11 marzo 2015

EL FUNDAMENTO DE LOS RELATOS

Contaba el argentino Feinmann la historia de aquel gaucho que exclamaba: “donde hay humo hay asado”, y corría detrás de una locomotora. Suele ocurrir. Los actos, decisiones y objetivos de los seres humanos se guían y deslizan sobre la visión que tenemos del mundo que habitamos. Pero hemos de estar atentos al relato que manejamos, no nos ocurra lo que al gaucho que perseguía la máquina.

El pasado 5 de marzo Joxan Rekondo publicó en Noticias de Gipuzkoa un artículo que precisamente llevaba por título “Relatos”. Un artículo bien planteado, positivo, empático, con un enfoque que supera los habituales enfrentamientos y descalificaciones con que confrontamos nuestra particular visión del humo del asado. En nuestro país, sostiene Rekondo, manejamos relatos de la historia que, a partir de determinadas circunstancias, nos han permitido existir y llegar hasta el presente, con dificultades, por descontado, dejando pelos en la gatera, pero vivos y con una considerable capacidad a estas alturas del siglo XXI.

En el conjunto de relatos de nuestro país podemos distinguir tres grandes grupos. El primero, el de las posiciones de los dos estados que nos tienen sometidos. Conforman la ideología general de ambos nacionalismos y, en este momento, discurso dominante, no creo que sea de mayor interés su denuncia.

El segundo corresponde al modelo autóctono. No se define directamente desde las instancias de poder, la monarquía o los estados español y francés, sino desde aquí. Acepta la subordinación del país vasco-navarro pero con la adición de una peculiaridad, que es el “pacto” que la justifica. Garibay fue su primer exponente. Garibay era un “intelectual orgánico” al servicio de los Austrias españoles en el siglo XVI y construyó la ficción del “pacto foral”. Su versión moderna la conforman los “foralistas” que aceptaron la (mal) llamada ley Paccionada de 1841. Si aquellos barros trajeron estos lodos, ese es el origen de los actuales “navarreros”, tras el tamiz de Víctor Pradera.

La tercera posición se sitúa en la defensa del país. Tiene variantes, tres fundamentalmente, pero todas se refieren al país con pretensiones de sujeto político. En algún momento hemos definido estas variantes como los tres “paradigmas” que nos permiten un acercamiento a la realidad actual de Vasconia y su proyección al futuro. Aquí es donde Rekondo sitúa su artículo. Expone las tres variantes con respeto, aunque se inclina a destacar los valores del foralismo guipuzcoano de Larramendi.

El relato “foral” de Larramendi es intenso y radical, dentro de lo que era posible en las concepciones políticas del siglo XVIII. Incluso afronta la posibilidad de configurar una “República de las Provincias Unidas del Pirineo”, una especie de traslado al Pirineo de las “Provincias Unidas de los Países Bajos“. El final del siglo XVIII y el XIX fueron testigos de los ataques directos al corazón del sistema que, dentro de la subordinación, había permitido la supervivencia del país. Y nos llevó a dos guerras de gran intensidad en las que la causa de la defensa foral se vio imbricada con intereses de otro tipo. Algunos espurios, como los dinásticos españoles o los religiosos; y otros reales, como el ataque a las propiedades comunales con el pretexto de la desamortización de “bienes de manos muertas”, sobre todo en manos de la Iglesia católica. La derrota en ambas guerras condujo a la desaparición del Antiguo Régimen.

Más allá de Larramendi, con la idea de superar la subordinación que el “orden foral” representaba para Vasconia, y en línea con las tendencias de su época, Arana Goiri propuso un planteamiento nacional del caso vasco. Con su neologismo “Euzkadi” denominó a una nación que debería tener su lugar como Estado al mismo nivel que el resto de naciones del mundo.

Sin ser nuevo, pues data de Arturo Campión y de Anacleto de Ortueta, se ha abierto paso entre nosotros otro relato que cita Rekondo en su artículo. Se trata de Navarra como expresión política del pueblo vasco, independiente durante muchos siglos. Este enfoque no pretende retorno alguno a situaciones pasadas, de tipo medieval o monárquico como dicen quienes lo menosprecian, sino que hace hincapié en la naturaleza universal y de reconocimiento internacional de nuestro pueblo, a través de su existencia en un Estado real.

Un relato con fundamento

Esta visión del país centrada en el Estado histórico de Navarra trata de complementar dos puntos de vista. Es decir, pone en valor la existencia real de un Estado vasco independiente, responsable a su vez de la nacionalización del pueblo vasco. En este sentido la tesis sociolingüística de Koldo Zuazo del primer euskera unificado alrededor del reino de Pamplona hacia el siglo XI ofrece un modelo de interpretación que sirve para muchos otros fenómenos.

Pero este relato presenta una enorme virtualidad de cara al futuro. Navarra representa la independencia vasca y en ello es un factor de gran importancia para los retos actuales. En clave nacional, territorial, de sujeto político... Como es bien patente en el caso del Estado español, las naciones sometidas no tienen perspectivas de futuro dentro del mismo. La alternativa a plazo medio es independencia o desaparición.

A diferencia de lo que nos plantea Rekondo, para situarnos en el presente tomemos un caso actual como modelo. Lo contemplamos en la conflictividad y urgencia de las recientes elecciones griegas. Con un panorama complicado, los dirigentes griegos se enfrentan a la Troika y discuten sus intereses en Europa con un manifiesto protagonismo. De tú a tú. Son sujeto de facto, y defensores acérrimos de sus intereses. Son Estado. Hoy, para ser sujeto político en el mundo, es imprescindible ser un Estado. En nuestro caso, por el contrario, por muchas alabanzas o pegas que le otorguemos al modelo autonómico, estamos sometidos al poder español (y por otra parte al francés) y ello es nefasto. No sólo porque ese poder corresponde a la dominación, la cultura del pelotazo, el subsidio y el compadreo de algunos estados mediterráneos. Sino también, y sobre todo, porque nos inhabilita para ser nosotros sujeto. Grecia también tiene sus problemas pero, al ser Estado, dispone de una capacidad de maniobra que a catalanes y vascos nos es negada de raíz. Puede negociar aunque sus fuerzas sean pequeñas. Nosotros, al no ser Estado, no tenemos ninguna.

Volviendo así al debate de los paradigmas, el principal fallo de la visión foral y de la aranista es el de no contemplar a nuestro país en su integridad nacional. Como sujeto unitario. En el mejor de los casos asumen una nación compuesta de siete naciones o, quizás, de seis. Algunos incluso las reducen a tres. No perciben que esa división, hoy consolidada en forma de “provincias”, “comunidades autónomas” o “trozos de departamento”, corresponde a particiones inducidas desde España y Francia, a lo largo de siglos, para provocar nuestra debilidad, a generar enfrentamientos internos y, a la larga, nuestra disolución e integración en sus respectivas naciones. El valor de la perspectiva navarra es que se presenta con mayor altura y capacidad de explicación y comprensión de nuestra trayectoria histórica, por lo menos desde el siglo VIII y coincide con la que ofrece una mejor proyección de futuro. El resto de visiones son parciales y en el fondo contradictorias: es el caso del bizkaitarrismo, el navarrismo, guipuzcoanismo… Al final, localismo y paletismo.

Rekondo ensalza el modelo de Larramendi y su loa a Gipuzkoa. Es evidente que los valores que describe Larramendi de su Gipuzkoa natal son ciertos, pero no debemos olvidar que Gipuzkoa es una construcción política de Castilla para hacer frente a una Navarra que seguía siendo independiente tras haberle arrebatado su franja marítima. Castilla creó Gipuzkoa para combatir a la Navarra Oriental que permanecía y cerrar sus vías de salida al mar de Bizkaia. Fue un instrumento que favoreció la desunión y desvertebración de la nación navarra.

Aunque estemos orgullosos de nuestras raíces, de nuestras gentes, y de considerarnos guipuzcoanos, vizcaínos o alaveses, nuestro proyecto de futuro debe encararse con una perspectiva nacional completa. Otra cosa es correr tras un humo incierto que, como al gaucho argentino, nos conduce a cualquier paradero indeseado.

