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30 junio 2014

NAVARRA ORIENTAL

Inglaterra conoce Egipto, Egipto es lo que Inglaterra conoce; Inglaterra sabe que Egipto no es capaz de tener autogobierno, Inglaterra confirma que, al ocupar Egipto, Egipto es para los egipcios lo que Inglaterra ha ocupado y ahora gobierna; la ocupación extranjera se convierte, pues, en ‘el fundamento principal’ de la civilización egipcia contemporánea: Egipto necesita –de hecho, exige- la ocupación británica.

Edward W. Said
Orientalismo

Hay una línea de pensamiento que se inicia en el primer tercio del siglo XX con Víctor Pradera y que tiene en la actualidad a Jaime I. del Burgo como principal adalid que afirma con contundencia la vocación española de Navarra. El “ser” de Navarra lleva implícita la españolidad desde sus orígenes históricos en la Alta Edad Media. Su principal valedor histórico fue Claudio Sánchez Albornoz.

Otros piensan que Navarra fue un reino hispano medieval independiente, sí, y que fue ocupado militarmente por Castilla en 1512, también, pero que supo sacar provecho de la “incorporación” que siguió a la conquista y dominio. Que se mantuvo “reino de por sí” dentro de la monarquía española, hasta que por necesidades de la “modernidad” cedió mediante una ley “paccionada” en 1841 su estatus de reino y pasó a ser una provincia, “foral” por supuesto, más de la “nación española”. Juan Cruz Alli y una gran parte del pensamiento conocido como “navarrismo”, avala esta tesis.

El pensamiento carlista aceptó parte de esta teoría, pero consideró como una injusticia “no pactada” la ley de 1841 y pretendió siempre un retorno al estatus foral anterior al Convenio de Bergara de 1839, acontecido tras la derrota de la guerra de los Siete Años. Hacía extensivo este planteamiento a la situación foral de las tres Provincias Vascongadas.

Cuando en el siglo XIX surgen las reivindicaciones nacionales modernas también se expresaron en nuestro entorno. En primer lugar, consistió en la reivindicación histórica y cultural de una Navarra independiente, vasca de lengua y cultura. Fue la Asociación Eúskara de Navarra y no tuvo ninguna concreción política. En este contexto, tuvo mucho más éxito político el movimiento creado por los hermanos Arana Goiri, padres del nacionalismo vasco moderno. En su perspectiva, Navarra era uno de los siete territorios constitutivos de Euzkadi. Todos ellos con una soberanía originaria que fue cedida, mediante pactos, a Castilla en diversas etapas. Estos pactos formaban la base del “Sistema Foral Vasco”.

Hoy en día estamos en condiciones de plantear la realidad histórica de Navarra como el Estado de los vascos. La máxima estructura política que el pueblo vasco ha construido a lo largo de su historia ha sido el reino de Navarra. A través del mismo se forjó su nacionalización, sobre todo durante la Baja Edad Media y el comienzo de la Moderna. Las sucesivas conquistas y minoraciones sufridas han conducido a la actual realidad de una nación, Euskal Herria desde el punto de vista lingüístico y cultural, troceada y desgarrada desde el político. Las fechas que marcan este proceso son: 1200, en la que los territorios occidentales pasaron a manos de Castilla; la de 1512, en la que fue conquistada la Alta Navarra y la de 1620, en la que, a manos de la monarquía francesa, se perdió cualquier resto de soberanía.

Este punto de vista no concibe nuestro país como la suma de “siete provincias”, lo percibe como un conjunto lingüístico y cultural, pero, sobre todo político, vertebrado en torno al Estado de Navarra. Navarra es la denominación política de ese conjunto humano y territorial conocido desde su pertenencia al Imperio Romano como Vasconia. No son siete realidades, es una. Menguada, troceada y enfrentada internamente por los dos imperialismos que históricamente la han ambicionado y terminado por repartirse.

De modo semejante a como Aristóteles afirma, en su Metafísica, que “el ser se dice (o mejor, se entiende) de muchas maneras” nos encontramos con que también “Navarra se entiende de muchas maneras”. Aquí se han expuesto cinco. De ellas, en cuatro se presenta Navarra como lo que es en la actualidad la Comunidad Foral, antes provincia, de Navarra. Es decir que en las cuatro primeras se acepta que Navarra es (el “ser” que diría el estagirita) lo definido y determinado por los imperialismos que la han dominado a lo largo de la historia. Por eso, además de la Comunidad Foral española, tenemos una folklorizada “Basse Navarre” dentro del departamento francés de Pyrénées-Atlantiques.

Si en el texto de E. Said, citado al comienzo, sustituimos “Egipto” por “Navarra” e “Inglaterra” por “España” podemos hacer una reflexión interesante. En efecto: “España conoce Navarra. Navarra es lo que España conoce”. Esto es algo que se percibe con claridad en los cuatro primeros planteamientos. En todos ellos, Navarra es lo que España define como “Navarra”. Es el mismo proceso que denuncia Said en su libro “Orientalismo”. Oriente es un concepto creado por los intereses imperialistas occidentales para moldear los pueblos, países y estados sometidos, de forma que vean su dominación como algo “natural” y que la acepten de buen grado.

Si seguimos, siempre con E. Said: “la ocupación extranjera se convierte, pues, en ‘el fundamento principal’ de la civilización navarra contemporánea”. Hemos rizado el rizo y ya es la propia ocupación la que se erige como legitimadora de la existencia actual de Navarra.

Siempre que se acepte, con la conocida tautología de Del Burgo, que “Navarra es Navarra”, es decir la CFN, se está aceptando el modelo “orientalista”. El modelo de subordinación generado desde España y Francia. Desde su interior es prácticamente imposible alcanzar nuestra emancipación. Para evitarlo tienen preparadas todas, ¡todas!, las trampas legales, paralegales, ilegales; así como cualquier tipo de violencia: simbólica, amenazante o positiva, para evitarlo.

Mientras Oriente siga aceptando su constitución como una construcción del imperialismo occidental y reflejo necesario del mismo, seguirá siendo incapaz de hacer que sus pueblos, sus naciones y sus estados se emancipen según una lógica propia. La lógica de la libertad no impuesta.

Del mismo modo, mientras sigamos percibiendo Navarra como una simple provincia (o comunidad autónoma, tanto da) de España, creada y construida por ella, nuestras posibilidades de emancipación serán muy escasas. Mientras se siga considerando la provincia de Navarra como un “herrialde” más y al resto de “territorios” como otros “herrialdes” definidos según la lógica imperial de España y de Francia, es muy difícil que madure un proceso liberador. Tampoco se podrá tener claro el “sujeto” del evidente “derecho a decidir”. 

La primera condición de libertad es la capacidad de construir un relato propio. Si se acepta el construido por los ocupantes nunca saldremos de la tela de araña en la que nos han envuelto. La “Navarra Oriental” no es Roncal ni tampoco la Alta Navarra de Euskal Herria. Es la Navarra despistada, incapaz de establecer su memoria y relato y, por lo mismo, de emanciparse.

NOTICIAS DE NAVARRA 2014/07/03

DEIA 2014/07/14

29 mayo 2013

DONOSTIA 200 AÑOS


Mucho tiempo ha transcurrido desde que las sociedades comenzaron a festejar los centenarios de determinadas efemérides históricas. En general son celebraciones organizadas por quienes ostentan un poder obtenido en la fecha conmemorada. Hay pocas evocaciones de hechos históricos que no lleven asociada alguna carga de memoria. Si unos celebran victorias es porque otros han sido derrotados. Y entonces es cuando surge el debate. En los últimos tiempos ha habido dos centenarios de gran carga política y que han acarreado la consiguiente polémica.

El primero, de alcance global, fue el 500 aniversario del descubrimiento de América. La controversia comenzó por la propia denominación de “descubrimiento”. ¿Quién “descubrió” a quién? Siguió por la puesta en cuestión de la función “civilizadora” de Europa, de España sobre todo, en las américas y la constatación de su labor de expolio, aculturación y exterminio de las poblaciones autóctonas. Los descendientes que quienes fueron sujetos pacientes de dichas hazañas no se resignaron con la versión de los conquistadores y dieron la suya; ofrecieron al mundo su memoria como reivindicación de justicia y reparación. Los vencedores y quienes se reclaman sus herederos continúan, hoy, justificándolo todo en aras de la civilización, el progreso y la cristianización de los infieles.

