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24 abril 2020

ZUMETA: TRAZO Y COLOR

Muere el pintor José Luis Zumeta | Radio San Sebastián | Cadena SER


Un golpe seco, José Luis. Un mazazo. Aplanados. Así nos hemos quedado tras la noticia de tu muerte inesperada. Sin capacidad de reacción.

Has sido uno de los puntales básicos de la eclosión del arte vasco en la postguerra, en la triste secuela del 36. Aquellos años 60 fueron una época magnífica para las artes figurativas, escultura y pintura, en nuestro país. Nos permitieron respirar el aire fresco de las vanguardias artísticas de otros lugares. El grupo Gaur, del que fuiste inductor, fue desde su inicio la expresión más rotunda. Y uno de los actores más destacados has sido tú, José Luis.

Trabajaste muchos formatos. Aquella colección de gran tamaño sobre un elemento pobre –el cartón ondulado- (Oviedo, 1985), luego expuesta en otros sitios, dejó una impronta imborrable en nuestra percepción del arte. Las telas medianas y pequeñas han sido el principal medio en que has manifestado el vigor de tu trazo y la brillante expresión de tu color.

Has cambiado de registro en cuanto a temas y estilo, en ocasiones tornando a formas anteriores, pero siempre con una nueva visión. En espiral. Si volvías atrás era para abarcar más. Te acercabas a algo ya tratado, pero con una perspectiva más amplia. Pasabas por fases de color agresivo a otras más íntimas y melancólicas y cada vez con un retorno más maduro. Siempre con fuerza, con mucha fuerza.

Tu estilo, inconfundible lo percibimos, no es fácil de encuadrar en una escuela. Se reconoce desde la primera mirada; pero ello no simplifica la definición. Era fauvista a la vez que expresionista, concreto, abstracto y medio pensionista. Pero siempre con una enorme capacidad de impacto; de sensación; de no dejar indiferente a quien contempla tus cuadros y, sobre todo, a quien los mira con reposo. Con la exigencia permanente de una mirada activa.

Son inolvidables tus colaboraciones con Mikel Laboa, las portadas de sus discos. Tus trabajos como cartelista, también importantes. Siempre en tu línea de color y expresión. Especialmente acertada, sutil, precisa, fue la imagen que regalaste a Nabarralde para ilustrar el documental “El saqueo de la memoria” sobre los actos de expolio y destrucción del patrimonio perpetrados en la capital, Iruñea, en tiempos recientes. La figura agresiva de las excavadoras entrando a saco, con violencia, en los restos arqueológicos de la Plaza del Castillo, vale más que mil palabras. 
   
Desde aquella primera colaboración hemos conocido tu forma de ser. Y nos hemos encontrado con alguien más que el artista, con una persona asequible, cercana y generosa. En suma, un hombre bueno. Siempre implicado en la pelea cotidiana de este pueblo, con la dureza de su castigo, que supone estar comprometido con una nación vapuleada, sometida desde siglos atrás. Alguien ha dicho estos días, José Luis, pensamos que con acierto, que tenías cara de niño travieso. ¿El punto de la curiosidad? ¿La mirada que ve los colores, que penetra en las formas? ¿La vida como una aventura, un laberinto?

Zume, compañero, colaborador, amigo, te has ido cuando todavía te necesitábamos. Ez adiorik!

Mila esker.

Luis María Martinez Garate / Angel Rekalde

NAIZ (2020/04/26)

12 septiembre 2018

KOLDO MITXELENA KULTURUNEA


El Centro de Cultura Koldo Mitxelena de Donostia-San Sebastián es un equipamiento público que la Diputación Foral de Gipuzkoa destinó a biblioteca y lugar de diversas actividades culturares, como exposiciones, conferencias, representaciones de teatro o interpretaciones de diversos tipos de música.

Un equipamiento público tiene como misión dar el mejor servicio posible a sus usuarios en el ámbito en el que tiene su competencia, el de la cultura en este caso. Su nivel de calidad se mide por el grado de satisfacción de los mismos. En los 25 años de funcionamiento tanto el número de usuarios/socios, muy alto, como el de reclamaciones detectadas, bajísimas, nos dan una idea del mismo.

