Primera:
Leo en "Izaro News" en el episodio, último según parece, número 15 de Pablo de Iboa sobre "El nefasto siglo XIX" el siguiente texto:
"Sabino de Arana-Goiri fundó el Partido Nacionalista Vasco, agrupación patriótica, cuyo fin social es conservar, robustecer y resucitar todas las manifestaciones del espíritu vasco, y cuyo fin político es conseguir la anulación de la ley de 25 de octubre de 1839, para estar en disposición de iniciar la vasquización de Euzkadi."
Siempre he creido que, con más o menos acierto en sus bases históricas, la aportación fundamental de Arana Goiri consistía en considerar a los vascos como una nación diferente de España y Francia y que su afirmación de que los vascos no somos "ni españoles ni franceses" constituye el fundamento para la que la sociedad vasca de su época, y la actual, perciba la necesidad de constituir un Estado propio independiente.
Pensar que el fin perseguido por Arana era únicamente "conseguir la anulación de la ley de 25 de octubre de 1839" constituye un sarcasmo con relación a su pensamiento. Cualquier carlista o fuerista anterior a Arana, contemporáneo del mismo o actual suscribiría tal objetivo.
También resulta, cuando menos, chocante que lo hiciera para "iniciar la vasquización de Euzkadi". Según nuestro articulista ¿qué era entonces el pueblo vasco? ¿no era vasco? Creo que aquí Iboa superpone dos planos: el lingüístico y cultural, en el que evidentemente nuestro país seguía siendo "vasco", y además con mucha fuerza, y el plano político, en el que la desorientación era muy grande y donde Arana intentó, con más o menos acierto, poner orden.
Arana Goiri supuso una ruptura, acorde con el pensamiento europeo de su época, con cualquier planteamiento fuerista. Siguiendo la perspectiva de Iboa bien se puede decir que "para ese viaje no hacían falta alforjas". Arana percibió con claridad la necesidad de la concreción política de Vasconia en un Estado e incluso se consideró en la obligación de otorgar a Euskal Herria una denominación política; de ahi surgió el controvertido nombre de "Euzkadi" ya criticado en su época por Arturo Campión, por ejemplo.
Hoy en día, por lo menos desde Anacleto de Ortueta, estamos en condiciones de pensar que Arana se equivocó al "inventar" algo que ya existía desde muy antiguo. La denominación política de Euskal Herria, a lo largo de muchos siglos, ha sido Navarra y es eso lo que muchos pretendemos recuperar para nuestro futuro en libertad.
Segunda:
La convocatoria de la autodenominada "izquierda abertzale" para el domingo 10 de febrero de 2008, según infomación aparecida en Gara del día 9, se realiza para "poner freno al estado de excepción". Es muy claro que todas las arbitrarias decisiones políticas realizadas desde cualquier manifestación del poder español (ejecutivo, judicial o legislativo, que tanto da) con relación a nuestro país constituyen expresiones de un permanente "estado de excepción".
No obstante, pienso que para llegar esa conclusión no hacía falta esperar a la ilegalización de ANV o EHAK. El "estado de excepción" para nuestro país es norma desde mucho tiempo atrás. En los últimos tiempos en él se inscriben los cierres de medios de comunicación como Egin y Egunkaria, el macroproceso 18/98, el procesamiento de Ibarretxe, las condenas a Atutxa y compañía, las torturas a detenidos, el sistema penal con la dispersión como elemento particularmente odioso y un larguísimo etc. sin que el orden citado indique prioridad alguna de su importancia.
Es evidente que todo esto procede del franquismo y de la nunca realizada "transición democrática", pero su origen tampoco radica en el 18 de julio de 1936. Nuestro "estado de excepción" ya existía en los tiempos de las guerras carlistas y de Arana Goiri y fue precisamente uno de los motivos de aquellos conflictos y posicionamientos.
Nuestro "estado de excepción" se origina en el momento en que españoles y franceses suprimen y anulan la máxima organización política generada por el pueblo vasco: el Estado de Navarra. Y, en mi opinión, solo terminará, real y efectivamente, cuando logremos nuestra independencia mediante el acceso a sujeto político a nivel internacional con la consitución de la República Navarra como Estado independiente.
