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07 mayo 2023

GERNIKA Y EL MINISTRO FULLERO

La propuesta del Gobierno español para declarar la Casa de Juntas de Gernika como lugar de memoria ha suscitado una polémica sutil, soterrada, que se ha deslizado entre bambalinas, entre insinuaciones y siseos, pero que sin estallar explícitamente ha dejado entrever una desazón en las instituciones autonómicas.

Nadie se ha atrevido a levantar la voz, y apenas se ha protestado entre dientes. Y sin embargo el gesto del ministro Bolaños de declarar Gernika (o la Casa de Juntas; más difuso aún) como lugar de memoria español no ha sentado bien en nuestra tierra. ¿Por qué? Porque la iniciativa surge con malicia y llega con retranca. Y porque el mismo debate es incómodo para todas las partes implicadas.

Veamos el tema paso a paso. Que Gernika era entre nosotros un vibrante lugar de memoria es de sobra conocido; ¡por eso la bombardearon! Gernika era el lugar juradero de Fueros del Señorío de Bizkaia y allí se reunían sus Juntas. Por eso mismo juró Jose Antonio Agirre su cargo de lehendakari ante el árbol legendario, por esa memoria de derechos y libertades propias. Por eso le dedicó Iparragirre su canto más famoso, que se convirtió en un himno político, religioso, de movilización y protesta, durante generaciones y para distintas fuerzas políticas del país, desde el carlismo hasta la izquierda abertzale, pasando por los jelkides.

Un lugar de memoria es su significado. Si se cambia o se difumina, el lugar desaparece para el relato y para la población que lo hace suyo. Es lo que está en juego en la propuesta ministerial de Gernika. Es a lo que apuesta el ministro Bolaños cuando recupera el símbolo nacional vasco para el imaginario español; para la ‘memoria democrática’… hispana. Jugada sibilina. Artera. Con ello se apropia de su significado y lo vacía. Lo resignifica y se lo birla a los fueristas de todas las épocas, a los defensores de las libertades vascas. Se lo choricea, incluso, a los batallones de carlistas que fueron a la guerra con su Gernikako Arbola. Incluso, si me apuran, se lo escamotea al lehendakari Agirre y lo convierte en el símbolo de una población civil bombardeada, una ciudad cualquiera, abstracta, sin más datos ni entretelas. La resignificación es evidente, de un imaginario nacional, a uno imperial; pero apenas han trascendido esas minucias.

Y no ha trascendido la polémica porque la trampa está tendida de antemano, y quizás por ello nadie se ha atrevido a montar un pollo. La trampa es que la legislación española, a la que se remiten todos los que invocan esa memoria oficial, no reconoce otra que la del 36 (democrática, eso sí). Pero española. Antes de esa fecha no existíamos los vascones, ni los euskaldunes, ni los navarros, ni había ocurrido nada que nos marcara. Cualquier otro pueblo del mundo tiene sus referencias. Escocia recuerda al luchador de su independencia, William Wallace, y la batalla del Puente de Stirling. Catalunya el 1714. Latinoamérica en general tiene la fecha del desembarco de Colón en su continente como referente de sus calamidades. Francia reivindica la gloria de Carlomagno, su gran emperador, como mito de su historia, aunque en Vasconia no se le mire con la misma gracia. Pero nosotros no jugamos en esa liga.

Dicho de otro modo, no tenemos existencia; no se nos reconoce que somos, que hemos sido, y que contamos un pasado que nos explica. No sólo que nos explica, sino que nos da consistencia; nos puede enorgullecer; nos aporta autoestima; memoria de agravios (como el bombardeo de Gernika, pero no sólo este); nos ofrece cohesión, conciencia de colectividad, energía de nación… Para eso son los lugares de memoria.

Ahí se entiende el silencio por nuestros lugares, Gernika antes del bombardeo de Gernika, Amaiur, Orreaga, lehendakari Agirre, Martin Ttipia, Jaime Velaz de Medrano…

Y para desmontar estos significados, una vez más, ha venido el taimado ministro de Presidencia del Estado español y nos ha ofrecido una manzana envenenada. Es una burla, un sarcasmo que, ahora, los herederos del crimen de 1937 se apropien de Gernika y lo reinventen como su “primer lugar de memoria”. El ministro de España nos propone reconocer un lugar, pero dentro del imaginario español, muy democrático siempre, y sin asumir sus violencias, ni admitir reparaciones, ni formular perdones, que eso no casa con la arrogancia imperial hispana.

Es natural que con esos antecedentes nadie se haya atrevido a tapar la boca al ministro. Para abordar este tema con solvencia hace falta una ley de memoria vasca, propia. Que reconozca nuestra existencia. Que exprese que hemos sido un Estado en el reino de Navarra. Que tenemos cultura, territorio, historia, lengua, euskara. Que hemos sufrido la enemiga de dos estados, dos potencias imperiales. Y que las fechas que nos significan las señalamos nosotros, no los ministros de presidencia que vienen a burlarse de nuestra paciencia.

Se dice que Picasso, cuando recibió la visita de unos nazis en París, y le preguntaron si el Gernika era obra suya, les respondió que no; que ellos eran los autores. Verdadero o falso, lo cierto es que nunca el régimen español ha pedido perdón por el crimen de Gernika; nunca lo ha reconocido como obra propia. Quousque tandem abutere patientia nostra!

Angel Rekalde, Luis Mª Mtz Garate

NOTICIAS DE NAVARRA (2023/05/10)

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2023/05/14)



13 enero 2023

¿VUELTA AL RUEDO?

Comprender la historia equivale a comprender el pasado como una fuerza que actúa sobre el presente

J. M. Coetzee

Sin ser muy aficionado al deporte de masas (léase, espectáculo), me entero de que la Vuelta a España pasará por Zuberoa este 2023. El Tour de France también, pero esta competición además empezará en Bilbao. Ambos eventos deportivos cruzan la muga, como ‘buenos europeos’. En cambio, la Itzulia (Euskal Herriko Itzulia o Itzulia Basque Country) discurrirá por los territorios peninsulares pero no cruzará a Iparralde. ¿Acto fallido? ¿Simbólico? Significativo por supuesto. Desconcertante, en cualquier caso.

Ocurre que cada vez más nos acostumbramos a que las actividades de nuestro país en clave simbólica, nacional, se refieran a la EAE. Lo vemos en ETB y tantas otras entidades e instituciones. Hace unos días un escritor ¿vasco? explicaba que la trama de su última novela transcurría en una cueva del corazón de Euskal Herria, en el macizo de Aizkorri. Desde luego, Aizkorri está en el país pero, sin negarlo, al presentarlo como el corazón del territorio (a veces como la montaña más alta de Euskadi) diríase que esa visión del mapa nos remite a la EAE/CAV.

A cuenta del ‘procés’ catalán el periodista Vicent Partal advierte que muchos observadores ajenos, pero también naturales, han acabado por identificar Cataluña con el Principado. “A este respecto, en el Principado todavía pesa demasiado el mapa de la región española que lleva el nombre de Cataluña y la identificación acrítica entre comunidad autónoma española y nación” (“Macron no es el extranjero invitado: no menosprecien la Cataluña Norte”, V. Partal, Vilaweb, 9.1.23). Es un problema de enorme calado, que incide en la comprensión que los propios sujetos tienen de su nación.

Esta identificación entre el mapa autonómico español y la comunidad nacional nos está sucediendo también a nosotros. País Vasco. Basque Country. Euskadi… ¿No es lo que pasa con el nombre que Sabino Arana propuso para designar el actual país del antiguo reino de Navarra, y se ha quedado en un reducido ámbito autonómico, un parque temático de la vasquidad occidental?

Sin embargo, Partal añade una reflexión inquietante. “Reducida a comunidad autónoma, Cataluña sólo se explica por referencia a España y en España. Reducida a puro departamento, Cataluña sólo se explica por referencia a Francia y en Francia. Pero Cataluña, si quiere ser una nación –y quien dice Cataluña dice Països Catalans– debe explicarse por sí sola”.

Esta identificación acrítica entre comunidad autónoma y nación (País Vasco, Cataluña) tiene mucho que ver con la fragmentación territorial que nos aqueja, y que proviene de siglos de violencias, imposiciones, ocupaciones y guerras sobrevenidas desde ambos Estados. En efecto, las divisiones administrativas que nos han encajado han acabado, por la inercia del discurrir cotidiano y la dinámica del nacionalismo banal (Michael Billig), por generar identidades apócrifas. Parciales. Bastardas. Guipuzcoanos, navarros (sólo los de Alta Navarra), vascos (solo los de una parte), vizcainos…

Es un problema de conciencia nacional, evidentemente, y por ello un problema de relato. Una nación, como dice Partal, “debe explicarse por sí sola”. No hemos desarrollado un relato nacional que nos englobe, que nos dé entidad colectiva, y que explique esas vicisitudes y fragmentaciones territoriales –históricas, sobrevenidas, violentas– que inciden sobre el concepto de nuestra nación.

