05 julio 2013

DECIDIR INDEPENDENCIA

Decidir independencia es la única opción democrática que se ofrece en el momento actual a nuestra sociedad. Todas las demás implican continuar en la subordinación. Tanto da seguir en el actual sistema “autonomista” que dicen que rige en el Estado español, como afanarse en una vía federal que no encuentra en el otro lado a nadie dispuesto a federarse. Defender cualquier otra opción que no sea el logro del Estado propio es una vía contraria a la democracia, ya que implica aceptar la imposición de un régimen creado precisamente para destruir y asimilar a las naciones violentamente incorporadas a su Estado. Un Estado nacido del absolutismo monárquico y que, en su deriva imperialista, recaló en el fascismo y el totalitarismo.


Navarra fue conquistada, dividida y ocupada en diversas fases por Castilla-España y por Francia. Nuestro caso es un modelo de dominio y subordinación. La rebeldía, protesta y lucha contra esta situación es una característica permanente que define nuestra sociedad a lo largo de siglos, hasta hoy en día. El acceso a la normalidad nacional en nuestro caso, la constitución de una sociedad democrática en Vasconia, exige definir claramente este horizonte en un planteamiento de futuro. Cualquier otra posición que deje este hecho en la nebulosa de la indefinición sólo conducirá, a la larga, a la desilusión y al fracaso. No será la primera vez que sucede.

Es lo que percibimos en nuestro entorno próximo, sobre todo en el caso catalán. La situación de dependencia y sumisión de Cataluña era grave antes de la actual eclosión independentista. En los últimos tiempos, objetivamente, no ha cambiado su situación de subordinación a España. Lo que se ha modificado ha sido la toma de conciencia de su sociedad civil y el resultado de esa reflexión. Si no se lucha directamente por la independencia, no hay nada que hacer. Todos los esfuerzos de muchos años, prácticamente desde que la oposición catalana comenzó a manifestarse contra el régimen de Franco en los años cincuenta del siglo XX, han cobrado sentido ahora. La fuerza de su sociedad ha cuajado en un movimiento poderoso cuando todos los esfuerzos parciales –por la lengua, la cultura, la discriminación económica en infraestructuras y fiscal que sufre Cataluña- han tomado como referencia el logro de un Estado propio. En Escocia el proceso puede tener menos empuje que en el Principado de Cataluña, pero no es por ello más directo desde que han concretado su objetivo final.

Formamos parte de un grupo en el que el activismo social se ha erigido en un fin por sí mismo. En la etapa que se inició en los años sesenta del siglo pasado, la movilización ha sido algo que se expresaba como el logro político por excelencia. Pero un activismo, una movilización, sin objetivos definidos, conduce a la división, al hastío y al fracaso. Hoy en día Euskal Herria no puede permitirse el lujo de incurrir de nuevo en los errores del pasado. La historia reciente debe servirnos de escarmiento y obligarnos a aprender. Puede parecer tarde, pero como se suele decir más vale tarde que nunca.

Por eso plantear como un objetivo en sí mismo el “derecho a decidir” es recaer en errores anteriores. El “derecho a decidir” puede llegar a movilizar a mucha gente, pero si no se plantea con la finalidad clara de la independencia, conducirá de nuevo a la frustración y al fracaso. Pretender movilizar a sectores que viven en nuestra sociedad pero que se sienten nacionalmente españoles o franceses en pro de ese derecho es dar directamente con la cabeza contra el muro. Estos grupos viven muy cómodos en la situación actual y no sienten necesidad alguna de cambiarla. Nosotros, los que nos sentimos nacionalmente vascos, la percibimos con urgencia porque vemos cómo se nos escapa (nos la quitan) nuestra nación. La historia, la memoria, la lengua nos son arrebatadas en una ofensiva continua, a la que sólo sabemos enfrentar unas movilizaciones de reacción, sin el objetivo democrático final: la independencia.

Hay quien piensa que esos sectores nacionalmente españoles han aceptado muchas cuestiones que han hecho avanzar a nuestra sociedad hacia una cierta “normalidad”, como es el caso de las ikastolas. Muchas personas de estos sectores envían a sus retoños a las ikastolas y las razones son muy variadas, pero de lo que no cabe ninguna duda es que este movimiento surgió, fue impulsado y llegó a unos niveles de gran competencia precisamente por ese grupo humano que constituye el núcleo de la nación vasca. Por ellos, por los nacionalmente españoles o franceses, no se habría dado absolutamente ningún paso y seguiríamos en el monolingüismo hispano-francés.

Pensar que en la actual situación de emergencia nacional ese colectivo vaya a ser algo diferente de un obstáculo es angelismo en su estado más puro. Quien vaya a hacer progresar democráticamente la sociedad vasca serán el sector constituido por quienes tienen esa conciencia clara. Los otros, como ocurrió en el caso de las ikastolas, cuando se logre el objetivo político, se adaptarán e incluso se sentirán cómodos. Pero mientras tanto no moverán un dedo por ello.

Opino que lo que hay que plantear directamente es la independencia como primer objetivo político democrático. Es lo que da sentido a todas los esfuerzos, movilizaciones, activismos y sacrificios y, además de cualificarlos, va a hacer crecer exponencialmente su eficacia. Y eso es precisamente el ejercicio de la autodeterminación.


NOTICIAS DE NAVARRA 2013/07/25

NOTICIAS DE GIPUZKOA 2013/09/12

26 junio 2013

LA BATALLA DE VITORIA

El contexto europeo del comienzo del siglo XIX está determinado por los conflictos bélicos iniciados por Francia bajo el poder de Napoleón Bonaparte. Han sido conocidas como guerras napoleónicas. Desde el sur de la península ibérica hasta Moscú, pasando por los Países Bajos, las tierras de Italia, Austria, Polonia, Rusia y, en general toda Europa. se vieron sacudidos por el terremoto.
Utilizando una denominación geográfica, en nuestro entorno se podrían llamar “guerras peninsulares” a los conflictos que tuvieron como escenarios y protagonistas en esta época a Portugal y las diversas naciones que formaban parte de la monarquía española, como el Principado de Cataluña, el País valenciano, el conjunto de los territorios vasconavarros del sur del Pirineo y los territorios propiamente españoles. En cada uno de estos países la contienda presentó características sociales y bélicas de formas muy diversas. Es imposible homogeneizarlos todos como si fuera un solo conflicto.
Eso es precisamente lo que desde hace muchos años ha pretendido narrar la historiografía nacionalista española con el mito de la “guerra de la independencia”. Según esta escuela, la guerra contra el francés era la expresión de la nación española en armas por su independencia frente al invasor extranjero. Las guerras peninsulares sirvieron de soporte al imaginario del nacionalismo español en un nivel semejante al que supuso la larga reconquista frente a los moros del medioevo.

En acertada y sintética expresión del historiador Xosé Estévez, Vasconia fue sujeto paciente de los conflictos entre los tres grandes imperios del momento: el dominante y en su apogeo, inglés; su oponente y en ascenso, francés, y el decadente y agónico, español. Entre nosotros el conflicto se manifestó desde una cierta connivencia inicial con el ejército francés hasta una clara oposición ante los ataques antiforales de los franceses. Esta oposición tuvo una característica sin parangón en el resto de territorios peninsulares con la guerrilla como máxima expresión bélica. Sus principales exponentes fueron Javier Mina, el Mozo, y su tío Francisco Espoz y Mina.

La batalla de Vitoria de 21 de junio de 1813 fue un momento resolutivo de la contienda entre las tropas aliadas anglo-hispano-portuguesas frente a las francesas. El siguiente y último acto del conflicto peninsular fue el sitio y toma de San Sebastián, con las trágicas consecuencias de todos conocidas y cuyo 200 aniversario conmemora Donostia, también este año.

Fernando Sánchez Aranaz, navarro nacido en Donostia y residente en la Llanada alavesa acaba de publicar de la mano de Nabarralde un interesante y documentado estudio bajo el título de “La batalla de Vitoria”. El libro engloba el contexto geopolítico de la época, con sus actores principales, Napoleón Bonaparte, Sir Arthur Colley Wellesley; duque de Wellington, el mariscal Jourdan, Miguel Ricardo de Álava, conocido como el general Álava…, y los hechos más relevantes acontecidos a lo largo de aquellos años.

El trabajo incluye una detallada descripción histórica y social de la ciudad de Vitoria y su entorno, y culmina con la descripción de la batalla y el saqueo posterior, a última hora de la tarde, de la caravana francesa en su desorganizada huida, agravada por la lluvia que acompañó y condicionó durante todo el día los hechos bélicos descritos. En el pillaje y rapiña participaron todos los que pudieron hacerlo: soldados aliados, lacayos y servidores de los franceses en fuga, la población del entorno de Vitoria… Parte del cuantioso botín estaba a la venta en la capital alavesa al día siguiente en un espontáneo mercadillo.