Angel Rekalde / Luis María Martinez Garate

NAIZ 2015/03/13

DEIA 2015/03/20

NOTICIAS DE GIPUZKOA 2015/03/21

NOTICIAS DE NAVARRA 2015/03/25

06 marzo 2015

MEMORIA Y RELATO



Ya que memoria e historia no están separadas por barreras infranqueables sino que interaccionan permanentemente, se deduce una relación privilegiada entre las memorias ‘fuertes’ y la escritura de la historia. Cuanto más fuerte es la memoria –en términos de reconocimiento público e institucional-, tanto más el pasado del que ella es vector llega a ser susceptible de ser explorado y puesto en historia

Enzo Traverso


Como afirma el intelectual valenciano Joan Francesc Mira vivimos en un mundo fet de nacions, “hecho de naciones”, “constituido por naciones”. Esto es un hecho innegable. Lo mismo que también lo es que todos los humanos anclamos nuestra identidad, las raíces de nuestra pertenencia social, en una nación. Sobre todo en el mundo occidental en el que vivimos nadie puede decir que no se incluye en una nación. Sea cual sea. En cuanto se araña, bien sea de modo superficial, en su adscripción identitaria aparece una nación.

Otra cuestión, también universal en nuestra época, es la inscripción, obligada en este caso, en un Estado. El mundo también está construido sobre los estados. No existe nadie que escape a este hecho. También es otro problema, en el que aquí no voy a entrar, el hecho de que las naciones y los estados del mundo conforman dos realidades diferentes. En ocasiones coinciden, pero en otra muchas, no. La diferencia estriba en que la adscripción estatal es impuesta, mientras que la nacional, aunque los estados la intenten asimilar, tiene capacidad de ser voluntaria e incluso de oponerse a las estructuras y mugas estatales.

Para que un grupo humano, una sociedad, se autorreconozca como nación hace falta que “alguien” construya y transmita un conjunto de hechos objetivos, como lo son una lengua propia y diferenciada, una historia común, unos sistemas sociales y económicos semejantes. Pero, sobre todo, a nivel del imaginario colectivo son imprescindibles unos símbolos, unos mitos o leyendas fundacionales, determinados lugares, paisajes o monumentos, en los que el grupo se siente integrado y que dan sentido a su pertenencia. Esto es lo que se puede llamar el “relato”. El “relato” es un conjunto de historias, narraciones, mitos y leyendas; creencias y fiestas; paisajes u otro tipo de lugares en los que un pueblo se siente representado en una visión que comparte con el resto de su sociedad.

Para construir el relato capaz de afirmar una nación hay dos caminos. El primero y más importante, el “normal”, el de las naciones que tienen un Estado a su servicio que se lo ofrece mediante su sistema educativo, para niños y jóvenes sobre todo, y a través de la propaganda de sus medios: televisión, radio, prensa, Internet etc,, para todos Es lo que forma parte de lo que el politólogo inglés Michael Billig ha denominado como “nacionalismo banal”. El segundo, el que corresponde a naciones que no tienen Estado y en las que el que tienen trabaja en su contra, a favor de la desnacionalización propia y su renacionalización en la del dominante. En estos casos la labor de construir un relato propio es ardua. Debe hacerlo la propia sociedad nacional. Para ello hay que desmontar toda la mitología impuesta desde el Estado dominante.

La memoria histórica constituye el fundamento para la construcción del relato capaz de construir con efectividad una nación. No existe ninguna sociedad sin memoria histórica. Como se ha indicado, normalmente ese imaginario colectivo que conforma la memoria viene construido y transmitido desde el Estado. En nuestro caso, por la parte de Navarra sometida al Estado español nos encontramos con una “memoria histórica” basada en materiales que comienzan por la resistencia de Numancia (Iberos, como antecedentes de los españoles) frente a los romanos. Le siguen los godos, que constituyen, sobre todo tras la conversión de Recaredo, el antecedente de esa España una y grande que construirá un Imperio; la legitimidad histórica de España se soporta sobre la monarquía visigoda. Tras la “conquista” musulmana, la siguiente etapa es la llamada “reconquista” en la que entorno a Castilla y frente al “extraño” –el “moro”- se forja, de nuevo, España. Los reyes “católicos” a finales del siglo XV reafirman esa unidad incorporando a Castilla la Corona catalana-aragonesa. Poco después es el Imperio en el que “no se ponía el sol”. La guinda la pone la guerra de la “independencia” contra la ocupación francesa. Desde niños hemos aprendido, memorizado e interiorizado estos elementos y son los utilizados en el lenguaje cotidiano de todos los medios de comunicación españoles. Los franceses por su parte tienen a Clovis y su conversión al cristianismo, Santa Juana de Arco frente a la ocupación inglesa, el “rey sol” con su esplendor europeo y culminan con la “revolución” de 1789 seguida del imperio napoleónico.

Todos estos elementos forman parte del relato que constituye la nación española, o francesa en su caso. Si nosotros pretendemos conformar la nuestra (Vasconia, Euskal Herria, Euskadi, Navarra o como la queramos llamar, que ya es otra historia) debemos construir nuestro propio relato. No podemos tener siete relatos, uno por cada “territorio histórico”, muchas veces contradictorios y enfrentados entre ellos. Tendríamos así siete naciones y no una. Menos todavía los que dan soporte a las actuales divisiones administrativas impuestas por España y Francia, comunidades autónomas y departamentos. Obviamente nuestro relato no puede estar basado en los “trozos” de los relatos español y francés que hacen referencia a nuestro pueblo. Tenemos que construir uno en el que todos nos sintamos reflejados, percibamos con claridad el desarrollo histórico de nuestra nación y sobre el que podamos proyectar nuestro futuro.

Nuestra sociedad ha sufrido a lo largo del proceso de la historia una secuencia de conquistas, ocupaciones y subordinaciones que la han hecho presa fácil de sus dominantes, también a nivel ideológico. El historiador Jacques Le Goff dice: “La memoria colectiva ha sido una apuesta importante en la lucha de fuerzas sociales por el poder. Convertirse en amo de la memoria y del olvido es una de las grandes preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva”. La batalla de la memoria se constituye desde el momento en que, como ya se ha dicho, no existe sociedad alguna sin memoria. Un grupo humano sin memoria no puede existir, no tendría la cohesión suficiente para existir como sociedad diferenciada y estable. Si no tiene capacidad, fuerza, para mantener una propia, asume necesariamente la que le impone quien le ha vencido, lo que refuerza aún más su dominio.

Los hitos fundamentales que marcan nuestra historia vienen dados por la principal construcción política que ha realizado el pueblo vasco: el reino o Estado de Navarra. Este es el relato que puede dar sentido a un proceso de siglos y permitir que afrontemos el futuro como sociedad cohesionada, como sujeto político. Afirma Reinhart Koselleck: “La condición de vencido oculta visiblemente un potencial inagotable de progreso de conocimiento”. Y no sólo lo oculta sino que permite desvelarlo y actuar como factor de reivindicación, reparación y elemento liberador. La idea fuerza de que el vencido que “olvida”, que pierde la memoria histórica, entra en el campo de su doble derrota, posiblemente definitiva, fue expuesta por Walter Benjamín en sus “Tesis sobre el concepto de historia” de 1940. Mientras exista memoria de las injusticias hay vías abiertas para repararlas.

Si la sociedad vasca ha sufrido atropellos, injusticias y derrotas a lo largo de la historia no van a ser los historiadores al servicio de quienes nos las inflingieron quienes las denuncien. Los historiadores oficiales tienden a minusvalorar la memoria de los vencidos, a olvidarla o a incorporarla a su relato. Albert Balcells afirma en este sentido: “El historiador que menosprecia la memoria histórica como una superchería política está haciendo, de modo voluntario o involuntario, el mejor servicio a la política de amnesia colectiva y de desarraigo, que facilita la manipulación de la masa por parte del poder oficial”. Todo lo que podamos aportar como memoria propia, no sumisa, será tildado de mito, leyenda o, si llegan a reconocer su realidad independiente, menospreciado.

Por esta razón nunca encontraremos en las historias de España ni en la memoria que generan, mención alguna a Pedro II, mariscal o jefe de los ejércitos de Navarra frente al ocupante en 1512 y en 1516, fecha en que fue derrotado y encarcelado, en Atienza en primer lugar y en Simancas posteriormente, donde murió acuchillado. Todavía se debate si fue asesinado o se trató de un suicidio, pero, en cualquier caso, un acontecimiento provocado por su prisión. Fue una vida ejemplar de servicio a la causa de la justicia y la libertad. Un claro compromiso con Navarra y su organización política, del que quedó excluido cualquier tipo de traición o componenda. Este personaje constituye una parte importante de las mimbres que deberían constituir nuestra memoria colectiva. Con este hilo y otros muchos análogos se podrá tejer el relato propio de nuestra nación, el que nos permita constituirnos como sujeto político capaz de afrontar los retos que, como sociedad, nos plantea el mundo en el primer tercio del siglo XXI.