Un acontecimiento semejante tuvo lugar el pasado año con motivo del 500 aniversario de la conquista de Navarra, del Estado vasco que permanecía como reino independiente. La disputa adoptó, a un nivel lógicamente más reducido, los mismos parámetros que la del “descubrimiento” de 1492. La versión española considera tanto la perpetua “vocación hispánica” de Navarra, de la que se había apartado por las insidias francesas, como el permanente estado de guerra civil interna en que vivía el reino. Los apologetas de la hispanidad afirman que con la “incorporación”, según su terminología, Navarra ganó la paz y el desarrollo. Por el contrario, quienes pensamos que fue una conquista injusta e injustificada, creemos que estuvo exclusivamente al servicio de los intereses imperiales españoles, que truncó la vía de un Estado europeo que podía haber sido la admiración del mundo y lo sumergió en la oscuridad inquisitorial, en el aislamiento y retraso propios de la España devota de Frascuelo y de María.

Este año se conmemora el 200 aniversario de la quema y destrucción de Donostia por las tropas aliadas anglo-portuguesas que, junto con las españolas, luchaban contra las francesas napoleónicas. La destrucción de San Sebastián fue tanto física, de su entramado urbano, como de sus habitantes: violaciones, saqueos, incendio, el abandono de la ciudad y su población por parte de quien teóricamente la “liberaba” del “ocupante” francés. Los hechos fueron de tal calibre que se pueden calificar de “crimen contra la humanidad”, como se afirma, por ejemplo, en el DVD “Donostia 1813” realizado por Nabarralde por encargo del Ayuntamiento donostiarra. Según afirma uno de los historiadores participantes en el mismo, Xoxe Estévez: “En las dos guerras (la de la Convención en 1793 y la napoleónica de 1813) Gipuzkoa fue una mera paciente de tres imperialismos. Uno emergente, el francés, otro consolidado desde 1714, el británico, y otro en decadencia, el español".


En su relato los españoles se presentan a sí mismos y a sus aliados como “liberadores”, venden la guerra contra Napoleón como de la “independencia”, española, claro. La destrucción de la memoria propia, mediante el olvido de las tropelías realizadas por los aliados exige su recuperación. Lo mismo que la sociedad donostiarra de la época restableció la ciudad, la reconstruyó y a los pocos años logró librarse de las murallas militares (españolas) que la atenazaban. La sociedad vasca siempre se ha caracterizado por su capacidad de regeneración tras las derrotas y desastres. Donostia es un buen ejemplo. El recobrar la memoria es un primer paso para reparar y hacer justicia, el segundo, consiste en construir un relato propio de los hechos. Es una lástima que esa demostrada capacidad de regeneración social, de recuperación de memoria y de construcción de nuestro relato, no alcance la traducción política adecuada para lograr su consolidación. Eso requiere, como requisito necesario, la recuperación del propio Estado.

20 septiembre 2012

DESTRUCCIÓN DE LA MEMORIA



La demolición del sistema defensivo del reino de Navarra durante la etapa de la conquista, entre 1512 y 1530, fue, sin duda, un modo expeditivo para lograr su rendición. Pero más allá de esta consideración bélica, la aniquilación de castillos y murallas tiene una lectura más profunda. De este asunto se trató en Aoiz en la sesión del III Congreso de historiadores de Navarra dedicada a “La destrucción de los castillos”.

La red de fortalezas de Navarra tenía una función que iba mucho más allá del simple sistema defensivo. Cumplía misiones simbólicas y efectivas relacionadas con la política territorial del Estado, con la delimitación de su espacio y su administración a todos los niveles. Desde los grandes castillos como Tiebas, Marcilla y tantos otros, hasta los simples palacios de Cabo de Armería, pasando por sencillas torres que ejercían labores de vigilancia y comunicaciones entre cualquier punto del reino y su capital, formaban una red jerarquizada que organizaba el territorio y daba base material al Estado. Su desmantelamiento suponía destruir no sólo el sistema militar de organización del reino sino, principalmente, la legalidad vigente, su orden civil, el control sobre su territorio. Y sustituirlo por una legalidad ajena, impuesta, un sistema subordinado y aniquilador del propio.

Jokin del Valle afirmó que, según la convención de la UNESCO, “somos el paisaje”. Y añadió: “los castillos constituyen un elemento especial del paisaje, por su ubicación llamativa y constituir elementos militares y de poder”. Con el tiempo, los paisajes de las poblaciones que albergaron el sistema defensivo navarro fueron cambiando y sus habitantes se resignaron al cambio. Al principio todo les resultaría extraño. Por supuesto la nueva forma de gobernar, pero también el paisaje con un castillo derruido primero y, poco a poco, por la fuerza del tiempo y la erosión de la historia, desaparecido. La memoria que podía tener cada pueblo de pertenencia a un Estado independiente, con su sistema político soberano, se fue diluyendo.

El paisaje es “depósito de memoria”, según expresó Joseba Asirón en la misma sesión. Y el paisaje cambia. A veces espontáneamente, pero en muchas otras ocasiones de manera inducida. Esto es lo que sucedió en la Alta Navarra tras los hechos bélicos y de ocupación reseñados. En la mayor parte de Europa, comenzando por nuestros “países vecinos”, España y Francia, y otros más lejanos como Escocia, han mantenido sus castillos como elemento de continuidad del paisaje, y de memoria por lo mismo; los han convertido en elementos de atracción cultural y turística con sus correspondientes centros de interpretación, museos, lugares de venta y promoción de libros, recuerdos, etc., siempre con referencia contextualizada al lugar correspondiente.

De los castillos destruidos en la época de la conquista queda la memoria en la toponimia y en las crónicas históricas de su destrucción, pero en el lugar donde cumplieron su misión no existe ninguna referencia. Existen otros casos, como el de Xabier, donde se mantuvo el castillo, pero en el que se ha perpetrado una tergiversación total de su sentido histórico. Han “olvidado” su función como castillo de una de las principales familias del reino independiente y resistente a la ocupación. Lo han “reconvertido” en una basílica de culto religioso, de dudoso valor estético, tras destruir su torre mayor, según explicó Pello Iraizoz.

Para los que sufrieron la conquista y sus inmediatos sucesores la desaparición de los castillos fue una auténtica humillación, pero seguían existiendo sus ruinas. El paso del tiempo borró estas huellas, el paisaje fue cambiando, allanándose como la memoria de los agravios recibidos en la conquista. La memoria sobrevivió, en gran parte, gracias a la transmisión oral de las vivencias de los hechos y de los permanentes agravios que perpetraba el sistema político impuesto tras la ocupación. Fue a finales del siglo XIX, con la constitución de la “Sociedad Eúskara de Navarra” y la posterior “Comisión de Monumentos”, cuando se comenzó a valorar este patrimonio y su función memorial. Recuperaron el recuerdo de lo que fue un Estado europeo soberano. Significativo es que uno de los principales trabajos de Julio Altadill, fundador de la Asociación Eúskara, fueran tres volúmenes dedicados precisamente a los castillos de Navarra.

El mantener y transmitir la memoria de las injusticias sufridas es un elemento emancipador. El olvido y tergiversación que provocan quienes controlan los resortes del poder y los medios de educación y propaganda en nuestro país, tiene una intención política clara: convertir una nación, orgullosa de su patrimonio e historia, en una sociedad mansa e integrada en su sistema imperial. Su puesta en valor es una tarea necesaria para recuperar nuestra dignidad y afrontar el futuro con decisión y optimismo. 