Sánchez Aranaz ha construido un trabajo documentado, de calidad y ameno de leer. Las perspectivas europea y peninsular están muy bien explicadas. Los antecedentes y desarrollo del conflicto, también. La batalla que le da título es el digno colofón de un trabajo bien hecho.

También es de destacar la calidad de la edición a cargo de Nabarralde.


Referencia bibliográfica

Sánchez Aranaz, Fernando. “La batalla de Vitoria. 21 de junio de 183”. Pamplona-Iruñea 2013. Nabarralde.


12 junio 2013

HORRELA... GURE ESKU EZ DAGO

Oraintxe jarri da abian ekimen berri bat, “Gure esku dago” izenez. Gure ustez, ordea, gaur egungo egoeran, ez dago baldintzarik euskal aldarrikapen nazionala hor adierazten den moduan planteatzeko. Izan ere, 2005eko “Ibarretxe plana” izan zenaren errepikapena delakoan gaude, J.J. Ibarretxe lehendakari ohiak aurkeztutakoaren oinarri bera baitauka. Berriro ere, bere mugak agerian utzi zituen eta Estatu espainolak hasiera-hasieratik moztu zuen bide beretik ibili behar ote dugu?

“Erabakitzeko eskubide” sonatua tranpa bat da, beste bat gehiago, tranpa guztietan erortzen baikara, haur inozoak bezala. Begiak estalita hartzen dugu parte jolas horretan, eta aurkariak, berriz, zabal-zabalik dauzka, eta gainera berak erabakitzen ditu arauak. Zer da “erabakitzeko eskubidea”? Kontsulta batean bozkatzea? Kontsulta, ados, baina, nork antolatzen du? Zein lurraldetan? Zer-nolako bermeak daude? Zein da horko erabakia babestuko duen agintea? Zein da parte hartuko duen populazioa, zentsua? Eta gaia? Zein izango da galdera? Gainera, zenbat kontsulta egongo lirateke? Gure herrian dauden administrazio adina kontsulta? Estatu bakoitzean bat? Probintzia bakoitzean? Pirinio Atlantiarreko departamendu osoan bat?

“Erabakitzeko eskubidea” ez da nazioarteko Zuzenbide publikoan jasotako figura bat. Nahi demokratiko bat adierazten duen figura testimoniala da, baina ez du inolako balio eratzailerik. Nazioartean, balioa duen gauza bakarra “libre xedatzeko eskubidea” da, “autodeterminazio-eskubide” izenez ezagunagoa.

“Gure esku dago” manifestuan ez da aipatzen nor den ekintzaren subjektua. “Gure” horrekin nori buruz ari den, alegia. “Independentisten” eta “demokraten” arteko totum revolutum bat planteatzen da. Askatze-prozesuaren gunea euskal nazioa da. Baldintza hori gabe, ez dago berez prozesurik. Ezin dira leku berean jarri eta, horrexegatik, plano berean, nazionalki euskaldunak direnak eta beren burua “espainol” edo “frantses” izendatzen dutenak, nahiz eta azken horiek ondoren “euskaldun” direla esan, “euskal eskualdekoak”, alegia. Proiektu historiko honen ekimena gure nazioaren gizarte zibilak eduki behar du, eta ezin da bestela izan. Bera da prozesu hau amaieraraino eramateko bide-orria egin behar duena.

Manifestuan, independentziaren kontra daudenak inplikatu nahi dira hain zuzen ere. Hori tolesgabetasun eta sineskortasun itzelaren erakusgarria da, are gehiago kontuan hartzen badugu inguruko beste prozesu batzuetan, Katalunian adibidez, agerian uzten duten etsaitasuna. Lañotasun horren ordez, helburua jendea independentziaranzko benetako prozesu batera erakartzea delakoan gaude, hau da, subjektu politiko horretara gauzak garbi ikusten ez dituztenak edo zer diren ez dakitenak ekartzea. Horretara bideratu beharko litzateke kanpaina, eta ez herriaren beharrizan demokratikoei erantzuten dieten helburuak urardotzera. Gaurko egoeran, ez dauka balio berbera geure Estatu propioa lortu nahi dugunon posizioak eta gure herria Espainiako eta Frantziako estatuei lotuta jarrai dezan nahi dutenenak. Hori nahasmena sustatzea da. Horixe da haiek “joko demokratikoa” deitzen dutena, errealitatean hala ez bada ere. Euskal Herria Espainiako eta Frantziako estatuen menpe edukitzea ekintza funtsean antidemokratikoa delako.

Gure herrian lortu behar dugun helburua, zalantzarik gabe, independentzia da. Eskozia eta Katalunia zuzen-zuzenean doaz norabide horretan; guk, berriz, atzera egin dugu nabarmen eta, gainera, harrotu egiten gara horretaz. Benetako “erabakitzeko eskubideak”, izatekotan, “autodeterminazio- eskubidea” izan behar du, bestela paper bustia izango da. Ez dira bi fase, lehenbizi “demokrazia” eta gero “independente izan nahi duzun” bozkatu. Ez dago demokraziarik autodeterminazioa gauzatzen ez bada. Eta autodeterminazioaren bidea ez da, hasteko, inperio menperatzaileen bozketa-sistemetatik igarotzen. Sistema politiko espainola eta frantsesa oso ongi diseinatuta daude, beren baitatik eta beren arauen arabera autodeterminazioari dagokion ezer lor ez dadin. Euskal gizarteari zuzendutako manifestu batean, garbi utzi beharko litzateke autodeterminazio-eskubidea, Estatu propio bat izatearena, lehen giza eskubidea dela, hori baita herritarrei gainerako eskubide guztiak bermatzen dizkiena.

Hori horrela, bide-orri bat planteatu eta eztabaidatu behar da, eta oraingo une historikoko errealitate zehatza kontuan hartuta, hau da, lehenik eta behin, Espainiako estatuak duen krisi latza, arlo guztietakoa: ekonomikoa, legitimitateari dagokiona, egiturazko ustelkeriak ekarritakoa, katalanen ekinaldia, etab. Bide-orri horretan, helburu bakarra independentzia lortzea izango dela kontuan hartuta, bideak eta borroka-moldeak erabaki ahal izango dira, baina xede horretara bideratuta betiere. Beste edozein helburu, bidean estatu menperatzaileek egindako kontzesio gisa besterik ez dira izango onargarriak, baina inoiz ez azken helburu gisa.

* Testu honen sinatzaileak: Tasio Agerre, Víctor Alexandre, Luis Mª Mtz Garate, Ferran Suay i Lerma, Mikel Sorauren, Humberto Astibia, Fernando Sánchez Aranaz, Hector Lopez Bofill, José Miguel Mtz Urmeneta, Antton Soroa, Mirari Bereziartua, Jaume Renyer, Angel Rekalde, Patxi Goikoetxea, Beñi Agirre...



Acaba de iniciar su andadura una iniciativa bajo el nombre “Gure esku dago”. Pensamos que en la actual situación no hay condiciones para plantear la reivindicación nacional vasca en los términos que ahí se expresan. Lo que se intenta poner en marcha es una imagen calcada de lo que fue el “plan Ibarretxe” de 2005. Su base es la misma que J.J. Ibarretxe presentó. ¿Vamos a intentar transitar por un camino que ya mostró sus límites y que fue abortado desde el inicio por  el propio Estado español?

El famoso “derecho a decidir” es una trampa, otra más, en la que caemos como principiantes, como niños inexpertos. Como en un juego en el que participas con los ojos vendados mientras el contrario los tiene bien abiertos y además marca sus reglas. ¿Qué es el “derecho a decidir”? ¿Votar en una consulta? Una consulta, de acuerdo, pero, ¿organizada por quién?, ¿sobre qué territorio?, ¿con qué garantías?, ¿qué autoridad respalda su cumplimiento?, ¿sobre qué población, qué censo? Y ¿sobre qué tema?, ¿con qué pregunta? Además, ¿cuántas consultas habría? ¿Tantas como administraciones campean sobre nuestro país? ¿Una por cada Estado? ¿Una por cada autonomía española? ¿Una por provincia? ¿Una para todo el departamento de Pirineos Atlánticos?

El “derecho a decidir” no es una figura contemplada en el Derecho público internacional. Es una figura testimonial que expresa un anhelo democrático, pero que no tiene ningún valor constituyente. En el campo Internacional lo único que tiene valor es el “derecho a la libre disposición”, más conocido como “derecho de autodeterminación”.

