13 septiembre 2016

IN! INDE! INDEPENDENCIA!!!

Con la de 2016, desde 2012 se han cumplido cinco 'diadas' en las que el pueblo catalán ha manifestado ante todo el mundo su voluntad de constituirse como Estado, como sujeto político en el mundo; en un mundo "hecho de naciones", que diría Joan Francesc Mira, pero también, y sobre todo en los tiempos actuales, "hecho de estados". Si no eres un Estado, no existes.
El salto cualitativo que supuso la Diada de 2012, que se preveía como una simple reivindicación autonomista tendente, tal vez, a pedir un 'concierto/convenio' económico con el Estado español y pasó  a ser la primera gran exigencia independentista, se ha visto ratificada un año más en el mismo sentido.
IN! INDE! INDEPENDENCIA!!! era el grito unánime, coreado en 2012 y también en 2013 y 14, diadas de las que he sido testigo presencial activo, al igual que la de este 2016. Nunca se ha escuchado voz alguna reivindicando el 'federalismo' ni el 'derecho a decidir'. Se reclamaba el primero de lo derechos humanos: la libre disposición de un pueblo, su independencia. El 'federalismo' era algo obsoleto, del 'paleolitico' político. El 'derecho a decidir' como un elemento constitutivo de cualquier sociedad que aspirase a ser considerada democrática, pero que no reflejaba en plenitud la reivindicación democrática del pueblo catalán.
Diada descentralizada
La Diada de este año ha presentado un formato descentralizado, más 'casual', tal vez más próximo a la 'terra', tan importante en la memoria catalana. Esto ha permitido, en mi opinión, un conjunto más espontáneo, con un nivel más discreto de normas a seguir. Que si un color por aquí, que si los unos por un lado, los del otro color a la izquierda... Pero con la misma e intensa reivindicación: la independencia de Cataluña. Desde los micrófonos se hablaba mucho de la "República catalana", pero el grito unánime era ¡Independencia!
Esta Diada descentralizada tenia retos importantes en dos ciudades relativamente "frías" con relación al 'proceso': Lleida y Tarragona. En ambas el envite ha sido superado con éxito. En Tarragona fui testigo de lo que se afirma ha sido la mayor manifestación de su historia. Las "tierras del Ebro" tienen innumerables agravios históricos añadidos a los del conjunto catalán y lo expresaron el domingo pasado en la vieja Tarraco.
No se puede pasar por alto la presencia en las manifestaciones de los representantes de lo que en Cataluña se conoce como "los comunes", es decir el conjunto de "Catalunya si es pot", "En Comú Podem" y el mundo que se engloba en torno a la marca "Podemos". La participación de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, es su expresión más clara. Su presencia no estaba marcada por un territorio propio, distinto, sino que formaban parte del conjunto y su reivindicación independentista. Podrán, después, decir lo que quieran, pero estaban allí. Es un dato muy positivo de la capacidad de convocatoria e integración del independentismo catalán. De la vía democrática que sigue Cataluña.
¿Que hay dudas, incógnitas, problemas por resolver? Por supuesto. Y de difícil planteamiento y resolución. Las principales proceden de la capacidad de quienes hoy ejercen como "clase política" en Cataluña. Ante muchas de las declaraciones de sus "líderes", incluso tras una jornada tan memorable, surge la duda sobre la dificultad de superar su mentalidad "autonomista" (todavía políticamente española, sin una desconexión real, con mentalidad de Estado independiente). Planea, ominosa, una visión en la que el objetivo sigue siendo la "hegemonía" autonómica, no la constitución de un Estado libre, independiente.
No obstante, tras jornadas como la de el pasado domingo, prevalece la confianza en un pueblo que no atiende ya los "cantos de sirena" del régimen hispano. Régimen que, por otra parte, poco tiene que ofrecer a "sus" naciones sometidas, como Navarra o Cataluña, que no sea seguir en la sumisión, la decadencia y, a la postre, la extinción.

11 agosto 2016

UN NAVARRO DE OÑATI




Por edad era, evidentemente, una persona mayor de casi 96 años. Pero nadie que hablara con él podría pensar que estaba frente a un anciano. Se encontraba ante alguien de una vitalidad portentosa, de una capacidad de plantear la realidad –social, económica, política- del mundo y de Euskal Herria sin ningún tipo de complejos. Sonará a tópico pero Juan Zelaia era un hombre rebelde y crítico, joven en una palabra.

Los años le aportaron una capacidad constructiva de la que dio muestras toda su vida. Apoyó prácticamente todas las iniciativas surgidas en nuestro país en apoyo de su lengua, de su cultura, de su actividad política, no entendida al modo cortoplacista de los partidos que actualmente sufrimos, sino en su pleno sentido liberador de una nación sometida, ocupada, en una palabra sin libertad.

Desde el primer momento en que conoció el proyecto Nabarralde se sintió vinculado al mismo con la intensidad e ilusión propias de un joven. Como consecuencia de su implicación y como reconocimiento a su continua labor en pro de las iniciativas que fueran positivas para construir la nación que hoy debe ocupar su lugar en el concierto internacional como sujeto político, como un Estado, recibió en 2014 el Nabarralde Saria en su casa de Oñati.    