Tercera:
Pienso que ya es hora de que nos percatemos todos los que aspiramos a una sociedad vasca libre, a una sociedad de ciudadanos navarros iguales en derechos y deberes, de que nuestro "principal enemigo" no está en el portal próximo sino en los centros de decisión de los estados que llevan tantos siglos de dominación y en las sociedades que secundan su nacionalismo expansionista.
Opiniones y puntos de vista sobre Navarra como perspectiva política de Euskal Herria y de la Vasconia histórica en el mundo actual y sobre cualquier aspecto que afecte al presente y futuro del planeta Tierra, su biodiversidad, y el papel de la inteligencia humana en todo ello, "Nos guste o no, estemos o no preparados, somos la mente y los guardianes del mundo vivo". (Edward O. Wilson)
10 febrero 2008
01 febrero 2008
UN PAIS DE CUENTO DE HADAS
Tengo la sensación de vivir en un país de ficción, en el que hay bastantes sectores, personas y grupos, que se creen los “cuentos de hadas” inventados sobre nuestra realidad. Este texto pretende explicar algunas razones de tal impresión.
La primera razón que provoca mi desconcierto resulta de considerar que un sector muy importante y combativo de la sociedad vasca, sobre todo en el terreno de la reivindicación de nuestra lengua privativa, el euskera, se despreocupa, con alarde, de cualquier consideración política que pretenda reflexionar sobre la normalización lingüística y la consiguiente necesidad de estructuras políticas que la garanticen. Parece que, desde su punto de vista, la normalización es un proceso que depende fundamentalmente de la voluntad de sus hablantes y no de una organización política, obviamente un Estado propio, que exija su uso. Las lenguas normalizadas y dominantes alcanzaron su estatus actual mediante la coerción ejercida por su propio Estado en etapas anteriores y que, hoy todavía, prosiguen. La voluntad social es condición necesaria para la normalización lingüística, pero no suficiente; la exigencia de su uso, provocada desde el poder político, es imprescindible para que llegue a buen puerto.
El segundo motivo de desazón consiste en la percepción que tengo de que nuestro pueblo es el único del mundo en el que hay sectores, incluso propios, que para reivindicar su derecho a ser “sujeto político” exigen que cada día se realice un corte radical con todos los anteriores. Lo que importa, dicen, es la voluntad presente del pueblo. Llevado a su extremo y sin salir de su lógica, plantean la necesidad de una especie de “votación perpetua”; parece que, según ellos, no importa lo que el pueblo pensara y decidiera ayer y que tiene que “votar” cotidianamente para justificar su existencia. Eso, además de falso, es agotador. ¿Por qué los españoles y franceses no tienen que estar votando cada día su continuidad “nacional” y nosotros sí? ¿Somos menos que ellos? ¿Somos inferiores? ¿Por qué son precisamente ellos quienes nos exigen esa “pureza democrática” que obvian para sí mismos?
En este planteamiento se produce la reducción del proceso que algunos llaman “autodeterminación” a una especie de referéndum organizado por los estados que llevan mucho tiempo negando, eso sí cotidianamente, tal derecho y que lo rechazan de forma “democrática” con guerras, ocupaciones, encarcelamientos, deportaciones, exilios, tortura etc. La libre disposición de los pueblos, derecho humano básico reconocido por la ONU en su Declaración de 14 de diciembre de 1960, es muy difícil de ejercer por los países dominados utilizando exclusivamente los medios “políticos” que ofrecen las potencias dominantes, por lo menos las que presentan el “talante democrático” de España y Francia.
Bien se encargan ellas de que su sistema o “constitución real” la haga inalcanzable dentro de sus “reglas de juego”. Tal es el caso de la Constitución española de 1978, “constitución formal”, basada en la “constitución real o profunda” que consiste sencillamente en la “unidad indisoluble y permanente de la nación española”, en la que, sin posibilidad de discusión, estamos incluidos. Situación garantizada por su ejército, fuerzas de orden público y todo tipo de aparatos judiciales, educativos, de propaganda etc. y en la que, lógicamente, constituimos una abrumadora minoría.
