Tras leer el estimulante artículo con el que nos despertó Mikel Sorauren, "Identidad y burka"(*), en el amanecer de 2010, considero interesante contribuir al debate iniciado con algunas ideas. Pocas, demasiado pocas, para la necesidad que hay en nuestro nivel más próximo, en Vasconia, en el de su entorno geopolítico, en Europa y el mundo occidental, y en todo el conjunto de la humanidad. Tampoco pretendo llegar a conclusiones, sino simplemente continuar la reflexión iniciada por Sorauren, dada su gran actualidad e interés.
Uno de los puntos de partida, para mí de difícil discusión, es la reflexión de que los logros políticos que habitualmente consideramos como democráticos corresponden a situaciones en las que la relación de fuerzas sociales se manifestó favorable a tales compromisos. No obstante, llegar a esos acuerdos, consensos o compromisos, por lo menos en el principal caso producido en la historia de la humanidad, ha costado largos y graves conflictos y sobre todo, sangre, sudor y lágrimas a personas y sociedades con nombres concretos.
Otro principio básico es, en mi opinión, que no valen los “angelismos”, es decir los falsos “pacifismos” o “no violencias” del estilo de la “alianza de civilizaciones”. La violencia es la “partera de la historia” (Marx dixit) y el conflicto forma parte indisoluble la trayectoria de la humanidad. Lo que sucede es que cuando el combate se manifiesta ruinoso para todos los protagonistas, se buscan soluciones de compromiso. La teoría de juegos, puesta en valor en los últimos años del pasado siglo, ha demostrado la superior capacidad de satisfacer y minimizar los sufrimientos a las partes en conflicto que conllevan las soluciones consensuadas o pacíficas, frente a las estrategias basadas en la pura venganza o “ley del Talión”. Aunque para llegar a ellas haya sido necesario probar la capacidad de movilización social, poder real, de cada una de las partes en conflicto y, sobre todo, no bajar la guardia tras los acuerdos alcanzados. Es la esencia de la democracia.
En Europa occidental, siglos de lucha y de elaboración de teorías acordes han desembocado en la situación actual. Entre los hitos más importantes en esta contienda se encuentran, desde el punto de vista político práctico, la superación de los conflictos religiosos en Europa surgidos tras la reforma protestante. La asfixia que suponía el catolicismo romano para el desarrollo industrial y comercial, basado en su negación de la libertad individual, hizo que los estados más comprometidos en este proceso (Países Bajos, Inglaterra y algunos estados alemanes, sobre todo) se rebelaran en su contra. A partir del fin de la Guerra de los Treinta años en el siglo XVII, la última gran guerra de religión en Europa, su mapa quedó fijado en dos zonas bastante estables, correspondientes a las áreas de influencia reformada y a la católico-romana.
El camino europeo fue muy largo y se vio atravesado por sufrimientos incontables. Todavía Voltaire, en pleno siglo XVIII, tuvo que batallar en contra de la intolerancia católica en el conocido “asunto Calas”, personaje ejecutado en 1762 como fruto de la misma. No obstante, filósofos británicos como Hume y Locke y los Ilustrados franceses, aportaron una inapreciable dosis de racionalidad al tratamiento de estos asuntos. En el mundo occidental una de las últimas manifestaciones de esta intransigencia fue la guerra de 1936-39, basada en una rebelión militar-fascista y declarada como “Cruzada” por la Iglesia Católica, en una época en la que la mayor parte de las sociedades occidentales eran ya laicas.
Otro mundo sobre el que reflexionar es el oriental: Japón realizó de una forma, también compleja y cruenta, su particular evolución hacia una sociedad laica. Su caso se veía favorecido por la presencia en la misma de unas concepciones religiosas no fundamentalistas y, además, muy variadas. Algo semejante sucede en la civilización china, en la que el sustrato confuciano presenta un buen soporte para alcanzar una forma no religiosa de entender la organización social. La India, como crisol de religiones poco inclinadas al monoteísmo y, por lo mismo, a soluciones teocráticas, constituye otra sociedad interesante en la que, a pesar de surgir conflictos religiosos con el monoteísmo musulmán, expresa una elevada laicidad política.
Las religiones monoteístas llevan implícito un principio totalitario: la existencia de un dios absoluto, dueño de vidas y haciendas y, en el fondo, gestor de toda la realidad, tanto natural como social. Aunque tal dios siempre se ha expresado y se expresa, ya que no puede hacerlo de de otro modo, a través de grupos y personas con unos intereses sociales, económicos y políticos absolutamente terrenales.
El absolutismo al que corre el riesgo de conducir el monoteísmo sólo tiene una salida democrática que es, precisamente, el equilibrio de fuerzas al que le puede llevar su coexistencia con otros grupos, bien sean laicos (ateos o agnósticos, por ejemplo), bien de religiones no monoteístas o incluso de otros monoteísmos y, sobre todo, sus relaciones con otras realidades sociales existentes en el resto del mundo. A partir de esas (auto)limitaciones obligadas es posible acceder a situaciones secularizadas en las que no sean los sedicentes representantes del “ser supremo” quienes impongan sus normas, sino que lo sea la propia sociedad organizada democráticamente de forma autónoma.
El mundo que, hipotéticamente, pudiera surgir de este equilibrio es casi seguro que no será como el que se manifiesta hoy en nuestras sociedades occidentales, pero, por lo menos, pienso que estará basado en el respeto y en unos principios “no revelados” sino adoptados democráticamente por la propia sociedad sin referentes celestiales, heterónomos o, simplemente, externos.
¿Podrá el mundo musulmán encontrar, tanto desde dentro como en colaboración con otras sociedades, un atajo que le permita acceder a la superación del totalitarismo religioso que supone su creciente “islamización”, sin pasar por todas las guerras y dolores que sufrieron las sociedades cristianas hasta épocas muy recientes? ¿Tendrá capacidad de construir unas sociedades “laicas” al modo de las del mundo occidental, el indio, el japonés o el chino? ¿Puede un occidente laico y postcolonial, por supuesto, colaborar en esa búsqueda? ¿Cómo?
(*) www.euskaldunak.info/sorauren/?p=86
05 enero 2010
30 diciembre 2009
ESPAÑA EN SU SOLEDAD
Los españoles están viendo las orejas al lobo. Tras mucho tiempo de mofa y menosprecio de Cataluña, se la han encontrado respondona. No es fácil saber aprovechar las fuerzas propias de una forma eficaz y eficiente para lograr la emancipación nacional. Menos lo es todavía cuando la nación dominante se expresa a través de un Estado que, tanto a lo largo de siglos de historia, como en la actualidad, ha sido de todo menos democrático. Pero han iniciado un camino que pronto puede estar en un punto de “no retorno”. Se lo deseo de todo corazón a los catalanes y creo que debemos darles nuestra solidaridad incondicional.
Pienso que la mejor forma de expresar ese apoyo sería concretándolo en una acción política de emancipación en paralelo. Para España, mantener dos frentes abiertos en simultáneo constituiría un envite demasiado fuerte. Ya le sucedió en el siglo XVII con la guerra simultánea frente a Portugal y a Cataluña. Los portugueses triunfaron, mientras que los catalanes no. Tal vez no tuvieran los mejores aliados, ya que los franceses iban a lo suyo y de la guerra correspondiente sacaron buena tajada y el Rosselló y parte de la Cerdanya pasaron a sus manos, a las de su férreo unitarismo que siempre ha intentado borrar toda memoria histórica, toda seña de identidad, de los pueblos ocupados.
Cataluña ha emprendido un camino que esperemos sea el acertado. Nosotros, por el contrario, parece que no somos capaces de otear el horizonte, de percibir por dónde corren los vientos en Europa y en el mundo. En una palabra, permanecemos desde hace mucho tiempo en una situación de enquistamiento y, lo que es peor, con una clara tendencia a la involución.
Lo he repetido muchas veces, no quiero idealizar Cataluña ni creo que nuestras respectivas situaciones sean semejantes. Nuestras propias historia y cultura social y política tienen paralelismos y semejanzas pero, también, aspectos muy diferentes, comenzando por la situación lingüística. Ambas son sociedades con un tejido asociativo muy fuerte, con una cultura de comunidad y solidaridad muy importante. En el aspecto lingüístico, los Países Catalanes han mantenido su lengua propia prácticamente por todo su territorio, con la excepción de pequeñas partes del País Valenciano. En nuestro caso, el retroceso geográfico y humano del euskera viene de muy atrás. Es cierto que hay enormes bolsas de inmigración no integradas, pero eso se produce en ambos países.
Creo que frente a la cerrazón del unitarismo hispano, hay que recordar que en España no hay federalistas “de verdad” (puede que haya alguno de boquilla), la única solución positiva es escapar de esa “cárcel de pueblos” que es España. Para que haya federalismo tiene que haber, por lo menos, dos partes que se quieran federar. Y de eso nada hay en España. Por lo mismo, son palabras huecas e intentos vanos de marear la perdiz todos los discursos para justificar un “acomodo” en España o “cautivarla”. España no admite otra cosa que la subordinación, la integración incondicional, la asimilación.
