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10 diciembre 2012

INDEPENDENCIA SIN ATRIBUTOS


En unas declaraciones a la prensa Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, afirmó hace unos días que, ante la agresividad de la ofensiva neoliberal del PP, había que abandonar la independencia de España. “Debemos solicitar –señaló- la incorporación voluntaria a algún Estado inequívocamente socialista que nos defienda. Como, por ejemplo, Corea del Norte”.

También me ha sorprendido Lidia Falcón al proponer que, dado el machismo galopante de la sociedad española, iba a promover una solicitud formal a la ONU para la supresión del estatus independiente de España y su absorción por un Estado, como el sueco o el noruego, que garantizara la superación de las desigualdades por razón de género.

Incluso, barriendo por la red, he descubierto demandas que reivindican la disolución de la soberanía de España por las actuaciones urbanísticas basadas en la corrupción, la destrucción del territorio, la especulación y la política antiecológica.

El partido socialista hispano, siempre preocupado por el reparto justo de la riqueza, estudia una ponencia que propone abandonar esa utopía fantasiosa del federalismo, y adherirse como un cantón más a la confederación helvética (léase Suiza), que, con miras al reparto, ¡esos sí que tienen riqueza!.

Junto a estas situaciones, verdaderamente novedosas y revolucionarias, resulta descorazonador que en nuestra comunidad haya todavía quien defienda la vía de la independencia política como fórmula de afrontar las desigualdades y las situaciones de opresión que los tiempos nos deparan. Como nos aclaran estos bregados luchadores de la libertad, la solución más segura en estos campos de la desigualdad y la conflictividad social está en el rechazo del marco estatal propio y la integración en alguno ajeno, siempre más acreditado y solvente.

En efecto, parece que nosotros pertenecemos a otra galaxia. Que vivimos impermeables a lo que se considera normal en cualquier otro lugar del mundo. Al pretender un Estado independiente, encontramos sectores que exigen la necesidad previa de que nos constituyamos como una “Euskal Herria euskaldun, socialista, feminista y ecologista” por lo menos.

Y si no se cumplen esos requisitos, ¿qué pasa? ¿Renunciamos a la independencia? ¿Seguiremos, como hasta ahora, dependiendo de España y Francia y de sus políticas arbitrarias y despóticas?

La independencia, el logro del Estado vasco, se debe concretar sencillamente así: independencia, Estado. Sin atributos. La pretensión de complementar estos conceptos implica acotar, problematizar y reducir su alcance. La nación, cualquier nación y por supuesto la nuestra, es amplia y muy variada. El Estado es la herramienta para tratar de reconducir los problemas sociales desde una perspectiva autocentrada, no dependiente de intereses extraños, extranjeros, tantas veces opuestos a los de nuestro pueblo. Es evidente que en el esfuerzo para alcanzar la aspiración a una sociedad euskaldun coincidiremos casi todos; para hacerla no sexista también encontraremos mayorías abrumadoras. En otros campos, seguro, habrá debates profundos, como en los asuntos relacionados con la ecología; y, no digamos, con el “socialismo”. Pero para todo eso necesitamos un Estado. Así, sin coletillas.

Hay otro sector que se proclama también defensor de la nación vasca y que no se pronuncia por los atributos, pero tampoco por el sujeto del enunciado, es decir por el propio Estado. Ese es otro problema, y no menor. Necesitamos con urgencia este instrumento y es precisa una hoja de ruta para acceder al mismo. Para mayor desdicha, todo esto sucede sin debate público. ¿Vamos por el camino acertado?

Eneko Urliaga

Noticias de Navarra (2012/12/18)

Deia (2013/01/05)

23 julio 2012

INDEPENDENTISMO DE SALÓN


Artur Mas se verá obligado a dar un paso muy pronto (Carles Boix)

Los esfuerzos por el logro de a independencia de una nación exigen plantear tres cuestiones previas. La primera se refiere a la propia existencia de la nación, de un “demos” que tenga la capacidad de ser sujeto y que sea su soporte con permanencia en el tiempo. La segunda consiste en que ese “demos” tenga efectivamente voluntad de emanciparse, de llegar a ser sujeto político en el mundo y demuestre ese afán estableciendo con claridad el fin que pretende conseguir y los medios que va utilizar para lograrlo, es decir sea capaz de construir una estrategia. La tercera, es saber si quienes la propugnan conocen con suficiente base todo lo que implica construir un Estado viable en el siglo XXI; debe establecer el modelo al que aspira (burocrático, pesado, centralizado o bien, ligero, ágil, descentralizado y sin solapamientos de funciones…)

Estas tres cuestiones se suscitan, sobre todo en el mundo occidental, en cualquier nación que aspire a emanciparse del Estado, o estados, en los que se asienta su población y territorio y en el/los que no está cómoda, es decir no se percibe apoyada en la construcción diaria de su nación y en los problemas que se plantean en un mundo cada vez más globalizado sino que, por el contrario, se ve constantemente agredida. Las respuestas a las tres cuestiones no son unívocas ni pueden serlo. Cada nación vive en situaciones distintas, como son diferentes las relaciones con los estados de los que depende, la memoria que guarda de sus relaciones con ellos y con el resto de naciones y, por supuesto, la historia que les ha conducido al presente.

En nuestro entorno geopolítico próximo tenemos tres naciones en esta tesitura: obviamente la nuestra: Navarra, pero también Cataluña y Escocia. Ya, de entrada, surge una clara diferencia en el tercer caso con relación a los otros dos: Escocia forma parte de un Estado, el británico, de reconocida tradición democrática. Navarros y catalanes, en cambio, pertenecemos a dos estados: España y Francia, cuya principal característica común ha sido, y es, su aversión a la diferencia. Ambos fueron modelos del absolutismo monárquico y, posteriormente de estados totalitarios y en particular en el caso español los largos años de régimen fascista todavía no han sido superados. Su expresión más evidente es la obligación que exigen al resto de naciones que dominan, dentro de su Estado, de someterse a las formas de ser de la impuesta por la que lo ha construido. Francia y España muestran un talante unitario y uniforme a la hora de afrontar las diferencias lingüísticas y culturales que tienen en sus respectivos territorios; ambas han perseguido, con saña rayana en el genocidio, a los pueblos que fueron “incorporando” a sus territorios respectivos y a sus lenguas. Por el “justo derecho de conquista”, claro está.

El propio estilo de la potencia imperial ya marca la posible estrategia de la nación que aspira a su independencia. Posiblemente ésta sea la principal causa de la opción escocesa por un referéndum para determinar su futuro. Frente a la situación escocesa, catalanes y navarros tenemos a los estados español y francés, con todos los lastres acumulados antedichos. Parece una situación bastante más compleja en la que la opción del referéndum no cuaja, principalmente por ser manejable con facilidad por quienes definen arbitrariamente las divisiones administrativas, los censos y demás recursos de sus “democráticos” estados, es decir por quienes utilizan el pucherazo permanente. En Cataluña la inmensa mayoría de quienes luchan por su emancipación consideran el referéndum como el último paso del proceso. Para ellos sería sencillamente el momento de consolidación, a nivel internacional, de una independencia ya lograda de hecho.