Noticias de Navarra (2012/09/25)

18 agosto 2012

MUGAS


"Entender que la unidad del país deriva de un Estado político nos hará superar las mugas físicas y mentales impuestas"

El próximo día 7 de septiembre arrancará en Arrasate la tercera edición del Congreso de Historiadores de Navarra, que en esta ocasión analizará las consecuencias de la conquista. Uno de sus ponentes, Martínez Gárate, analiza lo que supuso la partición territorial tras la invasión
FERNANDO F. GARAYOA - Sábado, 18 de Agosto de 2012 
Luis María Martínez Gárate, una mente abierta a la historia.
Luis María Martínez Gárate, una mente abierta a la historia. (Cedida)

    • Luis María Martínez Gárate, una mente abierta a la historia.
    PAMPLONA. Se lo nota la pasión a la legua, aunque medien kilómetros y la conversación sea telefónica. Su pensamiento busca la reflexión de la sociedad sobre una conquista que impuso unas fronteras, físicas y mentales, que todavía hoy arrastramos. Dejemos que sea al propio Luis María Martínez Gárate (Pamplona, 1949) el que de rienda suelta al análisis, concienzudo, realista y brillante de la deriva que ha sufrido y sufre Euskal Herria.
    La ponencia que presentará en el congreso se recoge bajo el epígrafe 'Frontera de malhechores'Comencemos por descubrir el origen de semejante término.
    Yo empezaría por la primera parte de la frase, la frontera, que es el punto, estable o inestable, al que han llegado dos organizaciones políticas o Estados. Concretamente, la conquista de Navarra de 1512, lo que provocó es que, donde antes no había fronteras, se impusieron unos poderes políticos, del conquistador y de los resistentes, que llegaron a definir el límite entre los dos. Pero, ¡cuidado!, una muga no es algo inocente porque divide el espacio; es decir, antes no había frontera, todo era Reino de Navarra. Pero es que, además de dividir el espacio, dividieron poblaciones, algo todavía más grave ya que así crearon dos espacios distintos, muchas veces enfrentados. En estos espacios se fue desarrollando el ejercicio del poder cotidiano creando así una conciencia de pertenencia; es decir, donde antes había una sola sociedad, se establecen dos. En resumen, lo que sucedió por ejemplo, a partir de la conquista de 1200, es que el continuo que formaba Navarra, desde Iruña hasta Gasteiz, se vio interrumpido formando una frontera, que con el tiempo consolidó la división de un pueblo que, aunque mantenía la misma lengua, su parte conquistada fue generando una identidad distinta a la de la población vasca que seguía bajo el Reino de Navarra.
    ¿Esa diferencia de identidades es la que dio lugar al término de malhechores?
    Claro. Se le denominó Frontera de malhechores por los conflictos que se producían, sobre todo instigados por el poder de Castilla, con los territorios mugantes con lo que quedaba de Navarra, ya que unos señores estaban a favor de Navarra y otros de Castilla. Esta situación, que era algo impensable antes de la conquista, se consolidó con la creación de diversas villas en Guipúzcoa y Álava, situadas justo en la muga con Navarra.
    Trasladando esa separación impuesta entre navarros y vascongados a la actualidad, ¿se puede decir que, de alguna manera, nos estamos recuperando de ese fraccionamiento del sujeto histórico y político?
    Hay que tener en cuenta que para la conquista del sujeto político, el Reino de Navarra, Fernando el Católico utilizó a los vascongados. Una vez que consiguieron crear dos identidades distintas, navarros y vascongados, azuzaron a estos últimos para conquistar Navarra. ¿Por qué? Por que así seguían manteniendo la división, impidiendo que no hubiera ningún apoyo solidario. Esto produjo una fosa muy grande que en ningún momento ha dejado de existir hasta que no se ha dado una cierta voluntad política por parte de los naturales del país. Esa fosa, que parte de principios del siglo XVI y llega hasta el XIX, España se encargó muy bien de profundizarla. Las primeras aproximaciones se produjeron cuando se atacaron los fueros, tanto vascongados como navarros, provocando que aquellos que son semejantes y se ven agredidos, se unan, algo que sucedió en la primera Guerra Carlista. Posteriormente, cuando se toma conciencia de que esto no es una región sino una nación, a través de Sabino Arana Goiri, aquellos factores que crearon la Frontera de malhechores, no desaparecieron pero sí se hicieron más livianos. Pero, de todas maneras, seguimos arrastrando mucho el provincialismo. En este sentido, mi ponencia está orientada a demostrar que el país era uno, que Euskal Herria ha tenido una organización política que era Navarra; y que las diversificaciones provinciales fueron fruto de la dominación, la conquista y la subordinación. Por lo tanto, el trabajo que hay que hacer para romper esas mugas es todavía largo, cotidiano e, incluso, de más calado y enjundia de lo que mucha gente piensa, ya que esas fronteras son más mentales que otra cosa. Por ejemplo, todavía hay personas, que se consideran patriotas vascas de buena fe, que siguen manteniendo vivas esas mugas... Y cuando tienes una percepción errónea de lo que es tu situación actual, las soluciones que puedas adoptar son erróneas o no lo suficientemente buenas. Por eso creo que considerar que la unidad del país se deriva de un Estado político, Navarra, es importante para superar las mugas físicas y las mentales impuestas. Mugas que se dan tanto en la Navarra actual, que se consideran los navarros auténticos, como de la parte del País Vasco, que se consideran como los vascos y casi hablan de los navarros como de los pobres navarricos.
    Noticias de Navarra 2012/08/18

    09 junio 2012

    UNA CONQUISTA INJUSTIFICABLE




    Con ocasión del 500 aniversario del inicio de la conquista y ocupación de Navarra por Fernando el Católico, Álvaro Adot nos ofrece un nuevo libro. Su título, “Navarra, julio de 1512. Una conquista injustificada”. Tras su magnífico “Juan de Albret y Catalina de Foix o la defensa del Estado navarro (1483-1517)” de 2005, basado en su tesis doctoral, nos encontramos con otra obra también consistente, basada de igual modo en documentación de la época y muy bien estructurada y centrada tanto en la situación real del reino como en las justificaciones utilizadas por el aragonés en la etapa de su conquista.

    La obra consta de dos partes. La primera, en la que el autor hace una sintética y clara descripción de la situación de las potencias implicadas en el momento de la conquista. Resulta de gran interés la exposición que presenta de las guerras y conflictos en los que se vio incurso Fernando de Aragón en Castilla, en la que quedó como regente tras morir su esposa Isabel en 1504. En efecto, el aragonés fue desterrado de Castilla en 1506, para volver a ocupar la regencia en agosto de 1507. Todo ello en un ambiente de gran conflictividad social y política entre los partidarios de su hija Juana (conocida como la “Loca”) y los suyos propios. Adot deja claro el contrapunto que suponía acusar a Navarra de inestabilidad, cuando, durante esta etapa, se caracterizó por su total normalidad. Ese tipo de acusaciones y problemas no se adjudicaron en exclusiva a Navarra; eran, normalmente, simples pretextos para justificar la agresión sobre cualquier reino pacífico. Tal fue el caso de Navarra, Estado neutral en el campo europeo e internamente ordenado, a cuyo dominio aspiraba el Católico, como quedo clara según la documentación que aporta el autor. En este apartado, Álvaro Adot analiza con claridad los vaivenes de las relaciones entre Inglaterra, Castilla-Aragón (ya España en la mente del rey), Francia y Navarra-Bearne, principalmente, y las razones que llevaron a los sucesivos y diversos juegos de alianzas y tomas de posición de sus actores en la política europea del momento.

    Uno de los principales atractivos de esta obra consiste en la segunda parte, en la que Adot aporta documentos de gran interés como testimonio de las claras intenciones de Fernando de Aragón de ocupar y hacerse cargo del reino de Navarra, dentro de su estrategia española y europea. El autor incluye varios documentos de la época a los que añade, en texto aparte, sus propios comentarios, en los que contextualiza, a mi modo de ver con gran acierto, lo expresado en los originales.

    El primer texto, una autojustificación de la conquista, es una carta escrita por Fernando el 20 de julio de 1512 a su confesor, Diego de Deza, entonces obispo de Sevilla. El segundo, el famoso “Tratado de Blois” de 17 de julio de 1512, sobre el que se han apoyado la mayor parte de quienes han tratado de fundamentar la “justicia” de la conquista y ocupación de Navarra, del que Adot realiza un detallado análisis En este punto resulta de gran interés la comparación que hace el autor entre el auténtico “Tratado de Blois” y la versión propagandística del mismo que hizo correr el propio rey Fernando desde Burgos el 16 de julio, un día antes de la firma del auténtico y concebido como soporte moral e intelectual de la agresión.

    El último texto que presenta Álvaro Adot es la narración de la conquista de Navarra escrita por el diplomático, comerciante, político e historiador florentino Francesco Guicciardini, embajador de su patria, Florencia, en la corte del rey Católico los años de 1512 y 1513, es decir durante la etapa de la conquista. Es un texto de gran interés, sobre todo dada la calidad de su autor como uno de los padres de la historiografía moderna. También debe su atractivo a la objetividad con que trata los hechos, dada su relativa lejanía de los intereses que se movieron en el conflicto.

