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19 abril 2020

EL GOBIERNO VASCO EN IPARRALDE


La propuesta de creación de una delegación del Gobierno Vasco en Iparralde, que han expresado públicamente Jon Gurutz Olaskoaga y José Manuel Castells en un escrito dirigido a la prensa, ofrece una ocasión excelente para observar y discernir cuál es la realidad nacional de nuestro país. Cómo se materializa el autogobierno, cómo se desmantela un sentimiento, una conciencia, una cultura, dónde queda la construcción nacional, qué capacidad y qué voluntad de hacer país tienen nuestros dirigentes y otros aspectos que, de cara a un futuro propio y en libertad, deberían preocuparnos hondamente.

Los autores enumeran una serie de circunstancias. Apenas existen instituciones que abarquen todo el territorio. De hecho se puede decir que, con solvencia, no hay ninguna. Las instituciones oficiales tienen su demarcación, y siempre hay quien vigila y se encarga de que no se salgan de su marco de referencia. ¡Ojo, que vienen los vascos! Hay un interés manifiesto en que los espacios territoriales sean estancos. Que no pase una ambulancia la frontera, que para eso es internacional. Pero lo cierto es que tampoco hay una praxis nacional en muchas actividades que, acostumbrado este pueblo a autoorganizarse en peores condiciones (guerras, persecuciones…), se podrían haber intentado. En el terreno socioeconómico el contrabando ha sido una de las pocas tareas que nos han vinculado por encima de las mugas fronterizas; y desde la entrada en la Unión Europea parece que ya no chuta (aunque al paso que vamos a lo mejor lo tenemos que recauchutar). En otros campos más simbólicos, torneos, selecciones deportivas, culturales, circuitos de orquestas, planificación de eventos interterritoriales, cualquier hipótesis que se nos ocurriera la veríamos vacía, sin nada en cartera.

Un capítulo que se puede añadir al escrito de Jon Gurutz y José Manuel es el de los medios de comunicación, que con su quehacer cotidiano son quienes mejor airean el nacionalismo banal que respiramos. Mapas del tiempo; entrevistas a personajes oficiales o de referencia; pero también noticias de agenda diaria; estadísticas; corresponsalías; etc. Estamos más al cabo de la calle de los asesinatos de género de Andalucía, Murcia o Canarias, que de los accidentes de tráfico de “allende la frontera”. Ahí al lado. En los noticiarios, teleberris y similares se dan los datos de ‘Euskadi’. Después los ‘nacionales’ (o sea, España). Más tarde, bien separados y sin que contaminen, los de la Alta Navarra. Y el Iparralde que citan Olaskoaga y Castells no entra en la carta. Nuestro país es en parte invisible; en otra parte opaco, en sombras; y la parte que está de brillante actualidad ya se encargan de integrarla a diario en un imaginario peninsular con una selección informativa milimetrada.

Se puede abundar en estas circunstancias, y desarrollar el cuadro que proponen los autores. Universidades… Pero aparte del ejercicio de autoflagelación y mortificación, tampoco serviría demasiado si no se acompaña con un diagnóstico más afilado. Es decir, que esto ocurre porque es el marco que tenemos. Que ese es el autogobierno regional, la ‘Autonomía’ que nos delegan. Que tampoco hay voluntad de saltar la valla. Que los informativos que nos riegan cada día se confeccionan a conciencia, y poco nos quejamos, poco criticamos. Que las instituciones están en ello. Y los partidos políticos que las ocupan no demuestran una línea de ruptura u orientación de otra naturaleza. Que el liderazgo que despliegan no va más allá de mantener esta evidente voluntad de dominio que ejercen sobre nuestro país los dos Estados.

También cuentan otros matices porque en el escrito de Olaskoaga y Castells se percibe una aceptación de esta situación de hecho. “Difícilmente seremos un Estado independiente”. “No creemos que la situación de… las tres Administraciones que conforman Euskal Herria vaya a cambiar de forma sustancial”. O ya, por rizar el rizo, ‘la mitad de la población navarra es ajena… a una concepción política’. Quizás haya que cuestionarse esta forma de encarar la realidad, y pensar que uno de los factores que nos desarman es el liderazgo que ejercen algunas fuerzas al dirigirse a la población navarra (y a la vascongada, ¡coño!); o a la cuestión territorial de fondo; o la naturaleza de la Autonomía que, como se ha visto con motivo de la pandemia, puede volatilizarse en un día por mor de una decisión unilateral hispana, sin derecho a réplica ni a pataleo (y, digámoslo de paso, sin pataleo explícito de ninguna fuerza).