Los catalanes parece que otorgan prioridad, lógica por otra parte, a la independencia del Principado frente a la del resto de los Países Catalanes, que quedaría diferida a una etapa posterior a su independencia. Esta opción se puede basar en el hecho de que el Principado es el núcleo central, histórico, simbólico y socio-económico en el presente, mientras que el resto de territorios (País Valenciano, Illes, territorios ocupados por el Estado francés, l’Alguer en Cerdeña) serían espacios y grupos a incorporar posteriormente en el Estado propio. Para lograr esta independencia algunos dan prioridad a una declaración unilateral de independencia desde el actual Parlamento de Cataluña, mientras que otros propugnan tal declaración desde la propia sociedad civil catalana, representada en la Asamblea Nacional Catalana (ANC). La ANC constituye un movimiento cívico apartidario o suprapartidario que pretende englobar a todos los sectores sociales y políticos de Cataluña que persiguen su constitución como Estado independiente.

En la conciencia a favor del Estado propio en Cataluña se dan múltiples factores conjuntos, de los que el económico no es el menor. Incluso hay quienes propugnan un Concierto o Convenio tipo de los de la actual CFN o de la CAV. Si al expolio fiscal, de infraestructuras, etc., se añaden los problemas relacionados con la enseñanza y uso de la lengua catalana, el cóctel para la independencia está servido. Según las últimas encuestas la población del Principado que aspira a la independencia es mayoritaria (un 51% por lo menos). La posibilidad de acceder a un “pacto fiscal” con España tiene tan pocas posibilidades de salir adelante como que los españoles se conviertan al federalismo. El Estado propio es la salida natural e inmediata. Como decía recientemente Carles Boix, profesor catalán en Princeton: Artur Mas se verá obligado a dar un paso muy pronto.

Queda nuestra nación, Navarra. En esta última etapa se escuchan más voces reclamando la “independencia para Euskal Herria”. No obstante no ha aparecido ninguna propuesta pública consistente para concretar el modo de actuar, los pasos a dar, la estrategia en una palabra, para lograrlo. Nada más allá de eslóganes que pueden servir de muletilla para cualquier frase de propaganda electoral. Al no aparecer ninguna proposición concreta es fácil pensar lo que de hecho está sucediendo: no hay ningún debate al respecto. Parece que en nuestra nación, como en Cataluña, la opción de un referéndum en las condiciones políticas marcadas por la subordinación y partición territorial y humana asociadas al imperialismo franco-español, está descartada a priori. Son los mismos factores que impiden la utilización directa de los actuales “parlamentos” de Iruñea o Gasteiz, como soporte de legitimidad de nuestra independencia.

¿Dónde está Navarra en todo este tinglado? Sincera y simplemente creo que no está. No se percibe una conciencia clara de los problemas que suponen desde el punto de vista político romper con un Estado constituido y hacer surgir otro nuevo. Hay quienes piensan que tomando la parte por el todo, sin referencias a la centralidad política de Navarra, pueden conseguir la “independencia” de una “Euskadi”, que nunca se podrá confundir con la nación vasca. Les guste o no a quienes preconizan esta línea, hoy Euskadi designa a una Comunidad Autónoma del Estado español formada por tres provincias españolas y no representa el conjunto del “demos” vasco, ni social ni política ni históricamente. Otros hacen proclamas retóricas a favor de la independencia, pero no llevan a cabo actos performativos para su consecución. En ambos casos se impone la aceptación acrítica del “provincialismo” producto de las conquistas y consecuente subordinación política. Esto es, del “zazpiak bat” o, incluso, del menos comprometido “hirurak  bat” vascongado.

La construcción de un Estado propio exige un gran esfuerzo de definición de metas y medios, de coordinación y acumulación de fuerzas, de estudio y previsión de escenarios Lo que se aprecia normalmente en la actual situación política de Navarra son brindis al sol. No se percibe la coordinación de fines y medios que implica una estrategia efectiva en su favor. Creo que en ambos casos estamos ante dos versiones de un independentismo de salón.

24 febrero 2012

AMNESIA Y OLVIDO



Siempre se ha dicho, con razón, que la historia la escriben los vencedores y con su relato intentan hacer olvidar a los vencidos la propia memoria de las injusticias sufridas. Walter Benjamín ya expuso en sus “Tesis sobre la Historia” que si ésto sucedía los vencidos sufrían una segunda y, tal vez, definitiva derrota. La narración de la historia se hace desde los intereses del presente de quien la construye. No es algo aséptico ni inocente. La memoria de las derrotas y su reivindicación forman el primer paso para la emancipación de los vencidos y tiene una función política de primer orden.

Por si no queda claro, estoy hablando de Navarra y de la conquista y subordinación a que fue sometida en la etapa cuyo quinto centenario conmemoramos este año. La trascendencia de la fecha no ha pasado desapercibida para las instituciones que hoy gobiernan la llamada Comunidad Foral de Navarra, institución política que poco tiene que ver con la realidad de un Estado europeo, llamado Navarra, que fue soberano e independiente durante muchos siglos.

Al referirse a la unidad de lo que consideraba como la “nación francesa”, Ernest Renan sostuvo en 1882, en una conferencia sobre “¿Qué es una nación?”:

"El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad. La investigación histórica, en efecto, vuelve a poner bajo la luz los hechos de violencia que han pasado en el origen de todas las formaciones políticas, hasta de aquellas cuyas consecuencias han sido más benéficas. La unidad se hace siempre brutalmente; la reunión de la Francia del Norte y la Francia del Mediodía ha sido el resultado de una exterminación y de un terror continuado durante casi un siglo".

Ahora bien, la esencia de una nación consiste en que todos los individuos tengan muchas cosas en común, y también en que todos hayan olvidado muchas cosas. Ningún ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo, visigodo; todo ciudadano francés debe haber olvidado la noche de San Bartolomé, las matanzas del Mediodía en el siglo XIII”.

Exactamente este es el programa que nos propone la propaganda española sobre la conquista y dominio de Navarra: el olvido de la violencia y de las afrentas sufridas por los navarros para lograr su incorporación a esa tarea “nacional” común que, según ellos, es España. Comienzan por tergiversar la historia y hablan de “incorporación” y de “unión de igual a igual” de Navarra a España. Ocultan la realidad bélica de la ocupación y esconden los sufrimientos a que fue sometida su población. El siguiente paso es el logro de la amnesia colectiva, el borrado de la memoria histórica de aquellos hechos. La consecuencia es clara y consiste en sustituirla por la de su nación. En la zona de Navarra del norte de los Pirineos ya han conseguido, en buena medida, que el imaginario colectivo y las categorías a través de las que percibe el mundo nuestra sociedad, sean franceses. En la parte sur llevan muchos años intentándolo, pero la tarea les resulta más difícil. Por lo menos hasta ahora, cuando ha aparecido un oráculo que, desde posiciones “progresistas”, ha acudido en su ayuda.

En efecto, recientemente ha saltado a la palestra una forma especialmente deplorable de autoodio, consistente en el menosprecio de la propia historia y el intento de anulación de la memoria, con origen en determinados sectores que se consideran a sí mismos como “abertzales de izquierdas”. En situaciones de subordinación nacional el autoodio es la vía segura hacia la aniquilación del sujeto histórico. El camino intermedio pasa por asimilar la minoración y aceptar un complejo de culpa transferido desde el campo de los dominantes. En este sentido resulta penoso que personas que, en teoría, afirman defender la causa de la nación vasca ofrezcan ejercicios de autoodio como el protagonizado por Mikel Soto en el artículo publicado en Gara “Me cago en el V Centenario”. 