Es evidente que para acceder a un estatus de libertad hay que utilizar, sobre todo, otros “medios” y que éstos tienen que estar perfectamente imbricados con el objetivo final, con una consideración realista de la “relación de fuerzas sociales en presencia” y sus intereses respectivos y con una perspectiva pragmática de la situación internacional. Existen muchos modos de ejercer “presión social” que no pasan por acciones violentas inconexas y sin sentido, en las que el sufrimiento inútil no sólo no mejora nuestras expectativas políticas sino que objetivamente las empeora; ni por una “kale borroka” deslavazada, sin cabeza, que destruye bienes comunes, propios, que se habrán de reponer a nuestras expensas. Es hora de plantear y debatir democrática e imaginativamente los recursos que tanto nuestra capacidad social como la “cultura política” propia nos ofrecen: insumisión, resistencia civil, campañas de desobediencia ciudadana, un uso ponderado y efectivo de las movilizaciones etc. etc.
Los sectores políticos que intentan imponer un doble rasero en el que reservan para nuestro pueblo una perspectiva basada en el “cada día como una hoja en blanco”, sin posiciones previas consolidadas ni consolidables, mientras permiten para las naciones “de verdad”, con Estado propio, un cómodo estatus de larga duración, cuando no de permanencia “eterna”, no juegan limpio. Se intuye fácilmente que algo “huele a podrido” en su planteamiento y que, a pesar de sus premisas sobre la exclusiva validez del presente, hay que bucear en el tiempo para poder explicar y comprender sus puntos de vista profundos y las “aparentes” contradicciones que nos plantean.
Es en este momento cuando percibo una tercera causa que me conduce a pensar que nos encontramos en un “país del cuento de hadas”. Españoles, franceses y cualquier nación del mundo que se considere como tal, conoce su historia, la valora y la utiliza como factor de legitimación en el presente y para el futuro. Con ella, y con sus “mitos fundadores”, despierta y ejercita la autoestima de sus ciudadanos y potencia la cohesión de su sociedad. Entre nosotros parece que se alardea del desconocimiento y menosprecio de la propia historia. En el “mejor” de los casos se asumen como propios los hechos “históricos” realzados por las historias oficiales de España y Francia. ¡Y nos quedamos tan contentos!
Las sociedades humanas constituyen estructuras de larga duración. Cuando un pueblo se estructura políticamente (“autodeterminación real”), normalmente construye un Estado que, a su vez, moldea una sociedad. Este proceso se realiza habitualmente en periodos largos, de siglos en muchas ocasiones. Pretender reducirlo a la voluntad de un día constituye un peligroso ejercicio de solipsismo social y de sumisión a los intereses de las sociedades dominantes.
En los procesos de constitución política y de la consiguiente (re)creación social, intervienen frecuentemente factores externos, como son los episodios bélicos y de conquista realizados por estados foráneos con intenciones diversas, tales como aprovechar los recursos humanos, territoriales o productivos del país conquistado, afianzar sus propias posiciones estratégicas en espacios más amplios etc. Si tales episodios tienen éxito y se consolidan, la sociedad conquistada no prosigue un desarrollo autónomo (digamos “normal”) sino que empieza a girar en la órbita de su ocupante: política, social, lingüística, cultural y económicamente.
Tal situación está, generalmente, inducida de modo consciente por los estados que controlan y mediatizan los recursos de gobierno, gestión y comunicación de la sociedad dominada. Previamente han realizado un conjunto de labores tendentes a la minoración y sometimiento del sujeto político ocupado. Sustituyen sus instituciones políticas, ocultan y tergiversan su historia, persiguen su lengua y cultura. En resumen: su patrimonio pierde el sentido propio y pasa a formar parte (residual) del patrimonio del ocupante, cuando no es, sencillamente, aniquilado. Un caso paradigmático lo ofrece la conquista y posterior dominio y sometimiento del Estado de los vascos: Navarra.
En situaciones como la de Vasconia, quienes menosprecian su historia son los más firmes baluartes del sistema ideológico y político del colonialismo que ejercen los dominadores aquí y sobre cualquier pueblo ocupado. La historia, quieran ellos o no, sigue siendo contada y continua siendo utilizada como elemento cohesionante y legitimador de la sociedad propia de quien la construye y narra. No hay espacios intermedios. O se acepta su exposición e interpretación, con todo lo que implica en nuestro caso de sumisión e integración, o se compone un relato distinto; probablemente más acorde con la realidad y que, además, es emancipador y legitimador de la nueva realidad política a la que se aspira, o por lo menos en muchos casos se dice aspirar.
