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26 octubre 2009

IDENTIDAD

Hace poco tiempo leí un artículo de Rafael Xambó en un libro colectivo sobre “País Valencià, segle XXI” (Valencia 2009) en el que afirma: “La identidad es el relato que contamos a los demás sobre quienes somos, qué hemos hecho, qué nos mueve y que esperanzas nos animan a seguir”. No creo que sea del todo acertado el enfoque de Xambó, ya que se ciñe, principalmente, a características subjetivas, mientras que deja de lado todo lo que ha sido capaz de provocar en el individuo ese relato y esperanzas. Y ahí es donde radica realmente el busilis de la identidad.

Hay muchos que consideran la identidad como un conjunto de elementos yuxtapuestos en los que hay factores sociales e individuales, pero de los que se puede ir prescindiendo parcialmente sin atentar contra su núcleo. Piensan que pueden ir eliminando elementos sucesivos, como si fueran capas de una cebolla, para quedarse con lo básico, con el cogollo. Creo que de la cebolla se pueden seguir quitando capas, una tras otra, hasta quedarse sin nada, sin cebolla. La cebolla, como la identidad, no tiene núcleo. Aun cediendo al símil cebollino, la sucesiva eliminación de capas no equivale a la mayor o menor importancia de las mismas en la definición de identidad. En cada individuo y en cada sociedad el orden e importancia de las capas será específico y diferente del resto.

En mi opinión, la miga del asunto consiste en que tienen que estar todas, ya que, además, están tan adheridas entre sí, que si eliminamos una podemos arrancar jirones de otra, de modo que, al final, ambas quedarán inservibles. La identidad no se forma como suma de elementos disjuntos sino que constituye una totalidad de características dependientes unas de otras y que en su conjunto, en su suma y en sus interrelaciones, determinan la cultura social y política, la forma de ser y de estar en el mundo, de cada sociedad concreta, y de cada individuo dentro de ellas.


Cultura e individuo

Existe un modelo de intelectual que afirma sin ruborizarse cosas semejantes a “…yo consideraba que lo único existente era la persona individual, concreta…”. Ahora que prácticamente todas las expresiones del conocimiento humano, comenzando por lo que tradicionalmente se han considerado como “ciencias”, se manejan mediante el concepto de sistema, pretender seguir manteniendo la figura monadista para presentar a los humanos parece ciertamente fuera de lugar.

Se manifiesta como una perspectiva realizada desde el materialismo vulgar, desde el reduccionismo. Las realidades, sobre todo las biológicas y sociales, no se pueden reducir al análisis de las partes perceptibles por los sentidos humanos, aun empleando la potencia de los microscopios electrónicos u otros instrumentos. Hace ya mucho tiempo que sabemos que “el todo” es mucho más que “el conjunto de sus partes”. Las relaciones que se establecen entre ellas marcan el aspecto, tal vez, más importante de la realidad y que, además, se percibe sólo indirectamente y dentro de la totalidad en funcionamiento.

Un individuo aislado sólo puede supervivir, y no muy bien, cuando ya es adulto y posee unos medios, materiales o inmateriales, para ejercer su relación con la naturaleza en la que hipotéticamente tendría que sobrevivir. Si fuera infante, o simplemente joven, no tendría posibilidades de hacerlo. Robinson Crusoe ya era mayorcito cuando llegó a su isla, en la que sobrevivió gracias, precisamente, a su socialización previa. Mowgli creo que no existió nunca, ni que habría podido existir.

En este sentido, el ser humano, la persona, es un ente único e irrepetible pero no dado para siempre. Es, más bien, algo en construcción permanente en la que interviene su genoma (recibido de sus progenitores) y también todo el conjunto social en el que se desarrolla. Cuanto más joven es un individuo, más coerción inconsciente ejercen sus próximos (familia, escuela, medios de comunicación etc.) sobre él. A todo eso que la persona recibe, primero de modo inconsciente y de modo cada vez más consciente y crítico, y a la que a su vez aporta, ya madura, se denomina cultura.


Lengua

La lengua es un atributo específico del Homo sapiens que está vinculado a su estructura biológica a través del proceso de selección natural. El aparato fonador es una de las partes, con el cerebro, las manos, etc., que completa la hominización. La lengua no es un elemento cultural más, es el que soporta todos los demás. Es la herramienta que permite la socialización y el trabajo, la transformación del medio y la creación intelectual. La comprensión y explicación de la realidad y la actividad sobre la misma pasan siempre a través de la lengua.

No voy a entrar en la discusión de los románticos alemanes, como Herder, de que cada lengua constituye algo que nos estructura mentalmente y nos permite tener distintas visiones del mundo, según la que poseamos como materna. No creo que sea un elemento determinante hasta tal punto, pero de lo que no cabe ninguna duda es que cada lengua constituye un modo diferente de percibir el mundo. Esta apreciación no es captable fácilmente por quienes circunscriben sus conocimientos lingüísticos al ámbito indoeuropeo, ya que todas sus variantes tienen estructuras bastante homólogas. Nuestra lengua, la nuestra sí, nos permite un modo distinto del que nos brinda el modelo indoeuropeo de concebir los fenómenos naturales o las relaciones sociales. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Quién lo desconoce se lo pierde. La lengua no determina la forma de ver la realidad, pero hace que se perciba con matices distintos; lo que contribuye también a moldear una identidad.

