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15 abril 2012

JAIZKIBEL

Esto es (parte de) lo que quieren destrozar en beneficio de algunas empresas constructoras

El Puerto exterior de Pasaia es un fiasco, un timo económico innombrable como tal, que se plantea al margen de una ordenación territorial equilibrada de nuestra nación y que, además, presenta graves problemas paisajísticos y medioambientales.

¡No al puerto exterior de Pasaia!


22 marzo 2011

EL INNOMBRABLE

Con este título cerró Samuel Beckett en 1953 la trilogía que constituye una de sus obras más importantes (“El innombrable”, junto con “Mohillo” y “Malone muere”). En el caso de la invención de Beckett, lo que no se puede nombrar es un algo que existe, piensa y reflexiona, pero que no tiene forma o, si la tiene, es indefinida, aunque es capaz de hablar consigo mismo. Aquí, con el mismo título, vamos a intentar una aproximación a una fábula distinta; a una ficción que podría tomar forma concreta, a una quimera que en sí misma ni piensa ni reflexiona, pero sobre la que algunos intereses tangibles y próximos piensan, especulan y manipulan.

Podemos hablar sobre un supuesto lugar situado en la costa de un mar en el que otrora se avistaban, y posteriormente se cazaban, ballenas. La ubicación de sus acantilados lo facilitaba. Su altura sobre el mar y la ausencia de edificaciones importantes los hacía bellos, pero también estratégicos. Militares ocupantes utilizaban parte de sus tierras desde bastante tiempo atrás como campo para sus ejercicios bélicos. Tras sus acantilados se ocultaba la desembocadura de un pequeño río que al transformarse en ría a la proximidad del mar, fue convertido, gracias a la laboriosidad de la sociedad que habitaba su entorno, en un puerto de primera magnitud, por supuesto también ficticio.

Estos hipotéticos lugares, incluido el puerto, formaban parte de una imaginada nación que había sido independiente, pero que fue despojada de su ilusorio Estado y sometida a unos aparentes poderes extranjeros que consiguieron subordinarla y trocearla en artificiosos territorios cuyas identidades particulares fueron atizadas para lograr enfrentarlas entre sí, mientras su conjunto aceptaban dócilmente la sumisión al benevolente Estado que la había conquistado.

El ficticio pueblo conquistado tenía una fuerte personalidad y una cultura social y política consistente. Su sociedad había logrado un buen nivel de desarrollo económico, del que un ejemplo era el propio puerto que se encontraba protegido por los estratégicos acantilados. Pero había otros muchos ejemplos de su etérea actividad. Concretamente, en el mundo de los puertos de mar tenía otros dos en sus proximidades, en la misma figurada nación, bien equipados y dispuestos a prestar los servicios necesarios para competir eficazmente en la prodigiosa y utópica época en la que sucedían los hechos narrados.

Además de su sumisión a unos estrictos intereses extranjeros, la imaginada nación había generado una prodigiosa casta de constructores que habían hecho del ladrillo y el cemento su medio principal de amasar fabulosas riquezas. En ese fantástico mundo y en la legendaria nación de la que hablamos había sucedido un fenómeno que los fatuos expertos de la época llamaban crisis. Fenómeno que afectó de forma importante a la portentosa casta constructora.

La asombrosa casta comenzó a hacer rumiar su magín y encontró lo que los alquimistas medievales hubieran llamado sin dudar su piedra filosofal. “Vamos a edificar un puerto de dimensiones colosales” se dijeron, discípulos de los antiguos judíos que narra el Génesis (11,4), “para seguir enriqueciéndonos”. Y definieron un plan en el que se horadaría el monte innominado, desde el interior hacia el mar y bajo los acantilados que antes avistaron ballenas y barcos, amigos y enemigos, y se construiría un enorme “puerto exterior”. No les importaba el servicio que su proyecto pudiera reportar al pueblo que vivía en aquella imaginada nación. Tampoco se plantearon si la fantástica obra que planeaban construir era necesaria, ni los destrozos paisajísticos y ecológicos, esos sí reales, que pudiera a acarrear, ni los costes sociales, también tangibles y ciertos, que posiblemente produjera sobre la sociedad concreta que albergaban aquellos viejos (desde el punto de vista geológico) acantilados y el antiguo (desde el histórico) puerto. Sólo les preocupaba su insaciable voracidad de cemento y ladrillo y su sed de enriquecimiento. Recordaban al viejo Marx, cuando decía proféticamente: “¡acumulad, acumulad, he ahí la ley y los profetas!”

