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01 abril 2013

BLOG DE JAUME RENYER

"Síntesis de la historia de Navarra", de Luis Martinez Garate, Nabarralde, Iruñea, 2010.

Ayer mismo, víspera de Aberri Eguna, tomando el vermut en el Viavins de Altafulla mi amigo Luis Martínez Garate (Iruñea, 1949) hizo llegar a mis manos su último libro: una síntesis histórica de Navarra -el conjunto de territorios euskaldunes- entendida como la máxima y plena expresión política del pueblo vasco. A pesar de sus esporádicas venidas a la playa Cossetàna no habíamos coincidido en los últimos tiempos para poder charlar tranquilamente repasando la actualidad vasca y catalana. Luis es uno de los fundadores de Nabarralde en el año 1999, una entidad cultural que, según mi criterio, es fundamental en el despertar del nacionalismo en la comunidad foral, así denominada por el regionalismo españolista aún hegemónico en Navarra.

Las crónicas de romanos, francos y visigodos hablan de los vascones como un pueblo ancestral difícil de dominar, pero no es hasta el año 824 cuando Eneko Aritza se convierte en rey de Pamplona (la capital de los vascos, nominada así por los romanos y por los autóctonos Iruñea), construyendo un proto-estado sobre el grupo humano autóctono que habitaba el territorio desde el Neolítico. El Reino de Navarra, expandido a partir del núcleo originario de Pamplona, ​​alcanza su máximo apogeo a principios del siglo XI desde la Ribagorza a Urdiales, incluyendo la Rioja y proyectándose sobre la Aquitania transpirenenca. A partir de ese periodo comienza un proceso de erosión territorial conducido sobre todo por Castilla, que en 1200 se apropia del territorio de las actuales provincias vascas y en 1512 conquista la Navarra sudpirenaica, y también para Francia. En poco más de cien páginas, el autor que es ingeniero de profesión e historiador de vocación, consigue ofrecer una interpretación nacionalmente autocentrada de la evolución de la principal institución que ha tenido el pueblo euskaldun, el Reino de Navarra, hasta el actualidad. 

La obra de Martinez Garate es un escalón relevante de una corriente historiográfica -y política- que en relativamente pocos años ha logrado desacreditar la visión oficial española que presenta la incorporación sucesiva de los territorios euskaldunes a la corona de Castilla como paccionada, ocultando que fue una conquista en toda regla. También está invirtiendo la hegemonía del bizkaitarrismo promovido por Sabin Arana a comienzos del siglo XX: "Consideraron que Euskal Herria, como nombre, abarcaba al pueblo vasco como comunidad étnica, cultural y lingüistica, pero no política, decidiendo inventar un nombre propio de dudosa etimología e ideando Euzkadi, sin percatarse de que Euskal Herria tenia su propia denominación política desde siglos. Y esta era Navarra". Esa perspectiva me parece la característica fundamental del libro, por otra parte bien exitoso en la siempre ardua tarea de resumir una materia tan extensa y compleja como es la evolución colectiva de un pueblo.


24 marzo 2009

HISTORIA Y PREJUICIO

UNA ¿NUEVA? HISTORIA DE ESPAÑA

Remedando al autor del libro que reseño, he denominado este comentario inspirándome en el título de la novela de Jane Austen citada por Ruiz-Domènec en su trabajo: “Orgullo y prejuicio”. Precedida de algunas críticas laudatorias ha aparecido esta autotitulada como “nueva” Historia de España. Las alabanzas al libro se han realizado, sobre todo, desde dos puntos de vista: su amenidad y su novedad. Con el primero estoy de acuerdo, ya que se trata, efectivamente, de una historia escrita de forma bastante amena y resulta, a pesar de sus casi 1.200 páginas, de fácil lectura. Con el otro, ya no estoy tan conforme, en que sea una historia realmente “nueva”.

El punto de partida del autor es, como resulta habitual, la realidad política que hoy constituye el Estado español. Para Ruiz-Domènec no existe atisbo de duda de que tal organización política se superpone como un guante a su mano a la de la “nación española”. Desde luego, no comienza con muy buen pie. A partir de esta premisa, el autor se plantea la eterna y metafísica pregunta de cuándo comenzó a existir España. ¿Con los romanos?, ¿tal vez con los visigodos?, ¿tras la invasión musulmana de la península, con la “reconquista”? Todas ellas cuestiones retóricas y pertenecientes a la más rancia y esencialista historiografía hispana de siempre. La obra es una continua y asfixiante reflexión sobre la “identidad española”. Américo Castro, Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal, y tantos otros, atacando de nuevo.


ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA

Posiblemente la única “novedad” que plantea la historia de Ruiz-Domènec sea la importancia atribuida al factor catalano-aragonés durante la edad Media. En la exposición de esta fase, su trabajo no es una historia centrada únicamente en el tradicional “castellanismo” exclusivista, tan común entre los historiadores hispanos. Claro que esta perspectiva se agota tras la “feliz unión dinástica” que, mediante el matrimonio de doña Isabel y don Fernando (el “Falsario”), apuntaló “definitivamente” la unidad de España. A partir de ese gozoso momento, hace aguas y Castilla se convierte y es, de hecho, el esqueleto y alma de España.