Se ha hablado de Juan Zelaia como mecenas de la cultura vasca. El concepto se queda corto para Juan Zelaia. Era mecenas en el sentido de apoyar de modo económico las causas relacionadas con la lengua, la cultura (incluyendo el deporte), la política que posibilitaran su emancipación, pero era mucho más. Participaba en todas las actividades con una enorme ilusión y empuje. No estaba detrás de las actividades que apoyaba, estaba a su frente tomando, en muchas ocasiones, la iniciativa.

Por su origen familiar, Gebara casa gamboina pronavarra por tanto, en la actual Araba; por su nacimiento, vida y, hoy, muerte en un territorio atípico, distinto, independiente en cierto modo, que no se incorporó a la provincia de Gipuzkoa hasta 1845, fue un vasco alejado de los conflictos “provincianos” que tanto mal nos han hecho a los vascos.

Lo que sí defendía Juan Zelaia con energía era su adscripción a Navarra como Estado histórico de los vascos y como perspectiva de futuro de una nación baqueteada por dos potencias imperiales, España y Francia, durante muchos siglos. Demasiados.

Esker anitz, Juan Zelaia.  




08 julio 2016

DE MAPAS Y COLORES

En la teoría de grafos funciona el famoso "teorema de los cuatro colores". Existe también la "conjetura de los tres colores". En ambos casos se trata de dilucidar cuántos tonos, como mínimo, son necesarios para colorear cualquier mapa de manera que todas las zonas contiguas (pero no que coincidan en un solo punto) tengan un color diferente. El teorema lo es porque ha sido demostrado. En cambio la conjetura espera ser refutada. Este teorema tuvo su origen precisamente en los mapas geográficos.
Tras las pasadas elecciones del 26 de junio, al Estado español le bastan dos colores: el azul y el morado. Ya no hacen falta tonos enrevesados para distinguir las "peculiaridades autonómicas", siempre incómodas. Con estos resultados la España eterna, la de charanga y pandereta, la de Frascuelo y María, la picaresca y el esperpento, viste de azul. ¡Feliz signo cromático! De morado van, en cambio, los que antes lucían aquellos colores autonómicos.
¿Qué ha sucedido? En primer lugar, que en política no existen los espacios vacíos. Mientras en Cataluña el Proces hacia la independencia ha avanzado con una cierta coherencia estratégica, con la unidad de la sociedad civil y los partidos políticos, el mapa seguía diferenciado. Las manifestaciones de las Diadas de 2012 a 2015, las votaciones populares iniciadas en Arenys de Munt en 2009, el referéndum del 9 de noviembre de 2014, las elecciones plebiscitarias de septiembre de 2015... marcaban un sendero nítido, estratégico. La zarabanda posterior ha dado sus frutos y una parte de su espacio ha sido ocupado por fuerzas electorales que, no sólo responden a otros intereses, sino que son directamente opuestos al Proces. Que actúan para desplazarlo. Los catalanes han sufrido el embate a través de la victoria electoral de Catalunya si es Pot (conglomerado de Podemos con ICV y otros sectores de la seudoprogresía hispana). Esta interferencia debe suponer para las fuerzas catalanas una profunda reflexión y una revisión de su hoja de ruta hacia la independencia.
Nuestra situación resulta todavía más lamentable. En Cataluña se trabaja un proceso iniciado y encarrilado. Con problemas, por supuesto, pero en marcha. Entre nosotros no existe nada. Tenemos un discurso vacío, o mejor un no-discurso. Se terminaron las épocas del tremendismo y, ante el cambio de ciclo propiciado por el fin de la actividad armada, la falta de definición, la incapacidad de enunciar un discurso, la ausencia en suma de un relato propio, que es lo constitutivo de una nación, nos ha llevado a disputar por el espacio de "izquierda". Como si ahí estuviera el meollo del conflicto. En ese terreno, pronto se ha impuesto la competencia española con todos los medios (televisión, prensa, redes sociales, etc.) a su favor. El resultado es que nuestro mapa cromático se asemeja -casi- al catalán y se diferencia apenas del resto del Estado español (pero, también, en colores españoles).
En el momento en que la situación europea e internacional propician un panorama proclive a la independencia, y el Estado español la bloquea como puede, parecía (y parece) el momento de trabajar por un proceso propio hacia la independencia.
La apuesta estratégica de nuestro procés debe tener capacidad de movilizar la sociedad civil. No olvidemos que, como decía Joan M. Tresserras hace pocos días, la independencia y la posibilidad de construir un nuevo Estado, es el proyecto de transformación política y social más radical y poderoso para las clases trabajadoras.
Los actuales partidos cargan con inercias (ventajas económicas, discursos pasados, comodidad, seguidismo) que serán en un principio una rémora. Es lo que pasó en Cataluña. Al final se apuntan al carro. Pero hay que arrastrarlos.
Nuestro problema es que la mayoría de lo que se llaman "movimientos sociales" tienen por detrás alguno de los partidos con toda la carga de instrumentalización que les frena. La victoria de Podemos en la CAV y su buen resultado en la CFN, marginando por completo a las fuerzas abertzales, indica que no se han establecido unas líneas de alcance estratégico. Es necesario un relato propio, asumido con energía y sin complejos. Tampoco aquí hay "tierras de nadie". En el presente estamos aceptando un relato (muy social y progre) que nos niega como sujeto. Por añadidura, hay bastante gente que piensa que la victoria vendrá de una bienpensante "unidad". Pero no está claro quiénes deben unirse, ni para qué. Una "unidad" sin contenido estratégico está condenada de antemano al fracaso.
Pretender competir con el gauchismo español con un discurso "más a la izquierda", cuando sabemos que todas estas posiciones no van más allá de la verborrea, de la mera retórica, es algo abocado a la derrota. Pretender seguir jugando a ser una "pieza clave" para la "gobernabilidad de España" es jugar un juego de perdedores y recibir la patada en cierto lugar cuando sus intereses de Estado se sobrepongan a los coyunturales de las disputas partidistas.
La única vía con visos de prosperar ha de tener un soporte directo en la sociedad civil organizada con ese fin. Sin interferencias partidistas. Así lo hicieron, y esperemos que sigan haciéndolo, en Cataluña. No podemos ni debemos imitarles, pero hemos de encontrar nuestra propia vía a la independencia. Algo que hoy por hoy no se enuncia. Para eso, hacia ese objetivo, debemos poner en marcha toda nuestra fuerza social. No sería malo aprovechar la crisis previsible que generaría un próxima independencia catalana.
En este camino (siempre que nos definamos en términos de relato propio, autoestima, estrategia) podemos ganar a todo el mundo y en cualquier campo, incluso en el de las elecciones, a pesar de los sesgos y marcas del régimen español. Pero, sobre todo, vencer en la constitución de nuestra vía a la independencia. Hay que cambiar los mapas. Sacarles los colores.
Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

