Mostrando entradas con la etiqueta Violencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Violencia. Mostrar todas las entradas

23 noviembre 2016

LA NACIÓN, PRIMERA CONDICIÓN


Resulta interesante observar cómo se construyen los discursos que se autocalifican de revolucionarios, transformadores, rompedores incluso, sin poner nunca en cuestión el marco territorial (político, jurídico, administrativo), en el que se desarrollan los conflictos. Y este viene impuesto por el poder coercitivo de unos estados que nunca se han construido mediante “procesos democráticos”, sino mediante la violencia física más ilegítima: conquistas, ocupaciones, aniquilación de grupos e instituciones, genocidios.  

Estos discursos olvidan que la aceptación del marco no es aséptica. Que implica tal cantidad de injusticias, situaciones de desigualdad, dominio y explotación, que frente a ellas palidecen las contradicciones “internas” con que justifican sus posiciones. Su participación en estos conflictos internos es lo que habitualmente presentan como prueba máxima de defensa de los ideales que proclaman: igualdad, libertad, democracia... Esta aceptación acrítica expresa una parte de lo que Michael Billing denominó como “nacionalismo banal”. Sólo una parte, ya que, como constata Joan F. Mira, “la fuerza de la territorialidad es enorme”... “basta con que la gente llegue a percibir la existencia de simples divisiones administrativas que afectan a su territorio para que estas divisiones comiencen a crear conciencia de “identidad”. Es decir, los marcos impuestos “crean identidad”, y, más allá, incluso determinan los circuitos simbólicos, lingüísticos, culturales, económicos, etc. con los que se erige la realidad social.

En nuestro entorno más cercano tenemos el proceso catalán hacia la independencia. Al margen de sus aciertos y errores, y de la capacidad para ser culminado con éxito, se ha demostrado con claridad que constituye la única vía para conseguir un cambio efectivo, una ruptura política y social para Cataluña. Y, como consecuencia, para España. Es la única transformación que aterra de verdad al conjunto del establishment del Estado español, del régimen.

La mayoría de la sociedad española se percibe a sí misma de modo unitario y monolítico. No admite, de hecho, ningún tipo de pluralismo lingüístico, cultural o social. Este dato corresponde a la herencia de la ideología imperial recibida y transmitida desde el siglo XIX a su cultura política. Esto lleva implícito el absoluto rechazo a cualquier planteamiento confederal en la estructuración política de su Estado. Ni tan siquiera ‘levemente’ federal. Su reforma en este sentido no será un imposible metafísico pero sí, sin duda, un impensable social.

Por eso sorprenden las recientes declaraciones de un destacado líder del PSC, Xavier Sabaté (exconsejero de Gobernación de la Generalitat con Pasqual Maragall), en las que afirma: 'La opción de la independencia es más inviable que la reforma constitucional'. Es sabido que el PSC no quiere la independencia de Cataluña, pero esta afirmación eleva su opinión contraria a categoría universal. Y esto que expresa una personalidad del PSC es extensible, con todos los matices que se quiera, a lo que se conoce en Cataluña como el mundo de los comunes: Barcelona en Comú –Ada Colau-, En Comú Podem –Xavier Domènech, Catalunya Sí Que es Pot –Lluís Rabell-  y por supuesto a Podemos. Presentan como prioritaria, y única posible, la reforma a nivel del Estado español por encima de la independencia de Cataluña, que menosprecian como una simple (¿y deleznable?) voluntad identitaria. Es sintomático que sólo aceptarían un referéndum en el caso de que fuera “pactado” con el gobierno del Estado español. Es evidente la coincidencia de este planteamiento en el que se sacraliza la territorialidad del Estado, con todo lo que, como se ha dicho antes, lleva anexa de generación de identidad y de imposición de circuitos de interés creados y mantenidos con esmero y disimulo por las oligarquías que rigen los destinos de dicho Estado.

Estos discursos de apariencia rupturista son, en realidad, continuistas y defensores del secular statu quo de los sectores dirigentes del Estado español desde el siglo XVI. Ya lo decía Marx: El objetivo más importante de la Asociación Internacional de los obreros es acelerar la revolución social en Inglaterra. Y el único medio de lograrlo es hacer a Irlanda independiente… La tarea especial del Consejo Central de Londres es despertar en la clase obrera inglesa la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ella ‘a question of abstract justice or humanitarian sentiment’, (una cuestión abstracta de justicia o filantropía) sino ‘the first condition of thear owen social emancipation’ (la primera condición de su propia emancipación social) (Karl Marx, Carta a Sigfrido Meyer y August Vogt, 9 de abril de 1870)

La negativa a reconocer los hechos nacionales del actual Estado español implica una solidaridad interclasista nacional-colonial que se opone a la liberación de las naciones sometidas a su Estado por intereses muy variados, pero entre los que el beneficio económico de las élites extractivas españolas no es el menor.   