¿Todo lo narrado es pura invención, simple fábula? ¿O sencillamente innombrable? El tabú tampoco se puede mencionar, ni tocar. Y de eso hablamos.


Notas
1.- Si alguien a estas alturas alguien sigue sin aclararse de qué estoy hablando, puede consultar mi blog en el que con el título de “Una piedra en el camino” aparece un texto muy explícito. Fue enviado, sin éxito de publicación, a los periódicos que normalmente se publican en el figurado territorio en el que se encuentran los acantilados imaginarios y el puerto ficticio. ¡Qué poca imaginación tienen nuestros periódicos!

2.- De la prensa del domingo 20 de marzo de 2011: Diario Vasco, Noticias de Gipuzkoa

17 enero 2011

UNA PIEDRA EN EL CAMINO









Jaizkibel de nuevo. No sé hasta que punto la crisis que sufrimos habrá influido en los faraónicos proyectos que pretendían horadar Jaizkibel y construir un macropuerto en su costa y seguirán vigentes para quienes controlan la obra pública en Gipuzkoa. Desconozco si los habrán abandonado por su inviabilidad económica y su nula, o negativa, rentabilidad incluso desde el pacato punto de vista del desarrollismo más obsoleto, más allá de los beneficios directos e inmediatos derivados de su construcción.

Una vez más, aprovechando una luminosa mañana de este mes de enero, he paseado por el camino que conduce desde Donostia hasta Pasaia por Ulia. He contemplado de nuevo los fantásticos acantilados de Jaizkibel, casi a plomo, sobre nuestro mar de Bizkaia. Y he vuelto a sentir la nausea que produce el ver algo tan hermoso, tan querido y tan “nuestro”, como una presa en manos de especuladores sin escrúpulos, capaces de arrebatarnos uno de los paisajes más espléndidos de nuestro país para su lucro privado e inmediato.

No es sólo, que también lo es, la perspectiva desde la que nuestros antepasados avistaban las ballenas en su transitar por el Cantábrico, con el objetivo claro de su captura como elemento fundamental de supervivencia. Es, sobre todo, la de un paisaje hermoso, sin desmesura, acorde con la perspectiva de una nación de regular dimensión espacial, no muy grande, pero con nervio suficiente para plantear su persistencia en el mundo actual.

Desde mi punto de vista, Jaizkibel es un lugar en el que el paisaje se percibe como un elemento de identidad de primer orden. Tiene la ya citada perspectiva de lugar marcado históricamente, así como una belleza especial. El paisaje es territorio, una porción de espacio, sí, pero es espacio percibido por una sociedad concreta, con su cultura. Y no sólo percibido, sino creado, recreado, contemplado, preservado y, que debería ser, tenido en cuenta en cualquier futura planificación territorial, en la cual incluyo, obviamente, la paisajística.

Joan Nogué en su reciente libro “Paisatge, territori i societat civil”, ganador el pasado 2010 del “Premi d’assaig Joan Fuster", afirma:

El paisaje es el resultado de una transformación colectiva de la naturaleza; es la proyección cultural de una sociedad en un espacio determinado; es el rostro del territorio. Y no sólo en lo referente a su dimensión material, sino también a su dimensión espiritual y simbólica. Las sociedades humanas, a través de su cultura, transforman los medios naturales originarios en paisajes culturales, caracterizados no solamente por una determinada materialidad (formas de construcción y tipos de cultivos, por ejemplo), sino también por la traslación al mismo paisaje de sus valores, de sus sentimientos. El paisaje es, por tanto, un concepto enormemente impregnado de connotaciones culturales, de valores, y se puede interpretar como un dinámico código de símbolos que nos habla de la cultura de su pasado, de su presente y quizás también de su futuro.