Es natural que, sin un argumento narrativo detallado, crítico, explícito, de episodios tales como la conquista de 1512 (y la fractura territorial de Alta y Baja Navarra), la invasión de 1200 (y la fractura entre el territorio actual de la EAE/CAV y Navarra), el Renacimiento en Baja Navarra, el fracaso del proyecto de Estatuto de 1931, etc., etc., no dispongamos de una percepción unitaria de la nación vasconavarra.

Al contrario, la aculturación y la asimilación de relatos españoles y franceses nos ha conducido a la celebración de los más indignos episodios de ruptura interior, de quiebra y división interna, y los acabamos festejando y transformando en hitos colectivos: la batalla de San Marcial, Beotibar, López de Haro, Ignacio de Loyola, los cañones de Belate en el escudo…

El escritor Miquel de Palol, en un artículo reciente, afirmaba: “Un Estado no es un ente sociopolítico que una comunidad es, sino que la comunidad tiene. Lo que se es o no se es, es una nación. Y una nación se fundamenta en un relato, y el relato se construye en torno a elementos que los actuales gestores de la catalanidad parecen desconocer, o ser incapaces de articular: la historia, las realidades y los emblemas, los símbolos, las tradiciones, las costumbres, las figuras, los mitos. Las arterias que discurren por estos ámbitos son las de la cultura: pensamiento, ciencia y arte”. ("Mirar hacia adelante o no ser". Miquel de Palol. El Punt-Avui. 28/12/22)

Cuando celebramos eventos colectivos tan simbólicos (nacionales, de acuerdo con Michael Billig) como una vuelta ciclista al país, o estas fiestas locales tan vinculadas a la identidad, deberíamos tener presente esta reflexión que atañe al relato. Para que no suceda que, como Iparralde en la Itzulia, acabe sirviendo para fragmentarnos, para alejar y enajenar territorios. Para que, en definitiva, no sea una vuelta de tuerca más; una Vuelta al Ruedo (ibérico; sin la menor pretensión de bromear ni hacer juegos de palabras).

Angel Rekalde, Luis Mª Mtz Garate, Gurutz Olaskoaga

NOTICIAS DE NAVARRA (2023/01/18)

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2023/01/19)


07 marzo 2022

LA BANALIZACIÓN DEL 'CONFLICTO VASCO'

 “Charles Tilly (…) nos decía, hace ya 30 años, que la Ciencia Social, sin la Historia, es como un escenario de Hollywood en el que no hay nada detrás”.

(Gerardo del Cerro. Guerra en Europa)

La banalización del conflicto que afecta a nuestra sociedad, tras el desarme de ETA y la pérdida de referentes, está llevando a sectores de la Izquierda Abertzale a posiciones y argumentos insólitos. Hablamos de convivencia, nacionalidad, democracia… como si todo el monte fuera orégano; con una ligereza que el discurso parece sacado de una dieta de adelgazamiento: sin grasas, sin calorías, sin hidratos de carbono. Sin fundamento.

Hace unos días un profesor de universidad describía nuestra relación con el Estado español en términos de plurinacionalidad. Por resumir su argumentación, en sus propios términos, citaba tres tesis o axiomas: las naciones no tienen derechos; Euskal Herria es plurinacional (como el Estado); y lo sensato sería asumir esta realidad y olvidarnos de referéndums de autodeterminación.

Ojipláticos ante este giro argumental de ‘pensadores’ antaño abertzales, intentaremos asomarnos a las honduras de esos principios teóricos. Lo de que las naciones y los pueblos no tienen derechos adheridos nos suena a ecos savaterianos, aquel articulista que aseveraba que sólo existen derechos individuales, y que los entes colectivos no tienen condición de sujeto de derecho (a excepción de los Estados, obviamente), más allá de lo retórico o ideológico. Le recomendaría la lectura de algunas constituciones de Estados actuales. Por supuesto, en nuestra opinión las naciones no tienen derechos si no los defienden o renuncian a ellos (que parece ser el caso). Pero diríamos que es más plausible pensar que son los Estados los que, en el ejercicio de su fuerza y su poder, no se los reconocen, y punto.

En el desarrollo argumental de este principio, el profesor de marras sostiene que “la capacidad de poder decidir estaría por encima de supuestos derechos históricos o esenciales”. Dejemos lo de esenciales, que no está claro a qué viene. Por supuesto, todos estamos a favor del derecho a decidir; pero poner ese derecho en el eje del problema como principio estratégico, por encima y al margen de las realidades históricas y los procesos societarios en pugna, nos lleva a absurdos y disparates de este calibre. Las relaciones entre naciones y Estados solo se entienden y tienen su sentido (y su arreglo) en el contexto de la historia; y en consecuencia eliminar el pasado de la ecuación del conflicto nos conduce a desnaturalizarlo. A confundirlo. A banalizarlo. A borrar del análisis la violencia originaria, el genocidio, la conquista del pueblo sometido; su resistencia; su desarticulación política, institucional, su aculturación; la ruptura con su propia existencia; la negación de sus derechos…

¿Se puede entender el conflicto vasco sin la violencia histórica, sin la resistencia de Amaiur, sin las conquistas de Castilla, sin la existencia del imperio español, sin el bombardeo de Gernika, sin las prohibiciones del euskara, sin la represión, sin Franco, sin la derogación de los fueros…?

El derecho a decidir, así formulado, como principio estratégico por encima de la realidad histórica de los conflictos -falso, además, porque no está recogido ni reconocido en ningún ordenamiento (a diferencia del Derecho de Autodeterminación, en la ONU…)-, nos lleva a un profundo falseamiento de la naturaleza de los mismos. Al enmascaramiento del papel de los Estados imperiales en el origen de la violencia y en la construcción nacional de los pueblos.

Con respecto al segundo punto, que en Euskal Herria concurran varios sentimientos nacionales no significa que sea plurinacional (o al menos no en la misma medida que el Estado español); porque no se dan en régimen de igualdad, de convivencia o poder compensado. Euskal Herria no es un Estado. Como por otra parte, tampoco ocurre en el Estado; decir que el español es plurinacional es bastante discutible; como Estado es abiertamente unitario. En todo caso, no se puede poner en el mismo plano la situación nacional -conflictiva- en una colonia o en el Estado dominante. No son lo mismo. Y compararlas acríticamente es mezclar churras con merinas (y ponerse del lado del poder, dicho sea de paso).

Digamos, como comentario, que para constituirse en Estado independiente una nación no necesita un sentimiento de diferencia, como sugiere el profesor; sino un sentimiento de pertenencia. Un ‘nosotros’. La referencia de un sujeto colectivo que dé sentido a la acción colectiva, a la construcción del futuro, del que formar parte. Estos conceptos poco rigurosos, que flotan en el artículo, dan la sensación de estar desenfocados.

Por no alargarnos en el asombro de esta dieta de adelgazamiento que nos sirven como discurso digamos que el mismo concepto de ‘democratizar’ el Estado español es absurdo. Peregrino, insisto. No tiene fundamento. España no se puede democratizar sin renunciar a su naturaleza imperial, originaria, a su herencia de cárcel de pueblos; es decir, un territorio de poder con sus colonias y pueblos conquistados. Para que existan libertades y democracia España como tal debe saltar por los aires. Luego, ya veremos.

Angel Rekalde / Luis María Martinez Garate

NOTICIAS DE NAVARRA (2022/03/11) 


20 enero 2022

LA NACIÓN VASCONAVARRA

 La historia se compone de lo pasado y lo futuro, de esperanza y recuerdo  (Novalis 1799)

En la que posiblemente sea su única novela, Santos y eruditos, Terry Eagleton afirma que lo bello de ser un conquistador era que uno jamás necesitaba preocuparse por saber quién era. Se refería a los ingleses en Irlanda. El reverso de esta reflexión es la permanente puesta en cuestión de la identidad de los conquistados. Este es el gran triunfo de los conquistadores: las cuestiones referentes a la identidad surgen en las naciones conquistadas. Las conquistadoras la tienen de “por sí”, como quien dice “de toda la vida”.

