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22 julio 2025

LOS REYES DE NAVARRA Y LOS CAÍDOS

Parece que las estatuas de los reyes de Navarra que flanquean el Paseo de Sarasate de Iruñea van a ser trasladadas a un lugar de menor visibilidad pública, a un rincón apartado y recóndito. Vamos, que serán defenestradas.

Y esto, ¿por qué? Por lo visto, en la reurbanización que pretende el Ayuntamiento, sus figuras monumentales estorban. Los símbolos de la soberanía de un Estado que durante largos siglos fue independiente menoscaban un espacio visible, central, de la ciudad.

Se me ocurre que sería más interesante aplicar este procedimiento a un monumento que, dejando de lado su incómodo contenido memorial, resulta incongruente. Los Caídos es un edificio feo estéticamente y, desde el punto de vista urbanístico, un tapón para cualquier solución armoniosa que enlace el Segundo Ensanche con el sur de la ciudad.

En una palabra: propongo trasladar los Caídos a un lugar con menos presencia pública. Por ejemplo, al Polígono de Tiro de las Bardenas. A lo mejor tenemos suerte y unos cuantos pepinazos acaban de arreglarlo.

Si alguien piensa que esta solución es onerosa, se me ocurre que podemos reducir su coste a la mitad. No lo reconstruyan ni en las Bardenas ni en ningún otro sitio. A la escombrera. Es un elemento nefasto del pasado, sin posibilidad de resignificación.

Pero reivindiquen nuestra historia, la de un Estado europeo que todavía puede maravillar al mundo, y no hagan a sus reyes un apartheid que los convierta en apestados.

Luis Mª Martinez Garate,  Angel Rekalde

21 febrero 2023

NAVARRA, LA CENTRALIDAD HISTÓRICA VASCA

E ansi, el dicho rey de Castilla (Alfonso VIII), corrió toda la tierra de Alava, e Guipuzcoa e Navarra; e como el poder de la gente suya, e caballería, fuese con el dicho rey de Navarra; e como quiera que Vitoria tobieron sitiada cerca de un año, e otras villas e castillos, e ficieron todo su esfuerzo por se defender; pero finalment, mas non podiendo facer, hobieronse de render por fuerza; e ansi tomaron la tierra de Alava e la de Gupuzcoa injustament. 

(“Crónica de los reyes de Navarra”. Carlos, Príncipe de Viana. 1454)

Quien define el debate sobre el pasado de una sociedad, de una nación, está planteando una perspectiva de futuro de la misma. Hablamos del sujeto, de su identidad y su cohesión social y política. Cuando en una nación sometida estos debates se presentan dentro de las coordenadas señaladas por el poder extranjero que la domina, algo se está haciendo mal.

En una publicación digital sabiniana hemos leído recientemente que “Navarra no fue jamás el reino de los vascos”. Y que “ni sus reyes ni su alta nobleza, tuvieron voluntad de que lo fuera”. ¿Tuvieron los vascos algún reino? Y sus ‘reyes y alta nobleza’, ¿qué voluntad tenían de ser? ¿Castellanos?, ¿españoles?, ¿franceses?

Esta lectura viene a decir que el Pueblo Vasco es un ente de razón, un constructo mental, que nunca ha existido y que comenzó su andadura por el mundo con Sabino Arana, que según ellos no sólo fue el padre de la Patria, sino también el creador de su pueblo.

Como se percibe en la interpretación de esa revista, la definición del país de Arana Goiri (y sus seguidores, de derechas como de izquierdas) para afrontar el futuro se basa sobre un relato construido por los estados que nos ocupan. Y lamentablemente muestran una fuerte querencia a banalizar y distorsionar otras perspectivas que defienden una visión más centrada del propio país. Autocentrada, diríamos.

Cuando algunos reclamamos la centralidad navarra dentro de la historia y del futuro del País Vasco, lo hacemos para no caer en la trampa de considerarnos simples apéndices de la historia de España o de Francia. Defender una historia propia del sujeto nacional vasconavarro exige salir de la órbita académica normal.

Los vascones construyeron el reino de Pamplona en el siglo IX (Navarra, a partir del XIII), y eso es precisamente lo que reivindicamos: su conocimiento y la comprensión de las consecuencias a nivel social, lingüístico y político para nuestro pueblo. Este Estado nacionalizó nuestra colectividad. El Derecho Pirenaico, consuetudinario, fue la base del mismo: el Fuero de Navarra, su principal expresión.

Reivindicamos la continuidad histórica de nuestro pueblo, es decir, la existencia en este Estado navarro, y lo reivindicamos como modo de salir de la situación de subordinación y fractura actuales. No se trata de volver a un sistema estamental, propio de aquel pasado, sino de recuperarlo como Estado libre, moderno, en el juego internacional presente.

Arana Goiri tuvo la capacidad y el mérito de transformar la reivindicación foral, característica del carlismo del XIX y de grupos fueristas liberales, en una reivindicación nacional, acorde con las perspectivas de su época. Sin embargo, este líder asumía una visión histórica en la que la partición territorial de nuestro país daba por buena la Historia canónica española y francesa.

Lo que Arana consideró territorios vascos originales (Bizkaia, Navarra, Araba…) son consecuencia de los sucesivos ataques, conquistas y violencias sufridas por el reino de Navarra a manos de Castilla -España, a partir del siglo XVI- y de Francia. Nuestros territorios ‘históricos’ no han sido resultado de la voluntad soberana de sus moradores, sino particiones imperiales.

Basar el futuro de la nación vasca sobre el fraude del relato de dominación es un error que pervierte el conocimiento y favorece, naturaliza, la subordinación. La nación vasca debe reivindicar sin complejos la existencia de un Estado histórico que fue independiente, forjó su cultura y la defendió durante siglos.

La memoria de Navarra como reino durante siglos se ha mantenido en la Alta Navarra hasta hoy. Esta lectura histórica se ve confirmada por la investigación reciente. Sobre ambas se debe construir el relato que nos  constituye como nación.

El relato que nos aboque a un futuro libre deberemos construirlo nosotros con nuestra voluntad política, pero conscientes de la existencia de un pasado propio, no apéndice de las mentiras imperiales.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

NOTICIAS DE NAVARRA (2023/02/23)

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2023/02/26)

BLOG DE JAUME RENYER (2023/05/03)


21 noviembre 2022

LA MANO QUE MUEVE LA HISTORIA

 

«La historia es siempre historia contemporánea, es decir, política».  

Antonio Gramsci. "Cuadernos de la cárcel" *.

 

La historia se ha considerado siempre, por lo menos desde Heródoto y Tucídides, como una ciencia, capaz de construir una narración de hechos contrastados de una colectividad –un pueblo– que habita de modo estable sobre un territorio dado.