En el manifiesto “Gure esku dago” no aparece quién es el sujeto de la acción. A quién se refiere el “gure”. Se plantea un totum revolutum  de “independentistas” y “demócratas”. El núcleo del proceso de emancipación es la propia nación vasca. Sin ese requisito, no hay proceso como tal. No se puede poner en el mismo lugar ni, por lo mismo, en el mismo plano, a quienes son nacionalmente vascos, que a quienes se sienten “españoles” o “franceses”, aunque se digan, en segundo lugar o como adscripción regional, “vascos”. Quien lleva la iniciativa de este proyecto histórico –y no puede ser de otra manera– es la sociedad civil de nuestra propia nación. Es ella la que debe marcar la hoja de ruta para llevar a buen término este proceso.

Desde el manifiesto se quiere involucrar precisamente a quienes están en contra de la independencia. Esto resulta de una ingenuidad absoluta; más si tenemos en cuenta la hostilidad que se está viviendo en otros procesos próximos, como es el caso de Cataluña. Frente a esta candidez, el objetivo, pensamos, debería ser ganar a la gente para un proceso real hacia la independencia, incorporar al sujeto a quienes no lo tienen claro o no saben que lo es. La campaña debería ir dirigida a este fin; y no a devaluar unos objetivos que responden a las necesidades democráticas del país. En la situación actual no tiene el mismo valor la posición de quienes aspiramos al logro de nuestro Estado propio que la de quienes quieren seguir manteniendo a nuestro país sujeto a los estados español y francés. Eso es alimentar la confusión. Es lo que ellos llaman “juego democrático”, cuando en realidad no lo es. Seguir manteniendo a Vasconia bajo los estados español y francés es un acto básicamente antidemocrático.

El objetivo a proclamar en nuestro país es, sin duda, la independencia. Mientras Escocia o Cataluña avanzan directamente en este sentido, aquí damos un paso atrás muy claro y, además, hacemos alarde de ello. El “derecho a decidir” real o es el “derecho a la autodeterminación”, o es papel mojado. No son dos fases, primero “democracia” y segundo votar si quieres “ser independiente”. No existe democracia si no se ejerce la autodeterminación. Y la autodeterminación no pasa, en primera instancia, por los sistemas de votación de los imperios a los que estamos sometidos. Los sistemas políticos español y francés están perfectamente diseñados para evitar que desde su interior y respetando sus reglas se pueda conseguir nada relativo a este punto. En un manifiesto al conjunto de la sociedad vasca debería quedar claro que el derecho a la autodeterminación, a tener un Estado propio, independiente, es el primero de los derechos humanos, ya que es el que garantiza la ciudadanía y el ejercicio real de los demás.

En este sentido se debe plantear y debatir una hoja de ruta y se debe hacer contando con la realidad concreta del momento histórico en que vivimos, en el que prima como elemento de primer orden la crisis de todo tipo que sufre el Estado español: económica, de legitimidad, de corrupción estructural, el envite catalán, etc. Dentro de la misma, conscientes de que su única finalidad debe ser la consecución de la independencia, se podrán establecer caminos, vías, formas de lucha, pero siempre encaminadas a ella. Cualquier otro objetivo no puede ser aceptable más que como concesión de los estados dominantes durante el camino y sin que sea aceptado nunca como meta final.

* Firman este texto: Tasio Agerre, Víctor Alexandre, Luis Mª Mtz Garate, Ferran Suay i Lerma, Mikel Sorauren, Humberto Astibia, Fernando Sánchez Aranaz, Hector Lopez Bofill, José Miguel Mtz Urmeneta, Antton Soroa, Mirari Bereziartua, Jaume Renyer, Angel Rekalde, Patxi Goikoetxea, Beñi Agirre...


11 junio 2013

¿GAMAZADA?


Vuelven, nunca se han ido, las voces españolas contra de la fiscalidad “atípica e insolidaria” de Vasconia. En épocas de crisis –económica, de legitimidad, de corrupción estructural…– hay que buscar el chivo expiatorio. Y se puede encontrar sin escarbar demasiado el terreno en algo que, a pesar de su integración en el régimen jurídico-político del reino de España, sigue siendo una piedra en su zapato: los residuos de la soberanía explícitos a través del Convenio económico de Navarra (Alta Navarra o CFN) y el Concierto homónimo de las Provincias vascongadas (Euskadi o CAV).

Para los españoles la situación fiscal de Vasconia es como un grano purulento. Nunca la han aceptado de buen grado. Cuando han podido han intentado reventarla. Ya fue el dictador Primo de Rivera con la imposición de un nuevo Convenio a Navarra en 1927, o el socorrido “provincias traidoras” de Franco tras su victoria en la guerra iniciada en 1936. La realidad política de los restos forales siempre ha estado en la cuerda floja. Nunca ha sido una situación consolidada.

Y esto, ¿por qué? Sencillamente porque los restos de soberanía que constituyen los regímenes fiscales especiales de la Alta Navarra y de las Provincias vascongadas corresponden a la situación de subordinación política de un sujeto soberano, el reino o Estado de Navarra. La foralidad del Antiguo Régimen no se basaba sobre un sistema de pactos entre entidades soberanas. Estaba definido por una situación derivada de conquistas, ocupaciones y minoraciones. Es evidente que había algo de “armisticio” en el que se evitaba una violencia permanente a cambio de unas cesiones parciales e inestables.

Y en esas seguimos. Vuelven las llamadas al uniformismo escudadas en el socorrido concepto de solidaridad. ¿Por qué solidaridad con las regiones españolas y no con otras poblaciones y territorios de nuestro planeta que tanto sufren y tan carentes están de medios, incluso de la subsistencia más elemental? La solidaridad sólo puede venir de la mano de la libertad. No se puede ser solidario a la fuerza.

Cuando a finales del siglo XIX hubo un intento en este sentido por parte del gobierno de España, hubo una sublevación popular en el conjunto de la Vasconia peninsular en contra de su promotor, el ministro Germán Gamazo. Por eso fue conocida como “Gamazada”. La rebelión fue generalizada contra el gobierno español de Sagasta. En la Alta Navarra hubo varias grandes manifestaciones: la recepción de los comisionados a Madrid en Castejón, la gran manifestación en Pamplona en junio de 1893, la recogida de unas 120.000 firmas estampadas en el ‘Libro de Honor de los navarros", el alzamiento de la partida de Zabalegui en Valdizarbe…. Las movilizaciones se iniciaron en Vitoria y en Bilbao y en las de Donostia hubo dos muertos y uno en Laguardia en mayo del mismo año.

La Gamazada respondió a una situación propia de los finales del XIX. Euskal Herria había salido con más pena que gloria de la derrota de dos grandes guerras en las que se había enfrentado con las armas a los poderes del Estado español en su intento de abolir el sistema foral de Vasconia. Era una sociedad que estaba superando unas derrotas que habían acarreado su práctica destrucción, en la que quedaban como residuos el Convenio de Navarra y el Concierto de las Vascongadas.

Hoy, en el primer tercio del siglo XXI estamos en una situación muy distinta. A finales del XIX se atisbaba el principio de las nacionalidades, pero a nosotros nos quedaba todavía un poco lejos. El primero que supo captarlo fue Arana Goiri, con las limitaciones por todos conocidas de su insistencia en Bizkaia como núcleo del país y el reconocimiento de una supuesta “soberanía originaria” vasca, de cada uno de sus “siete” territorios (zazpiak bat) y no de la realidad de su Estado histórico, Navarra, a través del cual fueron efectivamente independientes. Arana Goiri erró en una parte importante de su planteamiento y de ese error seguimos padeciendo las consecuencias en la política vasca actual.

No es la hora de resucitar la Gamazada. La Gamazada tuvo su momento y fue muy importante. Supuso una movilización general de Euskal Herria, pero no se puede llevar mucho más lejos el paralelismo. Aquí y ahora la única reivindicación democrática posible, la que permite una consolidación real de nuestro país, la que haga que Euskal Herria pueda disponer y gestionar sus recursos en plenitud, es el logro del propio Estado.


Navarra es el Estado de los vascos. El reino de Navarra logró la nacionalización de su pueblo y, a pesar de conquistas, ocupaciones y minoraciones, nos ha permitido llegar vivos y con ganas de libertad a la etapa actual. La memoria de esa Navarra histórica y de las injusticias sufridas desde su conquista, comenzada en 1200 hasta la actualidad pasando por 1936 y el franquismo, es la que nos permite mantener una sociedad combativa y con capacidad de acceder a la independencia. Ese es nuestro reto democrático real. El Estado propio.