En cualquier país que viva la dura realidad de nuestro mundo, sobre todo desde una sociedad sometida, no se desprecian ni se tiran por la borda argumentos o enfoques que son capaces de explicar el proceso que la han conducido al presente. No se olvida ni se deja interpretar a otros, manifiestamente enemigos en nuestro caso, hechos históricos y memoria que pueden basar el orgullo necesario para que tal sociedad realce su autoestima, supere los complejos y autoodios derivados de la dominación y acceda a la constitución de un movimiento político que la conduzca a su libertad.
Estos son, en mi opinión, algunos de los “cuentos de hadas” con los que pretenden que comulguemos. Los “cuentos de hadas” sirven para que las personas, sobre todo los niños, ejerciten su imaginación como factor de primer orden para su existencia inteligente y positiva en el mundo. En nuestro caso, la etapa de los “cuentos de hadas”, por lo menos la de los que nos cuentan interesadamente, tendría que haber terminado hace tiempo y deberíamos estar ya en la práctica de una imaginación capaz de superar la dependencia propia de la infancia y de alcanzar la emancipación que nos corresponde como sociedad adulta.
La primera razón que provoca mi desconcierto resulta de considerar que un sector muy importante y combativo de la sociedad vasca, sobre todo en el terreno de la reivindicación de nuestra lengua privativa, el euskera, se despreocupa, con alarde, de cualquier consideración política que pretenda reflexionar sobre la normalización lingüística y la consiguiente necesidad de estructuras políticas que la garanticen. Parece que, desde su punto de vista, la normalización es un proceso que depende fundamentalmente de la voluntad de sus hablantes y no de una organización política, obviamente un Estado propio, que exija su uso. Las lenguas normalizadas y dominantes alcanzaron su estatus actual mediante la coerción ejercida por su propio Estado en etapas anteriores y que, hoy todavía, prosiguen. La voluntad social es condición necesaria para la normalización lingüística, pero no suficiente; la exigencia de su uso, provocada desde el poder político, es imprescindible para que llegue a buen puerto.
El segundo motivo de desazón consiste en la percepción que tengo de que nuestro pueblo es el único del mundo en el que hay sectores, incluso propios, que para reivindicar su derecho a ser “sujeto político” exigen que cada día se realice un corte radical con todos los anteriores. Lo que importa, dicen, es la voluntad presente del pueblo. Llevado a su extremo y sin salir de su lógica, plantean la necesidad de una especie de “votación perpetua”; parece que, según ellos, no importa lo que el pueblo pensara y decidiera ayer y que tiene que “votar” cotidianamente para justificar su existencia. Eso, además de falso, es agotador. ¿Por qué los españoles y franceses no tienen que estar votando cada día su continuidad “nacional” y nosotros sí? ¿Somos menos que ellos? ¿Somos inferiores? ¿Por qué son precisamente ellos quienes nos exigen esa “pureza democrática” que obvian para sí mismos?
En este planteamiento se produce la reducción del proceso que algunos llaman “autodeterminación” a una especie de referéndum organizado por los estados que llevan mucho tiempo negando, eso sí cotidianamente, tal derecho y que lo rechazan de forma “democrática” con guerras, ocupaciones, encarcelamientos, deportaciones, exilios, tortura etc. La libre disposición de los pueblos, derecho humano básico reconocido por la ONU en su Declaración de 14 de diciembre de 1960, es muy difícil de ejercer por los países dominados utilizando exclusivamente los medios “políticos” que ofrecen las potencias dominantes, por lo menos las que presentan el “talante democrático” de España y Francia.
Bien se encargan ellas de que su sistema o “constitución real” la haga inalcanzable dentro de sus “reglas de juego”. Tal es el caso de la Constitución española de 1978, “constitución formal”, basada en la “constitución real o profunda” que consiste sencillamente en la “unidad indisoluble y permanente de la nación española”, en la que, sin posibilidad de discusión, estamos incluidos. Situación garantizada por su ejército, fuerzas de orden público y todo tipo de aparatos judiciales, educativos, de propaganda etc. y en la que, lógicamente, constituimos una abrumadora minoría.