Un aspecto que no es habitual en las historias de España al uso, y que tiene cierto interés, es la reflexión que realiza sobre la batalla de Muret (1213) en la que el ejército francés con Simón de Monfort a su cabeza venció al occitano-catalán comandado por el rey Pedro II de Aragón. Esta batalla supuso, en primer lugar, la destrucción de un modelo político. En efecto, el autor, en la página 259 afirma:
“El mundo occitano… se abrió al otro modelo político de construcción europea, el modelo que auspiciaba Enrique Plantagenet”. “El Estado plurinacional de los Plantagenet adoptó todas las energías creadoras de Occitania: el gusto por la libertad, el placer de vivir, o el sueño de una sociedad más justa, más igualitaria”.
Este modelo es el que fue aniquilado en Muret. En segundo lugar, la derrota llevó a que la corona de Aragón, durante el siglo XIII, como expone en la página 269, se encontró ante una nueva perspectiva geoestratégica: la de participar en una empresa nueva para ellos.
“La necesidad política de tener que marchar hacia el sur, a los fértiles valles del Turia, Júcar o Guadalquivir se vio atenuada por la férrea convicción de que León, Castilla, Aragón o Cataluña eran la patria de referencia para todos los conquistadores…”.


En la misma página, y en referencia a otra importante batalla sólo que de significado contrario, las Navas de Tolosa, (1212) afirma:
“Para no perder su identidad, los guerreros que ocuparon las tierras andalusíes necesitaron sentir que mantenían estrechos lazos con sus tierras de origen, fuera o no cierto...”. “El mensaje es simple: los reinos cristianos debían abandonar su particularismo para convertirse en una entidad política superior, a la que Alfonso X y Bernat Desclot quisieron llamar España”.
En su página 256, el autor indica:
“en el melodrama que se está creando en esa larga marcha (se refiere a la Reconquista), y que culmina en la jornada de las Navas de Tolosa, esa figura es realmente la encarnación histórica de la voluntad de España por reconocerse en un hecho de armas; de la grandiosa ilusión de que en un pasado tan remoto se pueden rastrear principios de entidad nacional que veremos florecer en otros momentos cruciales, la guerra contra Napoleón sin ir más lejos”.


En realidad, el triunfo en la batalla de las Navas de Tolosa constituyó una victoria del incipiente absolutismo castellano y la derrota de la cultura más avanzada en su momento, la musulmana de Al Andalus.. En el mismo sentido, en la página 292 y citando a Alfonso X el Sabio, expone:
“¡Ay, España, no hay lengua ni ingenio que pueda contar tu bien!”
La guinda la pone el autor del libro al decir, a continuación y en el mismo párrafo:
“¿quién no piensa así cuando recuerda España mientras está lejos?”
En los textos de Ruiz-Domènec, tanto en los citados como en los propios, se percibe un rancio e intenso aroma “presentista”.

EDAD MODERNA

La mentalidad del autor queda explícita en la valoración que hace de las actuaciones de la monarquía hispánica durante la edad Moderna. Se puede comenzar por la reflexión que realiza en su página 308, al hablar sobre unos comerciantes y viajeros genoveses, los hermanos Vivaldi:
“En medio del gran rodeo que se dio para entender la naturaleza exacta del mar océano (el Atlántico sur) aparecieron, como por encanto, las islas Canarias. Aun tardarían muchos años en descubrirse, muchos más en ser colonizadas…”
y, a continuación,
“… el paso estaba dado, y era irreversible. Un trozo de África iba a pertenecer por derecho propio a Europa”.
¡Más real sería decir “por derecho de conquista” y genocidio posterior!

La mentalidad y objetivos de los conquistadores españoles quedan reflejados en la página 483:
“La guerra de Granada no fue resultado de unas ambiciones locales por aumentar la propiedades agroganaderas o por seguir con la economía del pillaje de una nobleza acostumbrada a ello durante siglos, sino más bien el objetivo de un Estado dinástico que invirtió grandes sumas de dinero en la financiación de las campañas militares”. “Se avanzó por territorio granadino con intencionada lentitud y, a medida que se conquistaba una plaza, se repoblaba con colonos. Hasta cuarenta mil llegaron en estos años. La oscura lucha con un idioma que desconocían por completo y la falta total de sensibilidad por la cultura de los vencidos no favorecieron la tolerancia ni la concordia”.


Cuando en la página 401 exponiendo la ofensiva final contra Al Andalus afirma, aquí sí, sin juicios de valor:
“Más que los aspectos técnicos de la campaña, escenario de una renovable ordalía de sangre contra el secular enemigo moro, son los efectos en la conciencia moral castellana el secreto todavía no descifrado de la batalla de la Higueruela, una prefiguración de los eventos que en la siguiente generación terminarían por devastar el reino de Granada”.
Y continúa:
“Los elegantes caballeros de las justas y de los torneos dejan sus oropeles… para calarse las armas de guerra, las celadas y con el apoyo de bombardas, culebrinas, peones adiestrados en el arte de matar, se disponen a invadir un espacio sujeto al derecho internacional, anticipando con sus actos la figura de los conquistadores de América”.
Para seguir, en este caso ya con valoraciones, en la página 456:
“Nada, desde fuera, permite adivinar que los hombres de Fernando llevarán sus deseos primero a Granada, luego a Italia, finalmente a México. Los honores que reservan a los héroes de aquel pasado en el que se miraban como si de un espejo se tratase (Alejandro, Escipión o César) tendrían que ser semejantes a los que se rinden a los buenos caballeros que dejan la codicia por amor a la patria. Esta alusión al modelo de la antigüedad respecto a los valores de la guerra es el sublime mensaje de una época que aspira a dominar el mundo”.
Lo acontecido a canarios, vascos, mayas, aztecas, incas, flamencos, tagalos es la simple consecuencia de sus “sublimes” expresiones imperiales.