Estos “rupturistas de la frase”, parafraseando a Lenin (1), no se percatan (¿no tienen el menor interés?) de que la resolución democrática de los conflictos nacionales lleva implícita la autodeterminación de las naciones sometidas. Y que por autodeterminación se debe entender su independencia, sin condiciones. Al oponerse con mayor o menor intensidad, lo único que hacen es colaborar en un sistema de dominación y explotación que si bien favorece principalmente a las citadas élites extractivas, también deja caer sus migajas (en forma de ERE’s, por ejemplo) al pueblo llano. Los beneficios de la explotación de las colonias por parte de Gran Bretaña en el siglo XIX redundaban en el conjunto de su sistema social como beneficios incluso para los sectores más desfavorecidos de la metrópoli.

En este sentido resulta claro el mensaje de Podemos. En un librito (2) que recoge un diálogo entre Iñigo Errejón  y Chantal  Mouffe aparece un par de veces la idea expresada por Errejón de que “no hablamos, sin embargo, y es fundamental apuntarlo para no errar el diagnóstico, de situaciones de crisis de Estado, sino de crisis de régimen…” Esto equivale a decir que los conflictos que se plantean en el Estado español son internos, “de régimen”. No estructurales, internacionales, “de Estado”.

A lo largo del diálogo entre ambos se incide en múltiples ocasiones sobre conceptos como “pueblo”, “país”, “fuerza patriótica”, “acuerdo patriótico”,… siempre referidos, implícita o explícitamente, a España como nación. No se percibe reflexión alguna (ni de casualidad) a los hechos nacionales catalán o vasconavarro. Tan solo aparece una referencia genérica a la “plurinacionalidad” y al “derecho a decidir”, sin concreción teórica ni práctica alguna.

En una reseña de este libro publicada en La Vanguardia y firmada por Félix Riera el pasado 22 de octubre -“Democracia sin pueblo, el juicio final”- afirma: Zizek pondrá aún más luz al observar que ‘el problema estriba en que nunca se amasa el suficiente capital de rabia transformadora y de ahí que resulte necesario tomar prestadas otras iras, o asociarse con ellas, nacionales o culturales’. Según este planteamiento las “iras nacionales o culturales” no constituyen el meollo del conflicto. Lo “nacional” aparece como algo externo, añadido, superficial al conflicto que suponen “real”. Pero ¿cuál es este conflicto “real”? Como afirma Errejón, el conflicto nacional es  “interno”, de “segundo orden”. Olvidan que lo que colocan como marginal es lo que representa, de verdad, el conflicto “estructural”, “de Estado” y con impronta internacional. Las iras que presentan como “ajenas” a los conflictos “reales” resultan ser las de fondo, las decisivas.

Tanto en su teorización como en su práctica siempre está presente un nacionalismo banal, implícito. Una españolidad incuestionable. El marco de los conflictos, las luchas, etc., es siempre una realidad estatal, nunca discutida y con un nacionalismo hegemónico, el español. Cuando es precisamente su existencia, unidad y poder, lo que permite mantener incólume un sistema retardatario, totalitario, en el que prevalecen siempre los intereses de las élites extractivas.

Estos son, en mi opinión, los límites de unos discursos que se pretenden rupturistas, pero que son, en realidad, unos aspirantes más a la gestión del Estado, a la defensa de un statu quo imperial en el que entre los dominados se encuentra Cataluña y, por supuesto, nosotros. 

(1) “La frase revolucionaria sobre la guerra revolucionaria ha causado la pérdida la revolución” (Lenin, ‘Pravda’ nº 31, febrero 1918)

(2) "Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia"
Chantal Mouffe e Ïñigo Errejón
Barcelona 2015. Editorial Icaria

DEIA 2016/12/07


30 octubre 2014

VIOLENCIA


“Mientras cada uno no asuma que toda violencia, sea o no terrorista, es injustificable, no avanzaremos” 
“Democráticamente hablando, no permitir a un pueblo que se exprese me parece una barbaridad


Las frases citadas forman parte de una entrevista realizada desde el grupo Noticias al sociólogo Javier Elzo. Son, además, los titulares con los que el diario resaltaba la información. No sé hasta que punto el común de los mortales tenemos asumido el hecho de que la “violencia” es algo implícito en la estructura de cualquier sociedad, pero parece que no. Da la sensación de que hay “violencias” que pasan por delante de nuestros ojos, incluso que las sufrimos, y son transparentes. Parece que no existen.