Es evidente que para acceder a un estatus de libertad hay que utilizar, sobre todo, otros “medios” y que éstos tienen que estar perfectamente imbricados con el objetivo final, con una consideración realista de la “relación de fuerzas sociales en presencia” y sus intereses respectivos y con una perspectiva pragmática de la situación internacional. Existen muchos modos de ejercer “presión social” que no pasan por acciones violentas inconexas y sin sentido, en las que el sufrimiento inútil no sólo no mejora nuestras expectativas políticas sino que objetivamente las empeora; ni por una “kale borroka” deslavazada, sin cabeza, que destruye bienes comunes, propios, que se habrán de reponer a nuestras expensas. Es hora de plantear y debatir democrática e imaginativamente los recursos que tanto nuestra capacidad social como la “cultura política” propia nos ofrecen: insumisión, resistencia civil, campañas de desobediencia ciudadana, un uso ponderado y efectivo de las movilizaciones etc. etc.
Los sectores políticos que intentan imponer un doble rasero en el que reservan para nuestro pueblo una perspectiva basada en el “cada día como una hoja en blanco”, sin posiciones previas consolidadas ni consolidables, mientras permiten para las naciones “de verdad”, con Estado propio, un cómodo estatus de larga duración, cuando no de permanencia “eterna”, no juegan limpio. Se intuye fácilmente que algo “huele a podrido” en su planteamiento y que, a pesar de sus premisas sobre la exclusiva validez del presente, hay que bucear en el tiempo para poder explicar y comprender sus puntos de vista profundos y las “aparentes” contradicciones que nos plantean.
Es en este momento cuando percibo una tercera causa que me conduce a pensar que nos encontramos en un “país del cuento de hadas”. Españoles, franceses y cualquier nación del mundo que se considere como tal, conoce su historia, la valora y la utiliza como factor de legitimación en el presente y para el futuro. Con ella, y con sus “mitos fundadores”, despierta y ejercita la autoestima de sus ciudadanos y potencia la cohesión de su sociedad. Entre nosotros parece que se alardea del desconocimiento y menosprecio de la propia historia. En el “mejor” de los casos se asumen como propios los hechos “históricos” realzados por las historias oficiales de España y Francia. ¡Y nos quedamos tan contentos!
Las sociedades humanas constituyen estructuras de larga duración. Cuando un pueblo se estructura políticamente (“autodeterminación real”), normalmente construye un Estado que, a su vez, moldea una sociedad. Este proceso se realiza habitualmente en periodos largos, de siglos en muchas ocasiones. Pretender reducirlo a la voluntad de un día constituye un peligroso ejercicio de solipsismo social y de sumisión a los intereses de las sociedades dominantes.
En los procesos de constitución política y de la consiguiente (re)creación social, intervienen frecuentemente factores externos, como son los episodios bélicos y de conquista realizados por estados foráneos con intenciones diversas, tales como aprovechar los recursos humanos, territoriales o productivos del país conquistado, afianzar sus propias posiciones estratégicas en espacios más amplios etc. Si tales episodios tienen éxito y se consolidan, la sociedad conquistada no prosigue un desarrollo autónomo (digamos “normal”) sino que empieza a girar en la órbita de su ocupante: política, social, lingüística, cultural y económicamente.
Tal situación está, generalmente, inducida de modo consciente por los estados que controlan y mediatizan los recursos de gobierno, gestión y comunicación de la sociedad dominada. Previamente han realizado un conjunto de labores tendentes a la minoración y sometimiento del sujeto político ocupado. Sustituyen sus instituciones políticas, ocultan y tergiversan su historia, persiguen su lengua y cultura. En resumen: su patrimonio pierde el sentido propio y pasa a formar parte (residual) del patrimonio del ocupante, cuando no es, sencillamente, aniquilado. Un caso paradigmático lo ofrece la conquista y posterior dominio y sometimiento del Estado de los vascos: Navarra.
En situaciones como la de Vasconia, quienes menosprecian su historia son los más firmes baluartes del sistema ideológico y político del colonialismo que ejercen los dominadores aquí y sobre cualquier pueblo ocupado. La historia, quieran ellos o no, sigue siendo contada y continua siendo utilizada como elemento cohesionante y legitimador de la sociedad propia de quien la construye y narra. No hay espacios intermedios. O se acepta su exposición e interpretación, con todo lo que implica en nuestro caso de sumisión e integración, o se compone un relato distinto; probablemente más acorde con la realidad y que, además, es emancipador y legitimador de la nueva realidad política a la que se aspira, o por lo menos en muchos casos se dice aspirar.