SOBRE NAVARRA

Lo que constituye un factor absolutamente marginado, prácticamente ignorado en esta obra es el elemento vascón, primero, y navarro después. Evidentemente, según lo que narra Ruiz-Domènec, en la época visigoda los vascones parece que no existían. Si surge un reino en el Pirineo es como por casualidad, por arte de magia. La batalla de Orreaga, siguiendo al autor, sí tuvo lugar pero ya dice expresamente en la página 144:
(a Carlomagno) ”le importaba poco si habían sido árabes, bereberes, vascones o godos los que le habían impedido llevar la marca hasta el río Ebro”.
Lo malo es que al autor tampoco le importa. Pocas líneas antes afirma:
“Lo que sucedió a las puertas de Zaragoza y luego en el desfiladero de Roncesvalles nunca ha sido aclarado del todo; pero formaba parte de una larga resistencia de los pueblos de cultura goda a integrarse en la Europa carolingia”.
No merece comentario.

En este sentido es chocante cuando, en las páginas 234-235, Ruiz-Domènec afirma que Alfonso II de Aragón (1162-1196)
“extraía gustoso de la cultura Navarra los materiales de un edificio ideológico construido contra la realeza leonesa y sus aspiraciones imperiales”.
Y, a continuación,
“Es sabido que los literatos que escribieron por encargo para él explotaron las genealogías de Roda y erigieron a la estirpe Jimena frente a la legitimidad visigoda de los reyes de Asturias…”.
Es mucho decir de una organización política y de una cultura a la que anteriormente prácticamente no ha mencionado. La “cultura Navarra” o la “dinastía Jimena” no tienen casi cabida en su libro, como no sea para colocar a Sancho III el “Mayor” como prefigurador de la unidad hispana. Son frívolos, ¡y hasta qué punto!, sus comentarios, en la página 173, sobre dicho rey, los toros y los sanfermines desde la época del reino de Pamplona.

En la misma línea, en la página 239, a pesar de que las conquistas castellanas de Bizkaia, Araba y lo que más tarde sería Gipuzkoa en 1200 son ignoradas, expresa su valoración de Alfonso VIII de Castilla, protagonista de las mismas, en los siguientes términos:
“Su prolongado reino demuestra un hecho generalmente ignorado de nuestra historia: el orgullo del español tiene sus orígenes en las actuaciones de este rey…”.
De este mismo rey, en la página 250, cita una expresión en la que refiriéndose a la batalla de Alarcos (1195) afirma:
“todos nosotros somos españoles”,
para seguir con otra propia:
“Los años que separan Alarcos de las Navas de Tolosa fueron decisivos en la creación de iconos nacionales”,
entre los que cita, como fundamental, el Cantar del Mío Cid. Estas expresiones, unidas a los citados hechos conscientemente omitidos, indican con toda claridad el prejuicio ideológico del autor.

El desasosiego que siente al enfrentarse, siempre de refilón, con Navarra se encuentra por ejemplo en la página 310, cuando dice que en el siglo XIV ya
“está la idea de que la corona de Castilla o la corona de Aragón son los únicos reinos de la península Ibérica que pueden reclamar la herencia de la Hispania romana y visigoda, negándosela por igual al reino nazarí de Granada como al reino de Navarra, cada vez más escorado a Francia”.


En el mismo sentido, en la página 428, manifiesta su nulo respeto por la historia de Navarra. Así cuando dice:
(en Cataluña) "Cualquiera valía menos ese Juan II al que detestaban no por ser Trastamara (también lo era el príncipe de Viana) sino por su séquito y por su apoyo a los campesinos de remença”.
El Príncipe de Viana sería Trastamara por parte de padre, pero por parte de madre era Evreux y, por lo mismo, príncipe navarro, rey de derecho antes que cualquier otro título.

Las fugaces referencias al sistema foral vasco se producen como simples constataciones críticas de su existencia, nunca de su origen o fundamento. Así por ejemplo en la página 740:
“No podría ser de otro modo, ya que ¿cómo podría replantearse la refundación de una nación entera (obviamente, España) insistiendo en los privilegios forales y los derechos históricos frente a un ordenamiento sostenido por las Luces?”.
O en la página 750 cuando habla sobre los “Decretos de Nueva Planta”, que a principios del siglo XVIII destrozaron el régimen político propio de los países catalanes, y constata:
“Se apostaba así por un país solidario en las cargas fiscales, que pusiera fin a las fronteras interiores, aunque Navarra y el País Vasco mantuvieron su régimen foral”.


Si a lo largo de la Antigüedad, la edad Media o la Moderna el elemento vasco es prácticamente inapreciable en el trabajo de Ruiz-Domènec, algo parecido supone su planteamiento del siglo XIX. Así, en la página 877, afirma:
“La primera guerra carlista (una guerra de siete años) atrae hacia sí a toda una población sin raíces que fluctúa en un país atrapado en la terrible espiral de la violencia que incluye saqueos, incendios, ejecuciones sumarísimas, pistoletazos y violaciones. Una gente que no tiene un objetivo claro, al menos hasta 1840 cuando se firma una especie de paz, y solo vive para la guerra y el placer de la sangre”.
Del resto de guerras o acciones del carlismo, el silencio más clamoroso. ¡Profundo análisis de los conflictos del siglo XIX!

En su exposición de la etapa de la segunda república española, guerra de 1936-39 y fase del franquismo el conflicto nacional, catalán y vasco, no aparece como factor, ni importante ni secundario. En su página 1043 dice:
(Franco) "Para asegurar la buena marcha de los asuntos en el interior del país, deberá hacer uso de la represión policial contre los enemigos del régimen: masones, comunistas, liberales y ateos”.
Se supone que son los “rojos”, pero los “separatistas” han desaparecido según la perspectiva de Ruiz-Domènec. En la oposición al franquismo, catalanes y vascos no existieron, por lo menos para nuestro historiador.