Las bases sobre las que sustenta la visión de una Euskal Herria con “siete territorios históricos” corresponden a la aceptación acrítica de los relatos impuestos por España y Francia. Las “provincias” fueron constituidas por Castilla-España en la vertiente sur de los Pirineos como un modo de neutralizar el origen político navarro del conjunto vasco. Pienso que el relato que puede otorgar sentido a Vasconia y proyección hacia el futuro debe sustentarse sobre la realidad política del Estado de los vascos.

Esa memoria que nos ha constituido hasta la modernidad estaba vigente todavía en el siglo XIX. Como ejemplo nos aparece una de las denominaciones de la primera guerra carlista como “la Guerra de Navarra”. Hasta el último tercio de dicho siglo es la Diputación de Navarra la que se erige con capacidad de presentar iniciativas a sus “hermanas vascongadas”. Con el auge del proceso industrial en Bizkaia y Gipuzkoa y el surgimiento del nacionalismo vasco moderno, el bizkaitarrismo de los hermanos Arana Goiri, este liderazgo luce cada vez con menos brillo. Prácticamente se ocultó a partir de la fallida asamblea de municipios navarros de 1918 reventada por Víctor Pradera, ideólogo agente del nacionalismo español. Los dramáticos y tristes acontecimientos que, sobre todo a partir de 1931, culminan en 1936, llevaron al eclipse total de la Navarra histórica real. Su memoria fue casi borrada y sustituida por la de una Navarra protagonista de la última “cruzada”. Una Navarra “foral y española”, como gusta decir a sus ideólogos.

Esta memoria impuesta por quienes dieron el golpe militar y vencieron en la guerra de 1936 ha servido para ocultar la auténtica memoria de la Navarra soberana, independiente, Estado europeo, la máxima creación política de los vascos. Pero es esa Navarra la que puede constituirse como base de nuestro relato nacional en el siglo XXI. Los cargos y responsabilidades de lo ocurrido en 1936 y años posteriores tendrán que soportarlos quienes llevaron a cabo la barbarie, pero no son imputables a Navarra. Si alguien la sufrió fueron los propios navarros, con casi 3.500 fusilados por pura venganza o “escarmiento” en expresión acertada de Miguel Sánchez Ostiz. Y toda la represión posterior que también se cebó sobre ellos.

François Hartog afirma: “La memoria colectiva es ‘una corriente de pensamiento continua’, no retiene del pasado más que lo que permanece vivo”. Y esa vivencia de Navarra como hilo conductor de Vasconia, de Euskal Herria, a través de los siglos creo que es el bastidor que nos permitirá tejer el futuro, persistir con éxito en el siglo XXI y en los posteriores. Fuera del “relato navarro” veo muy difícil conseguir esa necesaria visión global del País, no siete ni tres. Es el relato que nos puede otorgar esa unidad imprescindible para actuar como sujeto político en el mundo, libre y solidario con el resto de naciones.


Bibliografía

Balcells, Albert. “Llocs de memòria dels catalans”. Barcelona, 2008. Editorial Proa.

Billig, Michael “Nacionalisme banal”. Valencia 2006. Editorial Afers Universitat de València. En español “Nacionalismo banal”. 2014. Editorial Capitán Swing.

Hartog, François. “Régimes d’historicité. Présentisme et expériences du temps”. Paris 2012. Éditions du Seuil. Histoire.

Koselleck, Reinhart. “L’expérience de l’histoire”. Paris 1997. Gallimard / Éditions du Seuil.

Le Goff, Jacques. “Histoire et mémoire”. Paris 1988. Gallimard. Folio histoire.

Mira, Joan Francesc. “En un mon fet de nacions“. Palma (Mallorca) 2008  Lleonard Muntaner Editor

“Proyectos sometidos por la Diputación de Navarra a las de Vizcaya, Alava y Guipúzcoa”. Pamplona 1866. Imprenta Provincial.

Traverso, Enzo. “Le passé, mode d’emploi, histoire, mémoire, politique”. Paris 2005. La fabrique éditions.


Haria 37. marzo 2015 martxoa  

28 enero 2015

PROCESO HACIA LA INDEPENDENCIA

Se puede decir, a pesar de las dificultades por las que atraviesa, que el único proceso hacia la independencia que se mantiene vivo en Europa occidental es el catalán. El proceso escocés, demasiado confiado en la acción de un partido político –el Partido Nacional Escocés de Alex Salmond- y con poco soporte de la sociedad civil, se ve muy reducido tras el referéndum del pasado año. En Flandes parece que no acaba de surgir un movimiento social ni político que se plantee con seriedad y consistencia la separación del Estado belga.

De nuestro caso, mejor no hablar. Tras la retórica grandilocuente con la que se expresan quienes se autocalifican de “vanguardia independentista”, se oculta el vacío de la incapacidad de trabajar con efectividad hacia la misma a pesar de la indudable fuerza de su base social. Ante su falta de iniciativa social o política se refugian en una cómoda aceptación acrítica de los marcos administrativos y políticos impuestos por la secular dominación hispano-francesa. Su “nuevo” planteamiento pretende ejercer lo que llaman el “derecho a decidir”, mediante las votaciones organizadas en ellos por quienes los han determinado con el fin de facilitar nuestra sumisión e integración en sus respectivos estados. No son capaces de establecer un relato compartido del país, de definir unos símbolos comunes ni una perspectiva colectiva de futuro. En Vasconia existe una capacidad social que no se ha mostrado en Escocia ni se percibe en Flandes. Falta la capacidad de dirigirla al objetivo estratégico y democrático de la independencia. Se fía todo a la acción institucional. Ni tan siquiera se abre un debate serio sobre dichos asuntos.

El caso catalán presenta unas características que lo convierten en original. La primera, evidente, es la existencia en la vanguardia de un movimiento social de gran alcance y capacidad organizativa. El movimiento social en pro de la independencia del Principado de Cataluña organizó, a partir de 2009, las consultas en la mayor parte de los municipios, al margen por completo de la institucionalización oficial y con unos resultados de gran trascendencia, por los resultados en sí pero, sobre todo, por la movilización y toma de conciencia que supusieron. La Asamblea Nacional Catalana, Omnium Cultural, la Asociación de Municipios por la Independencia y otros grupos han sido capaces de movilizar a casi dos millones de personas en varias manifestaciones o concentraciones desde 2010 y de organizar una consulta el 9 de noviembre de 2014, no sólo al margen de las instituciones españolas, sino contra ellas, en un acto de desobediencia civil inaudito e inconcebible por estos pagos.

La sociedad catalana ha demostrado de sobra su voluntad de independencia. Es un dato adquirido y sin vuelta de hoja. En este momento hay un enfrentamiento claro entre la legitimidad democrática expresada en el movimiento civil y la legalidad formal que tributa al régimen político español. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, intentó salvar el salto en el vacío que supone la ruptura de la legalidad actual y el acceso a otra legítima. Tras la votación ilegal del 9 de noviembre, hizo una propuesta para dar el paso decisivo. La propuesta era consistente y estaba bien trabada. Consistía en convertir unas elecciones dentro de la legalidad española, “autonómicas” que llaman, en un auténtico plebiscito por la independencia. Su propuesta exigía “pasar” del sistema de partidos tributarios del régimen español (autonómico) y constituir una candidatura nacional, “transversal” y unitaria -también con los actuales partidos pero sobre todo con la sociedad civil-, con el único objetivo de lograr el apoyo formal de los votantes del Principado para romper con la legalidad española y pasar a una nueva basada en la legitimidad democrática catalana. El plan consistía en aprovechar el impulso del 9 de noviembre y hacerlas en la primavera de 2015.

Esta propuesta no ha prosperado y ha sumergido la política del Principado, una vez más, en las peleas burocráticas y de vuelo gallináceo de los partidos españoles que operan allí. El objetivo democrático, nacional, es decir la independencia, se encuentra supeditado a los avatares de la gestión de la autonomía. El mismo hecho de posponer las votaciones que han sustituido al plebiscito independentista propuesto por Mas hasta el próximo septiembre, lleva a que las disputas autonomistas y de corto plazo se incrementen de forma notable y peligrosa para el proceso de independencia. De hecho el enfoque que ha forzado la partitocracia, sobre todo desde ERC y con la aceptación de CDC, supone un vuelco con relación al planteamiento plebiscitario inicial de Artur Mas.