Esta narración convenientemente trabajada dará lugar a un relato que será utilizado por sus gentes para afianzar su identificación, autoestima y cohesión o, por el contrario servirá para que sus enemigos puedan justificar su derrota y dominación. En cualquiera de ambos casos la Historia muestra una faceta oscura: no será nunca la narración de un ser omnisciente externo a los acontecimientos, como sí sucede, normalmente, en la poesía épica o en las novelas.

La importancia central de la Historia consiste precisamente en su función cohesionadora, a favor y en contra. Los usos de la Historia son muy variados (didácticos, de investigación, propagandísticos…), pero se centran casi siempre en la justificación de un ‘statu quo’ o de una puesta en cuestión del mismo.

La Historia, para construir su relato, utiliza muchas ayudas externas que, por el hecho de entrar a formar parte de su construcción, constituyen lo que se conoce como “disciplinas auxiliares”. Una es la Arqueología. Los hallazgos arqueológicos individuales por sí solos no contienen un interés especial ya que normalmente se integran en el discurso central de la Historia que se pretende interpretar. 

Pero sucede como con los paradigmas en las ciencias naturales (física, química o biología). Los hechos se clasifican dentro del paradigma dominante en el momento, al menos mientras no desentonen mucho. La carta en euskara de Matxin de Zalba a comienzos del siglo XV o los textos de Pérez de Lazarraga en el XVI, conocidos tardíamente, se incorporaron al corpus que el estudio de nuestra lengua ofrecía en el momento. Y en su paradigma.

Cuando surgen elementos extemporáneos al mismo se produce su rechazo y se afirma su falsedad desde los bien pagados circuitos oficiales, como vimos en el caso de las ostrakas de Iruña Veleia, que, sin previo (ni posterior) análisis físico de los materiales, fueron desechadas como falsificaciones porque a un lingüista (y seguramente a alguien más interesado) no le cuadraban en su ’paradigma’.

En el caso de “la mano de Irulegi” los investigadores han insistido, por activa y por pasiva, en que todos los elementos físicos y estratigráficos están bien calibrados y no hay lugar para falsificaciones ni errores. De Iruña Veleia, sin realizar análisis alguno, se produjo su defenestración (de los materiales, al vertedero, y de sus descubridores, al juicio y al ostracismo)

Es decir, en el caso de Irulegi estamos ante un descubrimiento único del que todos nos alegramos mucho y que nos dará pistas sobre la evolución de nuestra lengua en el límite entre prehistoria e historia, pero no sabemos qué incorporación tendrá al relato del país. Ni qué aportaciones nos traerá sobre la propia evolución de los vascones en esa fase.

Mucho nos tememos que pesarán las praxis habituales de menospreciar lo propio, sobre todo cuando conlleva la reafirmación de un sujeto histórico-político, el pueblo vasco, que se organizó progresivamente en la Baja Antigüedad y se constituyó en el Estado navarro. Un reino que generó en torno a su capital la primera koiné de nuestra lengua, de la que derivaron, por rupturas territoriales y conquistas posteriores, sus formas dialectales o euskalkis.

Sorprende mucho que este notable descubrimiento en Irulegi haya provocado la excitación y alegría de muchos compatriotas a los que hemos escuchado repetidamente despreciar el valor de la historia a la hora de construir nuestro relato nacional. De repente, al ser científicamente avalado, ya no entra en el capítulo de mitologías y chascarrillos con que se ha etiquetado (y menospreciado) nuestro pasado. Podemos disimular los complejos de inferioridad. Lo que sucede es que la ‘pieza’ de Irulegi no engarza, por ahora, con el paradigma oficial y puede quedar como una curiosidad. Espectacular, pero sin lecturas políticas (lo cual es otra forma encubierta de politizar).

Deberíamos exigirnos un poco más de coherencia. Cuando las piezas encajan en nuestro relato nacional, en nuestra Historia, son sistemáticamente puestas en cuestión, son “hacer política”. Cuando no encajan más que como curiosidad, ¡adelante!  

Así no se construye una historia científica, ni conciencia crítica ni comunidad. El saber y la inteligencia de Heródoto quedan reducidos a la trivialidad de un fetiche o una piedra filosofal.

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*«Sólo la identificación de historia y política trae a la historia este carácter [meramente erudito y libresco]. Si el político es un historiador (no solamente en el sentido de que hace historia, sino en el sentido de que actuando en el presente interpreta el pasado), el historiador es un político, y en este sentido […] la historia es siempre historia contemporánea, es decir, política».  Antonio Gramsci. "Cuadernos de la cárcel".

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

NOTICIAS DE NAVARRA (2022/11/24)

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2022/11/26)



07 marzo 2022

LA BANALIZACIÓN DEL 'CONFLICTO VASCO'

 Charles Tilly (…) nos decía, hace ya 30 años, que la Ciencia Social, sin la Historia, es como un escenario de Hollywood en el que no hay nada detrás”.

(Gerardo del Cerro. Guerra en Europa)

La banalización del conflicto que afecta a nuestra sociedad, tras el desarme de ETA y la pérdida de referentes, está llevando a sectores de la Izquierda Abertzale a posiciones y argumentos insólitos. Hablamos de convivencia, nacionalidad, democracia… como si todo el monte fuera orégano; con una ligereza que el discurso parece sacado de una dieta de adelgazamiento: sin grasas, sin calorías, sin hidratos de carbono. Sin fundamento.

Hace unos días un profesor de universidad describía nuestra relación con el Estado español en términos de plurinacionalidad. Por resumir su argumentación, en sus propios términos, citaba tres tesis o axiomas: las naciones no tienen derechos; Euskal Herria es plurinacional (como el Estado); y lo sensato sería asumir esta realidad y olvidarnos de referéndums de autodeterminación.

Ojipláticos ante este giro argumental de ‘pensadores’ antaño abertzales, intentaremos asomarnos a las honduras de esos principios teóricos. Lo de que las naciones y los pueblos no tienen derechos adheridos nos suena a ecos savaterianos, aquel articulista que aseveraba que sólo existen derechos individuales, y que los entes colectivos no tienen condición de sujeto de derecho (a excepción de los Estados, obviamente), más allá de lo retórico o ideológico. Le recomendaría la lectura de algunas constituciones de Estados actuales. Por supuesto, en nuestra opinión las naciones no tienen derechos si no los defienden o renuncian a ellos (que parece ser el caso). Pero diríamos que es más plausible pensar que son los Estados los que, en el ejercicio de su fuerza y su poder, no se los reconocen, y punto.