A la vez, Koldo Mitxelena representa un buque insignia de la cultura vasca en el nivel de bibliotecas y fondos documentales, como el Julio de Urquijo. De modo semejante a como The New York Public Library o la del Trinity College de Dublin son emblemas culturales de ambas ciudades, Koldo Mitxelena es el equipamiento que se muestra a personalidades del mundo de la cultura de otros países cuando visitan Donostia.

Koldo Mitxelena es un punto de referencia clave para cualquier persona que quiera acceder a una novela, sí, pero también a estudios de historia, geografía, sociología, economía, psicología… o de las ciencias de la naturaleza, para componer un trabajo, estudio o simplemente obtener información.

En resumen, Koldo Mitxelena es un equipamiento que funciona perfectamente. Tiene, evidentemente, los achaques de una obra con una antigüedad de 25 años, las carencias de diseño de accesibilidad inherentes a su época y los deterioros propios del paso inexorable del tiempo y del uso.

Esto nos lleva a la necesidad de cambios. Pero estos deberían ir encaminados principalmente a solucionar los citados males, vinculados a la etapa de su gestación, a las carencias en los aspectos de movilidad principalmente, a las obsolescencias de algunos de sus elementos y a los quebrantos provocados por el paso del tiempo.

De repente, aprovechando las limitaciones y fallos indicados, las instituciones forales reciben una iluminación sobre la “necesidad” de cambiar también la filosofía del equipamiento como Biblioteca y parece que tratan de convertirlo en un elemento más de lo que Guy Debord destacó como una de los atributos básicos de la sociedad actual: una pieza de la “sociedad del espectáculo”.  

De las declaraciones del equipo ganador del proyecto no se puede deducir otra cosa. Las generalidades que predican del mismo son vaguedades, inconsistencias, lugares comunes y vacíos. “Versatilidad”, “nuevos programas”, “optimización”, “usos múltiples”, “sensación más diáfana”… son términos que quedan aparentes, vistosos, pero sin contenido si no se expresa a qué cuestiones concretas del mundo de la cultura se refieren.

Tratan de definir un espacio cultural por los atributos físicos del edificio: volumen, diafanidad, versatilidad etc. Y no por sus contenidos culturales en los que, para serlo, se requiere un acceso material a los soportes (libros, fundamentalmente, en este caso) y una participación activa –crítica- de sus usuarios. La “sociedad del espectáculo” los reduce a simples “consumidores pasivos” y espectadores. En ella prevalece la apariencia sobre el contenido

En las cuestiones específicas, no hay concreción. Para empezar, ¿qué va a pasar con los servicios de biblioteca, que tan bien ofrece Koldo Mitxelena actualmente,  durante los dos años que va a permanecer cerrado? Y, avanzando un poquito más en el tiempo, ¿qué va a suceder con los libros, sí los libros, esos bloques de papel impreso encuadernado que contienen información, formación y disfrute para quien los lee? En lugar alguno de las informaciones aparecidas en la prensa donostiarra se hace mención a qué va a pasar con ellos. ¿Dónde se ubicarán? ¿Quién tendrá acceso? ¿Quién los podrá tocar, sí “tocar” y leer “in situ”? ¿Se convertirá todo en un “espacio virtual” sin una concreción tangible y sólo consultable a través del plasma?

Todas estas inquietudes habrían de ser resueltas antes de emprender cualquier proyecto de remodelación de Koldo Mitxelena, así como se deberían definir también los cacareados “nuevos programas” o “usos múltiples”. Tenemos un antecedente sintomático con lo sucedido en Tabacalera. Tabacalera es un equipamiento cultural público con un inmenso volumen utilizable, pero que no se precisa en realidades positivas. Es un modelo de los "usos culturales" en la "sociedad del espectáculo". Fachada y poco contenido. ¿Es ese el futuro que plantean las instituciones de Gipuzkoa para Koldo Mitxelena?