Este es el caso evidente de la segunda afirmación de Elzo: “es una barbaridad no permitir a un pueblo que se exprese”. Está claro que es una barbaridad, pero, sobre todo, es un acto de violencia contra ese pueblo. En mi opinión un acto muy grave, por lo menos si, como afirma, se trata dentro de un contexto aceptado comúnmente como democrático.

Este acto es violento de la forma más sutil y efectiva que se puede ejercer violencia; no se ejerce en acto sino como amenaza. Todos los poderes del Estado que “no permite a un pueblo expresarse” están permanentemente vigilando –recordemos el panóptico, citado tanto por Bentham como por Foucault-, amenazantes, al pueblo díscolo que “quiere expresarse”.

Y esa violencia no se reconoce como tal. Y su existencia lleva a la primera reflexión de Javier Elzo. “toda violencia es injustificable”. Con lo cual estamos ante un aparente callejón sin salida. Y efectivamente, da la sensación de que por esa vía no podemos “avanzar”.

Lo que sucede es que tal afirmación, “toda violencia es injustificable”, no es cierta. Cuando la ejerce quien detenta el “monopolio de la violencia legítima”, es decir el Estado, parece que no existe, que es transparente. ¿No son violencia todas sus instituciones? No sólo las cárceles, sino toda la legislación que impone, la penal por supuesto, pero todas las demás también, incluso el Código de Circulación lo es.

Esto es así desde siempre, desde antes de convertirnos en humanos. El hecho de ser seres sociales implica la adaptación de unos a otros y eso conlleva un grado de violencia; no todos quieren lo mismo y muchos aspiran a lo que otros también desean, a nivel individual, pero sobre todo de la colectividad. Más todavía cuando las jerarquías sociales exigen una parte no equitativa del excedente producido por su grupo. La coerción supone, en estos casos, un grado más explícito de violencia.

La única solución consiste en que esa sociedad se estructure de un modo tal que en el mismo la violencia necesaria se ejerza de manera legítima, lo que significa que su organización llegue a un nivel de consenso general, sea capaz de equilibrar los intereses contrapuestos y ponga los medios de arbitrar ante las disputas y de recuperar, en lo posible, los intereses minoritarios y reprimir a quienes lo rompan. Es decir que su legalidad sea un reflejo de su legitimidad.

En el presente, en la situación en la que una sociedad (auto)centrada, (auto)reconocida como nación, cuestiona el monopolio de violencia “legítima” que un Estado pretende ejercer en exclusiva, en detrimento de las naciones que incorpora, territorial y demográficamente, en contra de su voluntad, la violencia del Estado puede resultar insoportable e injusta. Con lo cual la rebelión de la nación subordinada se convierte en legítima.

Los medios con los que pretenda ejercer su(s) poder(es) para constituirse en un igual de quienes la mantienen aherrojada serán discutibles en función de la relación de fuerzas y de la capacidad de hacer aceptar sus posiciones ante la comunidad internacional, pero nunca ilegítimos. En ese momento tanto los estados constituidos como las naciones que aspiran a convertirse en sus iguales han abandonado el campo de la ética y se encuentran en ese “bellum omnium contra omnes” que afirmaba Hobbes era la política internacional.

24 septiembre 2008

MINISTROS DEL INTERIOR

Hace pocos días publicó el diario Gara (18/09/2008) un artículo, o carta, en el que se manifestaban actitudes características y pertinaces de la autodenominada “Izquierda abertzale” y se hacían algunas afirmaciones dignas de comentario.

Se puede ver la paja en el ojo ajeno, pero sin menospreciar la viga del propio. Pérez Rubalcaba, actual Ministro del Interior del Reino de España, muy posiblemente se habrá frotado las manos tras el escrito de Gisasola y Urrusolo, presos ambos y condenados por acciones de Eta, aparecido en el mismo periódico dos días antes (16/09/2008).