En el desarrollo argumental de este principio, el profesor de marras sostiene que “la capacidad de poder decidir estaría por encima de supuestos derechos históricos o esenciales”. Dejemos lo de esenciales, que no está claro a qué viene. Por supuesto, todos estamos a favor del derecho a decidir; pero poner ese derecho en el eje del problema como principio estratégico, por encima y al margen de las realidades históricas y los procesos societarios en pugna, nos lleva a absurdos y disparates de este calibre. Las relaciones entre naciones y Estados solo se entienden y tienen su sentido (y su arreglo) en el contexto de la historia; y en consecuencia eliminar el pasado de la ecuación del conflicto nos conduce a desnaturalizarlo. A confundirlo. A banalizarlo. A borrar del análisis la violencia originaria, el genocidio, la conquista del pueblo sometido; su resistencia; su desarticulación política, institucional, su aculturación; la ruptura con su propia existencia; la negación de sus derechos…

¿Se puede entender el conflicto vasco sin la violencia histórica, sin la resistencia de Amaiur, sin las conquistas de Castilla, sin la existencia del imperio español, sin el bombardeo de Gernika, sin las prohibiciones del euskara, sin la represión, sin Franco, sin la derogación de los fueros…?

El derecho a decidir, así formulado, como principio estratégico por encima de la realidad histórica de los conflictos -falso, además, porque no está recogido ni reconocido en ningún ordenamiento (a diferencia del Derecho de Autodeterminación, en la ONU…)-, nos lleva a un profundo falseamiento de la naturaleza de los mismos. Al enmascaramiento del papel de los Estados imperiales en el origen de la violencia y en la construcción nacional de los pueblos.

Con respecto al segundo punto, que en Euskal Herria concurran varios sentimientos nacionales no significa que sea plurinacional (o al menos no en la misma medida que el Estado español); porque no se dan en régimen de igualdad, de convivencia o poder compensado. Euskal Herria no es un Estado. Como por otra parte, tampoco ocurre en el Estado; decir que el español es plurinacional es bastante discutible; como Estado es abiertamente unitario. En todo caso, no se puede poner en el mismo plano la situación nacional -conflictiva- en una colonia o en el Estado dominante. No son lo mismo. Y compararlas acríticamente es mezclar churras con merinas (y ponerse del lado del poder, dicho sea de paso).

Digamos, como comentario, que para constituirse en Estado independiente una nación no necesita un sentimiento de diferencia, como sugiere el profesor; sino un sentimiento de pertenencia. Un ‘nosotros’. La referencia de un sujeto colectivo que dé sentido a la acción colectiva, a la construcción del futuro, del que formar parte. Estos conceptos poco rigurosos, que flotan en el artículo, dan la sensación de estar desenfocados.

Por no alargarnos en el asombro de esta dieta de adelgazamiento que nos sirven como discurso digamos que el mismo concepto de ‘democratizar’ el Estado español es absurdo. Peregrino, insisto. No tiene fundamento. España no se puede democratizar sin renunciar a su naturaleza imperial, originaria, a su herencia de cárcel de pueblos; es decir, un territorio de poder con sus colonias y pueblos conquistados. Para que existan libertades y democracia España como tal debe saltar por los aires. Luego, ya veremos.

Angel Rekalde / Luis María Martinez Garate

NOTICIAS DE NAVARRA (2022/03/11) 


20 julio 2021

¿LOS REYES DE EUSKADI?

Rey de bastos

Resulta que el verano, antes pródigo en noticias fabulosas, las llamadas “serpientes de verano”, viene ahora dedicado al adoctrinamiento histórico. El nacionalismo español vuelve a su esencia, a la reconquista, en este caso de mentes y conciencias.

Si hace pocas semanas era Jaime Ignacio del Burgo quien nos aburría con sus alabanzas al emperador Carlos V, en esta ocasión es el historiador Pedro Chacón quien nos abruma con las glorias de Alfonso X de Castilla (“El rey sabio en Euskadi”. Diario Vasco, 16-VII-21). Los reyes españoles siempre son sabios, católicos, grandes, hermosos… Los nuestros tienen boina, que diría Eduardo Galeano.

El panegírico del rey hispánico nos recuerda la reflexión de Claudio Magris a propósito de otro monarca: “las iglesias, las torres, las casas patricias, las figuras esculpidas reflejan la majestad del pasado, una gloria que sólo se puede recordar y nunca poseer, que siempre ha sido y nunca es” (‘El Danubio’). Esa misma gloria apreciamos en el dominio castellano; las monsergas de siempre para justificar una violencia que nunca aceptamos; que todavía hoy dibuja nuestro mapa. Y que así se percibe en sus palabras: un elogio, una nostalgia de las épocas de expansión y batalla.

Lo cierto es que el relato de Chacón exhala todos los tufillos del discurso supremacista español. El primero, paradójico, chocante, es acusar de nacionalista a cualquiera que le discuta. “Todos estos municipios, sin excepción, están gobernados por el nacionalismo”. Los nacionalistas son los otros. Alguien que se lamenta de que un rey ajeno, castellano, no encuentra el menor recuerdo en las poblaciones vascas, cuando fue “uno de nuestros auténticos padres fundadores”, nos habla de nacionalismo. Pensamiento colonial encajado a rosca.

Otro de los rasgos que mueve a Chacón, que cruje por estar fuera de juego en nuestros días, es el de cambiar la grafía del país para describirnos con una geografía rancia, franquista. En su artículo Bergara es con v. Vergara. Kontrasta es con c, Contrasta. Como Korres, Corres. Agurain es Salvatierra. Tolosa y Segura permanecen porque no se les ha podido encontrar nombre sustitutorio (sic). Para él no es Ordizia sino ‘Villafranca de Ordicia’. No tenemos derecho a llamarnos como nos dé la gana. Bautiza quien manda, que para eso tiene la autoridad y la fuerza. Me recuerda a Humpty Dumpty. “Cuando yo empleo una palabra -insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso-, significa lo que yo quiero que signifique. –La cuestión está en saber quién manda” (Lewis Carroll).

El supremacismo es esa posición de un grupo humano que se considera superior a otros por tener la capacidad de someterlos y definirlos como quien define ‘un objeto propio’. Edward Said analizó cómo Egipto era definido por el dominio colonial del imperio inglés. Egipto era lo que los ingleses decidieran (a su conveniencia, obviamente). Parece que el modelo le gusta tanto a Chacón que lo adapta al pie de la letra. El rey de Castilla es nuestro padrecito fundador. Antes no existía el país. Castilla nos pone los nombres de las villas. ¿Quiénes nos creemos nosotros para cambiar esa tutela?

En conjunto el artículo de Chacón revela los tics habituales de estas lecturas interesadas de la historia. Manipulación, ocultamiento, versión oficial que legitima al vencedor… En 1200 Gipuzkoa y Araba pasaron a la órbita castellana, dice. Así; pasaron; como quien no quiere la cosa. No hubo, parece, guerra, ni violencia, ni invasión, ni ilegitimidad, ni desgarro del territorio vasconavarro. Luego vino el rey (¿de Euskadi? ¿De Castilla?) y fundó las villas para darnos una alegría. No para montar una frontera con la Navarra que no pudo ocupar, con el trozo del país que seguía siendo independiente. Tolosa, Ordizia, Segura, Agurain, Kontrasta, Korres, Kanpezu, Buradon… todas esas villas fundadas en la misma época (1256) en esa muga de guerra, recién inventada.

