determinación es el primero, es el soporte de los derechos humanos, ya que garantiza la existencia de los mismos. En efecto, quien otorga la ciudadanía es el Estado –quien no pertenece a un Estado no tiene derechos-, y por ello el derecho a un Estado propio es el fundamento del resto.

En resumen, en este juicio farsa contra el Derecho de Autodeterminación, en realidad a quien se está juzgando es al pueblo de Cataluña, al conjunto de los ciudadanos que han osado enfrentarse de modo pacífico a un Estado supremacista y xenófobo. Todas estas circunstancias concurren para que podamos considerar que en este juicio el auténtico delincuente es el Estado español, en permanente acto de prevaricación.     

Con estas líneas queremos manifestar, desde otro pueblo sometido al mismo Estado durante siglos, nuestro apoyo y solidaridad a la sociedad catalana y sus presos políticos, y desearles el triunfo político –el ejercicio del Derecho de Autodeterminación y la independencia- en el plazo más breve posible.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

NOTICIAS DE GIPUZKOA 2019/03/07

NOTICIAS DE NAVARRA 2019/03/10

NAIZ 2019/03/13

DEIA 2019/03/24