Resultaría de interés, y desde aquí animo a quienes así piensan, que expusieran su relato de la historia de Euskal Herria. Ya nos ha dicho Mikel Soto que la memoria no debe retroceder más allá de Gernika. ¿Y la historia? Se supone que ésta comenzará un poco antes ¿no? Sería importante saber sobre qué ejes estructuran la narración y qué hitos eligen. La historia tiene un método riguroso, claro está, pero la selección de los asuntos de estudio es arbitraria y, normalmente, se realiza desde los intereses del presente. ¿Por qué los españoles eligen celebrar el 800 aniversario de la batalla de “Las Navas de Tolosa”? Es evidente la intención de reforzar la ideología nacionalista española a través de la conmemoración de un hecho bélico que, según ellos: 1) reunió a “todos los reinos y pueblos de España” incluyendo, por supuesto, a Navarra y Vizcaya y 2) fue un combate contra el enemigo secular de España: los moros.

En el campo de la historia, y menos todavía en el de la memoria, no hay agujeros negros, cualquier hueco es inmediatamente llenado por los de la historia y memoria de la sociedad dominante. Si como vascos no tenemos nuestros propios referentes históricos ni nuestros lugares de memoria, caeremos de modo inexorable en el “sitio de Numancia”, en “nos ancêtres les gaulois”, en “Charlemagne”, en la “reconquista contra el moro”, en el “descubrimiento y civilización de América”, en el “Siglo Oro”, en “l’Illustration”, en la “Révolution”, en la “guerra de la Independencia contra los franceses” y en las revoluciones o asonadas militares del siglo XIX. En una palabra, tendremos nuestro hogar patrio, nuestro imaginario, en Francia-España o viceversa, que es lo mismo.

No será amnesia, será olvido voluntario.

26 noviembre 2009

A VUELTAS CON LA HISTORIA

La historia no es sólo, ni principalmente, la forma de entender un mundo que ya no existe. En primer lugar porque no es cierto eso de que “ya no existe”. ¡Claro que existe! Y precisamente por el hecho de que, de una u otra forma, sigue existiendo es por lo que se escribe la historia. La historia no es el cuento de una colección de hechos pasados, es, fundamentalmente, una narración coherente que selecciona situaciones, episodios, conflictos, tratados políticos etc. en función de los intereses de quienes tienen la capacidad de escribirla. No hay que olvidar que son los vencedores quienes escriben la historia.

Pensar que la realidad actual es “otra” que la que describe la historia es un inmenso error que sólo contribuye a justificar como real e inmutable lo que hicieron quienes controlan el poder en cualquier sociedad, de sus desmanes e injusticias principalmente. Y eso es así porque es a ellos a quienes beneficia y justifica, a quienes permite seguir manteniendo su dominio. Los “hechos” que cuenta su “historia” están seleccionados y contados a su estilo y responden a intereses de absoluta actualidad.

Por las mismas razones, la historia tampoco es, exclusivamente, lo que cuentan en sus textos los historiadores oficiales. Estos se mueven en torno de los circuitos académicos, que están en manos de quienes controlan los resortes del poder y pagan sus servicios. Tenemos como ejemplo de instituciones oficiales que trabajan sobre la historia “l’Institut de France” o “la Real Academia de la Historia” española. Esto nos lleva a una consideración relacionada con el hecho planteado antes de “quién hace la historia”. Franceses y españoles tienen sus respectivos estados que son quienes, para justificar su existencia y la de su nación, en los términos existentes en cada situación histórica (hoy, hace cien años y mucho antes), crean sus “academias” o “institutos” dedicados a su investigación y estudio.

No es completamente cierto el que no tengamos historiografía propia. En efecto, cuando todavía conservábamos, tras la conquista de 1512-24. algunos de los restos de nuestro Estado histórico, Navarra, se puede decir que sí la tuvimos, a través del Padre José Moret y Mendi S.J. y sus “Anales del Reino de Navarra” (1684) como obra más significativa. Moret supuso el inicio de un camino frustrado que, debido a los avatares políticos sobre todo de los siglos XIX y XX, no tuvo la continuidad necesaria para crear una escuela historiográfica propia. Su sucesor más importante, Arturo Campión, vivió y escribió 200 años después de Moret. La creación de escuelas de este tipo no es producto del azar, es resultado de unas estructuras políticas capaces de vertebrar la sociedad que se pretende estudiar. Pueden surgir personas aisladas que, en un momento dado, resplandecen y alumbran a la sociedad, pero que tienen enormes dificultades para crear escuela y garantizar su continuidad.

Dicho en otras palabras: Francia y España disfrutan de sendos estados que les permiten tener sus universidades, escuelas, institutos, investigadores e historiografía propios. Nosotros que fuimos privados de nuestro Estado, precisamente por la intervención violenta de ambas potencias, poco podemos esperar en nuestro favor de sus “escuelas historiográficas”. Más bien al contrario, en ellas encontraremos razones que justifican sus desmanes. Para tener una escuela propia “comme il faut” hay que tener un Estado que la alimente y dé sentido.

Ahí radica precisamente el núcleo del problema: el conflicto no es sólo ni principalmente historiográfico, sino político. Pensar que hacer “historia” en euskera va a contribuir a crear una historiografía propia es creer en los reyes magos. En euskera se puede hacer perfectamente historia francesa y española. Además, aquí y ahora, se hace realmente. Basta con hojear, siquiera superficialmente los libros de texto en los que nuestros niños y adolescentes aprenden “historia”. En euskera, eso sí.

Como muestra de lo dicho, acabo de revisar un texto utilizado por las ikastolas de Iparralde, “Erdi Aroa eta Nafarroako erresuma” (Baiona, 2005) para enseñanza de la historia en su tercer ciclo. Su planteamiento francocéntrico es muy fuerte; casi del calibre de la gravedad que supone el olvido en su texto de fechas como 778 (batalla de Orreaga) o 1200 (conquista y ocupación por Castilla de los territorios occidentales del reino) para nuestra historia. En muchas otras ocasiones, sobre todo en las fechas en que las librerías ponen a la venta los textos para el curso siguiente, septiembre normalmente, he hojeado también lo que se enseña al sur del Pirineo. Sustituyendo “franco” por hispano” nos encontramos con análoga y triste realidad.

No es suficiente con tener unas universidades que se llamen de “Euskal Herria” o de “Navarra”. Los estados que nos dominan ya se preocuparon a lo largo de la historia de que nuestra tradición universitaria no existiera. Cuando hemos llegado a tener universidades en nuestro territorio ha sido o bien de la manos de la Iglesia Católica (Compañía de Jesús y Opus Dei) o bien del Estado continuador del franquismo y de sus vicios sociales y políticos.

Pienso que ya es hora de afrontar en toda su crudeza el profundo carácter político del problema y plantearlo como tal. Sólo un Estado propio, obviamente el de Navarra, puede garantizar una escuela historiográfica propia que sirva realmente al conocimiento de las raíces y la evolución de nuestra sociedad a lo largo de los siglos y centrada sobre ella misma como sujeto histórico y político. Y que ayude, desde la independencia real, a plantear y construir un futuro interdependiente y solidario.

03 mayo 2009

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA PRENSA PROPIA

Los domingos suelo leer el suplemento "Zazpika" del diario Gara. Hoy me he encontrado en el mismo con dos "perlas" que me han producido tristeza. El nivel de colonización mental en que nos encontramos es francamente preocupante.