26 mayo 2016

MONTEJURRA 40 AÑOS DESPUÉS

EL CARLISMO EN 1976

El fenómeno carlista siempre ha constituido una especie de “sapo” difícil de digerir por parte de los historiadores españoles, y por supuesto sus medios de comunicación y propaganda. Vapuleado a diestro y siniestro, muy pocas veces ha sido contextualizado en la realidad en que nació y en los problemas sociales y políticos a lo que trató de dar, con más o menos éxito, respuesta.

No trataremos aquí de analizar el carlismo, pero sí intentaremos entender cómo una fuerza política que puso sus recursos al servicio del golpe militar de 1936, muy pronto expresó su disconformidad con el régimen que le siguió, ya durante la propia guerra –Decreto de Unificación con Falange en abril de 1937- y en la creación del “Nuevo Estado” tras la victoria después.

Los años negros de la dictadura fueron cuajando focos de oposición a la misma. Los problemas nacionales de Cataluña y País Vasco, no aniquilados por el fascismo, fueron núcleos de resistencia. La capacidad clandestina y su disciplinada organización hicieron del PCE otro puntal de la oposición. No ocurrió lo mismo con otros partidos históricos, como el PSOE u otros movimientos republicanos.

Durante esta etapa el carlismo pasó por fases de acercamiento y alejamiento a Franco. Javier de Borbón Parma, titular de su jefatura legítima para la mayoría de los carlistas, participó en la resistencia al nazismo en Francia y fue internado en el campo de Natzweiler, en Alsacia, primero, y luego en Dachau. Durante la guerra 1936-39 Franco lo había expulsado de su territorio.

La evolución de las distintas naciones a nivel del Estado español y europeo, su vivencia por las personas de base del propio carlismo, unida a los cambios producidos en el seno de la Iglesia Católica –de la que los carlistas eran siempre fieles seguidores- sobre todo con el Concilio Vaticano II, condujo a una radicalización social y política de muchos militantes. El relevo como líder del carlismo del hijo de Javier, Carlos Hugo, de excelente preparación universitaria, conocedor de la realidad europea y mundial y alejado de las tendencias integristas del carlismo sobre todo en la etapa de la segunda república española, remachó un profundo cambio en el mismo.

El acto de Montejurra se venía celebrando con carácter conmemorativo desde el final de la guerra 1936-39, pero a partir de 1957, con la incorporación de Carlos Hugo, toma un carácter de clara oposición al Régimen. El carlismo presentaba una doble oposición: por un lado, constituía una fuerza política con una importante militancia, sobre todo en los territorios forales –Euskal Herria, Cataluña, País Valenciano- y, por otro, Carlos Hugo representaba una alternativa al heredero de Franco: Juan Carlos.

En 1974 el Partido Carlista participaba de la “Junta Democrática” con el PCE, el PTE o el PSP de Tierno Galván. Tras la unión con la “Plataforma de Convergencia Democrática”, impulsada por el PSOE, todos conformaron la llamada “Platajunta”. El carlismo estaba en la primera línea de oposición al Régimen.

Dentro del conjunto de grupos que se reclamaban del carlismo, había también sectores, minoritarios desde el punto de vista social e irrelevantes desde el político, partidarios de continuar en su soporte al Régimen. En ellos se sustentó la “Operación Reconquista”.