Angel Rekalde / Luis María Martinez Garate

NOTICIAS DE GIPUZKOA (2020/04/24)

NOTICIAS DE NAVARRA (2020/06/01)

12 enero 2011

ORÍGENES DE UN CONFLICTO



La mayor parte de los que hoy en día hablan sobre la memoria histórica en Vasconia tienen una perspectiva muy limitada de la misma. Esa perspectiva viene marcada y acotada precisamente por quienes la ponen en valor desde el contexto hispano. Se realiza con preferencia desde una perspectiva de lo que se denomina convencionalmente como la “izquierda” española. Su alcance no llega más allá de la sublevación militar y guerra subsiguiente iniciadas en 1936.

En este contexto son muchos los historiadores y políticos españoles que han apreciado como inicio del llamado “conflicto vasco”, precisamente esa confrontación y la victoria del fascismo en España. Aunque consideren que sus orígenes datan de la etapa anterior, centrada fundamentalmente en el desarrollo industrial de Bizkaia y en el pensamiento “ruralista” y “racista” (según dichos autores) de Sabino Arana Goiri. Es decir, consideran que el “conflicto” tiene un origen en cierto modo artificial. Que los intereses de los sectores “pequeño burgueses” vascos unidos a la tradición rural y religiosa del carlismo en su oposición a la “modernidad” derivada de la industrialización, constituyen el origen del nacionalismo vasco teorizado por Arana Goiri.

Según tales autores, la segunda república española estaba en el camino de su solución mediante el Estatuto, con la consideración de que los conflictos internos del país, entre “nacionalistas” y “carlistas”, así como su acendrado catolicismo (el “Gibraltar vaticanista” al decir de Indalecio Prieto) la hicieron inviable. Olvidan, por supuesto, su continuo torpedeo desde las instancias de poder hispanas.

Es evidente que la lejanía en el tiempo distorsiona, en parte, la memoria histórica, pero no por ello deja de existir y de ejercer, en el caso de actos sufridos de violencia e injusticia, su función liberadora. En este sentido la referencia a la foralidad y a su defensa a través de las guerras del siglo XIX, conocidas como carlistas, es un elemento básico en la configuración de la identidad moderna del pueblo vasco. Todo este entramado reivindicativo ha sido convenientemente ocultado o tergiversado por los intereses del unitarismo español. Los orígenes reales del conflicto, centrados en la cuestión foral y todo que ésta suponía en relación a los modos de producción, relaciones sociales y de vida en general, fueron, y siguen, silenciados. Los manuales de historia de España, sus textos escolares y universitarios y, sobre todo, lo difundido por sus medios de comunicación de masas llevan a una percepción de lo ocurrido favorable a sus intereses y, por ello, contraria a la realidad de los nuestros.

Los orígenes del conflicto, por lo menos en la modernidad, hay que centrarlos en el ataque al sistema foral vasco iniciado, desde dos perspectivas complementarias, en la última etapa de la monarquía borbónica española de finales del siglo XVIII. Una fue práctica, con las políticas de Godoy en contra del propio sistema y otra, teórica, en la que, con Llorente sobre todo, se desmontaba la teoría pactista que sustentaba ideológicamente el sistema foral y lo convertía en privilegio otorgado graciosamente por los reyes; reversible, por lo mismo, en cuanto el Estado tuviera a bien desmontarlo. En cierto sentido Llorente tenía razón. El sistema foral, tal como se desarrolló tras las conquistas castellanas para la parte occidental de Navarra, más tarde provincias Vascongadas, a partir de la conquista de 1200 y sobre todo de su institucionalización en las mismas en el siglo XV, y a partir de la guerra de ocupación de su territorio oriental (1512-29), consistía en una especie de armisticio capaz de garantizar una gobernabilidad estable. Nunca se basó en pactos sino que fue fruto de derrotas militares, ocupaciones armadas y sustituciones institucionales.

Reducir la memoria histórica de nuestro pueblo a la guerra de 1936 constituye un atentado a nuestra realidad histórica y colabora en su proceso de integración en el sistema político español. Por supuesto la memoria de esta etapa es fundamental y es necesario recuperarla plenamente; pero no es suficiente. Su referencia no explica fehacientemente el conflicto. El trabajo “Los orígenes del conflicto”, recientemente escrito por Mikel Sorauren y publicado por Nabarralde, constituye un hito importante en el acercamiento a una realidad histórica que ha dado soporte a una memoria de mucho más largo recorrido y con más capacidad de construcción identitaria que la de 1936.

Referencia bibliográfica

Sorauren, Mikel
“Los orígenes del conflicto”
Pamplona – Iruñea 2010
Nabarralde.

24 septiembre 2009

CONVENIO, CONCIERTO E INDEPENDENCIA DE NAVARRA

Me han resultado de gran interés las reflexiones de Jaime Ignacio del Burgo sobre el Concierto Económico de las históricas Provincias Vascongadas, publicado recientemente por varios de los periódicos del grupo Noticias. En agosto pasado, los mismos medios publicaron un artículo suyo comentando, elogiosamente por supuesto, la ley (mal llamada “Paccionada”) de 16 de agosto de 1841, por la que los restos de lo que fue el reino de Navarra pasaban a constituir una provincia más dentro de la organización política y administrativa del Estado español.

