Joan Ramon Resina
Opiniones y puntos de vista sobre Navarra como perspectiva política de Euskal Herria y de la Vasconia histórica en el mundo actual y sobre cualquier aspecto que afecte al presente y futuro del planeta Tierra, su biodiversidad, y el papel de la inteligencia humana en todo ello, "Nos guste o no, estemos o no preparados, somos la mente y los guardianes del mundo vivo". (Edward O. Wilson)
07 mayo 2021
EUROPA: AGINTZEN DUENAK AGINTZEN DU
Joan Ramon Resina
21 abril 2021
EUROPA: QUIEN MANDA, MANDA
“La Unión Europea es una inmensa fantasmada”
Joan Ramon Resina
La emergencia de la pandemia
se ha clavado como una piedra en el engranaje del modo de vida en que pululábamos.
Ha hecho saltar el sistema, y en ello ha puesto en evidencia algunos de sus
mecanismos ocultos. Vemos, al hilo de las angustias y los sobresaltos, cómo
actúan gobiernos, multinacionales, medios de comunicación, grandes
corporaciones, instituciones continentales… A la luz de sus efectos,
descubrimos que muchos de los argumentos que constituyen la agenda diaria de
nuestra burbuja cotidiana son falsos. Tramposos. Mercancía averiada. Y que nos
la han vendido para que nos alejáramos de lo que deberían ser nuestros
objetivos.
Así, nos dijeron que el
Estado nación era una especie en extinción, sobre todo ante los procesos de
globalización, fluidos, masivos y universales. El Estado nación ya no era el
modelo operativo; quedaba desfasado.
Por ello, nos contaron que
los problemas que se plantean a las “naciones sin Estado” (en realidad
“naciones con estados en contra”) se solucionarían con su integración en la
Unión Europea. Una premisa de esta argumentación afirmaba que,
consecuentemente, “a más Europa, menos España” (y Francia, se supone).
Pero no sólo por arriba.
También nos dijeron que, por abajo, el poder emergente de los “entes
subestatales” (autonomías, naciones “sin Estado”, regiones, conurbaciones
importantes, etc.) reducía y debilitaba las atribuciones y competencias de los
estados nacionales.
Nos han intentado convencer de
que, en suma, con todos estos procesos, eso de la soberanía era como un terrón
de azúcar en un vaso de agua, que se iba disolviendo con rapidez. Los Estados
ya no eran los depositarios principales.
En resumen, durante años nos
han vendido la idea de que en un futuro próximo el Estado, tal y como funcionaba
en Europa desde Westfalia (1648), estaba en vías de extinción. El objetivo de
este argumentario, como bien sabemos, se orientaba a neutralizar la
reivindicación de nuestra “libre disposición”. Dicho de otro modo, en estas
condiciones, ¿para qué queréis un Estado independiente?
Por el contrario, si algo
pone en evidencia la crisis de la pandemia es esa falacia; es que lo que nos
decían, convencían o trataban de vendernos, era mentira.
Hemos visto a la Unión Europea
titubeante, incompetente, sin credibilidad, ni operatividad, ni objetivos
claros. De hecho, en medio de las urgencias y calamidades, la hemos visto
inclinarse servil ante las grandes empresas, las corporaciones y lobbys
implicados.
Hemos observado la
marrullería de Estados miembros que se saltan a la torera las reglas de juego.
Que miran por sus intereses particulares. Que, como advierte Joan Ramon Resina,
“traspasan las líneas maestras de la legalidad comunitaria”. Los casos de
Polonia, Hungría y España son muy claros. Y la Unión no tiene instrumentos para
llamarles al orden o imponer una conducta compartida (la respuesta europea ante
la actuación española contra el procés catalán, en otro caso
significativo, ha sido paradigmática al respecto). Quien manda, manda.