Se ha estudiado el asunto desde el punto de vista económico, tecnológico, de investigación e innovación. Desde todos esos planteamientos nuestra independencia no sólo se plantea como viable, sino también conveniente. Pero es, sobre todo, a la hora de mantener una sociedad integrada, capaz de incorporar a la misma a todas aquellas personas que han llegado y llegan de diferentes procedencias y de afrontar con éxito los retos que plantea la sociedad de la información desde la propia personalidad y cultura. La libertad de la sociedad y el mantenimiento de sus lazos y relaciones de solidaridad y cooperación son, al mismo tiempo, elementos básicos para su desarrollo armónico y en equilibrio con la tierra.
No basta con hablar de “independencia” como una palabra fetiche. La independencia no tiene, aquí y ahora, otra forma que la de un Estado propio. Este debate en Cataluña actualmente está en la calle y en cualquier medio de comunicación, digital o escrito. Entre nosotros está clamorosamente ausente. Y no debe estarlo por más tiempo. Nuestra sociedad tiene potencia archidemostrada para hacer muchas cosas. Concretando, en tiempos recientes, la creación de las ikastolas, la puesta en marcha del movimiento cooperativo o el capacidad de sacar periódicos nuevos de la noche a la mañana. Hay que saber aprovecharla. Y obtener el máximo rendimiento político.
Es hora de decir basta y de parar actividades que pretenden sustituir esa capacidad, ese poder, por vías delegadas. Esos caminos están desacreditados y en franco retroceso. Cuanto antes terminen mejor. La participación incondicional, como partidos, en el sistema político español ha demostrado todas sus limitaciones y la involución real a que nos llevan. Lo que algunos denominan “lucha armada”, en realidad un conflicto de ínfimo nivel estratégico y perfectamente asumido por el contrario, sirve únicamente para distraer las fuerzas de una juventud solidaria y generosa y encerrarla en las cárceles españolas y francesas, sin ningún logro político real. También en este campo sólo hay retrocesos, sin contar con su utilización propagandística internacional, en nuestra contra evidentemente, por parte de los poderes de ambos estados.
Tenemos capacidad para expresar nuestra fuerza y concretar el camino a la recuperación de nuestro Estado, el navarro por supuesto. Esta será nuestra mejor manifestación solidaria con todo el mundo y, también con Cataluña. España volverá tener dos frentes abiertos, pero dos frentes de verdad, no de pacotilla y palabrería vana.
Cuando vascos y catalanes, o catalanes y vascos, que tanto da, lo logremos, entonces se encontrará, de veras, España en su soledad. Con su territorio, población y recursos reales.
Pienso que la mejor forma de expresar ese apoyo sería concretándolo en una acción política de emancipación en paralelo. Para España, mantener dos frentes abiertos en simultáneo constituiría un envite demasiado fuerte. Ya le sucedió en el siglo XVII con la guerra simultánea frente a Portugal y a Cataluña. Los portugueses triunfaron, mientras que los catalanes no. Tal vez no tuvieran los mejores aliados, ya que los franceses iban a lo suyo y de la guerra correspondiente sacaron buena tajada y el Rosselló y parte de la Cerdanya pasaron a sus manos, a las de su férreo unitarismo que siempre ha intentado borrar toda memoria histórica, toda seña de identidad, de los pueblos ocupados.
Cataluña ha emprendido un camino que esperemos sea el acertado. Nosotros, por el contrario, parece que no somos capaces de otear el horizonte, de percibir por dónde corren los vientos en Europa y en el mundo. En una palabra, permanecemos desde hace mucho tiempo en una situación de enquistamiento y, lo que es peor, con una clara tendencia a la involución.
Lo he repetido muchas veces, no quiero idealizar Cataluña ni creo que nuestras respectivas situaciones sean semejantes. Nuestras propias historia y cultura social y política tienen paralelismos y semejanzas pero, también, aspectos muy diferentes, comenzando por la situación lingüística. Ambas son sociedades con un tejido asociativo muy fuerte, con una cultura de comunidad y solidaridad muy importante. En el aspecto lingüístico, los Países Catalanes han mantenido su lengua propia prácticamente por todo su territorio, con la excepción de pequeñas partes del País Valenciano. En nuestro caso, el retroceso geográfico y humano del euskera viene de muy atrás. Es cierto que hay enormes bolsas de inmigración no integradas, pero eso se produce en ambos países.
Creo que frente a la cerrazón del unitarismo hispano, hay que recordar que en España no hay federalistas “de verdad” (puede que haya alguno de boquilla), la única solución positiva es escapar de esa “cárcel de pueblos” que es España. Para que haya federalismo tiene que haber, por lo menos, dos partes que se quieran federar. Y de eso nada hay en España. Por lo mismo, son palabras huecas e intentos vanos de marear la perdiz todos los discursos para justificar un “acomodo” en España o “cautivarla”. España no admite otra cosa que la subordinación, la integración incondicional, la asimilación.
Se ha estudiado el asunto desde el punto de vista económico, tecnológico, de investigación e innovación. Desde todos esos planteamientos nuestra independencia no sólo se plantea como viable, sino también conveniente. Pero es, sobre todo, a la hora de mantener una sociedad integrada, capaz de incorporar a la misma a todas aquellas personas que han llegado y llegan de diferentes procedencias y de afrontar con éxito los retos que plantea la sociedad de la información desde la propia personalidad y cultura. La libertad de la sociedad y el mantenimiento de sus lazos y relaciones de solidaridad y cooperación son, al mismo tiempo, elementos básicos para su desarrollo armónico y en equilibrio con la tierra.
No basta con hablar de “independencia” como una palabra fetiche. La independencia no tiene, aquí y ahora, otra forma que la de un Estado propio. Este debate en Cataluña actualmente está en la calle y en cualquier medio de comunicación, digital o escrito. Entre nosotros está clamorosamente ausente. Y no debe estarlo por más tiempo. Nuestra sociedad tiene potencia archidemostrada para hacer muchas cosas. Concretando, en tiempos recientes, la creación de las ikastolas, la puesta en marcha del movimiento cooperativo o el capacidad de sacar periódicos nuevos de la noche a la mañana. Hay que saber aprovecharla. Y obtener el máximo rendimiento político.
Es hora de decir basta y de parar actividades que pretenden sustituir esa capacidad, ese poder, por vías delegadas. Esos caminos están desacreditados y en franco retroceso. Cuanto antes terminen mejor. La participación incondicional, como partidos, en el sistema político español ha demostrado todas sus limitaciones y la involución real a que nos llevan. Lo que algunos denominan “lucha armada”, en realidad un conflicto de ínfimo nivel estratégico y perfectamente asumido por el contrario, sirve únicamente para distraer las fuerzas de una juventud solidaria y generosa y encerrarla en las cárceles españolas y francesas, sin ningún logro político real. También en este campo sólo hay retrocesos, sin contar con su utilización propagandística internacional, en nuestra contra evidentemente, por parte de los poderes de ambos estados.
Tenemos capacidad para expresar nuestra fuerza y concretar el camino a la recuperación de nuestro Estado, el navarro por supuesto. Esta será nuestra mejor manifestación solidaria con todo el mundo y, también con Cataluña. España volverá tener dos frentes abiertos, pero dos frentes de verdad, no de pacotilla y palabrería vana.
Cuando vascos y catalanes, o catalanes y vascos, que tanto da, lo logremos, entonces se encontrará, de veras, España en su soledad. Con su territorio, población y recursos reales.
19 diciembre 2009
DESOLACIÓN
Resulta desoladora la forma cómo plantea, en su sección de “Cultura y sociedad” del pasado lunes 14 de diciembre, el diario de más difusión y tirada (parece que merecidamente en descenso) de lo que la actual organización política y administrativa del Estado español denomina como Comunidad Foral de Navarra, la siguiente propuesta literaria:
El texto precedente no tiene desperdicio, tanto por las incorrecciones como por las omisiones, algunas de bulto, que, según mi criterio, contiene y porque da la impresión de que su autor, Martín Nogales, sólo ha leído, a vuela pluma, la contratapa de la obra en cuestión.
Llamar escritor holandés, por el simple hecho de haber nacido en los Países Bajos en 1931, a quien vivó prácticamente toda su vida en la tierra de su padre, Austria, que escribió en alemán sus obras y que fue el autor más beligerante a la hora de denunciar y fustigar la hipocresía de su propia sociedad, la austriaca, indica un serio despiste sobre la personalidad y la obra de Bernhard. Más allá de “un hombre que trata de explicarse a sí mismo”, que dice Nogales, creo que Bernhard es un crítico implacable de la farsa de su entorno y que lo hace, como muchos otros grandes escritores, narrando su propia experiencia vital.
Anagrama editó en español, por separado, los cinco relatos reseñados por Nogales hace ya bastantes años y actualmente estaban agotados o descatalogados. En realidad no se trata de cinco novelas distintas sino, más bien, de una suerte de autobiografía de la infancia de su autor, narrada en cinco episodios. Ahora, en 2009, los ha reeditado en un único volumen como “Relatos autobiográficos”. Lo que aparece en esta obra no es sólo su infancia, es también y, quizás sobre todo, una visión sombría y ácida de la realidad de Austria tras la Segunda Gran Guerra del siglo XX.