En nuestro país, cuando nos planteamos cuál será el futuro en medio de tantos avatares, incertidumbres y conflictos, una enorme duda que nos sacude es esa de la identidad. O, dicho de modo más prosaico, cuál es el sujeto de ese futuro. Porque, como se ve en la reflexión de Eagleton, también nosotros fuimos conquistados. Al no ser vencedores, ni agresores ni conquistadores, no nos asiste ningún sobreentendido que resuelva esta incógnita. Por eso, cuando nos preguntamos cómo definimos la nación vasca, quién es el sujeto, es habitual que entre las respuestas se deslicen confusiones, manipulaciones, incluso disparates sin cuento.

Sin ir muy lejos, hace unos días nos tropezamos en la prensa con una opinión que afirmaba que los distintos patriotismos que concurren en el país eran (o debían ser) compatibles. Literalmente, el vasco con el español y el francés (sic). No es fácil imaginar desde qué atalaya cósmica o autismo intelectual se puede asumir dicha compatibilidad, sin tener presentes los siglos de imperialismo, la violencia de los estados, el genocidio de nuestras lengua y cultura, y en conjunto todas las formas de dominación y sometimiento (guerras, leyes, prohibiciones…) que se han sucedido. Quizás -no lo sé- es que se puede entender la sociedad y su devenir real (no el oficial, académico o relatado) sin atender a la lógica del poder, a los intereses de dominación y a la naturaleza conflictiva -violenta- de los estados. Especialmente los que nos han tocado. Pero sería más justo afirmar que no se puede asimilar los patriotismos de uno y otro signo (de resistencia, liberación, uno; de dominio y poder imperial, otros), y sobre todo que su “compatibilidad” es un oxímoron, un chiste de mal gusto.

Por otra parte, ¡cómo entendemos la realidad nacional de una colectividad histórica sin citar siquiera la existencia de un Estado real en su pasado, Navarra, que actuó durante siglos sobre esa comunidad! Ordenándola, defendiéndola, instituyéndola, representándola…

Cuando hablamos de nuestra nación, en términos de sujeto colectivo, de futuro, hemos de tener presente que ese colectivo histórico se soporta en la convivencia real de un pueblo, en siglos de existencia comunitaria, compartida sobre unas bases que se vivían como naturales, propias: lingua navarrorum, territorio, cultura; pero también leyes, instituciones, simbología… Todo ello existió durante siglos y en cierto modo llegó al presente porque existía una realidad jurídico-política en forma de Estado que le daba un ámbito propio. Navarra. Vasconia, el pueblo vasco, actuó, perduró y se defendió a través de esa estructura institucional. Sin considerar este dato no es posible entender ni definir la nación vasca, por mucho que esgrimamos la excusa de que ‘sólo miramos al futuro’.

Decía Andoni Esparza Leibar que “los símbolos ayudan a la pervivencia de una sociedad” (“La nación vasca ya está aquí”). Por supuesto, sin nombrarse, sin reconocerse, sin dotarse simbólicamente, no puede existir el colectivo. La nación. Pero volviendo a las situaciones de conflicto y poder, no podemos pensar que los símbolos son transparentes, inmaculados o inocuos. Al contrario, pueden ser vaciados de contenido, manipulados o pervertidos. Hay que prestar atención al significado de los símbolos para que no sean utilizados contra la propia nación: para dividirla, desfigurarla, debilitarla; para que no la reconozcan ni los propios individuos. De eso, en nuestro país, tenemos buenos ejemplos. Aquello de “Nafarroa Euskadi da” puede darnos alguna pista sobre estos errores y despropósitos, máxime si pensamos qué es hoy Euskadi.

Nuestra esperanza como nación vasconavarra debe incluir la referencia al Estado que la hizo posible y su simbolismo da sentido a un proyecto liberador en el concierto de los estados. Esa institución le dio significado nacional a nuestro pueblo, y sin ella hoy no tendríamos identidad vasca. Ni, probablemente, tampoco futuro

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde




04 diciembre 2021

EL BRAZO INCORRUPTO DE LA CONSTITUCIÓN DEL 78

El alcalde Maya (Iruñea-Pamplona) pretende cambiar el nombre de la plaza del Baluarte por el de la Constitución. No entraremos en la ocurrencia de la bandera, envoltura habitual de los canallas. Pero sí merece la pena mencionar algunos aspectos de esa querencia inesperada por la ley magna española.

Pensemos que toda Constitución formal se construye sobre una constitución real, una situación de hecho, de fondo. Cuando se formuló la española de 1978, la relación de fuerzas en el seno del Estado inspiraba unos elementos básicos, la situación de hecho, que determinaban sus artículos.

Tras la muerte de Franco el poder real del Estado no cambió de manos. Cambiaron los nombres de las instituciones, algunas personas desaparecieron de la escena política, pocas, pero la mayor parte de los apellidos que gestionaron la transición eran los que controlaban el poder en la época franquista.

Aunque se tituló como “Estado de las autonomías”, con la idea de disimular las vergüenzas de un Estado unitario, esta realidad se inscribió en el texto. En efecto, la Constitución de 1978 presenta, incluso explícitamente en su forma, una aporía. Su artículo 2 dice:

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…

Esta constitución, pues, no se fundamenta, como sería natural, en la voluntad del pueblo español, sino en algo tan etéreo, ideológico y material al mismo tiempo como es la indisoluble unidad (de lo que sea). La UNIDAD. Poco pinta aquí la voluntad de las personas y, mucho menos, la de las naciones que quedan ahí encerradas. No es la Nación la que se constituye en Estado y define su constitución, sino el Estado quien envaina pueblos, naciones y personas en su autoridad; en su jurisdicción. En su supremacía, dominante, la española.

Enaltecer hoy la constitución del 78 es vender mercancía averiada. Su enunciado formal fue definido desde el principio por los poderes reales del Estado. Hoy diríamos el deep state. Si alguien pretendía ampliar cualquier extremo, enseguida saltaban los reajustes. Entonces se hablaba de “ruidos de sables”, o se ensayaban tejerazos y, por si fuera poco y alguien tuviera otras veleidades, en 1981 se encargaron de clausurarla en el delicado ámbito de la administración territorial (las autonomías), con la célebre Ley de Armonización (LOAPA) y el café pa’ todos.

Desde que se ensayaron las milongas constitucionalistas en el Estado español, con la Pepa en 1812 y las siete que siguieron hasta 1978, nuestra tierra nunca les ha sido propicia ni proclive. Siempre las hemos sentido como un trágala. Sin ir más lejos, en los debates previos a la aprobación de esta del 78 se produjo una insólita alianza en la Alta Navarra entre UPN y HB, que la rechazaron en un manifiesto. Desde Jesús Aizpún a Patxi Zabaleta. No podían admitirla ya que el Sistema Foral Navarro no se somete a una constitución española. No encaja, ya que procede de una soberanía previa que, aunque subordinada al régimen del Estado por la derrota en varias guerras, no responde a una constitución declarada para el “conjunto de España”.

En el presente el ‘régimen del 78’ (significado precisamente por esa fecha y por la constitución a que alude) está en entredicho por el fracaso sistemático ante todos los retos democráticos, nacionales, territoriales, que se le han presentado a ese Estado. La del 78 es la España de la corrupción, de los homenajes a Franco, del Ibex35, del rey mataelefantes, del 155 a los catalanes, del GAL, del ‘a por ellos’ y demás lamentables cualidades.

Querer disimular las incompetencias locales (el muerto de los Caídos, el destrozo del sky line de la Media Luna con el pelotazo de las Torres de Salesianos, etc.) con el brazo incorrupto de la constitución española, no parece el mejor sistema para disipar malos olores.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

NOTICIAS DE NAVARRA (2021/12/05)

GARA-NAIZ (2021/12/07)


20 noviembre 2021

CATALUÑA: EL DILEMA

El balance del proceso catalán desde 2006 hasta el referéndum del 1 de octubre de 2017 ofrece una gran victoria del movimiento de emancipación nacional en el Principado de Cataluña, un decidido paso hacia su independencia. El proceso consolidó un movimiento democrático de incalculable magnitud, sobre todo por el protagonismo indiscutible de la sociedad civil, y sorprendió a propios y extraños, empezando por el mismo Estado español. La decidida voluntad de la gente y la logística impecable para la realización de la consulta constituyen un hito democrático de primera magnitud a nivel europeo y mundial.

La brutal reacción del Estado español, fiel a su tradicional “cultura”, por llamarla de algún modo, política destapó alguna de las vergüenzas del propio proceso, de manera que desenmascaró y aclaró posiciones que ya se incubaban desde su comienzo.

