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24 julio 2020

UNA CALLE AL REY JUAN CARLOS

Reina Maria Cristina
Hace unas semanas, el alcalde de Gasteiz anunció el propósito de retirar el nombre del rey Juan Carlos de una calle de su ciudad. No es para menos, a la vista de los escándalos -en plural- que están apareciendo en torno a la figura del borbón, sobornos, cobros de comisiones, cuernos, corruptelas, testaferros, cuentas ocultas… Eso sin contar sus vínculos con Franco, la dictadura, el 23-F, etc. La razón que aduce el alcalde es que “ese señor no se merece una calle”.

Quizás sería más apropiado pensar a la contra y, en justicia, darle la vuelta al argumento. Quien no se merece esa afrenta es la ciudadanía gasteiztarra, y es más importante la población que las eventuales alegrías de un putero ‘viva la virgen’. Desde que los parlamentarios de Herri Batasuna le cantaran el Eusko Gudariak y le recibieran puño en alto, este tarambana nunca ha gozado en nuestra tierra de buena prensa.

Pero la iniciativa de Urtaran, que ya era hora, da pie para una reflexión más a fondo. En efecto, el callejero de una ciudad (como se entiende en la observación del alcalde) forma parte del paisaje simbólico que nos llena la biografía de referencias documentales. El historiador francés Pierre Nora llamaba a estas referencias lugares de memoria, porque impregnan nuestra existencia de significados vinculados al pasado y a sus interpretaciones. Como podemos suponer, las autoridades se encargan de seleccionar estos nombres y personajes históricos con exquisito cuidado, porque marcan con su huella la vida cotidiana que transcurre entre ellos, y al quedar en la memoria cargan la identidad de las poblaciones con un poso indeleble.

Si pasamos de Gasteiz a Donostia, esta observación nos lleva a contemplar el callejero con sorpresa. Con incredulidad incluso. Tenemos Reyes Católicos. Reina Regente. Isabel II. Plaza Alfonso XIII, Avenida Carlos I. Puente María Cristina. Alfonso VIII. Reina Victoria Eugenia. Infante don Juan (padre de Juan Carlos I, por cierto), Infanta Beatriz. Infante don Jaime. Escolta real… ¿Qué tiene la realeza española para que esté tan presente en nuestro imaginario, en calles, direcciones postales, en domicilios y recuerdos familiares? Con las palabras de Urtaran, ¿por qué -nos preguntamos- se han merecido esos ‘señores’ de la realeza, fulanos con corona, cabezas visibles del imperio hispánico, miembros de las élites más despreciables de la historia, unas placas honoríficas entre nuestros portales? ¿Qué han hecho por nosotros? ¿Qué autoridades hemos tenido en la capital guipuzcoana, lacayos al servicio de los monarcas que ahí se nombran, corruptos, putañeros, esclavistas, representantes de la violencia del imperio, para otorgarles la distinción de nuestras plazas y avenidas más notables?

¿Por qué no hay una calle dedicada a los anarquistas que pararon a las tropas facciosas el mismo 18 de julio, las derrotaron en Amara y las devolvieron a sus cuarteles? ¿Por qué no hay en toda la ciudad apenas referencias a los sucesos, fechas, fusilamientos de la guerra del 36, aunque es una memoria cercana, viva, sangrante, que reclama conocimiento y reparación? ¿Por qué apenas se descubre ningún atisbo de los orígenes navarros de esta población, su lengua vasca, su vinculación al territorio que nos rodea, siendo capital de Gipuzkoa, corazón de Euskal Herria?

Si paramos en ello, descubrimos que ese callejero nos cuenta un relato. Pretencioso. Servil. Ajeno. Una historia de vidas ejemplares destacadas por su celebridad y sus supuestas virtudes. Y es una historia de España, del poder colonial. Los borbones, sus generales, sus santos patronos, la gloria del imperio que fue, la descomposición, el expolio, la esclavitud disimulada, escondida bajo los laureles, la barbarie de la imposición de la lengua… No hay en ese escenario lugar para nuestras gentes, para las mujeres violadas y asesinadas en 1813. No hay relato de país, ni del trabajo, ni la cultura… Ni hay sitio para Mikel Gardoki, que luchó contra la dictadura y por la independencia (que eso no se permite); franquistas del PP le tildaron de terrorista y culpable; le quitaron la calle. Ni hay espacio para Txillardegi, uno de nuestros intelectuales, porque la inquina y el odio le persiguen más allá de la muerte.

Las calles de Donostia huelen a Franco, a Juan Carlos, a Alfonso XIII; a desmemoria; y a borbones. Los donostiarras no nos merecemos esa basura en las calles.


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Firman este escrito: Luis Mª Martínez Garate, Angel Rekalde, Arantza Amunarriz, Gurutz Olaskoaga, Iñaki Arzak, Jose Ignazio Indaberea, Inaxio Kortabarria, Josu Tellabide, Luis Gereka

30 abril 2020

AIRES PROVINCIANOS


Whatsapp cunde mucho en esta etapa de confinamiento. La voracidad del Estado español, también. Esta mañana he recibido un reportaje sobre los sanfermines de 1946, lleno de nostalgia, realizado por el ‘NODO’. El ‘Noticiarios y Documentales’ (NODO) era en los años de la postguerra española lo más parecido a un Telediario actual. Contaba noticias a su estilo; el oficial, claro. Y sobre todo hacía propaganda; del Régimen, por supuesto. A pesar de todo en su colección hallamos reportajes de gran valor etnográfico e histórico. Como en este caso. Además de nostalgia, se perciben aires de otra época.

Ayer recibí, de otro amigo, una grabación del economista oficial de La Vanguardia, José María Gay de Liébana, sobre el camino que debe recorrer la “economía española”  tras la crisis de Covid-19. La receta consiste en volver a… ¡1946! Un retorno a la autarquía, al proteccionismo, al aislamiento, vuelta de las empresas deslocalizadas hace unos años por la globalización. En suma, el nacionalismo en su práctica más depurada. Pensaba en Juan Antonio Suanzes, ministro de Industria y Comercio con Franco desde 1945, fundador y primer presidente del Instituto Nacional de Industria (el famoso INI). Le siguió Gabriel Arias-Salgado a partir de 1951, que en 1962 fue sustituido por Alberto Ullastres. Este último no sólo supuso un cambio personal sino, sobre todo, de orientación política. Era el aterrizaje del Opus Dei, su concepción tecnocrática de la política y la economía con la mirada puesta en Europa, la OTAN. Entre la apertura y la aventura… franquista.

Aparte de la época a que nos remiten estas anécdotas, hay un tercer hecho que también nos devuelve a aquella autarquía significada por un nacionalismo de tres al cuarto. A 1946 e incluso más de un siglo atrás. En 1833 se decidió, de la mano de Javier de Burgos, la división del Estado español en “Provincias”. Una mala copia del modelo departamental francés. No fue exactamente igual, se respetaron algunos nombres históricos, aunque se crearan otros nuevos (Logroño, Santander…) y se adoptaron repartos territoriales en torno a una capital; se destrozó el modelo catalán de “veguerías”, etc. etc. Pero esa copia perseguía idéntico objetivo al francés. Crear unas administraciones con el mismo régimen político y atribuciones reducidas, uniformes, todas sometidas de igual modo a la férula madrileña, a su nacionalismo de imitación recién estrenado.

A pesar de los cambios sucesivos en el Estado español (República Federal en 1873 con Pí i Margall de presidente, nueva gestión de Cataluña con la ”Mancomunitat” en 1914, Segunda República en 1931 y sus estatutos, Estado de las Autonomías en la Constitución de 1978) siempre, siempre, se mantuvieron “las Provincias”. La división territorial de Javier de Burgos siempre ha estado vigilando, agazapada o no, pero presente y diligente.

Y hoy más que nunca. La idea de dominio y control está unida a su concepto. Como bien ha escrito en fecha reciente el profesor Pérez Royo, el Estado español es hoy un Estado unitario en su origen (Constitución de 1978 que se basa en la unidad de la nación española en la cual reside la soberanía única), aunque en su organización adopte un formato autonómico. Teóricamente. Cuando algo chirría en la relación Estado-autonomías, siempre prevalece el Estado, la nación española, su soberanía. Y su expresión práctica, ahora como siempre, resurge en “las Provincias”. Las provincias son el recurso del que echa mano el Estado cuando necesita hacer valer su poder ante las incómodas naciones que mantiene sometidas. Las divide. Las desarticula. Es su as en la manga. Funciona con pequeños enchufes burocráticos que recompensan y manipulan las indigentes élites provincianas.

Con el retorno de “las Provincias” de nuevo prevalece el principio clientelar del Humpty-Dumpty de Alicia: “lo que cuenta es saber quien manda”. Vamos, “la autoridad competente”


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08 julio 2013

ELOGIO DE MAQUIAVELO

La Toscana ofrece, en una determinada época, una concentración de personalidades en los ámbitos artísticos (literarios, pictóricos, escultóricos, arquitectónicos) e intelectuales sin parangón en la historia de la humanidad, tal vez sólo comparable con la Grecia clásica

Citar a Maquiavelo equivale a hablar de política. No de la política entendida como el latiguillo sinsorgo del “arte de lo posible”, ni de posturas que, afirmando defender la “ética”, se manifiestan implícitamente a favor de un estatus político construido y afirmado sobre la violencia histórica y la injusticia. Acudir a Maquiavelo supone devolver a la política su sentido prístino de confrontación social, de un modo de plantear los conflictos sociales en su realidad más cruda, violenta, pero sin llegar al siguiente escalón que otro político realista –Von Clausewitz- afirmó era la guerra.