Para terminar este breve comentario me queda resaltar que, al afirmar que son sus “cinco novelas más importantes”, da la sensación de que el crítico del diario de Cordovilla no ha leído ni “Trastorno” ni “El sobrino de Wittgenstein” ni “Sí”, por citar algunas de las que me parecen fundamentales. Así como tampoco “Maestros antiguos”, obra llevada al teatro entre nosotros hace pocos años.
www.diariodenavarra.es/20091214/culturaysociedad/los-escritores-investigan.html?not=2009121402115819&idnot=2009121402115819&dia=20091214&seccion=culturaysociedad&seccion2=culturaysociedad&chnl=40
La editorial Anagrama ha reunido en un solo volumen las cinco novelas más importantes de Thomas Bernhard, que falleció en 1988. Se han publicado con el título global de Relatos autobiográficos. Son: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño.
La lectura de este libro no deja indiferente. La literatura de este escritor holandés es una investigación sobre su vida y los aspectos más sombríos de su carácter. Estos relatos señalan el camino de la desesperanza y de la resignación. Bernhard es iconoclasta, implacable, obsesivo, sombrío. En estas páginas leemos a un hombre que trata de explicarse a sí mismo cómo llegó a ser lo que es. Su indagación no es nada complaciente. Bernhard nos dice que la infancia no es siempre una Arcadia feliz.
El texto precedente no tiene desperdicio, tanto por las incorrecciones como por las omisiones, algunas de bulto, que, según mi criterio, contiene y porque da la impresión de que su autor, Martín Nogales, sólo ha leído, a vuela pluma, la contratapa de la obra en cuestión.
Llamar escritor holandés, por el simple hecho de haber nacido en los Países Bajos en 1931, a quien vivó prácticamente toda su vida en la tierra de su padre, Austria, que escribió en alemán sus obras y que fue el autor más beligerante a la hora de denunciar y fustigar la hipocresía de su propia sociedad, la austriaca, indica un serio despiste sobre la personalidad y la obra de Bernhard. Más allá de “un hombre que trata de explicarse a sí mismo”, que dice Nogales, creo que Bernhard es un crítico implacable de la farsa de su entorno y que lo hace, como muchos otros grandes escritores, narrando su propia experiencia vital.
Anagrama editó en español, por separado, los cinco relatos reseñados por Nogales hace ya bastantes años y actualmente estaban agotados o descatalogados. En realidad no se trata de cinco novelas distintas sino, más bien, de una suerte de autobiografía de la infancia de su autor, narrada en cinco episodios. Ahora, en 2009, los ha reeditado en un único volumen como “Relatos autobiográficos”. Lo que aparece en esta obra no es sólo su infancia, es también y, quizás sobre todo, una visión sombría y ácida de la realidad de Austria tras la Segunda Gran Guerra del siglo XX.
Para terminar este breve comentario me queda resaltar que, al afirmar que son sus “cinco novelas más importantes”, da la sensación de que el crítico del diario de Cordovilla no ha leído ni “Trastorno” ni “El sobrino de Wittgenstein” ni “Sí”, por citar algunas de las que me parecen fundamentales. Así como tampoco “Maestros antiguos”, obra llevada al teatro entre nosotros hace pocos años.
www.diariodenavarra.es/20091214/culturaysociedad/los-escritores-investigan.html?not=2009121402115819&idnot=2009121402115819&dia=20091214&seccion=culturaysociedad&seccion2=culturaysociedad&chnl=40
13 diciembre 2009
HARTAZGO
He elegido como título para este comentario la palabra que, a mi entender, mejor define el estado actual de la relación entre Cataluña y España. La he escogido porque aparece en el título del ensayo que quiero presentar. Creo que una de las grandes virtudes del último trabajo de Toni Strubell, y tiene muchas, radica en la capacidad analítica y la expresión justa y sencilla que utiliza su autor. Puede sonar a tópico, pero no creo que la formación británica, en Oxford, de Strubell se encuentre muy alejada de estas características.El libro sigue una línea de relato clara. En ella podemos encontrar, muy bien expuestas, todas las razones por las que Cataluña no es hoy una nación “normal”. Cualquiera de las situaciones por las que pasa, aquí y ahora, expresan por activa, pasiva y, si se quiere, por perifrástica, la situación de dependencia, inferioridad, minoración, de sumisión o como nos guste llamarla, de Cataluña con relación a España. Los escenarios, pueden ser económicos o sociales en general, lingüísticos incluidos, pero en los que siempre emerge con claridad “quién es el que manda”.
Considero especialmente interesante, por desconocida o por falta de reflexión suficiente sobre la misma, la reseña de la destrucción casi total en Cataluña de la memoria histórica más próxima, la de la etapa anterior a la guerra del 36. El repaso sobre este asunto tan grave está expuesto por Toni Strubell sobre todo en el capítulo 6 bajo el epígrafe “¿Existió realmente Francesc Macià?” Creo que me ha sorprendido el hecho de no haberlo pensado nunca. Considero que en mi caso tiene cierta lógica, por proceder de otro país y de una cultura política diferente, pero no así cuando el asunto se plantea desde la misma Cataluña.
Strubell constata el (triste) desconocimiento que actualmente campa en Cataluña sobre sus referentes en dicha época. El franquismo y sus sucesores en la etapa denominada como “transición” (¿a dónde?, cabría considerar) han trabajado muy fuerte para conseguir que la sociedad catalana de hoy sea, en su mayoría, analfabeta en el conocimiento de la conciencia nacional mayoritaria que entonces rezumaba y sobre las personas que ejercían su liderazgo, como Macià o Companys. Toni Strubell manifiesta en su libro la absoluta hegemonía de la centralidad del pensamiento nacional catalán en la misma.
Recomiendo una lectura tranquila y, sobre todo si se realiza desde nuestro país, crítica. Cuando digo “crítica” no me refiero al contenido del libro, ya que lo considero muy acertado, y, como respuesta a los interrogantes que se plantean en Cataluña en la etapa actual, difícilmente mejorable. Al hablar de crítica pienso más en las respuestas que los diferentes partidos del arco político catalán (mejor no hablar todavía del vasco) dan a los mismos. En Cataluña se está mostrando con claridad el avance de la propia sociedad civil y su tejido de asociaciones, asambleas etc. sobre los fosilizados, burocratizados y, en suma integrados, partidos políticos. Por ellos nunca hubieran surgido iniciativas como la de Arenys de Munt.
Desde nuestra situación, la vasca, creo que su lectura debería ser todavía más crítica y exigente. Siento envidia cuando analizo los medios de comunicación catalanes, en los que se plantea, desde hace algún tiempo sobre todo, con total naturalidad y desinhibición la necesidad de un Estado propio, en Europa y en el mundo. En nuestro país hay, efectivamente, quienes hablan de “independencia”, pero en pocas ocasiones de su concreción política a través de un Estado propio. Otros, por desgracia, prefieren referirse a “encajes” en una estructura política que no admite más que sumisión o a “cautivar” a quienes nos tienen cautivos de hecho desde hace tanto tiempo.
Además aquí, en Vasconia, se discursea, algunos hasta la nausea, sobre “independencia y socialismo” sin definir concretamente ninguno de los dos términos. Se han convertido en un cliché o, lo que es peor, en un latiguillo de uso y abuso vulgar. La “independencia” o se concreta en un Estado propio o es fórmula ausente de contenido político. Y, ¿qué decir de “socialismo”? Pocos términos habrá en la literatura (¿política?) actual tan confusos, contradictorios y, al final también, vacíos.
Insistiendo en esta dirección, en Cataluña se acepta tranquilamente que los partidarios de la construcción de un Estado propio puedan ser neoliberales, tecnócratas, liberales clásicos, socialdemócratas o partidarios de una fuerte regularización de las actividades económicas. En este país nuestro parece que los únicos que pueden defender la independencia, la estatalidad propia, son quienes se adscriben como “de izquierdas”. Y volvemos a lo anterior, ¿qué es hoy ser “de izquierdas”? Permanecen entre nosotros demasiados restos de un seudomarxismo banal, con toda su demagogia simplificadora y barata, incapaz de un análisis serio de los conflictos que hoy existen en el mundo, entre los que, precisamente, ocupan el lugar principal los nacionales.
Strubell procede, por parte de madre, de una familia catalana que tuvo que exiliarse a raíz de la victoria fascista que siguió a la rebelión militar de julio de 1936; su padre, inglés y ex piloto de la RAF. La tradición catalanista y cultural llegó a Toni Strubell, principalmente, de la mano de su abuelo Josep Trueta. El doctor Trueta fue médico especialista en cirugía, con un muy valioso hallazgo en el tratamiento de heridas de guerra, que permitió salvar muchas vidas tanto en la ya citada del 36 como en la segunda guerra mundial a partir de su exilio en Inglaterra.