Ante el despropósito que, parece, pretenden perpetrar contra uno de los principales equipamientos culturales no sólo de Donostía y de Gipuzkoa, sino del conjunto de la cultura vasca, exigimos la paralización total de este Proyecto y que se convoque uno nuevo con la finalidad preferente de solucionar los problemas técnicos, originales, y los debidos a la obsolescencia o al deterioro por uso y el transcurso del tiempo.

Firman este artículo:

Luis María Martinez Garate
Jesus Mari Eizmendi Zialtzeta
Sebastián Agirretxe
Alberto Fernández D'Arlas
Iñaki Albisu
Ramón Zuriarrain
Mikel Rotaeche
Teresa Lopez de Munain
José Luis Orella Unzué
Jesus Altuna
Xosé Estévez
Espe Goikelea Zabala
Iñako Pagola
Josu Tellabide
Fernando Sánchez Aranaz
Aurea Sarasola
Xabier Barandiaran
German Goienetxe
Margarita Nieva
José Ramón Muñoz Peña
Koro Mariezkurrena
Mari Carmen Yabar
Iñaki Uriarte
José Antonio Recondo Bravo
Juan Ramón Lombera
Emilio Varela Froján

NOTICIAS DE GIPUZKOA 2018/09/17

GARA 2018/09/18

NAIZ 2018/09/18

06 octubre 2014

2016: UNA OPORTUNIDAD PARA LA CULTURA VASCA

A poco más de un año de distancia de que Donostia se convierta en capital europea de la cultura, la sociedad Motako Gaztelua y Nabarralde han organizado una mesa redonda (en el Museo San Telmo) con el título “Donostia, Europako hiriburu euskaldunena”.

Efectivamente, Donostia es la ciudad que tiene el mayor número de vascoparlantes de Europa (y del mundo). Cuestión que no es baladí, sobre todo cuando se erige, como punto de mira, en “capital europea de la cultura”. Sería lógico que las propuestas que se barajasen tuvieran al euskera y a la cultura vasca como eje de sus actividades. Desgraciadamente no es así y esa carencia centró la mesa redonda, con la participación de Joxe Manuel Odriozola y Pako Aristi –dos destacados intelectuales del país- para debatir sobre la situación que determina esta notable incongruencia. Se trataba de alcanzar una perspectiva más amplia, siempre desde la situación conflictiva que supone poseer una cultura minorizada, sin Estado propio y sometida a uno adversario que trabaja en su contra. Se incorporó a la mesa la escritora Patricia Gabancho, desde su posición catalana.

Tras la intervención de los ponentes se estableció un debate entre ellos, al que siguieron algunas preguntas del público presente.

Joxe Manuel Odriozola planteó la distinción entre cultura nacional y cultura étnica. La cultura nacional tiene como apoyo un Estado. Una cultura sin Estado se mantiene como étnica y su lengua cede terreno ante la del ocupante, que termina imponiéndose y sustituyendo a la propia. En este sentido, en el caso vasco no puede hablarse de cultura nacional. No es nacional en su territorio. La sociedad vasca actual no funciona en euskera y responde a lo que el ponente definió un “modo subordinado de socialización”. Sus manifestaciones, teatro, música, bertsolarismo, etc., son expresiones secundarias y supeditadas a las dominantes hispano-francesas.

Ya en el coloquio, citó la definición de cultura que daba Koldo Mitxelena como todo lo referente a las costumbres de vida, trabajo y relaciones entre las personas que conforman una sociedad. Las manifestaciones artísticas, científicas y técnicas son, evidentemente, cultura; pero no constituyen su elemento básico. No representan su corpus central ni garantizan la supervivencia de un pueblo. Citó el caso de Occitania, con un premio Nóbel de literatura –Frédéric Mistral-, en el que la situación lingüística está en fase práctica de extinción: conseguir un premio Nobel no es garantía de supervivencia lingüística ni cultural.

Odriozola destacó que Riga, Letonia, es la capital europea de la cultura de 2014. Claro está que se trata de la capital de un Estado y tiene control sobre su propia cultura a pesar de la fortísima rusificación sufrida durante la etapa soviética. Desde el restablecimiento de la independencia en 1989 esta sociedad ha forzado la recuperación lingüística del letón y ha tratado de implicar a los rusófonos en su programa cultural.