En cualquier país que viva la dura realidad de nuestro mundo, sobre todo desde una sociedad sometida, no se desprecian ni se tiran por la borda argumentos o enfoques que son capaces de explicar el proceso que la han conducido al presente. No se olvida ni se deja interpretar a otros, manifiestamente enemigos en nuestro caso, hechos históricos y memoria que pueden basar el orgullo necesario para que tal sociedad realce su autoestima, supere los complejos y autoodios derivados de la dominación y acceda a la constitución de un movimiento político que la conduzca a su libertad.
Estos son, en mi opinión, algunos de los “cuentos de hadas” con los que pretenden que comulguemos. Los “cuentos de hadas” sirven para que las personas, sobre todo los niños, ejerciten su imaginación como factor de primer orden para su existencia inteligente y positiva en el mundo. En nuestro caso, la etapa de los “cuentos de hadas”, por lo menos la de los que nos cuentan interesadamente, tendría que haber terminado hace tiempo y deberíamos estar ya en la práctica de una imaginación capaz de superar la dependencia propia de la infancia y de alcanzar la emancipación que nos corresponde como sociedad adulta.
25 enero 2008
VARIACIONES POLÍTICO-MUSICALES
Salgo de escuchar un muy buen concierto de la Orquesta Sinfónica de Euskadi con un programa de mi agrado, sobre todo la suite "Alexander Nevsky" de Sergei Prokofiev, basada en episodios musicales de la película homónima dirigida por Sergei Mijailovich Eisentein y cantada con el Orfeón Pamplonés. La ví hace muchos años y me produjo un impacto duradero basado, sobre todo, en la magnífica conjunción de imágenes y sonido, música en particular. Es una música épica y de gran expresividad, manifiesta un apabullante nacionalismo ruso, pero con enorme fuerza y belleza.
Hace pocos días escuchaba "El amor de las tres naranjas", del mismo autor, que es una música también muy hermosa, pero alejada de cualquier perspectiva épica. Es muy interesante constatar la variedad de la música compuesta por Prokofiev en cuanto a géneros y estilos. Cosa parecida sucede con el otro gran ruso, casi de su generación aunque algo más joven, que es Dimitri Shostakovich. También tiene sus grandes obras épicas, sobre todo su sinfonía número 7, "Leningrado", dedicada a la heroica batalla librada contra el nazismo alemán en dicha ciudad. Shostakovich compuso maravillosas músicas de cámara, muy distantes de todo planteamiento épico.
Tanto Prokofiev como Shostakovich pasaron por etapas muy diversas en sus relaciones con el aparato político de la URSS, sobre todo en la época de Stalin. Ambos compositores son, en mi opinión, de los más interesantes surgidos en el siglo XX. Tal vez sólo superados por el gran Bela Bartok. Sin olvidar a nuestro compatriota Maurice Ravel.
Todavía no he olvidado el título, por lo que, a continuación, viene la coda política:
Leo, con estupor, en el programa distribuido por la Orquesta para el concierto de hoy, que el Orfeón Pamplonés "es una de las formaciones corales españolas más veteranas..." ¿Dónde estamos? ¿Quién escribe? ¿Desde cuando el Orfeón Pamplonés es una "formación coral española"? Por supuesto que es una (gran) formación coral, pero, ¿española? Es navarra. Y punto.
Las cosas se pueden decir de muchas maneras que, además, ya están inventadas (del "Estado español", de la Península Ibérica etc. etc.) Pero atribuir el calificativo de "español" a nuestro Orfeón me parece deplorable. Sobre todo procediendo de las mentes rectoras de la que piensan que la suya es la "Orquesta nacional de Euskadi".
Un cero a quien redacta sus programas.
Hace pocos días escuchaba "El amor de las tres naranjas", del mismo autor, que es una música también muy hermosa, pero alejada de cualquier perspectiva épica. Es muy interesante constatar la variedad de la música compuesta por Prokofiev en cuanto a géneros y estilos. Cosa parecida sucede con el otro gran ruso, casi de su generación aunque algo más joven, que es Dimitri Shostakovich. También tiene sus grandes obras épicas, sobre todo su sinfonía número 7, "Leningrado", dedicada a la heroica batalla librada contra el nazismo alemán en dicha ciudad. Shostakovich compuso maravillosas músicas de cámara, muy distantes de todo planteamiento épico.
