Hacia 1572 Luis de Camões publicó Os Lusiadas, un poema épico que nombra por primera vez en la literatura escrita al pueblo portugués. Según la leyenda recogida por el humanista André de Resende, este pueblo descendía de Luso, hijo del dios Baco, que conquistó por las armas el territorio que luego, y por tal razón, sería Lusitania, es decir el Portugal histórico.
No se sabe con certeza dónde nació Camões, si en Lisboa o en Coimbra. Parece que fue en 1524, dentro de una familia venida a menos, de la baja nobleza, y llevó una vida azarosa y complicada, vinculada con el hampa lisboeta. De esta ciudad tuvo que escapar varias veces. En una de ellas, en Ceuta, ciudad ocupada por Portugal desde 1415, perdió un ojo. En 1553 marchó a Oriente y en la India escribió el gran poema de la nación portuguesa. En 1570 regresó a su tierra.
En 1578, Camôes se enteró de la terrible derrota de Portugal en la batalla de Alcazarquivir, donde el rey Sebastián murió y el ejército portugués fue destruido por completo. Felipe II aprovechó este fracaso para conquistar Portugal y añadir su imperio a la monarquía española. Las tropas hispanas se aproximaban a Lisboa. En ese momento el poeta escribió al capitán general de Lamego que estaba contento no sólo de morir en su país, sino con él. Murió en 1580, año en que Felipe II se apoderó de Portugal.
En el momento en que Camões escribió Os Lusiadas, Portugal era un Estado poderoso y rico, con un importante imperio colonial, sostenido en su supremacía marítima. La conciencia de esa hegemonía queda perfectamente reflejada en el poema y en el éxito fulgurante que tuvo en su momento en Portugal. Precisamente, tras la conquista de Felipe II, esa conciencia expresada con fidelidad por Camões constituyó una de las bases de la resistencia nacional al dominio español.
Durante años se fue incubando la rebelión en Portugal. En 1640, tras la revuelta que siguió al intento del Conde-Duque de Olivares de usar tropas portuguesas frente a los catalanes alzados por su independencia, consiguió Portugal la suya, con apoyo británico. Como curiosidad, a partir de esa fecha, Portugal fue independiente mientras que Ceuta siguió perteneciendo a España.
Camões perteneció por formación y gusto al Renacimiento y al humanismo extendido en Europa durante el siglo XVI. Precisamente uno de los principales exponentes europeos de este pensamiento lo constituye Margarita de Navarra. Margarita nació en 1492 y falleció en 1549. Casó en 1527 con Enrique II de Albret, rey de Navarra tras la muerte de sus padres Juan y Catalina, que reinaban en los territorios libres de Navarra y Bearne tras la conquista y ocupación de la Alta Navarra por las tropas españolas de Fernando de Aragón y Castilla, y de su nieto, el emperador Carlos.
La Baja Navarra junto con el Bearne constituían los estados libres gobernados por la monarquía navarra y conocieron en esa época un gran esplendor cultural. Su cabeza visible fue Margarita. Los principales humanistas y reformadores europeos pasaron por su corte en Pau. Su nivel intelectual fue tan alto que el propio Shakespeare basó en ella su obra Love’s Labour’s Lost (“Trabajos de amor perdidos”), en la que aparece la trillada frase de que “Navarra será la admiración del mundo”.
Tras la muerte del rey Enrique, en 1555, le sucedió en el trono de Navarra su hija Juana III de Albret. Gracias a su iniciativa el euskera llegó a la modernidad mediante la traducción del Nuevo Testamento realizada en 1571 por Joanes de Leizarraga. En aquella época la traducción de la Biblia a las lenguas vulgares constituía un elemento fundamental en esa transición.
Años antes, en 1545, se había editado en Burdeos un libro de poemas de contenido variopinto, Linguae Vasconum Primitiae, escrito por el clérigo Bernat Etxepare, que nació en 1480 en Eiheralarre, cerca de Donibane Garazi. Fue el primer libro que se conoce impreso en euskera. Es decir, tanto el primer texto en euskera que conoció la imprenta como la primera traducción de la Biblia correspondiente al Nuevo Testamento fueron realizados por personas que pertenecían a Navarra, un Estado europeo independiente. En el segundo caso, por el encargo expreso de sus gobernantes.
Ninguna referencia a Camões o a su obra, Os Lusiadas, se puede entender sin una mención al contexto en que fue producida, escrita y publicada. Ningún autor riguroso trataría este tema sin un conocimiento mínimo de su tiempo. Nunca una exposición en la que se presentaran obras literarias del renacimiento portugués, comenzando por la obra de Camões, sería descrita al margen de la potencia comercial y política de Portugal, de las amenazas a su independencia por parte de España, ni del mantenimiento de la conciencia propia y del anhelo de la recuperación de su independencia.
Todo eso se ha hecho en Gasteiz con la exposición organizada por el llamado “Gobierno vasco” y denominada “Euskara jalgi adi plazara”. Pero no es sólo que quienes la organizan oculten todo esto. Quienes transmiten la noticia en los medios también lo hacen. Ni siquiera la prensa que publica en euskera ha mostrado el mínimo rigor de esta contextualización. Podía haber sucedido perfectamente que a mediados del siglo XVI un extraterrestre pasara por Iparralde, que hubiera aprendido la lengua de los nativos y que, antes de volver a su planeta, pasando por Burdeos la hubiese dejado en una imprenta.
Nos hubiera gustado titular este artículo “Etxepare y Navarra”, pero en estos términos nadie lo entendería. Visto lo visto, tal vez hubiera sido más apropiado “Etxepare en tierra de nadie”. Y, como eso no existe, al fin habría tenido que ser español o francés.
Este silencio referido, por sistema, a las claves de nuestro patrimonio, sea histórico, político, cultural o arquitectónico si se da el caso, nos conduce inexorablemente a la aculturación más nefasta y a la integración progresiva en los universos culturales dominantes, el español y el francés. Perdemos de vista quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos sido o qué nos han hecho. La historia vasca, nuestra mera presencia, se vela tras una cortina de inexistencia. Nuestras obras no tienen autoría. Literalmente, no somos nadie. Y así nos va.