Normalmente las naciones minorizadas son débiles y disponen de escasa capacidad de respuesta frente a los embates de los estados uniformizadores. Son los casos de Bretaña y Galicia. Cataluña en cambio si ha tenido una gran capacidad de reacción y recuperación, pero ha estado unido a un progresivo proceso político de gran radicalidad democrática.

Patricia Gabancho, que nunca había estado en Donostia anteriormente, quedó extrañada, dijo para comenzar, de que en sus recorridos urbanos no hubiera encontrado referencias a la lengua ni a la cultura o a la historia propias. Dejaba entrever que una ciudad con esta carencia comenzaba con mal pie su andadura como “capital europea de la cultura”.

En cuanto a su propio país, se preguntó si se puede ser catalán sin hablar su lengua. No existe sociedad sin identidad y la identidad catalana tiene como tronco central su idioma. Por eso la actual ofensiva de acoso y derribo del Estado español contra el catalán en el País Valenciano, Islas y Franja del Ponent es un ataque directo a la propia nación.

Gabancho resumió las fases de recuperación de la personalidad catalana tras la derrota de 1714: económica, a finales del XVIII con la Junta de Comercio; lingüística y de dignidad y autoestima, con la Renaixença en el XIX; y política, con el catalanismo del siglo XX.

Expuso las razones por las que el actual proyecto político autonomista no puede cumplir sus objetivos en términos lingüísticos y de identidad, pero tampoco en los relacionados con infraestructuras y economía en general. Los catalanes no pueden ser una sociedad normalizada, no pueden hacer una vida ‘normal’ en España.

En el coloquio Patricia Gabancho planteó que el bilingüismo lleva a la biculturalidad y que, curiosamente, los escritores de Cataluña adscritos a la cultura española se posicionan en contra del actual proceso hacia la independencia catalana. Por el contrario, resaltó la importancia que en el momento actual está teniendo dicho proceso, un proyecto colectivo, sobre la reactivación de la lengua propia.

Pako Aristi reflexionó sobre las muchas cosas que se pueden hacer hoy en Euskal Herria, nación sin Estado propio, en el campo cultural. Consideró que la cultura vasca para existir exige tres condiciones: lengua, territorialidad y la existencia de una comunidad cultural. Frente a ello, a lo largo de siglos se ha provocado la fragmentación institucional del territorio y la sustitución lingüística.

Para revertir este proceso y acceder a una recuperación lingüística y cultural, planteó tres requisitos: el primero, amor a la lengua, a la cultura, al país; el segundo, la fuerza para defenderlo con cohesión; y el tercero, la inteligencia necesaria para formalizarlas.

En paralelo con lo expuesto por Odriozola habló del caso letón y de la labor desarrollada por la Unión de Escritores de Letonia; pero, sobre todo, del papel de la independencia política, de la finalización del proceso de rusificación y del respaldo al conocimiento obligatorio del letón. Con este objetivo se impuso el conocimiento del letón como condición para el acceso a la ciudadanía, con la exigencia de determinados plazos para acceder al mismo. Todo ello con la participación de la propia sociedad letona. Sobre esta cuestión, expuso también las políticas de memoria llevadas a efecto, como es el caso del “Museo de la Ocupación”, en el que se presentan las barbaridades practicadas durante la etapa de dominación rusa.

Presentó también el caso Noruego frente a las políticas, primero danesa y posteriormente sueca, de sustitución lingüística. Aristi afirmó que frente a más ocupación se reacciona con una mayor radicalidad lingüística.

También en el coloquio recalcó la necesidad de la independencia como factor fundamental de normalización lingüística y cultural, citó a Txillardegi –“con Estado propio quizás se salve el euskera, pero sin Estado está condenado a desaparecer”- y al caso citado por Odriozola sobre el Nóbel de 1904 a Mistral añadió el de Rabindranath Tagore en 1913, como únicos caso de premio Nóbel a lenguas no oficiales de ningún Estado: el occitano y el bengalí respectivamente.