Justo después de la consulta del 9 de noviembre de 2014, Artur Mas planteó en una conferencia una estrategia para los siguientes pasos. Consistía en acudir juntos a las elecciones los tres partidos ‘independentistas’ y así convertirlas en plebiscitarias. Reivindicaba el eslogan “la unión provoca la fuerza”. Mas fue inmediatamente replicado por Oriol Junqueras, que presentó a los pocos días, en otra conferencia, la tesis contraria, en la que defendió que era más eficaz acudir por separado para, de ese modo, recoger los flecos de los extremos que no querían someterse a un partido al que, posiblemente, aborrecían. De este modo se recogerían ‘más votos’ y se alcanzaría un resultado numérico mejor.

La opción de Junqueras no tenía en cuenta el ‘factor  humano’ que representan la ilusión y el empuje que supone acudir unidos por un objetivo tan importante como la independencia. Consideraba tan sólo los fríos números que, extrapolando votaciones anteriores o estudios de prospección, obtenía con su calculadora. La CUP se distanció inmediatamente pero ERC y los convergentes, con pocas ganas, acudieron juntos bajo la marca de Junts pel Sí. Sin mayoría absoluta, ganaron. Las tensiones internas y con la CUP provocaron el envío “a la papelera de la historia” de Artur Mas y propiciaron su recambio por Carles Puigdemont, una persona mucho más decidida y ambiciosa que Mas en el camino hacia la independencia.    

La resaca provocada por la reacción del Estado español tras el referéndum del 1-O de 2017 y la abortada declaración de independencia por el Parlament de Cataluña el 27-O, comenzó con el modo de jalear a las fuerzas de orden españolas trasladadas a Cataluña para apalear a los votantes sin distinciones de edad o sexo (“¡A por ellos!”). Siguió con el infame discurso del rey Felipe del 3-O y la imposición del artículo 155 de la Constitución española que suspendía la autonomía, destituía al Govern de la Generalitat y disolvía su Parlament y toda su estructura subsidiaria Todo ello hizo aflorar, de nuevo, dos visiones distintas de la realidad catalana.

Por un lado, Puigdemont, Ponsatí y Comín como consejeros del Govern de la Generalitat optaron por refugiarse en el exilio en Bélgica. Por otro, Junqueras y el resto de consejeros decidieron esperar a su “caza y captura”, a pesar de haber podido escoger también el exilio. Efectivamente, tras la detención de los presidentes de la ANC (Jordi Sánchez) y de Omnium (Jordi Cuixart), todos ellos fueron apresados.

Pudimos contemplar un juicio ignominioso: en Madrid, con jueces de la Audiencia Nacional, en español, con pruebas falseadas o parciales y sin opción a presentar las propias, fueron condenados a durísimas penas de prisión e inhabilitación por un delito inexistente en cualquier Estado con un mínimo de estándares democráticos.

Mientras los exiliados en Bélgica iniciaban una estrategia de denuncia del Estado español en todas las instancias posibles, éste ha tratado de desacreditarlos por todos los medios de que dispone en la UE. Ha intentado obtener su extradición para ser juzgados en su territorio. El resultado siempre ha supuesto su fracaso. El exilio catalán ha conseguido la internacionalización del conflicto, el ridículo del sistema judicial español y, en su versión proactiva, ha constituido, primero, la organización de “Junts per Catalunya” y, segundo, la creación del “Consell per la República”, con la aspiración de ser una institución exclusivamente catalana, al margen de cualquier otra dependiente del Estado español y con ambición de abarcar a todos los Países Catalanes.

La vía propuesta por Oriol Junqueras y apoyada principalmente por ERC y algunos restos de la antigua Convergencia, como el PdeCAT, se basa en la misma idea que expresó Junqueras en su réplica a Artur Mas en 2014: una perspectiva exclusivamente numérica. Tras este planteamiento se oculta la ambición de ERC de llegar a ser el partido mayoritario… ¡de la autonomía! 

Aunque los tres partidos autodenominados independentistas lograron mayoría en votos (52%) y escaños en el Parlament de Cataluña, la ERC de Junqueras pretende únicamente “ampliar la base”. Pero no es un ampliación por el empuje social, por la gente movilizada y en marcha por el objetivo de la independencia (como en el proceso), sino un crecimiento al modo “misionero”, basado en convencer a la gente de que con la independencia ‘viviría mejor’ y sin hacer referencia a la dignidad de la lengua y cultura catalanas perseguidas y maltratadas por siglos. Un crecimiento que han planteado como no nacional.

Así como la vía de Junts, al menos sobre el papel, pretende un crecimiento por el impulso masivo y el activismo de la gente, de modo que fuera capaz de catalizar la sociedad por una independencia próxima, la de ERC plantea un aplazamiento sine die de la consecución de la misma (¿2050?, no me lo invento, lo han dicho ellos) y en el “mientras tanto” gestionar la autonomía (o lo que vaya quedando de ella) al modo Pujol.

En este camino se han encontrado con otra resaca, en este caso la de la Izquierda Abertzale, que, tras final de ETA e incapaz de generar un relato propio de lo sucedido en nuestro país tras la victoria del franquismo, ha sucumbido a una idea muy semejante a la de ERC: aparcar, sine die también, la independencia y dedicarse a la gestión de la autonomía, sobre todo en la CAV y –en lo que puedan- en la CFN. De la mano del PsoE, sobre todo, en la segunda. Esta alianza, que ya se expresó en las elecciones al Parlamento Europeo de 2019 en las que la candidatura encabezada por Puigdemont venció a la del acuerdo entre ERC y la IA, se ha vuelto a manifestar en el apoyo de ambos partidos a los presupuestos del Estado.

En este momento, en Cataluña y al margen de la oferta electoral directamente española, se ofrecen dos alternativas políticas, las autodenominadas como la rupturista y la posibilista. Los segundos llaman a los primeros neoautonomistas o directamente botiflers (traidores) y los primeros a los segundos, maximalistas o hiperventilados.

Como dice Vicent Partal en sus lúcidos editoriales en Vilaweb, la línea que separa las dos opciones no es (aunque a veces coincida) entre ERC y Junts, que no son bloques homogéneos (en Junts hay neoautonomistas y en ERC los hay que apoyan la opción rupturista). La diferencia, según Partal, está entre quienes confían en la capacidad de las fuerzas propias (la nación), consideran que se puede vencer a España y que ésta no tiene derecho a decidir el futuro de Cataluña y los que, ante una situación de fuerza insuperable, piensan lo contrario.

El cambio cualitativo de la sociedad catalana con el proceso, al propiciarlo aprovechando los agravios del Estado español y con una fuerte organización de la sociedad civil, llevó al referéndum del 1-O. La fuerza generada, hoy posiblemente desanimada, sigue existiendo y es necesario que aflore de nuevo. Debe superar el complejo de derrota, recuperar la autoestima y salir de nuevo a la calle. Para ello hacen falta objetivos y mantener y mejorar las redes tejidas en el proceso. El Consell per la República, extraño al control del Estado español, podría ser el catalizador de este potencial latente. Necesita ideas, estrategia y liderazgo.

El plan del neoautonomismo que lo fía todo a una hipotética “ampliación de la base” y a una “mesa de diálogo” –en la que se puede hablar de todo menos de autodeterminación y amnistía- no es precisamente ilusionante. Ni efectivo. La mentalidad del derrotado que mendiga al vencedor, no conduce a obtener sus “graciosas concesiones” sino a ser menospreciado. Es una vía condenada a la impotencia y al fracaso.

La otra vía puede tener un camino positivo, sobre todo si es capaz de ilusionar y movilizar de nuevo todas las fuerzas que propiciaron las consultas de Arenys de Munt, la del 9-N de 2014, las multitudinarias Diadas de 2012 a 2017, el referéndum del 1-O de 2017 y su movilización y logística. Así puede presentar de nuevo una oposición estratégica al Estado español y aprovechar sus debilidades, como son su corrupción estructural, su débil posición económica internacional, su endeudamiento, su falta de credibilidad democrática… Es la única que ofrece un futuro democrático para el Principado y el resto de Países Catalanes.

15 agosto 2021

LA EXTRAÑA DERROTA

Un artículo de mi amigo Jaume Renyer

Marc Bloch, el eminente historiador francés, combatiente voluntario en la Segunda Guerra Mundial, dejó escritas sus reflexiones sobre la derrota del verano de 1940 en un ensayo titulado "L'Étrange Défaite", editado póstumamente tras su ejecución a manos de los colaboracionistas que no soportaban su condición de activo resistente y de judío. Fue el primer analista en señalar la responsabilidad de las élites francesas que hacía tiempo anhelaban un régimen como la Alemania nazi o la Italia fascista y abocados a una guerra que no querían de ningún modo prefirieron la victoria del nazismo antes que un eventual triunfo del frente popular. El resultado fue que el régimen de Vichy encabezado por Petain recibió el apoyo mayoritario no sólo de la burguesía sino de un amplio abanico de la clase política que optó por la rendición y la adopción de un fascismo a la francesa colaborando incluso activamente con los ocupantes alemanes en el combate contra la resistencia y los aliados.