La fractura del país, la conquista, la violencia contra las gentes, los derechos, la aculturación de borrar hasta los nombres propios de la geografía… Todo son bagatelas ante la gloria de los reyes fundadores de la ‘patria’. ¡Supremacismo blanco y en botella!

Angel Rekalde / Luis María Martinez Garate

NOTICIAS DE NAVARRA (2021/07/21)


25 junio 2021

NOAIN: EL IMPERIO CONTRAATACA

Parece broma, pero no lo es. Resulta grotesco, eso sí, pero es la sensación que despierta la intervención de Vox y de Jaime Ignacio del Burgo en el aniversario de la batalla de Noain. El imperio contraataca. Con la llegada de la fecha y unos tímidos actos que recuerdan la defensa de la independencia del reino frente a la tropa imperial, han salido los ñordos de la caverna a liarla. A vociferar. Vox, a provocar, a reventar el homenaje de Salinas de Galar. Y Jaime Ignacio del Burgo, a cantar alabanzas al emperador Carlos V de Alemania y I de España, a injuriar a los navarros defensores y justificar aquel imperio en el que no se ponía el sol ni descansaba la barbarie.

Se preveía una cierta actividad con motivo del 500 aniversario de la derrota de Noain, que significó la debacle militar de aquella Navarra independiente. En efecto, fue la última bocanada del reino como tal, en la medida en que la rebelión de 1521 recuperó el dominio navarro sobre todo el territorio, liberó el país aunque fuera por un mes, y recomenzó la tarea de institucionalizarse. Con el apoyo general y la voluntad de las gentes. Así, pues, la vuelta de la tropa española fue una nueva invasión sobre un Estado europeo libre, legítimo, sostenido por una población que se había levantado en armas para defenderse. Más tarde hubo otras luchas (Amaiur, Hondarribia, etc. Hasta el presente); pero ya no tendrían ese carácter estatal de legitimidad de un Estado libre.

Como digo, se veía venir esta conmemoración. Lo que no se esperaba es esta euforia imperial, esta contraofensiva española con un discurso arrogante. Pensar la historia a partir del derecho de conquista, de pernada, del más fuerte. En efecto, una cosa es reflexionar sobre el pasado e indagar en el origen de los conflictos. Una cosa es reivindicar el valor de la memoria, en la medida en que es patrimonio simbólico que construye la sociedad y la cohesiona. Le otorga una suerte de argamasa imaginaria; una ética de la solidaridad y los orígenes que se comparten. Y otra muy distinta levantar la bandera del duque de Alba y los tercios de Flandes, aquellos que todavía se invocan para asustar a los niños flamencos que no quieren acostarse.

Anacrónico, trasnochado, improcedente… algo está fuera de lugar al referirse a aquellos tiempos con una mirada como la que bizquea del Burgo. No sólo porque miente, porque tergiversa los hechos y los adorna con un sentido que hace tiempo quedó desenmascarado. Ya nadie sostiene que el “día 30 de junio -500 aniversario de la batalla de Noáin- diremos que aquel día fueron derrotados los franceses, no el “ejército real” de Navarra como se pretende” (sic). Sabido es que a Ignacio de Loiola, cuando defendía el cuartel español, le hirieron los propios habitantes de Pamplona, que se levantaron contra la ocupación como en tantos otros lugares. No había ‘franceses’ en el levantamiento de Iruñea, como en Lizarra, Cáseda, Zangotza… Pero es que admitir que fue la propia población la que liberó el territorio navarro deja a las claras la identidad de los combatientes.

Lo más ridículo, en todo caso, más allá de estas argumentaciones, es la posición de del Burgo, y se ve que está más cerca de los fachas de Vox, fuerza inexistente en Navarra (a excepción de los cuarteles), que de cualquier posición navarrista. En sus artículos este fulano interpreta (miente, justifica…) aquellos sucesos desde una defensa cerrada del imperio español. “Luz perpetua para el emperador Carlos”. “Maya (Amaiur) es un monumento a la reconstrucción falsaria de la historia de Navarra dirigida a provocar nuestro divorcio con la gran familia española”.

Del Burgo es un sujeto retrógrado, servil con el poderoso, con un pensamiento rupestre. “El emperador Carlos que, gracias a su firmeza y magnanimidad…” Cuando defiende, en el siglo XXI, las bondades del imperio, parece un satélite que se mueve con la mentalidad del lado oscuro de Anakin Skywalker, que va por la vida pública con una espada de rayos fosforescentes, que piensa a lo duque de Alba, en términos de autoridad, fuerza, gloria, oro que rapiñar y estrella de la muerte.

No merece la pena debatir con del Burgo. Miente siempre. Si fuera más sibilino lo meteríamos en la categoría del príncipe Fernando el falsario que Maquiavelo analizó con su arte. Pero con lo cavernario que resulta, apenas da para retratarse en la épica de la ‘Guerra de las Galaxias’, con la sonrisa perruna de Chewbacca y el perfil psicológico de Darth Vader (“soy tu padre”).

Angel Rekalde / Luis Mª Martinez Garate

NOTICIAS DE NAVARRA (2021/06/26)

14 diciembre 2020

DELIRIOS DE GRANDEZA

En una de sus charlas telefónicas con el enemigo, decía Gila: “¿Mi general? ¿Que si vienen a fusilarnos o vamos nosotros?” Esta semana hemos comprobado que las ocurrencias de Gila no caducan. No pasan de moda. En el Estado español la realidad siempre supera a la ficción; y el humor (negro, mal humor o el que avinagra) te lo sirven en bandeja.

El escritor Mario Vargas Llosa ha publicado un alegato en El País, ‘La lengua oculta’, en el que se queja de la flaqueza del español ante el avasallamiento de las lenguas locales, menores, periféricas (sic).

A la vez, Francisco Beca, general de aviación, ha ladrado que para salvar España habría que fusilar a veintiséis millones de hijos de puta. Se podría pensar que no es conveniente mezclar churras con merinas, y no es lo mismo un premio nobel que un zascandil con chorreras. Pero, si leemos las argumentaciones, descubrimos que el relato que las sustenta es similar en ambas.

El texto de Vargas Llosa ha despertado críticas por la peste de supremacismo que atufa. “Nuestra lengua es universal… Las otras, dialectos, vocabularios…” Me recuerda a Eduardo Galeano cuando explicaba el choque de civilizaciones: la mía es religión; la vuestra, superstición, superchería. Mi lengua es universal, la tuya, local, vocerío, algarabía.

“El español -sostiene Vargas Llosa- nos trajo a los hispanoamericanos Grecia y Roma, Shakespeare (…), las instituciones que determinaron el progreso y la modernidad, así como la filosofía que permitió acabar con la esclavitud, que determinó la igualdad entre las razas y las clases, los derechos humanos y, en nuestros días, la lucha contra la discriminación de la mujer”. Quizás se deja en el tintero el preservativo y los viajes a la Luna. El español es la varita mágica que todo lo arregla, aunque no sé si al hablar de la esclavitud y la discriminación de la mujer en Latinoamérica no se haya pasado de la coca; digo, de la raya.

