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19 julio 2012

MEMORIA DE DONOSTIA



Hay un testimonio, citado por Egaña en su último libro, que me ha resultado de especial interés. Se trata del de José Ignacio Sagasti, refugiado en Usurbil durante el sitio y asalto de Donostia, que escribió en una de sus cartas: “Reinando el partido que se llama servil se echará tierra a nuestras justas y lamentables reclamaciones y harán de nosotros lo que hacen de los indios”. Con su lectura me ha venido a la memoria la anécdota narrada por otro historiador navarro, amigo también, sobre una frase pronunciada en el Archivo de Navarra por la también historiadora María Puy Huici, referida a la ocupación de Navarra tras la conquista de 1512: “¡Nos trataron como a los indios!”. La expresión denota en ambos casos un contenido semejante a pesar de los tres siglos transcurridos entre los dos hechos históricos referidos.

El tratamiento dado al reino de Navarra tras la conquista de 1512 y las consecuentes ocupación y subordinación de todo orden, fueron similares a los empleados por el imperio español en Canarias, Granada, América… ¡Como a los indios! Colonizados. Las distancias que median, no sólo en el tiempo, tres siglos, sino sobre todo en lo que suponía la anulación del Estado de los vascos, un reino con 700 años de independencia y soberanía, frente a una simple ciudad, son grandes. No obstante, San Sebastián había gozado durante el siglo XVIII de un estatus económico alto, gracias sobre todo a los negocios de la Compañía Guipuzcoana de Caracas; era una ciudad relativamente importante, sobre todo en el entramado vascongado de la época.

El asunto central es que en ambos casos estamos hablando de la misma sociedad. En el primer caso se trata de su Estado independiente y en el segundo de una de sus poblaciones más dinámicas, pero se trata del mismo pueblo, del pueblo vasco. La consideración que merecía al conquistador, al ocupante, directamente activo o por instigación y abandono más tarde, es el de una simple colonia. Un siglo después de la conquista de 1512, Pamplona seguía como plaza de ocupación militar por los ejércitos españoles. A Donostia, tras 1813, se le negó todo tipo de ayuda para su reconstrucción, que tuvo que llevarse a cabo con el esfuerzo de sus pobladores y los de toda Gipuzkoa. En 1815, según reseña Egaña, los militares españoles continuaban ocupando las casas que seguían en pie en San Sebastián.

El último libro de Iñaki Egaña transcurre por estos derroteros. Por un lado, narra los acontecimientos que sufrió Donostia en el verano de 1813; por otro, destripa las entrañas que hicieron posible el conjunto de barbaridades descritas, lo explica con todo género de detalles. El amplio desconocimiento de lo acontecido en San Sebastián o, por lo menos, de los auténticos responsables del desaguisado, convierte el libro de Egaña en un trabajo de referencia.

Tras su lectura quedan claras por lo menos tres cuestiones. La primera, que la toma de San Sebastián por las fuerzas anglo-portuguesas conllevó tal cantidad de muertes, violaciones, robos y tropelías en general que, unidos al incendio generalizado, llevan al autor a afirmar que fue “la mayor tragedia en la historia de la ciudad”. En segundo lugar, que la actuación de las tropas conquistadoras estaba cantada; se sabía de antemano que llegaban a Donostia con ánimo de esquilmar y arrasar. Y en tercero, pero no por ello  menos importante, que Castaños y todos los mandos, militares y políticos, españoles estaban al tanto de lo que se preparaba y no sólo no lo impidieron sino que lo azuzaron en contra de los “traidores guipuzcoanos”, por afrancesados dijeron, cuestión incierta por otro lado.

El libro, como todo lo que escribe Iñaki Egaña es muy ameno, de fácil lectura. No soy particularmente experto ni en la época ni el asunto, pero da la impresión de ser riguroso. Los capítulos son muchos y, en general, cortos, lo que permite una cómoda lectura a trozos, sin perder el hilo del conjunto. Es previsible que, al reclamo del segundo centenario, se publiquen más trabajos sobre el asunto, pero que, a nivel de divulgación de lo sucedido aquel triste verano, será difícil que lo superen. Un trabajo, a mi juicio, importante para ayudar a recuperar la memoria histórica del conjunto de Euskal Herria y no sólo la de la población de la capital guipuzcoana, aunque fuera ella la sufridora de los agravios.

  
Referencia bibliográfica

Iñaki Egaña. 
Donostia-San Sebastián 2012. Txertoa Argitaletxea

22 febrero 2007

¿A DÓNDE VAS DONOSTIA?

Son estas unas reflexiones surgidas tras la lectura del conjunto de “Proyectos estratégicos” propuestos por el Ayuntamiento de Donostia y buzoneado con profusión por la ciudad (80.000 ejemplares, según consta en el mismo)

Desconozco quién o quiénes pueden asesorar al Ayuntamiento donostiarra en estos asuntos, pero lo que si quedan claras son, por lo menos, dos cuestiones: la primera que parecen ignorar temas tan decisivos en el entorno donostiarra como el del “paisaje”, un elemento definitorio fundamental de nuestra ciudad, y la segunda, su aparente sometimiento a los intereses de la construcción masiva y sin referencia al lugar concreto en el que se propone. En muchas ocasiones ambas van tan unidas que es imposible su deslinde. Esto hace suponer que la primera limitación, la paisajística, se produce por su subordinación a la segunda, la “constructiva”.