Angel Rekalde y Luis M. Martínez Garate
Opiniones y puntos de vista sobre Navarra como perspectiva política de Euskal Herria y de la Vasconia histórica en el mundo actual y sobre cualquier aspecto que afecte al presente y futuro del planeta Tierra, su biodiversidad, y el papel de la inteligencia humana en todo ello, "Nos guste o no, estemos o no preparados, somos la mente y los guardianes del mundo vivo". (Edward O. Wilson)
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11 febrero 2011
30 abril 2010
25 DE ABRIL
El 25 de abril de 1974 resulta una fecha evocadora para quienes entonces teníamos un cierto uso de razón política. En esa fecha el pueblo portugués, apoyado por sus militares, hartos de las costosas, y carentes de sentido, guerras coloniales se rebeló contra un Estado autoritario que prolongaba una larga y agónica decadencia. La revolución de los claveles constituyó una explosión de alegría y, sobre todo, una reivindicación de libertad.
Mientras esto sucedía en la nación que existe al oeste, al “poniente”, de la península Ibérica, Portugal, las sometidas al dominio del Estado español soñábamos con un cambio de sistema político tras lo que se percibía ya como próximo: la muerte del dictador Franco. Nuestras esperanzas se vieron defraudadas por razones que han sido explicadas muchas veces. El régimen surgido a partir de la muerte del general en 1975 fue, desde su comienzo, la simple continuación del fascismo. Franco lo dejó todo, efectivamente, “atado y bien atado”.
El entramado que se montó en los años inmediatos a su muerte en cama consiguió “legitimar” un régimen nacido del totalitarismo y construir otro que, bajo el prostituido nombre de ”democracia”, lo siguió siendo. Comenzando por la monarquía, encarnada en una persona que había jurado ante Franco los “Principios fundamentales del Movimiento”. Siguiendo por el mantenimiento en todas las estructuras del poder real (ejército, policía, judicatura y tantos otros) a los funcionarios adictos al Régimen y sin la menor depuración. Pasando por una ley de Amnistía que lo que pretendía en realidad era hacer borrón y cuenta nueva de los crímenes del franquismo. Y, como culminación, promulgando una Constitución en la que el único sujeto político, constituyente y constituido, es “el pueblo español”, cuya unidad plantea como indiscutible y al ejército como su garante, y del que formamos parte obligada, tanto navarros como catalanes.
Los años transcurridos desde aquél, lejano en el tiempo pero próximo en sus efectos políticos, 1975 han ido mostrando cada vez con más claridad las vergüenzas de un régimen, simple prolongación del anterior. Su unitarismo cada vez más duro; la corrupción como elemento estructural del mismo, unos partidos políticos y sindicatos que, los que funcionan a nivel de todo el territorio del Estado español por lo menos, son simples correas de transmisión de su política; un estamento judicial, sucesor perfecto del antiguo Tribunal de Orden Público (TOP), y tantos otros. Todo ello dibuja un panorama desolador desde el punto de vista democrático. Simplemente no aparece como tal.
Los partidos políticos “nacionalistas” existentes en las naciones subordinadas al Estado español, principalmente la vasca y la catalana, han fracasado en el logro de lo que suele ser el objetivo de las naciones sometidas: la consecución de su libertad. En mi opinión, son responsables, en gran medida, del bloqueo de su proceso de emancipación. Las tendencias del mundo actual, sobre todo en el entorno de los dos estados de los que dependemos, conducen a la necesidad de la constitución en sendos estados independientes a ambos países. Otras naciones europeas, sometidas a estados de un unitarismo menos férreo, como Escocia, Flandes o la parte no liberada de Irlanda, por ejemplo, persiguen el mismo objetivo. Esta situación de bloqueo se ha producido, en gran parte, por el hecho de que estos partidos forman parte de la estructura de ese mismo Estado totalitario, del que reciben sus subvenciones y, en cierta manera, aunque en descenso continuo, la gestión de determinados recursos de sus respectivas “comunidades”, a través de los llamados “gobiernos autónomos”.
El único modo que, en mi opinión, se percibe para salir del pozo en que nos hallamos consiste en reencontrar a la propia sociedad civil. Tanto la catalana como la vasca son sociedades fuertes, cohesionadas, con una cultura social y política mucho más integrada en Europa que la española. Ambas, además, presentan una fuerte conciencia nacional, de identidad y de pertenencia. Todos estos factores que se incluyen en el haber de las dos naciones no han sido suficientemente puestos en valor por los citados partidos políticos que disfrutan de las prebendas del imperio. Al contrario, han sido relegados al “baúl de los recuerdos”.
En la nación que se ubica en el otro extremo geográfico de la península, el este o “levante”, en los Países Catalanes, en el territorio del Principado de Cataluña, ha surgido recientemente una iniciativa cívica con la reivindicación de la “libre disposición” como eje central. Creo que en Cataluña se ha recorrido un camino importante. El debate sobre la necesidad de un Estado propio centra los artículos de opinión incluso de periódicos tan hispánicos como La Vanguardia o El Periódico de Cataluña. En mi opinión un paso más en el camino hacia la emancipación, como método de gran valor didáctico, están los recientemente convocados referendums por la soberanía de Cataluña. Es una forma de llevar a la calle a mucha gente que hasta ahora sólo se mostraba independentista “en privado”, de mostrar que si se quiere, si hay voluntad, la independencia se puede lograr no sólo sin desestabilizar la propia sociedad, sino con la vista puesta en una mucho más cohesionada, próspera y, por lo mismo, estable.
El 25 de abril estuve en uno de los pueblos del Tarragonés en los que se votaba el referéndum y fue un domingo normal. Un día festivo, incluyendo la exhibición de los “castellers”. La votación fue un acto cívico sin alharacas, serio, pero al mismo tiempo se podía percibir la satisfacción de las personas que habían ejercido un derecho, “su” derecho, y, en su inmensa mayoría, elegido la opción de que Cataluña se convierta en “un Estado de Derecho, independiente, democrático y social, integrado en la Unión Europea”, como reza la papeleta de voto, a pesar de todos los intentos de boicot por parte del Estado español y sus devotos. Esto no es más que un paso; pero con una sociedad civil fuerte, cohesionada e imaginativa, creo que pueden seguir dando muchos más en la vía de la emancipación. Los datos están ahí y muestran una realidad que constituye un dato adquirido que puede servir de punto de lanzamiento para su logro.