La primera es la referencia que realiza en su sección de Agenda-ocio a las "Visitas teatralizadas a la villa amurallada de Labraza". Como dice en el texto "fue declarada el año pasado Mejor Ciudad Amurallada del Mundo". En la fotografía se perciben sus murallas con dos pendones, el de Navarra y el de Castilla , pero en el texto no aparece ninguna referencia a su historia real. Da la sensación de que, como se nos contó desde ETB cuando le otorgaron el premio, Labraza era "tierra de nadie". La realidad es que hasta su conquista por parte de Castilla, con motivo de la ocupación de La Sonsierra hacia 1461, era una villa navarra. Y ésto no se dice en un medio de comunicación "vasco".

Angel Rekalde publicó en Berria un esclarecedor artículo al respecto (2008/11/04) en el que se denunciaba el mal camino que seguimos si no somos capaces de valorar y reivindicar nuestro propio patrimonio.

La segunda perla es el titular de un precioso reportaje, sobre todo fotográfico, sobre La Dordoña. Me parece una terrible falta de respeto escribir como subtítulo "Un paseo por la Edad Media francesa". ¿Qué tiene de francesa La Dordoña, aparte de su ocupación y dominio? Cuando en Muret, Murèth en occitano, fue derrotado en 1213 el ejército occitano-catalano-aragonés por Simon de Monfort a las órdenes del rey de Francia, se perdió una oportunidad histórica de gran importancia y los territorios de la lengua de Oc pasaron a formar parte de los dominios franceses.
Entre ellos se encuentra La Dordoña. ¿Francesa? Por el "justo derecho de conquista". Hay que cuidar mucho los términos empleados, máxime cuando tal territorio se encuentra próximo al hinterland navarro histórico.

19 junio 2008

FOCUSING THE PROBLEM

Focusing properly or pose a problem in the sense accurately adjust to the object, its unknowns and requirements, is more than halfway to achieving its resolution.The crossroads at which our society operates at the present stage requires precisely such an exercise of “focus the problem.” The data that we receive every day through the actions of the French and Spanish states regarding our people are not exactly prone to security, in the present or in the immediate future status of a firm with the free and full development of his personality at all levels: social, linguistic, cultural, economic.

Rather, they are foreign interests who set the roadmaps our company Cracked territorial administrative and politically, is bound to follow. Not raising, at this time, matters relating to the transportation or infrastructure such as airports, railways, roads and ports. Neither the linguistic and cultural, or social welfare in general as health, education and housing, or those affecting sectors such as agriculture, fisheries and industry. Less even those related to what is known, so small and superficial, as “political” (political parties, electoral campaigns, coalitions …)

I am going to focus on two issues that relate directly to the heart of any society claiming to be democratic. The first relates to freedom of expression and association. The second, that scourge of humanity that is torture.

The infamous macroproceso 18/98 has left the air vergüenzas the prevailing political regime in Spain. Well, almost everything has been said and written about the proceedings: lack of evidence, allegations generic complaints about arbitrary and sophistry that involves the entire match judicially, by coincidence the end (politicians), who carry out terrorist attacks and those without make and serve exclusively as a means of social mobilization, civil disobedience or insubordination. I will not repeat arguments; try to draw conclusions.

Recent episodes of torture and the nerve and chulería expressed by the political leaders of the security forces of the Spanish state that incurring consciously assume the clear contradictions and ratify show so even more naked the true face of its political regime.

The analysis of both realities we must lead to “focus the problem.” This is not “excesses” of the judiciary, in the first instance, or the executive, in the second. Rather, the raw expression of his comprehensive “non-democracy.” They are not “democratic deficits” are his total absence. And this is a fundamentally political issue.

Faced with this situation we should once and for all take on the need for separate us from the body decomposing which is the Spanish State, rebuild the unity of our society, take our ability as a political subject and ask, in all seriousness and with all the consequences , as a strategic objective access to the status of independent state, in Europe and throughout the world.

The characteristics of our society, especially its national consciousness distinct from Spain and France, allow us to define the project realistic this goal in a period not too long. Our political culture, heritage of the only independent state created by the Basques, Navarre, alive despite centuries of imposition and domination, is a first order for its achievement.

Some propose alternative, in theory also democratic, which would be the “conversion” of Spain, ie the State Spanish, French and of course, in a democracy as a confederal state with acceptance of the right to secede, with unequivocal recognition of the rights of expression and association, harassment, and criminal sanctions total eradication of torture. Personally I consider this option clearly unworkable. Our overwhelming minority population and the deep nationalism that permeates to the bone Spanish society make it more utopian and unrealistic policy to the achievement of our independence, in spite of relying on the Catalans as allies in this process. In any case, it is also possible, and desirable, coordinating efforts with them for emancipating our simultaneous release.

Moreover, claims partial, limited objectives, such as the “amnesty”, “stop the torture,” the “recognition” of political parties “outlawed” by the more than illegitimate regime that governs the state today Spanish, are ways to raise our conflicts, in my opinion, can only regain its profound sense of democracy through the realization of independent statehood itself as an immediate objective.

I think “focus the problem” is to give its political dimension in the international arena and raise our independence as a democratic achievement of the first order. Possibly the only one capable of ensuring our creative continuity and solidarity in the world. I think, also, to be radically political means to achieve it. Obviously, this battle should be resolved in a field unmarked by the interests of the states that we now control with all its legislation (laws parties or electoral systems, “for example), arbitrary regulation of rights, their systems educational and propaganda and its executive, but for the profound relationship of social forces. Of course, this strategy may be used also means that grants its own system, but is always aware of its limitations and the purposes for which they were created.

I believe that the longer the delay the debate and practice necessary for the achievement of the Republic of Navarre will be our most serious problems. And that democracy will be further away from Europe, including, of course, France and Spain.

Navarre-Nabarra-Navarra

01 febrero 2008

UN PAIS DE CUENTO DE HADAS

Tengo la sensación de vivir en un país de ficción, en el que hay bastantes sectores, personas y grupos, que se creen los “cuentos de hadas” inventados sobre nuestra realidad. Este texto pretende explicar algunas razones de tal impresión.

La primera razón que provoca mi desconcierto resulta de considerar que un sector muy importante y combativo de la sociedad vasca, sobre todo en el terreno de la reivindicación de nuestra lengua privativa, el euskera, se despreocupa, con alarde, de cualquier consideración política que pretenda reflexionar sobre la normalización lingüística y la consiguiente necesidad de estructuras políticas que la garanticen. Parece que, desde su punto de vista, la normalización es un proceso que depende fundamentalmente de la voluntad de sus hablantes y no de una organización política, obviamente un Estado propio, que exija su uso. Las lenguas normalizadas y dominantes alcanzaron su estatus actual mediante la coerción ejercida por su propio Estado en etapas anteriores y que, hoy todavía, prosiguen. La voluntad social es condición necesaria para la normalización lingüística, pero no suficiente; la exigencia de su uso, provocada desde el poder político, es imprescindible para que llegue a buen puerto.

El segundo motivo de desazón consiste en la percepción que tengo de que nuestro pueblo es el único del mundo en el que hay sectores, incluso propios, que para reivindicar su derecho a ser “sujeto político” exigen que cada día se realice un corte radical con todos los anteriores. Lo que importa, dicen, es la voluntad presente del pueblo. Llevado a su extremo y sin salir de su lógica, plantean la necesidad de una especie de “votación perpetua”; parece que, según ellos, no importa lo que el pueblo pensara y decidiera ayer y que tiene que “votar” cotidianamente para justificar su existencia. Eso, además de falso, es agotador. ¿Por qué los españoles y franceses no tienen que estar votando cada día su continuidad “nacional” y nosotros sí? ¿Somos menos que ellos? ¿Somos inferiores? ¿Por qué son precisamente ellos quienes nos exigen esa “pureza democrática” que obvian para sí mismos?