Se han vuelto a poner en el candelero, como primordiales, lo que llaman los asuntos “sociales” frente al conflicto democrático básico, el “nacional”. El complejo de inferioridad del dominado, el síndrome de Estocolmo, el rechazo a la “derechización” que supone, dicen, un proceso encabezado por Artur Mas, son muestra de las dificultades que un país dominado, colonizado mentalmente, sometido a un sistema social, económico y político totalitario como el español tiene para alcanzar el nivel de independencia de pensamiento y estrategia necesario para que su vía a la independencia tenga posibilidades de éxito. Las elecciones propuestas para el 27 de septiembre, por mucho que los partidos que serán sus protagonistas pretendan acordar en algún punto programático común, serán unas elecciones autonómicas entre unos partidos sometidos al régimen político español. El protagonista no será la sociedad catalana, tal como era en el primer planteamiento de Mas. Ya desde las próximas elecciones municipales se presentan como una lucha por la “hegemonía” dentro de Cataluña. Quienes así lo proponen olvidan que la hegemonía real, con mayúsculas, la sigue ejerciendo el Estado español del que Cataluña es una simple Comunidad autónoma.

El primer problema social y democrático que hay que resolver es el nacional. Sin su solución positiva cualquier salida es en falso y no democrática; sin ella el resto de problemas “sociales” no pueden encontrar una solución positiva para el pueblo de la nación sometida. Sin un Estado propio, el primero de los derechos humanos ya que garantiza el resto, no hay más que sumisión. Para empezar no hay derecho ni a la ciudadanía. Los catalanes, como nosotros, son ciudadanos españoles, de hecho y de derecho, a nivel internacional. Podremos definirnos como de “nacionalidad catalana”, o “navarra/vasca”, pero como nos lo suelen recordar siempre que pueden, nuestros documentos de identidad dicen que somos ciudadanos españoles, o franceses en su caso.

¿Tendrá la sociedad catalana la fuerza, iniciativa e imaginación suficientes para dar la vuelta al actual embrollo y culminar su proceso de independencia sin perderse en laberintos que no tienen otra salida que la continuación del sometimiento? 

NAIZ 2015/02/02

DEIA 2015/02/10

NOTICIAS DE NAVARRA 2015/02/10

28 noviembre 2014

FRANCISCO, GURE PATROI HAUNDIYA

Mirad la bandera / Que eleva en España / Javier que a las Indias / A Cristo acompaña
Una de las acepciones que la RAE da de patrón es, además de “defensor” o “protector”, la de “modelo que sirve de muestra para sacar otra cosa igual”. En catalán, el equivalente a patrón, patró”, dice, además de las acepciones dichas en español: “cosa que es pren com a model o unitat de referència” (“cosa que se toma como un modelo o unidad de referencia”). En francés también se usa en el mismo sentido. En las lenguas romances o en las que su léxico se ha visto influido por el latín, como la vasca (patroi), su concepto implica frecuentemente la idea de “modelo”.
Para un grupo humano los “modelos” (patrones) son aquellas personas cuyo comportamiento se estima debe constituir una referencia para la vida de otras que les han sucedido en el tiempo. Quienes detentan el poder social y, por lo mismo, tienen capacidad de configurar la memoria de las gentes sometidas a su control y construir su relato, eligen con sumo cuidado los patrones (o patronos); los “modelos” a seguir.
Habitualmente, las personas que conforman una sociedad, una nación, tienen capacidad para determinar qué personas omodos de vida toman como arquetipo. Cuando tal sociedad sufre traumas que la convierten en sometida, como es el caso de la Alta Navarra en 1512, la elección de modelos se encuentra también subordinada a los intereses de quienes la han sojuzgado. Quienes someten y quienes son sometidos no pueden tener los mismos modelos de formas de vida. No pueden tener los mismos patrones o patronos. Si no pueden cambiar de persona, por tener ya un gran predicamento entre la población, lo que hacen, como con el resto de bienes patrimoniales es tergiversarlo y apropiárselo.
Tal hecho sucede con la persona de Francés de Jasso, Xabier. El origen familiar y su adscripción como estudiante en Paris, le hacían partícipe de un modelo de la Navarra conquistada, sometida y ocupada. Su particular conversión, de la mano de Iñigo de Loiola, le hizo dar un brusco giro a su vida y se convirtió en ese misionero cristiano-católico tan publicitado por su Iglesia. Ese es el Xabier que desde ella nos han enseñado.
Pero hay un Xabier que, a pesar de su conversión misionera, no cambió. Es el Jasso-Azpilikueta, hijo de Juan de Jasso, señor de Xabier, presidente del Real Consejo de los Reyes de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix; persona de gran autoridad y prestigio y defensor a ultranza del Estado navarro. También sus hermanos Miguel y Juan, defensores de Amaiur y Hondarribia, participaban del legitimismo de su padre. Prueba de ello es que Francés nunca se afirmó como español. Al ir misionero a la India fue como portugués, nación enfrentada en aquellos momentos a España por disputas imperiales. Más tarde, en sus cartas, afirmará repetidas veces su adscripción portuguesa.
Cuando se canoniza a Xabier en 1622, en la Alta Navarra se le designa como “copatrono de Navarra”, compartiendo tal título con San Fermín, el obispo de Pamplona que nunca existió. Jamás se pensó en aquellos momentos hacer de Francés un santo “español”. Xabier respondía a la memoria de una Navarra Estado independiente, como queda bien reflejado en los Anales del Padre Moret de 1684.
Pero cuando se trata de recuperar una memoria incómoda en la que se expresa, de forma solapada, pero sin resquicio de duda, la independencia de Navarra, el nacionalismo español dominante no repara en errores históricos: reconstruye la historia para reinterpretar la memoria y edificar su relato. En el colegio de la Compañía de Jesús de Pamplona, en los años 60 del pasado siglo, muchos aprendimos y cantamos el himno que inicia este artículo. Por arte de birlibirloque nuestro Xabier se había travestido en un “modelo español”. Todos los afanes y preocupaciones que pudo tener Francés de Jasso al pasar por portugués y no como español, fueron arrojados con aplicación al basurero de la historia. Este himno, galardonado posteriormente, fue compuesto, sobre letra de Restituto del Valle, por Busca de Sagastizábal. Ambos autores habían sido premiados por el himno Eucarístico del Congreso Internacional de Madrid de 1911. La obra vencedora en aquella ocasión, elegida por don Marcelino Menéndez y Pelayo, fue el famoso “Cantemos al amor de los amores”, emblema del nacional-catolicismo hispano antes y después de la contienda del 36.
La memoria de la familia Jasso así como, por citar ejemplos de la misma etapa, la de los mariscales de Navarra, entre ellos y como principal, Pedro II, hecho prisionero por los españoles en 1516 y muerto en extrañas circunstancias en Simancas en 1522; o la de su hijo Pedro III, defensor de Hondarribia, son elementos fundamentales de un relato propio.
Recuperar la memoria de un Xabier partícipe de las posiciones políticas y de los compromisos de su familia, más allá de su opción religiosa y misionera en pro del cristianismo católico, expresadas con nitidez en su resistencia a ser considerado “español”, es una responsabilidad histórica para quienes queremos construir el relato que Vasconia necesita, hoy y aquí, para constituirse en sujeto político y recuperar su Estado histórico, el de todos los vascos, el de Navarra.

NOTICIAS DE NAVARRA 2014/12/01
DEIA 2014/12/03

30 octubre 2014

VIOLENCIA


“Mientras cada uno no asuma que toda violencia, sea o no terrorista, es injustificable, no avanzaremos” 
“Democráticamente hablando, no permitir a un pueblo que se exprese me parece una barbaridad


Las frases citadas forman parte de una entrevista realizada desde el grupo Noticias al sociólogo Javier Elzo. Son, además, los titulares con los que el diario resaltaba la información. No sé hasta que punto el común de los mortales tenemos asumido el hecho de que la “violencia” es algo implícito en la estructura de cualquier sociedad, pero parece que no. Da la sensación de que hay “violencias” que pasan por delante de nuestros ojos, incluso que las sufrimos, y son transparentes. Parece que no existen.

Este es el caso evidente de la segunda afirmación de Elzo: “es una barbaridad no permitir a un pueblo que se exprese”. Está claro que es una barbaridad, pero, sobre todo, es un acto de violencia contra ese pueblo. En mi opinión un acto muy grave, por lo menos si, como afirma, se trata dentro de un contexto aceptado comúnmente como democrático.