¿Cuándo cualquier ministro del interior español no se ha alegrado de las divisiones y divergencias entre los sectores políticos o sociales vascos? ¿O de sus manifiestos errores? Es su papel y lo saben jugar bastante bien. Uno de los muchos problemas que sufrimos en este país consiste, precisamente, en minusvalorar la capacidad e inteligencia de los dirigentes de las naciones ocupantes y de su visión estratégica, favorable obviamente a los intereses de su Estado respectivo.

En cualquier caso, la citada carta es lamentable desde todo punto de vista. Constituye una forma clásica de “escurrir el bulto” y derivar el debate a terrenos no ideológicos ni políticos. La nota publicada en Gara no sólo no entra en debate, sino que pretende cerrarlo con su descalificación. Lo que menos necesita la actual situación de Euskal Herria. Cuando la necesidad imperiosa es un debate político, constructivo y profundo, de cara a la elaboración de una estrategia convergente para la consecución de un Estado propio en Europa, nos encontramos tan sólo con que “Miren ha hecho pis en el patio” o que “Mikel se ha chivado al que puso el chicle en la silla de la irakasle”

Sin retroceder demasiado en el tiempo, podemos acudir a Lizarra-Garazi, que diez años no es nada, cuando el Ministro del Interior español de turno, Mayor Oreja, asustado por la fuerza social que podía general tal acuerdo, repetía como disco de vinilo rayado: “tregua trampa, tregua trampa, tregua trampa”. Y, evidentemente, la “organización” no sólo rompió la tregua, sino que en su comunicado reconocieron, al unísono con el citado ministro, que era, efectivamente, una “tregua trampa”. ¡Maravillosa coincidencia!

Juicio análogo se puede presentar tras la ruptura de la última tregua. Eta no tiene la capacidad necesaria para doblegar la voluntad del Estado español y parece que sigue sin percatarse de ello. Objetivamente, su actividad no hace más que engrosar el material que emplea dicho Estado para elaborar propaganda en contra de nuestro país. Su nivel de “violencia” resulta un coste perfectamente asumible por el mismo, por lo menos para las jugosas rentas que obtienen. Mientras que su esquizofrénica actividad genera en nuestra sociedad un dolor absolutamente inútil y sin perspectivas de mejora de una situación cada vez más hostil.

De forma análoga sucede cada vez que el Pnv o cualquier otro partido “abertzale” apoyan la política del Estado español, callan antes sus flagrantes abusos de poder en contra de nuestro pueblo (cierres de periódicos, juicios a todas luces injustos etc.) o manifiestan su preferencia por “acuerdos” o “pactos” con grupos y fuerzas españolas, aunque se vistan de “favorecer la gobernabilidad”. Gobernabilidad ¿a favor de quien?, ¿en contra de quién? La estrategia del Estado español, expresa sin tapujos su alegría cada vez que percibe nuestras divergencias, disidencias y contraposiciones, a través de su máximo representante en estos asuntos, curiosamente el ministro del “Interior”, sea del color que sea.

Resulta notable lo poco que se ha realzado anteriormente el hecho de que las coyunturas en las que mayor nerviosismo ha mostrado el Estado español hayan sido precisamente LIzarra-Garazi y el proyecto de consulta de Ibarretxe. Eso tiene una explicación bastante sencilla. En el primer caso se producía, por primera vez desde la transición, el protagonismo de una parte de la “sociedad cívica vasca”, con sindicatos y otros muchos grupos al frente y con el paso a un plano secundario de los partidos políticos. En el segundo, ha sucedido algo análogo. Al margen de la timidez y escaso recorrido del proyecto de consulta de Ibarretxe, lo que suponía era la cesión de la palabra a la propia sociedad, a través de una tímida consulta, no vinculante jurídicamente.

En ambos casos sucedían dos hechos relevantes. En el primero, el paso a segunda fila de los partidos políticos, férreo elemento de control político establecido por el régimen surgido de la transición junto con una cierta cesión de protagonismo a parte de nuestra sociedad civil. En el segundo, el atisbo, intuido por ellos con temor, de un auge del independentismo, de la reivindicación democrática del Estado propio. Es este segundo aspecto el que representa su pánico absoluto. La posible “pérdida” de Vasconia y Catalunya estremece hasta la médula al nacionalismo español.