En este planteamiento se produce la reducción del proceso que algunos llaman “autodeterminación” a una especie de referéndum organizado por los estados que llevan mucho tiempo negando, eso sí cotidianamente, tal derecho y que lo rechazan de forma “democrática” con guerras, ocupaciones, encarcelamientos, deportaciones, exilios, tortura etc. La libre disposición de los pueblos, derecho humano básico reconocido por la ONU en su Declaración de 14 de diciembre de 1960, es muy difícil de ejercer por los países dominados utilizando exclusivamente los medios “políticos” que ofrecen las potencias dominantes, por lo menos las que presentan el “talante democrático” de España y Francia.

Bien se encargan ellas de que su sistema o “constitución real” la haga inalcanzable dentro de sus “reglas de juego”. Tal es el caso de la Constitución española de 1978, “constitución formal”, basada en la “constitución real o profunda” que consiste sencillamente en la “unidad indisoluble y permanente de la nación española”, en la que, sin posibilidad de discusión, estamos incluidos. Situación garantizada por su ejército, fuerzas de orden público y todo tipo de aparatos judiciales, educativos, de propaganda etc. y en la que, lógicamente, constituimos una abrumadora minoría.

Es evidente que para acceder a un estatus de libertad hay que utilizar, sobre todo, otros “medios” y que éstos tienen que estar perfectamente imbricados con el objetivo final, con una consideración realista de la “relación de fuerzas sociales en presencia” y sus intereses respectivos y con una perspectiva pragmática de la situación internacional. Existen muchos modos de ejercer “presión social” que no pasan por acciones violentas inconexas y sin sentido, en las que el sufrimiento inútil no sólo no mejora nuestras expectativas políticas sino que objetivamente las empeora; ni por una “kale borroka” deslavazada, sin cabeza, que destruye bienes comunes, propios, que se habrán de reponer a nuestras expensas. Es hora de plantear y debatir democrática e imaginativamente los recursos que tanto nuestra capacidad social como la “cultura política” propia nos ofrecen: insumisión, resistencia civil, campañas de desobediencia ciudadana, un uso ponderado y efectivo de las movilizaciones etc. etc.

Los sectores políticos que intentan imponer un doble rasero en el que reservan para nuestro pueblo una perspectiva basada en el “cada día como una hoja en blanco”, sin posiciones previas consolidadas ni consolidables, mientras permiten para las naciones “de verdad”, con Estado propio, un cómodo estatus de larga duración, cuando no de permanencia “eterna”, no juegan limpio. Se intuye fácilmente que algo “huele a podrido” en su planteamiento y que, a pesar de sus premisas sobre la exclusiva validez del presente, hay que bucear en el tiempo para poder explicar y comprender sus puntos de vista profundos y las “aparentes” contradicciones que nos plantean.

Es en este momento cuando percibo una tercera causa que me conduce a pensar que nos encontramos en un “país del cuento de hadas”. Españoles, franceses y cualquier nación del mundo que se considere como tal, conoce su historia, la valora y la utiliza como factor de legitimación en el presente y para el futuro. Con ella, y con sus “mitos fundadores”, despierta y ejercita la autoestima de sus ciudadanos y potencia la cohesión de su sociedad. Entre nosotros parece que se alardea del desconocimiento y menosprecio de la propia historia. En el “mejor” de los casos se asumen como propios los hechos “históricos” realzados por las historias oficiales de España y Francia. ¡Y nos quedamos tan contentos!

Las sociedades humanas constituyen estructuras de larga duración. Cuando un pueblo se estructura políticamente (“autodeterminación real”), normalmente construye un Estado que, a su vez, moldea una sociedad. Este proceso se realiza habitualmente en periodos largos, de siglos en muchas ocasiones. Pretender reducirlo a la voluntad de un día constituye un peligroso ejercicio de solipsismo social y de sumisión a los intereses de las sociedades dominantes.

En los procesos de constitución política y de la consiguiente (re)creación social, intervienen frecuentemente factores externos, como son los episodios bélicos y de conquista realizados por estados foráneos con intenciones diversas, tales como aprovechar los recursos humanos, territoriales o productivos del país conquistado, afianzar sus propias posiciones estratégicas en espacios más amplios etc. Si tales episodios tienen éxito y se consolidan, la sociedad conquistada no prosigue un desarrollo autónomo (digamos “normal”) sino que empieza a girar en la órbita de su ocupante: política, social, lingüística, cultural y económicamente.

Tal situación está, generalmente, inducida de modo consciente por los estados que controlan y mediatizan los recursos de gobierno, gestión y comunicación de la sociedad dominada. Previamente han realizado un conjunto de labores tendentes a la minoración y sometimiento del sujeto político ocupado. Sustituyen sus instituciones políticas, ocultan y tergiversan su historia, persiguen su lengua y cultura. En resumen: su patrimonio pierde el sentido propio y pasa a formar parte (residual) del patrimonio del ocupante, cuando no es, sencillamente, aniquilado. Un caso paradigmático lo ofrece la conquista y posterior dominio y sometimiento del Estado de los vascos: Navarra.

En situaciones como la de Vasconia, quienes menosprecian su historia son los más firmes baluartes del sistema ideológico y político del colonialismo que ejercen los dominadores aquí y sobre cualquier pueblo ocupado. La historia, quieran ellos o no, sigue siendo contada y continua siendo utilizada como elemento cohesionante y legitimador de la sociedad propia de quien la construye y narra. No hay espacios intermedios. O se acepta su exposición e interpretación, con todo lo que implica en nuestro caso de sumisión e integración, o se compone un relato distinto; probablemente más acorde con la realidad y que, además, es emancipador y legitimador de la nueva realidad política a la que se aspira, o por lo menos en muchos casos se dice aspirar.

En cualquier país que viva la dura realidad de nuestro mundo, sobre todo desde una sociedad sometida, no se desprecian ni se tiran por la borda argumentos o enfoques que son capaces de explicar el proceso que la han conducido al presente. No se olvida ni se deja interpretar a otros, manifiestamente enemigos en nuestro caso, hechos históricos y memoria que pueden basar el orgullo necesario para que tal sociedad realce su autoestima, supere los complejos y autoodios derivados de la dominación y acceda a la constitución de un movimiento político que la conduzca a su libertad.

Estos son, en mi opinión, algunos de los “cuentos de hadas” con los que pretenden que comulguemos. Los “cuentos de hadas” sirven para que las personas, sobre todo los niños, ejerciten su imaginación como factor de primer orden para su existencia inteligente y positiva en el mundo. En nuestro caso, la etapa de los “cuentos de hadas”, por lo menos la de los que nos cuentan interesadamente, tendría que haber terminado hace tiempo y deberíamos estar ya en la práctica de una imaginación capaz de superar la dependencia propia de la infancia y de alcanzar la emancipación que nos corresponde como sociedad adulta.

13 enero 2008

CENTRAR EL PROBLEMA

Centrar o plantear adecuadamente un problema, en el sentido de ajustarlo fielmente a su objeto, sus incógnitas y requerimientos, constituye más de la mitad del camino para lograr su resolución.

La encrucijada en que se desenvuelve nuestra sociedad en la etapa presente requiere precisamente ese ejercicio de “centrar el problema”. Los datos que cotidianamente recibimos a través de las actuaciones de los estados español y francés con relación a nuestro pueblo no son precisamente proclives a la garantía, en el presente o en el inmediato futuro, de un estatus firme con desarrollo libre y pleno de su personalidad en todos los niveles: social, lingüístico, cultural, económico.