Salvando las distancias, las deducciones de Marc Bloch son aplicables a la búsqueda de una explicación a la repentina y mayoritaria claudicación de los dirigentes independentista en el mismo octubre de 2017 divulgando, inmediatamente, el rumor de que el referéndum de autodeterminación del Primero de Octubre había sido una derrota nacional catalana. Sin autocrítica por la falta de preparación de estructuras de estado durante los años de proceso independentista, ni reflexión honesta y abierta a partir de la realidad jurídica y política de los hechos, el discurso propagandista de la derrota ha llegado a ser hegemónico a los cuatro años con la complicidad del poder español y sus adláteres entre nosotros.

La explicación radica en que muchos de los que aparentemente tenían prisa por hacer la independencia con 68 diputados, realmente no la deseaban porque su proyecto verdadero era lograr la gestión autonómica de las élites autóctonas de las que aspiran a formar parte. La larga y minuciosa deconstrucción del proceso independentista llevada por ERC ha culminado exitosamente para ese partido con la constitución del govern presidido por Pere Aragonés y bendecido por los asistentes al acto del Liceo convocado por Pedro Sánchez. La actitud de Esquerra tiene sus antecedentes en la ruptura que existe entre la etapa en que Ángel Colom y posteriormente Josep-Lluís Carod-Rovira, tenían en común la prioridad en la causa independentista, mientras que los liderazgos de Joan Puigcercós y Oriol Junqueras la subordinan a pactos con el PSOE como hicieron durante el segundo tripartito y donde reinciden desde 2017 a esta parte. ERC ha hecho suyo el modelo de partido de los capitanes del PSC y se ofrecen gratis al PSOE para la reforma del marco institucional estatal (como hicieron con la financiación autonómica de Rodríguez Zapatero). Al mismo tiempo que no tienen proyecto alguno de transformación de la situación estructural de dependencia política y expolio económico, sí lo tienen, por el contrario, de formar parte de los gestores que la perpetúan (así hay que interpretar, por ejemplo, el apoyo preferente a UGT en detrimento del sindicalismo nacional catalán).

La actitud de ERC tiene precedentes, Josep Tarradellas fue un verdadero Petain en el momento de restablecer la Generalitat, como acertadamente señaló Josep Rahola, senador de Esquerra, en el artículo que le dedicó cuando aún era president de la Generalitat, "De un pequeño De Gaulle a un Petain". Hoy, sin embargo no hay nadie dentro del partido capaz de denunciar los nuevos 'petains' que lo dirigen. Hay que decir, sin embargo, que nuestra "extraña derrota" no es responsabilidad sólo de Junqueras y sus acólitos, el PDECat plenamente, y en menor medida la CUP y Junts per Catalunya, son cómplices de este abatimiento vergonzoso, de palabra o con hechos, como el ridículo abrazo de Jordi Cuixart a Miquel Iceta o la amonestación a quienes abuchean a Ada Colau. El progresismo abstracto y banal de las "luchas compartidas" es trasversal desde el PSC a la CUP, pasando por los Comunes y Òmnium, que señalan a la extrema derecha como enemigo, ocultan que el conflicto real es entre el independentismo y el poder español.

La cobertura mediática a esta operación de estado para liquidar (aplazar, dicen los serviles políticos catalanes) el independentismo es tan abrumadora como ficticios son los argumentos de los gregarios que divulgan imposturas a medida que no resisten la crítica razonada. Un muestra es el artículo "Paisaje vasco después de la batalla", de Antoni Batista, el pasado 10 en el Ara. Equipara, "la derrota del independentismo vasco que era armado, y la derrota del independentismo catalán, que es pacífico", para concluir que "el Estado se ha impuesto a los dos soberanismos nacionales más potentes, y ahora, uno y otro, se ven abocados a una larga travesía de autonomía aún más restringida que cuando empezaron sus respectivas luchas, y a verlas venir aún mucho peor si en España gobierna la extrema derecha".

En primer lugar, la autonomía vasca y navarra ha incrementado competencias, en buena parte a las espaldas de los catalanes que, efectivamente, somos castigados colectivamente por haber osado desafiar el orden establecido. En segundo lugar, el final de la lucha de ETA no debería supuesto necesariamente la derrota del independentismo vasco si, por ejemplo, la disolución unilateral se hubiera adoptado a raíz de los acuerdos de Lizarra/Garazi 1998, como el final unilateral de 'Terra Lliure' ('Tierra Libre') entre 1991 y 1995 no fue una derrota del independentismo catalán a pesar de las detenciones de la operación Garzón. Por el contrario, el crecimiento de ERC y del soberanismo en general, fue espectacular a partir de ese gesto y de aquel momento. El dicurso derrotista, pues, es una interpretación distorsionada que no soporta el contraste con la argumentación jurídica de la validez del referéndum del 1 de octubre -que hizo, entre otros, el Colectivo Maspons i Anglasell-, ni la validez política que reiteradamente sustenta, entre otros, Vicent Partal en los editoriales de Vilaweb. Nunca el pueblo catalán había llegado efectivamente tan lejos, ni en el 14 de abril de 1931, ni el 6 de octubre de 1934, y nunca como ahora tiene las condiciones internas e internacionales para persistir con expectativas reales de éxito a medio plazo.

Desgraciadamente, no tenemos todavía nuestro Marc Bloch que escriba "La extraña derrota", la nuestra; tenemos aspirantes a Petain que se ufanan del paso dado del (falso) conflicto al (real) colaboracionismo con el poder español, cuyo 'botiflerismo' se irá haciendo más agresivo a medida que fracase la mesa de diálogo y deje al descubierto su actitud claudicante, como hizo Pierre Laval (¿quién será?). En estos momentos, los cómplices de la dependencia son políticamente mayoritarios, mientras que los resistentes son claramente minoritarios. ¿Quién será el De Gaulle que invierta la correlación de fuerzas? Sólo puede serlo al frente de un Consejo para la República efectivo el president Carles Puigdemont, como se atrevió a decir Julia Taurinyà en Vilaweb el 28 de enero de 2020: "Hay que apostar por el govern en el exilio, Puigdemont hace pensar en De Gaulle", unas palabras que le comportaron su retirada como delegada en la Cataluña Norte de ese organismo a instancias de su partido. Por ello, ERC contribuye al acoso español a Puigdemont boicoteando el 'Consell per la República' ('Consejo para la República').


11 febrero 2021

NAZIO SUBJEKTUA DEFINITU

Nazio bat zera da: herri batek bere buruari buruz kontatzea erabakitzen duen kontakizuna. Eta, haren muin-muinean, bulkada baldar baina sakon bat dago taupaka, gainerakoei eta norberak bizileku duen lurrari lotua sentitzekoa. Edonoizko eta edonongo gizakiak beti behar izan ditu arbaso batzuk, historia bat, etxe bat eta zentzu bat kolektibo baten barruan duen lekua esplikatuko duena, eta ez modernitateak eta ez arrazionalismoak deuseztatu ahal izan dute behar hori. 

Paul Kingsnorth

Ismael («Deitu niri Ismael») Ahab kapitainaren Pequod barkura batu zenean, berehala konturatu zen ekinaldi hartan proiektu bakarra zeukala kapitainak: Moby Dick-i mendeku hartzea. Ez Moby Dick ehizatzea, ez: mendeku hartzea. Balea zuriari —antza, kaxalote bati— mendeku hartzea, topo egin zuten aurreko aldi batean hanka bat erauzi ziolako. Ahabek istorio bat zeukan, helburua markatzen ziona eta, horrexegatik beragatik, baita agenda markatzen ziona ere.

Agenda bat sortu eta ezartzeko, proiektu bat eduki behar da. Proiektu hori eratzeko, nahitaezkoa da nork bere burua subjektutzat hartzea. Moby Dick liburuan, Ahabek subjektu rola du, argi eta garbi. Subjektu hori, gainera, munstrotzat daukan zerbaiten erasoa bere larru-larruan sufritu duen subjektu bat da. Bada, Ahab kapitainak Herman Melvilleren nobelan daukan errealitatearen analogo gisa planteatu daitezke gizarteko errealitateak ere. Ahabek kontakizun bat zeukan, eta proiektu bat sortu eta garatu zen hortik: Moby Dick-en kontatzen den istorioa, hain justu.