OPERACIÓN RECONQUISTA (1976)

Nunca los servicios secretos españoles se han caracterizado por su pericia en gestionar las operaciones de las cloacas del Estado. Su estilo chapucero lo vimos, algo más tarde, en los GAL. En Montejurra la “Operación Reconquista” fue una escenificación de la “división” del carlismo para dar una cierta verosimilitud de ‘enfrentamiento entre facciones’ del partido carlista.

Entre el Ministro de la Gobernación español, Manuel Fraga, el director de la Guardia Civil, Angel Campano, y su jefe de Estado Mayor, José Antonio Sáenz de Santamaría, buscaron la complicidad de Sixto Enrique, hermano de Carlos Hugo, para encabezar lo que debería ser “la otra facción”. Se apoyaron en mercenarios, despojos del fascismo español, italiano y argentino, para formar una banda paramilitar de apoyo.

Para intentar construir un relato algo creíble, utilizaron a José Arturo Márquez de Prado, antiguo dirigente del requeté y apartado de cualquier responsabilidad política en el partido carlista. Los días precedentes Márquez de Prado frecuentó la Dirección General de la Guardia Civil y participó en reuniones del Estado Mayor con su director general y mandos implicados en la organización de los actos. Márquez de Prado solicitó para sus militantes, que desde la víspera iban a concentrarse en la cima de Montejurra, que la Guardia Civil les facilitara radio-teléfonos y armamento pesado, en concreto ametralladoras.

Entre esta barahúnda aparece el “hombre de la gabardina”, Marín García-Verde, comandante retirado del ejército español, que fue quien el 9 de mayo disparó a sangre fría a Aniano Jiménez Santos en las campas de Iratxe. Aniano falleció pocos días después.

Desde la víspera, el grupo paramilitar ocupó la cumbre del monte y una ametralladora, con munición habitual del Ejército español, disparó entre la niebla a los carlistas que pretendían alcanzar la cima. A consecuencia de los disparos murió Ricardo García Pellejero.  

Los guardias civiles y la policía que vigilaban la zona dijeron que tenían órdenes de “no intervenir”. La participación del Ministerio del Interior español y su responsabilidad en la organización de estos actos fueron evidentes. La ficción de las “dos facciones” fue una burda patraña urdida por la propaganda española para justificar su agresión.

TERRORISMO DE ESTADO PARA LIQUIDAR EL CARLISMO

El resultado de dos muertos y más de veinte heridos, varios de ellos graves, constituye la parte más gráfica y dolorosa, desde el punto de vista humano, del balance del terrorismo estatal español en Montejurra. Desde la perspectiva política, el terror consiguió una parte importante de sus objetivos. No eliminó físicamente la figura de Carlos Hugo, a pesar de que muchos consideraron que era uno de los objetivos previstos. Pero logró el declive progresivo del peso del Partido carlista y, al final, el eclipse de Carlos Hugo como líder político.

Tras muchas investigaciones y revisión de testimonios, se ha podido construir un relato veraz de lo ocurrido. El ataque de Montejurra supuso, en la práctica, el ocaso del partido más antiguo del Estado español, de las Españas como dicen los carlistas, que llevaba vigente desde que en 1833 se alzó con la bandera de los fueros y la defensa de los bienes comunes frente al unitarismo de los gobiernos españoles, mal llamados liberales, y las desamortizaciones de los mismos a favor de los caciques locales. 


08 mayo 2016

JON ORIA Y EL POLIEDRICO SIGLO XVI

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La Utopía renacentista que se había creado en la Corte de Margarita de Navarra, estaba basada en el mito de un mundo mejor, en el Paraíso de Paz y Bienestar
Jon Oria

Ha muerto Jon Oria (Estella, 1931). Historiador, escritor, profesor en Inglaterra, investigador vinculado a las universidades de Nottingham, Oxford, Londres y Cambridge. Sus aportaciones al conocimiento de la etapa renacentista en Navarra son de un valor incalculable y enorme su implicación en las tareas de Nabarralde en su trabajo de recuperación de la historia y memoria de nuestro Estado. Sus aportaciones en los congresos que organizamos con motivo del 500 aniversario del inicio de la conquista de Navarra en 1512 por las tropas del rey Fernando, el falsario, son de un gran valor para la comprensión global del contexto geopolítico del momento.

Para nosotros ha sido un compañero de viaje. De trabajo. Hay varios autores que son imprescindibles para descifrar el complejo siglo XVI en Europa. Uno de ellos es indudablemente Mijail Bajtin, con su obra sobre “La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais”. Lo es, también, Lucien Febvre, que escribió «Le problème de l’incroyance au XVI siècle. La religion de Rabelais». Con Stefan Zweig, autor de «Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia”, podrían formar una triada para aproximarnos a la época.  Pero una aproximación seria a la realidad cultural navarra de la etapa inmediatamente posterior a la dominación española, implica conocer los trabajos de Jon Oria. Sobre todo los relacionados con la Corte de la reina Margarita de Valois, por su familia, y de Navarra a través de su matrimonio con el rey Enrique II, el Sangüesino, en 1527.