Ha sido de escándalo
contemplar a la presidenta de Comisión europea Ursula von der Leyen tratada con
machismo y desprecio por Erdogan, el líder turco, porque sabe que no habrá
represalias. Que Europa no tiene capacidad de respuesta; no es un Estado; no
tiene una política internacional, ni una cohesión interna, ni un verdadero eje
de autoridad. Ni siquiera es capaz de legitimarse o movilizar a sus
poblaciones. “No dispone de las tradicionales fuerzas legitimadoras de los
estados: el nacionalismo o, en algunos casos, la religión” (Joan Ramon Resina,
“La deslegitimación de la Unión Europea”).
Europa no cuenta como una
estructura de poder, sino como un club de intereses y negocios. Se reúnen,
negocian, compadrean… Pero el verdadero protagonista, el sujeto de soberanía,
con capacidad para hacer y deshacer, construir y defender un futuro colectivo,
sigue siendo el Estado.
Por lo que respecta a los
entes subestatales, ha sido vergonzoso descubrir cómo desaparecían de los centros
de decisión y los Estados recuperaban su protagonismo sin el menor atisbo de disimulo,
protesta o duda. El Estado español, por ejemplo, ha puesto firmes a todos
porque tenía la autoridad y las competencias para ello. El Estado de las
Autonomías es una auténtica tomadura de pelo.
En resumen, Europa no nos
salva. No nos sirve como referencia, porque apenas es más que un club de trileros
donde cada cual juega sus dados, y donde para asistir y disponer de asiento hay
que tener categoría; es decir, el Estado nación de toda la vida. Alemania,
Irlanda, Malta…
Como pueblo vasco, navarro,
debemos recuperar la iniciativa política con un horizonte claro; la consecución
de un Estado propio; y luego ya nos apuntaremos a juegos de socios y clubes de
negocios. Si nos conviene.
Angel Rekalde / Luis Mª Martinez Garate
04 junio 2014
NOAIN 2014, TIEMPO DE INDEPENDENCIA
13 marzo 2013
HUGUISMO
Izaronews (2013/03/13)
Noticias de Navarra (2013/03/16)
08 marzo 2012
NECESIDAD POLÍTICA Y ECONÓMICA DEL ESTADO PROPIO
05 enero 2010
POLÍTICA LAICA
Uno de los puntos de partida, para mí de difícil discusión, es la reflexión de que los logros políticos que habitualmente consideramos como democráticos corresponden a situaciones en las que la relación de fuerzas sociales se manifestó favorable a tales compromisos. No obstante, llegar a esos acuerdos, consensos o compromisos, por lo menos en el principal caso producido en la historia de la humanidad, ha costado largos y graves conflictos y sobre todo, sangre, sudor y lágrimas a personas y sociedades con nombres concretos.
Otro principio básico es, en mi opinión, que no valen los “angelismos”, es decir los falsos “pacifismos” o “no violencias” del estilo de la “alianza de civilizaciones”. La violencia es la “partera de la historia” (Marx dixit) y el conflicto forma parte indisoluble la trayectoria de la humanidad. Lo que sucede es que cuando el combate se manifiesta ruinoso para todos los protagonistas, se buscan soluciones de compromiso. La teoría de juegos, puesta en valor en los últimos años del pasado siglo, ha demostrado la superior capacidad de satisfacer y minimizar los sufrimientos a las partes en conflicto que conllevan las soluciones consensuadas o pacíficas, frente a las estrategias basadas en la pura venganza o “ley del Talión”. Aunque para llegar a ellas haya sido necesario probar la capacidad de movilización social, poder real, de cada una de las partes en conflicto y, sobre todo, no bajar la guardia tras los acuerdos alcanzados. Es la esencia de la democracia.
En Europa occidental, siglos de lucha y de elaboración de teorías acordes han desembocado en la situación actual. Entre los hitos más importantes en esta contienda se encuentran, desde el punto de vista político práctico, la superación de los conflictos religiosos en Europa surgidos tras la reforma protestante. La asfixia que suponía el catolicismo romano para el desarrollo industrial y comercial, basado en su negación de la libertad individual, hizo que los estados más comprometidos en este proceso (Países Bajos, Inglaterra y algunos estados alemanes, sobre todo) se rebelaran en su contra. A partir del fin de la Guerra de los Treinta años en el siglo XVII, la última gran guerra de religión en Europa, su mapa quedó fijado en dos zonas bastante estables, correspondientes a las áreas de influencia reformada y a la católico-romana.