    El trabajo en su conjunto tiene un gran atractivo y oportunidad, sobre todo ante el pertinacia mostrada por personas y grupos de interés que siguen presentando como verdades históricas hechos inciertos, cuando no falsos o amañados, como es el caso del texto del tratado de Blois de julio de 1512 utilizado por el aragonés; o la no participación de Navarra en el “Conciliábulo de Pisa” de 1511. También son sugestivos los testimonios que aporta sobre la fidelidad de la mayor parte del bando beamontés a los reyes Juan y Catalina a lo largo de la última etapa de normalidad en el reino. Quienes continúan manteniendo las obsoletas tesis de “incorporación voluntaria”, “pacto entre iguales”, “permanente destino español” o la “prosperidad de Navarra tras la conquista”, quedan inermes ante trabajos como el de Álvaro Adot. Sus posiciones caen como castillo de naipes ante un soplo de viento y, de paso, se airean sus vergüenzas.

      
    Referencia bibliográfica

    Adot Lerga, Álvaro
    “Navarra, julio de 1512. Una conquista injustificada”
    Pamplona – Iruñea 2012
    Editorial Pamiela

    01 junio 2012

    LA CONQUISTA DE NAVARRA PARA PROPIOS Y EXTRAÑOS

    El conocido periodista, economista y escritor, navarro de Gordexola, Joxe Erramun Bustillo Castrexana acaba de publicar de la mano de la Editorial Txertoa su contribución al recuerdo de la conquista y ocupación de Navarra hace 500 años, en 1512. El título, "Guía de la conquista de Navarra en 12 escenarios" indica ya el objetivo de su publicación. Es una guía histórica con soporte en 12 "lugares de memoria" de los navarros y que tiene, al mismo tiempo, algo de guía turística. Es un trabajo que puede servir a los autóctonos, olvidadizos en tantas ocasiones de los episodios fundamentales de su pasado, para que ubiquen en tiempo y lugar unos acontecimientos fundamentales de su historia, así como a los foráneos que se acerquen a conocer nuestra gente y nuestras tierras con voluntad de saber algo más que los tópicos al uso de los prospectos editados por el llamado Gobierno de Navarra sobre su "Comunidad Foral" y española.

    El texto de Bustillo incluye lugares decisivos en la historia, pero que en la actualidad se encuentran fuera del territorio que quedó, a la fuerza, formando parte de la monarquía española y que, ya en el siglo XIX, constituyó la Provincia de Navarra (Foral, eso sí, pero sin Cortes, sin tribunales de justicia, sin Cámara de Comptos, sin moneda...). Así, aparecen Hondarribia como último baluarte de un Estado independiente hasta 1524, por lo menos en el sur del Pirineo, Lescar en tierra de Bearne donde se encuentran sepultados los reyes navarros que mantuvieron el testigo de un reino independiente entre la Baja Navarra y el Bearne hasta un siglo más tarde, cuando el Rey Luis XIII de Francia proclamó en 1620 el Edicto de la Unión que suprimía su independencia, aunque los seguía considerando como "territorios forales". En 1789, la llamada Revolución francesa suprimió cualquier vestigio foral de Navarra y Bearne, si, pero de Laburdi y Zuberoa, también.

    Los sitios citados se encuentran en el hinterland navarro y tienen poderosas razones para aparecer la obra de Bustillo como "lugares de memoria", pero hay uno que puede descolocar a algunos lectores del libro: se trata de Atienza, el castillo de Atienza, como prisión alta seguridad en la que tras el fracaso del segundo intento de recuperación del reino en 1516, fueron encerrados varios prohombres navarros, entre los que el más importante políticamente era el mariscal Pedro de Navarra, pieza fundamental de la resistencia a la conquista y la ocupación española. El mariscal de Navarra, Pedro, fue posteriormente trasladado a Simancas donde murió, en extrañas circunstancias, en 1522.

    De entre los escenarios presentados por Joxerra Bustillo hay uno que desde el punto de vista cronológico es anterior a la etapa de la conquista. Se trata de Viana a cuyas puertas murió, fue asesinado, el hijo del Papa Alejandro VI y cuñado de los reyes de Navarra, César Borja (más conocidos en la literatura española e italiana como Borgia) por sicarios del Conde de Lerin, durante el sitio que soportaban en dicha ciudad por las tropas leales a Juan y Catalina de Albret. Digo Borja en vez de Borgia ya que su familia, valenciana, procedía del Campo de Borja y su apellido se mantuvo así entre los Borjas valencianos, como San Francisco de Borja, general que fue de la Compañía de Jesús. El apellido fue italianizado por la implicación de su familia en los conflictos de Italia, del Roma en particular. donde dos Borjas llegaron a ser papas. Alonso de Borja como Calixto III (1455-1458) y Rodrigo de Borja como Alejandro VI (1492-1503).

    El resto de escenarios aunque responden a la iconografía tradicional de otros análisis de esta etapa: Pamplona, Tudela, Estella, Garazi, Belate, Xabier y Marcilla, Noain y Amaiur, no dejan de ser de interés parejo.

    Cada capítulo va acompañado de una información adicional de gran utilidad en la que Bustillo indica lugares concretos a visitar e incluye páginas web de interés desde el punto de vista histórico, patrimonial, paisajístico y turístico por supuesto.

    La obra incluye tres apartados que suponen un gran acierto de la edición a la hora de centrar a los lectores. Uno de ellos consiste en una lista alfabética de personajes con su correspondiente biografía breve, se trata de "Quién es quién en la conquista". El segundo es una cronología de la misma, también muy útil al lector. El tercero contiene una bibliografía fundamental y bien elegida.

    Si algo se puede echar en falta serían dos o tres mapas en los que se indicara, con sobriedad,  los movimientos militares correspondientes a las tres fases de la Guerra de Navarra desde 1512 hasta 1530, en la que los españoles abandonaron Ultrapuertos donde, junto con Bearne los reyes Albret y después borbones siguieron reinando hasta 1620.

    En resumen, se trata de un trabajo divulgativo, pero al mismo tiempo de gran rigor e interés, sobre todo para quienes efectúan un primer acercamiento a la convulsa etapa que había iniciado el Imperio español, con Granada, Canarias, Italia,  las Américas y, como pieza de gran trascendencia (sobre todo para los vascos del siglo XXI), el reino de Navarra.

    Reseña bibliográfica:

    Joxerra  Bustillo Kastrexana
    "Guía de la conquista de Navarra en 12 escenarios"
    Donostia 2012
    Editorial Txertoa