Este acto es violento de la forma más sutil y efectiva que se puede ejercer violencia; no se ejerce en acto sino como amenaza. Todos los poderes del Estado que “no permite a un pueblo expresarse” están permanentemente vigilando –recordemos el panóptico, citado tanto por Bentham como por Foucault-, amenazantes, al pueblo díscolo que “quiere expresarse”.

Y esa violencia no se reconoce como tal. Y su existencia lleva a la primera reflexión de Javier Elzo. “toda violencia es injustificable”. Con lo cual estamos ante un aparente callejón sin salida. Y efectivamente, da la sensación de que por esa vía no podemos “avanzar”.

Lo que sucede es que tal afirmación, “toda violencia es injustificable”, no es cierta. Cuando la ejerce quien detenta el “monopolio de la violencia legítima”, es decir el Estado, parece que no existe, que es transparente. ¿No son violencia todas sus instituciones? No sólo las cárceles, sino toda la legislación que impone, la penal por supuesto, pero todas las demás también, incluso el Código de Circulación lo es.

Esto es así desde siempre, desde antes de convertirnos en humanos. El hecho de ser seres sociales implica la adaptación de unos a otros y eso conlleva un grado de violencia; no todos quieren lo mismo y muchos aspiran a lo que otros también desean, a nivel individual, pero sobre todo de la colectividad. Más todavía cuando las jerarquías sociales exigen una parte no equitativa del excedente producido por su grupo. La coerción supone, en estos casos, un grado más explícito de violencia.

La única solución consiste en que esa sociedad se estructure de un modo tal que en el mismo la violencia necesaria se ejerza de manera legítima, lo que significa que su organización llegue a un nivel de consenso general, sea capaz de equilibrar los intereses contrapuestos y ponga los medios de arbitrar ante las disputas y de recuperar, en lo posible, los intereses minoritarios y reprimir a quienes lo rompan. Es decir que su legalidad sea un reflejo de su legitimidad.

En el presente, en la situación en la que una sociedad (auto)centrada, (auto)reconocida como nación, cuestiona el monopolio de violencia “legítima” que un Estado pretende ejercer en exclusiva, en detrimento de las naciones que incorpora, territorial y demográficamente, en contra de su voluntad, la violencia del Estado puede resultar insoportable e injusta. Con lo cual la rebelión de la nación subordinada se convierte en legítima.

Los medios con los que pretenda ejercer su(s) poder(es) para constituirse en un igual de quienes la mantienen aherrojada serán discutibles en función de la relación de fuerzas y de la capacidad de hacer aceptar sus posiciones ante la comunidad internacional, pero nunca ilegítimos. En ese momento tanto los estados constituidos como las naciones que aspiran a convertirse en sus iguales han abandonado el campo de la ética y se encuentran en ese “bellum omnium contra omnes” que afirmaba Hobbes era la política internacional.

25 octubre 2014

LA INDEPENDENCIA EXPLICADA A MI HIJO



Cada vez que actúas dejando de pensar por ti mismo, estás actuando de acuerdo con el pensamiento de otro

Víctor Alexandre

El autor, Víctor Alexandre, construye en este libro la ficción de un padre que explica a su hijo, en diálogo con él, los asuntos más relevantes concernientes al proceso iniciado en Cataluña hacia su independencia política con relación a España. Uno de sus mensajes centrales consiste en transmitir al chaval un pensamiento crítico. Un pensamiento propio, capaz de tamizar la enorme cantidad de datos que recibimos desde fuentes, dispares sí, pero siempre sesgadas por los intereses políticos a los que sirven. Ese conjunto de datos; aparentemente caótico, no constituye de por sí información. Eso es lo que debe procesar cada persona, de acuerdo con unos criterios propios adquiridos a lo largo de la vida, para constituirse en información. Tales criterios no serán inmutables, evolucionarán con la persona y dependerán de su madurez, pero siempre deberán ser propios.

El último trabajo de Alexandre es un trabajo didáctico. Su objetivo es figurar cómo un padre puede transmitir a un hijo casi adolescente, de trece años, pautas que le sirvan de ayuda para conformar tanto su identidad personal como colectiva -cuestiones no separables con facilidad-, con criterios propios.

El arraigo social de una persona comienza desde que nace, algunos dirán que incluso desde que el feto oye las voces de su entorno o la música que suena en su alrededor. La primera lengua que escucha y aprende ya inicia ese proceso. La infancia es una etapa decisiva, y la familia y las amistades su principal medio transmisor. Según va creciendo, su mundo de relaciones se amplía y recibe multitud de datos de los medios de comunicación, de su escuela, de sus amigos, de los padres de sus amigos, cúmulo que sigue aumentando a lo largo de toda su vida.

La evolución de la persona, la construcción de su personalidad, genera conflictos que debe resolver, en lo posible, de modo positivo. Estos conflictos se centran normalmente sobre identidades: sexual, de estatus social y económico, de pertenencia, etc. Cuando una nación disfruta de un Estado que le es favorable, que “nacionaliza” a sus ciudadanos de modo positivo, que favorece su lengua y cultura propias, que presenta su memoria histórica y su relato de modo centrado, se genera en la persona eso que se ha llamado “nacionalismo banal” (Billig, 1998) y que supone su adhesión acrítica a la nación en que la ha nacido y sido educado. Los conflictos derivados de la pertenencia nacional son de poca importancia.

Por el contrario, surge un conflicto cuando el niño crece en una sociedad en la que su lengua y cultura, habituales en el medio familiar y de amistades, son perseguidas, cuestionadas o deformadas desde las instancias –sistema educativo, medios de comunicación etc.- en las que se manifiesta la “autoridad” de un Estado adverso. Son estos entornos –familia, amistades- los que deben apoyar el desarrollo de su personalidad para que, en su evolución, adquiera la capacidad crítica necesaria para discriminar los mensajes que tienden a asimilarle a la nación dominante (nacionalismo banal) de los que son capaces de integrarlo en una visión del mundo en la que el centro sea su propia nación, su propia lengua y cultura. Abierta al resto de lenguas, cultura y naciones, por supuesto, pero anclada en las suyas.

Esto sucede entre nosotros, en Vasconia, donde la lengua, la cultura, la historia, la memoria han sido y siguen siendo ocultadas, perseguidas o tergiversadas desde las estructuras de las naciones dominantes: España y Francia. En los Países Catalanes ocurre lo mismo, sólo que con variantes distintas según el territorio de los mismos del que se trate.

Hoy está en marcha un potente movimiento en pro de la independencia del Principado de Cataluña, el País que dentro del conjunto catalanoparlante, de la nación catalana, ha logrado mantener una conciencia más profunda de su personalidad y sus exigencias lingüísticas y sociales y, por lo mismo una mayor capacidad de movilización. Este proceso se mueve a contracorriente de lo que es “políticamente correcto” en el Estado español, va en contra del ya citado varias veces “nacionalismo banal”. Pero es un movimiento de gran fuerza y que ha movilizado en varias ocasiones a cientos de miles de personas; bastante más de un millón en las dos últimas diadas de 2013 y 2014.

La edad en la que Víctor Alexandre ubica a “su hijo”, 13 años, ya le supone una capacidad de razonamiento y crítica intelectual casi adultos. Aunque le falten por desarrollar determinados aspectos emocionales, algunos de los mismos, como el sentido de pertenencia, están ya muy desarrollados. Y aquí está el núcleo de su trabajo: un padre explica a su hijo el porqué de la independencia. Los motivos que conducen a su necesidad y la crítica de las posiciones –conservadoras- que se oponen a ella. Los capítulos van desarrollando los diversos asuntos. Identidad, países catalanes, historia, lengua, economía, deportes, democracia, dependencia, nacionalismo y libertad son sus diferentes secciones.

Alexandre se esfuerza, y según mi opinión lo logra, en expresarse en un lenguaje sencillo, asequible a la edad de “su hijo”, con ejemplos muy cercanos al mundo de la adolescencia, como es el de los deportes. Se nota que es un trabajo didáctico dedicado más a padres y educadores que a los propios niños. Un gran mérito de Víctor.

Quien escribe este comentario no tiene hijos, pero cree conocer el mundo de quienes los han tenido lo suficiente como para pensar que se trata de una obra oportuna y de gran interés y ayuda para transmitir a esa juventud incipiente la autoestima y asertividad necesarias para hacer frente a las distorsiones y ocultamientos de los sistemas sociales mayoritarios en los estados que nos dominan a ambas naciones. Considero que es un trabajo altamente recomendable para todos los que tienen puesta sus miradas y anhelos en la próxima independencia del Principado de Cataluña.