El camino europeo fue muy largo y se vio atravesado por sufrimientos incontables. Todavía Voltaire, en pleno siglo XVIII, tuvo que batallar en contra de la intolerancia católica en el conocido “asunto Calas”, personaje ejecutado en 1762 como fruto de la misma. No obstante, filósofos británicos como Hume y Locke y los Ilustrados franceses, aportaron una inapreciable dosis de racionalidad al tratamiento de estos asuntos. En el mundo occidental una de las últimas manifestaciones de esta intransigencia fue la guerra de 1936-39, basada en una rebelión militar-fascista y declarada como “Cruzada” por la Iglesia Católica, en una época en la que la mayor parte de las sociedades occidentales eran ya laicas.
Otro mundo sobre el que reflexionar es el oriental: Japón realizó de una forma, también compleja y cruenta, su particular evolución hacia una sociedad laica. Su caso se veía favorecido por la presencia en la misma de unas concepciones religiosas no fundamentalistas y, además, muy variadas. Algo semejante sucede en la civilización china, en la que el sustrato confuciano presenta un buen soporte para alcanzar una forma no religiosa de entender la organización social. La India, como crisol de religiones poco inclinadas al monoteísmo y, por lo mismo, a soluciones teocráticas, constituye otra sociedad interesante en la que, a pesar de surgir conflictos religiosos con el monoteísmo musulmán, expresa una elevada laicidad política.
Las religiones monoteístas llevan implícito un principio totalitario: la existencia de un dios absoluto, dueño de vidas y haciendas y, en el fondo, gestor de toda la realidad, tanto natural como social. Aunque tal dios siempre se ha expresado y se expresa, ya que no puede hacerlo de de otro modo, a través de grupos y personas con unos intereses sociales, económicos y políticos absolutamente terrenales.
El absolutismo al que corre el riesgo de conducir el monoteísmo sólo tiene una salida democrática que es, precisamente, el equilibrio de fuerzas al que le puede llevar su coexistencia con otros grupos, bien sean laicos (ateos o agnósticos, por ejemplo), bien de religiones no monoteístas o incluso de otros monoteísmos y, sobre todo, sus relaciones con otras realidades sociales existentes en el resto del mundo. A partir de esas (auto)limitaciones obligadas es posible acceder a situaciones secularizadas en las que no sean los sedicentes representantes del “ser supremo” quienes impongan sus normas, sino que lo sea la propia sociedad organizada democráticamente de forma autónoma.
El mundo que, hipotéticamente, pudiera surgir de este equilibrio es casi seguro que no será como el que se manifiesta hoy en nuestras sociedades occidentales, pero, por lo menos, pienso que estará basado en el respeto y en unos principios “no revelados” sino adoptados democráticamente por la propia sociedad sin referentes celestiales, heterónomos o, simplemente, externos.
¿Podrá el mundo musulmán encontrar, tanto desde dentro como en colaboración con otras sociedades, un atajo que le permita acceder a la superación del totalitarismo religioso que supone su creciente “islamización”, sin pasar por todas las guerras y dolores que sufrieron las sociedades cristianas hasta épocas muy recientes? ¿Tendrá capacidad de construir unas sociedades “laicas” al modo de las del mundo occidental, el indio, el japonés o el chino? ¿Puede un occidente laico y postcolonial, por supuesto, colaborar en esa búsqueda? ¿Cómo?
21 abril 2009
IMPOSICIÓN DE LOS IDIOMAS
¿Obligar como signo de debilidad? ¿Eran débiles los imperios chino, romano, español o británico cuando impusieron sus idiomas en los amplísimos territorios y poblaciones que estaban bajo su dominio? ¿Era débil el Estado francés cuando impuso a sangre y fuego la destrucción de lo que según ellos no eran más que “patois”? Es evidente que el Estado francés era más poderoso que el español y así mientras el primero fue capaz de aniquilar hasta su casi exterminio idiomas como el occitano en todas sus variantes, el bretón, el catalán o el euskera, principalmente, el segundo tuvo menos éxito en ”la promoción atractiva de su lengua”, aunque también lo intentara con ahínco.