Nazio batek, Kingsnorthek dioen bezala, besteren mende ibili gabe bere kontakizuna kontatzea erabakitzen badu lortzen du nazio izatea: bera mamitzen den subjektu sozialean ardaztutako kontakizun bat kontatzen badu. Gu, gaur egungo euskal-nafarrok, nazio baten parte gara, baina nazio horretan zaila da aurkitzea denok nazio gisa mamituko gaituen kontakizuna. Zenbait kontakizun ditugu, baina ez denak ikuspegi autozentratu berekoak.

Bizi garen mundu honetan, nagusiki, komunikabideek daukate kontakizun hori sortzeko gaitasuna. Irratia eta batez ere telebista izan dira XX. mendean kontakizunak eratzeko erabilitako gotorleku printzipalak. Eta, gurean, nazio honen parte baten komunikazio sistema publiko nagusi dena, EITB, askoz gehiago lerratzen da herrialdea bera desegituratzera, kontakizun propio bat sortzera baino.

Kontakizuna, nahiz eta baden Historia ere, ez da Historia bakarrik. Kontakizuna Memoria da. Walter Benjaminek zioen bezala, garaituen Memoria giltzarria da haien porroten ondoren erreparazioa eta justizia iritsiko badira. Eta, oroz gain, etorkizunean pentsatu ahal izatea da: planak egin eta burutan ateratzea. Horretaz dihardu Eguzki Urteagak berriki atera duen artikuluan, Elaborar e implementar una agenda nacional vasca izenekoan (Euskal agenda nazional bat sortu eta ezarri).

Artikulu iradokitzailea da, eta modua ematen du etorkizuneranzko bide batzuk urratzeko. Haren arazoa da, ordea, jakintzat ematen duela zer subjektuk egin behar duen bide hori. Urteagak kontsideratzen du badela bai euskal nazio bat eta bai haren euskarri den Zazpiak bat bat. Ez du aintzat hartzen gure nazioak sufritu duen prozesu luze hori, barnean hartu dituena konkistak, okupazioak, ordezkapen instituzional bidegabeak eta orotariko jazarpenak —sozialak, politikoak, linguistikoak, kulturalak eta abar Horiei erreparatu gabe, ordea, oso zaila da ohartzea, adibidez, Zazpiak bat hori Espainiaren eta Frantziaren dominazioaren emaitza dela, ezen ez datu ahistoriko intenporal bat.

Urteagari eskatuko genioke zehatzagoa izateko bere testuaren parte batean, ahaztu baitzaio esatea nafartasuna oinarrizkoa dela gure kontakizunean, gure nazioan: gure nazioaren alde politiko instituzionala dela. Ez dezagun ahatz Urteaga soziologoa dela eta, hala denez, kontuan hartu beharko lituzkeela bi datu nongotasunari buruzko inkestetan atera direnak eta lortzen errazak direnak. Lehena, hauxe: Espainiako Estatuko autonomia erkidegoen artean Nafarroan dagoela soilik espainiar sentitzen direnen ehunekorik txikiena —%5 baino gutxiago; EAEn, berriz, %9,5, eta Katalunian, %21,5—. Eta hona bigarren datua: EAErekin konparazio erraz bat eginez gero eta kontuan hartuz gero zenbat sentitzen diren soilik espainiar, zenbat euskal herritar baino espainiarrago, zenbat berdin euskal herritar eta espainiar, zenbat espainiar baino euskal herritarrago, zenbat soilik euskal herritar, eta euskal herritar horren ordez nafar jarriz gero, parekoak dira portzentajeak. Datu soziologiko guztiz garrantzitsua da hori, ez ikusi egin ezin zaiona.

Euskal herritarra izatea eta nafarra izatea txanpon beraren bi alde dira: «nazioz egina» ez ezik (Joan Francesc Mira) «estatuz egina» ere badagoen mundu honetan, horixe dugu guk munduan egoteko modua. Eta bi mapak ezin dira oso aise gainjarri. Nafar izatea euskal Estatuaren memoria da. Horixe dago bizirik Foru Komunitatean, eta horixe gailentzen da gaur egun lurralde horretan. Euskal herritar izateak, berriz, Euskal Autonomia Erkidegoan dirau batez ere, eta partez baita gure Herrialdeko eremu kontinentalean ere. Beraz, kontakizunak bi ikuspegiak hartu behar ditu kontuan, gaur egungo egoera ez baita zerutik eroria, prozesu historiko luze batzuen emaitza baizik.

Hortik aurrera, Eguzki Urteagak dioen guztia komenigarria ez ezik beharrezkoa ere bada. Kontakizun propio batean oinarrituta heldu nahi badiogu etorkizunari, eskura ditugun tresna guztiak erabili beharko ditugu, baina sekula ez tresna horiek helburu bihurtu. Hortaz, hala gaur egungo administrazioak —nahiz eta menperakuntzatik eratorriak izan— nola mugaz haraindiko proiektuak —zeinek alderdi teknokratiko argiak baitituzte eta estatuek manipulatuta baitaude—, den-denak izan daitezke eta den-denek izan behar dute bide gaur egungo euskal-nafarrok eduki behar dugun helburu demokratiko bakarra lortzeko, hots: gure emantzipazio politikoa, gure independentzia.

Luis María Martinez Garate eta  Angel Rekalde

Berria (2021/02/09)

25 mayo 2020

EL RETORNO DEL ESTADO NACIÓN


¿Qué es una pandemia? ¿El soplo de Dios, que diría Víctor Hugo de la revolución, para subyugar el orgullo humano por pretender estar a su nivel? ¿Una venganza de la naturaleza ante la soberbia humana de presumir de su control y sometimiento?

El mundo en la modernidad


Cuando acontece una crisis grave e imprevista es difícil calibrar, desde dentro, su alcance e influencia para el futuro de quienes la sufren. Los procesos de mundialización ocurridos desde lo que en los años 60 del pasado siglo se conoció como “Revolución Científico-Técnica”, sobre todo en los campos de la automatización, el cálculo y las comunicaciones, así como la globalización de los procesos de producción, distribución y consumo a través de las compañías transnacionales han construido un mundo mucho más “pequeño”. La información sí, pero también las mercancías físicas son accesibles desde prácticamente cualquier parte de nuestro planeta en un tiempo muy breve. O al menos así lo era hasta la presente crisis provocada por el Covid-19.
Los procesos de globalización se construían por encima de una maquinaria política anticuada, sobre un mundo basado en la Paz de Westfalia (1648) que cerró la conocida en Europa como “Guerra de los Treinta años” (1618-48). El sistema de Westfalia constituía una Europa basada en lo que se irían conociendo, poco a poco, como Estados nación. Estados con fronteras impermeables entre sí y que se suponía albergaban una población homogénea que a lo largo de los siglos XVIII y XIX conformarían las “naciones” en sentido moderno.
Los Estados Unidos de América se independizaron del imperio británico en el siglo XVIII (1776). Los imperios español y portugués en América saltaron por los aires a comienzos del XIX. Como el proyecto de Westfalia no se correspondía con las realidades nacionales europeas, los siglos XIX y XX sufrieron grandes convulsiones para intentar acomodar estados a naciones (o naciones a estados).
Surgieron Alemania e Italia en el XIX. Explotaron los imperios austrohúngaro y turco en el XX, con un florecimiento de nuevos estados tras la gran crisis de la Primera Guerra Mundial (1914-18), fase inicial de un conflicto en dos fases. Al terminar la Segunda, en realidad una prolongación de la anterior (1939-45), llegaron los procesos de descolonización de gran parte de África y Asia que había caído bajo la férula europea a partir del siglo XVIII. El último estallido se produjo con la desaparición de la URSS, heredera del imperio ruso, conocida, al igual que el austrohúngaro, como “cárcel de pueblos”. Todas estas transformaciones provocaron el surgimiento de nuevos estados nacionales. Pero no pusieron en cuestión el paradigma de Westfalia. Los nuevos estados respondían al mismo cliché.
La globalización sacó a la luz muchas de las contradicciones de este modelo. Antes de ella naciones que no habían tenido la oportunidad de tener su Estado ya peleaban por lograrlo. Algunas, como Irlanda, lo lograron tras muchos conflictos, incluso guerras. Otras generaron situaciones de conflicto permanente, larvado o activo, con mayor o menor nivel de violencia física.
La globalización puso de manifiesto otro tipo de contradicciones diferentes de las que ya crujían desde Westfalia. Se crearon acuerdos transnacionales de comercio como la EFTA, o asociaciones comerciales en América del Norte y Sudamérica y, principalmente, la Unión Europea. Todas ellas intentaban roer la soberanía absoluta detentada, en este modelo, por los estados. Pero el viejo paradigma se resistía a morir. Los estados habían generado una estructura de cohesión interna muy potente, al margen y en contra de las clases populares, sobre todo las de las naciones sometidas. Dicha estructura estaba basada en el apoyo de las clases detentadoras de poder económico, en las élites burocráticas cooptadas de la administración pública, en las fuerzas armadas en el caso de algunas dictaduras en el caso latinoamericano y, sobre todo, en el de su maestra y antigua potencia colonial: España.
El entramado de intereses que soportaba el Estado nación constituía una coraza de autodefensa y de cierre ante unos procesos que se les podían ir de las manos. El arma ideológica que permitía a estos estados la cohesión y clausura interna era el nacionalismo. Nacionalismo expreso como tal en muchos casos (Francia, España, América por ejemplo), banal en otros (Alemania, Países Nórdicos, etc.).