También nosotros tenemos una sociedad fuerte y con iniciativas de gran valor, aunque, por desgracia, no en el campo político. Ya es hora de que nos marquemos como primer objetivo democrático el logro, o recuperación si preferimos, del Estado que durante muchos siglos fue el que nos constituyó como sujeto político en el mundo, el de Navarra. Nuestra sociedad, nuestro pueblo, lo necesita y se lo merece. Y para nosotros, como decía Salvador Cardús recientemente en relación con Cataluña, tiene que ser una exigencia, un deber, tanto o más que un derecho.
Mientras esto sucedía en la nación que existe al oeste, al “poniente”, de la península Ibérica, Portugal, las sometidas al dominio del Estado español soñábamos con un cambio de sistema político tras lo que se percibía ya como próximo: la muerte del dictador Franco. Nuestras esperanzas se vieron defraudadas por razones que han sido explicadas muchas veces. El régimen surgido a partir de la muerte del general en 1975 fue, desde su comienzo, la simple continuación del fascismo. Franco lo dejó todo, efectivamente, “atado y bien atado”.
El entramado que se montó en los años inmediatos a su muerte en cama consiguió “legitimar” un régimen nacido del totalitarismo y construir otro que, bajo el prostituido nombre de ”democracia”, lo siguió siendo. Comenzando por la monarquía, encarnada en una persona que había jurado ante Franco los “Principios fundamentales del Movimiento”. Siguiendo por el mantenimiento en todas las estructuras del poder real (ejército, policía, judicatura y tantos otros) a los funcionarios adictos al Régimen y sin la menor depuración. Pasando por una ley de Amnistía que lo que pretendía en realidad era hacer borrón y cuenta nueva de los crímenes del franquismo. Y, como culminación, promulgando una Constitución en la que el único sujeto político, constituyente y constituido, es “el pueblo español”, cuya unidad plantea como indiscutible y al ejército como su garante, y del que formamos parte obligada, tanto navarros como catalanes.
Los años transcurridos desde aquél, lejano en el tiempo pero próximo en sus efectos políticos, 1975 han ido mostrando cada vez con más claridad las vergüenzas de un régimen, simple prolongación del anterior. Su unitarismo cada vez más duro; la corrupción como elemento estructural del mismo, unos partidos políticos y sindicatos que, los que funcionan a nivel de todo el territorio del Estado español por lo menos, son simples correas de transmisión de su política; un estamento judicial, sucesor perfecto del antiguo Tribunal de Orden Público (TOP), y tantos otros. Todo ello dibuja un panorama desolador desde el punto de vista democrático. Simplemente no aparece como tal.
Los partidos políticos “nacionalistas” existentes en las naciones subordinadas al Estado español, principalmente la vasca y la catalana, han fracasado en el logro de lo que suele ser el objetivo de las naciones sometidas: la consecución de su libertad. En mi opinión, son responsables, en gran medida, del bloqueo de su proceso de emancipación. Las tendencias del mundo actual, sobre todo en el entorno de los dos estados de los que dependemos, conducen a la necesidad de la constitución en sendos estados independientes a ambos países. Otras naciones europeas, sometidas a estados de un unitarismo menos férreo, como Escocia, Flandes o la parte no liberada de Irlanda, por ejemplo, persiguen el mismo objetivo. Esta situación de bloqueo se ha producido, en gran parte, por el hecho de que estos partidos forman parte de la estructura de ese mismo Estado totalitario, del que reciben sus subvenciones y, en cierta manera, aunque en descenso continuo, la gestión de determinados recursos de sus respectivas “comunidades”, a través de los llamados “gobiernos autónomos”.
El único modo que, en mi opinión, se percibe para salir del pozo en que nos hallamos consiste en reencontrar a la propia sociedad civil. Tanto la catalana como la vasca son sociedades fuertes, cohesionadas, con una cultura social y política mucho más integrada en Europa que la española. Ambas, además, presentan una fuerte conciencia nacional, de identidad y de pertenencia. Todos estos factores que se incluyen en el haber de las dos naciones no han sido suficientemente puestos en valor por los citados partidos políticos que disfrutan de las prebendas del imperio. Al contrario, han sido relegados al “baúl de los recuerdos”.
En la nación que se ubica en el otro extremo geográfico de la península, el este o “levante”, en los Países Catalanes, en el territorio del Principado de Cataluña, ha surgido recientemente una iniciativa cívica con la reivindicación de la “libre disposición” como eje central. Creo que en Cataluña se ha recorrido un camino importante. El debate sobre la necesidad de un Estado propio centra los artículos de opinión incluso de periódicos tan hispánicos como La Vanguardia o El Periódico de Cataluña. En mi opinión un paso más en el camino hacia la emancipación, como método de gran valor didáctico, están los recientemente convocados referendums por la soberanía de Cataluña. Es una forma de llevar a la calle a mucha gente que hasta ahora sólo se mostraba independentista “en privado”, de mostrar que si se quiere, si hay voluntad, la independencia se puede lograr no sólo sin desestabilizar la propia sociedad, sino con la vista puesta en una mucho más cohesionada, próspera y, por lo mismo, estable.
El 25 de abril estuve en uno de los pueblos del Tarragonés en los que se votaba el referéndum y fue un domingo normal. Un día festivo, incluyendo la exhibición de los “castellers”. La votación fue un acto cívico sin alharacas, serio, pero al mismo tiempo se podía percibir la satisfacción de las personas que habían ejercido un derecho, “su” derecho, y, en su inmensa mayoría, elegido la opción de que Cataluña se convierta en “un Estado de Derecho, independiente, democrático y social, integrado en la Unión Europea”, como reza la papeleta de voto, a pesar de todos los intentos de boicot por parte del Estado español y sus devotos. Esto no es más que un paso; pero con una sociedad civil fuerte, cohesionada e imaginativa, creo que pueden seguir dando muchos más en la vía de la emancipación. Los datos están ahí y muestran una realidad que constituye un dato adquirido que puede servir de punto de lanzamiento para su logro.