Pero, admitiendo que el tufo supremacista de Vargas Llosa, peruano con aspiraciones de ascender a español, atosiga, si comparamos su argumentación con la del general Beca, observamos que el relato que le justifica se sostiene en la misma lógica.

En efecto, explica, “el castellano o español reemplazó a las mil quinientas (que algunos lingüistas extienden hasta cuatro o cinco mil) lenguas, dialectos y vocabularios que hablaban en América del Sur.... Como no se entendían, vivieron muchos siglos entregados al pasatiempo de entrematarse”.

Es la misma casuística. Una lengua grande, imperial, “universal”, puede exterminar (perdón, reemplazar) mil quinientas, cinco mil, las lenguas que haga falta; con la argumentación de que no hacen otra cosa que inducir a sus tribus, clanes, chusma en resumen, a entrematarse.

Hay que salvarlos de ellos mismos. Su cultura (una lengua es una cultura, nos dice Vargas Llosa) no entiende a Shakespeare, es primitiva, mortífera, no está a la altura de lo universal (adjetivo que repite en cada párrafo, hasta la náusea).

¿A quién no le recuerda este argumentario a las justificaciones de la conquista de Navarra, desde la época de Fernando de Trastámara, que ‘tuvo que’ intervenir y conquistar el reino pirenaico porque entre agramonteses y beamonteses no hacían otra cosa que entrematarse? Siempre los reyes hispanos emprendieron sus conquistas por altruismo, para salvar a otras naciones de ellas mismas; de su herencia cainita. No por el poder y la rapiña. Y luego, como bien explica el peruano, para más gloria les llevaron Grecia y Roma, la paz, el progreso económico y la filosofía antiesclavista. (Aunque la esclavitud perduró en Latinoamérica hasta la independencia de Cuba, por lo menos. ¡Hasta que echaron a los españoles, vamos! Cánovas del Castillo era esclavista).

El supremacismo moral de esta argumentación hispánica se desliza entre líneas. Como no podía ser menos en estos relatos que sacan a colación a ETA, venga o no a cuento, las políticas educativas que debilitan el español y que Vargas Llosa critica se impregnan con el apoyo de Bildu, continuación de ETA (sic), la organización terrorista que asesinó a 900 personas. Eso sí, contrasta este toque de trementina con la ligereza con que se despacha el genocidio americano: “Murieron por la espada y la pólvora muchos indios”. ETA terrorista asesina; pero en la conquista de América los indiecitos se mueren solos. Esto recuerda también a las noticias de prensa en las que las mujeres fallecen (de muerte natural) después de que su agresor les propinara decenas de cuchilladas. ¡Vaya con el Vargas Llosa!

En el artículo de El País, y en las baladronadas tuiteras de Francisco Beca, la mentalidad es paralela. El relato de sus querencias y malquerencias recorre los mismos vericuetos mentales. El imperio se hunde; la lengua se pierde; la gloria, la grandeza… Si para salvar la universalidad de España hay que fusilar a veintiséis millones de españoles, o aniquilar cinco mil culturas, cinco mil idiomas, pues se hace. El bien de España es supremo, por encima de bagatelas como pueblos, libertades, incluso millones de vidas. El ser más y tener más fuerza les legitima.

El teléfono de Gila lo cuenta como chiste; como disparate y situación insólita. Pero Beca y Vargas Llosa piensan en serio que la razón de ser de los imperios está en reemplazar lenguas, borrar derechos, exterminar culturas; y que los pueblos del mundo esperan que les fusilen y hacen cola.

Angel Rekalde Luis María Martinez Garate

NOTICIAS DE NAVARRA (2020/12/17)

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2020/12/17)

CARLISMO DIGITAL (2020/12/17)


24 julio 2020

UNA CALLE AL REY JUAN CARLOS

Reina Maria Cristina
Hace unas semanas, el alcalde de Gasteiz anunció el propósito de retirar el nombre del rey Juan Carlos de una calle de su ciudad. No es para menos, a la vista de los escándalos -en plural- que están apareciendo en torno a la figura del borbón, sobornos, cobros de comisiones, cuernos, corruptelas, testaferros, cuentas ocultas… Eso sin contar sus vínculos con Franco, la dictadura, el 23-F, etc. La razón que aduce el alcalde es que “ese señor no se merece una calle”.

Quizás sería más apropiado pensar a la contra y, en justicia, darle la vuelta al argumento. Quien no se merece esa afrenta es la ciudadanía gasteiztarra, y es más importante la población que las eventuales alegrías de un putero ‘viva la virgen’. Desde que los parlamentarios de Herri Batasuna le cantaran el Eusko Gudariak y le recibieran puño en alto, este tarambana nunca ha gozado en nuestra tierra de buena prensa.

Pero la iniciativa de Urtaran, que ya era hora, da pie para una reflexión más a fondo. En efecto, el callejero de una ciudad (como se entiende en la observación del alcalde) forma parte del paisaje simbólico que nos llena la biografía de referencias documentales. El historiador francés Pierre Nora llamaba a estas referencias lugares de memoria, porque impregnan nuestra existencia de significados vinculados al pasado y a sus interpretaciones. Como podemos suponer, las autoridades se encargan de seleccionar estos nombres y personajes históricos con exquisito cuidado, porque marcan con su huella la vida cotidiana que transcurre entre ellos, y al quedar en la memoria cargan la identidad de las poblaciones con un poso indeleble.

Si pasamos de Gasteiz a Donostia, esta observación nos lleva a contemplar el callejero con sorpresa. Con incredulidad incluso. Tenemos Reyes Católicos. Reina Regente. Isabel II. Plaza Alfonso XIII, Avenida Carlos I. Puente María Cristina. Alfonso VIII. Reina Victoria Eugenia. Infante don Juan (padre de Juan Carlos I, por cierto), Infanta Beatriz. Infante don Jaime. Escolta real… ¿Qué tiene la realeza española para que esté tan presente en nuestro imaginario, en calles, direcciones postales, en domicilios y recuerdos familiares? Con las palabras de Urtaran, ¿por qué -nos preguntamos- se han merecido esos ‘señores’ de la realeza, fulanos con corona, cabezas visibles del imperio hispánico, miembros de las élites más despreciables de la historia, unas placas honoríficas entre nuestros portales? ¿Qué han hecho por nosotros? ¿Qué autoridades hemos tenido en la capital guipuzcoana, lacayos al servicio de los monarcas que ahí se nombran, corruptos, putañeros, esclavistas, representantes de la violencia del imperio, para otorgarles la distinción de nuestras plazas y avenidas más notables?