En el mismo trabajo, Nogué cuenta cómo cuando el Ministerio español del Medio Ambiente proyectó una obra faraónica, un gran dique y puerto exterior, para Ciutadella (Menorca), tuvo muchas alegaciones de tipo técnico y jurídico, pero una de las alegaciones que tuvo más soporte decía:

Uno de los principales atractivos del puerto de Ciutadella es su gran belleza. La imagen del entorno de la entrada del puerto, todavía sin transformar, constituye un patrimonio de primer orden que Ciutadella ha de conservar. La construcción de un dique en la bocana cambiaría radicalmente la actual vista hacia el mar desde la ciudad y se perderían por siempre jamás espectáculos de gran belleza, como las puestas de sol…

Y concluye Nogué:

No es, en efecto, un argumento técnico, ni tampoco jurídico. No necesita un especial soporte técnico ni se sustenta en ninguna premisa científica… (el argumento) tiene una fuerza y una trascendencia enormes, porque pone sobre la mesa… lo que realmente está en juego: el sentido del lugar, la íntima comunión del individuo con un paisaje determinado.

En este sentido, mantengo que, aun siendo válidos todos los argumentos ecológicos, económicos y políticos contra el puerto exterior de Jaizkibel, el de más peso, inmediato y desgraciadamente irreversible, es desde mi punto de vista, el paisajístico. El paisaje, como ya se ha expresado, en un elemento identitario de primer orden, pero, además, es un factor importantísimo de bienestar social, de equilibrio psicológico personal y colectivo. Hasta ahora no ha sido considerado con el interés debido. Ha sido marginado como algo superfluo y partícipe del lujo o de las cuestiones propias de la sociedad de la abundancia. Hoy se ve que no es así.

Como casi todas las cuestiones de trascendencia social su conservación, gestión y planificación requiere las herramientas necesarias que sean capaces de pasar del puro voluntarismo y de la constatación de una necesidad a la efectividad y práctica reales. Mientras sigamos formando parte de unos estados que tienen como una de sus tareas negarnos los instrumentos que permiten desarrollar nuestras capacidades en estos terrenos, tenemos un futuro negro. Sólo en un ámbito de democracia pueden ser bien resueltos estos problemas. Por lo mismo, pienso que un Estado propio, como elemento democrático básico, es condición necesaria para dar pasos efectivos en este sentido, desde una perspectiva nacional propia.


Nota

La primera imagen corresponde a una vista de los acantilados de Jaizkibel tomada de internet. En las dos imágenes siguientes aparecen dos de los proyectos de puerto exterior. El primero es lo que llaman "puerto isla", mientras que el segundo sería un puerto convencional, anexo a la costa y son fáciles de encontrar en la red. La cuarta, es una fotografía realizada por el autor del blog el domingo 16 de enero de 2011. Debido a la situación de la mar y a la hora en que fue tomada, hacia las 11 de la mañana, no es una imagen excesivamente clara, pero tiene el valor de reflejar lo que percibí en ese momento.


Referencia bibliográfica

Nogué, Joan. “Paisatge, territori i societat civil”. València 2010. Edicions 3 i 4

04 marzo 2010

MOMPÁS Y JAIZKIBEL

El Ayuntamiento de Donostia ha planteado muchos proyectos relacionados con el entorno del barrio de Sagüés, al final de la Zurriola; la mayor parte disparatados, y que, en general, constituían atentados paisajísticos de primer orden en esa zona privilegiada, justamente por eso, por su paisaje.