También nosotros tenemos una sociedad fuerte y con iniciativas de gran valor, aunque, por desgracia, no en el campo político. Ya es hora de que nos marquemos como primer objetivo democrático el logro, o recuperación si preferimos, del Estado que durante muchos siglos fue el que nos constituyó como sujeto político en el mundo, el de Navarra. Nuestra sociedad, nuestro pueblo, lo necesita y se lo merece. Y para nosotros, como decía Salvador Cardús recientemente en relación con Cataluña, tiene que ser una exigencia, un deber, tanto o más que un derecho.
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30 diciembre 2009
ESPAÑA EN SU SOLEDAD
Los españoles están viendo las orejas al lobo. Tras mucho tiempo de mofa y menosprecio de Cataluña, se la han encontrado respondona. No es fácil saber aprovechar las fuerzas propias de una forma eficaz y eficiente para lograr la emancipación nacional. Menos lo es todavía cuando la nación dominante se expresa a través de un Estado que, tanto a lo largo de siglos de historia, como en la actualidad, ha sido de todo menos democrático. Pero han iniciado un camino que pronto puede estar en un punto de “no retorno”. Se lo deseo de todo corazón a los catalanes y creo que debemos darles nuestra solidaridad incondicional.
Pienso que la mejor forma de expresar ese apoyo sería concretándolo en una acción política de emancipación en paralelo. Para España, mantener dos frentes abiertos en simultáneo constituiría un envite demasiado fuerte. Ya le sucedió en el siglo XVII con la guerra simultánea frente a Portugal y a Cataluña. Los portugueses triunfaron, mientras que los catalanes no. Tal vez no tuvieran los mejores aliados, ya que los franceses iban a lo suyo y de la guerra correspondiente sacaron buena tajada y el Rosselló y parte de la Cerdanya pasaron a sus manos, a las de su férreo unitarismo que siempre ha intentado borrar toda memoria histórica, toda seña de identidad, de los pueblos ocupados.
Cataluña ha emprendido un camino que esperemos sea el acertado. Nosotros, por el contrario, parece que no somos capaces de otear el horizonte, de percibir por dónde corren los vientos en Europa y en el mundo. En una palabra, permanecemos desde hace mucho tiempo en una situación de enquistamiento y, lo que es peor, con una clara tendencia a la involución.
Lo he repetido muchas veces, no quiero idealizar Cataluña ni creo que nuestras respectivas situaciones sean semejantes. Nuestras propias historia y cultura social y política tienen paralelismos y semejanzas pero, también, aspectos muy diferentes, comenzando por la situación lingüística. Ambas son sociedades con un tejido asociativo muy fuerte, con una cultura de comunidad y solidaridad muy importante. En el aspecto lingüístico, los Países Catalanes han mantenido su lengua propia prácticamente por todo su territorio, con la excepción de pequeñas partes del País Valenciano. En nuestro caso, el retroceso geográfico y humano del euskera viene de muy atrás. Es cierto que hay enormes bolsas de inmigración no integradas, pero eso se produce en ambos países.
Creo que frente a la cerrazón del unitarismo hispano, hay que recordar que en España no hay federalistas “de verdad” (puede que haya alguno de boquilla), la única solución positiva es escapar de esa “cárcel de pueblos” que es España. Para que haya federalismo tiene que haber, por lo menos, dos partes que se quieran federar. Y de eso nada hay en España. Por lo mismo, son palabras huecas e intentos vanos de marear la perdiz todos los discursos para justificar un “acomodo” en España o “cautivarla”. España no admite otra cosa que la subordinación, la integración incondicional, la asimilación.
Se ha estudiado el asunto desde el punto de vista económico, tecnológico, de investigación e innovación. Desde todos esos planteamientos nuestra independencia no sólo se plantea como viable, sino también conveniente. Pero es, sobre todo, a la hora de mantener una sociedad integrada, capaz de incorporar a la misma a todas aquellas personas que han llegado y llegan de diferentes procedencias y de afrontar con éxito los retos que plantea la sociedad de la información desde la propia personalidad y cultura. La libertad de la sociedad y el mantenimiento de sus lazos y relaciones de solidaridad y cooperación son, al mismo tiempo, elementos básicos para su desarrollo armónico y en equilibrio con la tierra.
No basta con hablar de “independencia” como una palabra fetiche. La independencia no tiene, aquí y ahora, otra forma que la de un Estado propio. Este debate en Cataluña actualmente está en la calle y en cualquier medio de comunicación, digital o escrito. Entre nosotros está clamorosamente ausente. Y no debe estarlo por más tiempo. Nuestra sociedad tiene potencia archidemostrada para hacer muchas cosas. Concretando, en tiempos recientes, la creación de las ikastolas, la puesta en marcha del movimiento cooperativo o el capacidad de sacar periódicos nuevos de la noche a la mañana. Hay que saber aprovecharla. Y obtener el máximo rendimiento político.
Es hora de decir basta y de parar actividades que pretenden sustituir esa capacidad, ese poder, por vías delegadas. Esos caminos están desacreditados y en franco retroceso. Cuanto antes terminen mejor. La participación incondicional, como partidos, en el sistema político español ha demostrado todas sus limitaciones y la involución real a que nos llevan. Lo que algunos denominan “lucha armada”, en realidad un conflicto de ínfimo nivel estratégico y perfectamente asumido por el contrario, sirve únicamente para distraer las fuerzas de una juventud solidaria y generosa y encerrarla en las cárceles españolas y francesas, sin ningún logro político real. También en este campo sólo hay retrocesos, sin contar con su utilización propagandística internacional, en nuestra contra evidentemente, por parte de los poderes de ambos estados.
Tenemos capacidad para expresar nuestra fuerza y concretar el camino a la recuperación de nuestro Estado, el navarro por supuesto. Esta será nuestra mejor manifestación solidaria con todo el mundo y, también con Cataluña. España volverá tener dos frentes abiertos, pero dos frentes de verdad, no de pacotilla y palabrería vana.
Cuando vascos y catalanes, o catalanes y vascos, que tanto da, lo logremos, entonces se encontrará, de veras, España en su soledad. Con su territorio, población y recursos reales.
