09 mayo 2007

LA REBELIÓN Y LA POLÍTICA

En Euskal Herria estamos tan sobrados de “derecho” como ayunos de capacidad política para ejercerlo consecuentemente y plasmarlo en realidades institucionales, fundamentalmente en la forma básica para que una sociedad o pueblo sea sujeto político en el mundo actual: el estado propio.

Nuestro pasado, más y menos antiguo, presenta tantos casos flagrantes de asalto a mano armada (nunca mejor dicho) a nuestras instituciones, a nuestra lengua, a nuestra cultura, en una palabra a nuestro Patrimonio, que bien podemos conocer en propia carne lo que significa el “derecho a rebelión”. Por ello mismo, la historia ofrece una buena muestra de nuestro espíritu insumiso, de nuestra capacidad de rebeldía contra tales atropellos.

Parece mentira que estemos donde estamos, en una situación que parece una espiral que se cierra sobre sí misma, desesperante y desesperanzada, sumida en un falso conflicto, al menos en los términos en los que se plantea, y que no sabe más que repetir “más de lo mismo” y hacerlo "ad nauseam". Parece increíble que no hayamos escarmentado en nuestro propio sufrimiento, en nuestro sentido del derecho y de la justicia y en la frustración por los escasos réditos obtenidos hasta el momento en nuestra lucha.

Si hacemos una revisión histórica de hechos ejercidos sobre nuestro pueblo “contra derecho” o “contra justicia” su “nombre es legión, pues somos (son) muchos” (Marcos 5 9). Efectivamente son innumerables y variados. Se reparten en el tiempo y en el espacio. Tal vez los más decisivos hayan sido los sucesivos episodios de conquista del único Estado constituido por los vascos: Navarra. Sin olvidar el asalto a sus restos, que conformaban lo que se conocía como el “Sistema Foral” hasta finales del siglo XVIII en el Estado francés y principios del XIX en el español, y su posterior destrucción.

A través de todos los avatares históricos de nuestra sociedad hay un hilo conductor que es una forma de concebir la sociedad y su organización, incluida la política. Se manifiesta en la relación de gobernados y gobernantes, con las limitaciones que la organización propia impone a estos últimos por voluntad de los primeros. Evidentemente los procesos que suceden en la Edad Media difieren muchísimo de los actuales, pero su hilo conductor se puede seguir con bastante facilidad y consiste en una visión de la organización social en la que la autoridad se debe a aquél sobre el que se ejerce y a quien debe rendir cuentas. No hay gobernantes absolutos, sino gobernantes al servicio de la colectividad y bajo su control.

Toda esta concepción forma parte principal de nuestro Patrimonio social y político. Nos han arrebatado mucho, nos intentan quitar más cada día, pero el espíritu de rebeldía permanece con gran fuerza en nuestra sociedad y se manifiesta de continuo. Un ejemplo bastante reciente tenemos en el movimiento insumiso frente a las “quintas” españolas.

Pero, como indicaba al comienzo, parece que nuestro Patrimonio social y político no incluye ese sentido de la estrategia y de la organización necesarios para afrontar los retos del mundo actual y, en concreto, el de la necesaria recuperación nuestro Estado para sobrevivir dignamente en el mismo, como sujeto político, y poder ejercer nuestra solidaridad, tan generosa dicen por otra parte, con nombres y apellidos propios, no los que “cautivantemente” nos ceden España y Francia.

Ahí radica nuestro principal problema. Si nuestra sociedad ha sido capaz de afrontar con éxito retos tan importantes como el tránsito de la economía del Antiguo Régimen al capitalismo, si hemos posibilitado la creación de un entramado económico y social como es el mundo cooperativo, si hemos sido capaces, en fin, de constituir un movimiento como el de las Ikastolas a favor de la supervivencia y desarrollo de nuestro euskera, tenemos que ser capaces de “incrementar”, o “amejorar”, nuestro Patrimonio social y político, basándonos en sus rasgos, ya reseñados anteriormente, pero aprendiendo de otras sociedades, de otros países, que han accedido a su independencia. O simplemente imaginándolo, pero con consistencia. Es nuestro reto.

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