Tanto Prokofiev como Shostakovich pasaron por etapas muy diversas en sus relaciones con el aparato político de la URSS, sobre todo en la época de Stalin. Ambos compositores son, en mi opinión, de los más interesantes surgidos en el siglo XX. Tal vez sólo superados por el gran Bela Bartok. Sin olvidar a nuestro compatriota Maurice Ravel.
Todavía no he olvidado el título, por lo que, a continuación, viene la coda política:
Leo, con estupor, en el programa distribuido por la Orquesta para el concierto de hoy, que el Orfeón Pamplonés "es una de las formaciones corales españolas más veteranas..." ¿Dónde estamos? ¿Quién escribe? ¿Desde cuando el Orfeón Pamplonés es una "formación coral española"? Por supuesto que es una (gran) formación coral, pero, ¿española? Es navarra. Y punto.
Las cosas se pueden decir de muchas maneras que, además, ya están inventadas (del "Estado español", de la Península Ibérica etc. etc.) Pero atribuir el calificativo de "español" a nuestro Orfeón me parece deplorable. Sobre todo procediendo de las mentes rectoras de la que piensan que la suya es la "Orquesta nacional de Euskadi".
Un cero a quien redacta sus programas.
22 enero 2008
¿HASTA CUANDO?
Hoy aparece en los medios la condena de Atutxa, Bilbao y Knörr por el Tribunal Supremo español. En línea con la anterior entrada de este blog, pienso que cada vez es más necesario centrar el problema. El futuro procesamiento de Ibarretxe parece cantado con estos antecedentes.
Ls estructura del Estado español expresa en todas sus manifestaciones sobre "el problema vasco" la misma cara; y es una cara poco amable. Su aspecto responde a las demandas del nacionalismo de la sociedad que la sustenta y "legitima", aunque esa legitimación pase por encima de los derechos humanos, entre los que se encuentra en lugar preminente el de la "libre disposición" de los pueblos.
Si la ceguera que manifiestan casi todos los denominados "dirigentes políticos vascos" ante esta situación es producto de la falta de información, ya va siendo hora de que caigan las legañas de sus ojos y contemplen la realidad de frente y a la luz. Si es consecuencia de intereses turbios que no responden a las necesidades que nuestra sociedad requiere en el momento presente, será necesario desenmascararlos y plantear la situación desde nuevas perspectivas.
En ambos casos hay que centrar el problema y constatar que cada vez queda más clara la radical incompatibilidad de la organización del actual Estado español con una situación democrática. ¿Para qué seguir perdiendo tiempo? ¡Vámonos ya!
¡Viva la república de Navarra!
Ls estructura del Estado español expresa en todas sus manifestaciones sobre "el problema vasco" la misma cara; y es una cara poco amable. Su aspecto responde a las demandas del nacionalismo de la sociedad que la sustenta y "legitima", aunque esa legitimación pase por encima de los derechos humanos, entre los que se encuentra en lugar preminente el de la "libre disposición" de los pueblos.
Si la ceguera que manifiestan casi todos los denominados "dirigentes políticos vascos" ante esta situación es producto de la falta de información, ya va siendo hora de que caigan las legañas de sus ojos y contemplen la realidad de frente y a la luz. Si es consecuencia de intereses turbios que no responden a las necesidades que nuestra sociedad requiere en el momento presente, será necesario desenmascararlos y plantear la situación desde nuevas perspectivas.
En ambos casos hay que centrar el problema y constatar que cada vez queda más clara la radical incompatibilidad de la organización del actual Estado español con una situación democrática. ¿Para qué seguir perdiendo tiempo? ¡Vámonos ya!
¡Viva la república de Navarra!
13 enero 2008
CENTRAR EL PROBLEMA
Centrar o plantear adecuadamente un problema, en el sentido de ajustarlo fielmente a su objeto, sus incógnitas y requerimientos, constituye más de la mitad del camino para lograr su resolución.