No obstante, según lo afirmado al comienzo de este trabajo, el factor lingüístico tampoco puede considerarse aislado. Quienes, en Euskal Herria, toman la lengua como base prácticamente exclusiva de la identidad propia, pienso que incurren en otro tipo de simplificación que conforma un nuevo e importante error. Los que afirman que “mi lengua es mi patria”, no se percatan de que si ese idioma no tiene una población que lo utilice en el ámbito de un territorio determinado y con unas funciones sociales concretas, es algo destinado a la minoración, al empobrecimiento, a la dialectización, a la sustitución por las lenguas de las sociedades próximas dominantes, ésas sí con dominio territorial, y abocado a la extinción.

La extensión y uso de una lengua no se produce por fenómenos casuales, sino por estrictos condicionantes sociales y políticos, por las realidades de poder. Por eso afirmar que alguien habla y escribe “en lengua española por casualidad” produce asombro. Me recuerda al chiste de aquel bilbaíno que decía que Jesucristo fue tonto por haber nacido en Belén pudiendo haber nacido en Bilbao. Evidentemente cada quien podía haber nacido en cualquier otro sitio, pero sería otro “quien”. El que ha nacido donde ha nacido, en Iruñea-Pamplona, en Zugarramurdi, en Alesbes-Villafranca de Navarra o en Xelajú-Quetzaltenango, puede hablar una lengua o varias (español, euskera, maya quiché o maya cakchiquel), puede tener como materna una u otra según el entorno familiar; pero esa situación no es producto de la casualidad sino de contingencias sociales y políticas.

Cuando una lengua ha sido minorada y sufre un proceso, evidentemente no casual, de regresión, ¿quién establece los criterios de “ciudadanos vascos de primera y ciudadanos vascos de segunda”? Es evidente que quien controla los resortes de educación y propaganda, que aquí y ahora son los estados constituidos y que, además, intentan imponer su monolingüismo a cualquier precio. Si hay “ciudadanos vascos de segunda” serán, obviamente, los monolingües en euskera. Pero los “innombrables” ya se han encargado de que no existan.


Cultura

Quienes afirman, precipitadamente en mi opinión, que “la cultura no nos hace ni mejores ni peores personas”, creo que incurren en una concepción reduccionista de cultura. En un sentido estricto la afirmación es cierta, pero pienso que hay que matizarla mucho. Voy a plantear un ejemplo: un elemento muy importante de nuestra cultura (ya sé que hablar aquí de “cultura” puede parecer una petición de principio, pero el nudo gordiano se corta, no hay otra) tradicional es el trabajo en auzolan. Evidentemente, su práctica no va a impedir que quienes quieran aprovecharse del trabajo de los demás, de los subsidios gubernamentales o de la caridad pública lo hagan, pero se lo va a poner mucho más difícil.

En ese sentido existe la cultura como elemento socializador con unos atributos muy determinados y que en unas sociedades se expresa de una manera y en otras de modo distinto. Cuando la cultura social adquiere rango político, es decir cuando los poderes públicos la adoptan como propia, origina una influencia tremenda a la hora de constituir las personalidades individuales. Por eso, quienes afirman que “para tener cultura no hace falta… tener un Estado o unos Fueros…” incurren en el mismo tipo de reduccionismo. Restringir la cultura a los meros conocimiento, bien sean científicos, técnicos o éticos o, incluso artísticos y su valoración correspondiente, supone una importante castración de su concepto. Sin duda todos son elementos culturales, pero ellos solos, por sí mismos, no conforman una cultura.


Territorio

Otro elemento identitario muy importante es el territorial. La inmensa mayoría de las personas viven de una forma más o menos estable, aunque puedan ser estabilidades sucesivas, en un territorio concreto. La territorialidad es un elemento fundamental en la configuración de la identidad de cualquier pueblo, sociedad o nación.

El territorio es el marco en el que se desarrolla cada sociedad y las relaciones ecológicas globales entre los seres vivos que lo habitan y las estructuras del terreno; tanto desde el punto de vista morfológico como climático. Los territorios con mar y montañas, los que son llanos o se ven surcados por ríos y lagos, presentan sociedades con características diferentes. Lo mismo sucede con los que gozan de un clima húmedo y suave o los que padecen climas extremos. No se puede caer en un determinismo geográfico o climático, pero tampoco debe minusvalorarse la influencia que ejercen ambos factores sobre la cultura y organización de los pueblos.