A los efectos que ahora más nos interesan, por su influencia en la formación y posiciones de su nieto Toni, está su trabajo titulado “L’esperit de Catalunya”, una magistral síntesis de los principales hitos de Cataluña a través de su historia política, lingüística y cultural. Una obra no traducida al español pero altamente recomendable para las personas capaces de entender el catalán y que tengan interés por conocer una visión centrada de la historia de esta nación.
El trabajo de Toni Strubell incluye el prólogo de Francesco Cossiga, presidente emérito de la República Italia a su edición catalana. La traducción al español, muy bien resuelta por su hijo Xabi, tiene también un prólogo de Martin Aramburu, vasco afincado en Cataluña. Incorpora asimismo un epílogo escrito por Henry Ettinghausen, catedrático y profesor emérito de la Universidad de Southampton (Inglaterra).
En resumen, pienso que se trata de una obra de lectura imprescindible desde Euskal Herria, sobre todo para quienes aspiramos a la consecución del nuestro Estado propio, en Europa y en el mundo: el Estado de Navarra.
Reseñas bibliográficas
“Hasta aquí hemos llegado. Claves para entender el hartazgo de Catalunya con España”.
Toni Strubell i Trueta
Donostia 2009
Ttarttalo argitaletxea
“L’Esperit de Catalunya”
Josep Trueta
Barcelona 1984 (Novena edició)
Editorial Selecta
26 noviembre 2009
A VUELTAS CON LA HISTORIA
La historia no es sólo, ni principalmente, la forma de entender un mundo que ya no existe. En primer lugar porque no es cierto eso de que “ya no existe”. ¡Claro que existe! Y precisamente por el hecho de que, de una u otra forma, sigue existiendo es por lo que se escribe la historia. La historia no es el cuento de una colección de hechos pasados, es, fundamentalmente, una narración coherente que selecciona situaciones, episodios, conflictos, tratados políticos etc. en función de los intereses de quienes tienen la capacidad de escribirla. No hay que olvidar que son los vencedores quienes escriben la historia.
Pensar que la realidad actual es “otra” que la que describe la historia es un inmenso error que sólo contribuye a justificar como real e inmutable lo que hicieron quienes controlan el poder en cualquier sociedad, de sus desmanes e injusticias principalmente. Y eso es así porque es a ellos a quienes beneficia y justifica, a quienes permite seguir manteniendo su dominio. Los “hechos” que cuenta su “historia” están seleccionados y contados a su estilo y responden a intereses de absoluta actualidad.
Por las mismas razones, la historia tampoco es, exclusivamente, lo que cuentan en sus textos los historiadores oficiales. Estos se mueven en torno de los circuitos académicos, que están en manos de quienes controlan los resortes del poder y pagan sus servicios. Tenemos como ejemplo de instituciones oficiales que trabajan sobre la historia “l’Institut de France” o “la Real Academia de la Historia” española. Esto nos lleva a una consideración relacionada con el hecho planteado antes de “quién hace la historia”. Franceses y españoles tienen sus respectivos estados que son quienes, para justificar su existencia y la de su nación, en los términos existentes en cada situación histórica (hoy, hace cien años y mucho antes), crean sus “academias” o “institutos” dedicados a su investigación y estudio.
No es completamente cierto el que no tengamos historiografía propia. En efecto, cuando todavía conservábamos, tras la conquista de 1512-24. algunos de los restos de nuestro Estado histórico, Navarra, se puede decir que sí la tuvimos, a través del Padre José Moret y Mendi S.J. y sus “Anales del Reino de Navarra” (1684) como obra más significativa. Moret supuso el inicio de un camino frustrado que, debido a los avatares políticos sobre todo de los siglos XIX y XX, no tuvo la continuidad necesaria para crear una escuela historiográfica propia. Su sucesor más importante, Arturo Campión, vivió y escribió 200 años después de Moret. La creación de escuelas de este tipo no es producto del azar, es resultado de unas estructuras políticas capaces de vertebrar la sociedad que se pretende estudiar. Pueden surgir personas aisladas que, en un momento dado, resplandecen y alumbran a la sociedad, pero que tienen enormes dificultades para crear escuela y garantizar su continuidad.
Dicho en otras palabras: Francia y España disfrutan de sendos estados que les permiten tener sus universidades, escuelas, institutos, investigadores e historiografía propios. Nosotros que fuimos privados de nuestro Estado, precisamente por la intervención violenta de ambas potencias, poco podemos esperar en nuestro favor de sus “escuelas historiográficas”. Más bien al contrario, en ellas encontraremos razones que justifican sus desmanes. Para tener una escuela propia “comme il faut” hay que tener un Estado que la alimente y dé sentido.
Ahí radica precisamente el núcleo del problema: el conflicto no es sólo ni principalmente historiográfico, sino político. Pensar que hacer “historia” en euskera va a contribuir a crear una historiografía propia es creer en los reyes magos. En euskera se puede hacer perfectamente historia francesa y española. Además, aquí y ahora, se hace realmente. Basta con hojear, siquiera superficialmente los libros de texto en los que nuestros niños y adolescentes aprenden “historia”. En euskera, eso sí.
Como muestra de lo dicho, acabo de revisar un texto utilizado por las ikastolas de Iparralde, “Erdi Aroa eta Nafarroako erresuma” (Baiona, 2005) para enseñanza de la historia en su tercer ciclo. Su planteamiento francocéntrico es muy fuerte; casi del calibre de la gravedad que supone el olvido en su texto de fechas como 778 (batalla de Orreaga) o 1200 (conquista y ocupación por Castilla de los territorios occidentales del reino) para nuestra historia. En muchas otras ocasiones, sobre todo en las fechas en que las librerías ponen a la venta los textos para el curso siguiente, septiembre normalmente, he hojeado también lo que se enseña al sur del Pirineo. Sustituyendo “franco” por hispano” nos encontramos con análoga y triste realidad.
No es suficiente con tener unas universidades que se llamen de “Euskal Herria” o de “Navarra”. Los estados que nos dominan ya se preocuparon a lo largo de la historia de que nuestra tradición universitaria no existiera. Cuando hemos llegado a tener universidades en nuestro territorio ha sido o bien de la manos de la Iglesia Católica (Compañía de Jesús y Opus Dei) o bien del Estado continuador del franquismo y de sus vicios sociales y políticos.
Pienso que ya es hora de afrontar en toda su crudeza el profundo carácter político del problema y plantearlo como tal. Sólo un Estado propio, obviamente el de Navarra, puede garantizar una escuela historiográfica propia que sirva realmente al conocimiento de las raíces y la evolución de nuestra sociedad a lo largo de los siglos y centrada sobre ella misma como sujeto histórico y político. Y que ayude, desde la independencia real, a plantear y construir un futuro interdependiente y solidario.
Pensar que la realidad actual es “otra” que la que describe la historia es un inmenso error que sólo contribuye a justificar como real e inmutable lo que hicieron quienes controlan el poder en cualquier sociedad, de sus desmanes e injusticias principalmente. Y eso es así porque es a ellos a quienes beneficia y justifica, a quienes permite seguir manteniendo su dominio. Los “hechos” que cuenta su “historia” están seleccionados y contados a su estilo y responden a intereses de absoluta actualidad.
Por las mismas razones, la historia tampoco es, exclusivamente, lo que cuentan en sus textos los historiadores oficiales. Estos se mueven en torno de los circuitos académicos, que están en manos de quienes controlan los resortes del poder y pagan sus servicios. Tenemos como ejemplo de instituciones oficiales que trabajan sobre la historia “l’Institut de France” o “la Real Academia de la Historia” española. Esto nos lleva a una consideración relacionada con el hecho planteado antes de “quién hace la historia”. Franceses y españoles tienen sus respectivos estados que son quienes, para justificar su existencia y la de su nación, en los términos existentes en cada situación histórica (hoy, hace cien años y mucho antes), crean sus “academias” o “institutos” dedicados a su investigación y estudio.
No es completamente cierto el que no tengamos historiografía propia. En efecto, cuando todavía conservábamos, tras la conquista de 1512-24. algunos de los restos de nuestro Estado histórico, Navarra, se puede decir que sí la tuvimos, a través del Padre José Moret y Mendi S.J. y sus “Anales del Reino de Navarra” (1684) como obra más significativa. Moret supuso el inicio de un camino frustrado que, debido a los avatares políticos sobre todo de los siglos XIX y XX, no tuvo la continuidad necesaria para crear una escuela historiográfica propia. Su sucesor más importante, Arturo Campión, vivió y escribió 200 años después de Moret. La creación de escuelas de este tipo no es producto del azar, es resultado de unas estructuras políticas capaces de vertebrar la sociedad que se pretende estudiar. Pueden surgir personas aisladas que, en un momento dado, resplandecen y alumbran a la sociedad, pero que tienen enormes dificultades para crear escuela y garantizar su continuidad.
Dicho en otras palabras: Francia y España disfrutan de sendos estados que les permiten tener sus universidades, escuelas, institutos, investigadores e historiografía propios. Nosotros que fuimos privados de nuestro Estado, precisamente por la intervención violenta de ambas potencias, poco podemos esperar en nuestro favor de sus “escuelas historiográficas”. Más bien al contrario, en ellas encontraremos razones que justifican sus desmanes. Para tener una escuela propia “comme il faut” hay que tener un Estado que la alimente y dé sentido.