En estos momentos de pesar no podemos olvidar su talante irónico y afectuoso, ni su compromiso con el objetivo de la recuperación de un Estado navarro libre, independiente, en estos tiempos de confusión y crisis global.

Un hombre libre para una patria libre.

02 mayo 2016

UN PUEBLO Y DOS BANDERAS

La bandera nacional representa el poder político por medio del cual la nación se convierte en actor soberano en su territorio y para el resto de naciones. La bandera preside los rituales que actúan como instrumentos de socialización y también como instrumentos de poder para orientar la conducta. Funciona por adhesión emocional, asociada a menudo al himno, al margen de cualquier interpretación o análisis.
Albert Balcells

Si hay algún símbolo que conmueve la sensibilidad de las personas es la bandera de la nación a la que pertenecen. La emotividad que provoca su presencia es muy fuerte. Los lazos de solidaridad que expresa y remueve son profundos. Como dice Albert Balcells, el símbolo que enuncia con más claridad la presencia de una nación es su bandera. Por eso los estados hacen valer la suya en los eventos en que participan: congresos, espectáculos, o compiten, como, por ejemplo, en el deporte. Como decía El País, “Esta vez sí. Esta vez Rafa Nadal será el abanderado español en la ceremonia de inauguración de los Juegos de Río el próximo 5 de agosto. El campeón olímpico de Pekín 2008 ya había sido elegido para los Juegos de Londres 2012, pero debió renunciar por lesión. ‘El deporte español se lo debe’”.

Es chocante, en este sentido, observar cómo cada cierto tiempo despunta y se recrudece la llamada guerra de las banderas. En nuestro país, sin ir más lejos, además de otras controversias tenemos un conflicto entre dos enseñas que son nuestras. Sufrimos la oposición entre dos elementos simbólicos que nos constituyen y afirman, que nos representan. En una misma población, unos se envuelven en la ikurriña, y otros se reconocen en la navarra, y encima, en ocasiones, unos y otros se enfrentan y enfadan.

A favor de la ikurriña se defiende, sobre todo, su papel como elemento de resistencia frente al fascismo y signo de la persecución del pueblo vasco por el régimen de Franco. También se insiste en su diseño o invento por los hermanos Arana Goiri para representar al conjunto del Zazpiak Bat, expresión más genuina, dicen, del hecho nacional vasco. Los sufrimientos padecidos que representa la ikurriña no se discuten y su valor afectivo es enorme.

Sin embargo, la máxima institución política que puede tener una nación es su Estado. El Estado expresa la soberanía de un pueblo (el reconocimiento, la existencia oficial, los instrumentos económicos, jurídicos, territoriales y de toda naturaleza para ser y desarrollarse en libertad) y lo constituye en sujeto político a nivel internacional. Las naciones con Estado normalmente tienen definido su símbolo nacional y existe un consenso generalizado para aceptarlo como tal. Esto nos lleva a una realidad incontestable, y es que en el caso vasco el único Estado que podemos calificar como propio, no ajeno, ocupante o dominante, es el de Navarra. Y Navarra tiene una bandera (como otros símbolos políticos: capitalidad, himno, etc.), también significada por una emotividad y una adhesión muy extendidas.

Cuando se plantea la polémica, al menos en términos argumentales, para no caer en el desgaste de los enfrentamientos que nos disgregan, hay que saber valorar lo que cada símbolo significa; porque eso será lo que vamos a utilizar con ese signo; y eso también lo que podemos perder si lo desdeñamos, o regalar al adversario que se sentirá encantado de arrebatarnos instrumentos de identidad y acción política.

De esta manera, la ikurriña se vincula a una determinada época (muy reciente, un siglo es un período muy breve en la historia de una colectividad), a la reivindicación vasquista, a la lengua y la resistencia antifranquista. Dolor, lucha, persecuciones… Es un bagaje reactivo, emotivo a corto plazo, pero con poca proyección societaria.

Por otra parte, la bandera navarra se vincula a una memoria de largo recorrido, a un Estado que creó instituciones y realidades de solera (independencia, fueros, hitos memorables, formas de vida, cultura, castillos, patrimonio de toda índole…). A veces se nos olvida que detrás de estas palabras emerge una cadena de raíces que nos confiere un suelo común, vivencial, familiar, de intereses, de trabajo, de lengua (sí; también la lingua navarrorum, aunque casi extirpada del uso cotidiano, pertenece a la memoria de la bandera navarra).

En efecto, hay que entender que un Estado como Navarra, al margen de que fuera reino, anarquía medieval o quimera shakesperiana, representa la vida real, la cotidiana, la organizada. Por poner un ejemplo, el sociolingüista Koldo Zuazo ha definido la hipótesis de una lengua vasca unificada –un euskera koiné-, por la mera lógica de un poder político en Pamplona, con la dinámica comercial, productiva, de comunicación que conlleva. Es decir, un elemento tan identitario y característico como la lengua se determina por la naturalidad que acompaña a la existencia del Estado. En la normalidad del reino de Navarra, sin pretensiones lingüísticas ni retóricas ajenas a aquella época, el euskera se normalizó; se unificó; se convirtió en la base cultural, técnica, lingüística... de toda la colectividad. Es lo que hace tener un Estado: que la convivencia y la sociedad se realizan, en el doble sentido de constituirse y ser real.