Pienso que la mejor forma de expresar ese apoyo sería concretándolo en una acción política de emancipación en paralelo. Para España, mantener dos frentes abiertos en simultáneo constituiría un envite demasiado fuerte. Ya le sucedió en el siglo XVII con la guerra simultánea frente a Portugal y a Cataluña. Los portugueses triunfaron, mientras que los catalanes no. Tal vez no tuvieran los mejores aliados, ya que los franceses iban a lo suyo y de la guerra correspondiente sacaron buena tajada y el Rosselló y parte de la Cerdanya pasaron a sus manos, a las de su férreo unitarismo que siempre ha intentado borrar toda memoria histórica, toda seña de identidad, de los pueblos ocupados.
Cataluña ha emprendido un camino que esperemos sea el acertado. Nosotros, por el contrario, parece que no somos capaces de otear el horizonte, de percibir por dónde corren los vientos en Europa y en el mundo. En una palabra, permanecemos desde hace mucho tiempo en una situación de enquistamiento y, lo que es peor, con una clara tendencia a la involución.
Lo he repetido muchas veces, no quiero idealizar Cataluña ni creo que nuestras respectivas situaciones sean semejantes. Nuestras propias historia y cultura social y política tienen paralelismos y semejanzas pero, también, aspectos muy diferentes, comenzando por la situación lingüística. Ambas son sociedades con un tejido asociativo muy fuerte, con una cultura de comunidad y solidaridad muy importante. En el aspecto lingüístico, los Países Catalanes han mantenido su lengua propia prácticamente por todo su territorio, con la excepción de pequeñas partes del País Valenciano. En nuestro caso, el retroceso geográfico y humano del euskera viene de muy atrás. Es cierto que hay enormes bolsas de inmigración no integradas, pero eso se produce en ambos países.
Creo que frente a la cerrazón del unitarismo hispano, hay que recordar que en España no hay federalistas “de verdad” (puede que haya alguno de boquilla), la única solución positiva es escapar de esa “cárcel de pueblos” que es España. Para que haya federalismo tiene que haber, por lo menos, dos partes que se quieran federar. Y de eso nada hay en España. Por lo mismo, son palabras huecas e intentos vanos de marear la perdiz todos los discursos para justificar un “acomodo” en España o “cautivarla”. España no admite otra cosa que la subordinación, la integración incondicional, la asimilación.
Se ha estudiado el asunto desde el punto de vista económico, tecnológico, de investigación e innovación. Desde todos esos planteamientos nuestra independencia no sólo se plantea como viable, sino también conveniente. Pero es, sobre todo, a la hora de mantener una sociedad integrada, capaz de incorporar a la misma a todas aquellas personas que han llegado y llegan de diferentes procedencias y de afrontar con éxito los retos que plantea la sociedad de la información desde la propia personalidad y cultura. La libertad de la sociedad y el mantenimiento de sus lazos y relaciones de solidaridad y cooperación son, al mismo tiempo, elementos básicos para su desarrollo armónico y en equilibrio con la tierra.
No basta con hablar de “independencia” como una palabra fetiche. La independencia no tiene, aquí y ahora, otra forma que la de un Estado propio. Este debate en Cataluña actualmente está en la calle y en cualquier medio de comunicación, digital o escrito. Entre nosotros está clamorosamente ausente. Y no debe estarlo por más tiempo. Nuestra sociedad tiene potencia archidemostrada para hacer muchas cosas. Concretando, en tiempos recientes, la creación de las ikastolas, la puesta en marcha del movimiento cooperativo o el capacidad de sacar periódicos nuevos de la noche a la mañana. Hay que saber aprovecharla. Y obtener el máximo rendimiento político.
Es hora de decir basta y de parar actividades que pretenden sustituir esa capacidad, ese poder, por vías delegadas. Esos caminos están desacreditados y en franco retroceso. Cuanto antes terminen mejor. La participación incondicional, como partidos, en el sistema político español ha demostrado todas sus limitaciones y la involución real a que nos llevan. Lo que algunos denominan “lucha armada”, en realidad un conflicto de ínfimo nivel estratégico y perfectamente asumido por el contrario, sirve únicamente para distraer las fuerzas de una juventud solidaria y generosa y encerrarla en las cárceles españolas y francesas, sin ningún logro político real. También en este campo sólo hay retrocesos, sin contar con su utilización propagandística internacional, en nuestra contra evidentemente, por parte de los poderes de ambos estados.
Tenemos capacidad para expresar nuestra fuerza y concretar el camino a la recuperación de nuestro Estado, el navarro por supuesto. Esta será nuestra mejor manifestación solidaria con todo el mundo y, también con Cataluña. España volverá tener dos frentes abiertos, pero dos frentes de verdad, no de pacotilla y palabrería vana.
Cuando vascos y catalanes, o catalanes y vascos, que tanto da, lo logremos, entonces se encontrará, de veras, España en su soledad. Con su territorio, población y recursos reales.
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12 febrero 2009
UNA MIRADA SOBRE PORTUGAL
A raíz de una excursión por el río Duero en su transcurrir entre los estados español y portugués, por la zona conocida como “Arribes del Duero”, y siguiendo hasta su desembocadura en el Atlántico, en Oporto “el puerto”, comencé el verano pasado la lectura de los dos libros en portugués que reseño al final de esta reflexión. Los he terminado a lo largo del resto de 2008, junto con alguna novela de Eça de Queiroz que no había leído todavía. Durante el recorrido por la zona de arte rupestre paleolítico de Foz Côa, muy interesante, la guía que nos condujo a admirar los grabados en las rocas de la ribera del río Côa, comentó que la obra más interesante de Eça era, en su opinión, “La ciudad y las sierras”. La leí con el mismo interés que antes había leído “Los Maias” y, a continuación, “La ilustre casa de Ramírez”.