La mayor parte de las historias de España al uso reflejan una cierta realidad vasco-navarra con evidente tendencia asimiladora en esa construcción histórica y permanente que es la “nación española”. Los conflictos seculares se convierten en procesos de “colaboración”, las guerras de conquista en “incorporaciones voluntarias”. Normalmente se desvía el contenido foral y protonacional de las guerras del siglo XIX hacia conflictos dinásticos, religiosos o de enfrentamiento campo-ciudad. La de Ruiz-Domènec es la primera que encuentro en la que se los ignora con absoluto desprecio. Para el autor, no hemos existido en el proceso histórico; ni para bien, ni para mal. Por eso sorprenden algunos de los comentarios que realiza y en los que aparecemos fugazmente, pero sin dar a conocer el proceso ni el contexto. Ni intentarlo.


UNA ERRATA

Una errata, o desliz, aparece en la página 951, con ocasión del atentado fallido, intentado por el anarquista Mateo Morral en Madrid (mayo de 1906), contra el rey Alfonso XIII de España, en la que nuestro autor dice:
"Si Morral hubiera sobrevivido a su suicidio, habría tenido que sufrir la humillación de un juicio sobre sus ideas, no solo sobre sus actos, y aceptar una condena mucho más grave. Quiso evitarse eso. Es lo que sucedió con Francesc Ferrer i Guardia, juzgado por conspiración criminal contra la monarquía. Se le condenó aunque luego fuera indultado”.
Un poco más adelante, en la página siguiente, el autor nos cuenta que, tras la Semana Trágica (1909),
"Centenares de personas fueron detenidas y juzgadas de forma sumarísima; y los presuntos cabecillas fueron ejecutados, entre ellos Ferrer i Guardia, que según parece no tuvo nada que ver con la huelga”.
Francesc Ferrer i Guardia “a las 9 de la mañana del 13 de octubre de 1909 fue fusilado en el foso de Santa Amalia de la prisión del Montjuïc”, según leo en Wikipedia.


CONCLUSIÓN

La perspectiva tradicional para la exposición de nuestra historia, desde el punto de vista del nacionalismo español, consistía en “la incorporación voluntaria al proyecto común”, a pesar de todos los datos que permanentemente la desmentían. Ante la “desaparición” que presenta Ruiz-Domènec no se pueden plantear objeciones. Lo único positivo que podemos concluir es que, efectivamente, no somos españoles.

Esta “España, una nueva historia” es, en resumen, un trabajo ideológico, repleto hasta la saciedad de los tópicos nacionalistas más vulgares, un perfecto compendio de los prejuicios en los que se desenvuelve la sociedad española actual. Cuando inicié su lectura tenía cierta ilusión por encontrar algún planteamiento serio, crítico con la historiografía al uso. No ha sido así. Su lectura no vale la pena, a pesar de su evidente amenidad.


REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Ruiz-Domènec, José Enrique
“España, una nueva historia”
Madrid 2009. Editorial Gredos.

12 febrero 2009

UNA MIRADA SOBRE PORTUGAL

A raíz de una excursión por el río Duero en su transcurrir entre los estados español y portugués, por la zona conocida como “Arribes del Duero”, y siguiendo hasta su desembocadura en el Atlántico, en Oporto “el puerto”, comencé el verano pasado la lectura de los dos libros en portugués que reseño al final de esta reflexión. Los he terminado a lo largo del resto de 2008, junto con alguna novela de Eça de Queiroz que no había leído todavía. Durante el recorrido por la zona de arte rupestre paleolítico de Foz Côa, muy interesante, la guía que nos condujo a admirar los grabados en las rocas de la ribera del río Côa, comentó que la obra más interesante de Eça era, en su opinión, “La ciudad y las sierras”. La leí con el mismo interés que antes había leído “Los Maias” y, a continuación, “La ilustre casa de Ramírez”.

Una de las primeras cuestiones que se plantean al hablar sobre Portugal desde el Estado español es el porqué de la tremenda ignorancia que tienen los españoles de la historia, lengua y cultura de su país vecino. Tal ignorancia se ve acompañada, normalmente, de un cierto menosprecio. Un ejemplo clamoroso se encuentra en los mapas meteorológicos que ofrecen las televisiones españolas, “olvidan” Portugal sistemáticamente; su mapa es sustituido por una mancha blanca en la que no puede ocurrir ningún tipo de fenómeno, ni atmosférico siquiera. También es cierto que, a la inversa, suceden fenómenos similares aunque no idénticos. En efecto, en cualquier lugar turístico de Portugal se puede encontrar la información necesaria en inglés, francés o italiano, pero es raro, muy raro, encontrarla en español.

El origen del Estado portugués es más tardío que otros de Europa como el franco, pero también que el navarro o que el astur-leonés, por hablar de reinos ubicados, en parte al menos, en la Península Ibérica. Data de los siglos XI-XII. Por el contrario, su proceso de “nacionalización” por parte de su Estado es muy precoz. En este sentido, es significativo el hecho de que en tan temprana fecha como 1296 adopta la lengua vulgar en documentos oficiales. Hay historiadores portugueses que afirman que Portugal como nación fue creada por su Estado, ya que, en la práctica, no tenía un sustrato lingüístico o cultural previo; su identidad fue “construida” desde la organización política. Considero difícil que la realidad fuera tan radical, pero parece que tampoco falta razón a quienes afirman tal cosa.

En el mismo sentido, la victoria de Aljubarrota contra Castilla (1385) se propone como fecha para indicar el fin de la Edad Media y el origen o base del Estado moderno. Este triunfo supuso un acto de afirmación nacional y para Portugal es su fecha fundacional, marcada siempre por su conflictiva relación con Castilla y, posteriormente, con España.