Principalmente, el territorio es el país. Las sociedades no sólo mantienen una estrecha relación con su territorio, sino que experimentan un permanente flujo de recreación y simbiosis con el mismo. El trozo de tierra sobre el que se asienta permanentemente un grupo humano conforma muchos aspectos de su organización social, básicamente del trabajo y la propiedad, pero, a su vez, la propia organización social construye el paisaje y ordena el territorio. Ambas están en perpetua modificación recíproca y no existe una sociedad estable sin territorio. El paisaje es esa síntesis de población y territorio que lo hace habitable y permite el desarrollo social.

El territorio permite la ordenación de la sociedad y su administración. Posibilita la existencia práctica de una organización política, más tarde se llamará Estado, que constituye la concreción del poder de pueblo para permitir su supervivencia y garantizar que lo haga concertadamente. Sirve para ordenar sus propios recursos, sus bienes, de manera que pueda optimizar el trabajo sobre los mismos, transformarlos, obtener resultados aceptables socialmente y redistribuirlos más o menos equitativamente. Permite, también, defender su sociedad de agresiones externas.

En este sentido es interesante reflexionar sobre el caso judío. Los judíos se han autoconsiderado durante largos siglos como un “pueblo” exiliado, una sociedad en la diáspora. En unos casos habrán sufrido más que en otros por tal situación, pero nunca lograron una normalidad política. Su aspiración máxima era, lógicamente, la consecución de su propio territorio, una tierra donde construir un Estado normal y corriente y al que acudir para habitarlo y poder formar una sociedad al uso. Una vez conseguida la tierra, lo primero que hicieron fue normalizar una lengua. No voy a entrar ni en los orígenes de su construcción ni en los resultados alcanzados por el Estado de Israel, una vez constituido, sino simplemente constatar la necesidad del territorio para desarrollar cualquier sociedad normalizada, por lo menos en nuestro entorno geopolítico.


Organización social y política

Cuando una sociedad se ha dotado de los instrumentos para poder vivir con normalidad en el contexto de otros pueblos, como fue el caso de Navarra, y ve su territorio conquistado, su lengua, cultura e instituciones perseguidas y sustituidas, lo habitual es que busque sistemas de autodefensa, militares en primer lugar, pero también de otro tipo, refugiándose en los instrumentos que le ofrece su propia cultura. Es sangrante afirmar que “los vascos siguen una guerra contra los españoles…” cuando la realidad es precisamente la contraria: los vascos hemos sufrido guerras, conquistas y ocupaciones. ¿Quién comenzó y sigue aún la guerra?

Hoy en día todos los estados constituidos, y que ejercen como tales en nuestro entorno, tienen cada vez más clara la necesidad de reivindicar, incluso reinventar, su propia identidad como un factor básico de cohesión social. Los problemas derivados de la globalización y de las migraciones provocadas como consecuencia del dominio y control de “occidente” sobre los países llamados del tercer o cuarto mundos, han reforzado y acelerado un proceso que se inició cuando el Estado nación comenzó a ejercer su fuerza para nacionalizar las sociedades bajo su dominio, es decir el siglo XIX.

Las naciones subordinadas que aspiran a tener su puesto en el concierto internacional como sujeto político, con nombre y apellidos, con voz y voto, deben (debemos) tener claro que el acceso a un Estado propio es condición indispensable para lograrlo. Al mismo tiempo, la capacidad de forzar a los “innombrables” estados dominantes, español y francés en nuestro caso para que no haya dudas, exige una cohesión social muy fuerte. Para lograrla es imprescindible tener clara la constitución de cada identidad particular, de conocer e interpretar la propia historia y patrimonio en general.

Una lengua sin territorio, sin cultura social y política, sin la organización fundamental que ya se ha dicho, el Estado, constituye un elemento minorizado que podrá sobrevivir unos cuantos años, cada vez menos, pero que tiene un destino marcado indefectiblemente: la extinción. Además, una lengua, con todo lo importante que pueda ser como marca de identidad y de forma de ser, ver y actuar en el mundo, fuera de un contexto social y político queda arrumbada y sin sentido, como cualquier otro atributo identitario que se desgaje del conjunto.

El esfuerzo es enorme pues exige una labor que normalmente viene dada “gratis” (vía impuestos, obviamente) desde los estados constituidos, a través de sus sistemas educativos, de sus medios de comunicación, etc., mientras que en nuestro caso y otros semejantes, como el de Cataluña por ejemplo, los estados ejercen con eficacia esa función, sí, pero a favor de su propia identidad y en contra de la nuestra. En cualquier caso, si aspiramos a ser libres, es necesario llevarlo a cabo.

No obstante, lo anterior tampoco es suficiente. La labor de reconstrucción identitaria es un punto de partida que puede permitir a la sociedad la toma de conciencia de su realidad, tergiversada cuando no totalmente negada. Esa toma de conciencia debería conducir a realzar su autoestima. A partir de ahí debe entrar en juego una acción política capaz de canalizar la fuerza social necesaria para conseguir el objetivo que es capaz de garantizarle una supervivencia sin sobresaltos, una existencia en la que sus elementos básicos no estén permanentemente puestos en cuestión y a expensas, por ejemplo, de unas sentencias judiciales arbitrarias o de unas elecciones controladas y manipuladas, ambas, por la metrópoli de turno.