Una de las primeras cuestiones que se plantean al hablar sobre Portugal desde el Estado español es el porqué de la tremenda ignorancia que tienen los españoles de la historia, lengua y cultura de su país vecino. Tal ignorancia se ve acompañada, normalmente, de un cierto menosprecio. Un ejemplo clamoroso se encuentra en los mapas meteorológicos que ofrecen las televisiones españolas, “olvidan” Portugal sistemáticamente; su mapa es sustituido por una mancha blanca en la que no puede ocurrir ningún tipo de fenómeno, ni atmosférico siquiera. También es cierto que, a la inversa, suceden fenómenos similares aunque no idénticos. En efecto, en cualquier lugar turístico de Portugal se puede encontrar la información necesaria en inglés, francés o italiano, pero es raro, muy raro, encontrarla en español.
El origen del Estado portugués es más tardío que otros de Europa como el franco, pero también que el navarro o que el astur-leonés, por hablar de reinos ubicados, en parte al menos, en la Península Ibérica. Data de los siglos XI-XII. Por el contrario, su proceso de “nacionalización” por parte de su Estado es muy precoz. En este sentido, es significativo el hecho de que en tan temprana fecha como 1296 adopta la lengua vulgar en documentos oficiales. Hay historiadores portugueses que afirman que Portugal como nación fue creada por su Estado, ya que, en la práctica, no tenía un sustrato lingüístico o cultural previo; su identidad fue “construida” desde la organización política. Considero difícil que la realidad fuera tan radical, pero parece que tampoco falta razón a quienes afirman tal cosa.
En el mismo sentido, la victoria de Aljubarrota contra Castilla (1385) se propone como fecha para indicar el fin de la Edad Media y el origen o base del Estado moderno. Este triunfo supuso un acto de afirmación nacional y para Portugal es su fecha fundacional, marcada siempre por su conflictiva relación con Castilla y, posteriormente, con España.
Las ambiciones expansionistas de Castilla en su salida, muy posterior en el tiempo, de la Edad Media a finales del siglo XV, la llevaron no sólo a culminar la “reconquista” contra los musulmanes con la ocupación el reino de Granada, sino a iniciar su expansión transatlántica, comenzando por las Islas Canarias y continuando en América. Del mismo modo actuaron en Europa, con la conquista y ocupación de estados estratégicos como Navarra o partes importantes de la Península Itálica, con con la hipotética excusa de su “peligroso apoyo” a Francia. La expansión imperial portuguesa por oriente fue más comercial y menos territorial que la castellana en Europa, Canarias y América. No obstante, una vez en conflicto con Castilla en América, Portugal construyó el imperio brasileño, aunque con unas características bastante diferentes, en algunos sentidos por lo menos, del español.
Tras la muerte del último descendiente de la Casa de Avis, el Cardenal Enrique, en 1580, el rey español Felipe II se consideró con los “mejores derechos” para reinar en Portugal. Un ejército español, bajo mando del duque de Alba, invadió las tierras lusas (1580-1581), tomó Lisboa y derrotó en la batalla de Alcántara (1580) al prior de Ocrato, sobrino de Enrique, quien se refugió en la corte de Francia. Felipe II se trasladó a Lisboa y, en las cortes de Tomar (1581), fue reconocido rey de Portugal. ¿No suena todo lo anterior a un proceso muy conocido entre nosotros, que tuvo lugar aproximadamente setenta años atrás?
En historia hay que evitar las visiones finalistas, ya que constituyen un riesgo peligroso. Podemos pensar que Portugal es hoy un Estado porque ese era su destino histórico. Lo mismo se puede decir de quienes creen que el destino histórico de Navarra era su incorporación y pertenencia a España. Ninguna de ambas afirmaciones es cierta. Tan Estado era Navarra como Portugal; ambos perdieron su independencia a manos de Castilla-España. Los portugueses lograron recuperarla a mediados del siglo XVII, Navarra todavía no lo ha conseguido.
Dentro del proceso de expansión política de Castilla durante los reinados de la Casa de Austria, sobre todo con Felipe IV y su valido el Conde-Duque de Olivares, se produjo un intento de uniformización de la monarquía española, que, tras la unión dinástica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (y Cataluña), había adoptado una apariencia “federal”. En la misma época, a mediados del siglo XVII, la situación europea era muy convulsa. El centro de Europa se vio sacudido por la “Guerra de los Treinta años“, guerra con un fuerte componente religioso, pero sobre todo político por el control sobre los estados alemanes.
En el difícil equilibrio del siglo XVII, Portugal, que no había renunciado a su independencia, y Cataluña, que la veía peligrar gravemente, se enfrentaron a Castilla. Como resultado de todos estos conflictos se obtuvo, por un lado, la victoria de Portugal sobre España y su emancipación, y la derrota de Cataluña y su partición entre España y Francia (el Rosselló y la Cerdanya pasaron a manos francesas), por otro. Esta derrota constituyó el preludio de lo que fue el desastre acontecido tras la “Guerra de Sucesión” española, producto de la desaparición del último rey Austria a comienzos del XVIII y la entronización de los borbones en la monarquía española con sus “Decretos de Nueva Planta”. A través de los mismos se suprimieron las instituciones políticas catalanas y valencianas y se produjo una muy fuerte persecución contra su lengua y cultura. Por último, “last but not least”, en 1648 se firmó la Paz de Westfalia que dio lugar, en cuanto a sus contenidos, atribuciones y competencias, al sistema de estados europeos vigente en gran parte hasta nuestros días.
La sociedad portuguesa del XVII mostró tener una gran vitalidad. Un ejemplo, prácticamente desconocido entre quienes hemos sido “educados” en el sistema español, lo constituye la personalidad fuera de serie de Antonio Vieira. Vivió casi 90 años, todos ellos dentro del siglo XVII, la mayor parte del tiempo en Brasil, donde fue defensor infatigable de los derechos de los indígenas y combatió contra su explotación y esclavización. Participó activamente en la política portuguesa y siempre defendió a los judíos. Fue un gran escritor barroco y miembro de la Compañía de Jesús. Una vez más encontramos el olvido, o menosprecio, español por lo portugués.