    31 marzo 2012

    SOSTIENE DEL BURGO

    Sostiene Del Burgo que “El reino de Navarra nació a la historia como un reino español”. Y los toros, se me ocurre, que vinieron al mundo a vestir la fiesta española, a lucir en las banderas ultras y morir en las plazas. Pocas veces tenemos la suerte de encontrar tan al desnudo la doctrina del desatino nacional, el delirio español tan a las claras.
    El ideólogo del partido popular de Navarra ha publicado un argumentario que ataca el manifiesto de la Plataforma 1512-2012 sobre la conquista del duque de Alba, una versión renovada de aquella jocosa lectura de respuestas que recopiló la “Antología del disparate”.
    Sostiene Del Burgo que “El reino de Pamplona nace a la historia a finales el siglo VIII y comienzos del IX con una vocación netamente española”. España nace a la historia como un imperio del siglo XVI, de la neurona descarriada de Fernando de Aragón y su nieto el emperador Carlos; pero ya ocho siglos antes los vascones iluminados de Eneko Aritza apuntaban maneras. Frente a la memoria de Nafarroa Bizirik, Del Burdo nos relata la historia imperial de ‘Martínez el facha’.
    Sostiene, asimismo, que “En 1512, en el marco de un conflicto internacional, se produce el reencuentro definitivo del reino navarro con el resto de los reinos españoles”. Navarra estaba predestinada desde, por lo menos, el Paleolítico Superior a formar parte de esa indisoluble y casi eterna “unidad de destino en lo universal” que es España.
    Los “episodios” acontecidos entre 1512 y 1530 constituyeron, según Del Burgo, una “paz (que) produce efectos muy beneficiosos”. Y también: “El reino de Navarra se mantuvo intacto hasta 1839, en que se produjo su incorporación en el Estado español mediante un nuevo pacto de estatus, que se plasmó en la Ley Paccionada de 1841”.
    Recordemos que Navarra fue conquistada tras 18 años de guerra en la misma época y por el mismo imperio que dirigió la conquista de América. Hablar de paz, de reinos intactos, de pactos y otros eufemismos, es una burla macabra en la historia de la Humanidad, en la que los españoles han dejado una huella siniestra en forma de barbarie, esclavitud, violaciones, genocidios, expolios y demás ingredientes de lo que se dio en llamar la leyenda negra.
    Y para poner la guinda: “En 1982, un nuevo pacto –fruto de los derechos históricos de Navarra, amparados y respetados por la Constitución de 1978- permitió la reintegración y amejoramiento del régimen foral (...) Hoy Navarra es una de las comunidades con mayor grado de autonomía en el conjunto europeo”.
    De estas y otras citas de Del Burgo se desprende que las épocas que vivió el reino al margen de España, como Estado europeo independiente, fueron sumamente desgraciadas y que cuando se produjo el “reencuentro definitivo” en 1512 comenzó una etapa de paz, abundancia y felicidad plenas. Que, también, con el paso de los siglos todas ellas fueron “amejorando”, hasta llegar al colmo de perfección de su estatus actual. Es un caso extraño y poco conocido en la historia, en el que una nación soberana mejora tras su invasión por una potencia extranjera y sigue prosperando mientras la nación conquistadora se debilita, el imperio se desintegra, y a la vez avanza en su esfuerzo de asimilación y sometimiento. ¿No chirría esa historia? ¿No suena a los mantras habituales que los ocupantes y explotadores de todos los tiempos hacen repetir a sus sometidos? ¿No recuerda a la “mentira repetida” de Goebbels?
    La realidad parece que apunta en sentido contrario. Del Burgo mantiene: “No tiene sentido hablar de soberanía del pueblo navarro cuando Navarra estaba regida por unos reyes franceses que subordinaron sus intereses propios al interés del reino”. Por el contrario, la conquista y ocupación subsiguiente de 1512 parece, según el mismo Del Burgo, que sí respondía a la soberanía del pueblo navarro, aunque para ello hicieran falta unos efectivos militares de más de 17.000 hombres para dominar la capital del reino, poblada por menos de 10.000 personas. Tras la invasión “no violenta”, con casi dos soldados por habitante, el plumilla oficial del ejército ocupante, Luís Correa, escribe que los pamploneses (…) se mostraban “alegres por las calles, mandando que todos los vecinos estuviesen armados toda la noche, prestos a lo que el Duque (de Alba) mandase”, destacando su “fidelidad” al rey Fernando. Igualito que con Franco en los años “gloriosos” tras la victoria.
    Como modelo de esa paz, explica Del Burgo, “la destrucción de los castillos tanto de agramonteses como de beamonteses fue una medida que adoptó, una vez muerto el rey Católico, el cardenal Cisneros, regente de Castilla, y su principal finalidad era evitar que la nobleza pudiera utilizarlos en sus luchas fratricidas” y que “el pueblo llano veía con satisfacción esta medida, pues desde los castillos se ejercía el poder en ocasiones despótico de los nobles”. ¡Qué buenas son las madres ursulinas; qué buenas son, que nos llevan de excursión!
    Sostiene Del Burgo que “En su historia, publicada en 1513, Correa tan sólo refiere un acto de violencia extrema que protagoniza el coronel Villalba en el valle de Garro, sito en la tierra de vascos o Merindad de Ultrapuertos (hoy Baja Navarra), cuando trata de reducir al señor de Garro por no rendir vasallaje a Fernando el Católico”. El texto apologético de Correa –no podía ser menos siendo soldado, y escribiente, del ejército invasor- termina en 1513. La “Guerra de Navarra” siguió, según Peio Monteano, hasta 1529. Del Burgo mismo habla de los “tres intentos posteriores (otoño de 1512, 1516 y 1521)” de recuperación del reino o del apresamiento y muerte en circunstancias extrañas, en el castillo de Simancas, de Pedro de Navarra, mariscal del reino, tras el intento de 1516.
    Para tener una perspectiva próxima a lo acontecido en Navarra en aquel momento basta consultar los trabajos históricos que más recientemente han investigado sobre los hechos acaecidos en esta época: María Puy Huici (1993), Pedro Esarte (2001, 2007, 2009, 2011), Peio Monteano (2010), son ejemplo de obras en las que aparece la violencia de la conquista en forma de realidades concretas.
    La idea de España que expresa Del Burgo corresponde a su particular visión providencial y finalista de la historia. España es heredera de la monarquía visigoda y de los reinos de León y Castilla. Como realidad política surge a finales del siglo XV con sus gestas imperiales: Granada, Canarias, Italia, Navarra, América… Cualquier alusión anterior en el tiempo a Hispania (incluso bajo el nombre de “España”) hace referencia a una idea geográfica expuesta por los romanos y semejante a Iberia. Hacer equivalentes la “Hispania” romana a la “España” imperial de austrias y borbones constituye una forma ideológica y “finalista” de explicar el pasado.
    El nacionalismo español de Del Burgo manipula la historia al servicio de un ideario e intereses políticos muy actuales. Lo han hecho siempre que han percibido que su control sobre la sociedad navarra corría algún riesgo. Así lo hizo Víctor Pradera en el primer tercio del siglo XX y, también, en los últimos tiempos, su heredero espiritual Jaime Ignacio Del Burgo.
    Paz, imperio, felicidad, españolidad... nos vende Del Burgo. Pero la violencia asociada a la conquista de 1512 siempre ha permanecido en la memoria de los navarros. Siguiendo a Enzo Traverso (2005), ha sido una memoria “débil”, frente a otras, “fuertes”, así consideradas por estar apoyadas por instituciones políticas, fundamentalmente estados. Según Traverso “la memoria y la historia no están separadas por barreras infranqueables (…) Cuanto más fuerte es la memoria (…), tanto más el pasado, del que ella es vector, se convierte en susceptible de ser explorado y puesto en historia”. Es lo que hoy está sucediendo en Navarra. Y es algo imparable, mal que le pese a Del Burgo y a cualquier otro “Martínez el facha”.
     Artículo firmado también por Angel Rekalde

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    04 marzo 2012

    LAS CORTES DE 1513



    El 3 de marzo de 1513 dieron comienzo las primeras Cortes del reino convocadas tras la conquista y ocupación iniciada en julio del año anterior. Estas Cortes duraron hasta el día 24 del mismo mes y año. La situación del reino en aquel momento se podía calificar de cualquier forma menos de normal. La práctica totalidad de personas opuestas a la invasión con derecho a participar en las mismas, agramonteses fundamentalmente, habían tenido que huir y se encontraban fuera del reino, exiliados. Los que asistieron fueron, por lo mismo, casi todos beamonteses. De ahí procede el que esta convocatoria haya sido conocida históricamente como “Cortes beamontesas”.

    Para ratificar lo dicho, en su trabajo “Breve historia de la invasión de Navarra, (1512-1530)”, Pedro Esarte afirma:

    “… La composición de estas Cortes fue fraudulenta, puesto que la mayor parte de los nobles fieles no participaron y el estamento de los caballeros se constituyó exclusivamente con los que juraron al nuevo rey. El tercer estamento, lo componía el brazo eclesiástico, igualmente amañado. En representación del Obispado de Pamplona asistió Joanes Paulus Oliverius, con el título de vicario de nuevo nombramiento, hecho que no fue aceptado por el cabildo catedralicio. Como titulares de monasterios sólo asistieron dos al juramento de las Cortes: fray Belenguer Sanz de Berrozpe, prior de la Orden de Jerusalén, y fray Miguel de Leache, abad de Leire. La legitimidad de estas Cortes fue, pues, nula de pleno derecho”.

    El virrey alcaide de los Donceles en nombre de Fernando el Católico, hizo público un perdón general, por el que se autorizaba a regresar a sus casas a todos aquellos exiliados que jurasen obediencia perpetua al nuevo monarca. En nombre de Fernando y en su propio nombre prestó solemne juramento de respetar los fueros, usos y costumbres del Reino, con una fórmula muy similar a la tradicionalmente empleada.

    Sobre su desarrollo, Peio Monteano, en su libro “La Guerra de Navarra (1512-1529)”, dice:

    “En los días sucesivos los diputados presentaron los agravios (…) que la Corona había realizado en los últimos meses. Entre los no reparados figuraban algunos que con el paso de los años se convertirían en recurrentes: que no hubiera jueces extranjeros en los tribunales navarros, que las fortalezas fueran encomendadas a alcaides navarros, que se indemnizasen los daños causados por los ejércitos, que se acabara con los excesos de las tropas etc. Y sorprendentemente, una petición de mayor calado político: las Cortes exigían que se reintegrasen a Navarra territorios que antiguamente le pertenecieron ‘en especial –decían- los lugares que están situados del Ebro hacia la parte de Navarra’. ¿Hablaban de la Sonsierra o estaban reivindicando también Álava, Gipuzkoa y Bizkaia?”