Conclusión

Se puede afirmar que la clarificación de la identidad propia, en su sentido pleno, es elemento básico para la persistencia de cualquier pueblo en el mundo actual y, mucho más aún para una sociedad sometida. Además, constituye el factor fundamental para plantear con posibilidades de éxito la lucha por su emancipación. Sin soberanía no hay democracia y una sociedad subordinada no puede ser democrática. Lo peor que puede suceder a una sociedad sometida es que llegue a considerarse “minoría” dentro de la “mayoría” de la dominante.

El camino es, en teoría, sencillo: identidad, autoestima, emancipación y soberanía, resumida en el logro del Estado propio, el de Navarra en nuestro caso. Este podrá ser, a su vez, el garante eficaz del desarrollo de una identidad sin sobresaltos, en una sociedad democrática. En la práctica, se prevé costoso y erizado de dificultades, con unos adversarios muy fuertes y expertos en dominaciones y expolios. Es mucho lo que nos jugamos: el propio ser colectivo y, por lo mismo, el de cada persona en su plenitud. Merece la pena el esfuerzo.

En resumen, todos los elementos que constituyen la identidad son societarios y transcienden al individuo, aunque se manifiesten y expresen a través del mismo y precisan para su consecución de un poder político propio, llámese Estado o como se quiera, pero siempre semejante al que disfrutan los vecinos “normales”.

21 mayo 2009

DEMOCRACIA E IDENTIDAD

Tomo como punto de partida para estas reflexiones un texto que José Luis Orella Unzué publicó recientemente en diversos medios de comunicación (Noticias de Gipuzkoa de 5 de mayo y Gara de 8 del mismo mes) que comienza con una afirmación desafortunada. El contenido de esta frase condensa de manera clara lo que considero como dos de los principales fallos sobre los que se constituye la actividad política en nuestro país en la actualidad, por lo menos desde las posiciones vistas como nacionales. Más adelante, en el mismo trabajo, aparece otra proposición en la que quedan perfectamente reflejadas las bases, discutibles, sobre las que se apoyan gran parte de las ideas que sustentan el modo de aproximarse en nuestro país al concepto de identidad.


Democracia, mayorías y minorías

La primera proposición dice textualmente:
"El nuevo Gobierno socialista de Patxi López con apoyo del Partido Popular es democrático, pero el reconocimiento de su democracia cuantitativa no nos debe impedir afirmar que es un modo de lucha contra una identidad minoritaria, utilizando la violencia de una identidad mayoritaria."

En mi opinión es difícil decirlo más claro con menos palabras. Analizando el texto por partes voy a comenzar por la segunda. Orella habla de “un modo de lucha contra una identidad minoritaria utilizando la violencia de una identidad mayoritaria”. Estaría de acuerdo si Orella hablara del conflicto entre la identidad soportada por una población de “menor peso demográfico” frente a la violencia de otra con “mayor peso”. Pero me resulta muy difícil de aceptar si entra, como lo hace Orella, en el juego de “minorías y mayorías”.

Me explico. Si un grupo humano admite que es una “minoría” con relación a otro que, automáticamente, se constituye en “mayoría”, está aceptando de manera implícita su pertenencia y supeditación al segundo. Y eso creo que, si tiene clara conciencia de su propia identidad distinta, no debe ser aceptado nunca, ya que de ese modo, debe acatar sus reglas y entra, tal vez sin plena consciencia, en la vía sin salida democrática de la subordinación y del dominio.

Una nación como la nuestra, que ha sido conquistada, ocupada y dominada, no puede aceptar las reglas de juego impuestas por un sistema político basado precisamente en su minoración y constitución en “parte de otra”. Navarra, a través de su reino, constituyó un Estado en plenitud soberana. Sus instituciones fueron aniquiladas en la zona que dominaron los franceses y, sustituidas o subordinadas profundamente en la ocupada por los españoles, eso sí, dentro de las limitaciones que siempre ha manifestado el poder español, menos fuerte que el francés.

Por todo ello, si nuestra nación persiste en la voluntad de seguir siendo sujeto político en el mundo, y muchos pensamos que la tiene, nunca podrá definirse como una “minoría” dentro de la “mayoría” española o francesa. En nuestra sociedad, en nuestro pueblo, nosotros los nacionales somos por definición mayoría. Tal es el único planteamiento que, en mi opinión, nos puede permitir afrontar el futuro político con la autoestima alta y, de este modo, responder con eficacia política y posibilidades reales de éxito a los retos planteados en el mundo actual.