Cuando la realidad social manifiesta ausencia de un consenso básico sobre el marco en el que se desarrollan los conflictos y sus reglas de juego, como es el caso de Navarra en la actualidad, la confrontación se expresa en el campo de la política real, en el campo de la relación de fuerzas sociales en presencia, Lenin, dixit. Es en este terreno en el que formulan su capacidad de explicar y comprender la realidad social los Maquiavelo, Hobbes, Clausewitz, Lenin o Brzezinski.

Hilando con el comienzo, hay que decir que Maquiavelo es uno de los principales representante de ese apogeo toscano del siglo XVI. Maquiavelo fue un maestro a la hora de sistematizar la forma de pensar y actuar, real y profunda, de los “príncipes” de su época. Los médici florentinos sí, pero sobre todo el gran falsario que conquistó y ocupó Navarra en 1512, Fernando II de Aragón.

La selección de artículos de Angel Rekalde que ha publicado Nabarralde con el título “Elogio de la Toscana” bien podía llevar por título “Elogio de Maquiavelo”. Rekalde nos presenta un recorrido cronológico de artículos publicados, desde 2004 hasta hoy, en diversos medios de comunicación impresos en nuestro país. El libro, que incluye un buen prólogo del periodista catalán Toni Batista, es una antología en la que sobresale la vena de política real que caracteriza a su autor. Analiza aspectos relacionados con el mundo institucional (fronteras, legitimidades...), simbólico (banderas …) o con la visión histórica y memorial de nuestro país que influye de manera determinante en el modo de plantear los conflictos abiertos en el presente y tan menospreciados están por quienes controlan los medios propios. No olvida aspectos políticos del mundo en el que estamos inmersos y que tanto condicionan nuestra perspectiva de futuro. Incluye análisis de la más rabiosa actualidad que prefiero no concretar más, de modo que quien lea este comentario tenga un aliciente para su pronta lectura.

Como corresponde a un escritor de profesión, está muy bien escrito. Rekalde es un todo terreno literario: novela, reportaje, artículos de prensa, trabajos como sociólogo, o como historiador (a la fuerza) y, no hay que decirlo, su libro se lee de manera muy agradable y didáctica. Es una recopilación altamente recomendable para los que pretendan una aproximación a los debates políticos que han marcado a Vasconia en esta última década; pero, sobre todo, a quien aspire a alcanzar una visión amplia de lo que se cuece en el fondo de la política de Navarra de los comienzos del siglo XXI.

Referencia bibliogáfica

Rekalde, Angel. “Elogio de la Toscana. Papeles para un país indocumentado”. Pamplona-Iruñea 2013. Nabarralde


13 mayo 2011

UNA REFLEXIÓN POLÍTICA

La actual estructura básica del Estado español es prolongación directa del sistema creado a partir de la sublevación y guerra consiguiente de 1936, en la que triunfó un modelo fascista. El vodevil que se desarrolló tras la muerte en cama del general y dictador Franco fue bautizado por sus protagonistas como transición democrática, cuando en realidad no depuró ninguna de las responsabilidades de su régimen y todos los poderes sociales y del Estado siguieron en las mismas manos. A la hora de definir la forma de su “nuevo” Estado optaron, en buena lógica, por seguir el modelo unitario del franquismo. En ningún momento se planteó como elemento democrático básico el reconocimiento, previo a cualquier nueva organización, de la existencia de las realidades nacionales vasca y catalana aceptadas, sobre todo de hecho, desde los tiempos de la 2ª república española y la guerra. Este axioma originario implica la inexistencia política práctica de Navarra o Cataluña. En su sistema no existen tales entidades políticas, si no es como “partes” de ese todo que es España. No existe ni el “pueblo vasco” ni el “pueblo catalán”, sólo el “español”, que es el que funda la legitimidad del entramado jurídico y legal de su Estado. En realidad fue una transición intratotalitaria en la que la sedicente oposición democrática lo único que hizo fue aceptar sus premisas y entrar en el juego. La constitución de 1978 refrendó, legal y jurídicamente, una estructura de poder y unas relaciones de fuerza previamente existentes, definidas y consensuadas entre el fascismo y la “oposición”.

Al principio, el “nuevo” régimen tuvo preocupación por los núcleos democráticos resistentes, sobre todo en Navarra y Cataluña. El PC y compañeros fueron rápidamente fagocitados. La sumisión inicial de las fuerzas catalanas resultó bastante sorprendente, pero así fue y hoy es el día en que están apareciendo estudios sobre aquella etapa y las cesiones que hizo Cataluña, como por ejemplo el reciente de Patricia Gabancho (2011). Los poderes del Estado español temían más la virtualidad vasca. Su previsible capacidad de movilización y oposición fue dilapidada en sucesivas convocatorias a votaciones y en la complementaria actuación de los “institucionalistas armados y no armados” (Iparla, 2011) En cuanto la “oposición vasca” aceptó la participación electoral en las votaciones convocadas y se descubrieron sus resultados, el régimen perdió el miedo. En las primeras elecciones tras la muerte del dictador, en 1977, hubo una abstención importante, aunque no multitudinaria. Menos aún, boicot. La trayectoria seguida desde entonces transcurre en una deriva cada vez más degradada. La subordinación total de cualquier poder, medio u organización a un ejecutivo apoyado indistintamente en sus fuerzas militares, policiales, judiciales y de intoxicación, expresa la realidad de su “división de poderes”. Es el reino de la arbitrariedad y de la corrupción. El Estado español impone su modelo castellanizante y homogéneo. Es, en resumen, un paradigma de Estado totalitario.

Todas sus actuaciones sobre Euskal Herria en los últimos tiempos (cierres de periódicos, ilegalizaciones de partidos y grupos etc.) remachan el mismo clavo pero no ofrecen novedad alguna respecto a situaciones pasadas. La naturaleza del régimen no se alteró por la anterior ilegalización de Batasuna, tampoco ha cambiado por la no aceptación de Sortu y la actual legalización de Bildu. Se equivocan de fórmula quienes hablan de “volver a la normalidad democrática”. No se puede hablar de normalidad, y menos de democracia, en un sistema originado en una rebelión militar, una guerra y posguerra genocidas, una dictadura militar fascista de treinta y cinco años y una transición que incluye las premisas de todas ellas. No se puede definir como democrática la situación de un régimen totalitario en función de que permitan participar a determinados sectores o no. Su naturaleza antidemocrática es previa a estas decisiones. Por eso con Bildu e incluso Sortu legalizados (cosa que sinceramente deseo a estos últimos, si ellos lo quieren así), confiar en convencer razonadamente al régimen de lo justo de las demandas vascas, es una tarea condenada de antemano al fracaso. Esperar ganarles en lo que denominan “confrontaciones democráticas”, votaciones a las que llaman elecciones, supone jugar en un terreno contrario, con árbitro casero y compitiendo uno contra diez.

La única forma de hacer frente a esta difícil situación es constituirse en agente político de verdad, con capacidad de llevar a cabo un enfrentamiento estratégico con el Estado español sobre todo, ya que es el que controla la mayor parte de nuestra población y territorio. La capacidad y fuerza social del pueblo vasco ha sido probada repetidamente en la última etapa histórica, pero lo que nunca ha logrado alcanzar es una cualificación política. No es una cuestión de “unidad de las fuerzas vascas”, sobre todo cuando se refiere a los aparatos burocráticos en que se han convertido los partidos políticos. Es una cuestión de unidad estratégica que ponga en valor la capacidad de la sociedad navarra del siglo XXI para constituirse como sujeto político. Cualquier “unidad” que se realice formalmente pero sin contenido estratégico no sirve para nuestra emancipación. Puede generar una ilusión temporal, pero vacía de contenido y de duración breve. La ilusión es necesaria, pero no debe ser consecuencia de espejismos o alucinaciones, sino de la puesta en marcha de un movimiento social efectivo que haga frente positivamente a las continuas imposiciones del Estado español.

Esto exige dejar de lado partidismos y sometimientos, muchas veces inconscientes de tan habituales, y liberar nuestras propias perspectivas individuales y sociales. Exige un debate profundo y democrático entre las personas y agentes que estén realmente por la labor de alcanzar la emancipación de nuestra nación. Obliga a reconocer el logro de un Estado propio como principal objetivo democrático y aceptar que cualquier otra situación, aunque mejore la actual, sólo podrá ser tolerada y aceptada transitoriamente, pero nunca como meta final propia. Debemos elaborar nuestra particular “hoja de ruta” hacia la independencia, en la que la coordinación de esfuerzos y el aprovechamiento de todos los recursos que ofrece nuestra capacidad son factores imprescindibles para afrontar con posibilidades reales de éxito una confrontación social ineludible. Este camino debe ser recorrido con base exclusiva en nuestra fuerza, aunque podemos y debemos tratar de lograr complicidades y apoyos tácticos con otras naciones sometidas a los mismos estados, como es el caso de los Países Catalanes. De igual modo puede suceder con otros pueblos europeos en situaciones similares, como Escocia o Flandes por ejemplo.