Las ambiciones expansionistas de Castilla en su salida, muy posterior en el tiempo, de la Edad Media a finales del siglo XV, la llevaron no sólo a culminar la “reconquista” contra los musulmanes con la ocupación el reino de Granada, sino a iniciar su expansión transatlántica, comenzando por las Islas Canarias y continuando en América. Del mismo modo actuaron en Europa, con la conquista y ocupación de estados estratégicos como Navarra o partes importantes de la Península Itálica, con con la hipotética excusa de su “peligroso apoyo” a Francia. La expansión imperial portuguesa por oriente fue más comercial y menos territorial que la castellana en Europa, Canarias y América. No obstante, una vez en conflicto con Castilla en América, Portugal construyó el imperio brasileño, aunque con unas características bastante diferentes, en algunos sentidos por lo menos, del español.

Tras la muerte del último descendiente de la Casa de Avis, el Cardenal Enrique, en 1580, el rey español Felipe II se consideró con los “mejores derechos” para reinar en Portugal. Un ejército español, bajo mando del duque de Alba, invadió las tierras lusas (1580-1581), tomó Lisboa y derrotó en la batalla de Alcántara (1580) al prior de Ocrato, sobrino de Enrique, quien se refugió en la corte de Francia. Felipe II se trasladó a Lisboa y, en las cortes de Tomar (1581), fue reconocido rey de Portugal. ¿No suena todo lo anterior a un proceso muy conocido entre nosotros, que tuvo lugar aproximadamente setenta años atrás?

En historia hay que evitar las visiones finalistas, ya que constituyen un riesgo peligroso. Podemos pensar que Portugal es hoy un Estado porque ese era su destino histórico. Lo mismo se puede decir de quienes creen que el destino histórico de Navarra era su incorporación y pertenencia a España. Ninguna de ambas afirmaciones es cierta. Tan Estado era Navarra como Portugal; ambos perdieron su independencia a manos de Castilla-España. Los portugueses lograron recuperarla a mediados del siglo XVII, Navarra todavía no lo ha conseguido.

Dentro del proceso de expansión política de Castilla durante los reinados de la Casa de Austria, sobre todo con Felipe IV y su valido el Conde-Duque de Olivares, se produjo un intento de uniformización de la monarquía española, que, tras la unión dinástica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (y Cataluña), había adoptado una apariencia “federal”. En la misma época, a mediados del siglo XVII, la situación europea era muy convulsa. El centro de Europa se vio sacudido por la “Guerra de los Treinta años“, guerra con un fuerte componente religioso, pero sobre todo político por el control sobre los estados alemanes.

En el difícil equilibrio del siglo XVII, Portugal, que no había renunciado a su independencia, y Cataluña, que la veía peligrar gravemente, se enfrentaron a Castilla. Como resultado de todos estos conflictos se obtuvo, por un lado, la victoria de Portugal sobre España y su emancipación, y la derrota de Cataluña y su partición entre España y Francia (el Rosselló y la Cerdanya pasaron a manos francesas), por otro. Esta derrota constituyó el preludio de lo que fue el desastre acontecido tras la “Guerra de Sucesión” española, producto de la desaparición del último rey Austria a comienzos del XVIII y la entronización de los borbones en la monarquía española con sus “Decretos de Nueva Planta”. A través de los mismos se suprimieron las instituciones políticas catalanas y valencianas y se produjo una muy fuerte persecución contra su lengua y cultura. Por último, “last but not least”, en 1648 se firmó la Paz de Westfalia que dio lugar, en cuanto a sus contenidos, atribuciones y competencias, al sistema de estados europeos vigente en gran parte hasta nuestros días.

La sociedad portuguesa del XVII mostró tener una gran vitalidad. Un ejemplo, prácticamente desconocido entre quienes hemos sido “educados” en el sistema español, lo constituye la personalidad fuera de serie de Antonio Vieira. Vivió casi 90 años, todos ellos dentro del siglo XVII, la mayor parte del tiempo en Brasil, donde fue defensor infatigable de los derechos de los indígenas y combatió contra su explotación y esclavización. Participó activamente en la política portuguesa y siempre defendió a los judíos. Fue un gran escritor barroco y miembro de la Compañía de Jesús. Una vez más encontramos el olvido, o menosprecio, español por lo portugués.

La “Ilustración” portuguesa del XVIII entró de lleno en el estándar europeo, sobre todo con la personalidad del Marqués de Pombal, también prácticamente desconocido desde España. Otro aspecto relativamente poco conocido fue la emancipación de Brasil. No fue producto de guerras de liberación como el caso de las colonias españolas. Los procesos revolucionarios del Portugal de principios del siglo XIX provocaron la huida de la monarquía a Brasil. De algún modo, la colonia dejó automáticamente de serlo, en ella se instaló el aparato del Estado y se convirtió en metrópoli. Cuando se restauró la monarquía en Portugal, Brasil siguió su propio camino independiente sin mayores traumas.

Los siglos XIX y XX supusieron una gran decadencia para Portugal y el abandono de las señas de identidad que habían caracterizado positivamente su cultura. Su colonialismo en Angola y Mozambique se fue transformando en un elemento retardatario social, cultural y políticamente. El retraso económico era manifiesto. El muy largo régimen autoritario de Oliveira Salazar en el siglo XX culminó este proceso. La necesidad de modernización y racionalización del salazarismo llevó a que los militares encabezaran la llamada “revolución de los claveles“, ocurrida en 1975, y una de cuyas primeras decisiones fue la descolonización de sus posesiones en África.