La “Ilustración” portuguesa del XVIII entró de lleno en el estándar europeo, sobre todo con la personalidad del Marqués de Pombal, también prácticamente desconocido desde España. Otro aspecto relativamente poco conocido fue la emancipación de Brasil. No fue producto de guerras de liberación como el caso de las colonias españolas. Los procesos revolucionarios del Portugal de principios del siglo XIX provocaron la huida de la monarquía a Brasil. De algún modo, la colonia dejó automáticamente de serlo, en ella se instaló el aparato del Estado y se convirtió en metrópoli. Cuando se restauró la monarquía en Portugal, Brasil siguió su propio camino independiente sin mayores traumas.
Los siglos XIX y XX supusieron una gran decadencia para Portugal y el abandono de las señas de identidad que habían caracterizado positivamente su cultura. Su colonialismo en Angola y Mozambique se fue transformando en un elemento retardatario social, cultural y políticamente. El retraso económico era manifiesto. El muy largo régimen autoritario de Oliveira Salazar en el siglo XX culminó este proceso. La necesidad de modernización y racionalización del salazarismo llevó a que los militares encabezaran la llamada “revolución de los claveles“, ocurrida en 1975, y una de cuyas primeras decisiones fue la descolonización de sus posesiones en África.
Siempre se ha dicho que para saber de los entresijos de una sociedad es imprescindible conocer las obras literarias, novelas sobre todo, que se han escrito sobre la misma. Para conocer Portugal y su sociedad, tal y como se percibía a finales del siglo XIX y principios del XX, es necesario leer a Eça de Queiroz. Tanto sus primera obras (“El primo Basilio”, “El crimen del padre Amaro”, por ejemplo) como las más reflexivas sobre la identidad portuguesa citadas al comienzo.
En Portugal encontramos la realidad de una nación hermana que ha sufrido conflictos, semejantes a los nuestros en unos casos y diferentes en otros, pero que siempre ha tenido el mismo enemigo principal: el sistema político castellano y su heredero, el español. España se ha desinteresado y ha menospreciado a Portugal, pero nosotros no debemos olvidarlo. No sólo no somos españoles, sino que España ha realizado todos los esfuerzos que ha tenido en su mano para lograr nuestra desaparición y asimilación. Portugal tuvo, históricamente, una sociedad fuerte, una cultura política influenciada por la británica y, por lo mismo, democrática, y una conciencia nacional muy profunda. Nos puede servir de ejemplo y elemento de reflexión para encarar las tareas que debemos afrontar para lograr ocupar de nuevo nuestro puesto, en Europa y en el mundo, como sujeto político, como Estado libre.
LECTURAS
Sobre historia de Portugal:
Birmingham, David. “Historia de Portugal”. Cambridge 1995. Cambridge University Press.
Oliveira Marques de, A. H. “Breve história de Portugal”. Lisboa 1995. Editorial Presença.
Una reflexión sobre la identidad portuguesa:
D’Oliveira Martins, Guilherme. “Portugal. Identidade e diferença”. Lisboa 2007. Editorial Gradiva.
Obras de Eça de Queiroz:
Existen muchas versiones de las obras de Eça en español, algunas fáciles de conseguir, otras no tanto. En cualquier caso, las bibliotecas públicas suelen tener bastantes títulos.
Una de las primeras cuestiones que se plantean al hablar sobre Portugal desde el Estado español es el porqué de la tremenda ignorancia que tienen los españoles de la historia, lengua y cultura de su país vecino. Tal ignorancia se ve acompañada, normalmente, de un cierto menosprecio. Un ejemplo clamoroso se encuentra en los mapas meteorológicos que ofrecen las televisiones españolas, “olvidan” Portugal sistemáticamente; su mapa es sustituido por una mancha blanca en la que no puede ocurrir ningún tipo de fenómeno, ni atmosférico siquiera. También es cierto que, a la inversa, suceden fenómenos similares aunque no idénticos. En efecto, en cualquier lugar turístico de Portugal se puede encontrar la información necesaria en inglés, francés o italiano, pero es raro, muy raro, encontrarla en español.
El origen del Estado portugués es más tardío que otros de Europa como el franco, pero también que el navarro o que el astur-leonés, por hablar de reinos ubicados, en parte al menos, en la Península Ibérica. Data de los siglos XI-XII. Por el contrario, su proceso de “nacionalización” por parte de su Estado es muy precoz. En este sentido, es significativo el hecho de que en tan temprana fecha como 1296 adopta la lengua vulgar en documentos oficiales. Hay historiadores portugueses que afirman que Portugal como nación fue creada por su Estado, ya que, en la práctica, no tenía un sustrato lingüístico o cultural previo; su identidad fue “construida” desde la organización política. Considero difícil que la realidad fuera tan radical, pero parece que tampoco falta razón a quienes afirman tal cosa.
En el mismo sentido, la victoria de Aljubarrota contra Castilla (1385) se propone como fecha para indicar el fin de la Edad Media y el origen o base del Estado moderno. Este triunfo supuso un acto de afirmación nacional y para Portugal es su fecha fundacional, marcada siempre por su conflictiva relación con Castilla y, posteriormente, con España.
Las ambiciones expansionistas de Castilla en su salida, muy posterior en el tiempo, de la Edad Media a finales del siglo XV, la llevaron no sólo a culminar la “reconquista” contra los musulmanes con la ocupación el reino de Granada, sino a iniciar su expansión transatlántica, comenzando por las Islas Canarias y continuando en América. Del mismo modo actuaron en Europa, con la conquista y ocupación de estados estratégicos como Navarra o partes importantes de la Península Itálica, con con la hipotética excusa de su “peligroso apoyo” a Francia. La expansión imperial portuguesa por oriente fue más comercial y menos territorial que la castellana en Europa, Canarias y América. No obstante, una vez en conflicto con Castilla en América, Portugal construyó el imperio brasileño, aunque con unas características bastante diferentes, en algunos sentidos por lo menos, del español.
Tras la muerte del último descendiente de la Casa de Avis, el Cardenal Enrique, en 1580, el rey español Felipe II se consideró con los “mejores derechos” para reinar en Portugal. Un ejército español, bajo mando del duque de Alba, invadió las tierras lusas (1580-1581), tomó Lisboa y derrotó en la batalla de Alcántara (1580) al prior de Ocrato, sobrino de Enrique, quien se refugió en la corte de Francia. Felipe II se trasladó a Lisboa y, en las cortes de Tomar (1581), fue reconocido rey de Portugal. ¿No suena todo lo anterior a un proceso muy conocido entre nosotros, que tuvo lugar aproximadamente setenta años atrás?