Por el contrario, son los intereses foráneos quienes marcan las hojas de ruta que nuestra sociedad, cuarteada territorial, administrativa y políticamente, se ve obligada a seguir. No planteo, en este momento, asuntos relacionados con el transporte o las infraestructuras como aeropuertos, ferrocarriles, carreteras y puertos. Tampoco los lingüísticos y culturales, o los de bienestar social en general como sanidad, educación y vivienda, ni los que afectan a sectores como la agricultura, pesca o industria. Menos aun los relacionados con lo que se conoce, de manera reducida y superficial, como “política” (partidos, campañas electorales, coaliciones...)

Me voy a centrar en dos problemas que atañen directamente al núcleo de cualquier sociedad que se pretenda democrática. El primero se refiere a la libertad de expresión y asociación. El segundo, a esa lacra de la humanidad que es la tortura.

El tristemente famoso macroproceso 18/98 ha dejado al aire las vergüenzas del régimen político que impera en España. Mucho, casi todo, se ha dicho y escrito sobre el procedimiento incoado: falta de pruebas, acusaciones genéricas, imputaciones arbitrarias y sobre todo el sofisma que supone igualar judicialmente, por coincidencia de fines (políticos), a quienes practican atentados y quienes no lo hacen y se sirven exclusivamente de cauces como la movilización social, la insumisión o la desobediencia civil. No voy a repetir argumentos; intentaré sacar conclusiones.

Los últimos episodios de torturas y el descaro y chulería manifestados por los responsables políticos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado español que incurriendo conscientemente en claras contradicciones las asumen y ratifican, muestran de modo todavía más descarnado la auténtica faz de su régimen político.

El análisis de ambas realidades nos debe conducir a “centrar el problema”. No se trata de “extralimitaciones” del poder judicial, en el primer caso, o del ejecutivo, en el segundo. Se trata más bien de la cruda expresión de su completa “no-democracia”. No son “déficits democráticos”, son su ausencia total. Y ésta es una cuestión radicalmente política.

Ante esta situación deberíamos de una vez por todas asumir la necesidad de separarnos de ese cuerpo en descomposición que es el Estado español, rehacer la unidad de nuestra sociedad, asumir nuestra capacidad como sujeto político y plantearnos, con toda seriedad y también con todas las consecuencias, como objetivo estratégico acceder al estatus de Estado independiente, en Europa y en el mundo.

Las características de nuestra sociedad, sobre todo su conciencia nacional diferenciada de España y Francia, nos permiten definir el proyecto realista de este objetivo en un plazo no muy largo. Nuestra cultura política, patrimonio del único Estado independiente creado por los vascos, Navarra, viva a pesar de siglos de imposición y dominio, constituye un elemento de primer orden de cara a su consecución.

Hay quienes proponen otra alternativa, en teoría también democrática, que consistiría en la “conversión” de España, es decir del Estado español, y del francés también por supuesto, en una democracia en forma de estado confederal con aceptación del derecho a la secesión, con inequívoco reconocimiento de los derechos de expresión y asociación, con acoso, erradicación y penalización total de la tortura etc. Personalmente considero esta opción claramente inviable. Nuestra abrumadora minoría demográfica y el hondo nacionalismo que impregna hasta la médula la sociedad española la convierten en utópica y más alejada de la realidad política que el logro de nuestra independencia, a pesar de poder contar con los catalanes como aliados en tal proceso. En todo caso, también es posible, y deseable, coordinar con ellos los esfuerzos emancipadores para nuestra liberación simultánea.

Por otra parte, las reivindicaciones parciales, de objetivos limitados, como pueden ser la “amnistía”, el “stop a la tortura”, el “reconocimiento” de los partidos políticos “ilegalizados” por el más que ilegítimo régimen que gobierna hoy el estado español, son formas de plantear nuestros conflictos que, en mi opinión, sólo pueden recuperar su profundo sentido democrático a través de la consecución del Estado independiente propio como objetivo inmediato.

Pienso que “centrar el problema” consiste en otorgarle su dimensión política en el ámbito internacional y plantear nuestra independencia como una conquista democrática de primer orden. Posiblemente la única capaz de garantizar nuestra continuidad creativa y solidaria en el mundo. Opino, también, que deberán ser radicalmente políticos los medios para conseguirla. Es evidente que dicha batalla deberá resolverse en un campo no marcado por los intereses de los estados que actualmente nos controlan con toda su legislación (“leyes de partidos” o “sistemas electorales”, por ejemplo), su regulación arbitraria de derechos, sus sistemas educativos y de propaganda y su poder ejecutivo, sino en el de la profunda relación de fuerzas sociales. Por supuesto que en esta estrategia se podrán utilizar también los medios que otorga su propio sistema, pero siendo siempre conscientes de sus limitaciones y los fines para los que han sido creados.

Creo que cuanto más se demore el debate y la práctica necesarios para la consecución de la República de Navarra más graves serán nuestros problemas. Y que la democracia estará más lejos de Europa, incluidas por supuesto España y Francia.

30 noviembre 2007

CUANTO ANTES NOS VAYAMOS, MEJOR

La primera noticia que salta por la radio, tras llegar a casa esta noche, consiste en la "ejecución" del tristemente famoso proceso 18/98. Antes de dictaminar la sentencia los inculpados son detenidos y enviados a la cárcel. Aun sin tener conocimiento completo de la misma ya "se sabe" que las condenas van a superar, en algunos casos, a las peticiones del fiscal.

Para quienes hemos defendido desde hace mucho tiempo la tesis de la radical ausencia de democracia en el actual régimen político que impera en el Estado español, legítimo sucesor del franquismo, esta sentencia ejecutada sin ser conocida no supone una gran sorpresa.

Todas las circunstancias que rodean el hecho corroboran la tesis y la amplian. A la falta de pruebas y al conjunto de anomalías que presidieron los meses de juicio se une la actuación final. En su conjunto, la farsa expresa con claridad la estructura profunda del Estado español. No se trata sólo de la sumisión de su "poder judicial" al "ejecutivo" que es realmente policiaco; se trata de algo más profundo: su carácter totalitario.

Se ha afirmado que el imperialismo es especie del totalitarismo. El imperialismo que desde siglos ejercen España y Francia sobre Vasconia se ha expresado de forma "clara y distinta" en estas actuaciones. El totalitarismo ha ejecutado de forma radical la aniquilación de quienes se oponen al mismo.

Se puede, y se debe, protestar en la calle y con voz muy alta, pero pienso que sobre todo es momento de volver a plantear la urgente necesidad de alejarnos cuanto antes del Estado que practica tales desmanes. La constitución de la República de Navarra, como Estado en Europa y en el mundo, aparece como condición necesaria para que nuestro pueblo acceda a una situación democrática. La cultura política de la única estructura política soberana creado por los vascos, el reino de Navarra, es una base firme para su construcción.

La democracia exige que nos vayamos ya, y nuestra dignidad también.

21 marzo 2007

NAVARRA VISTA DESDE CATALUNYA

La perspectiva unánime que actualmente se ofrece de Navarra desde la prensa española resulta acorde con el pensamiento nacionalista dominante en la misma. No me resulta extraña, tampoco me asombra. Responde a esa lógica tan bien expresada por la frase: “lo más parecido a un español de izquierdas es un español de derechas”.

Por el contrario me ha resultado sorprendente, penosamente sorprendente, la visión brindada de Navarra desde la prensa catalana, por AVUI sobre todo, tras la manifestación de “reconquista” del pasado sábado 17 de marzo.