Cabe la posibilidad de que Davis se refiera únicamente a las lenguas “no importantes” y dé por supuesto que las “importantes” no tienen que justificar su imposición, ya que es algo natural y “compañero del imperio”, que diría el inefable Nebrija. Las primeras, algo así como “reliquias etnológicas”, tendrían que “seducir” (Josu Jon dixit) a sus hipotéticos futuros hablantes.
Lo que sucede es que la imposición de las lenguas “importantes” es invisible, se produce como algo “natural”, se hace la labor “sin que se note el cuidado”. Un caso en este sentido, y del que procede la expresión, se encuentra en la "Instrucción secreta" que el fiscal del Consejo de Castilla, don José Rodrigo Villalpando, trasmitió a los corregidores del Principado de Cataluña el 29 de enero de 1716:
"...pero como a cada nación parece que señaló la naturaleza su idioma particular, tiene en esto mucho que vencer el arte y se necesita de algún tiempo para lograrlo, y más cuando el genio de la nación como el de los catalanes es tenaz, altivo y amante de las cosas de su país, y por esto parece conveniente dar sobre esto instrucciones y providencias muy templadas y disimuladas, de manera que se consiga el efecto sin que se note el cuidado..."
El autoodio inducido desde los púlpitos en los que predican los valedores de la lenguas “importantes” produce frases extremas como la famosa de Unamuno: "lo mejor que podría aportar el vascuence a la humanidad es desaparecer". La principal tarea de quienes persiguen nuestra lengua consiste en presentarla como “de poco valor”, o directamente inútil, para vivir en el mundo actual.
El problema es que contra campañas de ese estilo poco se puede hacer exclusivamente con el voluntarismo personal, factor necesario pero no suficiente. Una vez más se muestra la necesidad de un Estado propio como elemento imprescindible para lograr su normalización efectiva. Con Navarra como Estado independiente al norte del Pirineo, en el reinado de Juana III de Albret y bajo su protección, se publicó la traducción al euskera del Nuevo Testamento por Joanes de Leizarraga, con lo que nuestra lengua pasó a ocupar un lugar entre las lenguas de cultura. Hoy, simplemente, se trata de lograr que de nuevo sea lengua “importante”, como idioma oficial de la República de Navarra.
22 septiembre 2008
RECURSO A EUROPA
No era una mala idea. Podía servir, ante Europa, como una especie de plebiscito. Conseguir 100.000 ciudadanos que, desde toda la geografía de Vasconia y desde la diáspora, reclamaran la falta de democracia del Estado español, que impide la realización de una simple consulta, sería un importante avance democrático. Este mecanismo directo, de recurso de la sociedad civil del país a las instancias europeas, habría constituido un aldabonazo importante en el mundo sobre la voluntad de nuestro pueblo. Si se hubiera adoptado en serio esa vía se habría hecho patente la existencia de una realidad para la que no existen cauces políticos dentro del actual sistema español. Sus miserias se habrían puesto en evidencia, ante Europa y ante el mundo.
Pero no va a ser así. Una vez más los intereses corporativistas y a corto plazo de “nuestros” partidos políticos se han impuesto a una posible expresión de nuestra sociedad. El “recurso a Europa” se ha visto reducido al “apoyo” a un manifiesto, a su vez de “apoyo” a la forma de plantear el problema vasco de cuatro partidos políticos. Además, sin concretar la manera en que hipotéticamente formalizarían su reclamación en Europa.
¿A qué viene esa intermediación? La consulta de Ibarretxe sería todo lo tímida que se quisiera y dirigida tan sólo a una parte de los vascos, pero por lo menos era una consulta directa, sin pasar por el intermedio de ese filtro, nefasto, que son los partidos políticos en el actual régimen político del Estado español. Eso tenía una virtualidad muy interesante: reflejar, parcialmente si se quiere, la opinión de un segmento de nuestra sociedad en aspectos muy importantes.