El dominio que, en ambos casos, del Burgo muestra sobre el entramado legal en el que estamos inmersos es realmente apabullante y expresa con claridad meridiana la realidad de sometimiento en la que se encuentra emplazado el pueblo vasco, Euskal Herria, por lo menos aquél que (sobre)vive en la vertiente sur del Pirineo. Así mismo en los dos artículos, queda, también, meridianamente claro el estatus político y administrativo de ambas “comunidades autónomas” supeditado a la Constitución española de 1978.

Seguir mareando la perdiz con las posibilidades que ofrecen la citada Constitución, el Amejoramiento del Fuero, el Estatuto de Gernika o el Convenio y Concierto económicos, es continuar en el ámbito de la dependencia, de la subordinación, en suma de la minoría de edad. A los niños se les pueden hacer promesas sobre su buen comportamiento y ofrecerles dulces y juguetes; las personas adultas se responsabilizan de sus actos independientemente de las “recompensas” que sus pretendidamente superiores les ofrezcan. Son lo suficientemente maduras como para tomar decisiones por su cuenta y riesgo. Colocarles en otra tesitura se debe interpretar como un menosprecio a su capacidad y seriedad.

Resulta patético, por ejemplo, tener que presenciar la demanda de “protección” que efectúan nuestros arrantzales al ejército español, tan acreditado históricamente por su postura permanente de enfrentamiento a todo lo que suene a “vasco” o “navarro”, que lo mismo da, así como a sus intereses más básicos, al mismo tiempo que nuestros sedicentes partidos nacionalistas se desviven por “pactar” con todo lo que se mueve políticamente en España y su entorno. Por desgracia hace ya tiempo que nos hemos convertido en eso, en simple “entorno de”, olvidando nuestra propia centralidad.

Es hora ya de que ante la avalancha de situaciones que nos impone la realidad cotidiana, esos problemas que “realmente importan a la gente” según dicen, decidamos de una vez por todas el acceder al estado adulto y a emanciparnos de unos padrastros que poco hacen por nosotros como no sea expoliarnos económicamente, erradicar nuestras señas de identidad e intentar nuestra homogeneización con la nación que monopoliza su Estado: España.

El auténtico “blindaje” para el amparo de la situación actual, derivada o residuo de etapas anteriores de soberanía, para la verdadera superación de todas las trabas que hoy se le plantean y para la garantía de su mejora futura, no es otro que el de la recuperación de la soberanía arrebatada. Nuestro objetivo político fundamental, y pienso que el único plenamente democrático, consiste, precisamente, en el acceso a la independencia, en la reactivación del Estado europeo de Navarra.

En el 168º aniversario de la Ley Paccionada
El 'blindaje' del concierto económico vasco

15 noviembre 2006

LA PARTE POR EL TODO

Una consideración sobre la actualidad.

El día 23 de octubre pasado en su habitual columna de los lunes en Noticias de Gipuzkoa, mi apreciado Ramón Labaien escribía un comentario sobre la imputación, por parte de la judicatura hispana, al lehendakari Ibarretxe por sus contactos con la por ellos mismos ilegalizada Batasuna. Es evidente que, ante tamaña arbitrariedad, me solidarizo con Ibarretxe y con todos aquellos que lo que pretenden es hablar y debatir sobre nuestra realidad y futuro.

Hasta aquí todo en orden. Pero... ¡Sí!, hay un pero: Ramón Labaien afirma que “...el lehendakari estará representando, ni más ni menos, a una Nación vasca imputada en bloque por la Justicia española”. Dentro de las amplias limitaciones del actual sistema político que rige en el Estado español se puede aceptar en principio que Ibarretxe represente a la parte de la población vasca que vive en las tres “Provincias Vascongadas”, hoy conocida como “Comunidad Autónoma del País Vasco” (CAV) o, en una escandalosa reducción del neologismo sabiniano, Euskadi.

Hay, no obstante, muchos otros vascos que, debido a los violentos avatares históricos sufridos y, en concreto más recientemente, al sistema político impuesto en el estado español tras la muerte del General Franco, no han votado a Ibarretxe. Son tan vascos como los que hoy reciben dicho nombre desde las instancias políticas españolas. Y a esos, se quiera o no, guste o no, no les puede representar Ibarretxe de ninguna forma. Se pueden sentir solidarios con él y apoyarle, pero viven en contextos políticos distintos. Por cierto, que ninguno de los “contextos” ni sus respectivas “organizaciones políticas” en los que (mal)vivimos los vascos ha sido libremente determinado, ni tan siquiera refrendado, por el conjunto de nuestra sociedad.