Del bagaje reactivo que decíamos de la ikurriña, pasamos a un capital político de una cualidad infinitamente superior. De seña de protesta y lucha a elemento simbólico de trabajo, territorio, construcción jurídica, de grandes personajes, obras, vida…

En cuanto a su proyección ante el mundo, ¿qué podemos decir en el plano del reconocimiento internacional? No es lo mismo que nos saquemos una bandera de la chistera y digamos: “aquí estamos porque nos da la gana”; porque nosotros desafiamos al Estado que nos violenta… O que nosotros levantemos una bandera que representa una existencia internacional, aunque sea rota, conquistada, y que expongamos que ahí está la base de la violencia. De un problema de orden público, una cuestión de orden interno (de los Estados actuales, que son el sujeto del presente), pasamos a la definición de un conflicto internacional.

La ikurriña también es nuestra, y no hay que abandonarla, porque su energía es nuestra; además, enseguida sería apropiada y utilizada para dividirnos. Pero no olvidemos que Navarra expresa la máxima jerarquía política lograda por el pueblo vasco a lo largo de su existencia. Sus símbolos, bandera, escudo, himno, etc., significan la plenitud política de nuestra nación. Cualquier otro símbolo para representarlo en su conjunto, desde el punto de vista de su dimensión política, será siempre de inferior categoría.


28 abril 2016

LA GESTIÓN DE LA MEMORIA


La guerra de España en América fue plenamente moderna, precisamente gracias a su decidida voluntad de gestionar la memoria a través de la confusión

Jorge Luís Marzo
La memoria administrada


Un episodio de la historia pamplonesa y de su memoria

Hasta hace pocos años en el monumento erigido en Pamplona, en la posguerra del 36, a Iñigo de Loyola, en una de las dos placas adosadas al mismo se leía la siguiente inscripción: Soldado y combatiente de España, Ignacio de Loyola cayó defendiendo el Castillo de la Ciudad de Pamplona el 20 de mayo de 1521. El texto refleja con exactitud la realidad histórica de lo sucedido. Loiola cayó herido defendiendo Pamplona en un conflicto en el que participaba en uno de los bandos: el español, según se indica en el texto. No obstante, a pesar de su exactitud histórica, oculta un aspecto tal vez más importante para la sociedad navarra contemporánea.

Por el hecho de aparecer en un monumento público, el texto citado pretendía presentar una connotación positiva. La acción de Loiola, considerada “heroica” por quienes ordenaron erigirlo, merecía ser recordada en un monumento –en piedra- en su honor. En 1950, en pleno franquismo, el Ayuntamiento de Pamplona lo inauguró. Con arzobispo, alcalde y el conjunto de gobernadores, civiles y militares incluidos. La Pamplonesa dirigida por el maestro Cervantes. No hay que decir que el otro bando, el enemigo, el que hirió a Iñigo, según la historia oficial, eran los franceses, seculares enemigos de España:

Tras sucesivos destrozos del monumento, con decapitación incluida, en 2005 el Ayuntamiento decidió reconstruirlo –ahora en bronce-. La placa que rezaba “Soldado y combatiente de Cristo…” se mantuvo, no así la antes citada de “Soldado y combatiente de España…”. La relación de Loiola con la capital navarra había perdido en este camino un dato de primera magnitud. Según el texto de la placa conservada, Iñigo podía ser sencillamente un mártir cristiano o estar luchando por cualquier causa.

Es evidente que a los navarros molestaba mucho la conmemoración, en positivo, de una “gesta” en la que Navarra fue derrotada. De este malestar proceden los sucesivos destrozos del monumento. Pero nos debería exasperar más aún el hecho de que, hoy todavía, no se contextualice el evento que rememora.

En este hecho intervienen historia y memoria. La historia reflejada en la placa antigua era real, pero escocía la memoria histórica de los navarros. La segunda, que pretende ser “aséptica”, pienso que se debería considerar un atentado a la realidad histórica y a la memoria. Loiola cayó por España, sí, pero eso es parte de la verdad, ya que no cayó contra los franceses, sino contra un ejército organizado por la propia Navarra en el último intento del siglo XVI por recuperar su independencia. El hecho de no reflejar esta realidad, hace al monumento cómplice del olvido de la propia historia, además del de la memoria que ya expresaba el anterior.

En contraste con la presencia en Pamplona de un monumento a Iñigo de Loiola extraña la ausencia de uno al Mariscal Pedro de Navarra. El Mariscal fue defensor acérrimo de la independencia del reino frente a la ocupación castellano-española, hecho prisionero en 1516 en Roncal, rechazó en 1518 el perdón real a cambio de reconocer la legitimidad de la conquista del reino. Murió violentamente, en circunstancias confusas, en la prisión de Simancas en 1523. Un héroe para la memoria de los navarros. Ocultación de la historia, negación de la memoria

Estos hechos, cotidianos para la experiencia del paisaje urbano de los pamploneses, resumen con bastante claridad las complejas relaciones entre historia y memoria.