Nosotros no somos españoles ni franceses. Por lo mismo, no somos, como les gustaría a ellos y lo reflejan en la práctica cotidiana y en sus constituciones políticas, minorías residuales dentro de su mayoría, “progresista, generosa y benefactora”, por supuesto. Somos elementos agregados por la fuerza y con aspiración a (re)constituir nuestra propia mayoría.

De aquí se deduce que los procesos constituyentes de ambos estados, basados en la soberanía unitaria e indiscutible de sus respectivos pueblos que, por otra parte, dividen arbitraria y violentamente al nuestro, conforman unos marcos sociales y políticos en los que no existimos realmente y que, por el mero hecho de negarnos una existencia efectiva, no pueden ser democráticos.

Es decir que el gobierno de Francisco López no puede ser democrático simplemente por el hecho de que haya sido resultado de unas votaciones en las que subyace una farsa infinita. La trampa tiene un principio, ya citado, que se basa en el poder constituyente de los pueblos español y francés, que a nosotros se nos niega, y para el que no existimos como sujeto político; pero no tiene un fin previsible, salvo que tengamos la capacidad social y política de romper el nexo, de cortarlo de raíz; como el famoso “nudo gordiano”.

Podemos hablar de la división territorial y humana de nuestra nación, tan “democráticamente” pactada en 1200, 1512 o 1620, principalmente. Podemos, también, contar las “hazañas” realizadas sobre nuestro pueblo por la llamada Revolución francesa o escribir sobre las guerras carlistas en las que, también por “acuerdos, pactos y consensos”, se nos arrebataron los restos del régimen político propio, llamado Sistema Foral. En ningún caso debemos olvidar el franquismo ni el infame proceso de la mal llamada “transición democrática”, tras la muerte del general, en la que se consolidaron todos los logros políticos de la dictadura.

El resto: las detenciones arbitrarias, las torturas, los cierres de medios de comunicación, las leyes de partidos, las prohibiciones de candidaturas, los portazos a Ibarretxe con su “plan” o su “consulta”, y tantos otros, son simples apéndices, consecuencias, de esa radical falta de democracia del régimen político que impera en el Estado español. Otro tanto se puede afirmar de la parte francesa.

En la actual situación no se puede hablar, como hace creo que con buena intención Orella Unzué, de “democracia cuantitativa”. La democracia es una cualidad, no una cantidad y no se mide por el hecho de que se pueda votar o no. También se podía votar en tiempos de Franco, por tercios familiares, sindicales… ¡o de Flandes!. Por no hablar del podrido sistema partitocrático que rige actualmente los destinos del Estado español o de la corrupción generalizada de sus políticos.

En resumen, la introducción de Orella ofrece un compendio claro y didáctico de dos de los principales errores asumidos por quienes dicen ser “clase política vasca”: en primer lugar, considerarnos como “minoría” frente a españoles o franceses, que serían en ese caso “mayoría” y, en segundo, aceptar como democráticos los actuales regimenes políticos de ambos estados. De no rectificar pronto tales errores y acomodar de manera acorde nuestra práctica política, podemos derivar a un callejón sin otra salida que la asimilación. De hecho, su aceptación, nos está llevando rápidamente, al borde de un precipicio del que será muy difícil salir con posibilidades de supervivencia.

Sólo la conciencia de la necesidad de un Estado propio, en Europa y en el mundo, y la capacidad estratégica de luchar por él y de conseguirlo, ofrecen la posibilidad de no hundirnos en el abismo, de ser mayoría en el propio país, y ofrecer una solución realmente democrática a nuestra nación y a las de nuestro entorno, empezando entre ellas por España y Francia.


Sobre el concepto de identidad

Como he citado anteriormente, Orella Unzué plantea en el mismo trabajo otra frase que considero también de mucho calado y que me da pie a una reflexión sobre el concepto de identidad. Esta segunda frase refleja, en mi opinión con justeza, posiciones que sobre el mismo se expresan, con excesiva simplicidad, desde muchas posiciones consideradas como abertzales. En su enunciado Orella afirma que (el ser humano)
"podrá renunciar a su geografía, a su religión, a su carnet político, pero no podrá hacerlo a su naturaleza, a su herencia, a su cuerpo, a sus cualidades fisiológicas y psíquicas."

De entrada resulta curioso el análisis a que somete Orella a partes que son constituyentes básicos de cualquier identidad, con la evidente intención de poder ir eliminando elementos sucesivos, como si fueran capas de una cebolla, para quedarse con lo básico, con el cogollo. Creo que de la cebolla se pueden seguir quitando capas, una tras otra, hasta quedarse sin nada, sin cebolla. La cebolla, como la identidad, no tiene núcleo.

No creo que el orden en que plantea Orella la sucesiva eliminación de capas cebollinas equivalga a la mayor o menor importancia de las mismas en la definición de la identidad de un pueblo. Cada sociedad humana tendrá un orden específico y diferente del de otras. Raro sería encontrar dos grupos humanos en los que coincidiera el orden de importancia de las capas identitarias.