26 octubre 2009

IDENTIDAD

Hace poco tiempo leí un artículo de Rafael Xambó en un libro colectivo sobre “País Valencià, segle XXI” (Valencia 2009) en el que afirma: “La identidad es el relato que contamos a los demás sobre quienes somos, qué hemos hecho, qué nos mueve y que esperanzas nos animan a seguir”. No creo que sea del todo acertado el enfoque de Xambó, ya que se ciñe, principalmente, a características subjetivas, mientras que deja de lado todo lo que ha sido capaz de provocar en el individuo ese relato y esperanzas. Y ahí es donde radica realmente el busilis de la identidad.

Hay muchos que consideran la identidad como un conjunto de elementos yuxtapuestos en los que hay factores sociales e individuales, pero de los que se puede ir prescindiendo parcialmente sin atentar contra su núcleo. Piensan que pueden ir eliminando elementos sucesivos, como si fueran capas de una cebolla, para quedarse con lo básico, con el cogollo. Creo que de la cebolla se pueden seguir quitando capas, una tras otra, hasta quedarse sin nada, sin cebolla. La cebolla, como la identidad, no tiene núcleo. Aun cediendo al símil cebollino, la sucesiva eliminación de capas no equivale a la mayor o menor importancia de las mismas en la definición de identidad. En cada individuo y en cada sociedad el orden e importancia de las capas será específico y diferente del resto.

En mi opinión, la miga del asunto consiste en que tienen que estar todas, ya que, además, están tan adheridas entre sí, que si eliminamos una podemos arrancar jirones de otra, de modo que, al final, ambas quedarán inservibles. La identidad no se forma como suma de elementos disjuntos sino que constituye una totalidad de características dependientes unas de otras y que en su conjunto, en su suma y en sus interrelaciones, determinan la cultura social y política, la forma de ser y de estar en el mundo, de cada sociedad concreta, y de cada individuo dentro de ellas.


Cultura e individuo

Existe un modelo de intelectual que afirma sin ruborizarse cosas semejantes a “…yo consideraba que lo único existente era la persona individual, concreta…”. Ahora que prácticamente todas las expresiones del conocimiento humano, comenzando por lo que tradicionalmente se han considerado como “ciencias”, se manejan mediante el concepto de sistema, pretender seguir manteniendo la figura monadista para presentar a los humanos parece ciertamente fuera de lugar.

Se manifiesta como una perspectiva realizada desde el materialismo vulgar, desde el reduccionismo. Las realidades, sobre todo las biológicas y sociales, no se pueden reducir al análisis de las partes perceptibles por los sentidos humanos, aun empleando la potencia de los microscopios electrónicos u otros instrumentos. Hace ya mucho tiempo que sabemos que “el todo” es mucho más que “el conjunto de sus partes”. Las relaciones que se establecen entre ellas marcan el aspecto, tal vez, más importante de la realidad y que, además, se percibe sólo indirectamente y dentro de la totalidad en funcionamiento.

Un individuo aislado sólo puede supervivir, y no muy bien, cuando ya es adulto y posee unos medios, materiales o inmateriales, para ejercer su relación con la naturaleza en la que hipotéticamente tendría que sobrevivir. Si fuera infante, o simplemente joven, no tendría posibilidades de hacerlo. Robinson Crusoe ya era mayorcito cuando llegó a su isla, en la que sobrevivió gracias, precisamente, a su socialización previa. Mowgli creo que no existió nunca, ni que habría podido existir.

En este sentido, el ser humano, la persona, es un ente único e irrepetible pero no dado para siempre. Es, más bien, algo en construcción permanente en la que interviene su genoma (recibido de sus progenitores) y también todo el conjunto social en el que se desarrolla. Cuanto más joven es un individuo, más coerción inconsciente ejercen sus próximos (familia, escuela, medios de comunicación etc.) sobre él. A todo eso que la persona recibe, primero de modo inconsciente y de modo cada vez más consciente y crítico, y a la que a su vez aporta, ya madura, se denomina cultura.