El hachazo de la pandemia


La presente crisis ha venido entre, otras cuestiones, en socorro de los protagonistas de Westfalia: los estados. Cuando parecía con apremio que este modelo de organización política nivel mundial hacía aguas, ha llegado Covid-19 en su rescate. Es evidente que Covid-19 tiene aparejadas otras muchas connotaciones. Pero ésta, el cierre de los Estado nación -su nueva consolidación- con el nacionalismo gran nacional aparejado, es una de las más importantes.
Además la crisis desatada por Covid-19 ha destapado la caja de los truenos de estados como el español dando rienda suelta a sus tendencias autoritarias, militaristas, unionistas, imperialistas, totalitarias en suma, arraigadas desde la crisis colonial del XIX y consolidadas mediante la guerra de 1936-39 y el fascismo consecuente. Westfalia ha vuelto. La pregunta sería: ¿para quedarse por largo tiempo?

Respuestas políticas ante la pandemia


Ante el desencadenamiento de una crisis de alcance mundial por Covid-19 hay plantear dos cuestiones importantes: la diferencia en cómo se afronta la pandemia según países, en primer lugar, y los resultados que obtienen para frenar su expansión y los fallecimientos derivados, en segundo.
La primera cuestión tiene a su vez dos variantes muy importantes de las que, además, dependen los logros antes citados.
Muchas veces, en la jerga común, cuando se habla de países en realidad se está hablando de estados. Un atributo fundamental del Estado es la soberanía en el interior de sus fronteras. Ante una crisis como la presente la primera reflexión necesaria es constatar la vacuidad de las promesas que se nos hicieron con relación a la pérdida de soberanía de los estados. Mucho se ha hablado en los últimos tiempos sobre la “cesión” de soberanía hacia espacios infraestatales (regiones, naciones sin estado, estados federados, etc.) y también hacia espacios supraestatales (Comunidad Europea principalmente en nuestro caso). La realidad del coronavirus ha reavivado el espacio estatal como el lugar privilegiado de control y toma de decisiones.
En esta línea, Josep Ramoneda, en un artículo reciente (ARA 2020/04/14), afirmaba:
Al final, los que han parado de repente un mundo superacelerado han sido los estados nación. Y el lunes el presidente Macron dio toda la solemnidad a este retorno. ¿Por qué, ahora, los estados nación, cuando buena parte de los problemas han venido como consecuencia de su pérdida de capacidad para poner límites a las dinámicas incontroladas de los mercados y de las finanzas? Pues, precisamente porque a la hora de parar todo se ha visto que siguen siendo los únicos que tienen herramientas para hacerlo.
La primera idea que se puede extraer de la reflexión de Ramoneda es que, en realidad y en el fondo, los estados nación no habían perdido su poder. A regañadientes habían cedido parcelas por arriba y por abajo. Pero tenían un as en la manga. Y ante la crisis lo han sacado. Y, por ahora, con éxito.
Esta característica es, en mayor o menor medida, común a todos los estados. Se resisten con uñas y dientes a ceder soberanía a instancias superiores a ellos. Incluso cuando la coyuntura de bonanza propició la creación de la Unión Europea, las resistencias fueron fuertes. Algunos, como el Estado español, hicieron de la necesidad virtud y se apuntaron para obtener sus réditos de los fondos comunitarios.
Cuando se produjo el intento de elaborar una “constitución europea” el resultado fue muy claro. El Estado francés y Holanda votaron en referéndum y lo hicieron en contra. En el español se hizo desde el Parlamento.
En el mismo sentido, Josep Gifreu en El Punt-Avui (2020/04/16) decía:
(La crisis)  actual ha puesto de manifiesto la centralidad (todavía) de los estados nacionales. Es una crisis planetaria, sí, pero gestionada por los gobiernos “nacionales”. Hay un tipo de control imprescindible en situaciones de emergencia: el control de la información/desinformación.
Partiendo de esta situación se constata la existencia de diversos grados de democracia en los estados. Hay estados férreamente unitarios que, además en el caso español, manifiestan pavor por la democracia. Otros, también unitarios como el francés, guardan las formas de modo más correcto. En ambos casos estamos hablando de estados multinacionales que no reconocen la existencia de unas naciones subordinadas a su férula, lo que no quiere decir que no sigan existiendo y que tengan sus propios problemas. Pero donde antes decían “café para todos”, ahora proclaman “virus para todos”. En ambos casos los problemas se agravan por un tratamiento uniforme de problemáticas distintas y esparcen el problema con mucho menos control.
Todo lo anterior debe ser tenido en cuenta a la hora de analizar las reacciones de los diversos entes políticos y sociales ante la crisis. Es evidente que la actuación de un Estado mononacional como el portugués o uno realmente federal como el alemán, tendrán muchas más facilidades para organizar una actuación coordinada, responsable y, por lo mismo, eficaz de su sociedad, que estados unitarios como el francés o unitarios y autoritarios como el español, donde, a pesar de las pretensiones del ‘mando único’, el caos de gestión, y el virus, campan a sus anchas.
Así, Aleix Sarri dice en Nació Digital (2020/04/20):
Como se ve comparando con el número de muertes (en Cataluña) de otras pequeñas, pero independientes, naciones de Europa, la falta de soberanía, se paga muy cara.
Comparando dos estados de la UE, grandes y vecinos, el periodista Lluis Foix dice en La Vanguardia (2020/04/23):
El editorial (de Le Monde) del día 20 decía que los efectos del coronavirus a los dos lados del Rin revelan un abismo. Sanitario en primer lugar si se comparan los casi 20.000 muertos en Francia (65 millones de habitantes) con los 4.500 en Alemania (83 millones). Y político en segundo lugar si se tiene en cuenta que un 60% de los alemanes confían en su Gobierno mientras que en Francia la confianza se reduce a un 34%.
Incluso Grecia, otro Estado básicamente mononacional, parece que ha gestionado mejor, con más éxito, la crisis de la pandemia. También lo ha hecho Portugal a pesar de los más de 1.200 Km. de frontera que lo separan del Estado español.
Corea del Sur y Taiwan han conseguido un considerable éxito basado sobre todo en el control de las personas a través de test generalizados y amplias medidas de tomas de temperatura, etc. Espectacular es también el caso de Vietnam, con un pobre sistema sanitario y que, mediante el control férreo de fronteras con China y cuarentenas estrictas a los procedentes de otros lugares del planeta, ha conseguido evitar muertes.
En todos los casos queda de manifiesto que la gestión de estados pequeños y uninacionales o de algunos grandes, pero realmente federales, se enfrenta a la crisis provocada por la pandemia de forma mucho más eficaz y democrática.
En este sentido son significativas de una situación de minoración y acomplejamiento las declaraciones del Presidente del Parlamento catalán  Roger Torrent. A una pregunta de un periodista:
¿Que si una Cataluña independiente habría combatido mejor el coronavirus? Lo último que pide esta crisis son planteamientos nacionalistas y los independentistas tenemos que alejarnos de discursos que tienen connotaciones nacionalistas.
Todo lo expuesto anteriormente facilitaba una respuesta, no sé si afirmativa o negativa –creo que afirmativa- pero en ningún caso ese intento de “cambiar el tema”, cuando si alguien se ha caracterizado por un exacerbado nacionalismo y absorción total de competencias ha sido, precisamente, el Estado español. Y no precisamente con gran éxito.
Otro asunto del que se ha hablado también es que parece que los estados que mejor han manejado la crisis han sido los gobernados por mujeres. Lo interesante del asunto es que excluyendo Alemania, un Estado grande pero que es, precisamente, federal, el resto son estados pequeños o medianos. Puede que ambos factores tengan una cierta correlación entre sí, pero, en todo caso, muestra que los estados grandes, unitarios, plurinacionales que no reconocen las naciones sometidas, son los que lo han gestionado peor.