La situación política de Navarra es de extrema gravedad y en inminente peligro de desaparición del conjunto de las naciones europeas. Nuestros enemigos son fuertes, confiados en sí mismos y legitimados internacionalmente. Tenemos urgencia en utilizar nuestro demostrado potencial, con inteligencia y democracia. Bien sé que es fácil decir todo lo anterior sin plantear alternativas concretas, sin indicar, o atisbar por lo menos, cuál puede ser el camino a seguir. Ésta es una reflexión que debemos hacer los vascos conjunta y democráticamente. Como ya he indicado antes, el objetivo es la consecución de un Estado propio. Es también evidente que dentro del juego de partidos y votaciones impuesto por el Estado español, nuestras posibilidades son, por el momento, nulas. Es asimismo obvio el potencial político de nuestra sociedad civil. La creación de las ikastolas al margen del sistema educativo oficial hispano, el montaje cooperativo de Arrasate, la inmediata “resurrección” de periódicos como Berria y Gara tras los “asesinatos” de Egunkaria y Egin, las manifestaciones que convocaron, el movimiento de insumisión frente al Ejército español y otros muchos, son logros que no están al alcance de cualquier sociedad.

Tenemos capacidad para llevar a buen puerto cualquier plante, boicot o resistencia, activa o pasiva. Podemos conseguir ser ingobernables. Necesitamos inteligencia para dosificarlo y plantearlo en etapas alcanzables y con objetivos realistas. En este camino debemos olvidar los beneficios y prebendas derivados de la participación incondicional en el régimen del imperio. Es imprescindible dotarnos de una clase política cualificada y de unos líderes insobornables, con capacidad e ideas claras. Habrá sin duda fallos, fracasos parciales e incluso retrocesos, pero el logro de los objetivos parciales que se planteen provocará ilusión y posibilitará acciones cada vez más potentes y arriesgadas. Hace falta que lo queramos realmente. La libertad no se regala, hay que conquistarla. Pero merece el esfuerzo.

NOTAS

Gabancho, Patricia. "A la intemperie: una memoria cruel de la transició catalana (1976-1978)". Barcelona 2011. Columna Edicions S.A.

Iparla 10. 2011.

14 mayo 2010

ALTERNATIVAS POSIBLES

Esta mañana me he despertado de repente, por completo, tras el periodo de duermevela que acontece tras el abandono del sueño, con la entrevista a Josu Erkoreka en Noticias de Gipuzkoa. La entrevista no tiene desperdicio, pero en el peor sentido de este concepto. La última pregunta y la consiguiente respuesta dan pena:

¿Qué se siente cuando la CAV ha hecho los deberes económicos durante años, tiene el menor nivel de endeudamiento del Estado español y casi la cuarta parte que la CC.AA. más endeudada, la valenciana, controlada por el PP, y ahora tiene que apretarse el cinturón como todas?

Se siente un inmensa frustración. Cuando se ha compartido espacio con otros que no hacen los deberes como se debe, son negligentes y nos arrastran a situaciones, como la actual, a las que, por nuestra gestión, no estábamos abocados, el resultado es muy frustrante.

En primer lugar, el emplazamiento que hace la pregunta ya está obligando a un marco fuera del cual parece que no existe vida posible, es decir el marco del territorio del actual Estado español y su régimen político y administrativo. En segundo, la respuesta, que no sólo acepta el marco con todas sus consecuencias, sino que plantea varias cuestiones que afectan gravemente al futuro de nuestro país.

Una: "cuando se ha compartido espacios con otros...". Compartir es algo que supone la voluntad de hacerlo. ¿Qué hemos compartido con España que sea voluntario? Lo único que conocemos son conquistas, ocupaciones y dominio, y eso no es "compartir", es soportar, o mejor, sufrir.

Dos: "...con otros que no hacen los deberes como se debe...". Cuando se hacen "los deberes" es porque alguien los ha impuesto. Antes de aceptar una imposición hay que negociar y para ello se debe tener poder suficiente y analizar conjuntamente los deberes que hay que hacer. En este caso, Erkoreka nos vuelve a convertir en elementos pasivos, sin ninguna capacidad de iniciativa, al albur de lo que decida quien gobierna el Estado español.

Tres: "...nos arrastran a situaciones... a las que, por nuestra gestión, no estábamos abocados...". Nos arrastran porque lo permitimos. Y si no estábamos abocados, es porque tenemos capacidad suficiente para hacer las cosas de otro modo. Cuando las hacemos, según Erkoreka, aunque sea por gestión (delegada, según la actual organización autonómica del Estado español) somos capaces de realizar un buen trabajo y, de hecho lo hacemos, en circunstancias completamente adversas.

Y cuatro, el resultado, según plantea Erkoreka, es frustrante. Erkoreka adopta una postura en la que la dignidad y la autoestima desaparecen y únicamente se manifiesta la sumisión y aceptación de la subordinación.

Pienso que la consecuencia lógica, en una situación adulta, de madurez, sería la de plantear claramente la necesidad de emancipación, la independencia como única solución digna. El logro de un Estado propio en Europa, y en el mundo, abandonando de una vez por todas el lastre que supone España para nuestra sociedad.

03 mayo 2010

INICIATIVA POR EL EUSKARA

LA FALACIA DE LA NAVARRA OFICIAL

Cuando tuvo lugar la transformación de la dictadura franquista en la actual monarquía, las fuerzas españolas que auspiciaban el cambio, integradas por los mismos franquistas y la vieja oposición, consideraron como una cuestión de Estado el estatus de Navarra, y en particular el del territorio que hoy denominan CFN. Por ello propiciaron el acuerdo entre los sectores socio-políticos que se habían impuesto en ella desde 1936 con aquellos otros de obediencia española a los que se calificaba de “izquierdas”, juntos todos en su proyecto de impedir que fraguase una solución soberanista. El acuerdo entre ambos sectores permitió la consolidación de una alternativa política cuya finalidad básica consiste en obstaculizar que la sociedad navarra tenga esta perspectiva como posible y deseable. Quienes básicamente representan esta posición, aquí y ahora, son los aparatos de partidos como UPN y su aliado de facto, el PSN; así como las burocracias de los sindicatos UGT y CCOO, con frecuencia al margen de los intereses o preferencias de sus votantes y cotizantes.

Los presupuestos ideológicos que apoyan el acuerdo entre estos grupos –de presunto origen diferente- fueron elaborados por los franquistas que controlaron Navarra desde 1936 y son continuación de los planteados a principios del siglo XX por Víctor Pradera. Se basan en la pretensión de que el territorio de la actual CFN constituye y representa al extinto reino de Navarra, sin ninguna vinculación histórica con los otros espacios territoriales que le fueron arrebatados por la hostilidad permanente de España y Francia; afirman que el citado reino se vinculó por su propia voluntad a España y que tal hecho no es resultado de agresión ni violencia y, finalmente, consideran los rasgos más profundos de la identidad navarra, especialmente la lengua vasca, el euskara, como elementos secundarios y en retroceso que es preferible abandonar.

El factor decisivo de esta situación es resultado de una decisión política tomada en las más altas cumbres de la política española; hablando claro, es una cuestión de (su) Estado. El conjunto de las fuerzas socio-políticas del Estado español estiman que lo que actualmente se conoce como Navarra constituye la pieza clave en la consolidación de una alternativa soberanista para el conjunto de la Nación Navarra, para Euskal Herria. Es en España en donde radica el problema. Quienes se dedican al juego social y político en Navarra son simples peones o delegados de sus jefes españoles. Es cierto, y no se debe minimizar, la convergencia de intereses existente entre las elites socio-económicas de Navarra con los generales del Estado español; pero el factor clave de la cuestión reside en el interés español por impedir el triunfo de la opción antes citada. Mediante esta política, España consigue imponerse como única alternativa visible a este espacio que considera vital para mantener sus opciones como un Estado europeo fuerte. Mantiene la pretensión de seguir explotándolo, como lo ha venido haciendo largo tiempo en beneficio de sus propios intereses. Percibe con claridad que la consolidación de la alternativa de un Estado navarro, viable en los territorios del antiguo reino, puede llevar a su fin al propio proyecto político estatal español.

Esta es la clave del denominado conflicto vasco, que no es otro que la oposición entre el actual proyecto de Estado español y la aspiración histórica, y actual, de los navarros a recuperar su soberanía, alcanzando una capacidad de autogobierno no supeditada a los intereses nacionales de otros estados. En el camino que enfrenta a las dos naciones aparecen conflictos menores, que únicamente tienen solución democrática, desde una perspectiva auténticamente navarra, con la liberación de la tutela española, o de cualquiera otra. La imposición española ha tenido lugar a través de un camino bien conocido: conquista militar, sometimiento institucional, expolio económico y –para culminar el edificio- la asimilación lingüística y cultural y la dilución de cualquier otro rasgo identitario nacional específico.