Los ministros del Interior españoles cumplen fiel y eficazmente el papel de defensa y expansión de su imperio. Gisasola y Urrusolo están en su perfecto derecho, ¡faltaría más!, de discrepar de determinadas actuaciones del llamado “colectivo de presos” y buscar una adecuación de la estrategia de lo que se denomina como “Izquierda abertzale” a la situación actual. Todos nosotros, como pueblo, como sociedad, tenemos la responsabilidad histórica de participar democráticamente, frente a los primeros, en la configuración de la estrategia que nos conduzca a la emancipación política de Navarra, constituida como Estado independiente.

Ahí se encuentra nuestro reto real, por lo menos si queremos seguir vivos en el mundo como sujeto político, con nombre y apellidos propios y no como simples apéndices de España o Francia. No en discusiones infantiles, como la que da pretexto a este comentario.

14 julio 2008

POLÍTICAS VIOLENTAS

De su subtítulo, “Una historia de la insurgencia, el terrorismo y la guerra de guerrillas desde la Revolución Americana hasta Iraq”, se podría deducir que estamos ante un libro de historia. Del perfil de su autor, William R. Polk, que nos encontramos ante una obra eminentemente política. Y efectivamente en esta estupenda colección de trabajos que constituyen el libro hay de todo: hay mucha historia, más o menos reciente, y hay, sobre todo, un buen análisis político de cada situación planteada.

El autor trabajó, ya en 1961, en el “Consejo de Planificación de Políticas” del Departamento de Estado estadounidense durante el mandato de John. F. Kennedy. A partir de 1965 volvió a la docencia en la Universidad de Chicago donde creó el Centro de Estudios de Oriente Medio. Previamente a su participación en la administración Kennedy, había sido profesor de Política e Historia de Oriente Medio y de lengua árabe.

La obra consta de 11 trabajos precedidos por una Introducción y se cierra con una Conclusión. Los capítulos están distribuidos según diversas situaciones históricas en las que una ocupación extranjera se ha tenido que enfrentar a un modelo de guerra situado fuera de los cánones convencionales. Se trata de lo que se ha denominado como guerras de guerrillas, en las que una de las partes es, habitualmente, un ejército en el pleno sentido, pero que en las que la otra son combatientes que luchan en grupos pequeños, sorprenden al ejército invasor en acciones breves pero normalmente muy destructivas, tras de las que desaparecen y en las que los combatientes vuelven a sus tareas normales, en general en el campo; para atacar de nuevo, por sorpresa, lejos del lugar del asalto anterior.

El primer caso que plantea Polk es, posiblemente, el más extraño dentro del modelo “resistencia autóctona” frente a “invasión extranjera con ejército convencional”. En efecto, la lucha de los criollos de América de Norte en contra de los colonos británicos no se puede equiparar a cualquiera de los conflictos incluidos en el resto de trabajos. Un caso semejante al de filipinos frente a españoles, irlandeses frente a ingleses o argelinos contra franceses, por poner tres ejemplos también citados en la obra, supondría la rebelión de los propios nativos indios frente a los conquistadores británicos, pero no la rebelión de los criollos. No obstante, su lucha por la emancipación de la metrópolis presenta, en la práctica, características semejantes a posteriores conflictos independentistas.

El segundo caso que presenta Polk, referido al conflicto de “los españoles” con los ejércitos franceses, tras la ocupación napoleónica de la península Ibérica, resulta poco preciso y, por supuesto tal y como lo plantea, contradictorio. Polk reconoce a Navarra como el eje guerrillero fundamental contra los franceses, pero no expone las causas específicas de su lucha.

En Vasconia se produjo un fenómeno muy interesante de aceptación, entusiasta en ocasiones, de los franceses invasores. El caso de Gipuzkoa es clamoroso, pero sucedió de modo análogo en Navarra. El conflicto con la monarquía española y sus tendencias uniformizadoras era ya manifiesto cuando Napoleón invadió la Península, su origen se centra principalmente en la etapa de Godoy, y de ahí procede la buena aceptación de los franceses. Es suficiente recordar los acontecimientos de la “Guerra de la Convención”. Vascos del Norte del Pirineo, como los hermanos Garat, ya plantearon la independencia vasca, bajo protectorado francés, con el nombre de “Nueva Fenicia”. El absoluto desprecio manifestado en la práctica por las tropas de ocupación hacia el régimen político propio de los vascos, el sistema foral, provocó un levantamiento de tipo guerrillero de gran magnitud y con importantes éxitos propios.