NAIZ 2013/06/12

NOTICIAS DE NAVARRA 2013/06/14

DEIA 2013/06/21

29 mayo 2013

DONOSTIA 200 AÑOS


Mucho tiempo ha transcurrido desde que las sociedades comenzaron a festejar los centenarios de determinadas efemérides históricas. En general son celebraciones organizadas por quienes ostentan un poder obtenido en la fecha conmemorada. Hay pocas evocaciones de hechos históricos que no lleven asociada alguna carga de memoria. Si unos celebran victorias es porque otros han sido derrotados. Y entonces es cuando surge el debate. En los últimos tiempos ha habido dos centenarios de gran carga política y que han acarreado la consiguiente polémica.

El primero, de alcance global, fue el 500 aniversario del descubrimiento de América. La controversia comenzó por la propia denominación de “descubrimiento”. ¿Quién “descubrió” a quién? Siguió por la puesta en cuestión de la función “civilizadora” de Europa, de España sobre todo, en las américas y la constatación de su labor de expolio, aculturación y exterminio de las poblaciones autóctonas. Los descendientes que quienes fueron sujetos pacientes de dichas hazañas no se resignaron con la versión de los conquistadores y dieron la suya; ofrecieron al mundo su memoria como reivindicación de justicia y reparación. Los vencedores y quienes se reclaman sus herederos continúan, hoy, justificándolo todo en aras de la civilización, el progreso y la cristianización de los infieles.

Un acontecimiento semejante tuvo lugar el pasado año con motivo del 500 aniversario de la conquista de Navarra, del Estado vasco que permanecía como reino independiente. La disputa adoptó, a un nivel lógicamente más reducido, los mismos parámetros que la del “descubrimiento” de 1492. La versión española considera tanto la perpetua “vocación hispánica” de Navarra, de la que se había apartado por las insidias francesas, como el permanente estado de guerra civil interna en que vivía el reino. Los apologetas de la hispanidad afirman que con la “incorporación”, según su terminología, Navarra ganó la paz y el desarrollo. Por el contrario, quienes pensamos que fue una conquista injusta e injustificada, creemos que estuvo exclusivamente al servicio de los intereses imperiales españoles, que truncó la vía de un Estado europeo que podía haber sido la admiración del mundo y lo sumergió en la oscuridad inquisitorial, en el aislamiento y retraso propios de la España devota de Frascuelo y de María.

Este año se conmemora el 200 aniversario de la quema y destrucción de Donostia por las tropas aliadas anglo-portuguesas que, junto con las españolas, luchaban contra las francesas napoleónicas. La destrucción de San Sebastián fue tanto física, de su entramado urbano, como de sus habitantes: violaciones, saqueos, incendio, el abandono de la ciudad y su población por parte de quien teóricamente la “liberaba” del “ocupante” francés. Los hechos fueron de tal calibre que se pueden calificar de “crimen contra la humanidad”, como se afirma, por ejemplo, en el DVD “Donostia 1813” realizado por Nabarralde por encargo del Ayuntamiento donostiarra. Según afirma uno de los historiadores participantes en el mismo, Xoxe Estévez: “En las dos guerras (la de la Convención en 1793 y la napoleónica de 1813) Gipuzkoa fue una mera paciente de tres imperialismos. Uno emergente, el francés, otro consolidado desde 1714, el británico, y otro en decadencia, el español".


En su relato los españoles se presentan a sí mismos y a sus aliados como “liberadores”, venden la guerra contra Napoleón como de la “independencia”, española, claro. La destrucción de la memoria propia, mediante el olvido de las tropelías realizadas por los aliados exige su recuperación. Lo mismo que la sociedad donostiarra de la época restableció la ciudad, la reconstruyó y a los pocos años logró librarse de las murallas militares (españolas) que la atenazaban. La sociedad vasca siempre se ha caracterizado por su capacidad de regeneración tras las derrotas y desastres. Donostia es un buen ejemplo. El recobrar la memoria es un primer paso para reparar y hacer justicia, el segundo, consiste en construir un relato propio de los hechos. Es una lástima que esa demostrada capacidad de regeneración social, de recuperación de memoria y de construcción de nuestro relato, no alcance la traducción política adecuada para lograr su consolidación. Eso requiere, como requisito necesario, la recuperación del propio Estado.

26 abril 2013

PAMPLONA Y ORREAGA




 “¿Se puede vivir en el siglo XXI enalteciendo un momento que se desarrolló hace quinientos años? Desde luego que sí. Israel se vanagloria de su Massada, episodio bélico mucho más antiguo; la historiografía alemana tradicional no olvida la aniquilación de tres legiones romanas en los oscuros, húmedos y temibles bosques de Teutoburgo en el año 9 de nuestra era (excelente apoyatura, posteriormente, para la ideología protestante en su lucha contra la influencia latina, romana y católica) y el pasado imperio español en América, Flandes e Italia alimenta todavía los sueños íntimos –y también públicos- de una parte de españoles”

Josep Vicent Boira
(“Valencia. La ciudad”)


Orreaga como acto constituyente

Cualquier sociedad, como realidad histórica, determina los eventos que a lo largo de su historia considera como originarios o constituyentes. La arbitrariedad de esta elección es evidente ya que muchos de ellos, por su antigüedad, se hunden en esa profunda niebla en la que es difícil diferenciar los acontecimientos realmente ocurridos de las leyendas e, incluso, cuesta valorar su trascendencia efectiva en la etapa en que sucedieron.

Asistí hace poco tiempo, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, al acto de entrega del premio Rafael Manzano Martos, otorgado a la restauración y recuperación de edificios incluidos en el patrimonio histórico-artístico, al arquitecto Leopoldo Gil Cornet, profesor de Historia de la Arquitectura en la Universidad del Opus Dei en Pamplona. En este acto se entregó a los asistentes un libro titulado “Roncesvalles. Hospital y santuario en el Camino de Santiago”. En este trabajo se otorga a Roncesvalles una gran trascendencia como “inicio español” (sic) del Camino. Aunque aparecen referencias al lugar como escenario de varias batallas contra los francos, particularmente contra Carlomagno en 778, su valor simbólico como hito fundacional del reino de Pamplona a comienzos del siglo IX, queda oculto en dicho libro.

De modo análogo, en una historia de la Edad Media escrita por el historiador francés Jérôme Baschet, se afirma que “…en la base (de la Chanson de Roland)… narración épica emblemática de la cultura medieval, no se encuentra más que un hecho histórico sin relieve: el aniquilamiento, en 778, de la retaguardia conducida por el sobrino de Carlomagno, bajo los golpes de los vascos que entonces controlaban las montañas pirenaicas”.

En ambos casos, español y francés, las historias oficiales no niegan la existencia de los hechos bélicos ni sus protagonistas. Lo reconocen, pero minimizan su alcance y trascendencia histórica. Es deber nuestro, como navarros del siglo XXI, el valorar la importancia y consecuencias que tuvo para nuestro pueblo lo acontecido en las diferentes batallas de Orreaga ocurridas en un lapso de tiempo inferior a cincuenta años. Los hechos bélicos no tendrían sentido sin una valoración del papel jugado, antes y después de estos sucesos, por su capital: Pamplona – Pompaelo, Pompaelonis Pompeio ilunis o ciudad de Pompeyo en euskera-, la Iruñea –la ciudad- de los vascones.

Pamplona se encuentra ubicada en una vía de comunicación de gran trascendencia histórica en el enlace de la Europa central con la Península Ibérica. Fueron lo romanos quienes construyeron la calzada que unía Burdeos con Astorga. De este modo a la tradicional comunicación entre las comunidades pastoriles vascas de ambas vertientes del Pirineo se añadió una vía comercial de largo alcance y gran importancia. Más tarde, también, posibilitó la entrada en la Península Ibérica de las invasiones germanas. De hecho los godos pasaron por ella. Parece que, antes de su construcción por Roma, los celtas utilizaron este mismo camino.

Se considera fuera de duda que en siglo VIII los vascones tenían una indiscutible capital política, perfectamente pertrechada y defendida por un importante sistema de murallas. Pamplona-Iruñea expresaba la continuidad de su antigua importancia, en el mundo romano y tardo romano, como centro político y comercial del hinterland vasco.

En el retorno hacia sus tierras centroeuropeas, tras del fiasco de Zaragoza en 778, Carlomagno atacó al corazón de Vasconia, destruyó sus murallas y saqueó “su” ciudad. Desconocemos las razones precisas de la agresión pero, dada la importancia de Pamplona y los estragos producidos, no cabe duda de que el rey franco no actuó movido en exclusiva por la rabia y el despecho tras su fracaso en Zaragoza, sino, con más facilidad, por contenciosos previos con la sociedad vasca de la época.