En el momento presente el conflicto se desarrolla principalmente en dos terrenos. El primero consiste en el control de los recursos de todo tipo que constituyen nuestro activo nacional, el otro es la franca lucha desatada por España en contra del euskara, elemento que en mayor medida identifica a la nación navarra a nivel universal. En esta guerra participan las fuerzas políticas españolas de todos los colores, instituciones, intelectualidad y el conjunto de sus medios culturales, educativos y de propaganda. Desde nuestra posición se intenta, tal vez con demasiada frecuencia, que estas cuestiones se vean por su parte de una manera positiva. Los esfuerzos en esta dirección resultan inútiles, porque la cultura política española, basada en el uniformismo y supremacía total de lo castellano, percibe al euskara, así como al catalán o al gallego, como un competidor de su imperial idioma. Por otra parte, cualquier pretensión de potestad en el terreno económico, por nuestra parte, contradice las aspiraciones españolas de controlar los recursos, materiales e inmateriales, de Navarra.

Cuando en la actual CFN se contemplan las actitudes arbitrarias de UPN en contra de las aspiraciones soberanistas, muchas veces se concluye, con demasiada facilidad, que es resultado de su carácter autoritario, como remozados representantes delegados de la oligarquía española en Navarra. Pensamos que este modo de ver la cuestión es un error. Lo que diferencia a los aparatos de UPN y del PSN o a las burocracias de UGT y CCOO, no son sino matices de expresión. Todos ellos tienen el mismo proyecto coincidente con el del nacionalismo español, enemigo declarado de nuestra lengua, cultura y, en resumen, de nuestra soberanía. No podemos esperar actitudes de condescendencia en estas materias y los intentos de desdramatizar el conflicto, con el fin de hacer asumibles a los españoles soluciones intermedias, como por ejemplo un modelo confederal –o simplemente federal- de Estado, están llamados al fracaso.

EUSKARA

En el territorio de nuestra nación denominado CFN, según la actual organización administrativa del Estado español, y por parte de sus autoridades se manifiesta a diario una hostilidad abierta hacia la lengua vasca, sin diferencia entre los aparatos políticos o las burocracias sindicales. Prueba de ello son todas las medidas legislativas y prácticas, en muchas ocasiones de talante racista, con las que intentan asfixiar a quienes quieren vivir normalmente en euskara y, por supuesto a los que quieren aprenderlo. En este ámbito, el de la enseñanza de y en euskara y de su utilización en cualquier espacio público, hay que plantear como punto de partida fundamental e irrenunciable el hecho de que es nuestra lengua privativa, la lengua de todos los navarros, y por consiguiente un derecho general, independientemente de que lo conozcan y lo usen. No es un derecho exclusivo de los vascoparlantes, es de todos.

Ante esta situación consideramos necesario denunciar a quienes, desde su negación, propagan la idea de la politización de la lengua, cuando son ellos quienes, mediante su persecución, realmente la politizan, en el peor sentido del término.

Tampoco podemos aceptar algunos planteamientos que se realizan partiendo de “vivencias” individuales, con extrapolaciones elevadas a categoría universal, sin un verdadero contenido social y sin una consideración objetiva de nuestra realidad nacional. En este sentido, no es aceptable la crítica o menosprecio hacia las personas que, por la precaria situación política de nuestro país, no saben, o no conocen con suficiente profundidad, el euskara. Hay muchas personas que, tal vez, no puedan decir “mi patria es el euskara”, pero que son capaces de sentirla tan profundamente, o más, que muchos que lo conocen de forma “natural”, por transmisión familiar o por edad.

La actual situación de minoración de nuestra lengua y cultura, en todos los ámbitos en general, exige una rápida discriminación positiva. La estabilidad y desarrollo de cualquier sociedad en el siglo XXI tiene como base la cohesión interna y su soporte fundamental son la lengua y la cultura social y política propias. Ante los retos de la globalización y las migraciones, las sociedades con futuro son las que se pueden mostrar y trabajar con consistencia. Pensamos que la mejor manera, posiblemente la única democrática, de garantizar esta cohesión, a través de la lengua propia y de una cultura, en cambio permanente sí, pero enraizada en nuestra memoria histórica, es el logro de la soberanía mediante la recuperación de nuestro Estado histórico: el Estado de Navarra.

Ante la gravedad de los hechos denunciados en este documento, invitamos a todos los navarros a acudir a la manifestación convocada en Iruñea para el próximo 15 de mayo de 2010.

ITURRALDE ELKARTEA

Tasio Agerre, Beñi Agirre, Humberto Astibia, Eugenio Arzubialde, Mirari Bereziartua, Luís María Martínez Garate, José Miguel Martínez Urmeneta, Angel Rekalde, Marisol Ronkal, Mikel Sorauren

Iruñea, mayo 2010

05 enero 2010

POLÍTICA LAICA

Tras leer el estimulante artículo con el que nos despertó Mikel Sorauren, Identidad y burka, en el amanecer de 2010, considero interesante contribuir al debate iniciado con algunas ideas. Pocas, demasiado pocas, para la necesidad que hay en nuestro nivel más próximo, en Vasconia, en el de su entorno geopolítico, en Europa y el mundo occidental, y en todo el conjunto de la humanidad. Tampoco pretendo llegar a conclusiones, sino simplemente continuar la reflexión iniciada por Sorauren, dada su gran actualidad e interés.

Uno de los puntos de partida, para mí de difícil discusión, es la reflexión de que los logros políticos que habitualmente consideramos como democráticos corresponden a situaciones en las que la relación de fuerzas sociales se manifestó favorable a tales compromisos. No obstante, llegar a esos acuerdos, consensos o compromisos, por lo menos en el principal caso producido en la historia de la humanidad, ha costado largos y graves conflictos y sobre todo, sangre, sudor y lágrimas a personas y sociedades con nombres concretos.

Otro principio básico es, en mi opinión, que no valen los “angelismos”, es decir los falsos “pacifismos” o “no violencias” del estilo de la “alianza de civilizaciones”. La violencia es la “partera de la historia” (Marx dixit) y el conflicto forma parte indisoluble la trayectoria de la humanidad. Lo que sucede es que cuando el combate se manifiesta ruinoso para todos los protagonistas, se buscan soluciones de compromiso. La teoría de juegos, puesta en valor en los últimos años del pasado siglo, ha demostrado la superior capacidad de satisfacer y minimizar los sufrimientos a las partes en conflicto que conllevan las soluciones consensuadas o pacíficas, frente a las estrategias basadas en la pura venganza o “ley del Talión”. Aunque para llegar a ellas haya sido necesario probar la capacidad de movilización social, poder real, de cada una de las partes en conflicto y, sobre todo, no bajar la guardia tras los acuerdos alcanzados. Es la esencia de la democracia.

En Europa occidental, siglos de lucha y de elaboración de teorías acordes han desembocado en la situación actual. Entre los hitos más importantes en esta contienda se encuentran, desde el punto de vista político práctico, la superación de los conflictos religiosos en Europa surgidos tras la reforma protestante. La asfixia que suponía el catolicismo romano para el desarrollo industrial y comercial, basado en su negación de la libertad individual, hizo que los estados más comprometidos en este proceso (Países Bajos, Inglaterra y algunos estados alemanes, sobre todo) se rebelaran en su contra. A partir del fin de la Guerra de los Treinta años en el siglo XVII, la última gran guerra de religión en Europa, su mapa quedó fijado en dos zonas bastante estables, correspondientes a las áreas de influencia reformada y a la católico-romana.

El camino europeo fue muy largo y se vio atravesado por sufrimientos incontables. Todavía Voltaire, en pleno siglo XVIII, tuvo que batallar en contra de la intolerancia católica en el conocido “asunto Calas”, personaje ejecutado en 1762 como fruto de la misma. No obstante, filósofos británicos como Hume y Locke y los Ilustrados franceses, aportaron una inapreciable dosis de racionalidad al tratamiento de estos asuntos. En el mundo occidental una de las últimas manifestaciones de esta intransigencia fue la guerra de 1936-39, basada en una rebelión militar-fascista y declarada como “Cruzada” por la Iglesia Católica, en una época en la que la mayor parte de las sociedades occidentales eran ya laicas.

Otro mundo sobre el que reflexionar es el oriental: Japón realizó de una forma, también compleja y cruenta, su particular evolución hacia una sociedad laica. Su caso se veía favorecido por la presencia en la misma de unas concepciones religiosas no fundamentalistas y, además, muy variadas. Algo semejante sucede en la civilización china, en la que el sustrato confuciano presenta un buen soporte para alcanzar una forma no religiosa de entender la organización social. La India, como crisol de religiones poco inclinadas al monoteísmo y, por lo mismo, a soluciones teocráticas, constituye otra sociedad interesante en la que, a pesar de surgir conflictos religiosos con el monoteísmo musulmán, expresa una elevada laicidad política.

Las religiones monoteístas llevan implícito un principio totalitario: la existencia de un dios absoluto, dueño de vidas y haciendas y, en el fondo, gestor de toda la realidad, tanto natural como social. Aunque tal dios siempre se ha expresado y se expresa, ya que no puede hacerlo de de otro modo, a través de grupos y personas con unos intereses sociales, económicos y políticos absolutamente terrenales.