Uno de ellos, creo que propuesta personal del propio alcalde actual Odón Elorza, parece que mal que bien se mantiene y es la construcción de una pasarela colgante sobre los acantilados, para acercar al peatón (urbanita “per se”) hasta la punta de Mompás. Digo colgante como podría decir aérea, ya que, según el proyecto visto, se trata de una estructura en la que un ancho camino de madera estaría sujeto por estructuras metálicas ancladas en la roca o cimentadas en la ladera del monte.

Al margen de los posibles deterioros medioambientales, en los que no voy a entrar por requerir unos conocimientos y experiencia que no tengo, opino que se trata de una intervención de gran impacto paisajístico en una zona relativamente virgen de estructuras urbanas.

En otras ocasiones he reflexionado sobre los proyectos en curso para el puerto exterior de Pasaia y su impacto en Jaizkibel. El debate social sigue abierto y su avance, a medio gas si no parado; pero, sobre todo, pienso que es la actual crisis la que está frenando la ejecución de un proyecto que, en mi opinión, es desmesurado y ni tan siquiera necesario, por lo menos si consideramos a nuestro país como unidad social y económica real y operativa.

La intervención en Jaizkibel presenta un impacto ecológico y paisajístico enorme, mucho mayor cuantitativamente que la prevista en Mompás, ya que hablamos, por una parte, de unos acantilados y de una costa de dimensiones incomparablemente mayores que las de la zona de Ulia y, por otra, se trata de inversiones millonarias a realizar por la administración y de los correspondientes beneficios para las empresas constructoras que se las adjudiquen.

En proyectos como el de Jaizkibel (puerto exterior, túneles, infraestructuras anejas y demás) que son de gran envergadura económica habitualmente se echa en falta, por un lado, una visión global de las necesidades e intereses de nuestro país como sociedad real, asentada sobre un territorio y con unas perspectivas generales coherentes y, por otro, que casi siempre se minimizan los problemas que acarrean; logísticos, como previsibles colapsos de vías de comunicación o de otro tipo, como el deterioro del entorno urbano de la connurbación Donostia-Baiona. Los factores que concurren en Jaizkibel deberían ser enfocados desde la ordenación territorial del conjunto de Vasconia, en su perspectiva interna y en relación con su entorno próximo y lejano.

A pesar de todo, el impacto cualitativo de Mompás es enorme en proporción a su tamaño. ¿Por qué? Porque la proyectada intervención en esta zona es una agresión urbana de primer orden sobre un paisaje muy hermoso y que tiene como uno de sus principales atractivos precisamente el no ser urbano. Mompás se encuentra ubicado en la zona donde termina, casi abruptamente, el paisaje urbano y comienzan unos acantilados agrestes, relativamente naturales; en la que ambos espacios se contemplan mutuamente con una proximidad intimidante. De hecho las perspectivas en ambos sentidos son radicalmente distintas, contrapuestas incluso: en un sentido, hacia Mompás, es la contemplación del mar, los acantilados y el monte; en el contrario, es la perspectiva urbana de Sagües y Gros, cerrada por el Kursaal, cabe el Castillo en el que se recupera, en cierto modo, de nuevo la naturaleza, en esta ocasión bastante modificada por siglos de actuación humana.

La intervención lógica, en mi opinión, debería consistir en adecuar los senderos existentes, de forma que un paseante normal, no un peatón urbanita -valga la redundancia- pueda pasear con relativa comodidad hasta Mompás o hasta el Faro de la Plata si quiere. Por lo demás, tales senderos deberían estar convenientemente mantenidos, como tantos otros por los que se puede pasear hoy en día en el entorno de Ulia y su costa. En Donostia los peatones ya podemos disfrutar de un maravilloso y cómodo circuito urbano, de algo más de siete kilómetros, sin abandonar la costa ni cruzar por calzada alguna con vehículos, entre el Peine del Viento de Chillida, en la falda de Igeldo, hasta Sagüés, bajo Ulia. Además en ambos sentidos.