¿Por qué no hay una calle dedicada a los anarquistas que pararon a las tropas facciosas el mismo 18 de julio, las derrotaron en Amara y las devolvieron a sus cuarteles? ¿Por qué no hay en toda la ciudad apenas referencias a los sucesos, fechas, fusilamientos de la guerra del 36, aunque es una memoria cercana, viva, sangrante, que reclama conocimiento y reparación? ¿Por qué apenas se descubre ningún atisbo de los orígenes navarros de esta población, su lengua vasca, su vinculación al territorio que nos rodea, siendo capital de Gipuzkoa, corazón de Euskal Herria?

Si paramos en ello, descubrimos que ese callejero nos cuenta un relato. Pretencioso. Servil. Ajeno. Una historia de vidas ejemplares destacadas por su celebridad y sus supuestas virtudes. Y es una historia de España, del poder colonial. Los borbones, sus generales, sus santos patronos, la gloria del imperio que fue, la descomposición, el expolio, la esclavitud disimulada, escondida bajo los laureles, la barbarie de la imposición de la lengua… No hay en ese escenario lugar para nuestras gentes, para las mujeres violadas y asesinadas en 1813. No hay relato de país, ni del trabajo, ni la cultura… Ni hay sitio para Mikel Gardoki, que luchó contra la dictadura y por la independencia (que eso no se permite); franquistas del PP le tildaron de terrorista y culpable; le quitaron la calle. Ni hay espacio para Txillardegi, uno de nuestros intelectuales, porque la inquina y el odio le persiguen más allá de la muerte.

Las calles de Donostia huelen a Franco, a Juan Carlos, a Alfonso XIII; a desmemoria; y a borbones. Los donostiarras no nos merecemos esa basura en las calles.


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Firman este escrito: Luis Mª Martínez Garate, Angel Rekalde, Arantza Amunarriz, Gurutz Olaskoaga, Iñaki Arzak, Jose Ignazio Indaberea, Inaxio Kortabarria, Josu Tellabide, Luis Gereka

03 junio 2020

EN TORNO AL CONCEPTO DE PATRIMONIO

Este texto recoge de forma resumida los contenidos de una conferencia titulada “Patrimonio: ¿un concepto en crisis?, impartida en el Centro Cultural Navarrería de Pamplona, el 11 de mayo de 2001.
Un escenario que obliga a la reflexión

La continua destrucción del patrimonio en Navarra nos obliga a reflexionar, conscientes de la importancia que su conservación y creación tienen para garantizar la continuidad histórica de nuestro Pueblo.

En Iruñea se han producido recientemente tal número de actos destructivos que, según término acuñado por la UNESCO, puede hablarse de Crimen contra el patrimonio. El derribo de gran parte del Palacio Real, el levantamiento del adoquinado, la demolición de la base del lienzo de muralla medieval en la obra del aparcamiento del Rincón de La Aduana, la sumisión del baluarte de San Antón en la Ciudadela al proyecto del nuevo auditorio y, quizás el más grave de todos ellos, el vaciado de la Plaza del Castillo, donde se ha destruido gran parte del complejo histórico-arqueológico más importante de los navarros (véase Castellet y otros 2003), son algunos de los hitos más notables de esta tragedia. La falta de restauración y las malas intervenciones arquitectónicas en otros edificios y monumentos emblemáticos en Navarra contribuyen a ensombrecer aún más el panorama.

También es lamentable la pérdida y dispersión, principalmente en las bibliotecas y archivos de España y Francia y colecciones particulares, de parte del Archivo documental del Reino (Patrimonio escrito); igualmente el abandono del Patrimonio Industrial, en su cuádruple vertiente de continentes, contenidos, productos y archivos, materializado en uno de sus actos más recientes en la demolición de la Azucarera de Marcilla.

A todo lo anterior se une el modelo urbano que pretenden imponer en esta tierra quienes hoy ostentan el poder político y económico: un modelo que prioriza el uso del automóvil, el consumo y la creación de grandes superficies y otros no lugares (según Augé, 1992), en los que prima el individualismo frente a la cultura más solidaria de la calle. Sufrimos un brutal proceso de metástasis y clonación de urbanizaciones y la destrucción de nuestro paisaje y arquitectura tradicional.

Contémplese a este respecto la desfiguración de la Cuenca de Pamplona y la destrucción de patrimonio histórico-artístico que supone el pantano de Itoitz (véase Asirón, 2001).

El olvido y menosprecio de las expresiones más genuinas de nuestra cultura contribuyen de manera clara a la liquidación de nuestra identidad social.

Consideramos intolerable y genocida la represión que sufre en la CFN nuestra lengua nacional, el vascuence (euskara), elemento central del Patrimonio de los navarros y patrimonio de la Humanidad, sometido a una política de marginación a través de la denominada “Ley del Vascuence”.

Estos y tantos otros casos que tristemente se podrían recordar, constituyen
etapas de un proceso continuo de degradación de elementos básicos de nuestra memoria colectiva y son, al mismo tiempo, expresión de alarmantes carencias en nuestra sociedad.

Información y creación de Patrimonio

En primer lugar, nos parece necesario adquirir una visión amplia del patrimonio, que supere la concepción fundamentalmente monumentalista imperante sobre el mismo. En esencia el patrimonio es un archivo, un elemento básico de referencia histórica (memoria histórica) y autoestima social. El patrimonio es información.

Pero de trata de un archivo especial, configurado en forma de red o sistema de elementos –elementos patrimoniales-– en continua interacción. Defendemos, por tanto, una concepción sistémica y no reduccionista de la cultura (véase Bertalanffy, 1975) y del patrimonio.

En consonancia con esta ultima afirmación, la consideración de los entornos donde se integran e interaccionan los elementos patrimoniales debería guiar una moderna política de patrimonio.

En nuestra opinión, además, no sólo es necesario recuperar, defender y mantener el legado de otros tiempos, sino que éste debe evolucionar y es preciso acrecentarlo; crear Patrimonio. El patrimonio es algo vivo. Sólo las sociedades vivas son capaces de crear patrimonio. Crear patrimonio implica incorporar a la red patrimonial nuevos elementos y también consensuar y emprender labores de reconstrucción y/o recreación de elementos emblemáticos dañados o desaparecidos. Media Europa ha sido reconstruida y recreada a partir de sus escombros tras las dos grandes guerras del siglo XX.

La Humanidad tiene su patrimonio y éste emerge a partir de las culturas particulares, basadas a su vez en grupos humanos que son quienes mantienen (o destruyen) y generan nuevos elementos patrimoniales. Nuestra responsabilidad universal en materia de patrimonio pasa inexorablemente por el entorno más próximo. Es el patrimonio de nuestros pueblos, valles y nación (Navarra-Euskal Herria), con su lengua y tradición político-social, incluso el del entorno cultural del Occidente europeo, el que permite nuestra aportación al Patrimonio humano.

De lo dicho podríamos concluir que el propio término de Patrimonio expresa actualmente limitaciones fundamentales. Incluso podría plantearse el abandonarlo y buscar un nuevo modo de designar el conjunto de realidades de todo tipo y sus múltiples relaciones e implicaciones que hasta ahora así se han denominado.