El absolutismo al que corre el riesgo de conducir el monoteísmo sólo tiene una salida democrática que es, precisamente, el equilibrio de fuerzas al que le puede llevar su coexistencia con otros grupos, bien sean laicos (ateos o agnósticos, por ejemplo), bien de religiones no monoteístas o incluso de otros monoteísmos y, sobre todo, sus relaciones con otras realidades sociales existentes en el resto del mundo. A partir de esas (auto)limitaciones obligadas es posible acceder a situaciones secularizadas en las que no sean los sedicentes representantes del “ser supremo” quienes impongan sus normas, sino que lo sea la propia sociedad organizada democráticamente de forma autónoma.

El mundo que, hipotéticamente, pudiera surgir de este equilibrio es casi seguro que no será como el que se manifiesta hoy en nuestras sociedades occidentales, pero, por lo menos, pienso que estará basado en el respeto y en unos principios “no revelados” sino adoptados democráticamente por la propia sociedad sin referentes celestiales, heterónomos o, simplemente, externos.

¿Podrá el mundo musulmán encontrar, tanto desde dentro como en colaboración con otras sociedades, un atajo que le permita acceder a la superación del totalitarismo religioso que supone su creciente “islamización”, sin pasar por todas las guerras y dolores que sufrieron las sociedades cristianas hasta épocas muy recientes? ¿Tendrá capacidad de construir unas sociedades “laicas” al modo de las del mundo occidental, el indio, el japonés o el chino? ¿Puede un occidente laico y postcolonial, por supuesto, colaborar en esa búsqueda? ¿Cómo?

26 octubre 2009

IDENTIDAD

Hace poco tiempo leí un artículo de Rafael Xambó en un libro colectivo sobre “País Valencià, segle XXI” (Valencia 2009) en el que afirma: “La identidad es el relato que contamos a los demás sobre quienes somos, qué hemos hecho, qué nos mueve y que esperanzas nos animan a seguir”. No creo que sea del todo acertado el enfoque de Xambó, ya que se ciñe, principalmente, a características subjetivas, mientras que deja de lado todo lo que ha sido capaz de provocar en el individuo ese relato y esperanzas. Y ahí es donde radica realmente el busilis de la identidad.

Hay muchos que consideran la identidad como un conjunto de elementos yuxtapuestos en los que hay factores sociales e individuales, pero de los que se puede ir prescindiendo parcialmente sin atentar contra su núcleo. Piensan que pueden ir eliminando elementos sucesivos, como si fueran capas de una cebolla, para quedarse con lo básico, con el cogollo. Creo que de la cebolla se pueden seguir quitando capas, una tras otra, hasta quedarse sin nada, sin cebolla. La cebolla, como la identidad, no tiene núcleo. Aun cediendo al símil cebollino, la sucesiva eliminación de capas no equivale a la mayor o menor importancia de las mismas en la definición de identidad. En cada individuo y en cada sociedad el orden e importancia de las capas será específico y diferente del resto.

En mi opinión, la miga del asunto consiste en que tienen que estar todas, ya que, además, están tan adheridas entre sí, que si eliminamos una podemos arrancar jirones de otra, de modo que, al final, ambas quedarán inservibles. La identidad no se forma como suma de elementos disjuntos sino que constituye una totalidad de características dependientes unas de otras y que en su conjunto, en su suma y en sus interrelaciones, determinan la cultura social y política, la forma de ser y de estar en el mundo, de cada sociedad concreta, y de cada individuo dentro de ellas.


Cultura e individuo

Existe un modelo de intelectual que afirma sin ruborizarse cosas semejantes a “…yo consideraba que lo único existente era la persona individual, concreta…”. Ahora que prácticamente todas las expresiones del conocimiento humano, comenzando por lo que tradicionalmente se han considerado como “ciencias”, se manejan mediante el concepto de sistema, pretender seguir manteniendo la figura monadista para presentar a los humanos parece ciertamente fuera de lugar.

Se manifiesta como una perspectiva realizada desde el materialismo vulgar, desde el reduccionismo. Las realidades, sobre todo las biológicas y sociales, no se pueden reducir al análisis de las partes perceptibles por los sentidos humanos, aun empleando la potencia de los microscopios electrónicos u otros instrumentos. Hace ya mucho tiempo que sabemos que “el todo” es mucho más que “el conjunto de sus partes”. Las relaciones que se establecen entre ellas marcan el aspecto, tal vez, más importante de la realidad y que, además, se percibe sólo indirectamente y dentro de la totalidad en funcionamiento.

Un individuo aislado sólo puede supervivir, y no muy bien, cuando ya es adulto y posee unos medios, materiales o inmateriales, para ejercer su relación con la naturaleza en la que hipotéticamente tendría que sobrevivir. Si fuera infante, o simplemente joven, no tendría posibilidades de hacerlo. Robinson Crusoe ya era mayorcito cuando llegó a su isla, en la que sobrevivió gracias, precisamente, a su socialización previa. Mowgli creo que no existió nunca, ni que habría podido existir.

En este sentido, el ser humano, la persona, es un ente único e irrepetible pero no dado para siempre. Es, más bien, algo en construcción permanente en la que interviene su genoma (recibido de sus progenitores) y también todo el conjunto social en el que se desarrolla. Cuanto más joven es un individuo, más coerción inconsciente ejercen sus próximos (familia, escuela, medios de comunicación etc.) sobre él. A todo eso que la persona recibe, primero de modo inconsciente y de modo cada vez más consciente y crítico, y a la que a su vez aporta, ya madura, se denomina cultura.


Lengua

La lengua es un atributo específico del Homo sapiens que está vinculado a su estructura biológica a través del proceso de selección natural. El aparato fonador es una de las partes, con el cerebro, las manos, etc., que completa la hominización. La lengua no es un elemento cultural más, es el que soporta todos los demás. Es la herramienta que permite la socialización y el trabajo, la transformación del medio y la creación intelectual. La comprensión y explicación de la realidad y la actividad sobre la misma pasan siempre a través de la lengua.

No voy a entrar en la discusión de los románticos alemanes, como Herder, de que cada lengua constituye algo que nos estructura mentalmente y nos permite tener distintas visiones del mundo, según la que poseamos como materna. No creo que sea un elemento determinante hasta tal punto, pero de lo que no cabe ninguna duda es que cada lengua constituye un modo diferente de percibir el mundo. Esta apreciación no es captable fácilmente por quienes circunscriben sus conocimientos lingüísticos al ámbito indoeuropeo, ya que todas sus variantes tienen estructuras bastante homólogas. Nuestra lengua, la nuestra sí, nos permite un modo distinto del que nos brinda el modelo indoeuropeo de concebir los fenómenos naturales o las relaciones sociales. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Quién lo desconoce se lo pierde. La lengua no determina la forma de ver la realidad, pero hace que se perciba con matices distintos; lo que contribuye también a moldear una identidad.

No obstante, según lo afirmado al comienzo de este trabajo, el factor lingüístico tampoco puede considerarse aislado. Quienes, en Euskal Herria, toman la lengua como base prácticamente exclusiva de la identidad propia, pienso que incurren en otro tipo de simplificación que conforma un nuevo e importante error. Los que afirman que “mi lengua es mi patria”, no se percatan de que si ese idioma no tiene una población que lo utilice en el ámbito de un territorio determinado y con unas funciones sociales concretas, es algo destinado a la minoración, al empobrecimiento, a la dialectización, a la sustitución por las lenguas de las sociedades próximas dominantes, ésas sí con dominio territorial, y abocado a la extinción.

La extensión y uso de una lengua no se produce por fenómenos casuales, sino por estrictos condicionantes sociales y políticos, por las realidades de poder. Por eso afirmar que alguien habla y escribe “en lengua española por casualidad” produce asombro. Me recuerda al chiste de aquel bilbaíno que decía que Jesucristo fue tonto por haber nacido en Belén pudiendo haber nacido en Bilbao. Evidentemente cada quien podía haber nacido en cualquier otro sitio, pero sería otro “quien”. El que ha nacido donde ha nacido, en Iruñea-Pamplona, en Zugarramurdi, en Alesbes-Villafranca de Navarra o en Xelajú-Quetzaltenango, puede hablar una lengua o varias (español, euskera, maya quiché o maya cakchiquel), puede tener como materna una u otra según el entorno familiar; pero esa situación no es producto de la casualidad sino de contingencias sociales y políticas.

Cuando una lengua ha sido minorada y sufre un proceso, evidentemente no casual, de regresión, ¿quién establece los criterios de “ciudadanos vascos de primera y ciudadanos vascos de segunda”? Es evidente que quien controla los resortes de educación y propaganda, que aquí y ahora son los estados constituidos y que, además, intentan imponer su monolingüismo a cualquier precio. Si hay “ciudadanos vascos de segunda” serán, obviamente, los monolingües en euskera. Pero los “innombrables” ya se han encargado de que no existan.


Cultura

Quienes afirman, precipitadamente en mi opinión, que “la cultura no nos hace ni mejores ni peores personas”, creo que incurren en una concepción reduccionista de cultura. En un sentido estricto la afirmación es cierta, pero pienso que hay que matizarla mucho. Voy a plantear un ejemplo: un elemento muy importante de nuestra cultura (ya sé que hablar aquí de “cultura” puede parecer una petición de principio, pero el nudo gordiano se corta, no hay otra) tradicional es el trabajo en auzolan. Evidentemente, su práctica no va a impedir que quienes quieran aprovecharse del trabajo de los demás, de los subsidios gubernamentales o de la caridad pública lo hagan, pero se lo va a poner mucho más difícil.