Enhorabona, Víctor! Zorionak!


Referencia bibliográfica

Alexandre, Víctor
Barcelona 2014
Editorial Meteora

17 octubre 2014

DERECHO A DECIDIR Y AUTODETERMINACION

Parece evidente que el llamado "derecho a decidir" es un derecho democrático, a pesar de las voces de la caverna hispana que lo niegan. También es un instrumento que puede resultar valioso para confirmar el derecho de una sociedad a su independencia política con relación a un Estado y constituirse en otro propio y distinto.

Surge un problema al tratar de definir cuál es el ámbito territorial y demográfico en el que se puede ejercer este derecho. Con relación al modo en que el Principado de Cataluña lo ha planteado como herramienta para avanzar hacia su emancipación surgen problemas en dos sentidos: hacia “arriba” y hacia “abajo”. Analicemos ambos.

Hacia “arriba”. España acepta el derecho a decidir, pero se lo reserva para ella en exclusiva. Su ámbito, definido por su famosa e intangible Constitución de 1978, va al unísono con su consideración del pueblo español único como titular de la soberanía y con la indisoluble unidad de su nación, definida como petición de principio, por las fronteras de su Estado, por sus habitantes y por su constitución formal, la de 1978. No reconoce unidades menores que sean sujetos políticos.

Hacia “abajo”. Una vez estipulado y aceptado el “derecho a decidir” como principio político, se puede convertir en recurrente. Por ejemplo: si el Principado de Cataluña pretende ejercerlo, ¿por  qué razón no lo va a poder ejercitar a su nivel, digamos, l'Ampordà? ¿O, dentro de l'Ampordà, Figueres?

La única manera de salvar este escollo de forma consistente es apelar al concepto de nación y considerarlo como la unidad territorial y humana con capacidad de ejercerlo democráticamente. No hace falta ser muy avispado ni tener profundos conocimientos de teoría política para llamar a esto por su nombre: se trata del principio de autodeterminación, del ejercicio del derecho a la libre disposición. Es decir que no se puede confundir un derecho básico, asociado a las sociedades constituidas como nación, con un instrumento político utilizable por las personas o por cualquier grupo humano en cualquier nivel de su actividad social.

Otro problema consiste en la necesidad de determinar la existencia de una nación. Su presencia se asocia muchas veces a la de un Estado que le da soporte. Es el caso de los actuales estados-nación. Definen la nación de acuerdo con su territorio, población y fronteras. Pero hay muchas naciones, como la nuestra, que no tienen un Estado propio con capacidad de dar a su pueblo las garantías asociadas al ejercicio del resto de derechos humanos, a la cohesión y estabilidad necesarias para su evolución armónica y prosperidad, al ser un sujeto en el mundo y presentarse ante el mismo con su propia personalidad.

La unidad relevante, la nación, presenta unas características de cohesión social que, si bien desvirtuadas y debilitadas en nuestro caso por la ocupación de los estados dominantes, ejercen la fuerza suficiente para poder actuar como sujeto social –pueblo- con capacidad de cualificarse políticamente y ejercer como sujeto político –nación-.

Cualesquiera otras unidades “inferiores” adolecerán de esta cohesión o supondrán la aceptación de las unidades político-administrativas creadas por los intereses derivados de la dominación. Cuando entre nosotros se plantea la consideración de tres unidades diferenciadas para ejercer el llamado “derecho a decidir”, nos encontramos con una destrucción “a priori” de la nación. La ocupación y el dominio de los estados español y francés han provocado la partición territorial, administrativa y humana entre los dos estados y en dos comunidades autónomas en el español. Pero no son tres naciones. La nación es una, sometida y troceada, pero una. Pretender utilizar los mecanismos ofrecidos por la dominación para “reconstruir la nación” es un imposible.

Ya es difícil de por sí utilizar, para reunificar nuestro país y acceder a su independencia, las instituciones surgidas de la dominación, cuanto más si tiene como origen la finalidad de separar, trocear y enfrentar entre ellas las diversas partes de la nación vasca. Aceptar la partición impuesta para nuestra aniquilación es un paso grave cuando no se tiene una idea clara del sujeto al que se pretende defender. Este sujeto es la nación surgida a la historia a través del reino –Estado- de Navarra. Mientras se siga sustentando su recorrido sobre los siete relatos heredados del aranismo seguiremos por un camino que no lleva más que al abismo.

La supervivencia y prosperidad de la nación exigen la independencia política, el Estado propio. Para lograrlo se requiere concentrar los esfuerzos sociales y políticos de manera precisa y eficaz. Mientras la base implícita (y explícita en muchas ocasiones) sea la proporcionada por las particiones impuestas tras las conquistas y ocupaciones o las presentadas por el aranismo en su renovación del planteamiento nacional, una salida con éxito es muy difícil.

La solución de esta aparente aporía debe partir de la construcción de un relato propio de nuestra sociedad, de nuestra historia, de nuestra memoria. Debe ser un relato que no se soporte sobre los relatos construidos por quienes nos mantienen subordinados Y ese relato común debe ser socializado y hecho general entre quienes se reclaman de la nación vasca, del Estado de Navarra. Sólo a partir de esta perspectiva estratégica se podrán dar pasos en los que la partición y sus instituciones impuestas podrán ser, tal vez, utilizadas de modo táctico para conseguir objetivos parciales encaminados a la independencia efectiva.

En resumen: un relato, uno, no siete ni tres, propio de nuestra historia, que soporte una memoria histórica común, constituye el puntal básico de la estrategia necesaria para acceder a nuestra emancipación. Hay quienes piensan que en Vasconia falta una estrategia adecuada para alcanzar la independencia. Pero, pregunto, ¿cómo puede construirse una estrategia adecuada si falta su primer punto, la definición del sujeto?

NOTICIAS DE NAVARRA 2014/10/18

HALA BEDI IRRATIA 144  2014/10/29

07 octubre 2014

EL IRATI, UN LUGAR PARA LA MEMORIA


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En agosto de 2011 con motivo de la publicación del trabajo de Víctor Manuel Egia Astibia “Orotz-Betelu y Olaldea, una historia industrial a orillas del Iratí” publicado por Iturralde y Nabarralde, escribí un comentario sobre el mismo bajo el título “Memoria industrial del valle del Iratí”. Ahora en el otoño de 2014, tres años después, Egia nos ha ofrecido, también de la misma mano editorial, una nueva investigación divulgativa sobre aquel entorno geográfico, pero situada en una secuencia temporal inmediatamente posterior a la del anterior trabajo. El título de la reseña podría haber sido perfectamente “Memoria industrial del valle del Iratí, 2”, ya que el nuevo libro de Egia se centra en una zona próxima a la de su anterior estudio, en una ubicación más cercana a la cabecera del río Iratí.  Sube al monte, hacia la explotación maderera y sus industrias derivadas.

Para varias generaciones de pamploneses el nombre de “El Iratí” se vio unido al de “El Plazaola”, como dos ferrocarriles de vía estrecha que unían la capital, Iruñea, con Zangotza –con un ramal hasta Agoitz- el primero y con Donostia, el segundo. El Plazaola, a pesar de su origen en la explotación minera de Plazaola en el término municipal de Berastegi, tenía como eje central el propio ferrocarril. El Iratí, por el contrario, tenía unas connotaciones extractivas e industriales mucho más complejas, de las que el tren fue una consecuencia, lógica e importante, pero algo derivado de otras formas de actividad económica. De sus 260 páginas, sólo 30 aproximadamente están dedicadas al ferrocarril.

La nueva obra de Víctor Manuel Egia lleva en su título el nombre de una persona, Domingo Elizondo y Cajén (Aribe 1848 - Iruñea 1929), promotor y creador de El Iratí S.A. Domingo Elizondo, a pesar de pertenecer, como dice el autor, a una familia moderadamente acomodada emigró, casi adolescente, a Buenos Aires. Trabajó mucho y tuvo suerte. Con cuarenta años volvió a su tierra con dinero suficiente para llevar una vida cómoda el resto de su existencia. Domingo no parece que fuera una persona capaz de permanecer ocioso en su casa y sestear al cobijo de sus rentas. Y decidió invertir su capital en el desarrollo del valle del Iratí, explotando de modo racional y complementario su riqueza maderera y la energía extraída de sus cauces fluviales. El primer capítulo del trabajo de Egia es una breve y excelente exposición del contexto social y económico de la Alta Navarra en aquella época.