Siempre se ha dicho que para saber de los entresijos de una sociedad es imprescindible conocer las obras literarias, novelas sobre todo, que se han escrito sobre la misma. Para conocer Portugal y su sociedad, tal y como se percibía a finales del siglo XIX y principios del XX, es necesario leer a Eça de Queiroz. Tanto sus primera obras (“El primo Basilio”, “El crimen del padre Amaro”, por ejemplo) como las más reflexivas sobre la identidad portuguesa citadas al comienzo.

En Portugal encontramos la realidad de una nación hermana que ha sufrido conflictos, semejantes a los nuestros en unos casos y diferentes en otros, pero que siempre ha tenido el mismo enemigo principal: el sistema político castellano y su heredero, el español. España se ha desinteresado y ha menospreciado a Portugal, pero nosotros no debemos olvidarlo. No sólo no somos españoles, sino que España ha realizado todos los esfuerzos que ha tenido en su mano para lograr nuestra desaparición y asimilación. Portugal tuvo, históricamente, una sociedad fuerte, una cultura política influenciada por la británica y, por lo mismo, democrática, y una conciencia nacional muy profunda. Nos puede servir de ejemplo y elemento de reflexión para encarar las tareas que debemos afrontar para lograr ocupar de nuevo nuestro puesto, en Europa y en el mundo, como sujeto político, como Estado libre.




LECTURAS

Sobre historia de Portugal:

Birmingham, David. “Historia de Portugal”. Cambridge 1995. Cambridge University Press.

Oliveira Marques de, A. H. “Breve história de Portugal”. Lisboa 1995. Editorial Presença.

Una reflexión sobre la identidad portuguesa:

D’Oliveira Martins, Guilherme. “Portugal. Identidade e diferença”. Lisboa 2007. Editorial Gradiva.

Obras de Eça de Queiroz:

Existen muchas versiones de las obras de Eça en español, algunas fáciles de conseguir, otras no tanto. En cualquier caso, las bibliotecas públicas suelen tener bastantes títulos.

21 marzo 2007

NAVARRA VISTA DESDE CATALUNYA

La perspectiva unánime que actualmente se ofrece de Navarra desde la prensa española resulta acorde con el pensamiento nacionalista dominante en la misma. No me resulta extraña, tampoco me asombra. Responde a esa lógica tan bien expresada por la frase: “lo más parecido a un español de izquierdas es un español de derechas”.

Por el contrario me ha resultado sorprendente, penosamente sorprendente, la visión brindada de Navarra desde la prensa catalana, por AVUI sobre todo, tras la manifestación de “reconquista” del pasado sábado 17 de marzo.

Tal vez se trata de ingenuidad por mi parte, pero me cuesta comprender que periodistas, personas en general, con una visión democrática sobre los hechos nacionales, tanto de las realidades del Estado español como de las del resto de Europa y del mundo, tengan tal ceguera (¿ignorancia?) respecto a Navarra.

Según el planteamiento utilizado generalmente, ante la “cuestión vasca” no hay más que dos alternativas: la primera, la imperial, la de la imposición del ancestral unitarismo del Estado español; la segunda, la perspectiva “sabiniana” edulcorada y representada tradicionalmente por el PNV y, hoy también por EA y, en líneas generales, por la Izquierda Abertzale.

Si una sociedad como la que hoy ocupa el territorio de la actual Comunidad Foral de Navarra (CFN) no presenta veleidades “sabinianas” o “vascongadistas”, queda automáticamente calificada como “española”. Desde mi punto de vista, esta perspectiva constituye una burda simplificación.

Desde el conocimiento que permite la historia no manipulada por los intereses de los nacionalismos dominantes (español y francés), se puede llegar a una comprensión aceptable del proceso que ha conducido a la situación actual, aunque sea de modo sencillo.

Los testimonios sobre los vascones son múltiples y antiguos. Durante el Imperio romano tenían su soporte en las tierras del entorno del río Ebro, con Calagurris (actual Calahorra, en La Rioja) como uno de sus centros más importantes. Su principal ciudad fue Iruñea, la actual Pamplona, que debe su nombre en castellano a Pompeyo (Pompeiopolis, Pompei-iluna en versión vasca; Pamplona). Tras la caída del Imperio los vascones mantuvieron una organización social y política propia, a pesar de los conflictos con los vecinos “bárbaros” procedentes del Norte y del Este de Europa instalados tanto en la península Ibérica (visigodos) como al norte (francos). El frecuente “domuit vascones” de las crónicas visigóticas de Toledo expresa los esfuerzos de conquista, por una parte, y los de pertinaz resistencia, por otra.

La culminación de los esfuerzos de afirmación frente a ambos enemigos tiene lugar en 778 en la batalla de Orreaga / Roncesvalles contra el ejército de Carlomagno. Muy poco tiempo después surge a las crónicas la existencia del reino de Pamplona. Este reino se organiza en torno a los notables vascones que, tras la caída del Imperio romano, han mantenido una estructuración política propia basada en lo que algunos tratadistas denominan como “Derecho Pirenaico”, contrapuesto tanto al Romano como al Germánico. Es un derecho basado en el uso y la costumbre y que tiene como soporte fundamental la casa (“etxea”) y la familia anexa; es un derecho en el que la persona, inscrita en la comunidad, participa en sus trabajos y decisiones.

El reino de Pamplona alcanzó su cenit territorial a comienzos del siglo XI bajo Sancho III el Mayor (“rey de los vascos” según crónicas musulmanas de la época), pero su organización política en clave “moderna” tuvo lugar a mediados del XII, bajo Sancho VI el Sabio. La concepción política del reino pasa de ser “personal”, del rey, a ser territorial, con una administración sofisticada y eficaz y, significativamente, se produce con el cambio de nombre: pasa de “reino de Pamplona” a “reino de Navarra”. En aquella época los territorios y poblaciones de La Rioja, Bizkaia, Araba y la actual Gipuzkoa eran parte del reino.