La reacción vascona fue proporcional al agravio sufrido. Tanto en su inmediatez, escasos días, como en su intensidad bélica, la contraofensiva de la sociedad vasca fue fulminante y eficaz. Y la derrota de Carlomagno directamente proporcional a la misma. La victoria de 778 fue refrendada en las subsiguientes batallas de 812 y 824, frente a sus descendientes. Esta sociedad, establecida y victoriosa, consolidó en un plazo inferior a cincuenta años un nuevo poder político. La organización de los vascones se reforzó hasta el punto de que el mismo año de la última victoria frente a los francos en 824 surgió a la historia el reino de Pamplona con Iñigo Aritza a su cabeza. Sobre la organización política tardo romana de los vascones nació un nuevo Estado en la Europa alto medieval.

Todas las naciones que, en alguna etapa de su historia, han llegado a constituir esa organización política soberana –Estado-, que no reconoce a nadie por encima de ella, se basan siempre en un “momento constituyente”. El devenir de la historia de cualquier pueblo presenta muchas situaciones cruciales en las que se define su rumbo futuro, a veces inmediato, pero en muchas ocasiones en el largo plazo. Nuestro caso no es una excepción.

El esplendor, territorial, urbano y comercial de comienzos del siglo XI, con Sancho III el Mayor, fue una de ellas. Otra fue la crisis acaecida tras el desgraciado testamento de Alfonso I el Batallador, en la que frente a su voluntad de cesión del reino a las “órdenes militares”, la sociedad forzó su restauración en la figura de García Ramírez IV en 1134. También lo fue la recuperación de la soberanía plena tras la etapa en la que el reino estuvo unido a Francia por vía matrimonial durante el reinado de los últimos Teobaldos a finales del siglo XIII y comienzos del XIV. El reino se separó unilateralmente de Francia mediante la proclamación como reyes de Navarra de Juana y Felipe de Evreux  en 1328.

Todas ellas fueron situaciones de encrucijada, en las que la fortaleza de la sociedad navarra fue capaz de mantener el reino y regenerar su situación social y política. No obstante, opino que el acontecimiento principal, el primero en el tiempo y el de mayor alcance político, fue, sin duda, Orreaga. Desde la primera y más conocida batalla de 778 hasta la resolutiva de 824, cuando Iñigo Aritza fue nombrado caudillo –rey- de los pamploneses. El hito de Orreaga fue nuestro auténtico “acto constituyente”.
  
Hitos y mitos

Afirma Borges, citado por Rubert de Ventós, que “todo lo que es hito resulta también un mito”. El concepto de “mito” encierra una clara ambivalencia. Por una lado, ofrece un sentido peyorativo según el cual se afirma que cuando las naciones privadas de Estado y con voluntad de alcanzarlo, plantean su reivindicación, se basan en “mitos”. Estas naciones son, se dice interesadamente, “pueblos sin historia” y crean “mitos” para justificar su existencia histórica. Este es el sentido en el que se acusa, por ejemplo, a Arana Goiri de crear mitos como el del Árbol Malato o el personaje de Jaun Zuria; otro tanto se dice sobre la leyenda de Otger Cataló, como origen de la Cataluña histórica. La acusación de inconsistencia y falsedad de estas reivindicaciones se produce desde naciones constituidas en Estado que utilizan con desenvoltura todo tipo de mitos para justificar su existencia. Desde los Indíbil y Mandonio o la reconquista iberos o hispanos hasta los Vercingétorix o la Juana de Arco galos o francos, son usados por ambos nacionalismos como “hitos” constituyentes.

Los mitos, sobre todo los que se consideran fundacionales u originarios, tienen normalmente una base histórica. Esta base real, con el paso del tiempo desdibuja sus trazas históricas y construye progresivamente el “mito”. Es el “mito”, la visión mítica que le atribuye la propia sociedad, el símbolo que representa, y  le otorga su fuerza constituyente y, de este modo se conforma como factor de cohesión social.

El sentido, la interpretación, de los mitos es un caso particular del conocido caso que plantea Lewis Carroll en “A través del espejo”, cuando Humpty Dumpty dice a Alicia:

“Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty-Dumpty con un tono burlón- significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.
- El problema es –dijo Alicia- si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
- El problema es – dijo Humpty-Dumpty – saber quién es el que manda. Eso es todo”.

Los estados, entre otras muchas facultades, tienen capacidad para consolidar como hitos muchos acontecimientos de dudosa existencia, pero que consideran con la suficiente eficacia como para dar cohesión y sentido a la sociedad sobre la que ejercen su poder, para nacionalizarla.

En este sentido el indiscutible “hito” que fue Orrega ha sido erigido como “mito” tanto en la historia de Francia y España como en su literatura. “La Chanson de Roland” es una obra excepcional y universalmente reconocida. El problema consiste en que quienes se han apropiado del mito los han reducido Vasconia a una situación dependiente y subordinada. La Vasconia que inició en Roncesvalles su andadura política en Europa como reino de Pamplona, como Estado soberano durante muchos siglos, se ha encontrado con que le han arrebata su “hito” fundacional, su acta de nacimiento a la historia, y lo han  reinterpretado.

Mientras tanto nosotros, la sociedad navarra contemporánea, hemos olvidado su sentido profundo, y no hemos sido capaces, como pueblo, como sociedad, de convertirlo en lo que debería ser: nuestro “mito” originario, nuestro “acto constituyente”, nuestra “autodeterminación” histórica. Se trata de: unos hechos bélicos victoriosos para nuestro pueblo y en los que una ciudad, Pamplona, se asentó como núcleo vertebrador del Estado de los vascos, reino de Pamplona, primero y de Navarra después, a nivel social, cultural, económico, comercial y, sobre todo, político.

Bibliografía

Baschet, Jérôme. “La civilisation féodale. De l’an mil à la colonisation de l’Amérique”. Paris, 2006. Flammarion.

Carroll, Lewis. “Alicia en el país de las maravillas & A través del espejo”. Madrid 1984. Akal editor.

Rubert de Ventós, Xavier. “Dimonis íntims”. Barcelona 2012. Edicions 62.

VVAA. “Roncesvalles. Hospital y santuario en el Camino de Santiago”. Pamplona 2012. Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra.


Publicado en HARIA 32 
Abril de 2013   

04 abril 2013

EL CIERRE DE LA HISTORIA

Ante la lectura del editorial de Gara del pasado 1 de abril, en relación con Aberri Eguna, he experimentado una primera sensación de perplejidad y otra, posterior, de enfado. En mi opinión, Gara incurre en reducciones graves y entra en un camino que lleva a la desorientación social y que es peligroso, sobre todo, por la ascendencia que tiene el diario en muchos sectores de nuestro país.

El editorialista afirma: "Para dar ese salto (el tránsito del ser nación al ser estado), tienen que llevar añadida una oferta sólida de un futuro mejor para toda la ciudadanía”. Es decir, centra el futuro político de Euskal Herria en cuestiones socioeconómicas y en una “gestión más justa y eficaz de lo que lo hacen ahora Madrid y Paris”. Con este argumento Gara aparca el elemento fundamental que constituye el motor de cualquier sociedad que aspire a ser nación y reduce su complejidad a un problema de bienestar material, a un conflicto económico-social.

Es sabido que el Estado es la herramienta fundamental para garantizar el desarrollo equilibrado, la cohesión y los derechos de personas y grupos de cualquier nación. Lo es también para que ésta sea un sujeto político en el mundo. Cuando una nación se encuentra sometida a un Estado extraño que actúa más como enemigo que como garante de los derechos y desarrollo de su sociedad, debe aspirar a lograr su Estado propio. Este es nuestro caso.

El logro de la independencia, del Estado propio, en una situación de dominio como el que ejercen los estados español y francés sobre Euskal Herria, supone una lucha política de primer orden.: Ante ella, desarmarse de argumentos que nos avalan, que explican las condiciones de dominación que determinan el presente, que movilizan a buena parte de grupos y personas de nuestra nación, es una postura que no tiene justificación. La memoria histórica es un patrimonio colectivo que refuerza la conciencia nacional y constituye el soporte de nuestra identidad; apostar por la desmemoria significa desnacionalizarse. Sin una lectura propia de la historia, principalmente la de su Estado, Navarra, no se entiende la realidad nacional en su conjunto, ni se explica la partición a que ha sido sometida durante siglos. La amnesia no supone un hueco dentro de la sociedad que olvida sus referentes, la olvidada memoria propia será invadida casi al instante por la de los que desde hace siglos quieren imponer las naciones que nos ocupan.

Los elementos pragmáticos que cita Gara son muy importantes y pueden tener gran efecto sobre sectores no identificados directamente con los elementos simbólicos de la nación, y que pueden asumir acríticamente el relato impuesto por quienes nos han dominado. No obstante, esta parte de la población nunca será la que lleve la iniciativa en un proceso emancipador. No será su base dinámica. Constituye un sector que apoyará el proceso y se sentirá cómodo en un Estado propio, pero que no será su pionero. Los elementos materiales por sí solos no tienen capacidad de movilización más que en situaciones extremas.