En mi opinión, la miga del asunto consiste en que tienen que estar todas, ya que, además, están tan adheridas entre sí, que si eliminamos una podemos arrancar jirones de otra, de modo que, al final, ambas quedarán inservibles. La identidad no se forma como suma de elementos disjuntos sino que constituye una totalidad de características dependientes unas de otras y que en su conjunto, en su suma y en sus interrelaciones, determinan la cultura social y política, la forma de ser y de estar en el mundo, de cada sociedad concreta, de cada pueblo.

La primera y, en mi opinión excesiva, afirmación de Orella dice que (el ser humano) ”podrá renunciar a su geografía…” Veamos, el autor está afirmando que un pueblo puede renunciar a su “geografía” o lo que es lo mismo, a su territorio. Poder, está claro que puede, pero si lo hace deja de ser pueblo, se esfuma como sociedad y dimite como nación. La territorialidad es un elemento fundamental en la configuración de cualquier pueblo, sociedad o nación.

Para empezar, el territorio es el país. Todas las sociedades humanas no sólo mantienen una estrecha relación con su territorio, sino que experimentan un permanente flujo de recreación y simbiosis con el mismo. El trozo de tierra sobre el que se asienta permanentemente un grupo humano conforma muchos aspectos de su organización social, básicamente del trabajo y la propiedad, pero, a su vez, la propia organización social construye el paisaje y ordena el territorio. Ambas están en permanente modificación recíproca y no existe una sociedad estable sin territorio. El paisaje es esa síntesis de población y territorio que lo hace habitable y permite el desarrollo social.

El territorio es por supuesto el marco en el que se desarrolla cada sociedad y las relaciones ecológicas globales entre los seres vivos que lo habitan y las estructuras del terreno; tanto morfológicamente como desde el punto de vista del clima. Los territorios con mar y montañas, los que son llanos o se ven surcados por ríos y lagos, presentan sociedades con características diferentes. Lo mismo sucede con los que gozan de un clima húmedo y suave o los que padecen climas extremos. No se puede caer en un determinismo geográfico o climático, pero tampoco debe minusvalorarse la influencia que ejercen ambos factores sobre la cultura y organización de los pueblos.

El territorio permite la ordenación de la sociedad y su administración. Posibilita la existencia práctica de una organización política, más tarde Estado, que constituye la concreción del poder de pueblo para permitir su supervivencia y garantizar que lo haga concertadamente. Para defender su sociedad de agresiones externas. Para ordenar sus propios recursos, sus bienes, de manera que pueda optimizar el trabajo sobre los mismos, transformarlos, obtener resultados aceptables socialmente y redistribuirlos más o menos equitativamente.

Otro de los elementos identitarios de enorme importancia es el idioma. Quienes en nuestro país toman la lengua como base prácticamente exclusiva de la identidad propia, pienso que incurren en otro tipo de simplificación y que conforma nuevo e importante error. Los que afirman que “mi lengua es mi patria”, no se percatan de que si ese idioma no tiene unos hablantes que lo usan en un conjunto grupal que habita sobre un territorio determinado y con unas funciones sociales concretas, es algo destinado a la minoración, al empobrecimiento, a la dialectización, a la sustitución por las lenguas de las sociedades dominantes, esas sí con dominio territorial, y, al final, abocado a la extinción.

Tenemos el caso judío. Los judíos se han autoconsiderado durante largos siglos como un “pueblo” exiliado, una sociedad en la diáspora. En unos casos habrán sufrido por tal situación más que en otros, pero nunca lograron una normalidad política. Su aspiración máxima era, lógicamente, la consecución de su propio territorio, una tierra donde construir un Estado normal y corriente y al que acudir para habitarlo y formar una sociedad al uso. Una vez conseguida la tierra, lo primero que hicieron fue normalizar una lengua. No voy a entrar en los resultados alcanzados por el Estado de Israel, una vez constituido, sino simplemente constatar la necesidad del territorio para desarrollar cualquier sociedad normalizada, por lo menos en nuestro entorno geopolítico.

Una lengua sin territorio, sin cultura social y política, sin la organización fundamental que ya se ha dicho, el Estado, constituye un elemento minorizado que podrá sobrevivir unos cuantos años, cada vez menos, pero que tiene un destino marcado indefectiblemente: la extinción. Además, una lengua, con todo lo importante que pueda ser como marca de identidad y de forma de ser, de ver y actuar en el mundo, fuera de un contexto social y político queda arrumbada y sin sentido, como cualquier otro atributo identitario que se desgaje del conjunto.

Otros muchos elementos forman parte de la identidad, en cada situación unos prevalecerán sobre otros, pero siempre forman una totalidad, un conjunto indisoluble, en que si se quita una pieza, se desmorona el edificio. En la exposición de Orella percibo asimismo un exceso de planteamientos biologicistas, como cuando habla de “su cuerpo”, “sus cualidades fisiológicas y psíquicas”, como base identitaria. Es evidente que, de modo semejante a los atributos relativos a geografía y clima, no se pueden despreciar ni arrojar por la borda, pero que hay que relativizarlos e integrarlos en el conjunto.