Historia y memoria

Según afirma Albert Balcells (2015):

La historia busca la objetividad y asume la complejidad y las contradicciones humanas. En cambio, la memoria es subjetiva, simplificadora y polarizada, pero eso no quiere decir que sea falsa. La historia comporta contextualización, relativización y perspectiva o distanciamiento cronológico. Es sabido hoy que la inteligencia es emocional y que, por tanto, toda dicotomía es irreal en el ámbito del recuerdo del pasado. La memoria ya no se alimenta de mitos como en los tiempos más antiguos, ni de leyendas como en los tiempos medievales, sino que busca el soporte del conocimiento histórico. De aquí la confluencia entre la memoria, materia prima de la identidad colectiva, y la historia, que es una ciencia social. Como toda ciencia no es estática: está en revisión permanente. Con el paso del tiempo la perspectiva histórica es móvil y, así como el presente no se puede enfocar con los esquemas de hace cincuenta años, tampoco el pasado permanece incólume a este cambio, no por una contaminación de presentismo sino porque la perspectiva ha variado.

La memoria y la historia presentan dos aspectos de una misma realidad: los hechos sucedidos en el pasado a una sociedad concreta. La historia –ciencia social y, por ello, relativamente objetiva- habría de ser el soporte de la memoria –realidad más cercana al activismo social-. En situaciones normalizadas ambas deberían caminar unidas y de modo complementario.

La realidad en muchas ocasiones no es tan idílica. Cuando el conflicto ha desgarrado una sociedad y sus heridas permanecen abiertas la situación presenta otros aspectos más peliagudos. Siempre se ha dicho, con razón, que la historia la escriben los vencedores. La memoria es, por el contrario, el patrimonio de los derrotados. La memoria histórica representa el factor que permite a los derrotados tener posibilidad de reivindicación, reparación, resarcimiento y de acceder, a su vez, al plano de la historia. El olvido supone, tal vez, el fracaso definitivo de la sociedad que sufrió la primera capitulación desde el punto de vista militar y político.

Walter Benjamin[i] decía que los grupos humanos, sociedades, pueblos, naciones, clases sociales etc., que olvidan sus derrotas, normalmente por imposición de los triunfadores, son doblemente vencidos. La primera vez en el hecho físico de la pérdida en sí misma y la segunda, a través del olvido, de la amnesia de su derrota y de los elementos que la soportan.

Toda la historia se escribe desde los intereses del presente y trata de justificarlo. Quienes ocupan las posiciones hegemónicas en una sociedad son, normalmente, los herederos de sus victorias históricas y su historia es, en general, una justificación de su estatus. La historia, toda la historia, se construye mediante la selección de algunos hechos del pasado y su importancia e interpretación se realiza desde los intereses del presente, de modo que puedan justifica su dominio.

Para los derrotados, la memoria proporciona la posibilidad de seleccionar como hechos relevantes del pasado otros, olvidados en la historia oficial, o, por lo menos con una interpretación diferente. Como afirma Raymond Aron (1964): El pasado no está definitivamente asentado más que cuando no hay porvenir. Quienes someten y quienes son sometidos no tienen la misma historia. Los intentos de reescribirla son continuos.

Afirmaba Koselleck (2010)

’Que hay que reescribir de vez en cuando la historia mundial es algo de lo que seguramente ya queda ninguna duda en nuestros días’ escribía Goethe. ‘Pero tal necesidad no procede, por ejemplo, del hecho de que numerosas cosas pasadas hayan sido descubiertas, sino de que llegan perspectivas nuevas, de que el contemporáneo de un tiempo de progreso es conducido a un punto de vista (Standpunkt) a partir del cual se puede ver y juzgar el pasado en su conjunto’.

Y en este sentido, Edward Said (2004) era contundente cuando expresaba que la escritura de la historia es el mejor camino para dar la definición de un país. Y, a continuación, la identidad de una sociedad es, en gran parte, función de la interpretación histórica.


Gestión de la memoria

Casi parece hecho a propósito. Como preludio y ensayo de las conquistas americanas, Castilla conquistó y ocupó las Islas Canarias a finales del siglo XV. A modo de resultado de ello, encontramos uno de los ejemplos más claros de la capacidad de manipular y consolidar no sólo la historia –ellos la escriben- sino, también, la memoria. En la Isla de Tenerife, al norte del Teide, existen dos pueblos que llevan en su nombre el topónimo de origen guanche “Acentejo”. Uno es “La Matanza de Acentejo”; junto al que se encuentra “La Victoria de Acentejo”. Conmemoran dos batallas: una ganada por los guanches ante los invasores españoles (1494), la otra, a la inversa, por los españoles frente a los guanches (1495).