Tal vez se trata de ingenuidad por mi parte, pero me cuesta comprender que periodistas, personas en general, con una visión democrática sobre los hechos nacionales, tanto de las realidades del Estado español como de las del resto de Europa y del mundo, tengan tal ceguera (¿ignorancia?) respecto a Navarra.

Según el planteamiento utilizado generalmente, ante la “cuestión vasca” no hay más que dos alternativas: la primera, la imperial, la de la imposición del ancestral unitarismo del Estado español; la segunda, la perspectiva “sabiniana” edulcorada y representada tradicionalmente por el PNV y, hoy también por EA y, en líneas generales, por la Izquierda Abertzale.

Si una sociedad como la que hoy ocupa el territorio de la actual Comunidad Foral de Navarra (CFN) no presenta veleidades “sabinianas” o “vascongadistas”, queda automáticamente calificada como “española”. Desde mi punto de vista, esta perspectiva constituye una burda simplificación.

Desde el conocimiento que permite la historia no manipulada por los intereses de los nacionalismos dominantes (español y francés), se puede llegar a una comprensión aceptable del proceso que ha conducido a la situación actual, aunque sea de modo sencillo.

Los testimonios sobre los vascones son múltiples y antiguos. Durante el Imperio romano tenían su soporte en las tierras del entorno del río Ebro, con Calagurris (actual Calahorra, en La Rioja) como uno de sus centros más importantes. Su principal ciudad fue Iruñea, la actual Pamplona, que debe su nombre en castellano a Pompeyo (Pompeiopolis, Pompei-iluna en versión vasca; Pamplona). Tras la caída del Imperio los vascones mantuvieron una organización social y política propia, a pesar de los conflictos con los vecinos “bárbaros” procedentes del Norte y del Este de Europa instalados tanto en la península Ibérica (visigodos) como al norte (francos). El frecuente “domuit vascones” de las crónicas visigóticas de Toledo expresa los esfuerzos de conquista, por una parte, y los de pertinaz resistencia, por otra.

La culminación de los esfuerzos de afirmación frente a ambos enemigos tiene lugar en 778 en la batalla de Orreaga / Roncesvalles contra el ejército de Carlomagno. Muy poco tiempo después surge a las crónicas la existencia del reino de Pamplona. Este reino se organiza en torno a los notables vascones que, tras la caída del Imperio romano, han mantenido una estructuración política propia basada en lo que algunos tratadistas denominan como “Derecho Pirenaico”, contrapuesto tanto al Romano como al Germánico. Es un derecho basado en el uso y la costumbre y que tiene como soporte fundamental la casa (“etxea”) y la familia anexa; es un derecho en el que la persona, inscrita en la comunidad, participa en sus trabajos y decisiones.

El reino de Pamplona alcanzó su cenit territorial a comienzos del siglo XI bajo Sancho III el Mayor (“rey de los vascos” según crónicas musulmanas de la época), pero su organización política en clave “moderna” tuvo lugar a mediados del XII, bajo Sancho VI el Sabio. La concepción política del reino pasa de ser “personal”, del rey, a ser territorial, con una administración sofisticada y eficaz y, significativamente, se produce con el cambio de nombre: pasa de “reino de Pamplona” a “reino de Navarra”. En aquella época los territorios y poblaciones de La Rioja, Bizkaia, Araba y la actual Gipuzkoa eran parte del reino.

Castilla ocupó La Rioja y Bizkaia, salvo el Duranguesado, a lo largo del siglo XII, y en 1200 el Duranguesado, Araba y el actual territorio de Gipuzkoa. Durante los siglos siguientes el reino restante se extendía por ambas vertientes del Pirineo hasta que la parte ibérica, la más extensa e importante demográficamente, fue ocupada y conquistada para Castilla por Fernando el Católico en 1512. La parte aquitana continuó independiente hasta 1620, en que Luis XIII de Francia la incorporó a dicho Estado.

Navarra constituye la máxima expresión política lograda por los vascos a lo largo de su historia. No dicen verdad quienes afirman que “los vascos nunca han tenido un Estado”. Claro que lo hemos tenido y ha sido, precisamente, el reino de Navarra, estado europeo independiente y de igual rango que la Corona de Aragón, Francia, Inglaterra, Castilla o Escocia.

El actual sistema foral de los distintos territorios que actualmente forman Vasconia es el resto del sistema estatal navarro minorado y asimilado tras largos y duros procesos de conquista, ocupación y asimilación, pero sigue siendo, en potencia, el germen del futuro Estado vasco en Europa. Los navarros nunca hemos renunciado voluntariamente al mismo. La Navarra que seguía manteniendo tal nombre dentro de la Monarquía española fue reino diferenciado y con Cortes propias hasta 1841, cuando, tras la derrota en la Primera Guerra Carlista, se forzó la (mal) llamada “Ley Paccionada de 1841”. Fue una Ley para los vencidos. En ella Navarra dejó de ser “reino” y pasó a ser “provincia” y perdió la mayor parte de sus instituciones propias, comenzando por las Cortes que ejercían realmente el poder legislativo en la Navarra que controlaban.

Navarra se convirtió en una provincia “foral”, semejante en cierto modo a lo que, desde la “normalización” política que impuso Enrique IV de Castilla, ya eran las Provincias Vascongadas tras las “Guerras de Bandos”. No obstante en las profundas relaciones que se establecen durante la Primera Guerra carlista y posteriormente entre los órganos políticos de todos los territorios vascos peninsulares, es la Diputación de Navarra quien lidera los proyectos.

Los españoles siempre han considerado Navarra como una “cuestión de Estado”. Desde su conquista principal en 1512 hasta la actualidad más rabiosa. El desarrollo de la Primera Guerra Carlista en el territorio de la actual CFN supuso un enorme desgaste demográfico y económico. Quedó una sociedad inerme, diezmada por la guerra y el exilio. La frontera del territorio en que se hablaba euskera retrocedió rápidamente, en beneficio del castellano, en más de 40 Km en pocos años. El proceso aculturizador provocado por las autoridades españolas fue efectivo desde el punto de vista lingüístico. No tanto desde la perspectiva política propia, que ha seguido considerando mayoritariamente la realidad de la existencia de un reino independiente y conquistado como algo perdido y deseable de recuperar.

La “memoria histórica” de haber sido conquistados se mantiene en la sociedad de la actual Comunidad Foral Navarra. Pero la propaganda oficial del Estado aprovechó, todo hay que decirlo, algunos grandes errores políticos que en la llamada “transición” exhibieron muchos partidos “nacionalistas vascos”, que pretendieron “incorporar”, “absorber”, a Navarra en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAV). De ahí se ha seguido, en parte, la tesis que contrapone “Navarra” y “País Vasco” o a “vascos” con “navarros”. Y bien sabemos que una mentira repetida con insistencia acaba pasando por verdad.

La sociedad de la CFN mantiene una clara conciencia política diferenciada con relación a la del resto del Estado español, a pesar de la disolución que ha sufrido por la fortísima presión de los sucesivos sistemas educativos y de los medios de propaganda, en cuanto a su lengua originaria, cultura y modos de vida propios en general. La sociedad de la CAV, en cambio, la que presenta una mayor penetración “nacionalista vasca”, mantiene un alto nivel de conciencia en los aspectos lingüístico-culturales, pero un desolador desconocimiento de su realidad histórica.