Las motivaciones de lucha en Catalunya fueron semejantes a las navarras pero distintas de las de otros territorios de la monarquía hispana, aunque coincidentes todas ellas en la finalidad última de derrota y expulsión de los “franceses”. Pienso que ahí radica la confusión de Polk y el que en su libro todos aparezcan como “españoles”, con criterios y móviles uniformes. En todo el análisis referido a este periodo subyace también la propaganda nacionalista hispana que considera la guerra de la “Independencia” como uno de los principales mitos fundadores de su “nación española” moderna. De modo semejante a como consideran la etapa visigoda como su origen más remoto y la “reconquista” peninsular a los musulmanes como su fase de consolidación.

Otro conflicto notable planteado por Polk y que presenta especificidades muy interesantes es el de “Yugoslavia” frente al nazismo alemán. Su eje central es la figura de Josip Broz, Tito, croata de nacimiento, que concibió un movimiento de resistencia conjunto de las diversas naciones balcánicas a la ocupación nazi, siguiendo la estela de la recién nacida Yugoslavia tras la primera Guerra Mundial, como amalgama de serbios, croatas, eslovenos, bosnios, montenegrinos y macedonios principalmente. Todo ello a pesar de la importante colaboración croata con los alemanes. En cualquier caso, y a pesar de los éxitos logrados frente al nazismo alemán, su escasa consistencia y mala trabazón política y social se comprobó tras la caída de los regímenes comunistas del Este europeo, los conflictos consecuentes y los sucesivos procesos de independencia.

El resto de trabajos, en los que filipinos se enfrentan con españoles y estadounidenses, irlandeses con ingleses, griegos con alemanes, keniatas con británicos, argelinos y vietnamitas con franceses, vietnamitas con estadounidenses, afganos contra británicos y rusos, plantean conflictos similares, aunque con características y formas de resolución muy distintas, dependientes de las características tanto de cada una de las sociedades dominadas como de las de la potencia dominante.

El hilo conductor que subyace a todo el libro es la insurgencia popular, nacional, frente a ocupantes con ejércitos regulares. Polk aplica la tesis de Mao de que los insurgentes o guerrilleros se mueven “como el pez en el agua”. El “agua” es el conjunto de la población propia, que es vejada por los invasores y que, por lo mismo, aborrece de ellos. El guerrillero encuentra ahí su aprovisionamiento, refugio y apoyo moral, en resumen es su “mar”. Sin ese “mar” poco podrían hacer las guerrillas, los “peces”, en contra de los ocupantes y sus días estarían contados.

En la mayor parte de las ocasiones que cita Polk existe una persona (también un movimiento o partido, en la mayoría de la ocasiones), con gran carisma, inteligencia y capacidad de liderazgo, que favorece los logros insurgentes de forma decisiva. Tanto que hay casos como los acontecidos en Filipinas en varias ocasiones, tras el inicio de su emancipación con relación a España, en las que la neutralización del líder supuso la derrota temporal de la insurgencia.

A lo largo de la obra se percibe claramente que su objetivo no consiste simplemente en narrar y analizar unos hechos unidos o relacionados por las características semejantes que ya he señalado. En el libro se plantea el propósito firme de extraer conclusiones consistentes y que el autor aplica, al final del mismo, a las últimas intervenciones de Estados Unidos en Iraq, Afganistán y Somalia. A todas ellas, siguiendo el hilo de libro, se puede aplicar la misma lección. Se trata de una potencia con ejército regular que ocupa territorio con población autóctona más o menos estructurada, con fines variados, económicos directos, geoestratégicos etc., y que produce rechazo de la misma, la cual se defiende mediante un conflicto guerrillero e insurgente. Se trata de una guerra atípica en la que la potencia ocupante puede “vencer” militarmente (aunque no siempre), pero a un costo tan inmenso que, normalmente, culmina con el abandono del territorio ocupado, con la consiguiente victoria final de los insurgentes.

Un caso muy importante de este tipo de guerra y que no aparece en la obra, es el de Vasconia durante el siglo XIX. Efectivamente el conflicto planteado durante la primera guerra Carlista (1833-1839) y su evolución, responde en gran parte a los criterios planteados por Polk Se trata de una insurrección popular en defensa del estatus político propio, que ya se había manifestado frente a los franceses tras la invasión napoleónica, ante el intento de aniquilación del sistema foral por los diversos gobiernos españoles. El conflicto se inicia como una guerra de guerrillas en la que brilla el genio de Tomás de Zumalakarregi, y continua con la consolidación de un ejército carlista, y la consiguiente transformación en guerra “regular” y una administración propia en los territorios liberados. Con la desaparición de la figura carismática del general Zumalakarregi, por herida de cañón en el sitio de Bilbao en 1835, se inicia el declive carlista y, tras la continuación de un conflicto bélico de tipo tradicional, se llega a la derrota y al armisticio de Bergara (1839).