Conclusión

Hoy en día todos los estados constituidos, y que ejercen como tales en nuestro entorno, tienen cada vez más clara la necesidad de reivindicar, incluso reinventar, su propia identidad como un factor básico de cohesión social. Los problemas derivados de la globalización y de las migraciones provocadas por las consecuencias sociales y económicas del dominio y control sobre los países llamados del tercer o cuarto mundos, han reforzado un proceso que se inició cuando el Estado nación comenzó a ejercer su fuerza para nacionalizar las sociedades bajo su dominio, es decir el siglo XIX.

Las naciones subordinadas que aspiran a tener su puesto en el concierto internacional como sujeto político, con nombre y apellidos, con voz y voto, debemos tener claro que el acceso a un Estado propio es condición indispensable para lograrlo. Al mismo tiempo la capacidad social y política necesaria para forzar a los estados dominantes, español y francés en nuestro caso, exige una cohesión social muy fuerte y para ello es imprescindible tener clara la constitución de su identidad particular, de conocer e interpretar la propia historia y patrimonio en general.

El esfuerzo es enorme pues exige una labor que normalmente viene dada “gratis” desde los estados constituidos, a través del sistema educativo, de los medios de comunicación etc., mientras que en nuestro caso y otros semejantes, como el de Cataluña por ejemplo, los estados ejercen con eficacia esa función, pero a favor de su propia identidad y en contra de la nuestra. En cualquier caso es necesario efectuarlo por nuestra parte.

No obstante, lo anterior tampoco es suficiente. La labor de reconstrucción identitaria es un punto de partida que permitirá a la sociedad la toma de conciencia de su realidad, tergiversada cuando no totalmente negada. Esa toma de conciencia debería conducir al desacomplejamiento (¡sí, podemos!) y al alza de la autoestima. A partir de ahí entra en juego una acción política capaz de canalizar la fuerza social necesaria para conseguir el objetivo que pueda garantizarle una existencia sin sobresaltos, una existencia en la que sus elementos básicos no estén permanentemente puestos en cuestión y a expensas, por ejemplo, de unas elecciones controladas y manipuladas por la metrópoli de turno.

A modo de conclusión podemos afirmar que la clarificación de la identidad propia, en su sentido pleno, es un elemento básico para cualquier pueblo en el mundo actual y, mucho más aún para una sociedad sometida. Además constituye el factor básico para plantear con posibilidades de éxito la lucha por su emancipación. Sin soberanía no hay democracia y una sociedad subordinada no puede ser democrática. Lo peor que puede suceder a una sociedad sometida es que llegue a considerarse “minoría” dentro de la “mayoría” de la dominante.

El camino es, en teoría, sencillo: identidad, autoestima, emancipación y soberanía, resumida en el logro del Estado propio. Este podrá ser, a su vez, el garante eficaz del desarrollo de una identidad sin sobresaltos, en una sociedad democrática. En la práctica, se prevé costoso y erizado de dificultades, con unos adversarios muy fuertes y expertos en dominaciones y expolios, pero nos jugamos nuestro propio ser colectivo y, por lo mismo, el de cada persona en su plenitud. Merece la pena el esfuerzo.

21 abril 2009

IMPOSICIÓN DE LOS IDIOMAS

En una entrevista publicada en el periódico Noticias de Gipuzkoa del 21 de abril Terry Davis, Secretario General del Consejo de Europa, afirma que: “Si uno tuviera que imponer el idioma a la gente debiera hacerlo de una manera lo suficientemente atractiva para que esa gente quiera aprender el idioma. Obligando a aprender estás reconociendo tu debilidad, es un reconocimiento de que no eres capaz de atraer a la gente.”

¿Obligar como signo de debilidad? ¿Eran débiles los imperios chino, romano, español o británico cuando impusieron sus idiomas en los amplísimos territorios y poblaciones que estaban bajo su dominio? ¿Era débil el Estado francés cuando impuso a sangre y fuego la destrucción de lo que según ellos no eran más que “patois”? Es evidente que el Estado francés era más poderoso que el español y así mientras el primero fue capaz de aniquilar hasta su casi exterminio idiomas como el occitano en todas sus variantes, el bretón, el catalán o el euskera, principalmente, el segundo tuvo menos éxito en ”la promoción atractiva de su lengua”, aunque también lo intentara con ahínco.

Cabe la posibilidad de que Davis se refiera únicamente a las lenguas “no importantes” y dé por supuesto que las “importantes” no tienen que justificar su imposición, ya que es algo natural y “compañero del imperio”, que diría el inefable Nebrija. Las primeras, algo así como “reliquias etnológicas”, tendrían que “seducir” (Josu Jon dixit) a sus hipotéticos futuros hablantes.