El primer elemento, clamoroso de por sí, lo constituye el proyecto de “Puerto deportivo” en pleno Paseo Nuevo, ocupando la zona del antiguo “Rompeolas”. Semejante dislate paisajístico sólo encuentra equivalente en el proyecto de “Puerto exterior” de Pasaia en Jaizkibel, promovido por la Diputación de Gipuzkoa al servicio, en mi opinión, de intereses cuando menos raros. Con el agravante de la ubicación urbana del donostiarra. Al margen de los beneficios relacionados con el sector de la construcción en ambos y el de un determinado tipo de turismo, además, en el Donostia, mi limitada mente no acierta a entender de dónde pueden proceder tan disparatados proyectos.

Muy próximo a este desaguisado se encuentra otro de los proyectos “estrella”: la “Pasarela de Mompás”. El terreno ya no es urbano, pertenece a un entorno, como es el del monte Ulía, periubano pero todavía lo suficientemente agreste como para no ser recomendable desde el punto de vista paisajístico una intervención del calibre propuesto. Siempre ha habido senderos que desde la Zurriola conducen, con más o menos dificultades, a la punta de Mompás. Una cosa es acondicionarlos, mantenerlos accesibles y permitir un tránsito peatonal de tipo “excursionista”, con anchura de un metro aproximadamente y con posibles “ayudas”, pequeños puentes por ejemplo, en tramos que presenten dificultades y otra, muy distinta, construir una “autopista” con una “anchura mínima de 5 metros”. Por mucho que la intenten revestir de “respetuosa y ecológica”, es lo que es: una autopista que va distorsionar por completo la zona. Y además con la propuesta de una escultura, como si no bastara la propia belleza de las rocas de Mompás donde rompen las olas del Mar de Bizkaia.

Otro proyecto, en mi opinión grave y de supeditación a los intereses del ladrillo, lo constituye el de Morlans. Este barrio presenta una ubicación muy especial y una urbanización realizada “a salto de mata”, pero tiene su encanto y un relativo entronque en el paisaje formado por el Parque de Aiete y el vecino, y ya desfigurado, Puio. El “proyecto” consiste en una urbanización estándar, sin personalidad, y que igual que en Morlans podría ubicarse en Pernambuco o en Melbourne. El Morlans actual puede mejorar mucho, pero pienso que debe ser con respeto a su fisonomía, a su personalidad actual.

Pienso, también, que son muy peligrosas las intervenciones sobre tramos fluviales (“Parque fluvial del Urumea”), sobre todo en zonas todavía no urbanizadas. El río se puede transformar en “canal” y perder gran parte de su riqueza como biotopo, además del, de nuevo, drástico cambio paisajístico.

Como consuelo he comprobado que los nefastos preproyectos recientemente propuestos para Sagüés han desaparecido de las previsiones del Ayuntamiento donostiarra.

Es evidente que, por su propia constitución e historia, las ciudades son organismos centrados en las personas y que están diseñadas pensando en sus necesidades e intereses No obstante, como reflexión general planteo que muchos de los proyectos previstos tienen una visión antropocéntrica, sí, pero puesta en la persona como elemento consumidor o admirador del consumo. La mayor parte de los donostiarras no tendrán capacidad adquisitiva para tener un barco ni un lugar en el famoso “Puerto deportivo”, pero se vende la idea de que eso contribuirá a que Donostia sea una ciudad “con gancho”, aunque pierda uno de sus más maravillosos paisajes y espectáculos como son las olas batiendo en el Paseo Nuevo.

En estos proyectos, tal vez demasiado “faraónicos”, no se plantea la belleza intrínseca de un paisaje, su goce estético, tan sólo si “sirven para algo”, si tienen una utilidad mensurable en términos crematísticos (turismo consumidor, por ejemplo). Y si cuentan con la escultura de un creador de renombre, mejor. Se olvida el disfrute personal de la sensación del momento, en cada época del año o con cada situación: sol, lluvia, atardecer, luna llena, etc. y los recuerdos y añoranzas que cada uno puede asociar al mismo.

Prefiero no entrar en este comentario en los debates sobre “ecociudades” o “ciudades bioclimáticas” en cuyas ofertas normalmente se incluye de todo menos sostenibilidad real y planteamientos verdaderamente ecológicos. Creo que deben ser objeto se debates serios, técnicos y ciudadanos, en los que prevalezca el interés común; aunque me temo que seguiremos, por desgracia, en manos de ladrilleros y cementeros.

Puede haber personas que ante las presentes reflexiones piensen que estoy propugnando una visión estática y contraria al “progreso”. Creo que son personas que confunden “progreso” con “crecimiento económico”; que, en muchas ocasiones será económico, pero, en la mayor parte, ni tan siquiera “crecimiento” y menos “progreso”. Las ciudades deben evolucionar y para ello hay que urbanizar, pero hay muchas formas de hacerlo y la más simple es que se haga bien o se haga mal. Y en Donostia, según los planes presentados en el folleto citado, parece que se va a hacer muy mal.

Como reflexión general creo que Donostia carece de un proyecto amplio de lo que queremos que sea como ciudad de futuro. Ya sabemos que se plantea como “capital cultural”, con sus festivales de Cine y de Jazz, su Quincena Musical etc. Pero hace falta algo más. Una ciudad debe ofrecer una perspectiva propia que integre su historia, su cultura particular y la participación en la de su entorno, como puede ser en nuestro caso en la de la Costa Cantábrica y, sobre todo, en la del país del que forma parte: Euskal Herria, Vasconia, Navarra, tanto da, y de su proyección hacia el futuro. Una visión que ponga en valor e integre orgánicamente los elementos geográficos, paisajísticos y culturales de que dispone.