En ese sentido existe la cultura como elemento socializador con unos atributos muy determinados y que en unas sociedades se expresa de una manera y en otras de modo distinto. Cuando la cultura social adquiere rango político, es decir cuando los poderes públicos la adoptan como propia, origina una influencia tremenda a la hora de constituir las personalidades individuales. Por eso, quienes afirman que “para tener cultura no hace falta… tener un Estado o unos Fueros…” incurren en el mismo tipo de reduccionismo. Restringir la cultura a los meros conocimiento, bien sean científicos, técnicos o éticos o, incluso artísticos y su valoración correspondiente, supone una importante castración de su concepto. Sin duda todos son elementos culturales, pero ellos solos, por sí mismos, no conforman una cultura.


Territorio

Otro elemento identitario muy importante es el territorial. La inmensa mayoría de las personas viven de una forma más o menos estable, aunque puedan ser estabilidades sucesivas, en un territorio concreto. La territorialidad es un elemento fundamental en la configuración de la identidad de cualquier pueblo, sociedad o nación.

El territorio es el marco en el que se desarrolla cada sociedad y las relaciones ecológicas globales entre los seres vivos que lo habitan y las estructuras del terreno; tanto desde el punto de vista morfológico como climático. Los territorios con mar y montañas, los que son llanos o se ven surcados por ríos y lagos, presentan sociedades con características diferentes. Lo mismo sucede con los que gozan de un clima húmedo y suave o los que padecen climas extremos. No se puede caer en un determinismo geográfico o climático, pero tampoco debe minusvalorarse la influencia que ejercen ambos factores sobre la cultura y organización de los pueblos.

Principalmente, el territorio es el país. Las sociedades no sólo mantienen una estrecha relación con su territorio, sino que experimentan un permanente flujo de recreación y simbiosis con el mismo. El trozo de tierra sobre el que se asienta permanentemente un grupo humano conforma muchos aspectos de su organización social, básicamente del trabajo y la propiedad, pero, a su vez, la propia organización social construye el paisaje y ordena el territorio. Ambas están en perpetua modificación recíproca y no existe una sociedad estable sin territorio. El paisaje es esa síntesis de población y territorio que lo hace habitable y permite el desarrollo social.

El territorio permite la ordenación de la sociedad y su administración. Posibilita la existencia práctica de una organización política, más tarde se llamará Estado, que constituye la concreción del poder de pueblo para permitir su supervivencia y garantizar que lo haga concertadamente. Sirve para ordenar sus propios recursos, sus bienes, de manera que pueda optimizar el trabajo sobre los mismos, transformarlos, obtener resultados aceptables socialmente y redistribuirlos más o menos equitativamente. Permite, también, defender su sociedad de agresiones externas.

En este sentido es interesante reflexionar sobre el caso judío. Los judíos se han autoconsiderado durante largos siglos como un “pueblo” exiliado, una sociedad en la diáspora. En unos casos habrán sufrido más que en otros por tal situación, pero nunca lograron una normalidad política. Su aspiración máxima era, lógicamente, la consecución de su propio territorio, una tierra donde construir un Estado normal y corriente y al que acudir para habitarlo y poder formar una sociedad al uso. Una vez conseguida la tierra, lo primero que hicieron fue normalizar una lengua. No voy a entrar ni en los orígenes de su construcción ni en los resultados alcanzados por el Estado de Israel, una vez constituido, sino simplemente constatar la necesidad del territorio para desarrollar cualquier sociedad normalizada, por lo menos en nuestro entorno geopolítico.


Organización social y política

Cuando una sociedad se ha dotado de los instrumentos para poder vivir con normalidad en el contexto de otros pueblos, como fue el caso de Navarra, y ve su territorio conquistado, su lengua, cultura e instituciones perseguidas y sustituidas, lo habitual es que busque sistemas de autodefensa, militares en primer lugar, pero también de otro tipo, refugiándose en los instrumentos que le ofrece su propia cultura. Es sangrante afirmar que “los vascos siguen una guerra contra los españoles…” cuando la realidad es precisamente la contraria: los vascos hemos sufrido guerras, conquistas y ocupaciones. ¿Quién comenzó y sigue aún la guerra?

Hoy en día todos los estados constituidos, y que ejercen como tales en nuestro entorno, tienen cada vez más clara la necesidad de reivindicar, incluso reinventar, su propia identidad como un factor básico de cohesión social. Los problemas derivados de la globalización y de las migraciones provocadas como consecuencia del dominio y control de “occidente” sobre los países llamados del tercer o cuarto mundos, han reforzado y acelerado un proceso que se inició cuando el Estado nación comenzó a ejercer su fuerza para nacionalizar las sociedades bajo su dominio, es decir el siglo XIX.

Las naciones subordinadas que aspiran a tener su puesto en el concierto internacional como sujeto político, con nombre y apellidos, con voz y voto, deben (debemos) tener claro que el acceso a un Estado propio es condición indispensable para lograrlo. Al mismo tiempo, la capacidad de forzar a los “innombrables” estados dominantes, español y francés en nuestro caso para que no haya dudas, exige una cohesión social muy fuerte. Para lograrla es imprescindible tener clara la constitución de cada identidad particular, de conocer e interpretar la propia historia y patrimonio en general.

Una lengua sin territorio, sin cultura social y política, sin la organización fundamental que ya se ha dicho, el Estado, constituye un elemento minorizado que podrá sobrevivir unos cuantos años, cada vez menos, pero que tiene un destino marcado indefectiblemente: la extinción. Además, una lengua, con todo lo importante que pueda ser como marca de identidad y de forma de ser, ver y actuar en el mundo, fuera de un contexto social y político queda arrumbada y sin sentido, como cualquier otro atributo identitario que se desgaje del conjunto.

El esfuerzo es enorme pues exige una labor que normalmente viene dada “gratis” (vía impuestos, obviamente) desde los estados constituidos, a través de sus sistemas educativos, de sus medios de comunicación, etc., mientras que en nuestro caso y otros semejantes, como el de Cataluña por ejemplo, los estados ejercen con eficacia esa función, sí, pero a favor de su propia identidad y en contra de la nuestra. En cualquier caso, si aspiramos a ser libres, es necesario llevarlo a cabo.

No obstante, lo anterior tampoco es suficiente. La labor de reconstrucción identitaria es un punto de partida que puede permitir a la sociedad la toma de conciencia de su realidad, tergiversada cuando no totalmente negada. Esa toma de conciencia debería conducir a realzar su autoestima. A partir de ahí debe entrar en juego una acción política capaz de canalizar la fuerza social necesaria para conseguir el objetivo que es capaz de garantizarle una supervivencia sin sobresaltos, una existencia en la que sus elementos básicos no estén permanentemente puestos en cuestión y a expensas, por ejemplo, de unas sentencias judiciales arbitrarias o de unas elecciones controladas y manipuladas, ambas, por la metrópoli de turno.


Conclusión

Se puede afirmar que la clarificación de la identidad propia, en su sentido pleno, es elemento básico para la persistencia de cualquier pueblo en el mundo actual y, mucho más aún para una sociedad sometida. Además, constituye el factor fundamental para plantear con posibilidades de éxito la lucha por su emancipación. Sin soberanía no hay democracia y una sociedad subordinada no puede ser democrática. Lo peor que puede suceder a una sociedad sometida es que llegue a considerarse “minoría” dentro de la “mayoría” de la dominante.

El camino es, en teoría, sencillo: identidad, autoestima, emancipación y soberanía, resumida en el logro del Estado propio, el de Navarra en nuestro caso. Este podrá ser, a su vez, el garante eficaz del desarrollo de una identidad sin sobresaltos, en una sociedad democrática. En la práctica, se prevé costoso y erizado de dificultades, con unos adversarios muy fuertes y expertos en dominaciones y expolios. Es mucho lo que nos jugamos: el propio ser colectivo y, por lo mismo, el de cada persona en su plenitud. Merece la pena el esfuerzo.

En resumen, todos los elementos que constituyen la identidad son societarios y transcienden al individuo, aunque se manifiesten y expresen a través del mismo y precisan para su consecución de un poder político propio, llámese Estado o como se quiera, pero siempre semejante al que disfrutan los vecinos “normales”.

03 septiembre 2007

PUEBLO Y PODER

Pueblo y poder, dos cuestiones apasionantes donde las haya, más si van unidas por la copulativa “y”. Cuestiones apasionantes y comprometidas, sobre todo cuando no se pretende hacer un análisis “al uso académico” de los conceptos, sino proporcionar una visión personal y práctica de los mismos, realizada desde el interior mismo del conflicto en que ambos y su relación próxima expresan realidades asimétricas de dominio y de control. Tal es la tarea que se ha propuesto Joseba Ariznabarreta en su último libro “Pueblo y poder” (Zarautz 2007).