Castilla ocupó La Rioja y Bizkaia, salvo el Duranguesado, a lo largo del siglo XII, y en 1200 el Duranguesado, Araba y el actual territorio de Gipuzkoa. Durante los siglos siguientes el reino restante se extendía por ambas vertientes del Pirineo hasta que la parte ibérica, la más extensa e importante demográficamente, fue ocupada y conquistada para Castilla por Fernando el Católico en 1512. La parte aquitana continuó independiente hasta 1620, en que Luis XIII de Francia la incorporó a dicho Estado.

Navarra constituye la máxima expresión política lograda por los vascos a lo largo de su historia. No dicen verdad quienes afirman que “los vascos nunca han tenido un Estado”. Claro que lo hemos tenido y ha sido, precisamente, el reino de Navarra, estado europeo independiente y de igual rango que la Corona de Aragón, Francia, Inglaterra, Castilla o Escocia.

El actual sistema foral de los distintos territorios que actualmente forman Vasconia es el resto del sistema estatal navarro minorado y asimilado tras largos y duros procesos de conquista, ocupación y asimilación, pero sigue siendo, en potencia, el germen del futuro Estado vasco en Europa. Los navarros nunca hemos renunciado voluntariamente al mismo. La Navarra que seguía manteniendo tal nombre dentro de la Monarquía española fue reino diferenciado y con Cortes propias hasta 1841, cuando, tras la derrota en la Primera Guerra Carlista, se forzó la (mal) llamada “Ley Paccionada de 1841”. Fue una Ley para los vencidos. En ella Navarra dejó de ser “reino” y pasó a ser “provincia” y perdió la mayor parte de sus instituciones propias, comenzando por las Cortes que ejercían realmente el poder legislativo en la Navarra que controlaban.

Navarra se convirtió en una provincia “foral”, semejante en cierto modo a lo que, desde la “normalización” política que impuso Enrique IV de Castilla, ya eran las Provincias Vascongadas tras las “Guerras de Bandos”. No obstante en las profundas relaciones que se establecen durante la Primera Guerra carlista y posteriormente entre los órganos políticos de todos los territorios vascos peninsulares, es la Diputación de Navarra quien lidera los proyectos.

Los españoles siempre han considerado Navarra como una “cuestión de Estado”. Desde su conquista principal en 1512 hasta la actualidad más rabiosa. El desarrollo de la Primera Guerra Carlista en el territorio de la actual CFN supuso un enorme desgaste demográfico y económico. Quedó una sociedad inerme, diezmada por la guerra y el exilio. La frontera del territorio en que se hablaba euskera retrocedió rápidamente, en beneficio del castellano, en más de 40 Km en pocos años. El proceso aculturizador provocado por las autoridades españolas fue efectivo desde el punto de vista lingüístico. No tanto desde la perspectiva política propia, que ha seguido considerando mayoritariamente la realidad de la existencia de un reino independiente y conquistado como algo perdido y deseable de recuperar.

La “memoria histórica” de haber sido conquistados se mantiene en la sociedad de la actual Comunidad Foral Navarra. Pero la propaganda oficial del Estado aprovechó, todo hay que decirlo, algunos grandes errores políticos que en la llamada “transición” exhibieron muchos partidos “nacionalistas vascos”, que pretendieron “incorporar”, “absorber”, a Navarra en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAV). De ahí se ha seguido, en parte, la tesis que contrapone “Navarra” y “País Vasco” o a “vascos” con “navarros”. Y bien sabemos que una mentira repetida con insistencia acaba pasando por verdad.

La sociedad de la CFN mantiene una clara conciencia política diferenciada con relación a la del resto del Estado español, a pesar de la disolución que ha sufrido por la fortísima presión de los sucesivos sistemas educativos y de los medios de propaganda, en cuanto a su lengua originaria, cultura y modos de vida propios en general. La sociedad de la CAV, en cambio, la que presenta una mayor penetración “nacionalista vasca”, mantiene un alto nivel de conciencia en los aspectos lingüístico-culturales, pero un desolador desconocimiento de su realidad histórica.

En cualquier caso considerar el Régimen Foral como un privilegio o una antigualla y, por consiguiente, manifestarse opuesto al mismo, es solidarizarse con el modelo unitarista del Estado español y oponerse a un germen de auoestima, de emancipación y de democracia que con respecto al mismo debe de lograr Euskal Herria. Mantener la dicotomía de “vascos” y “navarros” no consigue más que hacer el juego a los intereses del nacionalismo español dominante.

En este artículo he pretendido aclarar algunas de las cuestiones básicas que actualmente se plantean en Vasconia y que son sistemáticamente tergiversadas por los medios de comunicación españoles. Especialmente, la existencia de una perspectiva propia, que no pasa ni por el “nacionalismo vasco” en su versión sabiniana, ni por el nacionalismo español. No sé si habré logrado proporcionar un atisbo de claridad entre tantas tinieblas, pero me alegraré si así fuere.

05 enero 2007

LA RAZÓN 102

No creo ser muy original titulando de esta forma la glosa de un libro que lleva por título “Cien razones por las que dejé de ser español” y cuyo autor, Josemari Esparza Zabalegi, expresa la que denomina “Razón 101” a modo de introducción. Para nosotros, los navarros del siglo XXI que queremos sobrevivir como sociedad diferenciada, concurrir con nuestras aportaciones al acervo cultural del mundo y ser felices en lo posible en este planeta tan complicado, existen una ingente cantidad de razones para que reclamemos nuestra mayoría de edad, nuestra emancipación, nuestra independencia en suma.