Lengua

La lengua es un atributo específico del Homo sapiens que está vinculado a su estructura biológica a través del proceso de selección natural. El aparato fonador es una de las partes, con el cerebro, las manos, etc., que completa la hominización. La lengua no es un elemento cultural más, es el que soporta todos los demás. Es la herramienta que permite la socialización y el trabajo, la transformación del medio y la creación intelectual. La comprensión y explicación de la realidad y la actividad sobre la misma pasan siempre a través de la lengua.

No voy a entrar en la discusión de los románticos alemanes, como Herder, de que cada lengua constituye algo que nos estructura mentalmente y nos permite tener distintas visiones del mundo, según la que poseamos como materna. No creo que sea un elemento determinante hasta tal punto, pero de lo que no cabe ninguna duda es que cada lengua constituye un modo diferente de percibir el mundo. Esta apreciación no es captable fácilmente por quienes circunscriben sus conocimientos lingüísticos al ámbito indoeuropeo, ya que todas sus variantes tienen estructuras bastante homólogas. Nuestra lengua, la nuestra sí, nos permite un modo distinto del que nos brinda el modelo indoeuropeo de concebir los fenómenos naturales o las relaciones sociales. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Quién lo desconoce se lo pierde. La lengua no determina la forma de ver la realidad, pero hace que se perciba con matices distintos; lo que contribuye también a moldear una identidad.

No obstante, según lo afirmado al comienzo de este trabajo, el factor lingüístico tampoco puede considerarse aislado. Quienes, en Euskal Herria, toman la lengua como base prácticamente exclusiva de la identidad propia, pienso que incurren en otro tipo de simplificación que conforma un nuevo e importante error. Los que afirman que “mi lengua es mi patria”, no se percatan de que si ese idioma no tiene una población que lo utilice en el ámbito de un territorio determinado y con unas funciones sociales concretas, es algo destinado a la minoración, al empobrecimiento, a la dialectización, a la sustitución por las lenguas de las sociedades próximas dominantes, ésas sí con dominio territorial, y abocado a la extinción.

La extensión y uso de una lengua no se produce por fenómenos casuales, sino por estrictos condicionantes sociales y políticos, por las realidades de poder. Por eso afirmar que alguien habla y escribe “en lengua española por casualidad” produce asombro. Me recuerda al chiste de aquel bilbaíno que decía que Jesucristo fue tonto por haber nacido en Belén pudiendo haber nacido en Bilbao. Evidentemente cada quien podía haber nacido en cualquier otro sitio, pero sería otro “quien”. El que ha nacido donde ha nacido, en Iruñea-Pamplona, en Zugarramurdi, en Alesbes-Villafranca de Navarra o en Xelajú-Quetzaltenango, puede hablar una lengua o varias (español, euskera, maya quiché o maya cakchiquel), puede tener como materna una u otra según el entorno familiar; pero esa situación no es producto de la casualidad sino de contingencias sociales y políticas.

Cuando una lengua ha sido minorada y sufre un proceso, evidentemente no casual, de regresión, ¿quién establece los criterios de “ciudadanos vascos de primera y ciudadanos vascos de segunda”? Es evidente que quien controla los resortes de educación y propaganda, que aquí y ahora son los estados constituidos y que, además, intentan imponer su monolingüismo a cualquier precio. Si hay “ciudadanos vascos de segunda” serán, obviamente, los monolingües en euskera. Pero los “innombrables” ya se han encargado de que no existan.


Cultura

Quienes afirman, precipitadamente en mi opinión, que “la cultura no nos hace ni mejores ni peores personas”, creo que incurren en una concepción reduccionista de cultura. En un sentido estricto la afirmación es cierta, pero pienso que hay que matizarla mucho. Voy a plantear un ejemplo: un elemento muy importante de nuestra cultura (ya sé que hablar aquí de “cultura” puede parecer una petición de principio, pero el nudo gordiano se corta, no hay otra) tradicional es el trabajo en auzolan. Evidentemente, su práctica no va a impedir que quienes quieran aprovecharse del trabajo de los demás, de los subsidios gubernamentales o de la caridad pública lo hagan, pero se lo va a poner mucho más difícil.