Otra sobre historia y patrimonio.

Recientemente se ha publicado un hermosísimo y muy interesante libro (Pamplona, 2006. Ed. Pamiela) de Iñaki Sagredo cuyo título “Navarra, castillos que defendieron el Reino” ya constituye toda una declaración de principios. Es de enorme importancia didáctica el mapa de la cubierta posterior en la que la ubicación de los castillos expresa un territorio que, evidentemente, coincide con la extensión territorial de Navarra, pero que coincide también con gran aproximación a los territorios en que hoy todavía se conserva abundante toponimia vasca. Parece que próximamente aparecerán otros dos volúmenes que culminarán tan importante obra.

El libro de Sagredo contextualiza, con datos documentales, cada una de las fortificaciones que relata aunque de las mismas sólo queden vestigios. Por eso está llamada a ser una obra de referencia. Une la rigurosidad histórica a la belleza y la didáctica.

Por el contrario, hay que decir que la publicación realizada por el Departamento de Cultura de Eusko Jaurlaritza-Gobierno Vasco, escrita por Armando Llanos con el título “Defentsarako Arkitektura. Euskal Herriko Gazteluak eta Dorre Gotorrak – Una Arquitectura defensiva. Castillos y Torres Fuertes del País Vasco”, resulta triste y penosa.

El libro, con formato folleto y un CD incluido, ambos de muy bella factura, resulta decepcionante. Para su autor (espero y deseo que no sea así para los responsables de Cultura del Gobierno de Vitoria-Gasteiz), los límites de lo que él considera Euskal Herria coinciden con los de la ya citada CAV. En su obra la palabra Navarra prácticamente no aparece (cita, eso sí, la obra clásica de Julio Altadill sobre “Castillos medievales de Navarra”, sin ninguna referencia concreta a la misma) y las pocas veces que lo hace resulta, cuando menos, inadecuada.

Así, por ejemplo, en su página 20 en referencia a las fortificaciones guipuzcoanas afirma: “La construcción de buena parte de ellas, en momentos antiguos, parece corresponder a una ordenación estratégica estando relacionada con el Reino de Navarra y con la frontera natural (¡sic!) con Francia. El resto de las torres fortificadas son elementos tardíos, elevadas con motivo de las luchas de bandos entre Oñacinos y Ganboinos.”

El texto, aparte de su extraña redacción, contiene realidades parciales y descontextualizadas: 1) Afirmar que “parece responder a una ordenación estratégica estando relacionada con el Reino de Navarra” y no decir que en 1200 Castilla conquista el Duranguesado, Araba y el territorio de la actual Gipuzkoa y establece allí su frontera defensiva, si no es ignorancia es una broma. 2) Hablar de la “frontera natural con Francia”, sin ninguna reflexión sobre la realidad aquitana en su conjunto, a través de la ocupación británica que dura desde el siglo XIII hasta mediados del XV, con el final de la Guerra de los Cien Años. Ni “natural”, ni “francesa”, ni nada de nada, hasta prácticamente el siglo XVI y la consolidación de las monarquías española y francesa; de nuevo, ¿ignorancia? ¿olvido?. Y 3) Los elementos más tardíos hacen referencia, en eso estoy de acuerdo con el autor, a los conflictos banderizos; pero, ¿hasta qué punto se puede mantener que dichos conflictos nada tienen que ver con la anterior adscripción a Navarra de los territorios en que se desarrollan?

A este respecto resulta esclarecedor el texto (sin firma) de la Presentación del libro de varios autores “Los señores de la guerra y de la tierra: nuevos textos para el estudio de los Parientes Mayores guipuzcoanos (1265-1548)”, editado en Donostia-San Sebastián por Gipuzkoako Foru Aldundia – Diputación Foral de Gipuzkoa, en el que se dice “...resulta evidente la importancia del Archivo general de Navarra para profundizar en el conocimiento sobre los Parientes Mayores guipuzcoanos durante una etapa en la que la documentación castellana apenas los menciona.” Por algo será.

Y una conclusión.

Considero muy peligrosa la tendencia cada vez más extendida, por desgracia, en algunos sectores que se consideran abertzales de la CAV a considerarse a sí mismos como los “vascos” y relegar al resto al “limbo de los justos” (¡Pobres “navarricos” y “gabachos”!). Lo cual ya resulta extemporáneo en la época en que hasta la ortodoxia romana parece renunciar a defender su existencia.

Evidentemente que si a esas personas se les pone en el disparadero, rectifican automáticamente y vuelven en su discurso a la “ortodoxia” nacional. No obstante su subconsciente les traiciona con frecuencia y toman “la parte por el todo”, porque inconscientemente piensan que la “parte” es el “todo”.

¡Triste y pequeño País, al que quieren empequeñecer aún más, si cabe!