El conjunto de agresiones que provocaron dicha guerra agravó una herida, iniciada en los largos episodios de ocupación del Estado navarro (1200, 1461, 1512-24, 1620) que no sólo no se ha cerrado todavía, sino que cada vez que hay un “acuerdo” tras la derrota, cicatriza en falso, de modo que todos los conflictos de Euskal Herria con el Estado español, que prosiguen durante el resto del siglo XIX y perviven en el XX y XXI, son continuación del primero.

Se trata de un libro serio y, desde mi punto de vista, con análisis muy certeros al mismo tiempo que ameno. Plantea con rigor la gran dificultad que supone marcar los límites entre la violencia implícita en la “política convencional” y la violencia estructurada en insurrección. Es sabido que toda política expresa de forma, más o menos manifiesta, los conflictos sociales que subyacen en las sociedades correspondientes y que siempre lleva asociada el ejercicio de un determinado nivel de violencia, bien en potencia, como amenaza, o en acción, como ejercicio de actividades cruentas y conflictos guerrilleros o bélicos, sobre todo en situaciones “no democráticas” como lo son las que se derivan de ocupación de territorios y poblaciones y la aniquilación de sus instituciones públicas, lengua, cultura y, en general, modos de vida.

El trabajo de Polk es una obra sobre historia y política, pero con un fuerte componente de tesis sobre los conflictos en los que actualmente están inmersos con mayor (Iraq y Afganistán) o menor (Irán) intensidad bélica los Estados Unidos de América del Norte. Es un aviso para navegantes.


“Políticas violentas. Una historia de la insurgencia, el terrorismo y la guerra de guerrillas desde la Revolución Americana hasta Iraq”
William R. Polk
Barcelona 2008
La Vanguardia. Librosdevanguardia

04 julio 2006

SOBERANÍA Y PAZ

Hace ya mucho tiempo y, sobre todo desde el 22 de marzo pasado, en que la “cuestión vasca” ha quedado reducida a un “proceso de paz”. Parece que, tal y como se plantea, el problema central es lo que se conoce como “pacificación”.

La primera, y obvia, reflexión conduce a pensar como aquel que decía “muerto el perro se acabó la rabia”. Los “violentos” han decidido cesar en su actividad y buscan un “aterrizaje”, un acomodo, en una sociedad perfectamente “normalizada” y “democrática”.

Es evidente que, implícitamente, quienes así piensan nunca han considerado en profundidad las claves violentas que se ocultan (mejor, que se pretenden ocultar) tras el contencioso vasco. A lo sumo reducen la violencia producida por el Estado español en las últimas décadas a la incesante tortura o a episodios de chapuza cuartelera como el de los GAL.

No es nuestra intención restar un ápice a la importancia de todos ellos, pero sí la de profundizar un poco más en las raíces del problema. Es necesario devanar la madeja hacia atrás, para llegar a una comprensión de la realidad actual. La violencia sobre nuestro país es un hecho estructural que perdura desde muchos siglos antes. Puede haber quien diga que la historia no vale para nada y que remontarse siglos atrás a nada conduce. El problema está en que esas personas deberían establecer un criterio para indicar donde se produce el corte a partir del cual, y hacia atrás, ya no es necesario mirar.

Suponemos que muchos de quienes opinan así pensarán que es bueno conocer las barbaridades del régimen del General Franco que alumbró el actual tras una indolora (para sus representantes) “transición”. Claro está que sin profundizar en la Guerra de 1936-39, o en la Mundial de 1939-45, mal podríamos entender el régimen de Franco. La Guerra tampoco tendría sentido sin la 2ª república española. Y es evidente que la Dictadura del general Primo de Rivera desvelará claves importantes de la misma. En este sentido, todos los conflictos del siglo XIX, comenzando para nosotros por las Guerras Carlistas, y siguiendo por las desamortizaciones, el sistema de propiedad de la tierra, la organización de un ejército humillado en los procesos de independencia de América, nos proporcionan muchas explicaciones necesarias para entender el siglo XX en el Estado español.