Lo que sucede es que la imposición de las lenguas “importantes” es invisible, se produce como algo “natural”, se hace la labor “sin que se note el cuidado”. Un caso en este sentido, y del que procede la expresión, se encuentra en la "Instrucción secreta" que el fiscal del Consejo de Castilla, don José Rodrigo Villalpando, trasmitió a los corregidores del Principado de Cataluña el 29 de enero de 1716:

"...pero como a cada nación parece que señaló la naturaleza su idioma particular, tiene en esto mucho que vencer el arte y se necesita de algún tiempo para lograrlo, y más cuando el genio de la nación como el de los catalanes es tenaz, altivo y amante de las cosas de su país, y por esto parece conveniente dar sobre esto instrucciones y providencias muy templadas y disimuladas, de manera que se consiga el efecto sin que se note el cuidado..."

El autoodio inducido desde los púlpitos en los que predican los valedores de la lenguas “importantes” produce frases extremas como la famosa de Unamuno: "lo mejor que podría aportar el vascuence a la humanidad es desaparecer". La principal tarea de quienes persiguen nuestra lengua consiste en presentarla como “de poco valor”, o directamente inútil, para vivir en el mundo actual.

El problema es que contra campañas de ese estilo poco se puede hacer exclusivamente con el voluntarismo personal, factor necesario pero no suficiente. Una vez más se muestra la necesidad de un Estado propio como elemento imprescindible para lograr su normalización efectiva. Con Navarra como Estado independiente al norte del Pirineo, en el reinado de Juana III de Albret y bajo su protección, se publicó la traducción al euskera del Nuevo Testamento por Joanes de Leizarraga, con lo que nuestra lengua pasó a ocupar un lugar entre las lenguas de cultura. Hoy, simplemente, se trata de lograr que de nuevo sea lengua “importante”, como idioma oficial de la República de Navarra.

02 julio 2008

HASTÍO

El comienzo del verano de 2008 y todo el ambiente social y político que le rodea me produce una sensación de cansancio, de hastío, difícil de describir. Se trata de un conjunto, bastante amplio, de acontecimientos que ocurren en nuestro entorno y que expresan, una vez más, la realidad de las coordenadas sociopolíticas en las que estamos inmersos.

Para comenzar tenemos las impresentables declaraciones de la ministra española Garmendia. Realmente impresentables en cualquier sociedad moderna que pretenda ser considerada como democrática, sus expresiones plasman rotundamente la mentalidad que subyace al entramado político que soporta al actual Estado español. No hay más nación que España, mientras que Vasconia, Cataluña, Galicia son simples "regiones" subordinadas. En ningún momento se les considera como sociedades maduras que puedan ejercer la menor capacidad de decisión. Peor todavía, Garmendia se permite el paternalismo (para ser "políticamente correcto", ¿debería decir "maternalismo"?) de afirmar que las transferencias en Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+i) no "convienen" a los vascos. Es la maestra del parvulario.

El manifiesto de los "intelectuales" españoles en defensa de la imposición de su lengua en las naciones no españolas dominadas por su Estado, constituye otra expresión de la realidad social y política en la que nos encontramos inmersos y sometidos. Por otro lado, tenemos las decisiones en el mismo sentido de "L'Académie Française". Son los "padres espirituales" del colegio.

Para culminar, se pueden analizar los infinitos textos que ha generado en los medios políticos e informativos españoles la última propuesta de Ibarretxe. Es el propio "gobierno" de Vitoria quien quiere quitar hierro al asunto y mostrar la inocua realidad de tal propuesta: se trata de una simple consulta informativa, nunca de un referendum vinculante políticamente. A pesar de todo, los anatemas, condenas, descalificaciones, insultos etc. diluvian sobre el mismo. La falta de ambición de la consulta de Ibarretxe produce un envalentonamiento todavía mayor de los políticos y comentaristas hispanos. Los políticos amenazan con todo tipo de actuaciones represivas, los comentaristas insultan. Son los matones de la tribu.

La victoria de la selección española de fútbol ha puesto una hermosa guinda a todas esas manifestaciones del más rancio y reaccionario nacionalismo español del último mes, las ha reforzado e incluso otorgado un aspecto amable. Es el capullo de primavera abierto en verano.

Ciencia y desarrollo tecnológico, el patrimonio lingüístico y cultural, la capacidad de decidir el futuro de nuestra sociedad, son aspectos fundamentales radicalmente negados por los estados que nos dominan. Ya es hora de que toquemos la tierra de nuestra realidad política, olvidemos los "cuentos de hadas" con los que nos embaucan y pasemos definitivamente la hoja de los "eternos retornos" que nos conducen a una espiral implosiva en la que podemos desaparecer como pueblo en breve plazo. Ya es hora de ponernos a trabajar, con todas nuestras capacidades, en la estrategia que nos permita liberarnos de ellos, acceder a la independencia y constituir nuestro propio Estado: la República de Navarra.