Definición de patrimonio y elementos patrimoniales

Es patrimonio el conjunto de bienes, materiales (muebles e inmuebles) e inmateriales (instrumentales, éticos, comunicativos y organizativos) que, en continua interacción, constituyen el acervo, el activo, a través del cual, o en su seno (Patrimonio natural), un pueblo participa en el devenir de la Humanidad.

También podríamos definirlo como la red (sistema) de expresiones (elementos) materiales e inmateriales de cada cultura. Presenta, principalmente, aspectos lingüísticos, históricos, sociales, productivos, políticos, artísticos, religiosos; culturales, en general.

La lengua es un elemento precultural patrimonial básico. Su fase más intensa de desarrollo en la evolución humana parece que tiene lugar cuando se dispara la evolución tecnológica, produciéndose un salto, tanto en la propia evolución técnica como en el nacimiento de las expresiones simbólicas, artísticas, religiosas, actividades no relacionadas directamente con la supervivencia (véase Carbonell, 2000).

A partir de la “Revolución Neolítica” muchos grupos humanos dejan de ser nómadas. El territorio incrementa entonces su importancia como bien patrimonial.

Sobre Lengua y Territorio se crea y construye el resto del patrimonio. Elemento básico es el Paisaje; incluida la Arquitectura, considerada esta última en toda su diversidad, no solo la religiosa o monumental convencionales. Patrimonio son también expresiones básicas multifuncionales como la Literatura -oral y escrita- la Música, las Danzas, el Folclore en general, etc.

Las sociedades humanas modifican su entorno creando paisaje. Éste es consecuencia del conjunto de interacciones entre el medio físico, biológico y humano. El paisaje es un elemento que la humanidad construye como patrimonio, a través de su actividad, sobre un sustrato territorial resultado de millones de años de evolución geológica y biológica.

El Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO adoptó, en 1992, la categoría de “paisajes culturales” para lugares peculiares “creados, formados y preservados por los vínculos y las interacciones entre el hombre y su entorno”. No obstante, se puede afirmar que todo paisaje es cultural por el hecho de serlo, y no tiene sentido sin el observador ni la sociedad que lo construye. El paisaje tiene una doble vertiente: la subjetiva, ya que no existe sin la persona que lo contempla, y la objetiva, que se expresa y cuantifica sobre variables de los sistemas geológico, biológico y social.

La valoración del paisaje como elemento patrimonial es reciente y en ella confluyen cantidad de factores, entre ellos los culturales y los derivados de la propia apreciación subjetiva de las personas (Astibia y Martínez Garate, 1998). El paisaje es un concepto englobante capaz de incluir prácticamente todos los elementos patrimoniales, los “bienes” (ondasunak, en vasco) de una sociedad. Un tema a estudio es la influencia o distorsión que sobre patrimonio y paisaje ejerce una actividad de masas como el turismo.

También son bienes de un pueblo su propia organización social y política; sobre todo, cuando, como en el caso navarro, la organización social, base de la política del Reino desde la Alta Edad Media, constituye un sistema jurídico propio, que se caracteriza por una importante anticipación de posiciones que más tarde se llamarán “democráticas”.

Las manifestaciones comúnmente denominadas espirituales, maneras de mostrar afanes de perdurabilidad, de “relación/ligazón” con otros seres o, simplemente, la conciencia de “ser limitado” que acompaña a las personas, expresiones presentes históricamente en diversos modos religiosos o simbólicos, también pueden constituir parte de los bienes (activo social) de un pueblo, de su activo social.

Conviene resaltar como idea central que nuestro concepto de patrimonio se aleja de la idea de algo pretérito, estático, al margen de las necesidades reales de personas y grupos, solamente a conservar y sin valor para el mundo actual más allá del puramente estético. 

Muy al contrario, el patrimonio es un sistema en evolución, un todo vivo que varía a una con los modos de vida y la mentalidad de los pueblos que lo crean. Es el “activo”, en el amplio sentido de capacidad movilizadora y motivadora de una sociedad, olvidando por el momento las resonancias reduccionistas de tal concepto en su uso puramente contable.

Navarra y el papel de los estados

Navarra es un Estado conquistado y desgarrado por España y Francia (Urzainqui y Olaizola, 1998; Esarte, 2001). En casos similares, los estados dominantes se enfrentan a la resistencia de los ocupados tratando de fagocitar y destruir sus señas de identidad. Dicho de otro modo, buscan lo que en Iparla 3 (1988) se ha denominado con acierto la “resolución entrópica de la contradicción social”. Los recientes conflictos en los Balcanes son un claro ejemplo de ello. La entropía de un sistema físico expresa su nivel de desorganización. 

Según la “Teoría de la Información” (Shannon y Weaver, 1949), un sistema, para mantenerse organizado y lejos de la uniformización, es decir con baja entropía, necesita estar alimentado continuamente por información. Las sociedades humanas pueden morir a menos que se activen sectores sociales que provean información, es decir entropía negativa, capaz de invertir la tendencia impuesta por los actuales estados imperiales. Esto exige tener ideas, capacidad organizativa y estrategia para realizarlas.

No creemos, por tanto, que los estados de nuestra realidad más próxima, creados sobre y en contra de estados históricos como Navarra, Escocia,o Cataluña, sean los sujetos idóneos para garantizar la conservación y expansión de nuestro patrimonio, sino que constituyen, por el contrario, un factor básico de su ocultación y aniquilación.

Sin embargo, considerado genéricamente y dado el control que los estados ejercen en temas tan decisivos como política lingüística, educación, cultura, economía, medioambiente, defensa, etc., su papel como garante del patrimonio es de gran importancia. Publicaciones, como “El Correo de la Unesco” inciden reiteradamente en este planteamiento. Pensamos, por tanto, que en el mundo actual un pueblo mal puede garantizar la vida de su patrimonio sin el concurso de la organización social llamada Estado. De aquí se deduce la importancia que adquiere para nosotros la recuperación del Estado navarro. Este sería el medio principal que en el mundo presente, con una progresiva tendencia a la homogeneización económico-cultural, tendríamos los vascos para tratar de garantizar aspectos tan básicos como son los “Derechos Humanos”, comprendidos en ellos, obviamente, el mantenimiento y expansión de los elementos patrimoniales.

La Aldea Global y la Aldea Local: ¿la Caverna Global?

Tras la denominada Sociedad industrial hoy vivimos inmersos en la Sociedad de la información y de la Economía globalizada. Hechos que suceden a miles de kilómetros no sólo constituyen noticia inmediata, sino que pueden influir directa y rápidamente sobre nuestro entorno más próximo. A esta situación se la ha denominado La Aldea Global (McLuhan y Powers, 1989). Al mismo tiempo, vivimos una situación en la que la necesidad de un apoyo sobre el que construir nuestras sociedades lleva a la recuperación y valoración de las potencialidades de cada sociedad particular (La Aldea Local, véase Schumacher, 1973). Por otro lado, la manipulación de la informacion por los medios de comunicación
–“mediados” por grandes intereses económicos y políticos– produce tal distorsión de la realidad que Gómez Pin (2000), utilizando el símil platónico, denomina el mundo actual como La Caverna Global.