Por último, cuando Gara afirma “si la independencia se consigue o no va a depender de la adhesión masiva y libre de las personas”, comete el error de pensar que se puede producir una adhesión “libre” a un proyecto político de liberación sin conocimiento de la trayectoria que ha originado los problemas actuales. El papel de la memoria histórica es imprescindible para tener un relato propio que los explique y nos permita comprenderlos y así reivindicar la propia identidad del presente, como heredera de los conflictos anteriores. La memoria es un factor insustituible de reivindicación y, también, para la reparación de injusticias antiguas. Para tomar decisiones libres es necesario, entre otras cuestiones, conocer lo sucedido desde un punto de vista centrado en la propia sociedad.

Con editoriales de este tipo lo único que se consigue es favorecer la debilidad del pensamiento social y político propio y, por lo mismo, ponerlo en manos de la ideología dominante, del nacionalismo, sea español o francés. Es una línea roja que no se debería cruzar.

01 abril 2013

BLOG DE JAUME RENYER

"Síntesis de la historia de Navarra", de Luis Martinez Garate, Nabarralde, Iruñea, 2010.

Ayer mismo, víspera de Aberri Eguna, tomando el vermut en el Viavins de Altafulla mi amigo Luis Martínez Garate (Iruñea, 1949) hizo llegar a mis manos su último libro: una síntesis histórica de Navarra -el conjunto de territorios euskaldunes- entendida como la máxima y plena expresión política del pueblo vasco. A pesar de sus esporádicas venidas a la playa Cossetàna no habíamos coincidido en los últimos tiempos para poder charlar tranquilamente repasando la actualidad vasca y catalana. Luis es uno de los fundadores de Nabarralde en el año 1999, una entidad cultural que, según mi criterio, es fundamental en el despertar del nacionalismo en la comunidad foral, así denominada por el regionalismo españolista aún hegemónico en Navarra.

Las crónicas de romanos, francos y visigodos hablan de los vascones como un pueblo ancestral difícil de dominar, pero no es hasta el año 824 cuando Eneko Aritza se convierte en rey de Pamplona (la capital de los vascos, nominada así por los romanos y por los autóctonos Iruñea), construyendo un proto-estado sobre el grupo humano autóctono que habitaba el territorio desde el Neolítico. El Reino de Navarra, expandido a partir del núcleo originario de Pamplona, ​​alcanza su máximo apogeo a principios del siglo XI desde la Ribagorza a Urdiales, incluyendo la Rioja y proyectándose sobre la Aquitania transpirenenca. A partir de ese periodo comienza un proceso de erosión territorial conducido sobre todo por Castilla, que en 1200 se apropia del territorio de las actuales provincias vascas y en 1512 conquista la Navarra sudpirenaica, y también para Francia. En poco más de cien páginas, el autor que es ingeniero de profesión e historiador de vocación, consigue ofrecer una interpretación nacionalmente autocentrada de la evolución de la principal institución que ha tenido el pueblo euskaldun, el Reino de Navarra, hasta el actualidad. 

La obra de Martinez Garate es un escalón relevante de una corriente historiográfica -y política- que en relativamente pocos años ha logrado desacreditar la visión oficial española que presenta la incorporación sucesiva de los territorios euskaldunes a la corona de Castilla como paccionada, ocultando que fue una conquista en toda regla. También está invirtiendo la hegemonía del bizkaitarrismo promovido por Sabin Arana a comienzos del siglo XX: "Consideraron que Euskal Herria, como nombre, abarcaba al pueblo vasco como comunidad étnica, cultural y lingüistica, pero no política, decidiendo inventar un nombre propio de dudosa etimología e ideando Euzkadi, sin percatarse de que Euskal Herria tenia su propia denominación política desde siglos. Y esta era Navarra". Esa perspectiva me parece la característica fundamental del libro, por otra parte bien exitoso en la siempre ardua tarea de resumir una materia tan extensa y compleja como es la evolución colectiva de un pueblo.


25 marzo 2013

MAPA, FRONTERAS, IDENTIDAD


Leo hoy en la prensa: “ETB cambia el mapa del tiempo para resaltar Euskal Herria con fronteras”. La noticia me lleva a tres consideraciones:


1.- Afirma el articulista de Noticias de Gipuzkoa: “La última bandera del cambio de socialistas y populares dejó de ondear ayer en EITB con el cambio del mapa del tiempo”. Es evidente que el cambio de “formas” que resultó más denostado públicamente, en ETB, fue el del “mapa del tiempo”. Puede que fuera “la bandera” del cambio impuesto, pero la transformación real fue mucho más profunda.

La escasa “centralidad vasca” que ya tenía ETB en la etapa anterior, fue abandonada por completo bajo la férula de Alberto Surio. Si los referentes de centralidad antes ya eran españoles (de los de Francia nos olvidamos), en la etapa PsoE / Pp se convirtieron en algo permanente y agresivo. El “Estado central” siempre era el español; su Gobierno, el único posible. Las noticias “nacionales”, siempre las españolas. Todo lo que quedaba fuera de las fronteras del Estado español, “lo extranjero”. Cualquier noticia de Badajoz o Murcia, por poner un ejemplo, en primera línea; “nacional”, claro. Ninguna referencia propia, del País, como central.

El mapa era un pretexto. El territorio de nuestro país estaba ya roto por la estrategia de la dominación desde hace siglos; en la etapa de Surio se quebró por completo. Más todavía su cohesión humana. Ahora parece que, en parte, se recupera “el mapa”, cuando menos en su “color”, pero el territorio sigue cuarteado entre las administraciones de los estados y sus compartimentos “provinciales”. ¿Cómo se va a afrontar la partición humana impuesta a pesar de la realidad social? ¿Va a seguir ETB en la senda de la disolución de nuestra identidad a base de insistir en el acelerado proceso españolizador de la etapa anterior?

2.- Resulta poco afortunada la expresión “resaltar Euskal Herria con fronteras”, al referirse al color del mapa que lo diferencia de los territorios colindantes de los estados español y francés. Las fronteras reales son las que existen entre los estados. Creo que no es mala la idea de visualizar el país con un solo color, pero no me parece tan buena la de la asunción de las divisiones administrativas actuales, ni la de la radical diferenciación con territorios como La Rioja, con la que nos unen tantos lazos históricos y actuales, comenzando por la propia práctica de la pelota como deporte “nacional”.

Hay que tener mucho cuidado al hablar de “fronteras” en un mundo en el que las únicas que siguen siendo efectivas son las interestatales. No hay más que ver todo tipo de tarifas en el mundo de la telefonía móvil o de los accesos a la red en banda ancha, los precios de los combustibles, etc., pero, sobre todo, constatar la apabullante realidad de la lengua imperante a cada lado de esas “fronteras” que, según algunos, están ya superadas.

3.- El mapa es una referencia visual y simbólica importante, pero tanto o más lo son las referencias de centralidad social, económica y política. Por desgracia, todas ellas nos siguen llevando, desde ETB, a España. Es bien sabido que el Estado es la herramienta más potente que existe hoy en día como creador de cohesión social, de integración (de emigrantes, por ejemplo) y de generación de identidad.
  
Desde una herramienta limitada como ETB, sobre todo sin el respaldo de un Estado propio, los objetivos son también, necesariamente, reducidos, pero nunca se debe olvidar el objetivo de la emancipación nacional desde una gestión que se autodenomina “nacionalista vasca”, Sus medios se pueden utilizar de mejor o peor modo, pero siempre con este horizonte. No todo son limitaciones externas y las posibilidades existentes deben ser apuradas al máximo. Hace falta conciencia y voluntad. Los mapas, por sí solos, no bastan.

13 marzo 2013

HUGUISMO


La literatura laudatoria hacia el modelo bolivariano expresada en nuestro país por la fervorosa Izquierda Abertzale y también en sectores de la “izquierda” catalana (las CUP) pone de manifiesto unas graves carencias en lo que se supone debería consistir “el análisis concreto de la realidad concreta” (Lenin dixit), propio de las posiciones y pensamiento de izquierda. Los panegíricos que hemos podido leer y escuchar tras la muerte de Hugo Chávez y su propuesta como modelo para nuestro futuro social y político son inquietantes. Demuestran la escasa capacidad de análisis de los prohombres que rigen nuestras “izquierdas nacionales”.

El primer dato, irrefutable, es que “nuestra realidad concreta” está a años luz de cualquiera de los estados latinoamericanos. Y, el segundo, en consecuenciaes que la “concreta realidad” de los estados latinoamericanos es otra galaxia desde el punto de vista económico, social y político. Proponernos como horizonte, modelo o paradigma la “revolución bolivariana” tiene menos sentido que sugerir a un habitante del Sahel las ventajas del “Canal de Navarra” para que plante una huerta y disfrute de sus delicias.