    A la petición de que el mando de las fortalezas navarras recayera siempre en naturales del reino, la respuesta textual fue: “La intención de sus altezas es que así se haga en adelante, pero por la calidad de los tiempos y en lo que toca a la defensa del reino su alteza no puede hacer otra cosa”. La “calidad de los tiempos” es un eufemismo que según desde el punto de vista que se considere, el de los vencedores o el de los vencidos,  indica situaciones muy dispares.

    Como conclusión, en el desarrollo de estas Cortes se evidencia que, si bien fueron unas Cortes conformadas en exclusiva por las fuerzas que desde dentro del reino apoyaron la invasión de 1512, quienes las protagonizaron tenían perfecta conciencia de formar parte de un Estado independiente y consideraban coyuntural su supeditación a Castilla y que, además, mantenían viva la memoria de las conquistas y agravios sufridos por Navarra tanto en la etapa más reciente como en otras anteriores.

    Publicado en diario de Noticias de Navarra (2012/03/04)

      
    Bibliografía

    Esarte Muniain, Pedro. “Breve historia de la invasión de Navarra, (1512-1530)”. Pamplona-Iruñea 2011. Editorial Pamiela.

    Monteano Sorbet, Peio J. “La Guerra de Navarra (1512-1529) Crónica de la conquista española”. Pamplona-Iuñea 2010. Editorial Pamiela

    23 febrero 2012

    PEDRO DE NAVARRA






    En el año 2010 fue noticia el descubrimiento de los restos de Pedro II de Navarra en la Iglesia de San Pedro de la Rúa de Estella, en la cripta de los mariscales. La importancia de este personaje en la resistencia a la conquista y ocupación de Navarra iniciada por el rey Fernando de Aragón, llamado el católico, en 1512 y en los hechos que condujeron a la ocupación y dominio del reino, está fuera de toda duda. Su integridad y fidelidad a la causa de su patria y sus reyes legítimos son ejemplares y merecen ser tenidos en memoria permanente por los navarros.

    El mariscal Pedro II era el jefe supremo del ejército navarro en la guerra de Conquista de Navarra iniciada en 1512. Después de la invasión del reino por las tropas castellanas, se llevaron a cabo varias contraofensivas para recuperarlo. En la segunda ocasión, en marzo de 1516, el mariscal Pedro II pasó desde la Baja Navarra hacia Roncal con 1.200 hombres. La intención era unirse con las tropas del rey Juan de Albret que debían entrar en la Alta Navarra por Orreaga para converger ambos sobre Pamplona. En este intento de recuperación del reino no hubo apoyo francés y las fuerzas navarras resultaron escasas. Las tropas castellanas del coronel Villalba se interpusieron entre ambos cuerpos del ejército navarro, lo que unido al mal tiempo y la imposibilidad de retirada hacia ultrapuertos produjo la derrota del mariscal y su rendición en Isaba al coronel Cristóbal Villalba, que lo hizo prisionero.

    El mariscal fue llevado preso en primer lugar a la fortaleza de Atienza. Allí el 29 de mayo de 1518, en nombre de Carlos I se le hizo una oferta de perdón, a cambio de jurar fidelidad. Su negativa fue por escrito con las siguientes palabras:

    “Una vez más suplico, con toda humildad posible a su Majestad, se sirva demostrar conmigo la magnificencia que ha de esperarse de semejante Majestad, devolviéndome la libertad entera y el permiso de ir servir a quien estoy obligado. La fidelidad, la limpieza que su Alteza quiere y estima de sus servidores, yo podré guardarla a los míos, y por ello me tornaré cautivo y esclavo de su servicio”.

    Posteriormente, fue trasladado a la prisión de Simancas. El 24 de noviembre de 1522, mientras su hijo luchaba en la fortaleza de Hondarribia, apareció acuchillado. La información oficial dijo que se suicidó. La controversia sobre la causa inmediata de su muerte sigue en pie todavía, aunque en cualquier caso y sin ninguna duda, estuvo provocada por su prisión. Incluso tras su muerte, Carlos V, en Cédula de 9 de febrero de 1523, confiscó sus bienes y los de su familia.

    Una vida ejemplar de servicio a la causa de la justicia y la libertad. Un claro compromiso del que quedó excluido cualquier tipo de traición o componenda. La de Pedro II fue la última generación que pudo comportarse así. A partir de 1530 la estabilidad de la ocupación española convirtió el ambiente de la Navarra ocupada en asfixiante. La construcción de las nuevas murallas y de la ciudadela, modelos de sistema defensivo del invasor frente a los propios pobladores, supusieron una vuelta de tuerca más en la opresión y expolio del pueblo navarro. Simultáneamente, la cúspide social: militar, religiosa y política se veía ejercida, o cuando menos interferida gravemente, por administradores y políticos españoles.

    La memoria de lo ocurrido en esos años cruciales, de 1512 a 1530, se iba viendo progresivamente sustituida por el relato del invasor. “Los vencedores escriben la historia”, se dice con razón. La “historia” que se contaba desde la imperial España suponía la aniquilación narrativa de la nación navarra. En efecto, las historias de Mariana con relación a Castilla y Zurita con Aragón, en las que la realidad de Navarra era expuesta dentro de un marco de intereses ajenos, forzaron a que la cortes de Navarra intentaran elaborar la propia y desde su particular centralidad. En esta situación las cortes del reino encargaron al jesuita Moret la redacción de su historia. De ahí surgieron los famosos “Anales del reino de Navarra” escritos en 1677, aunque publicados en 1684. En la obra de Moret se expone la historia nacional de Navarra y de su conquista, aunque acepta la teoría del pacto como modelo por el cual Navarra se “incorporó” a Castilla, manteniendo sus instituciones. Muy distinta es la versión escrita desde los territorios de una Navarra independiente por el zuberotarra y síndico de Saint Palais, Oihenart, que habla de “injusta usurpación y retención de Navarra por los españoles”. Las autoridades ocupantes de la Alta Navarra denegaron a Oihenart el permiso necesario para investigar en los archivos de Pamplona datos sobre la conquista y ocupación de la Alta Navarra.

    Hoy, en vísperas del 500 aniversario de la invasión y ocupación de Navarra por España, nos encontramos en un momento especialmente oportuno para reivindicar la memoria de un navarro insobornable, que pagó con su vida la fidelidad a su patria y a sus reyes legítimos: Pedro II, mariscal de Navarra.



    Bibliografía

    Esarte Muniain, Pedro. “Represión y reparto del Estado navarro (siglos XVI y XVII) La nación vasca, expolio franco-español”. Pamplona-Iruñea 2007. Editorial Pamiela.

    Esarte Muniain, Pedro. “Breve historia de la invasión de Navarra (1512-1530)”. Pamplona-Iruñea 2011. Editorial Pamiela.

    Monteano Sorbet, Peio J. “La Guerra de Navarra (1512-1529) Crónica de la conquista española” Pamplona-Iruñea 2010. Editorial Pamiela.

    Pescador Medrano, Aitor. “Francisco de Xabier. Nacimiento de un mito, muerte de una nación”, Tafalla 2006. Editorial Txalaparta.



    **************************************************************************

    LA FAMILIA DE LOS MARISCALES DE NAVARRA

    La “casa de Navarra”, también conocida como “casa de los mariscales” tiene su origen en Leonel (1377-1413), hijo natural de Carlos II Evreux, conocido como “el Malo” siguiendo la denominación, ampliamente aceptada, propuesta por los cronistas franceses y de Catalina de Lizaso. Fue, por lo tanto, medio hermano del rey Carlos III el Noble, con el que mantuvo una estrecha y buena relación como fiel y leal vasallo.

    Le sucedió como mariscal de Navarra su hijo natural Felipe, nacido en Estella en fecha indeterminada, de María Juan. Fue este Felipe quien a través de su matrimonio en 1424 con Juana de Peralta, hija de Mosén Pierres “el Viejo”, pasó a formar parte importante de lo que, tras su muerte en 1450, sería el conflicto entre el rey viudo-consorte de la reina Blanca, don Juan II de Aragón y su hijo el príncipe Carlos de Viana. El hijo de ambos, Pedro I de Navarra, siguiente mariscal del reino y primer jefe del partido “agramontés”, tomó las armas contra Carlos de Viana en favor de su padre don Juan. Murió a manos del hermano del jefe de la facción contraria, Felipe de Beaumont, mientras acompañaba a la princesa Leonor en una entrada clandestina en Pamplona. A pesar de los intentos de hacer justicia, el poder beamontés no consintió que se ejecutara la sentencia de muerte sobre Felipe.