También es evidente que sin estudiar el “descubrimiento”, conquista y explotación de América, sin profundizar en el absolutismo monárquico, sin analizar los decretos de “Nueva Planta” relativos a los Países Catalanes a comienzos del siglo XVIII, nos encontraríamos cojos para explicar el siglo XIX de dicho Estado.

El régimen político de Castilla (hegemónico en la Monarquía española y soporte del futuro nacionalismo español) no se puede comprender sin estudiar los conflictos medievales entre los reinos de la Península Ibérica, comenzando por la famosa “reconquista”.

Lo mismo podremos decir de los diversos conflictos ocurridos en Vasconia durante los siglos XVIII y XIX, que no se pueden analizar al margen del origen de su Sistema Foral. Y este sistema procede directamente del régimen político de la Monarquía navarra, conquistado y minorado por Castilla. A su vez, el sistema jurídico-político de Vasconia hunde sus raíces en el derecho consuetudinario de los pueblos pirenaicos ...

¿Quién es capaz de marcar el punto de corte? ¿Lo puede hacer sin que manifieste claramente y a flor de piel los intereses políticos que en el momento actual le llevan a tomar esa opción?

La raíz de nuestro conflicto se hunde en los procesos de agresión y ocupación llevados a cabo en etapas de larga duración por los estados español y francés. Estos procesos si no hubieran producido reivindicaciones, conflictos y guerras, podrían ser “agua pasada” y, a lo sumo, curiosidades para la investigación histórica. Pero no es el caso. Por eso cuando anteriormente planteábamos la pregunta retórica de dónde cortar el hilo de la historia, respondíamos que cada cual lo corta de acuerdo con sus intereses políticos actuales. Y esto es muy significativo.

En ese sentido es imprescindible que para resolver realmente el contencioso vasco se profundice en sus causas. De otra forma se logrará un espectro, un simulacro de paz, pero no una Paz con mayúsculas.

Otro aspecto importante es la perspectiva de Theodor W. Adorno, que basaba su ética en la memoria, necesaria para hacer justicia con aquellos que ya no tienen voz y poder construir un futuro más justo.

En este sentido debemos considerar nuestro papel en el mundo actual. Nuestra sociedad se encuentra desestructurada e incapaz de hacer frente con éxito a los retos que se le plantean. Por no tener no tiene garantizada la pervivencia normal de su lengua privativa, el euskera. Ante la mayor parte de los conflictos internacionales se ve representada (más preciso sería decir sustituida) por los intereses de los estados entre los que se encuentra dividida, que se han manifestado pertinazmente opuestos a los nuestros.

El origen radical (de raíz, repetimos) de esta situación no se puede descubrir sin una profundización en el proceso histórico y pensamos que la solución democrática que lleve a una Paz (con mayúsculas) tiene que venir de la mano de la soberanía para una sociedad consciente de sí misma y de su puesto en el mundo actual, con sus intereses y solidaridades, con sus aportaciones y préstamos al acervo universal. Esta sociedad ha mantenido, con mayor o menor éxito político, una permanente reclamación ante su sometimiento. No hay saltos en el vacío y los anteriores conflictos trajeron los actuales.

Por eso nos sorprende tanto que hoy en día esos agentes sociales que se llaman partidos políticos sólo hablen de “pacificación” y no de “soberanía” como un elemento democrático estructuralmente básico e imprescindible para lograrla de manera permanente y estable. Una de las pocas voces que lo han defendido claramente procede del dirigente sindical José Elorrieta.

Es hora ya de que nuestra potente sociedad civil se movilice con este objetivo y desenmascare la timidez, falsa prudencia, miedo, ¿o algo peor?, que se trasluce de los planteamientos y actitudes de quienes, según el manual, deberían ser la vanguardia en defensa de los intereses de una sociedad: los partidos políticos.

Y para terminar, pensamos que la libre disposición, autodeterminación, soberanía o como se le quiera llamar, tiene una concreción muy clara: nuestra constitución en un Estado, Navarra, en pie de igualdad con el resto de los estados europeos, desde el último llegado, Montenegro, hasta el primero, Alemania.

Firman este texto:

Luis María Martínez Gárate
Tasio Agerre Herrero
Marisol Ronkal Azanza
Mikel Sorauren de Gracia
José Miguel Martínez Urmeneta
Humberto Astibia Aierra

Miembros de ITURRALDE