En todo caso, y como aspecto dudoso, la segunda pregunta también hacía referencia a los partidos políticos como únicos sujetos de negociación. Pienso que todas las remisiones a los “partidos” son elementos que reducen la capacidad democrática de nuestro pueblo. Pero mejor la olvidamos, por ahora, pues entra en el fondo del comentario crítico que ofrecen estas líneas.
Hay dos aspectos a considerar:
El primero se refiere a que la emancipación de un pueblo dominado no se puede conseguir sin la participación de todos sus sectores sociales, de la sociedad cívica, movilizados en la máxima expresión de que es capaz en cada momento histórico.
El segundo es la cuestión de la partitocracia y su funcionamiento dentro de la llamada “democracia” española. En varias ocasiones he tenido la oportunidad de negar este calificativo al régimen político imperante en el Estado español y creo haber expresado razones suficientes. Dentro de ella, como un elemento constitutivo muy importante, está el sistema de partidos impuesto. En el actual régimen político del Estado español los partidos son el eje de transmisión del control del Estado sobre las ciudadanías (de las naciones no reconocidas, o del propio pueblo español) que están, además, generosamente subvencionados por dicho Estado, es decir por todos los contribuyentes al mismo. Tenemos, como guinda, el arbitrario sistema dominado por su vigente “Ley de Partidos” y utilizado a su guisa por un poder judicial sometido (es un eufemismo) al único poder político real.
Volviendo al primer punto, ahora Euskal Herria se encuentra ante una situación en la que no hay camino para la expresión de la sociedad civil. Se prolonga la larga sombra del “atado y bien atado” legada por el difunto Caudillo. No hay resquicio para salir de ella dentro de su sistema. Cuando se adivina o se vislumbra un tenue rayo de luz, quienes controlan el sistema perciben el peligro y se cierra bruscamente la puerta. Lo fue en Lizarra-Garazi, lo ha sido en la frustrada “consulta” de Ibarretxe. Lo era también en ese posible recurso ciudadano a Europa. El actual sistema de partidos ha impuesto su férula. La unidad de la nación española, fuente de su única soberanía, se expresa así de otro modo, contundentemente.
Pienso que todos los mecanismos que nuestra sociedad ha sido capaz de poner parcialmente en marcha, para ser efectivos, deben encuadrarse en una estrategia general cuyo objetivo, vista la situación política global de los estados español y francés y de Europa en general, no puede ser otro que el logro del Estado propio. Ahí nos encontramos de nuevo con el horizonte próximo de la República de Navarra.
13 enero 2008
CENTRAR EL PROBLEMA
La encrucijada en que se desenvuelve nuestra sociedad en la etapa presente requiere precisamente ese ejercicio de “centrar el problema”. Los datos que cotidianamente recibimos a través de las actuaciones de los estados español y francés con relación a nuestro pueblo no son precisamente proclives a la garantía, en el presente o en el inmediato futuro, de un estatus firme con desarrollo libre y pleno de su personalidad en todos los niveles: social, lingüístico, cultural, económico.
Por el contrario, son los intereses foráneos quienes marcan las hojas de ruta que nuestra sociedad, cuarteada territorial, administrativa y políticamente, se ve obligada a seguir. No planteo, en este momento, asuntos relacionados con el transporte o las infraestructuras como aeropuertos, ferrocarriles, carreteras y puertos. Tampoco los lingüísticos y culturales, o los de bienestar social en general como sanidad, educación y vivienda, ni los que afectan a sectores como la agricultura, pesca o industria. Menos aun los relacionados con lo que se conoce, de manera reducida y superficial, como “política” (partidos, campañas electorales, coaliciones...)
Me voy a centrar en dos problemas que atañen directamente al núcleo de cualquier sociedad que se pretenda democrática. El primero se refiere a la libertad de expresión y asociación. El segundo, a esa lacra de la humanidad que es la tortura.