La trama del libro se desarrolla según un esquema, en mi opinión, bastante lógico y didáctico. Comienza por la definición de “poder”: “...Denominamos poder a la actividad sostenida de un determinado pueblo en la consecución de sus objetivos. Tal potencia sólo puede ser percibida en acto, en el ejercicio de la misma. Un poder que no se ejerce es un absurdo, una ‘contradictio in terminis’” (página 30)

Sigue por la propia definición de “pueblo”. Ariznabarreta afirma sin ambages que puede haber muchos modos de expresar qué es un pueblo pero que la prueba definitiva, como el viejo Karl Marx decía del flan, es “comérselo”; esto es: “...examinar el acto por el que un pueblo es un pueblo...” y, a continuación,: “...el pueblo, cualquier pueblo, afirma su existencia mediante el ejercicio efectivo del poder –estable o precario, legítimo o ilegítimo- sobre un territorio determinado. El poder no es una característica o propiedad que junto a otras define a un pueblo, sino su constitutivo esencial, lo que le confiere inmediata realidad.” (páginas 35-36), de modo que, según el autor, cuando un grupo humano resigna ese poder inmediatamente deja de ser “pueblo”.

Se podría discutir la importancia del territorio, por lo menos entendido como permanente (cosa que no dice el autor), ya que creo que existen pueblos, como el gitano u otros pueblos nómadas, en los que sí se produce la afirmación y el ejercicio del poder, pero en los que el territorio estable es, en cierto modo, fugaz y secundario.

En cualquier caso, me parece acertado no entrar en el relato de características “objetivas” (lengua, costumbres o cultura en general), sino ir directamente al meollo del asunto, a la capacidad de ejercer como tal, de ser “pueblo”, sobre todo frente a los “otros”, sin proponer definiciones de tipo intelectual, que no son capaces de abarcar su ser en profundidad.

Puede parecer, en cierto modo y desde el punto de vista de la lógica formal, un razonamiento circular, ya que en ambos conceptos el autor utiliza el otro para su definición. No obstante, pienso que del contenido del libro se desprende más bien una perspectiva dialéctica en la que ambos cobran un contenido más profundo, en el ejercicio práctico de su vínculo interno, en las relaciones con los “otros” pueblos.

El siguiente punto del esquema planteado por Ariznabarreta trata de un aspecto que, desde mi punto de vista, parece que el autor lo tiene muy claro y yo no tanto. Me explico: el autor distingue entre sociedades “primitivas”, a las que designa como “indivisas” y sociedades desarrolladas o “escindidas”.

Vayamos por partes: el autor considera que existió una etapa en el desarrollo de las sociedades humanas en las que el poder que los pueblos ejercían era “hacia dentro” de sus propias sociedades y que no tenía como fin la explotación de unos grupos por otros, sino simplemente lograr la cohesión de su conjunto. No soy ni antropólogo ni etnólogo; pienso que bien pudo haber sucedido de la forma cómo nos relata Ariznabarreta, pero creo que se debería dejar una puerta abierta a ulteriores investigaciones y a pensar que en aquellas sociedades también se pudo ejercer “poder” de unas facciones sobre otras. El autor contrapone este tipo de sociedades a las “civilizadas” o “escindidas” en las que un sector utiliza el poder para la dominación de otros del propio grupo. En las sociedades de este segundo modelo, dentro del mismo pueblo se produce ya la clara oposición interna entre quienes detentan el poder y quienes son sujetos pasivos del mismo. Tal “poder” evolucionará hacia el enfrentamiento con otros pueblos y, al final, conducirá al imperialismo.

Al margen del juicio sobre la existencia de un “estado general” primitivo de los pueblos como “sociedades indivisas”, creo que la transición de una sociedad del tipo que el autor designa como “indivisa” a “escindida” debe ser explicada. En mi opinión, según lo que he podido asimilar de mis lecturas y de otros pensamientos recibidos, un punto de inflexión importante se produce con la llamada “revolución neolítica”. El surgimiento de la domesticación de determinados animales y, principalmente, de la agricultura conduce al paso de unas poblaciones cazadoras-recolectoras, básicamente nómadas, a otras sedentarias y al surgimiento de la ciudades. Todo ello constituye una revolución tecnológica y un cambio de modelo asociativo, ambos de primer orden, que implican una cantidad importante de problemas, por supuesto de supervivencia, derivados del crecimiento demográfico, pero sobre todo de control del “excedente” producido gracias a los mismos, necesarios de resolver. Y pienso que es en esta situación cuando surgen las sociedades “escindidas” y todas las consecuencias derivadas que cita Ariznabarreta.

Pienso que en este sentido son muy interesantes las reflexiones que plantea en su clásico “Comunidad y asociación” Ferdinand Tönnies (Barcelona 1979, Ediciones Península) en las que presenta las diferencias entre las sociedades organizadas, basadas en la instrumentalidad y la razón, y las comunidades fundamentales, basadas en el afecto y la emoción.

Antes de analizar las características del poder en las sociedades “escindidas”, Ariznabarreta nos propone una importante distinción entre lo que se conoce como “poder tecnológico” frente a “poder social”. El primero incluye las capacidades científicas y técnicas que permiten a la humanidad “dominar” (término utilizado en la cultura judeo-cristiana) a la “naturaleza”, concebida como realidad “externa” a la sociedad humana. El autor, tras constatar tal distinción, no entra en su análisis, sino que se centra exclusivamente en el “poder social”. Desde mi punto de vista, en las actuales “sociedades de la información” no se puede desdeñar el importantísimo papel que juega el “poder tecnológico”, sobre todo el de las “tecnologías de la información y las comunicaciones”. Sirva Internet como ejemplo fundamental.

A continuación, ya dentro del análisis del “poder social”, el autor distingue la clásica diferenciación entre “poder económico”, “poder ideológico” y “poder social”. Hay muchos autores (Michael Mann, por ejemplo, en “Las fuentes del poder social I”, Madrid 1986, Alianza Universidad) que añaden el “poder militar”. En la lógica de Ariznabarreta, que prima el (poder) “social” sobre el “económico” y el “ideológico”, queda muy clara la indistinción entre “poder social” y “poder militar”. Creo no equivocarme al pensar que el autor interpreta la frase atribuida a Von Clausewitz de que “la política es la guerra seguida por otros medios”, también en su sentido inverso como que “la guerra es la política seguida por otros medios”. En cualquier caso asimila “poder social” a “poder político”.

En la obra de Ariznabarreta hay una asociación constante entre la violencia y el poder. La violencia, para el autor, es un continuo entre su uso mas descarnado, como sería la guerra, y su expresión “amable” como amenaza de quien detenta el poder sobre quienes se muestran “rebeldes” al mismo, y que se expresa en intimidaciones, multas, juicios, prisión etc.

Un aspecto importante del libro comentado consiste en la reflexión que efectúa sobre la necesidad de legitimación que tiene cualquier poder constituido, sobre todo en las “sociedades escindidas”. Es evidente que la “sola violencia” no es suficiente para legitimar una situación de “poder social”. Serían necesarios ingentes efectivos de control que, al final, provocarían, según mi opinión, tales desajustes globales que llevarían al colapso social. Aquí el autor reflexiona, pienso que con buen criterio, sobre los medios “tranquilos”, como son la propaganda, el “consenso” y, en general, el “ocultamiento” de los métodos violentos de represión.

En este punto de la exposición, opino que puede ser interesante considerar la “solidaridad nacional”, efecto objetivo de la dominación imperial-colonial sobre las naciones sometidas y sus beneficios derivados, que un estado constituido puede ofrecer, y de hecho ofrece si es imperialista, a sus connacionales sin más contraprestación que el reconocimiento de su “legitimidad”.

Resulta de gran interés la reflexión que realiza el autor sobre “el estado”. Recuerda aquella famosa y clásica frase de “El nuevo Ídolo”, en “Así hablaba Zaratustra”, de Friedrich Nietzsche:

“Voy a hablaros de la muerte de los pueblos. De todos los monstruos fríos el más frío es el estado. Miente fríamente y he aquí la mentira que sale de su boca: ’Yo, el estado, soy el pueblo’ ¡Mentira!...”

Ariznabarreta considera que el estado ha sido la gran desgracia que le ha acontecido a la humanidad. Lo cual pienso que puede ser verdad, pero lo que también es cierto es que está ahí, y él lo reconoce, y eso exige que cualquier pueblo que quiera sobrevivir en nuestro mundo necesita tener el suyo y eso también lo expresa claramente el autor. Estimo que son dos niveles de análisis distintos: el segundo expresa una necesidad imperiosa para Vasconia, o para cualquier otro pueblo sometido, en los umbrales del siglo XXI, de “disfrutar” de su propio estado; mientras que el primero se debe plantear cronológicamente después y en solidaridad con el resto de sociedades del mundo. En cualquier caso es positivo el tenerlo siempre presente, aunque sólo sea como alarma frente a la tiranía y el totalitarismo.