Tan pronto como el desarrollo científico y tecnológico se lo han permitido, el potencial destructivo de los humanos, organizados en muchos casos en empresas expoliadoras preocupadas sólo del beneficio inmediato, o en estados embarcados en aventuras bélicas capaces de aniquilar personas y bienes de todo tipo, se ha mostrado con crudeza. Millones de personas tratan de sobrevivir en la miseria. La actual civilización, derrochadora de energía, está contribuyendo a una preocupante degradación del ecosistema planetario, generándose problemas que lejos de resolverse o reducir su incidencia, son cada vez más intensos y exigen planteamientos más radicales. Por otro lado, la reciente Revolución biotecnológica supone una encrucijada para la Humanidad y el planeta sin precedentes.

Estos y otros problemas exigen una visión global y la inexorable necesidad de un cambio. La obra del geógrafo navarro, Leoncio Urabayen (1949 y otras publicaciones) ha supuesto una temprana y valiosa aportación sobre temas paisajísticos y de desarrollo equilibrado –ecológicos se diría hoy- y marca un hito para nuestra reflexión. El paisaje humanizado de Urabayen, en el sentido de equilibrado es, tal vez, su aportación más original. La “Hermandad del Árbol y del Paisaje”, creada en Iruñea en la primera mitad del siglo pasado, constituye un precedente de los actuales movimientos en defensa del medioambiente (véase Saiz-Calderón, 1929-1930).

Hemos avanzado y la visión antropocéntrica -básicamente judeo-cristiana- de “un planeta al servicio de la Humanidad” está dando paso a la de un mundo en equilibrio, a una trama de interdependencia en el que Homo sapiens es una especie más, aunque importante por su capacidad cognitiva y transformadora. En este sentido incide la “ecología profunda” o “visión holística del mundo” (Capra, 1996). Nuestros planteamientos de “posesión” deberían retornar a planteamientos de “pertenencia”, superando un concepto tradicional de patrimonio que considera los bienes en términos de “recursos”, planteándonos incluso la necesidad de prescindir de esa palabra u otras como heritage, etc., dadas sus connotaciones machistas y de herencia. En este sentido, la palabra vasca ondare –que surge de un pueblo donde el sentido de lo colectivo todavía es importante- parece más apropiada, por su cercanía etimológica al concepto de “bien” (ondasun), que otras utilizadas en idiomas vecinos.

La visión global de un sistema planetario en equilibrio nos lleva a los planteamientos de la “Hipótesis Gaia”, expuesta y defendida por James Lovelock (véase Margulis, 2002). El biólogo Edward O. Wilson (1992) padre de la denominada Sociobiología, destaca la importancia fundamental del mantenimiento de la biodiversidad para la propia supervivencia humana.

Nuestro comportamiento agresivo con el planeta nos debería hacer pensar que éste puede encontrar su equilibrio sin los humanos, y que la vida –como ha ocurrido durante miles de millones de años- puede seguir sin nuestra especie.

Somos parte del Patrimonio de la Tierra y hemos de procurar seguir siéndolo, tratando de continuar en armonía con el resto del planeta.

¿Somos -o podremos ser- los humanos, la consciencia de Gaia?

El respeto al patrimonio es el respeto a los pueblos que continuamente lo crean y sustentan; por tanto, es el respeto a la especie humana (suma de todos los pueblos y sus interrelaciones). A cualquier nivel la diversidad es un requisito básico para la supervivencia. 

La estandarización y uniformización son preámbulo de esclavitud y desaparición. La supervivencia de la Humanidad está ligada tanto a la variedad biológica de la Tierra como a la complejidad lingüística, histórica y cultural de sus sociedades.

El respeto a la pluralidad y diversidad son una importante característica de la tradición jurídicopolítica de Navarra, incardinada en lo que los especialistas denominan “Derecho pirenaico”.

También pertenecen a la tradición cultural europea y, concretamente, a la nuestra los conceptos de la Tierra como madre (Ama Lur) y el de pertenencia a la Casa.

La concepción política del equilibrio entre lo individual y lo social está en la base del Derecho navarro (Urzainqui y Olaizola, 1998).

Otros pueblos nos llevan una gran ventaja. Si queremos una Navarra con presencia digna en el mundo no podemos esperar más. La defensa del Casco Antiguo de Iruñea, con su Palacio Real y toda su fisonomía clásica, ha sido el arranque de una reivindicación con importantes antecedentes históricos, como es la de la “Asociación Euskara de Navarra (Campión, Iturralde y Suit, etc.), y será el símbolo de nuestra regeneración. La consecución de nuestra soberanía política, encuadrada en el marco de la recuperación del Estado navarro, como soporte y garante de nuestra supervivencia y aporte al Patrimonio universal, es nuestro objetivo próximo.

Pretendemos con ello contribuir a un fin mucho más amplio: conseguir un planeta habitable por todos los grupos humanos, y por todas las especies vivas.

A modo de conclusión

El concepto de patrimonio es mucho más amplio que el convencional, limitado casi exclusivamente a aspectos materiales y aún estos en sentido muy restrictivo.

El patrimonio es un sistema dinámico, como las personas y pueblos que lo crean y hacen evolucionar. Es el “activo” que permite que las sociedades humanas vivan y busquen una armonía interna y global con el resto de sociedades y con el planeta.

Son los “bienes” (ondare, ondasunak) de los que cada grupo humano se ha beneficiado en siglos de trabajo, relaciones y reflexión, que se transmite y cambia de generación en generación.

Nuestro patrimonio forma parte de un todo planetario y universal. La moderna concepción de patrimonio y la alarmante destrucción del mismo en Navarra exigen, de manera inaplazable, un serio debate intersocial e interdisciplinar en nuestra tierra. Nuestra supervivencia, individual y nacional, está en juego. No es asunto baladí ni intrascendente como para dejarlo en manos de unas pocas personas con posiciones acomplejadas, homogeneizadoras, reduccionistas y asimilacionistas. Este planteamiento conlleva importantes repercusiones políticas, que nos pueden implicar y comprometer de manera muy profunda.

Agradecimientos

Al Dr. Xabier Pereda Suberbiola (UPV/EHU), a Erlantz Urtasun (Nabarralde) y a nuestros amigos de la Sociedad de Estudios e Iniciativas Iturralde, por la lectura crítica del manuscrito.

Bibliografía

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Luis Mª Martínez Garate, Ingeniero de Telecomunicación

Humberto Astibia Aierra, Doctor en Ciencias Biológicas, UPV/EHU
Miembros de la Sociedad de Estudios e Iniciativas Iturralde