Para quien escribe estas líneas, la existencia del propio libro de Esparza constituye algo así como “la razón 102”. Cada uno podrá aportar, luego, las suyas; tanto las estrictamente personales como otras más generales. En todo caso me gustaría respetar como “la razón 102” precisamente la idea del libro y su realización.

Entre otras cuestiones, me he sentido identificado con el libro por varios motivos, sobre todo dos: la comunidad de vivencias de nuestros recientes antepasados (guerras de los siglos XIX y XX, formas de percibir el final del carlismo y la etapa foral etc.) y la pertenencia, por edad y experiencias, a su misma generación.

Desde mi punto de vista es un acierto el haber conseguido los tres textos iniciales, uno en cada una de las lenguas más habladas en el territorio del Estado español además de la oficial: el castellano o español. Los prologuistas son escritores de calidad y comprometidos con sus respectivos idiomas y culturas: el gallego Xosé Luis Méndez Ferrín, el euskaldun Joxe Azurmendi y el catalán Víctor Alexandre.

La obra se divide en cinco partes que clasifican los tipos de argumentos: “Las razones que me contaron”, “Las razones que viví”, “Las razones que guardaban los libros”, “Las razones del extranjero” y “Las razones que sobraron el vaso”. Son claras y autoexplicativas y, además, sirven como guión que facilita su lectura.

En su conjunto se percibe un libro hecho con la cabeza pero desde las vísceras. Es una obra en la que el corazón expresa todos sus sentimientos, donde se ligan de forma natural las vivencias personales, las experiencias de su (nuestra) generación, la memoria familiar y grupal, con la actitud de un curioso y ávido lector de todo lo escrito referente a nuestro país en cualquier época y por cualquier viajero o intelectual extranjero.

Es difícil destacar algunas de las “razones” que esgrime Esparza. A mi me ha gustado mucho la 90 (“El puzzle europeo”); me ha parecido una reflexión muy completa y podría ser una especie de resumen del mensaje del libro.

En general “Las razones que sobraron el vaso” y la “Razón 101” de la Introducción, son las que demuestran el hastío y el enfado, por no decir el inmenso cabreo, que acumula(mos) Josemari Esparza y tantos otros que vemos ocultado, menospreciado, tergiversado nuestro patrimonio, nuestra forma de ser y de estar en el mundo, por cuatro manguis (en sentido estricto también) autóctonos que son mamporreros de los estados que llevan siglos aplicados en la tarea de nuestra integración o, sencillamente, de nuestro exterminio.

Sus vivencias y experiencias personales, familiares y grupales sirven de referencia para las propias del lector, por lo menos para aquel que está en la misma onda que la tesis del libro. Algunas pueden ser paralelas o semejantes a las de Josemari Esparza, otras bastante distintas, pero siempre enriquecedoras y necesarias para el conocimiento de nuestra realidad actual.

En “Las razones que guardaban los libros” Esparza ha hecho un espléndido recorrido por la abundante bibliografía, tanto favorable como contraria, referida a nuestro pueblo. Un trabajo de “chapeau”, a la par que muy útil para consultas y citas rápidas. Algunas de ellas han constituido para mí auténticas primicias, pues las desconocía.

De “Las razones del extranjero” se pueden extraer conclusiones muy interesantes de “casi” todos, incluidos por supuesto de las de “los españoles que nos quieren mal”. A continuación explico el “casi” anterior: se refiere a Mark Kurlansky. En la razón 68 (”La mirada angloamericana”) Esparza le cita y de su archifamosa obra “The basque history of the World” (“La historia vasca del mundo”) extrae la siguiente afirmación: (los vascos) “son un pueblo mítico, casi un pueblo imaginario afincado en siete territorios, a banda y banda de los Pirineos, constituyen una contradicción desconcertante: son la nación más antigua de Europa y no han formado nunca un estado”. Creo que un libro tan claro y comprometido como el de Esparza debería haber puntualizado y corregido a Kurlansky. Se me ocurre algo así como: “señor Kurlansky los vascos podemos ser un pueblo mítico y la nación más antigua de Europa, los vascos es evidente que estamos en ambas bandas de los Pirineos, pero de la misma forma es también evidente que hemos constituido un Estado que ha durado muchos siglos y que ese Estado se llama Navarra”.

Es evidente que en los aspectos históricos la obra de Kurlansky deja mucho que desear. Que diga, por ejemplo, en la página 51 de la traducción española: “estos vascos de Navarra contribuyeron a crear el país que los vascos verían un día como su principal problema: España”; o en la página 84, que (en 1521) “Navarra fue recuperada (para Castilla) con rapidez y jamás volvería a ser considerada un país”; o, en la 265, que el PNV “tampoco reivindica una independencia total, de la que los vascos no han gozado desde el tiempo de los romanos”, expresan un desconocimiento lo suficientemente importante de nuestra historia como para no ser tenido en cuenta como referencia seria.

En cualquier caso, el libro de Esparza es una joya. Aparte de otros muchos valores, Josemari escribe como los ángeles, en la hipótesis de que los ángeles escriban, ya que si lo hicieran se supone que lo harían “sin mácula”. Es un libro que se lee con avidez, a pesar de no tener un argumento de misterio, aunque el asunto, en su conjunto, sea muy negro, casi de “novela negra”.

Para resumir, se trata de una obra de necesaria lectura. Para tirios y troyanos, para gentes del oriente, que se verán reflejadas muy a menudo, y gentes del occidente, a las que vendrá bien conocer y “aprender” diversas formas de ser vasco y otros caminos para acceder a una conciencia nacional diferente de las “oficiales” española y francesa.

"Cien razones por las que dejé de ser español"
Josemari Esparza Zabalegi
Tafalla 2006
Editorial Txalaparta