    Del matrimonio de Pedro I con Inés Enríquez de Lacarra nació Felipe, también mariscal del reino. Cuando en 1480 el mariscal Felipe II se dirigía de Sangüesa a Villafranca y cerca del Monasterio de la Oliva, su enemigo el II conde de Lerín, Luis III de Beaumont, le tendió una emboscada y Felipe fue lanceado y muerto por el Conde. Le sucedió como cabeza del linaje su muy joven hermano Pedro, que sería conocido como Pedro II.

    Pedro II casó con Mayor de la Cueva, matrimonio del que nació Pedro que, más adelante, sería también mariscal del reino por nombramiento del emperador Carlos V el mismo día en que otorgó perdón a los agramonteses por Real Cédula de 29 de abril de 1524. Ayudado por el hijo de Pedro II, el almirante Bonnivet tomó Hondarribia el 19 de octubre de 1521. Tras un asedio de más de dos años, el 19 de febrero de 1524 capituló, rindiendo la plaza al Condestable de Castilla.


    Nota

    Este texto es mi colaboración en el libro publicado por Irujo Etxea con motivo del 500 aniversario del comienzo de la conquista y ocupación de Navarra en 1512. 

    07 febrero 2012

    VERANO DE 1512


    Cuando el 19 de julio (¿a qué me recuerda esta fecha?) de 1512 las tropas españolas procedentes de Vitoria entraron en el territorio de lo que todavía era reino independiente de Navarra es posible que produjeran pasmo y, seguro, temor en los pobladores de la Burunda y la Barranca. El paso fue muy rápido ya que el día 22 ya pernoctaron en Huarte-Arakil y, a pesar de la resistencia de seiscientos roncaleses en Oskia, llegaron a Pamplona el día 23, pernoctaron en Arazuri y el 23 en la Taconera de Iruñea. El 25 se rendía la capital del reino ante la abrumadora superioridad de las tropas conquistadoras frente a su población, en una relación de cuatro a uno. 5.000 habitantes frente a un ejército de unos 20.000 efectivos humanos, un armamento moderno y una técnica militar de última generación. Sobre los efectivos del ejército invasor cito textualmente lo que sobre el asunto aparece en Wikipedia:

    El ejército castellano se fue concentrando en Vitoria. Estaba a las órdenes de Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba, y entre sus mandos figuraban experimentados militares, como los coroneles Rengifo y Villalba. Constaba de 2.500 jinetes, 12.000 infantes, 1.500 lanzas y 20 piezas de artillería con sus sirvientes; a los que había que añadir 400 hombres al mando de Antonio de Acuña, obispo de Zamora. Entre estas tropas estaban 750 infantes de los temidos tercios de Bugía precedentes del norte de África, traídos a bordo de galeras hasta Bilbao.

    Con seguridad los pobladores de Sakana no fueron conscientes en aquel momento de la trascendencia histórica de los hechos que fueron los primeros testigos en la Navarra libre. Al ser tan rápido el acontecimiento, es posible que tampoco sufrieran demasiado lo que supone para una población muy reducida el paso por su territorio de 20.000 hombres armados con toda la parafernalia militar correspondiente.

    Ahora que estamos en las puertas del 500 aniversario de estos hechos tenemos una amplia perspectiva histórica de sus secuelas. Pueden parecer lejanos en el tiempo. Habrá quien diga que quinientos años son muchos años, pero las consecuencias se manifestaron muy pronto y, sobre todo, han sido permanentes hasta el momento presente.

    Los vascos en su desarrollo histórico tuvieron la capacidad de crear, como otros pueblos de Europa y frente a sus dos potentes vecinos, un Estado propio. Soberano. Independiente. El reino de Navarra expresaba en su constitución política la cultura social del pueblo de los Pirineos. Una cultura de solidaridad (auzolan), con un importante igualitarismo social y de una clara insumisión frente a poderes arbitrarios extraños. El Fuero General y el movimiento de los Infanzones (de Obanos, por ejemplo) de los siglos XIII y XIV son sus primeras expresiones.

    La pervivencia el euskera como idioma propio se asienta sobre la independencia política del reino navarro. Tanto en La Rioja como en Huesca se encuentran, en la Baja Edad Media, textos legales reprimiendo el uso público del euskera. Eso nunca sucedió en los territorios de la Navarra soberana.

    La estructura política del Estado independiente reafirmó todo ello, nacionalizó, como afirma Lacarra, la propia sociedad navarra. Tras la conquista en 1200 de la parte occidental del reino los territorios ocupados por Castilla siguieron siendo vascos (étnica y lingüísticamente) pero dejaron de ser políticamente navarros. De esa fecha procede la triste división, hoy tan explotada por el nacionalismo español, entre “vascos” y “navarros”.

    A partir de esa fecha las cosas cambiaron mucho en la Alta Navarra. A nivel político la subordinación a los ocupantes era un clamor cotidiano, pero en el aspecto lingüístico también hubo novedades tristes. Mientras al norte del Pirineo, hasta 1620, se mantuvo el reino independiente se produjo, merced a la Intervención de la reina Juana III de Albret, el acceso del euskera a lengua de cultura. Etxepare y Lizarraga, con la traducción del Nuevo Testamento por el segundo, fueron sus más destacados artífices. Por el contrario, en esa época en Alta Navarra, ocupada por España, se prohibía la impresión de libros en “lingua navarrorum”.

    1512 supuso un hito de primera magnitud en un proceso cuyas consecuencias sufrimos en estos complicados y críticos comienzos del siglo XXI. El llamado “conflicto vasco” no tiene su origen en el franquismo. Tampoco en las guerras carlistas del siglo XIX. Sus verdaderos orígenes se remontan en el tiempo a la conquista de un Estado vasco independiente, Navarra, de su ocupación y sometimiento, según el título del  libro de Pedro Esarte, y de lo que supone a todos los niveles la pérdida de la soberanía política.

    La superación democrática del conflicto y la presencia del pueblo vasco como sujeto en el mundo exige que nos planteemos con seriedad la (re)constitución del Estado que fuimos capaces de construir y que nos fue injustamente arrebatado.



    1512KO UDA


    1512ko uztailaren 19an (zer dakarkigu gogora egun honek?), espainiar armada Nafarroako Erresuman sartu zenean, Sakanako biztanleek harridura eta batez ere beldurra sentitu zutela pentsa daiteke. Tropen igarotzea oso azkarra izan zen; uztailaren 22an Uharte-Arakilen eman zuten gaua eta, Erronkariko 600 biztanlek Oskian aurre egin bazieten ere, 23an Iruñera iritsi ziren. Arazurin eman zuten gaua, eta 24an Iruñeko Taconeran. 25ean hiriburuak amore eman zuen, konkista indarren nagusitasuna ikusirik: biztanle bakoitzeko 4 gerlari zeuden. 5.000 biztanle, armamentu eta teknika militar berritzaileak zerabiltzan 20.000 soldaduko armadaren aurka.

    Hona hemen bertaratutako tropen tamainari buruzko aipamena: “gaztelar armada Gasteizen bildu zen. Fadrique Álvarez de Toledo, Albako bigarren dukea, zuten buruzagi eta kapitainen artean eskarmentu handiko militarrak ziren, Rengifo eta Villalba koronelak kasu. 2.500 zaldunek, 12.000 oinezkok, 1.500 lantzarik eta 20 artilleria-piezak osatzen zuten; gainera Antonio Acuña Zamorako apezpikuaren aginduetara zeuden beste 400 gizon zituzten lagun. Tartean ere, Bgayet (Afrikako iparraldean) lurraldetik ekarritako 750 gizon ziren” (Wikipedia).

    Litekeena da Sakanako biztanleak begien bistan zuten gertakari haien garrantzia historikoaz ez ohartzea. Gaur egun, ordea, badakigu gertakari haiek zoritxarrez beteriko epe luzea iragartzen zutela, berezko Estaturik gabekoa, subiranotasun eta independentziarik gabekoa. Nafarroa Espainiako gau luzean sartu zen horrela, eskasia eta gerra arrotzetan, askatasunik gabe eta bere hizkuntza eta kultura ukatuak zirela. Oraindaino.

    GUAIXE.NET 2011ko azaroak 11 (350. zenbakia)



    08 noviembre 2011

    CONQUISTA Y OCUPACIÓN DE NAVARRA (1512-1530)

    UN DEBATE HISTORIOGRÁFICO

    La guerra de ocupación militar del territorio y población que en 1512 permanecía como reino independiente de Navarra ha provocado, casi de inmediato tras su acontecimiento, una polémica interminable entre las interpretaciones enfrentadas. Incluso, desde algunos puntos de vista integrados en el más rancio nacionalismo español, se ha negado que la ocupación del reino de Navarra fuera una conquista. Un ejemplo histórico de esta posición extrema es la de Víctor Pradera (1922) en el primer tercio del siglo XX.