Muy incisivo, concreto y acertado resulta el análisis del autor sobre la “práctica política” en nuestro país en los últimos tiempos, desde la etapa de la segunda república española, pasando por la guerra de 1936 y el franquismo, para llegar a la denominada “transición” y a la situación actual. En este punto pienso que siempre hay que distinguir entre quienes toman unas decisiones políticas, los dirigentes, y quienes son su base social. En cualquier sociedad del mundo las adhesiones y apoyos del “pueblo llano” se producen más por actos simbólicos que racionales o intelectuales. En consecuencia, cargar toda la culpa del desastroso proceso que llevaron a cabo los dirigentes de un determinado partido (Pnv, por ejemplo) a “todo” el partido tiene un riesgo evidente y grave: que esa adhesión afectiva y simbólica se sobreponga al análisis racional y que logre el enfrentamiento de sus bases con quienes podemos pensar en lo funesto de su política o, mejor, en la carencia de una política propia. Y, ya es sabido, quien no tiene política o estrategia propias sucumbe indefectiblemente a las de sus contrarios.

Me parecen muy acertados y sugerentes los “cuadernos”, que es como el autor denomina a los “capítulos” de su obra, dedicados al imperialismo y al totalitarismo con los que se cierra el núcleo teórico de la obra comentada.

Un asunto que creo que ha sido y sigue siendo discutible es el papel que Ariznabarreta, siguiendo un posición tradicional en el denominado “nacionalismo vasco”, asigna a la romanización de nuestro pueblo. Pienso que no es real la asimilación que hace de lo “vasco/vascón” a lo “bárbaro”. Los vascos fuimos efectivamente romanizados, pero a un nivel que no supuso la asimilación lingüística, aunque sí hubo préstamos nominales y, tal vez, sintácticos a nuestra lengua; pero también existieron a la inversa. En este sentido, la estructura política principal de los vascos, el reino de Pamplona-Navarra para justificar su legitimidad histórica se basaba en la organización romana (“Códice de Roda”, de 992, citado por Tomás Urzainqui en “Navarra Estado europeo” Pamplona 2003, Pamiela, en su página 137 y siguientes) y muy poco en los visigodos que, por el contrario, dieron soporte ideológico al estado unitario e imperialista leonés y, posteriormente, castellano. Como parece que se ha demostrado tras los reciente descubrimientos de Iruñea-Veleia, sus habitantes seguían siendo euskaldunes, aunque romanizados en costumbres y técnicas.

En todo caso la originalidad del “caso vasco”, con una instalación estable, posiblemente desde el Paleolítico, en el contexto pirenaico y con una profunda adaptación “ecológica” a su entorno físico y biológico que le lleva a la generación de un modo de organización y asociación propio, concretado en el denominado por muchos autores como Derecho Pirenaico”, le otorga unos atributos muy distintos de los que caracterizan a los pueblos “invasores”, procedentes de lo que hoy es la Europa oriental o del Asia central, esos sí, calificados por los romanos como “bárbaros”.

Hay hechos históricos que han tenido mucha importancia sobre nuestro pueblo y que no se citan en el libro. Uno, directo, es el papel de los celtas; otros, indirectos, a través del imperio español, como son las denominadas en su propaganda como “reconquista” y “guerra de la Independencia”. Y, por supuesto no se puede olvidar tampoco, el papel del imperio americano.

Una cuestión en la que el libro me parece confuso es el tratamiento a dado a los textos originales citados en el mismo. Por un lado, en el prólogo, el autor indica que “las citas en inglés no tienen otra finalidad que la de evitar que el lector tenga que confiar en mis pobres dotes de traductor...”. Muchas de las citas en inglés, comenzando por la de la página 25 sobre la “Resolución de Naciones Unidas de 14 de diciembre de 1960”, que se encuentra en menos de dos minutos a través de cualquier buscador en la red en su versión en español, se podían haber evitado. Efectivamente:

“Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación; en virtud de este derecho, determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.”

Para el lector medio tales citas suponen una fuerte traba en la lectura y comprensión del texto. En este sentido, en diversos casos existen traducciones al español de las obras citadas. Así, por ejemplo, en la página 278 cita, y traduce perfectamente, de una obra de Perry Anderson (“Lineages of the Absolutist State”) un párrafo, mientras que en la 280 cita otro, próximo al anterior, pero aquí sin traducir, cuando existe una versión en español de dicha obra: “El Estado absolutista” (Madrid 1979, Siglo XXI, páginas 56 y 60) en la que se encuentran ambas.

Semejante cuestión sucede con la cita en inglés, en la página 221, del abate Sieyes, de una obra de la que existe traducción directa del francés al español: “El tercer estado y otros escritos de 1789”. (Madrid 1991, Espasa Calpe) en la que la cita se encuentra en su página 212. También aparecen demasiados textos en latín, que para los lectores que no conocen en absoluto esta lengua clásica, resultan difíciles y, que al igual que los ingleses, pueden provocar rechazo y posiblemente, el abandono de su lectura. El “exceso” de notas a pie de página puede producir pavor, así mismo, a lectores no familiarizados con textos académicos. Hubiera sido preferible, en mi opinión, agruparlas al final para permitir una lectura más fluida a quien no busca el aparato crítico. Me parece un libro de lectura apropiada para personas habitualmente acostumbradas a obras sociológicas, políticas o históricas y no únicamente a “best sellers”.

Pienso que la obra es muy interesante y sugestiva. Aporta mucho de lo que el autor indica en su subtítulo “Cuadernos para la reconstrucción de la razón” (“razón política”, añadiría yo), de los que tan carentes estamos desde hace ya mucho tiempo. Puede servir de base para un debate intelectual serio sobre nuestra triste realidad actual, en la que dicha “razón política” parece brillar por su ausencia.

Lo considero como libro de lectura obligada para quienes estén interesados en la evolución política de Euskal Herria y sus perspectivas en nuestra conflictiva realidad actual y, sobre todo, para aquellas personas que consideran que nuestro presente y futuro próximo se encuentran asociados a la (re)construcción del único estado que hemos tenido los vascos: Navarra.

27 agosto 2007

MÚSICA Y POLÍTICA

La Quincena Musical constituye la cúspide de los eventos musicales que a lo largo de cada año acontecen en Donostia. El pasado jueves 23 de agosto asistí a un recital de la soprano fiterana María Bayo, incluido en su programación.

Cuando, hace meses, se presentó el programa general y encontré su intervención no dudé en el interés del concierto. En la presentación aparecía, textual y exclusivamente: “obras de G. Bizet, H. Berlioz y selección de zarzuela”.

Una persona amiga, ya me había indicado desde Bilbao sobre la precariedad del programa que María Bayo realizaba en esta temporada. Y, además, de su sesgo político. También conocía algunas críticas desde Catalunya, concretamente del festival de Perelada.

Al llegar al auditorio Kursaal y leer el programa completo, intuí una primera parte interesante y una segunda, en cierto modo, “folklórica”. En efecto, la primera obra del programa era la superclásica, en todos los sentidos del término, “Sinfonía en Do Menor” de George Bizet con orquesta limpia, sin voz. Una preciosidad.

A continuación, dos obras de Berlioz, ahora sí, con María Bayo. La primera, una exquisita aria de la ópera “Béatrice et Bénedict”, creo que maravillosamente cantada; la segunda, un Bolero de “Zaide” que encaja a la perfección en lo que se conoce habitualmente como “españolada” y que, aunque no soy crítico musical sino un simple aficionado, me pareció muy pobre.

En mi opinión, la segunda parte del recital ofreció también un escaso balance, sobre todo desde el punto de vista de la programación seleccionada. La piezas orquestales de Jerónimo Giménez insertas en la primera línea del nacionalismo musical español del siglo XX, los intermedios de “Las Bodas” y “El Baile de Luís Alonso” respectivamente, son fragmentos de una buena factura y agradables de escuchar. Por el contrario, la música de la Obertura de “La Marsellesa” de Ruperto Chapí me pareció fuera de lugar. Obligar al público donostiarra al trágala que supone el escuchar el himno nacional francés y uno de sus cánticos emblemáticos como es el: “Ah ça ira, ça ira, ça ira...” en una pobre orquestación, es muy triste. Por lo que corresponde a las obras cantadas en esta segunda parte... demasiado “folklore” (en el peor sentido de la palabra) también. Posiblemente con la excepción cubana de “Cecilia Valdés”.

Sobre este concierto se me ocurren dos reflexiones que se superponen. Una, puramente musical, en la que aprecio un programa que desmerece tanto de la propia María Bayo, como de la Quincena Musical de Donostia. En este sentido recuerdo un precioso recital en el Victoria Eugenia en el que interpretó los “Cuatro líeder” de Richard Strauss; difícilmente olvidaré la primera ópera que le escuché en el Arriaga bilbaíno, “El Barbero de Sevilla”, y tantas otras a lo largo de su carrera. Recuerdo, también, un recital en el Baluarte de Iruñea con música de zarzuela del siglo XVIII, música española también pero alejada de ese género seudofolklórico que se ha denominado como “españolada”; y bastantes otras.

Cuando se prepara un programa musical no se puede hacer abstracción de la realidad social y política en la que se va a producir el evento. La música española me puede gustar igual que la italiana, checa o vasca, siempre que sea buena. Pero cuando se propone un programa mediocre, y esta es la segunda reflexión, en la que en la actual situación de Vasconia lo único que se enaltece es el nacionalismo, a través de las ya citadas “españoladas”... pues qué quieren que les diga: no me gusta. Y, además, me parece una provocación gratuita.