En ese sentido existe la cultura como elemento socializador con unos atributos muy determinados y que en unas sociedades se expresa de una manera y en otras de modo distinto. Cuando la cultura social adquiere rango político, es decir cuando los poderes públicos la adoptan como propia, origina una influencia tremenda a la hora de constituir las personalidades individuales. Por eso, quienes afirman que “para tener cultura no hace falta… tener un Estado o unos Fueros…” incurren en el mismo tipo de reduccionismo. Restringir la cultura a los meros conocimiento, bien sean científicos, técnicos o éticos o, incluso artísticos y su valoración correspondiente, supone una importante castración de su concepto. Sin duda todos son elementos culturales, pero ellos solos, por sí mismos, no conforman una cultura.


Territorio

Otro elemento identitario muy importante es el territorial. La inmensa mayoría de las personas viven de una forma más o menos estable, aunque puedan ser estabilidades sucesivas, en un territorio concreto. La territorialidad es un elemento fundamental en la configuración de la identidad de cualquier pueblo, sociedad o nación.

El territorio es el marco en el que se desarrolla cada sociedad y las relaciones ecológicas globales entre los seres vivos que lo habitan y las estructuras del terreno; tanto desde el punto de vista morfológico como climático. Los territorios con mar y montañas, los que son llanos o se ven surcados por ríos y lagos, presentan sociedades con características diferentes. Lo mismo sucede con los que gozan de un clima húmedo y suave o los que padecen climas extremos. No se puede caer en un determinismo geográfico o climático, pero tampoco debe minusvalorarse la influencia que ejercen ambos factores sobre la cultura y organización de los pueblos.

Principalmente, el territorio es el país. Las sociedades no sólo mantienen una estrecha relación con su territorio, sino que experimentan un permanente flujo de recreación y simbiosis con el mismo. El trozo de tierra sobre el que se asienta permanentemente un grupo humano conforma muchos aspectos de su organización social, básicamente del trabajo y la propiedad, pero, a su vez, la propia organización social construye el paisaje y ordena el territorio. Ambas están en perpetua modificación recíproca y no existe una sociedad estable sin territorio. El paisaje es esa síntesis de población y territorio que lo hace habitable y permite el desarrollo social.

El territorio permite la ordenación de la sociedad y su administración. Posibilita la existencia práctica de una organización política, más tarde se llamará Estado, que constituye la concreción del poder de pueblo para permitir su supervivencia y garantizar que lo haga concertadamente. Sirve para ordenar sus propios recursos, sus bienes, de manera que pueda optimizar el trabajo sobre los mismos, transformarlos, obtener resultados aceptables socialmente y redistribuirlos más o menos equitativamente. Permite, también, defender su sociedad de agresiones externas.

En este sentido es interesante reflexionar sobre el caso judío. Los judíos se han autoconsiderado durante largos siglos como un “pueblo” exiliado, una sociedad en la diáspora. En unos casos habrán sufrido más que en otros por tal situación, pero nunca lograron una normalidad política. Su aspiración máxima era, lógicamente, la consecución de su propio territorio, una tierra donde construir un Estado normal y corriente y al que acudir para habitarlo y poder formar una sociedad al uso. Una vez conseguida la tierra, lo primero que hicieron fue normalizar una lengua. No voy a entrar ni en los orígenes de su construcción ni en los resultados alcanzados por el Estado de Israel, una vez constituido, sino simplemente constatar la necesidad del territorio para desarrollar cualquier sociedad normalizada, por lo menos en nuestro entorno geopolítico.


Organización social y política

Cuando una sociedad se ha dotado de los instrumentos para poder vivir con normalidad en el contexto de otros pueblos, como fue el caso de Navarra, y ve su territorio conquistado, su lengua, cultura e instituciones perseguidas y sustituidas, lo habitual es que busque sistemas de autodefensa, militares en primer lugar, pero también de otro tipo, refugiándose en los instrumentos que le ofrece su propia cultura. Es sangrante afirmar que “los vascos siguen una guerra contra los españoles…” cuando la realidad es precisamente la contraria: los vascos hemos sufrido guerras, conquistas y ocupaciones. ¿Quién comenzó y sigue aún la guerra?