El tristemente famoso macroproceso 18/98 ha dejado al aire las vergüenzas del régimen político que impera en España. Mucho, casi todo, se ha dicho y escrito sobre el procedimiento incoado: falta de pruebas, acusaciones genéricas, imputaciones arbitrarias y sobre todo el sofisma que supone igualar judicialmente, por coincidencia de fines (políticos), a quienes practican atentados y quienes no lo hacen y se sirven exclusivamente de cauces como la movilización social, la insumisión o la desobediencia civil. No voy a repetir argumentos; intentaré sacar conclusiones.
Los últimos episodios de torturas y el descaro y chulería manifestados por los responsables políticos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado español que incurriendo conscientemente en claras contradicciones las asumen y ratifican, muestran de modo todavía más descarnado la auténtica faz de su régimen político.
El análisis de ambas realidades nos debe conducir a “centrar el problema”. No se trata de “extralimitaciones” del poder judicial, en el primer caso, o del ejecutivo, en el segundo. Se trata más bien de la cruda expresión de su completa “no-democracia”. No son “déficits democráticos”, son su ausencia total. Y ésta es una cuestión radicalmente política.
Ante esta situación deberíamos de una vez por todas asumir la necesidad de separarnos de ese cuerpo en descomposición que es el Estado español, rehacer la unidad de nuestra sociedad, asumir nuestra capacidad como sujeto político y plantearnos, con toda seriedad y también con todas las consecuencias, como objetivo estratégico acceder al estatus de Estado independiente, en Europa y en el mundo.
Las características de nuestra sociedad, sobre todo su conciencia nacional diferenciada de España y Francia, nos permiten definir el proyecto realista de este objetivo en un plazo no muy largo. Nuestra cultura política, patrimonio del único Estado independiente creado por los vascos, Navarra, viva a pesar de siglos de imposición y dominio, constituye un elemento de primer orden de cara a su consecución.
Hay quienes proponen otra alternativa, en teoría también democrática, que consistiría en la “conversión” de España, es decir del Estado español, y del francés también por supuesto, en una democracia en forma de estado confederal con aceptación del derecho a la secesión, con inequívoco reconocimiento de los derechos de expresión y asociación, con acoso, erradicación y penalización total de la tortura etc. Personalmente considero esta opción claramente inviable. Nuestra abrumadora minoría demográfica y el hondo nacionalismo que impregna hasta la médula la sociedad española la convierten en utópica y más alejada de la realidad política que el logro de nuestra independencia, a pesar de poder contar con los catalanes como aliados en tal proceso. En todo caso, también es posible, y deseable, coordinar con ellos los esfuerzos emancipadores para nuestra liberación simultánea.
Por otra parte, las reivindicaciones parciales, de objetivos limitados, como pueden ser la “amnistía”, el “stop a la tortura”, el “reconocimiento” de los partidos políticos “ilegalizados” por el más que ilegítimo régimen que gobierna hoy el estado español, son formas de plantear nuestros conflictos que, en mi opinión, sólo pueden recuperar su profundo sentido democrático a través de la consecución del Estado independiente propio como objetivo inmediato.
Pienso que “centrar el problema” consiste en otorgarle su dimensión política en el ámbito internacional y plantear nuestra independencia como una conquista democrática de primer orden. Posiblemente la única capaz de garantizar nuestra continuidad creativa y solidaria en el mundo. Opino, también, que deberán ser radicalmente políticos los medios para conseguirla. Es evidente que dicha batalla deberá resolverse en un campo no marcado por los intereses de los estados que actualmente nos controlan con toda su legislación (“leyes de partidos” o “sistemas electorales”, por ejemplo), su regulación arbitraria de derechos, sus sistemas educativos y de propaganda y su poder ejecutivo, sino en el de la profunda relación de fuerzas sociales. Por supuesto que en esta estrategia se podrán utilizar también los medios que otorga su propio sistema, pero siendo siempre conscientes de sus limitaciones y los fines para los que han sido creados.
Creo que cuanto más se demore el debate y la práctica necesarios para la consecución de la República de Navarra más graves serán nuestros problemas. Y que la democracia estará más lejos de Europa, incluidas por supuesto España y Francia.