Ahí radica precisamente el núcleo del problema: el conflicto no es sólo ni principalmente historiográfico, sino político. Pensar que hacer “historia” en euskera va a contribuir a crear una historiografía propia es creer en los reyes magos. En euskera se puede hacer perfectamente historia francesa y española. Además, aquí y ahora, se hace realmente. Basta con hojear, siquiera superficialmente los libros de texto en los que nuestros niños y adolescentes aprenden “historia”. En euskera, eso sí.
Como muestra de lo dicho, acabo de revisar un texto utilizado por las ikastolas de Iparralde, “Erdi Aroa eta Nafarroako erresuma” (Baiona, 2005) para enseñanza de la historia en su tercer ciclo. Su planteamiento francocéntrico es muy fuerte; casi del calibre de la gravedad que supone el olvido en su texto de fechas como 778 (batalla de Orreaga) o 1200 (conquista y ocupación por Castilla de los territorios occidentales del reino) para nuestra historia. En muchas otras ocasiones, sobre todo en las fechas en que las librerías ponen a la venta los textos para el curso siguiente, septiembre normalmente, he hojeado también lo que se enseña al sur del Pirineo. Sustituyendo “franco” por hispano” nos encontramos con análoga y triste realidad.
No es suficiente con tener unas universidades que se llamen de “Euskal Herria” o de “Navarra”. Los estados que nos dominan ya se preocuparon a lo largo de la historia de que nuestra tradición universitaria no existiera. Cuando hemos llegado a tener universidades en nuestro territorio ha sido o bien de la manos de la Iglesia Católica (Compañía de Jesús y Opus Dei) o bien del Estado continuador del franquismo y de sus vicios sociales y políticos.
Pienso que ya es hora de afrontar en toda su crudeza el profundo carácter político del problema y plantearlo como tal. Sólo un Estado propio, obviamente el de Navarra, puede garantizar una escuela historiográfica propia que sirva realmente al conocimiento de las raíces y la evolución de nuestra sociedad a lo largo de los siglos y centrada sobre ella misma como sujeto histórico y político. Y que ayude, desde la independencia real, a plantear y construir un futuro interdependiente y solidario.
08 noviembre 2009
¿NO HAY VINOS NAVARROS?
Como Ingeniero de Telecomunicación, colegiado 12.747, recibí puntualmente la invitación del Colegio en Navarra para la "Jornada Divulgativa sobre la WEB 2.0" que tuvo lugar el pasado día 5 de noviembre en CESEP en Iruñea. Por asuntos personales no pude asistir al evento, pero me sorprendió el cierre de la convocatoria de los actos, según lo expresado en la tarjeta de invitación:
Vino español
Así como lo están leyendo: "vino español". Por un lado pensaba que ese rancio (por nacionalista) modo de invitar a un aperitivo formaba parte de un imaginario colectivo caduco. Todos los eventos de la etapa de Franco terminaban siempre con un vino "español", como no podía ser menos, frente a la conjura del separatismo, del comunismo y de la masonería internacional.
Es posible que las autoridades del Colegio y de la Asociación Navarra de Ingenieros de Telecomunicación consideren que en Navarra no hay vinos de suficiente calidad como para ofrecer en un refrigerio de lujo y que debían acudir a la Mancha o a la Ribera del Duero, por ejemplo, para conseguirlos.
No se me ocurre pensar en la falta de respeto que supondría para los colegiados navarros que ni nos sentimos ni somos españoles la hipótesis de que un vino "navarro" sea un vino "español". No les creo tan politizados, tan nacionalistas.
¿Será que en Navarra tenemos que mejorar la calidad de nuestros vinos?
Vino español
Así como lo están leyendo: "vino español". Por un lado pensaba que ese rancio (por nacionalista) modo de invitar a un aperitivo formaba parte de un imaginario colectivo caduco. Todos los eventos de la etapa de Franco terminaban siempre con un vino "español", como no podía ser menos, frente a la conjura del separatismo, del comunismo y de la masonería internacional.
Es posible que las autoridades del Colegio y de la Asociación Navarra de Ingenieros de Telecomunicación consideren que en Navarra no hay vinos de suficiente calidad como para ofrecer en un refrigerio de lujo y que debían acudir a la Mancha o a la Ribera del Duero, por ejemplo, para conseguirlos.
No se me ocurre pensar en la falta de respeto que supondría para los colegiados navarros que ni nos sentimos ni somos españoles la hipótesis de que un vino "navarro" sea un vino "español". No les creo tan politizados, tan nacionalistas.
¿Será que en Navarra tenemos que mejorar la calidad de nuestros vinos?
26 octubre 2009
IDENTIDAD
Hace poco tiempo leí un artículo de Rafael Xambó en un libro colectivo sobre “País Valencià, segle XXI” (Valencia 2009) en el que afirma: “La identidad es el relato que contamos a los demás sobre quienes somos, qué hemos hecho, qué nos mueve y que esperanzas nos animan a seguir”. No creo que sea del todo acertado el enfoque de Xambó, ya que se ciñe, principalmente, a características subjetivas, mientras que deja de lado todo lo que ha sido capaz de provocar en el individuo ese relato y esperanzas. Y ahí es donde radica realmente el busilis de la identidad.
Hay muchos que consideran la identidad como un conjunto de elementos yuxtapuestos en los que hay factores sociales e individuales, pero de los que se puede ir prescindiendo parcialmente sin atentar contra su núcleo. Piensan que pueden ir eliminando elementos sucesivos, como si fueran capas de una cebolla, para quedarse con lo básico, con el cogollo. Creo que de la cebolla se pueden seguir quitando capas, una tras otra, hasta quedarse sin nada, sin cebolla. La cebolla, como la identidad, no tiene núcleo. Aun cediendo al símil cebollino, la sucesiva eliminación de capas no equivale a la mayor o menor importancia de las mismas en la definición de identidad. En cada individuo y en cada sociedad el orden e importancia de las capas será específico y diferente del resto.
En mi opinión, la miga del asunto consiste en que tienen que estar todas, ya que, además, están tan adheridas entre sí, que si eliminamos una podemos arrancar jirones de otra, de modo que, al final, ambas quedarán inservibles. La identidad no se forma como suma de elementos disjuntos sino que constituye una totalidad de características dependientes unas de otras y que en su conjunto, en su suma y en sus interrelaciones, determinan la cultura social y política, la forma de ser y de estar en el mundo, de cada sociedad concreta, y de cada individuo dentro de ellas.
Cultura e individuo
Existe un modelo de intelectual que afirma sin ruborizarse cosas semejantes a “…yo consideraba que lo único existente era la persona individual, concreta…”. Ahora que prácticamente todas las expresiones del conocimiento humano, comenzando por lo que tradicionalmente se han considerado como “ciencias”, se manejan mediante el concepto de sistema, pretender seguir manteniendo la figura monadista para presentar a los humanos parece ciertamente fuera de lugar.
Se manifiesta como una perspectiva realizada desde el materialismo vulgar, desde el reduccionismo. Las realidades, sobre todo las biológicas y sociales, no se pueden reducir al análisis de las partes perceptibles por los sentidos humanos, aun empleando la potencia de los microscopios electrónicos u otros instrumentos. Hace ya mucho tiempo que sabemos que “el todo” es mucho más que “el conjunto de sus partes”. Las relaciones que se establecen entre ellas marcan el aspecto, tal vez, más importante de la realidad y que, además, se percibe sólo indirectamente y dentro de la totalidad en funcionamiento.
Un individuo aislado sólo puede supervivir, y no muy bien, cuando ya es adulto y posee unos medios, materiales o inmateriales, para ejercer su relación con la naturaleza en la que hipotéticamente tendría que sobrevivir. Si fuera infante, o simplemente joven, no tendría posibilidades de hacerlo. Robinson Crusoe ya era mayorcito cuando llegó a su isla, en la que sobrevivió gracias, precisamente, a su socialización previa. Mowgli creo que no existió nunca, ni que habría podido existir.
En este sentido, el ser humano, la persona, es un ente único e irrepetible pero no dado para siempre. Es, más bien, algo en construcción permanente en la que interviene su genoma (recibido de sus progenitores) y también todo el conjunto social en el que se desarrolla. Cuanto más joven es un individuo, más coerción inconsciente ejercen sus próximos (familia, escuela, medios de comunicación etc.) sobre él. A todo eso que la persona recibe, primero de modo inconsciente y de modo cada vez más consciente y crítico, y a la que a su vez aporta, ya madura, se denomina cultura.
Lengua
La lengua es un atributo específico del Homo sapiens que está vinculado a su estructura biológica a través del proceso de selección natural. El aparato fonador es una de las partes, con el cerebro, las manos, etc., que completa la hominización. La lengua no es un elemento cultural más, es el que soporta todos los demás. Es la herramienta que permite la socialización y el trabajo, la transformación del medio y la creación intelectual. La comprensión y explicación de la realidad y la actividad sobre la misma pasan siempre a través de la lengua.