Hoy en día todos los estados constituidos, y que ejercen como tales en nuestro entorno, tienen cada vez más clara la necesidad de reivindicar, incluso reinventar, su propia identidad como un factor básico de cohesión social. Los problemas derivados de la globalización y de las migraciones provocadas como consecuencia del dominio y control de “occidente” sobre los países llamados del tercer o cuarto mundos, han reforzado y acelerado un proceso que se inició cuando el Estado nación comenzó a ejercer su fuerza para nacionalizar las sociedades bajo su dominio, es decir el siglo XIX.

Las naciones subordinadas que aspiran a tener su puesto en el concierto internacional como sujeto político, con nombre y apellidos, con voz y voto, deben (debemos) tener claro que el acceso a un Estado propio es condición indispensable para lograrlo. Al mismo tiempo, la capacidad de forzar a los “innombrables” estados dominantes, español y francés en nuestro caso para que no haya dudas, exige una cohesión social muy fuerte. Para lograrla es imprescindible tener clara la constitución de cada identidad particular, de conocer e interpretar la propia historia y patrimonio en general.

Una lengua sin territorio, sin cultura social y política, sin la organización fundamental que ya se ha dicho, el Estado, constituye un elemento minorizado que podrá sobrevivir unos cuantos años, cada vez menos, pero que tiene un destino marcado indefectiblemente: la extinción. Además, una lengua, con todo lo importante que pueda ser como marca de identidad y de forma de ser, ver y actuar en el mundo, fuera de un contexto social y político queda arrumbada y sin sentido, como cualquier otro atributo identitario que se desgaje del conjunto.

El esfuerzo es enorme pues exige una labor que normalmente viene dada “gratis” (vía impuestos, obviamente) desde los estados constituidos, a través de sus sistemas educativos, de sus medios de comunicación, etc., mientras que en nuestro caso y otros semejantes, como el de Cataluña por ejemplo, los estados ejercen con eficacia esa función, sí, pero a favor de su propia identidad y en contra de la nuestra. En cualquier caso, si aspiramos a ser libres, es necesario llevarlo a cabo.

No obstante, lo anterior tampoco es suficiente. La labor de reconstrucción identitaria es un punto de partida que puede permitir a la sociedad la toma de conciencia de su realidad, tergiversada cuando no totalmente negada. Esa toma de conciencia debería conducir a realzar su autoestima. A partir de ahí debe entrar en juego una acción política capaz de canalizar la fuerza social necesaria para conseguir el objetivo que es capaz de garantizarle una supervivencia sin sobresaltos, una existencia en la que sus elementos básicos no estén permanentemente puestos en cuestión y a expensas, por ejemplo, de unas sentencias judiciales arbitrarias o de unas elecciones controladas y manipuladas, ambas, por la metrópoli de turno.


Conclusión

Se puede afirmar que la clarificación de la identidad propia, en su sentido pleno, es elemento básico para la persistencia de cualquier pueblo en el mundo actual y, mucho más aún para una sociedad sometida. Además, constituye el factor fundamental para plantear con posibilidades de éxito la lucha por su emancipación. Sin soberanía no hay democracia y una sociedad subordinada no puede ser democrática. Lo peor que puede suceder a una sociedad sometida es que llegue a considerarse “minoría” dentro de la “mayoría” de la dominante.

El camino es, en teoría, sencillo: identidad, autoestima, emancipación y soberanía, resumida en el logro del Estado propio, el de Navarra en nuestro caso. Este podrá ser, a su vez, el garante eficaz del desarrollo de una identidad sin sobresaltos, en una sociedad democrática. En la práctica, se prevé costoso y erizado de dificultades, con unos adversarios muy fuertes y expertos en dominaciones y expolios. Es mucho lo que nos jugamos: el propio ser colectivo y, por lo mismo, el de cada persona en su plenitud. Merece la pena el esfuerzo.

En resumen, todos los elementos que constituyen la identidad son societarios y transcienden al individuo, aunque se manifiesten y expresen a través del mismo y precisan para su consecución de un poder político propio, llámese Estado o como se quiera, pero siempre semejante al que disfrutan los vecinos “normales”.