El territorio es un elemento patrimonial esencial de cualquier sociedad en todos los niveles, de pueblo o de ciudad, de comarca o de nación. Y un aspecto del mismo, en el que se ha hecho poco hincapié, es precisamente el de la salud, individual y social. Un paisaje deteriorado contribuye a la pérdida de calidad de vida y, por lo mismo, a que quienes lo habitan sufran un deterioro difícilmente cuantificable en su salud.

Donostia y la costa vasca, nuestro país, su sociedad y territorio, merecen un mejor trato. Es evidente que en problemas como el planteado por el proyecto de Jaizkibel nos encontramos ante la carencia de la herramienta que nos posibilitaría una gestión integral del territorio y de sus bienes de todo tipo, incluyendo obviamente al paisaje, en favor de una sociedad en equilibrio con su entorno. Esa herramienta no es otra que el Estado propio, ya que los dos que sufrimos, el español y el francés, gestionan a la contra prácticamente en todos los sectores. No son nuestros, actúan en casi todos los terrenos como adversarios.

En Mompás nos encontramos ante un proyecto mucho más modesto que el de Jaizkibel, sí, pero de gran importancia para la ciudad. Además, el problema que plantea es mucho más simple y parece que se puede resolver sin recurrir a herramientas de tanto calibre. ¿O tampoco?

Links en este blog: Jaizkibel y Jaizkibel de nuevo

30 abril 2006

JAIZKIBEL

Paseaba esta mañana luminosa de finales de abril por el monte Ulia en Donostia en dirección hacia Pasaia. El camino, junto a unos espléndidos acantilados sobre el mar de Bizkaia, es fantástico. La compañía y el graznido de las gaviotas escoltan permanentemente al caminante ya alejado de los ruidos urbanos.

Hay un momento de la ruta en el que se presentan, magníficos, los impresionantes taludes del siguiente monte hacia el norte, mucho más alto, sobre el Cantábrico: Jaizkibel. Y así se llega hasta la fantasmagórica aparición del Faro de la Plata, que anuncia, a mar y tierra, la bocana del puerto pasaitarra, del estuario del río Oiartzun.

Según contemplaba de más cerca la belleza de Jaizkibel y su contraste con el mar, iban agolpándose en mi cabeza las posibles imágenes que podía presentar una visión tan espléndida, dentro de muy poco tiempo, si los descabellados proyectos seudodesarrollistas que pretenden imponer la Diputación de Gipuzkoa y el Gobierno de Gazteiz (¿mejor Vitoria?) tomaran cuerpo.

Su pretensión es crear un “puerto exterior”, me da exactamente igual que esté pegado a los acantilados que el hecho de que construyan una isla artificial en sus cercanías, para... Y ahí está el quid de la cuestión: ¿para qué?

Con una visión realmente nacional, de Euskal Herria, de la Navarra entera, sería necesario comenzar por analizar seriamente la necesidad de un proyecto tan faraónico. Nuestro país, dadas sus dimensiones y estructura social y productiva, más necesita una vertebración de comunicaciones con mercancías basada en el ferrocarril que macropuertos. Tenemos Bilbo y Baiona, ya construidos y en funcionamiento, y pienso que lo necesario es comunicar bien con ellos. Pero un elemento fundamental para llegar a esa conclusión consiste en tener una visión del país entero, con sus especificidades, sus ventajas locales y globales en todos los sentidos: industrial, de servicios (incluyendo el turismo), paisajístico, ecológico etc.

¿Qué sentido tiene destrozar un trozo de costa, que es virgen en muchos sentidos, para introducir un elemento destructivo que no colabora a su desarrollo integral y equilibrado? La única respuesta que me viene a la mente son las ambiciones “provinciales” de Gipuzkoa. Y dentro de ellas, como fundamentales, las de aquellos que se dedican al “cemento”, a la construcción.

Otra cosa es ver qué intereses de partidos políticos están detrás.