En cualquier caso considerar el Régimen Foral como un privilegio o una antigualla y, por consiguiente, manifestarse opuesto al mismo, es solidarizarse con el modelo unitarista del Estado español y oponerse a un germen de auoestima, de emancipación y de democracia que con respecto al mismo debe de lograr Euskal Herria. Mantener la dicotomía de “vascos” y “navarros” no consigue más que hacer el juego a los intereses del nacionalismo español dominante.

En este artículo he pretendido aclarar algunas de las cuestiones básicas que actualmente se plantean en Vasconia y que son sistemáticamente tergiversadas por los medios de comunicación españoles. Especialmente, la existencia de una perspectiva propia, que no pasa ni por el “nacionalismo vasco” en su versión sabiniana, ni por el nacionalismo español. No sé si habré logrado proporcionar un atisbo de claridad entre tantas tinieblas, pero me alegraré si así fuere.

30 noviembre 2006

NABARRALDE.COM

Con este título se publicó a finales de 2003 una antología de textos escritos en el entorno de Nabarralde durante los años 2002 y 2003. Ahora, a finales de 2006, se presenta una segunda entrega de Nabarralde.com.

Desde finales de 2003 Nabarralde ha experimentado un importante crecimiento, tanto cuantitativo (número de promotores por ejemplo), como cualitativo (página web, publicaciones, cursos y otras actividades, etc.) y se ha pensado en la conveniencia de presentar el segundo Nabarralde.com.

En esta ocasión su planteamiento es diferente. En su primera entrega era un medio para que los promotores sin acceso a la web, pudieran tener en papel impreso los textos más importantes servidos por los creadores de contenido y colaboradores en general de Nabarralde. Hoy pensamos que mediante la publicación mensual Nabarralde, con formato de periódico, se cubre la faceta de la divulgación impresa de los textos más relevantes publicados en nuestra web, por lo que en el nuevo libro se recogen formas de ver, de interpretar y de buscar proyección a Nabarralde, que no han sido publicadas previamente, es decir que son primicia.

Para confeccionar esta segunda entrega se ha solicitado su colaboración a los creadores de contenido de Nabarralde habituales. Por muy variados, y comprensibles, motivos no todos han podido participar en su elaboración. No obstante, el conjunto forma una visión bastante completa del variado mundo que integra nuestro proyecto, tanto desde el punto de vista las perspectivas desde las que se analiza, como de las personalidades de sus autores.

Nabarralde, como proyecto, se enmarca en la perspectiva de la recuperación de nuestra memoria histórica y patrimonio en general; de los retos que tiene planteados cualquier sociedad en el mundo actual; de las acuciantes necesidades que se perciben en todos los campos: sociales, lingüísticos, culturales y económicos. En resumen, se enmarca en la necesaria reflexión sobre la exigencia que la Vasconia histórica, la Euskal Herria lingüística y cultural, tiene de acceder a su emancipación política para poder afrontar los retos y necesidades actuales con personalidad propia en el mundo, y desde Europa concretamente, por medio de la recuperación de su Estado histórico: Navarra.

Desde su comienzo Nabarralde ha planteado que Euskal Herria y Navarra, Navarra y Euskal Herria, son dos denominaciones para la misma sociedad, el mismo pueblo. Los Vascones crearon una entidad política, el reino de Navarra, que permitió que Euskal Herria, el pueblo de los vascos, llegara a la modernidad con su lengua y cultura en un estado, si no de plenitud debido a las sucesivas conquistas y minoraciones, sí con suficiente vigor para que su futuro pudiera tener un horizonte distinto del de su asimilación y desaparición en las naciones que la dominan.

Los estados que nos conquistaron se han preocupado muy bien, y se siguen preocupando mejor, de ocultar y tergiversar nuestro patrimonio e historia para, de esa forma, mantenernos en una sumisión “no rebelde”. Han impuesto las particiones territoriales que sufrimos, enseñando en cada una de ellas “partes” de un patrimonio y una historia que sólo cobran sentido en su conjunto. Los españoles aceptan, con muchas reticencias, que en su “Comunidad Autónoma del País Vasco” se hable euskera, pero no que en su día fueran parte del Estado navarro y que su derecho sea sucesor del mismo. Los españoles aceptan en su “Comunidad Foral” que Navarra fue un reino medieval independiente, pero, eso sí, “hispano” o, por lo menos, con “vocación española”. Pero reniegan de su lengua, el euskera y cultura. Los franceses no aceptan políticamente casi nada, salvo que, hasta la Revolución de 1789, sus reyes lo eran “de Francia y de Navarra”, con lo que reconocen la independencia previa y originaria de Navarra, pero hoy niegan lengua, cultura e historia; para ellos sólo existen “la nation française et le peuple français”.

Desde Nabarralde pensamos que es hora de que nuestra sociedad tome conciencia de la necesidad de acceder a su emancipación, a una mayoría de edad real en el contexto mundial, a la necesidad de ser sujeto en las relaciones internacionales, en suma, de tener Estado propio. Sólo así podrá tratar de resolver con efectividad, y alta probabilidad de éxito, sus problemas, retos y necesidades y de participar solidariamente en los globales. En ambos casos, lo hará con nombre y apellidos propios y no con los de nuestros “tutores”.

En el número dos de Nabarralde.com se presentan 20 colaboraciones de muy diverso contenido y enfoque. Desde cuestiones sumamente concretas como la curiosa e interesante evolución de nombres de calles y plazas de Josu Tellabide a la certera crítica de Peio Iraizoz al planteamiento de los responsables de “cultura” (“incultura” dice Iraizoz) y patrimonio de la CFN sobre el solar del por ellos destruido frontón Euskal Jai en Iruñea. Aparece, como no podía ser menos, el papel de la “memoria histórica” más reciente en artículos como los de Iñaki Egaña y José Luis García de Falces y la más antigua en los de Jean Louis Davant, Joseba Asirón, Iñaki Sagredo y el del grupo “Euskal Herria / Nafarroa” ekimena. Sobre nuestra lengua y el sistema educativo y sus avatares están los de Joxe Manuel Odriozola y Mirari Bereziartua, por un lado, y el de Pedro Esarte, por otro.

Angel Rekalde y Luis Martínez Garate reflexionan sobre cómo se enfoca, desde Nabarralde, el papel de la historia en la formación de la conciencia de las sociedades y de sus posicionamientos ante los retos actuales respectivamente. Aparecen asimismo las muy interesantes consideraciones personales que sobre Nabarralde realizan Josu Sorauren y Patxi Zabaleta. Mikel Sorauren analiza, en un amplio trabajo, las perspectivas de futuro en los tres ámbitos en que los navarros nos encontramos implicados: el mundial, el europeo y el propiamente vasco-navarro.

Txente Redondo y Joxerra Bustillo examinan y valoran las distintas vías que han seguido, y siguen, las diversas naciones de nuestro entorno que aspiran a su independencia, a constituir su propio Estado. Bustillo incluso indica vías que podrían ser transitables para nosotros en ese camino. Gabirel Ezkurdia lanza, por su parte, un vibrante y optimista alegato en pro de nuestra independencia como una necesidad inevitable, como garantía de un modo de vida mejor para nuestro pueblo y para ejercer nuestra solidaridad en el mundo.

Considero que esta publicación es una antología resumida de las distintas sensibilidades que conviven en Nabarralde, no todas posiblemente pero sí lo suficientemente representativas, que asumen un planteamiento que se aleja del cortoplacismo y que piensan que, si por un lado necesitamos la independencia política, por otro creen que ésta debe lograrse a través de la referencia al Estado histórico de los vascos, a Navarra.