No voy a entrar en la discusión de los románticos alemanes, como Herder, de que cada lengua constituye algo que nos estructura mentalmente y nos permite tener distintas visiones del mundo, según la que poseamos como materna. No creo que sea un elemento determinante hasta tal punto, pero de lo que no cabe ninguna duda es que cada lengua constituye un modo diferente de percibir el mundo. Esta apreciación no es captable fácilmente por quienes circunscriben sus conocimientos lingüísticos al ámbito indoeuropeo, ya que todas sus variantes tienen estructuras bastante homólogas. Nuestra lengua, la nuestra sí, nos permite un modo distinto del que nos brinda el modelo indoeuropeo de concebir los fenómenos naturales o las relaciones sociales. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Quién lo desconoce se lo pierde. La lengua no determina la forma de ver la realidad, pero hace que se perciba con matices distintos; lo que contribuye también a moldear una identidad.
No obstante, según lo afirmado al comienzo de este trabajo, el factor lingüístico tampoco puede considerarse aislado. Quienes, en Euskal Herria, toman la lengua como base prácticamente exclusiva de la identidad propia, pienso que incurren en otro tipo de simplificación que conforma un nuevo e importante error. Los que afirman que “mi lengua es mi patria”, no se percatan de que si ese idioma no tiene una población que lo utilice en el ámbito de un territorio determinado y con unas funciones sociales concretas, es algo destinado a la minoración, al empobrecimiento, a la dialectización, a la sustitución por las lenguas de las sociedades próximas dominantes, ésas sí con dominio territorial, y abocado a la extinción.
La extensión y uso de una lengua no se produce por fenómenos casuales, sino por estrictos condicionantes sociales y políticos, por las realidades de poder. Por eso afirmar que alguien habla y escribe “en lengua española por casualidad” produce asombro. Me recuerda al chiste de aquel bilbaíno que decía que Jesucristo fue tonto por haber nacido en Belén pudiendo haber nacido en Bilbao. Evidentemente cada quien podía haber nacido en cualquier otro sitio, pero sería otro “quien”. El que ha nacido donde ha nacido, en Iruñea-Pamplona, en Zugarramurdi, en Alesbes-Villafranca de Navarra o en Xelajú-Quetzaltenango, puede hablar una lengua o varias (español, euskera, maya quiché o maya cakchiquel), puede tener como materna una u otra según el entorno familiar; pero esa situación no es producto de la casualidad sino de contingencias sociales y políticas.
Cuando una lengua ha sido minorada y sufre un proceso, evidentemente no casual, de regresión, ¿quién establece los criterios de “ciudadanos vascos de primera y ciudadanos vascos de segunda”? Es evidente que quien controla los resortes de educación y propaganda, que aquí y ahora son los estados constituidos y que, además, intentan imponer su monolingüismo a cualquier precio. Si hay “ciudadanos vascos de segunda” serán, obviamente, los monolingües en euskera. Pero los “innombrables” ya se han encargado de que no existan.
Cultura
Quienes afirman, precipitadamente en mi opinión, que “la cultura no nos hace ni mejores ni peores personas”, creo que incurren en una concepción reduccionista de cultura. En un sentido estricto la afirmación es cierta, pero pienso que hay que matizarla mucho. Voy a plantear un ejemplo: un elemento muy importante de nuestra cultura (ya sé que hablar aquí de “cultura” puede parecer una petición de principio, pero el nudo gordiano se corta, no hay otra) tradicional es el trabajo en auzolan. Evidentemente, su práctica no va a impedir que quienes quieran aprovecharse del trabajo de los demás, de los subsidios gubernamentales o de la caridad pública lo hagan, pero se lo va a poner mucho más difícil.
En ese sentido existe la cultura como elemento socializador con unos atributos muy determinados y que en unas sociedades se expresa de una manera y en otras de modo distinto. Cuando la cultura social adquiere rango político, es decir cuando los poderes públicos la adoptan como propia, origina una influencia tremenda a la hora de constituir las personalidades individuales. Por eso, quienes afirman que “para tener cultura no hace falta… tener un Estado o unos Fueros…” incurren en el mismo tipo de reduccionismo. Restringir la cultura a los meros conocimiento, bien sean científicos, técnicos o éticos o, incluso artísticos y su valoración correspondiente, supone una importante castración de su concepto. Sin duda todos son elementos culturales, pero ellos solos, por sí mismos, no conforman una cultura.
Territorio
Otro elemento identitario muy importante es el territorial. La inmensa mayoría de las personas viven de una forma más o menos estable, aunque puedan ser estabilidades sucesivas, en un territorio concreto. La territorialidad es un elemento fundamental en la configuración de la identidad de cualquier pueblo, sociedad o nación.
El territorio es el marco en el que se desarrolla cada sociedad y las relaciones ecológicas globales entre los seres vivos que lo habitan y las estructuras del terreno; tanto desde el punto de vista morfológico como climático. Los territorios con mar y montañas, los que son llanos o se ven surcados por ríos y lagos, presentan sociedades con características diferentes. Lo mismo sucede con los que gozan de un clima húmedo y suave o los que padecen climas extremos. No se puede caer en un determinismo geográfico o climático, pero tampoco debe minusvalorarse la influencia que ejercen ambos factores sobre la cultura y organización de los pueblos.
Principalmente, el territorio es el país. Las sociedades no sólo mantienen una estrecha relación con su territorio, sino que experimentan un permanente flujo de recreación y simbiosis con el mismo. El trozo de tierra sobre el que se asienta permanentemente un grupo humano conforma muchos aspectos de su organización social, básicamente del trabajo y la propiedad, pero, a su vez, la propia organización social construye el paisaje y ordena el territorio. Ambas están en perpetua modificación recíproca y no existe una sociedad estable sin territorio. El paisaje es esa síntesis de población y territorio que lo hace habitable y permite el desarrollo social.
El territorio permite la ordenación de la sociedad y su administración. Posibilita la existencia práctica de una organización política, más tarde se llamará Estado, que constituye la concreción del poder de pueblo para permitir su supervivencia y garantizar que lo haga concertadamente. Sirve para ordenar sus propios recursos, sus bienes, de manera que pueda optimizar el trabajo sobre los mismos, transformarlos, obtener resultados aceptables socialmente y redistribuirlos más o menos equitativamente. Permite, también, defender su sociedad de agresiones externas.
En este sentido es interesante reflexionar sobre el caso judío. Los judíos se han autoconsiderado durante largos siglos como un “pueblo” exiliado, una sociedad en la diáspora. En unos casos habrán sufrido más que en otros por tal situación, pero nunca lograron una normalidad política. Su aspiración máxima era, lógicamente, la consecución de su propio territorio, una tierra donde construir un Estado normal y corriente y al que acudir para habitarlo y poder formar una sociedad al uso. Una vez conseguida la tierra, lo primero que hicieron fue normalizar una lengua. No voy a entrar ni en los orígenes de su construcción ni en los resultados alcanzados por el Estado de Israel, una vez constituido, sino simplemente constatar la necesidad del territorio para desarrollar cualquier sociedad normalizada, por lo menos en nuestro entorno geopolítico.
Organización social y política
Cuando una sociedad se ha dotado de los instrumentos para poder vivir con normalidad en el contexto de otros pueblos, como fue el caso de Navarra, y ve su territorio conquistado, su lengua, cultura e instituciones perseguidas y sustituidas, lo habitual es que busque sistemas de autodefensa, militares en primer lugar, pero también de otro tipo, refugiándose en los instrumentos que le ofrece su propia cultura. Es sangrante afirmar que “los vascos siguen una guerra contra los españoles…” cuando la realidad es precisamente la contraria: los vascos hemos sufrido guerras, conquistas y ocupaciones. ¿Quién comenzó y sigue aún la guerra?
Hoy en día todos los estados constituidos, y que ejercen como tales en nuestro entorno, tienen cada vez más clara la necesidad de reivindicar, incluso reinventar, su propia identidad como un factor básico de cohesión social. Los problemas derivados de la globalización y de las migraciones provocadas como consecuencia del dominio y control de “occidente” sobre los países llamados del tercer o cuarto mundos, han reforzado y acelerado un proceso que se inició cuando el Estado nación comenzó a ejercer su fuerza para nacionalizar las sociedades bajo su dominio, es decir el siglo XIX.
Las naciones subordinadas que aspiran a tener su puesto en el concierto internacional como sujeto político, con nombre y apellidos, con voz y voto, deben (debemos) tener claro que el acceso a un Estado propio es condición indispensable para lograrlo. Al mismo tiempo, la capacidad de forzar a los “innombrables” estados dominantes, español y francés en nuestro caso para que no haya dudas, exige una cohesión social muy fuerte. Para lograrla es imprescindible tener clara la constitución de cada identidad particular, de conocer e interpretar la propia historia y patrimonio en general.
Una lengua sin territorio, sin cultura social y política, sin la organización fundamental que ya se ha dicho, el Estado, constituye un elemento minorizado que podrá sobrevivir unos cuantos años, cada vez menos, pero que tiene un destino marcado indefectiblemente: la extinción. Además, una lengua, con todo lo importante que pueda ser como marca de identidad y de forma de ser, ver y actuar en el mundo, fuera de un contexto social y político queda arrumbada y sin sentido, como cualquier otro atributo identitario que se desgaje del conjunto.