Caso español


La gestión llevada a cabo por el Estado español se inscribe en la tendencia general tras el comienzo de la crisis con la declaración de pandemia por la OMS, pero agravada por las características propias del mismo. Están presentes las tendencias generales entre las que sobresalen, por un lado, la citada resurrección de los aparatos de coerción de los estados nación clásicos en detrimento de las recientes cesiones de atributos a entidades supraestatales (UE) o infra, tipo regiones, etc., y por otro, las ideológicas como el autoritarismo y los sistemas de vigilancia social y de autocontrol, pero sobre todo el nacionalismo asociado tradicionalmente a los mismos.
En Australia (1) se ha hecho un estudio para evaluar el liderazgo que ha demostrado cada Estado para responder a una enfermedad infecciosa global, y cómo está de preparado para otra pandemia. En lo alto de la lista, como mejor liderazgo y respuesta, tenemos a Nueva Zelanda seguida por Singapore, Islandia, Australia, Finlandia, Noruega, Canadá, etcétera, hasta llegar al país más abajo de una lista de 95 países: España.
El caso español es el que más nos atañe, ya que la parte más importante de nuestra nación, tanto desde el punto de vista territorial como humano, está bajo su dominio. El Estado español es multinacional en su realidad profunda, pero en su práctica política se comporta como mononacional a través del supremacismo nacional que le dio origen: el castellano. Hasta el punto de denominar “España” a todas las naciones que dominó históricamente Castilla. Y asimilarlas lingüística, cultural y políticamente a su modelo.
Como ha explicado con mucha claridad recientemente el profesor Pérez Royo (ARA 2020/04/16)
…(Hay una) diferencia insalvable entre el Estado de las autonomías y el Estado federal. Este último es resultado de una manifestación de voluntad constituyente del titular de la soberanía en la que el componente territorial entra como un momento esencial. La legitimidad democrática y la descentralización política son inseparables.
En el Estado de las autonomías, por el contrario, el momento territorial no está incluido en el principio de legitimidad democrática que se objetiva en la Constitución. La legitimidad democrática en el Estado federal es una legitimidad “compuesta”. En el Estado de las autonomías no lo es. De aquí que el Estado de las autonomías, definido por el Tribunal Constitucional como un “Estado compuesto”, lo sea en su funcionamiento, pero no en su definición. Es un Estado “legalmente” compuesto, pero no “constitucionalmente” compuesto. Tiene, podríamos decir, una legitimidad “de ejercicio”, pero no una legitimidad “de origen”.
En los momentos de crisis esta ausencia de legitimidad de origen se nota. El Estado de las autonomías reacciona como si fuera un Estado unitario, que debe “ajustar” a continuación la respuesta que da a la crisis con las unidades territoriales.
En algún momento España tendrá que hacer frente en sede constituyente a su diversidad territorial. La verdad a medias del Estado de las autonomías ya ha dado de sí todo lo que podía dar.   
Es decir que en su funcionamiento de hecho el Estado español se muestra como mononacional y unitario, con especial énfasis en las tendencia militaristas y autoritarias propias de su cultura política.
Una de las razones del comportamiento del Estado español es precisamente el tratar de evitar que la gestión de la crisis pudiera llevarse a cabo desde diversos modelos territoriales. Modelos no adecuados a la cultura social y política de España. Modelos mucho más cercanos a la realidad concreta de los ciudadanos. Modelos, en suma, más democráticos. Y que no pudiera haber lugar a comparaciones.
En esta ocasión el llamado “Régimen del 78” ha mostrado su cara más hosca. Su expresión se ha manifestado en sus ruedas de prensa. Simbolismo militar: figuras cuarteleras: Ejército, Guardia Civil, Policía Nacional. Lenguaje empleado: guerra, derrota del enemigo, los ciudadanos como soldados. Símbolos utilizados: bandera española. Y, evidentemente, “la autoridad competente”.
El corrupto sistema de partidos y sindicatos que viven de las subvenciones del propio Estado ha manifestado las tendencias cainitas  endémicas que provocan cualquier tipo de juego sucio, zancadilla, golpe para destruir al contrario. Su único objetivo común es mantener a toda costa la “unidad de España”. Todo ello aunque sea a costa de la salud  y de la vida de los ciudadanos a los que en teoría deberían defender.

Respuesta catalana


Las tensiones con Cataluña es fácil que sean producto no sólo de una sociedad diferente, sino consecuencia de todos los agravios que provocaron la revolución del ‘Procés’, incluyendo todos los posteriores agravios y humillaciones que desde los poderes del Estado se les han infligido. El Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, sí pero también todo el poder manipulador de los medios de comunicación (TV’s, emisoras de radio, prensa…) y la permanente generación de ‘fake news’ de confusión y confrontación en las redes sociales.
Cataluña presenta una fuerte resistencia teórica, expresada en sus medios de comunicación independientes sobre todo en la prensa diaria y revistas, tanto digitales como escritas, en donde se expresan opiniones y reflexiones de gran valor teórico. En cuanto a la reacción popular, esta crisis en Cataluña no ha manifestado la potencia social expresada a partir de las consultas de 2009, con todo tipo de manifestaciones (Diadas), desconocidas hasta entonces en el mundo, mantenidas a lo largo de los años hasta el referéndum prohibido perseguido, apaleado y judicializado del 1 de octubre de 2017, pero se ha comportado como sujeto político distinto. La actitud general de sus instituciones autonómicas, sin llegar a ser un modelo, también ha contribuido a esta relativa independencia en la respuesta.
Las medidas adoptadas por el gobierno del Estado español han sido escasas y, en muchos casos, desacertadas o tardías. Cataluña ha tenido capacidad para expresar su personalidad con un enfrentamiento bastante fuerte con las medidas adoptadas por el mismo. No ha sido una reacción exclusiva del ‘govern’ presidido por Quim Torra, sino de la sociedad que ha marcado su impronta ante la ofensiva unitarista de forma bastante clara.

Respuesta vasconavarra


Nosotros, tras bastantes años de penuria en lo referente a una oposición efectiva al régimen y de graves carencias de expresión como nación distinta, completamente diluida, nos hemos comportado de modo muy semejante a como nos perciben ellos, los españoles. Buenos chicos que se adaptan y amoldan a nuestros dictados. La definición más aproximada de la respuesta vasconavarra sería “seguidismo”. Con un sesgo “productivista” más acentuado en la CAV.
En el caso de nuestro país no se ha producido tipo alguno de protesta, reivindicación o insumisión ante las medidas adoptadas por el gobierno de Estado español. Esto es un indicativo claro de la falta de independencia de criterio ante decisiones no sólo criticables sino criticadas desde muchos ámbitos.
El hecho de la partición territorial administrativa de la parte peninsular de nuestra nación colabora de forma importante a la carencia de instituciones comunes, a la falta de liderazgo político y de las “autoridades autonómicas”, a diferencia del Principado de Cataluña. Los partidos políticos han hecho seguidismo unos de otros (Izquierda Abertzale de Pnv y PsoE y todos del gobierno de Madrid).
En la prensa digital o escrita las posiciones críticas lo son en su mayor parte en contra de la gestión sanitaria y, en muy pequeña medida, contra el conjunto de medidas de control social y político que se están imponiendo de modo irreversible de no mediar una oposición social y política fuertes. Es un modelo calcado del español, es su forma de oposición. Muy tibia, acomplejada además, ya que en el Gobierno español están las “izquierdas”.
Sí se muestran iniciativas solidarias a la hora de fabricar respiradores o mascarillas. Son iniciativas “productivas”, no de respuesta social (nacional) ante la avalancha próxima de control y represión, que ya está entre nosotros desde la declaración del estado de emergencia. No se perciben respuestas creativas y espontáneas, tan presentes en otras crisis. Por lo menos distintas de la surgidas en el resto del Estado español.
La actitud social frente a una pandemia de estas características construye relato. Cualquiera que sea la respuesta a una crisis de este nivel está condicionada por la autopercepción de la sociedad que la padece pero, sobre todo, genera relato sobre sí misma. Dejarse llevar por el rebaño construye un relato de obediencia acrítica.

Conclusiones


Como conclusión de estas reflexiones: una pandemia, aquí y ahora, no es sólo “una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región” (RAE), ni sólo una “plaga bíblica”; es sobre todo un experimento social en primera persona y de gran magnitud, provocado por quienes controlan los aparatos de creación y reproducción de poder (y, por lo mismo, de sometimiento de la población). En la crisis actual lo que está en prueba es la capacidad de resistencia de las diversas sociedades ante un modelo que conlleva un aumento todavía mayor de autarquía, estatismo, control y sometimiento. Cada pueblo tiene su propia cultura social y política y su respuesta a esta crisis será mediada por ella, además de por todos los factores de su entorno. Pero la respuesta que dé la remodelará de modo importante y pasará formar parte de su relato como nación. Para bien o para mal.