Canarias no es un Estado independiente y es una nación sometida a España. Por lo mismo no es difícil saber qué nombre corresponde a cada batalla. Las dos son historia, las dos tienen un fuerte contenido memorial, pero el uso de la memoria está determinado por quienes vencieron y hoy dominan. Por eso, en el uso oficial, la matanza es lo que hicieron, primero, los guanches y la victoria es lo que, después, hicieron los españoles. Hoy los guanches han perdido por completo su lengua y su estructura cultural, social y política. Los españoles tienen todo eso en plenitud a través de su Estado y, por supuesto, la capacidad de gestionar la “memoria” de los propios descendientes de los guanches del siglo XV.

La actuación española durante el Barroco, época de la conquista y sometimiento de los pueblos americanos, está repleta de este tipo de acciones. Lo que sucedió posteriormente es que estos pueblos se emanciparon, por lo menos los criollos, durante el siglo XIX y esos aspectos históricos y memoriales fueron cambiados en gran parte. La nación Canaria continúa colonizada.

El uso de los monumentos o de los nombres que designan lugares y calles cuando hacen referencia a personas o hechos “históricos” no es nunca aséptico. Siempre tiene una connotación –positiva- relacionada con la visión de quienes otorgaron el nombre o el uso correspondientes. Y su función es memorial. De modo inconsciente o banal, pero con una intención de conformar el imaginario colectivo de la sociedad subordinada, de la memoria que constituye su identidad.

Por lo mismo, Iñigo de Loiola tiene un monumento en Iruñea. Representa un momento de la gestión de la memoria llevada a cabo por quienes conquistaron y ocuparon Navarra. Manifiesta el interés de quienes lo erigieron (1950) o lo reconstruyeron (2005). Se trata siempre de ocultar o tergiversar la memoria de los sometidos. En el primero se explicaba (parte de) la historia pero se humillaba la memoria de los navarros. En el segundo, lograron ocultar todo: historia y memoria. Pero eso es imposible.

En la historia, si no se investiga y expone otra más seria, más objetiva, prevalece la académica, la oficial, en este caso la de una Navarra desgarrada por conflictos internos y por las “apetencias” francesas que Castilla-España vino a “rescatar” y “recuperar” para llevarla al “buen camino”, al de su destino histórico unido al del resto de la monarquía hispánica. Por arte de birlibirloque desaparece la historia de un Estado europeo que durante muchos siglos fue modelo de organización social y política y lo convierte en un apéndice regional de España. Y con otra perspectiva, al norte de los Pirineos, de Francia.

En el campo de la memoria no existen tierras de nadie. Si los vencidos no se esfuerzan por preservar la suya acabarán –Benjamin dixit- derrotados en una segunda, y tal vez definitiva, ocasión.

Por eso es más grave la apropiación de la memoria que la de la historia oficial. Mientras la historia se sigue escribiendo permanentemente, la memoria perdida resulta mucho más difícil de recuperar. La pervivencia de la memoria y su capacidad de movilización social son elementos fundamentales para una reescritura de la historia desde los intereses de los derrotados. Y para la reparación de ofensas y agravios sufridos, para construir la justicia.


Coda

La memoria es subjetiva y resalta la visión de los hechos o lugares que una sociedad considera relevantes en la formación de propia identidad, de su personalidad. La memoria, como dice Balcells, en la antigüedad se basaba en los mitos y en la Edad Media en las leyendas. En la modernidad debe soportarse sobre la historia. En una historia apoyada sobre los requisitos de método que la convierten en una ciencia social. De este modo adquiere un mayor grado de objetividad.

La memoria de las sociedades, de forma análoga a la de las personas, es la base de su identidad, les permite permanecer a lo largo del tiempo y afrontar los diversos avatares que encuentran en su camino y, sobre todo, les capacita para diseñar proyectos de futuro. Sin memoria no hay identidad, sin identidad no hay cohesión social y sin ambas no hay proyecto. El proyecto, los proyectos, es, son, la clave de cualquier sociedad. Son garantía de vida, de ilusión y de perspectivas de un futuro justo y atractivo.



BIBLIOGRAFÍA

Aron, Raymod. “Dimensions de la conscience historique”. Paris 1964. Editions Plon

Balcells, Albert. Introducción del libro. Pujol Enric & Queralt Solé (eds.)  “Una memòria compartida. Els llocs de memòria dels catalans del nord i del sud”. Catarroja 2015. Editorial Afers

Koselleck, Reinhart

 «L’expérience de l’histoire». Paris 1997. Gallimard/Éditions du Seuil
«historia/Historia». Madrid 2010. Editorial Trotta

Löwy, Michael. “Walter Benjamín: Avertissement d’incendie. Une lecture des thèses ‘Sur le concept d’histoire’». Paris 2001. Editions Presses Universitaries de France (PUF)

Mate, Reyes. «Medianoche en la historia». Madrid 2006. Editorial Trotta

Oyarzún Robles, Pablo. “Walter Benjamín. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia”. Santiago de Chile 2009. LOM ediciones




[i] Tesis sobre el concepto de historia. Publicadas en 1942. Bibliografía; Löwy Michael (2001),  Mate Reyes (2006), Oyarzún Pablo (2009) y http://www.bolivare.unam.mx/traducciones/Sobre%20el%20concepto%20de%20historia.pdf


Publicado en la revista Herria 2000 Eliza. 260. zk. 2016