El esfuerzo es enorme pues exige una labor que normalmente viene dada “gratis” (vía impuestos, obviamente) desde los estados constituidos, a través de sus sistemas educativos, de sus medios de comunicación, etc., mientras que en nuestro caso y otros semejantes, como el de Cataluña por ejemplo, los estados ejercen con eficacia esa función, sí, pero a favor de su propia identidad y en contra de la nuestra. En cualquier caso, si aspiramos a ser libres, es necesario llevarlo a cabo.
No obstante, lo anterior tampoco es suficiente. La labor de reconstrucción identitaria es un punto de partida que puede permitir a la sociedad la toma de conciencia de su realidad, tergiversada cuando no totalmente negada. Esa toma de conciencia debería conducir a realzar su autoestima. A partir de ahí debe entrar en juego una acción política capaz de canalizar la fuerza social necesaria para conseguir el objetivo que es capaz de garantizarle una supervivencia sin sobresaltos, una existencia en la que sus elementos básicos no estén permanentemente puestos en cuestión y a expensas, por ejemplo, de unas sentencias judiciales arbitrarias o de unas elecciones controladas y manipuladas, ambas, por la metrópoli de turno.
Conclusión
Se puede afirmar que la clarificación de la identidad propia, en su sentido pleno, es elemento básico para la persistencia de cualquier pueblo en el mundo actual y, mucho más aún para una sociedad sometida. Además, constituye el factor fundamental para plantear con posibilidades de éxito la lucha por su emancipación. Sin soberanía no hay democracia y una sociedad subordinada no puede ser democrática. Lo peor que puede suceder a una sociedad sometida es que llegue a considerarse “minoría” dentro de la “mayoría” de la dominante.
El camino es, en teoría, sencillo: identidad, autoestima, emancipación y soberanía, resumida en el logro del Estado propio, el de Navarra en nuestro caso. Este podrá ser, a su vez, el garante eficaz del desarrollo de una identidad sin sobresaltos, en una sociedad democrática. En la práctica, se prevé costoso y erizado de dificultades, con unos adversarios muy fuertes y expertos en dominaciones y expolios. Es mucho lo que nos jugamos: el propio ser colectivo y, por lo mismo, el de cada persona en su plenitud. Merece la pena el esfuerzo.
En resumen, todos los elementos que constituyen la identidad son societarios y transcienden al individuo, aunque se manifiesten y expresen a través del mismo y precisan para su consecución de un poder político propio, llámese Estado o como se quiera, pero siempre semejante al que disfrutan los vecinos “normales”.
Hay muchos que consideran la identidad como un conjunto de elementos yuxtapuestos en los que hay factores sociales e individuales, pero de los que se puede ir prescindiendo parcialmente sin atentar contra su núcleo. Piensan que pueden ir eliminando elementos sucesivos, como si fueran capas de una cebolla, para quedarse con lo básico, con el cogollo. Creo que de la cebolla se pueden seguir quitando capas, una tras otra, hasta quedarse sin nada, sin cebolla. La cebolla, como la identidad, no tiene núcleo. Aun cediendo al símil cebollino, la sucesiva eliminación de capas no equivale a la mayor o menor importancia de las mismas en la definición de identidad. En cada individuo y en cada sociedad el orden e importancia de las capas será específico y diferente del resto.
En mi opinión, la miga del asunto consiste en que tienen que estar todas, ya que, además, están tan adheridas entre sí, que si eliminamos una podemos arrancar jirones de otra, de modo que, al final, ambas quedarán inservibles. La identidad no se forma como suma de elementos disjuntos sino que constituye una totalidad de características dependientes unas de otras y que en su conjunto, en su suma y en sus interrelaciones, determinan la cultura social y política, la forma de ser y de estar en el mundo, de cada sociedad concreta, y de cada individuo dentro de ellas.
Cultura e individuo
Existe un modelo de intelectual que afirma sin ruborizarse cosas semejantes a “…yo consideraba que lo único existente era la persona individual, concreta…”. Ahora que prácticamente todas las expresiones del conocimiento humano, comenzando por lo que tradicionalmente se han considerado como “ciencias”, se manejan mediante el concepto de sistema, pretender seguir manteniendo la figura monadista para presentar a los humanos parece ciertamente fuera de lugar.
Se manifiesta como una perspectiva realizada desde el materialismo vulgar, desde el reduccionismo. Las realidades, sobre todo las biológicas y sociales, no se pueden reducir al análisis de las partes perceptibles por los sentidos humanos, aun empleando la potencia de los microscopios electrónicos u otros instrumentos. Hace ya mucho tiempo que sabemos que “el todo” es mucho más que “el conjunto de sus partes”. Las relaciones que se establecen entre ellas marcan el aspecto, tal vez, más importante de la realidad y que, además, se percibe sólo indirectamente y dentro de la totalidad en funcionamiento.
Un individuo aislado sólo puede supervivir, y no muy bien, cuando ya es adulto y posee unos medios, materiales o inmateriales, para ejercer su relación con la naturaleza en la que hipotéticamente tendría que sobrevivir. Si fuera infante, o simplemente joven, no tendría posibilidades de hacerlo. Robinson Crusoe ya era mayorcito cuando llegó a su isla, en la que sobrevivió gracias, precisamente, a su socialización previa. Mowgli creo que no existió nunca, ni que habría podido existir.
En este sentido, el ser humano, la persona, es un ente único e irrepetible pero no dado para siempre. Es, más bien, algo en construcción permanente en la que interviene su genoma (recibido de sus progenitores) y también todo el conjunto social en el que se desarrolla. Cuanto más joven es un individuo, más coerción inconsciente ejercen sus próximos (familia, escuela, medios de comunicación etc.) sobre él. A todo eso que la persona recibe, primero de modo inconsciente y de modo cada vez más consciente y crítico, y a la que a su vez aporta, ya madura, se denomina cultura.
Lengua
La lengua es un atributo específico del Homo sapiens que está vinculado a su estructura biológica a través del proceso de selección natural. El aparato fonador es una de las partes, con el cerebro, las manos, etc., que completa la hominización. La lengua no es un elemento cultural más, es el que soporta todos los demás. Es la herramienta que permite la socialización y el trabajo, la transformación del medio y la creación intelectual. La comprensión y explicación de la realidad y la actividad sobre la misma pasan siempre a través de la lengua.
No voy a entrar en la discusión de los románticos alemanes, como Herder, de que cada lengua constituye algo que nos estructura mentalmente y nos permite tener distintas visiones del mundo, según la que poseamos como materna. No creo que sea un elemento determinante hasta tal punto, pero de lo que no cabe ninguna duda es que cada lengua constituye un modo diferente de percibir el mundo. Esta apreciación no es captable fácilmente por quienes circunscriben sus conocimientos lingüísticos al ámbito indoeuropeo, ya que todas sus variantes tienen estructuras bastante homólogas. Nuestra lengua, la nuestra sí, nos permite un modo distinto del que nos brinda el modelo indoeuropeo de concebir los fenómenos naturales o las relaciones sociales. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Quién lo desconoce se lo pierde. La lengua no determina la forma de ver la realidad, pero hace que se perciba con matices distintos; lo que contribuye también a moldear una identidad.
No obstante, según lo afirmado al comienzo de este trabajo, el factor lingüístico tampoco puede considerarse aislado. Quienes, en Euskal Herria, toman la lengua como base prácticamente exclusiva de la identidad propia, pienso que incurren en otro tipo de simplificación que conforma un nuevo e importante error. Los que afirman que “mi lengua es mi patria”, no se percatan de que si ese idioma no tiene una población que lo utilice en el ámbito de un territorio determinado y con unas funciones sociales concretas, es algo destinado a la minoración, al empobrecimiento, a la dialectización, a la sustitución por las lenguas de las sociedades próximas dominantes, ésas sí con dominio territorial, y abocado a la extinción.
La extensión y uso de una lengua no se produce por fenómenos casuales, sino por estrictos condicionantes sociales y políticos, por las realidades de poder. Por eso afirmar que alguien habla y escribe “en lengua española por casualidad” produce asombro. Me recuerda al chiste de aquel bilbaíno que decía que Jesucristo fue tonto por haber nacido en Belén pudiendo haber nacido en Bilbao. Evidentemente cada quien podía haber nacido en cualquier otro sitio, pero sería otro “quien”. El que ha nacido donde ha nacido, en Iruñea-Pamplona, en Zugarramurdi, en Alesbes-Villafranca de Navarra o en Xelajú-Quetzaltenango, puede hablar una lengua o varias (español, euskera, maya quiché o maya cakchiquel), puede tener como materna una u otra según el entorno familiar; pero esa situación no es producto de la casualidad sino de contingencias sociales y políticas.
Cuando una lengua ha sido minorada y sufre un proceso, evidentemente no casual, de regresión, ¿quién establece los criterios de “ciudadanos vascos de primera y ciudadanos vascos de segunda”? Es evidente que quien controla los resortes de educación y propaganda, que aquí y ahora son los estados constituidos y que, además, intentan imponer su monolingüismo a cualquier precio. Si hay “ciudadanos vascos de segunda” serán, obviamente, los monolingües en euskera. Pero los “innombrables” ya se han encargado de que no existan.