    En esta línea se encuentran quienes, además de Pradera, defienden el destino casi-eterno de Navarra como parte de España, desde la Iberia antigua o la Hispania romana, pasando por el reino visigodo de Toledo y su posterior quehacer conjunto con el resto de reinos peninsulares en la Reconquista frente al moro. Esta línea de pensamiento llega a afirmar que en el conflicto de 1512 quienes defendían los auténticos intereses de Navarra eran los que apoyaban a Castilla. Esto, dicen, por dos razones: la primera por lo ya expuesto del eterno destino español de Navarra; y la segunda, porque de no ser así, habría caído en manos de Francia; es decir, afirman que quienes luchaban contra Castilla lo hacían a favor de Francia. Según ellos, en aquel momento crítico no había navarros; sólo españoles, buenos, y franceses, malos.

    Sin incurrir en un extremo tan poco respetuoso con la realidad histórica de Navarra, siempre ha habido una versión que culpabilizaba a los propios navarros de la conquista. Sus conflictos internos, guerras civiles, habían conducido al reino a una situación de ingobernabilidad no sostenible. O se integraba en España o era recuperado por Francia. Según esta interpretación, Navarra era un Estado sin sentido; tal vez no era tan siquiera un Estado.

    No obstante, ya desde el fragor del mismo conflicto militar de 1512, el capitán castellano Luis Correa (1513) interpretaba los hechos de los que fue protagonista como una conquista militar pura y dura. Para suavizar este relato y darle un matiz amigable, tras la “incorporación” del reino a la Corona castellana en las cortes de Burgos de 1515, algunos hablaron de unión equae principal”, entre iguales. En aquellas cortes no estuvo presente ningún navarro. Además, según Idoia Estornés en la Enciclopedia Auñamendi, al principal heredero ideológico de Víctor Pradera, Jaime Ignacio del Burgo (2000):

    Puede considerársele el padre de la muy dudosa fórmula jurídica union aeque principal invocada por los historiadores apologéticos navarros para caracterizar la incorporación del reino de Navarra a la corona de Castilla (1515), sintagma que no figura en el documento de incorporación ni en los posteriores, hasta 1645 en que aparece la fórmula unión principal, que es completada en la segunda mitad del s. XIX con el adverbio latino aeque.

    La ocupación y sometimiento del reino a Castilla produjo una organización política peculiar, en la que, a pesar de la subordinación de las instituciones propias, la cultura política generada por siglos de independencia, desarrolló otras nuevas, como la Diputación del reino o el Consejo Foral, de una relativa eficacia para afrontar la nueva situación. La realidad en la que sobrevivió la parte del reino del sur del Pirineo sometida a Castilla, la Alta Navarra, fue de un constante y solapado enfrentamiento. Basta con consultar los Cuadernos de Agravios de las Cortes, reunidas con inusual frecuencia durante los siglos XVI, XVII y XVIII, sobre todo frente a las de los otros reinos “integrados” en la monarquía hispana, como las de Castilla o las, más importantes, de la Corona de Aragón: Aragón, Cataluña y Valencia.

    En esta época surge la justificación de los diversos sistemas políticos de Vasconia como ‘pacto’. Las cortes del reino, frente a los relatos que estaban surgiendo en España sobre la realidad histórica y política de Navarra, encargaron al jesuita Moret la redacción de su historia. De ahí surgieron los famosos “Anales del reino de Navarra”, completados por el también jesuita Alesón. En efecto, las historias de Mariana con relación a Castilla, y Zurita con Aragón, en las que la realidad de Navarra era expuesta dentro de un marco de intereses ajenos, forzaron a que las Cortes de Navarra intentaran elaborar la propia y desde su particular centralidad. En la obra de Moret aparece con claridad la historia nacional de Navarra y de su conquista, aunque para “salvar los muebles” acepta la teoría del pacto como modelo por el cual Navarra se “incorporó” a Castilla, manteniendo sus instituciones.

    En el siglo XVI y coincidente con el afianzamiento del sistema foral vascongado, Garibay expuso una teoría basada en el pacto de las Provincias con Castilla y de modo semejante justificó el estatus de la Alta Navarra tras la conquista y su relación pactada con Castilla. Muy distinta es la versión del zuberotarra y síndico de Donepaleu, Oihenart, que habla de “injusta usurpación y retención de Navarra por los españoles”. Es de reseñar el veto que encontró Oihenart, por parte de las autoridades de ocupación españolas, al presentarse en Pamplona con el fin de estudiar los archivos correspondientes a esta etapa

    Como se ve, desde el siglo XVII ya se presentan, cuando menos, tres interpretaciones de la conquista de Navarra. La primera, directamente asimilacionista, es representada por los historiadores al servicio del poder de la monarquía española. La segunda, la pactista, está representada por quienes servían al mantenimiento del statu quo del reino dentro de la misma, pero desde unos intereses que se podrían llamar como de compromiso. La tercera, elaborada en esa época desde los territorios de una Navarra independiente y libre, es la que considera injusta la conquista y ocupación de la parte sur del reino.

    Esta polémica despertó de nuevo a finales del siglo XIX y en el primer tercio del XX, con motivo de la reivindicación de la “reintegración foral plena”, es decir la vuelta a la situación anterior al final de la primera Guerra Carlista en la que, al menos sobre el papel, se mantenía el sistema foral vasco, tanto el del reino como los de las provincias. Esta pérdida fue un proceso iniciado, tras el Convenio de Bergara, en la “Ley de Confirmación de Fueros” de 25 de octubre de1839, con la expresión “se confirman los fueros de las Provincias Vascongadas y Navarra sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía”. Culminó con las leyes abolicionistas de de 1841 para Navarra y de 1876 para Vascongadas. Esta exigencia de reintegración foral coincide con el auge de los movimientos nacionales en Europa, del que no son ajenas las posiciones bizkaitarras de Arana Goiri. Con la citada ley de 1841, Navarra perdió su estatus formal de reino para pasar a ser una provincia española, por mucho que se dijera “foral”.

    En esta época surgieron en la Alta Navarra dos bandos: los “cuarentaiunistas” y los “anticuarentaiunistas”. Los primeros defendían que la ley de 1841 fue positiva para Navarra, mientras que los segundos planteaban su negatividad. Esto cristalizó en las dos visiones de la historia que ya venían de antiguo. Incluso dentro de la primera tendencia, los partidarios de la ley de 1841 presentaban dos aspectos: el pactista vergonzante que aun aceptando el hecho de la conquista como factor negativo, valoraban positivamente el nuevo “pacto” que supuso dicha ley, y los que como el ya citado Víctor Pradera pensaban que los navarros que lucharon por su independencia eran, en realidad, enemigos de Navarra. Los contrarios, anticuarentaiunistas, opinaban como Oihenart que la conquista había sido injusta y contraproducente en todos los aspectos de la vida social y política, y los efectos de la ley de 1841, negativos. Entre estos se encontraba Arturo Campión.

    El debate, que se ha mantenido hasta nuestros días, sigue vivo. Gracias a la enorme y sólida documentación puesta en valor por historiadores solventes y serios sobre la realidad y violencia de la conquista, no quedan en Navarra, en la práctica, historiadores que defiendan la extrema teoría de Víctor Pradera, aunque hay sí políticos, como el antes citado J. I. del Burgo. Las posiciones más comunes se dividen entre los que siguen manteniendo la aceptación positiva de la ley de 1841, anulada y, según ellos mejorada, por la ley de “Amejoramiento Foral” de 1982 y los que continúan en la defensa de la soberanía original de Navarra injusta y violentamente arrebatada en la conquista y ocupación de las guerras de 1512-30.

    Una vez más es el presente, las opciones políticas actuales, el que condiciona la investigación histórica y la exposición de los hechos. Ante la abrumadora cantidad de documentación y testimonios presentados por quienes sustentan que fue una conquista y ocupación en toda la regla, los que defienden el actual estatus de Navarra van retrocediendo posiciones. Hace pocos años todavía era difícil que un historiador de la Universidad del Opus Dei hablara de “conquista”. Recientemente lo ha hecho el anterior presidente de la Comunidad Foral, Miguel Sanz (2011).

    Texto publicado en HARIA 29. Noviembre 2011