Tenemos en común la colonización española de varios siglos, como punto de partida, pero realizada sobre sustratos históricos y sociales completamente distintos. Y, sobre todo, en contextos geopolíticos absolutamente divergentes. América Latina logró, desde la distancia, su independencia política de las metrópolis española y portuguesa, gracias a sus dirigentes criollos (españoles nacidos en la colonia desde algunas generaciones), con una cultura social y política heredada del imperio. Los golpes militares se han sucedido ininterrumpidamente durante sus dos siglos de “independencia”.

Nosotros existimos en un contexto sin parangón posible. Nuestros puntos de referencia pueden ser los Países Bajos, Dinamarca, o quizás incluso Noruega, aunque sea mucho más grande; nuestros apoyos estratégicos los encontraremos en Escocia, Flandes o Cataluña; nuestros modelos emancipatorios han de ser Islandia, la República Checa, los países Bálticos o Eslovenia. No sólo estamos en Europa, es que somos Europa. Hemos constituido Europa y ahí deben estar nuestros referentes.

No podemos negar a Hugo Chávez y a otros presidentes de estados latinoamericanos sus avances en cuanto a reconocimiento social y normalización política de sus “pueblos originarios” y su aportación indiscutible a unas mejores condiciones de vida de sus poblaciones, pero siempre considerando que su ubicación geopolítica está casi en las antípodas de la nuestra. Presentárnoslos como modelos, si no es ignorancia, es un sarcasmo.

Nosotros estamos, con todas las consecuencias, en un mundo muy lejano. Tan lejano en el espacio como estarían en el tiempo los conflictos de los husitas en el siglo XV o los hugonotes en el XVI. Parece que nuestros dirigentes y referentes, con tanto fervor revolucionario, en vez de los pies en la tierra, están en la órbita de los cometas.

Izaronews (2013/03/13)

Noticias de Navarra (2013/03/16)

Noticias de Gipuzkoa (2013/03/16) 

Deia (2013/03/25)

Eneko Urliaga

20 febrero 2013

A UN AMIGO



A José Fermín Arraiza Rodríguez-Monte


Querido José Fermín:

Tal vez en esta ocasión debería utilizar el nombre de los tiempos de gloria, de nuestras primeras batallas por las causas que creíamos justas, y llamarte como entonces: Pepín.

Te escribo desde bastante lejos de nuestra Iruñea. Lo hago desde otra de las colonias que mantiene el decadente imperio español, desde la nación Canaria. Pero es una lejanía geográfica, no de afecto y amistad. En cualquier caso, tú ya estás en otra dimensión y supongo que te dará lo mismo.

Recuerdo la amistad entre nuestros respectivos padres, carlistas ambos. Ellos propiciaron nuestra temprana vocación política que iniciamos, lógicamente, dentro del Partido Carlista. El carlismo fue el único movimiento popular capaz de tener un proyecto de estructuración del Estado español que se pretendía respetuoso con su orden multinacional y que, a su modo, lo fue.

Nuestra etapa resultó particularmente intensa. Las generaciones que no habían vivido la sublevación y guerra de 1936 se abrían camino hacia un protagonismo caracterizado por la modernidad y apertura hacia las corrientes europeas y mundiales en general. Era la época de las luchas antiimperialistas, de los movimientos de liberación nacional, en lo que entonces se llamaba Tercer Mundo. Fue una época marcada en occidente, además, por el revulsivo que supuso mayo el 68. En este contexto recibimos nuestra formación social e iniciamos nuestra actividad política. El carlismo no permaneció al margen de todos estos cambios, influido sobre todo por la evolución del catolicismo romano tras el Concilio Vaticano II.

Aquel carlismo renovado se encontró pronto en un callejón sin salida. No sólo por las infinitas trabas impuestas por la legalidad tardo-franquista surgida en la transición que algunos han denominado intratotalitaria, sino también por su propia incapacidad para acompasar un movimiento popular en su origen pero contaminado tras su colaboración con la oligarquía, iglesia católica y ejército españoles sublevados en 1936. Esta sublevación logró un apoyo, humano sobre todo, muy importante por parte de los carlistas; aunque, todo hay que decirlo, con fuertes dosis de crítica. El carlismo mantuvo en general una posición antifranquista.

En cierto modo, el carlismo estalló. Algunos carlistas, pocos, permanecieron en posturas integristas o afectas al régimen, dentro de su sistema de partidos. Otros, avanzaron en la vía de la oposición a la reforma “pactada”. Creo que, aunque por caminos diferentes, José Fermín, ambos seguimos en este sentido. Los dos creíamos que lucha por la justicia se concretaba para nuestro pueblo en la consecución de la libertad, la independencia, de Euskal Herria. Tú, además, con tu compromiso por la justicia en el mundo del trabajo, como abogado laboralista.

Al cabo de los años fuimos muchos los que percibimos con claridad que el instrumento que había posibilitado la permanencia histórica del pueblo vasco, de su cultura política, concretada en los Fueros, de su lengua privativa, el euskera, y de todas las características que permitían que a nivel mundial se nos reconociera como nación, había sido su Estado, el reino de Navarra. Nos dimos cuenta de que Navarra era el eje político de los vascos, su realidad política.

Pronto vimos las virtualidades implícitas en este planteamiento de cara al futuro y que una Euskal Herria independiente en Europa tenía que referirse inevitablemente al Estado histórico de los vascos, a Navarra. Y así se produjo nuestro reencuentro, a través de la constitución de Nabarralde. Ambos, junto con otros amigos, fuimos socios fundadores de este proyecto. Lo hicimos con gran ilusión y con la idea de que su presencia y actividad aportaba una dosis de cordura y perspectiva democrática de futuro a la sociedad vasca.

A toda esta andadura social y política común es imprescindible añadir la indudable cercanía afectiva que se manifestaba en cada uno de nuestros encuentros. No puedo hablar de una amistad íntima, pero sí de esa sensación de proximidad y complicidad que no se da con frecuencia entre personas por muchos años que lleven de conocimiento y trato habitual. Sin asomo de duda yo te quería y respetaba como un buen amigo y compañero de batallas de muchos años.

Allá donde estén tu aliento y tu memoria, te mando un abrazo muy fuerte.

Luis María Martínez Garate

San Sebastián de La Gomera, febrero de 2013

11 enero 2013

DOCUMENTO SOBRE LA AUTODETERMINACIÓN


Documento sobre la autodeterminación retirado de la web del Colegio de Abogados de Barcelona

Del blog de Josep Pinyol

La web del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona ha retirado toda referencia al análisis jurídico sobre el derecho a la autodeterminación que ha redactado su Comisión de Defensa de los Derechos de la Persona. Por esta razón la reproduzco a continuación. Es necesario hacer la máxima difusión dada su importancia.


Análisis jurídico de la Comisión de Defensa de los Derechos de la Persona del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona sobre el derecho de autodeterminación

A lo largo de casi cuarenta de su existencia, la Comisión de Defensa de los Derechos de la Persona del Colegio de Abogados de Barcelona ha querido estar presente en todos los debates de trascendencia social y jurídica que se han producido en nuestro país, en tanto que podían afectar a derechos fundamentales de la persona, tanto individuales como colectivos. En el momento actual, en el que el pueblo catalán está llamado a tomar decisiones que pueden determinar su futuro como nación, la Comisión de Defensa no puede estar ausente del debate, apasionante y apasionado, que se ha iniciado en torno al derecho de autodeterminación, y es por eso que quiere expresar su posicionamiento al respecto, dentro como es obvio del marco jurídico que le es propio.

En primer lugar, debemos manifestar que el derecho de autodeterminación es un derecho fundamental y universal de todos los pueblos, vigente en derecho internacional a partir de la Carta de las Naciones Unidas (arts. 1 y 55), de 1945, y expresamente proclamado en el artículo 1 de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 16-12-1966 y vigentes desde 1976. En la práctica internacional, sin embargo, el derecho de autodeterminación había sido ya reconocido desde mucho antes. Pensemos en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos o en la creación de nuevos estados a partir de la disolución de los imperios austrohúngaro, otomano y ruso a finales de la I Guerra Mundial. El ejercicio del derecho de autodeterminación ha dado como resultado que el número de estados soberanos en el mundo se ha cuadruplicado desde 1900 hasta ahora, y veinte de estos nuevos estados son resultado de la secesión de una parte del territorio de un Estado para constituir uno nuevo. Concretamente, en Europa son 14 los casos de secesión desde 1900: Noruega de Suecia (1905); Finlandia de Rusia (1917); Irlanda del Reino Unido (1922); Islandia de Dinamarca (1944); Lituania, Estonia y Letonia de la URSS (1990-1991); Eslovenia, Croacia y Bosnia de Yugoslavia (1991); Eslovaquia de Checoslovaquia (1992); Montenegro de la Unión de Serbia y Montenegro (2006), y Kosovo de Serbia (2008). El proceso de autodeterminación y la creación de un nuevo Estado soberano ha sido en cada caso diferente -previsión constitucional, separación pactada, o, en la mayoría de los casos, declaración unilateral de independencia-, pero en todos ellos la legitimación última del proceso ha venido dada por la decisión mayoritaria de un pueblo, expresada libre y democráticamente.