Cultura
Quienes afirman, precipitadamente en mi opinión, que “la cultura no nos hace ni mejores ni peores personas”, creo que incurren en una concepción reduccionista de cultura. En un sentido estricto la afirmación es cierta, pero pienso que hay que matizarla mucho. Voy a plantear un ejemplo: un elemento muy importante de nuestra cultura (ya sé que hablar aquí de “cultura” puede parecer una petición de principio, pero el nudo gordiano se corta, no hay otra) tradicional es el trabajo en auzolan. Evidentemente, su práctica no va a impedir que quienes quieran aprovecharse del trabajo de los demás, de los subsidios gubernamentales o de la caridad pública lo hagan, pero se lo va a poner mucho más difícil.
En ese sentido existe la cultura como elemento socializador con unos atributos muy determinados y que en unas sociedades se expresa de una manera y en otras de modo distinto. Cuando la cultura social adquiere rango político, es decir cuando los poderes públicos la adoptan como propia, origina una influencia tremenda a la hora de constituir las personalidades individuales. Por eso, quienes afirman que “para tener cultura no hace falta… tener un Estado o unos Fueros…” incurren en el mismo tipo de reduccionismo. Restringir la cultura a los meros conocimiento, bien sean científicos, técnicos o éticos o, incluso artísticos y su valoración correspondiente, supone una importante castración de su concepto. Sin duda todos son elementos culturales, pero ellos solos, por sí mismos, no conforman una cultura.
Territorio
Otro elemento identitario muy importante es el territorial. La inmensa mayoría de las personas viven de una forma más o menos estable, aunque puedan ser estabilidades sucesivas, en un territorio concreto. La territorialidad es un elemento fundamental en la configuración de la identidad de cualquier pueblo, sociedad o nación.
El territorio es el marco en el que se desarrolla cada sociedad y las relaciones ecológicas globales entre los seres vivos que lo habitan y las estructuras del terreno; tanto desde el punto de vista morfológico como climático. Los territorios con mar y montañas, los que son llanos o se ven surcados por ríos y lagos, presentan sociedades con características diferentes. Lo mismo sucede con los que gozan de un clima húmedo y suave o los que padecen climas extremos. No se puede caer en un determinismo geográfico o climático, pero tampoco debe minusvalorarse la influencia que ejercen ambos factores sobre la cultura y organización de los pueblos.
Principalmente, el territorio es el país. Las sociedades no sólo mantienen una estrecha relación con su territorio, sino que experimentan un permanente flujo de recreación y simbiosis con el mismo. El trozo de tierra sobre el que se asienta permanentemente un grupo humano conforma muchos aspectos de su organización social, básicamente del trabajo y la propiedad, pero, a su vez, la propia organización social construye el paisaje y ordena el territorio. Ambas están en perpetua modificación recíproca y no existe una sociedad estable sin territorio. El paisaje es esa síntesis de población y territorio que lo hace habitable y permite el desarrollo social.
El territorio permite la ordenación de la sociedad y su administración. Posibilita la existencia práctica de una organización política, más tarde se llamará Estado, que constituye la concreción del poder de pueblo para permitir su supervivencia y garantizar que lo haga concertadamente. Sirve para ordenar sus propios recursos, sus bienes, de manera que pueda optimizar el trabajo sobre los mismos, transformarlos, obtener resultados aceptables socialmente y redistribuirlos más o menos equitativamente. Permite, también, defender su sociedad de agresiones externas.
En este sentido es interesante reflexionar sobre el caso judío. Los judíos se han autoconsiderado durante largos siglos como un “pueblo” exiliado, una sociedad en la diáspora. En unos casos habrán sufrido más que en otros por tal situación, pero nunca lograron una normalidad política. Su aspiración máxima era, lógicamente, la consecución de su propio territorio, una tierra donde construir un Estado normal y corriente y al que acudir para habitarlo y poder formar una sociedad al uso. Una vez conseguida la tierra, lo primero que hicieron fue normalizar una lengua. No voy a entrar ni en los orígenes de su construcción ni en los resultados alcanzados por el Estado de Israel, una vez constituido, sino simplemente constatar la necesidad del territorio para desarrollar cualquier sociedad normalizada, por lo menos en nuestro entorno geopolítico.
Organización social y política
Cuando una sociedad se ha dotado de los instrumentos para poder vivir con normalidad en el contexto de otros pueblos, como fue el caso de Navarra, y ve su territorio conquistado, su lengua, cultura e instituciones perseguidas y sustituidas, lo habitual es que busque sistemas de autodefensa, militares en primer lugar, pero también de otro tipo, refugiándose en los instrumentos que le ofrece su propia cultura. Es sangrante afirmar que “los vascos siguen una guerra contra los españoles…” cuando la realidad es precisamente la contraria: los vascos hemos sufrido guerras, conquistas y ocupaciones. ¿Quién comenzó y sigue aún la guerra?
Hoy en día todos los estados constituidos, y que ejercen como tales en nuestro entorno, tienen cada vez más clara la necesidad de reivindicar, incluso reinventar, su propia identidad como un factor básico de cohesión social. Los problemas derivados de la globalización y de las migraciones provocadas como consecuencia del dominio y control de “occidente” sobre los países llamados del tercer o cuarto mundos, han reforzado y acelerado un proceso que se inició cuando el Estado nación comenzó a ejercer su fuerza para nacionalizar las sociedades bajo su dominio, es decir el siglo XIX.
Las naciones subordinadas que aspiran a tener su puesto en el concierto internacional como sujeto político, con nombre y apellidos, con voz y voto, deben (debemos) tener claro que el acceso a un Estado propio es condición indispensable para lograrlo. Al mismo tiempo, la capacidad de forzar a los “innombrables” estados dominantes, español y francés en nuestro caso para que no haya dudas, exige una cohesión social muy fuerte. Para lograrla es imprescindible tener clara la constitución de cada identidad particular, de conocer e interpretar la propia historia y patrimonio en general.
Una lengua sin territorio, sin cultura social y política, sin la organización fundamental que ya se ha dicho, el Estado, constituye un elemento minorizado que podrá sobrevivir unos cuantos años, cada vez menos, pero que tiene un destino marcado indefectiblemente: la extinción. Además, una lengua, con todo lo importante que pueda ser como marca de identidad y de forma de ser, ver y actuar en el mundo, fuera de un contexto social y político queda arrumbada y sin sentido, como cualquier otro atributo identitario que se desgaje del conjunto.
El esfuerzo es enorme pues exige una labor que normalmente viene dada “gratis” (vía impuestos, obviamente) desde los estados constituidos, a través de sus sistemas educativos, de sus medios de comunicación, etc., mientras que en nuestro caso y otros semejantes, como el de Cataluña por ejemplo, los estados ejercen con eficacia esa función, sí, pero a favor de su propia identidad y en contra de la nuestra. En cualquier caso, si aspiramos a ser libres, es necesario llevarlo a cabo.
No obstante, lo anterior tampoco es suficiente. La labor de reconstrucción identitaria es un punto de partida que puede permitir a la sociedad la toma de conciencia de su realidad, tergiversada cuando no totalmente negada. Esa toma de conciencia debería conducir a realzar su autoestima. A partir de ahí debe entrar en juego una acción política capaz de canalizar la fuerza social necesaria para conseguir el objetivo que es capaz de garantizarle una supervivencia sin sobresaltos, una existencia en la que sus elementos básicos no estén permanentemente puestos en cuestión y a expensas, por ejemplo, de unas sentencias judiciales arbitrarias o de unas elecciones controladas y manipuladas, ambas, por la metrópoli de turno.
Conclusión
Se puede afirmar que la clarificación de la identidad propia, en su sentido pleno, es elemento básico para la persistencia de cualquier pueblo en el mundo actual y, mucho más aún para una sociedad sometida. Además, constituye el factor fundamental para plantear con posibilidades de éxito la lucha por su emancipación. Sin soberanía no hay democracia y una sociedad subordinada no puede ser democrática. Lo peor que puede suceder a una sociedad sometida es que llegue a considerarse “minoría” dentro de la “mayoría” de la dominante.
El camino es, en teoría, sencillo: identidad, autoestima, emancipación y soberanía, resumida en el logro del Estado propio, el de Navarra en nuestro caso. Este podrá ser, a su vez, el garante eficaz del desarrollo de una identidad sin sobresaltos, en una sociedad democrática. En la práctica, se prevé costoso y erizado de dificultades, con unos adversarios muy fuertes y expertos en dominaciones y expolios. Es mucho lo que nos jugamos: el propio ser colectivo y, por lo mismo, el de cada persona en su plenitud. Merece la pena el esfuerzo.
En resumen, todos los elementos que constituyen la identidad son societarios y transcienden al individuo, aunque se manifiesten y expresen a través del mismo y precisan para su consecución de un poder político propio, llámese Estado o como se quiera, pero siempre semejante al que disfrutan los vecinos “normales”.
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