En historia hay que evitar las visiones finalistas, ya que constituyen un riesgo peligroso. Podemos pensar que Portugal es hoy un Estado porque ese era su destino histórico. Lo mismo se puede decir de quienes creen que el destino histórico de Navarra era su incorporación y pertenencia a España. Ninguna de ambas afirmaciones es cierta. Tan Estado era Navarra como Portugal; ambos perdieron su independencia a manos de Castilla-España. Los portugueses lograron recuperarla a mediados del siglo XVII, Navarra todavía no lo ha conseguido.
Dentro del proceso de expansión política de Castilla durante los reinados de la Casa de Austria, sobre todo con Felipe IV y su valido el Conde-Duque de Olivares, se produjo un intento de uniformización de la monarquía española, que, tras la unión dinástica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (y Cataluña), había adoptado una apariencia “federal”. En la misma época, a mediados del siglo XVII, la situación europea era muy convulsa. El centro de Europa se vio sacudido por la “Guerra de los Treinta años“, guerra con un fuerte componente religioso, pero sobre todo político por el control sobre los estados alemanes.
En el difícil equilibrio del siglo XVII, Portugal, que no había renunciado a su independencia, y Cataluña, que la veía peligrar gravemente, se enfrentaron a Castilla. Como resultado de todos estos conflictos se obtuvo, por un lado, la victoria de Portugal sobre España y su emancipación, y la derrota de Cataluña y su partición entre España y Francia (el Rosselló y la Cerdanya pasaron a manos francesas), por otro. Esta derrota constituyó el preludio de lo que fue el desastre acontecido tras la “Guerra de Sucesión” española, producto de la desaparición del último rey Austria a comienzos del XVIII y la entronización de los borbones en la monarquía española con sus “Decretos de Nueva Planta”. A través de los mismos se suprimieron las instituciones políticas catalanas y valencianas y se produjo una muy fuerte persecución contra su lengua y cultura. Por último, “last but not least”, en 1648 se firmó la Paz de Westfalia que dio lugar, en cuanto a sus contenidos, atribuciones y competencias, al sistema de estados europeos vigente en gran parte hasta nuestros días.
La sociedad portuguesa del XVII mostró tener una gran vitalidad. Un ejemplo, prácticamente desconocido entre quienes hemos sido “educados” en el sistema español, lo constituye la personalidad fuera de serie de Antonio Vieira. Vivió casi 90 años, todos ellos dentro del siglo XVII, la mayor parte del tiempo en Brasil, donde fue defensor infatigable de los derechos de los indígenas y combatió contra su explotación y esclavización. Participó activamente en la política portuguesa y siempre defendió a los judíos. Fue un gran escritor barroco y miembro de la Compañía de Jesús. Una vez más encontramos el olvido, o menosprecio, español por lo portugués.
La “Ilustración” portuguesa del XVIII entró de lleno en el estándar europeo, sobre todo con la personalidad del Marqués de Pombal, también prácticamente desconocido desde España. Otro aspecto relativamente poco conocido fue la emancipación de Brasil. No fue producto de guerras de liberación como el caso de las colonias españolas. Los procesos revolucionarios del Portugal de principios del siglo XIX provocaron la huida de la monarquía a Brasil. De algún modo, la colonia dejó automáticamente de serlo, en ella se instaló el aparato del Estado y se convirtió en metrópoli. Cuando se restauró la monarquía en Portugal, Brasil siguió su propio camino independiente sin mayores traumas.
Los siglos XIX y XX supusieron una gran decadencia para Portugal y el abandono de las señas de identidad que habían caracterizado positivamente su cultura. Su colonialismo en Angola y Mozambique se fue transformando en un elemento retardatario social, cultural y políticamente. El retraso económico era manifiesto. El muy largo régimen autoritario de Oliveira Salazar en el siglo XX culminó este proceso. La necesidad de modernización y racionalización del salazarismo llevó a que los militares encabezaran la llamada “revolución de los claveles“, ocurrida en 1975, y una de cuyas primeras decisiones fue la descolonización de sus posesiones en África.
Siempre se ha dicho que para saber de los entresijos de una sociedad es imprescindible conocer las obras literarias, novelas sobre todo, que se han escrito sobre la misma. Para conocer Portugal y su sociedad, tal y como se percibía a finales del siglo XIX y principios del XX, es necesario leer a Eça de Queiroz. Tanto sus primera obras (“El primo Basilio”, “El crimen del padre Amaro”, por ejemplo) como las más reflexivas sobre la identidad portuguesa citadas al comienzo.
En Portugal encontramos la realidad de una nación hermana que ha sufrido conflictos, semejantes a los nuestros en unos casos y diferentes en otros, pero que siempre ha tenido el mismo enemigo principal: el sistema político castellano y su heredero, el español. España se ha desinteresado y ha menospreciado a Portugal, pero nosotros no debemos olvidarlo. No sólo no somos españoles, sino que España ha realizado todos los esfuerzos que ha tenido en su mano para lograr nuestra desaparición y asimilación. Portugal tuvo, históricamente, una sociedad fuerte, una cultura política influenciada por la británica y, por lo mismo, democrática, y una conciencia nacional muy profunda. Nos puede servir de ejemplo y elemento de reflexión para encarar las tareas que debemos afrontar para lograr ocupar de nuevo nuestro puesto, en Europa y en el mundo, como sujeto político, como Estado libre.
LECTURAS
Sobre historia de Portugal:
Birmingham, David. “Historia de Portugal”. Cambridge 1995. Cambridge University Press.
Oliveira Marques de, A. H. “Breve história de Portugal”. Lisboa 1995. Editorial Presença.
Una reflexión sobre la identidad portuguesa:
D’Oliveira Martins, Guilherme. “Portugal. Identidade e diferença”. Lisboa 2007. Editorial Gradiva.
Obras de Eça de Queiroz:
Existen muchas versiones de las obras de Eça en español, algunas fáciles de conseguir, otras no tanto. En cualquier caso, las bibliotecas públicas suelen tener bastantes títulos.
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