Una determinada tendencia doctrinal en derecho internacional ha venido defendiendo una interpretación restrictiva del derecho de autodeterminación, que lo considera aplicable sólo a los procesos de descolonización. Ciertamente, existe un marco jurídico internacional claro, consistente en numerosas resoluciones de las Naciones Unidas, que establece las condiciones y el procedimiento para acogerse al ejercicio de este derecho por parte de los pueblos en situación colonial. Este marco jurídico, en cambio, no está suficientemente desarrollado en relación a los procesos de secesión en una situación no colonial. Sin embargo, la ausencia de regulación del ejercicio de un derecho, en una situación concreta, no significa la negación de su existencia, desde el momento que este derecho ha sido formulado con carácter general y sin establecer ninguna excepción, como es el caso del derecho de autodeterminación. Por otra parte, el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, en un  dictamen de 2004 sobre el Muro en los territorios palestinos ocupados, se pronunció a favor de la autodeterminación como un derecho universal, erga omnes, que debe ser respetado por todos los Estados. El mismo Tribunal Internacional de Justicia, en su importantísima  Resolución del 22-7-2010, en respuesta al requerimiento de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre si la  declaración unilateral de independencia del territorio de Kosovo, proclamada el 17-2 -2008, era o no conforme al derecho internacional, declaró que no existe en derecho internacional ninguna norma que prohíba las declaraciones unilaterales de independencia, por lo que éstas deben ser consideradas conformes al orden jurídico internacional.

En el caso concreto de Cataluña, la posibilidad de ejercer el derecho de autodeterminación está siendo negada por parte del Gobierno y de la mayoría de instituciones del Estado español, que se opone incluso a que se someta la cuestión a consulta popular. Los argumentos de esta rotunda oposición se pueden reducir básicamente a dos. En primer lugar se afirma que la soberanía popular reside en la totalidad de ciudadanos del Estado español. El derecho de decidir sobre la separación de Cataluña del resto del Estado no corresponde, pues, al pueblo catalán por separado, ya que éste no es un sujeto político soberano. El segundo argumento consiste en decir que, aun si se atribuyera al pueblo catalán la condición de sujeto político con derecho a decidir, la secesión de Cataluña de España sería, en cualquier caso, ilegal, ya que entraría en colisión con la legalidad vigente, y, en concreto, con la Constitución española, que no reconoce el derecho de autodeterminación de ningún territorio del Estado, y que proclama en su artículo 2 "la indisoluble unidad de la Nación española, patria común  e indivisible de todos los españoles".

En cuanto al primer argumento, debemos decir que se trata de lo que en lógica elemental se denomina una petición de principio. Es evidente que si el pueblo catalán fuera sujeto de soberanía ya sería independiente. La cuestión a resolver es si el pueblo catalán reúne las condiciones requeridas para que se le reconozca el derecho de autodeterminación, es decir, la condición de pueblo con la capacidad de decidir por sí mismo constituirse en Estado soberano. En este sentido hay que recordar que la Carta de las Naciones Unidas, así como los Pactos Internacionales antes mencionados atribuyen el derecho de decidir a los pueblos, no a los Estados. En este sentido, no se puede discutir a la comunidad catalana la condición de sujeto político del derecho a decidir: una historia milenaria, una lengua propia, un derecho civil propio, una estructura social y económica diferenciada, unas instituciones políticas propias. Y una voluntad manifestada a lo largo de siglos de mantener la propia identidad, avalan con creces la realidad nacional de Cataluña, reconocida por otra parte en el preámbulo del Estatuto de Autonomía, incluso en la versión truncada por la Sentencia del Tribunal Constitucional.

Ciertamente, el actual marco constitucional español no permite la autodeterminación de Cataluña. Nos encontramos, pues, ante una posible contradicción entre dos legitimidades: la de la legalidad constitucional vigente y la voluntad democráticamente manifestada de una comunidad nacional. No olvidemos. sin embargo, que en una sociedad democrática la ley no es otra cosa que la expresión de la voluntad popular, a través de sus representantes políticos constituidos en poder legislativo. Esta concepción, radicalmente democrática, no puede aceptar el secuestro de la voluntad popular -en este caso representada por el Parlamento de Cataluña- en nombre de una legalidad que sería impuesta. En una sociedad democrática -a diferencia de una dictadura- no es la ley la que determina la voluntad de los ciudadanos, sino que es ésta la que crea y modifica la legalidad. Es por ello que consideramos que el Gobierno español no tendría ninguna legitimidad para oponerse a la decisión del Parlamento de Cataluña de dar voz a la ciudadanía para que, libre y mayoritariamente, exprese su voluntad -en sentido afirmativo o negativo- en relación a la creación de un Estado catalán soberano. En el caso de una respuesta afirmativa a esta cuestión, el Gobierno español no tendría tampoco ninguna legitimidad para oponerse a entrar en un proceso de negociación para establecer las condiciones de la secesión y resolver de común acuerdo las complejas consecuencias derivadas de la misma, y debería implementar las modificaciones constitucionales y legales necesarias para que todo el proceso se desarrollara de forma ordenada y equitativa. Este es el criterio establecido por el Tribunal Supremo de Canadá sobre la validez del referéndum secesionista de la provincia de Quebec de 1995.  En su dictamen de 1998  el Tribunal reconoce que una mayoría clara, expresada a partir de una pregunta clara, otorgaría legitimación democrática a una iniciativa secesionista, y obligaría al Gobierno de Canadá a negociar las condiciones de la separación.

La declaración unilateral de independencia, proclamada por el Parlamento de Cataluña, estaría justificada en derecho internacional en el caso de que el Gobierno impidiera la celebración de la consulta a la ciudadanía sobre la creación de un nuevo Estado, o bien se negara a aceptar el resultado afirmativo de la misma. En este caso, la declaración de independencia por parte del Parlamento tendría efectos inmediatos para dotar de existencia política al nuevo Estado. En efecto, este reuniría los criterios mínimos de población permanente, territorio determinado y autoridad política propia, que definen un Estado, tal como fueron formulados por primera vez por la Convención de Montevideo, sobre Derechos y Deberes de los Estados, aprobada en 26-12 -1933. La misma Convención establece que la existencia política de un Estado es independiente de su reconocimiento por los demás Estados. Este principio, conocido como teoría constitutiva del Estado, fue ratificada por dictamen del Comité Badinter, comité de arbitraje creado por la entonces Comunidad Económica Europea en 27-9-1991, para dar respuestas jurídicas a las cuestiones legales suscitadas por la fractura de la República Federal Socialista de Yugoslavia. En su dictamen, el Comité Badinter afirma que la existencia de los Estados es una cuestión de hecho, sin que el reconocimiento por parte de la comunidad internacional sea una condición determinante de la estatalidad.

La cuestión crucial de la legitimidad jurídica de una declaración unilateral de independencia en contradicción con la legalidad vigente ha quedado resuelta por la ya mencionada Resolución del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya sobre el caso de Kosovo. La Resolución establece que en el acto de proclamación de Kosovo como Estado independiente y soberano la Asamblea kosovar no operaba como institución de autogobierno de la administración preexistente y dentro de los límites de aquella legalidad, sino al contrario se situaba al margen y fuera del alcance de la misma, y exclusivamente en virtud de las facultades que le confería la representación democrática de la voluntad popular. La declaración de independencia no pretendía, pues, producir sus efectos dentro del orden legal existente, sino que creaba una nueva legalidad. En conclusión, el Tribunal estima que no existiendo en derecho internacional ninguna norma que lo prohíba, la declaración unilateral de independencia de la asamblea de Kosovo, una vez constatada la imposibilidad de un proceso negociador con Serbia, no es contraria al orden jurídico internacional.

Sobre la base del argumentos jurídicos que hemos señalado, la Comisión de Defensa de los Derechos de la Persona del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona considera que es un derecho inalienable de Cataluña, como comunidad nacional, el poder decidir sobre su futuro, ya sea dentro del Estado donde está integrado o separado del mismo para constituir un nuevo Estado soberano, según lo decida la voluntad mayoritaria, democrática y pacíficamente expresada, de sus ciudadanos.