El cuerpo principal del trabajo constituye una magnifica descripción de la explotación maderera de la selva del Iratí. Incluye, por supuesto, los sistemas de extracción y transporte de los troncos desde los bosques a los lugares de transformación. La exposición de los diversos oficios asociados a las explotaciones e industrias anejas, muchos de ellos pertenecen ya al campo de la etnografía, está estupendamente documentada. Entre los oficios, ocupan un lugar destacado los que se relacionan con la extracción y transporte de la madera. En este sentido resulta de gran interés la información sobre el uso de ríos y embalses para el almacenamiento de los troncos, la utilización de almadías y, sobre todo, las difíciles y arriesgadas tareas relacionadas con su guía por los diversos cauces.

También se relatan las industrias a que dio lugar esta explotación, sobre todo químicas. Queda muy bien reflejada la adaptación tecnológica a los últimos avances de la época en que se desarrollaron el conjunto de factorías. La construcción de presas y embalses, incluido el pantano de Irabia tenía una doble utilidad: por una parte, el suministro de energía eléctrica para usos industriales (factorías químicas, ferrocarril etc.) y domésticos y, por otra, la regulación del transporte de los troncos por el cauce fluvial hacia su destino.

Me parece un acierto la reflexión final que incorpora V. M. Egia sobre “El Iratí, un lugar de memoria”, en el que se incluye la revisión del propio concepto de “lugar de memoria” de la mano de uno de sus creadores, el historiador francés Pierre Nora. Dado el conjunto paisajístico “natural” e industrial que lo constituye, pienso que El Iratí conforma, además, un “paisaje cultural” de gran importancia en la Navarra pirenaica.

“El Iratí”, al igual que su anterior trabajo, se lee de un tirón. Está bien escrito, es didáctico y resulta muy ameno.

El libro se abre con un breve e ilustrativo prólogo del catedrático de Paleontología en la UPV Humberto Astibia Aierra. Concluye, además de con una completa bibliografía, con un Índice Cronológico de gran ayuda para la ubicación en el tiempo y contexto histórico de las personas y hechos relatados. Al igual que en “Orotz-Betelu” el material gráfico, fotográfico sobre todo, es de primer orden y sirve de gran ayuda para entender el conjunto de los temas que abarca la obra.

Referencia bibliográfica

Egia Astibia, Victor Manuel.
Pamplona-Iruñea 2014. Nabarralde.


06 octubre 2014

2016: UNA OPORTUNIDAD PARA LA CULTURA VASCA

A poco más de un año de distancia de que Donostia se convierta en capital europea de la cultura, la sociedad Motako Gaztelua y Nabarralde han organizado una mesa redonda (en el Museo San Telmo) con el título “Donostia, Europako hiriburu euskaldunena”.

Efectivamente, Donostia es la ciudad que tiene el mayor número de vascoparlantes de Europa (y del mundo). Cuestión que no es baladí, sobre todo cuando se erige, como punto de mira, en “capital europea de la cultura”. Sería lógico que las propuestas que se barajasen tuvieran al euskera y a la cultura vasca como eje de sus actividades. Desgraciadamente no es así y esa carencia centró la mesa redonda, con la participación de Joxe Manuel Odriozola y Pako Aristi –dos destacados intelectuales del país- para debatir sobre la situación que determina esta notable incongruencia. Se trataba de alcanzar una perspectiva más amplia, siempre desde la situación conflictiva que supone poseer una cultura minorizada, sin Estado propio y sometida a uno adversario que trabaja en su contra. Se incorporó a la mesa la escritora Patricia Gabancho, desde su posición catalana.

Tras la intervención de los ponentes se estableció un debate entre ellos, al que siguieron algunas preguntas del público presente.

Joxe Manuel Odriozola planteó la distinción entre cultura nacional y cultura étnica. La cultura nacional tiene como apoyo un Estado. Una cultura sin Estado se mantiene como étnica y su lengua cede terreno ante la del ocupante, que termina imponiéndose y sustituyendo a la propia. En este sentido, en el caso vasco no puede hablarse de cultura nacional. No es nacional en su territorio. La sociedad vasca actual no funciona en euskera y responde a lo que el ponente definió un “modo subordinado de socialización”. Sus manifestaciones, teatro, música, bertsolarismo, etc., son expresiones secundarias y supeditadas a las dominantes hispano-francesas.

Ya en el coloquio, citó la definición de cultura que daba Koldo Mitxelena como todo lo referente a las costumbres de vida, trabajo y relaciones entre las personas que conforman una sociedad. Las manifestaciones artísticas, científicas y técnicas son, evidentemente, cultura; pero no constituyen su elemento básico. No representan su corpus central ni garantizan la supervivencia de un pueblo. Citó el caso de Occitania, con un premio Nóbel de literatura –Frédéric Mistral-, en el que la situación lingüística está en fase práctica de extinción: conseguir un premio Nobel no es garantía de supervivencia lingüística ni cultural.

Odriozola destacó que Riga, Letonia, es la capital europea de la cultura de 2014. Claro está que se trata de la capital de un Estado y tiene control sobre su propia cultura a pesar de la fortísima rusificación sufrida durante la etapa soviética. Desde el restablecimiento de la independencia en 1989 esta sociedad ha forzado la recuperación lingüística del letón y ha tratado de implicar a los rusófonos en su programa cultural.

Normalmente las naciones minorizadas son débiles y disponen de escasa capacidad de respuesta frente a los embates de los estados uniformizadores. Son los casos de Bretaña y Galicia. Cataluña en cambio si ha tenido una gran capacidad de reacción y recuperación, pero ha estado unido a un progresivo proceso político de gran radicalidad democrática.

Patricia Gabancho, que nunca había estado en Donostia anteriormente, quedó extrañada, dijo para comenzar, de que en sus recorridos urbanos no hubiera encontrado referencias a la lengua ni a la cultura o a la historia propias. Dejaba entrever que una ciudad con esta carencia comenzaba con mal pie su andadura como “capital europea de la cultura”.

En cuanto a su propio país, se preguntó si se puede ser catalán sin hablar su lengua. No existe sociedad sin identidad y la identidad catalana tiene como tronco central su idioma. Por eso la actual ofensiva de acoso y derribo del Estado español contra el catalán en el País Valenciano, Islas y Franja del Ponent es un ataque directo a la propia nación.

Gabancho resumió las fases de recuperación de la personalidad catalana tras la derrota de 1714: económica, a finales del XVIII con la Junta de Comercio; lingüística y de dignidad y autoestima, con la Renaixença en el XIX; y política, con el catalanismo del siglo XX.

Expuso las razones por las que el actual proyecto político autonomista no puede cumplir sus objetivos en términos lingüísticos y de identidad, pero tampoco en los relacionados con infraestructuras y economía en general. Los catalanes no pueden ser una sociedad normalizada, no pueden hacer una vida ‘normal’ en España.

En el coloquio Patricia Gabancho planteó que el bilingüismo lleva a la biculturalidad y que, curiosamente, los escritores de Cataluña adscritos a la cultura española se posicionan en contra del actual proceso hacia la independencia catalana. Por el contrario, resaltó la importancia que en el momento actual está teniendo dicho proceso, un proyecto colectivo, sobre la reactivación de la lengua propia.

Pako Aristi reflexionó sobre las muchas cosas que se pueden hacer hoy en Euskal Herria, nación sin Estado propio, en el campo cultural. Consideró que la cultura vasca para existir exige tres condiciones: lengua, territorialidad y la existencia de una comunidad cultural. Frente a ello, a lo largo de siglos se ha provocado la fragmentación institucional del territorio y la sustitución lingüística.

Para revertir este proceso y acceder a una recuperación lingüística y cultural, planteó tres requisitos: el primero, amor a la lengua, a la cultura, al país; el segundo, la fuerza para defenderlo con cohesión; y el tercero, la inteligencia necesaria para formalizarlas.

En paralelo con lo expuesto por Odriozola habló del caso letón y de la labor desarrollada por la Unión de Escritores de Letonia; pero, sobre todo, del papel de la independencia política, de la finalización del proceso de rusificación y del respaldo al conocimiento obligatorio del letón. Con este objetivo se impuso el conocimiento del letón como condición para el acceso a la ciudadanía, con la exigencia de determinados plazos para acceder al mismo. Todo ello con la participación de la propia sociedad letona. Sobre esta cuestión, expuso también las políticas de memoria llevadas a efecto, como es el caso del “Museo de la Ocupación”, en el que se presentan las barbaridades practicadas durante la etapa de dominación rusa.

Presentó también el caso Noruego frente a las políticas, primero danesa y posteriormente sueca, de sustitución lingüística. Aristi afirmó que frente a más ocupación se reacciona con una mayor radicalidad lingüística.

También en el coloquio recalcó la necesidad de la independencia como factor fundamental de normalización lingüística y cultural, citó a Txillardegi –“con Estado propio quizás se salve el euskera, pero sin Estado está condenado a desaparecer”- y al caso citado por Odriozola sobre el Nóbel de 1904 a Mistral añadió el de Rabindranath Tagore en 1913, como únicos caso de premio Nóbel a lenguas no oficiales de ningún Estado: el occitano y el bengalí respectivamente.



12 septiembre 2014

BARCELONA, 11 SEPTIEMBRE 2014, DIADA CATALANA

Son las 18:30. En Barcelona luce todavía el sol que ha presidido durante todo el día la conmemoración del 300 aniversario de la derrota y ocupación de Barcelona a manos de las tropas españolas del rey Felipe V de Borbón.

La concentración convocada por la ANC y Omnium, incontable, multitudinaria, ha concluido, como no podía ser menos, con el canto del himno nacional, Els Segadors. Lo entonaba el Orfeó Català, retransmitido por megafonia, y coreado por todos los reunidos que formaban la inmensa "V" prevista.

Impresiona el hecho de participar desde dentro como un diminuto átomo en un cuerpo invisible en su conjunto, pero perfectamente diseñado para su impacto global: la inmensa V de Victoria de un pueblo, de una nación, que exige su presencia en el mundo como sujeto político, como Estado independiente.

Si las dos Diadas anteriores la presión popular decantó hacia la independencia su objetivo con tenacidad, a pesar de los muchos intentos por desviar el objetivo hacia logros parciales, la de 2014 no deja lugar a ambigüedades. La exigencia de esta ocasión, clara, unánime, es la independencia.

No puedo decir en este momento una cifra de participantes, pero sí puedo afirmar que el tramo 47, el que teníamos asignado quienes íbamos en nuestro grupo, desde el Tarragonès, estaba a rebosar. La longitud de una manzana de l'Eixample (casi 100 metros) por cinco filas (amarillo, rojo, amarillo, rojo, amarillo), de cuatro personas cada una, hacen 20 personas por línea. Con cuatro líneas por metro darían 6.000 personas en el tramo. En 100 tramos serían 600.000... Pero había mucha más gente que la "organizada". La "organizada" ocupaba sólo el centro de la Gran Vía mientras que los laterales estaban llenos de personas no "apuntadas". ¿Cuántos podía haber en esa sección? ¿10.000, 12.000? Tal vez más.

En cualquier caso, ante un despliegue de fuerza social y un ambiente completamente entregado a la independencia como objetivo inmediato, es imprescindible la cualificación política de la movilización. No puede haber más ambigüedades. La independencia es la siguiente estación, el próximo y decisivo paso democrático.

Los catalanes lo tienen al alcance de la mano. Si no desfallecen, si mantienen tensa la cuerda y siguen un camino de desobediencia o de cualquier otra forma de ruptura con la legalidad española, podrán alcanzar su meta, porque demuestran una legitimidad democrática plena.

En ello están y les deseamos acierto en los momentos conflictivos inmediatos. Este texto está escrito en el autobús de vuelta desde Barcelona a Altafulla y es una crónica de urgencia. Después vendrán otras valoraciones y análisis.

Visca Catalunya lliure!

16 agosto 2014

ZILEGITASUNIK GABEKO LEGERIAK

Labur aritu nahi dut. Hau gogoeta bat da, atzerrian aitortu gabeko kontuak zituela-eta Jordi Pujoli eginiko kritika zorrotzen gainean egina. Testu honen xedea ez da Jordi Pujolen alde egitea; mendean gaituzten parametro linguistiko eta ideologikoen inguruko gogoeta bat da, besterik gabe. Ez dut Pujol zuritzeko asmorik, atzerrian zituen diruak ogasun publikoari aitortu ez zizkiola eta. Kontzeptu biek hein batean barnean zer hartzen duten azaldu baino ez dut egingo.

Hasteko eta behin, ogasun publikoa. Arrotza zaion Estatu baten mende dagoen nazio batek ez du ogasun publikorik. Eta Estatu hori, arrotza bakarrik ez: oroz gain, arerioa zaio —zerga espoliazioari erreparatu besterik ez dago; inperioko agenteen neurriek ere erakusten dute; besteak beste, Montoro eta konpainiaren neurriek—. Ogasunak izen hori eramatekotan, nazioak Estatu propioa eduki beharko luke, eta Ogasun bat bere zerbitzura. Espainiako Ogasunari ez pagatzea, hortaz, ogasun publikoari iruzur egitea ote, Kataluniak ez badu ogasun propiorik?

Bigarrenik, zer da atzerria delako hori? Nire ustetan, Kataluniari dagokionez askozaz atzerritarragoa da Espainia, Andorra baino. Parametro nazionaletatik begiratzen badugu, Kataluniarentzat eta gure herrialdearentzat, Espainiako Estatua da benetako atzerritarra eta espoliatzailea. Zilegitasun propioaren aldetik, delitua al da haiei ez pagatzea?

Badugu adibide bat, gertukoa espazioari dagokionez eta ez hain urrunekoa denborari dagokionez: intsumisoak. Espainiako armadari intsumiso agertzea Espainiako gizarteari iruzur egiteko era bat zen. Armada zerbitzatzea beti hartu izan da gizartea zerbitzatzearen parekotzat; hura zerbitzatzeari uko egitea hari iruzur egiteko era bat zen. Norbaitek erantzun diezadake esanez gure intsumisoak, edo katalanak, beren gizartearekiko guztiz solidarioak zirela eta denetariko lan sozialak egiten zituztela. Bada, ados nago horrekin. Baina ez zuten zerbitzatzen armada atzerritar bat gerra eginkizunekin.

Zein printzipiori jarraikiz hitz egin daiteke iruzurrari buruz bakarrik diruaren zentzuan hitz egiten denean, ez bada «diruaren zentzu gurgarriaren» printzipioari jarraikiz, zeinari buruz Ramiro Maeztu arabarrak —arabar faxistak— hitz egiten baitzuen? Adiera hori bere-berea du zibilizazio judu-kristauak, zeinetan hezi garen, eta harekin zerikusia duen oro balioesten du, neurriz gain. Sexualitatearekin ere antzeko zerbait gertatzen da, baina hori beste kontu bat da.

Ezer gutxi dakit Pujolek frankismoaren garaian —baita haren erregimenak preso zuela ere— eta ondoren Kataluniaren alde egin zituen sakrifizio pertsonal eta ekonomikoen kostu pertsonalari buruz, baina, nire ustez, horren diru balioa ez litzateke hutsala izango, dezente handia baizik. Espainiako Ogasun publikoak ez du sekula ere aitortuko kostu horren balioa. Aitzitik, kostu hori gehitu egingo lioke, ahalko balu, berekiko dituen obligazio ekonomikoen zorrari.

Testu honen asmoa ez da Jordi Pujol errugabetzat jotzea, baizik eta gogoeta egitea mendekotasunaren testuinguru politikoak markatzen dizkigun irizpideei buruz. Jakin al dezakegu Pujolek eta haren familiak berdin jokatu izango zuketen Estatu katalan independente batean? Nire iritziz, egin dizkioten kritika gehienak, izan Kataluniatik zein beste toki batzuetatik, abiaburu dute «Espainiaren batasuna» delako aldez aurretiko ustea, eta ongiaren eta gaizkiaren gainetik funtzionatzen duen «Espainiako Estatu» baten existentziarena, zeinak herritar guztiei berdin ematen baitie zerbitzua. Premisa faltsua, argi eta garbi.

Arazo nagusia da bai Jordi Pujol eta bai, oro har, Kataluniako Printzerriko politika mundua azalduriko premisen barruan mugitzen direla. Uste dute Espainiako Ogasunari ez pagatzea, espoliatzen eta lapurtzen dieten horri ez pagatzea, iruzur delitua dela. Uste dute, gainera, Andorra, hizkuntza ofizialtzat katalana duen Estatu bat, Espainia baino atzerritarragoa dela. Lehendabiziko emantzipazioa mentala da.