La encrucijada en que se desenvuelve nuestra sociedad en la etapa presente requiere precisamente ese ejercicio de “centrar el problema”. Los datos que cotidianamente recibimos a través de las actuaciones de los estados español y francés con relación a nuestro pueblo no son precisamente proclives a la garantía, en el presente o en el inmediato futuro, de un estatus firme con desarrollo libre y pleno de su personalidad en todos los niveles: social, lingüístico, cultural, económico.
Por el contrario, son los intereses foráneos quienes marcan las hojas de ruta que nuestra sociedad, cuarteada territorial, administrativa y políticamente, se ve obligada a seguir. No planteo, en este momento, asuntos relacionados con el transporte o las infraestructuras como aeropuertos, ferrocarriles, carreteras y puertos. Tampoco los lingüísticos y culturales, o los de bienestar social en general como sanidad, educación y vivienda, ni los que afectan a sectores como la agricultura, pesca o industria. Menos aun los relacionados con lo que se conoce, de manera reducida y superficial, como “política” (partidos, campañas electorales, coaliciones...)
Me voy a centrar en dos problemas que atañen directamente al núcleo de cualquier sociedad que se pretenda democrática. El primero se refiere a la libertad de expresión y asociación. El segundo, a esa lacra de la humanidad que es la tortura.
El tristemente famoso macroproceso 18/98 ha dejado al aire las vergüenzas del régimen político que impera en España. Mucho, casi todo, se ha dicho y escrito sobre el procedimiento incoado: falta de pruebas, acusaciones genéricas, imputaciones arbitrarias y sobre todo el sofisma que supone igualar judicialmente, por coincidencia de fines (políticos), a quienes practican atentados y quienes no lo hacen y se sirven exclusivamente de cauces como la movilización social, la insumisión o la desobediencia civil. No voy a repetir argumentos; intentaré sacar conclusiones.
Los últimos episodios de torturas y el descaro y chulería manifestados por los responsables políticos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado español que incurriendo conscientemente en claras contradicciones las asumen y ratifican, muestran de modo todavía más descarnado la auténtica faz de su régimen político.
El análisis de ambas realidades nos debe conducir a “centrar el problema”. No se trata de “extralimitaciones” del poder judicial, en el primer caso, o del ejecutivo, en el segundo. Se trata más bien de la cruda expresión de su completa “no-democracia”. No son “déficits democráticos”, son su ausencia total. Y ésta es una cuestión radicalmente política.
Ante esta situación deberíamos de una vez por todas asumir la necesidad de separarnos de ese cuerpo en descomposición que es el Estado español, rehacer la unidad de nuestra sociedad, asumir nuestra capacidad como sujeto político y plantearnos, con toda seriedad y también con todas las consecuencias, como objetivo estratégico acceder al estatus de Estado independiente, en Europa y en el mundo.
Las características de nuestra sociedad, sobre todo su conciencia nacional diferenciada de España y Francia, nos permiten definir el proyecto realista de este objetivo en un plazo no muy largo. Nuestra cultura política, patrimonio del único Estado independiente creado por los vascos, Navarra, viva a pesar de siglos de imposición y dominio, constituye un elemento de primer orden de cara a su consecución.
Hay quienes proponen otra alternativa, en teoría también democrática, que consistiría en la “conversión” de España, es decir del Estado español, y del francés también por supuesto, en una democracia en forma de estado confederal con aceptación del derecho a la secesión, con inequívoco reconocimiento de los derechos de expresión y asociación, con acoso, erradicación y penalización total de la tortura etc. Personalmente considero esta opción claramente inviable. Nuestra abrumadora minoría demográfica y el hondo nacionalismo que impregna hasta la médula la sociedad española la convierten en utópica y más alejada de la realidad política que el logro de nuestra independencia, a pesar de poder contar con los catalanes como aliados en tal proceso. En todo caso, también es posible, y deseable, coordinar con ellos los esfuerzos emancipadores para nuestra liberación simultánea.
Por otra parte, las reivindicaciones parciales, de objetivos limitados, como pueden ser la “amnistía”, el “stop a la tortura”, el “reconocimiento” de los partidos políticos “ilegalizados” por el más que ilegítimo régimen que gobierna hoy el estado español, son formas de plantear nuestros conflictos que, en mi opinión, sólo pueden recuperar su profundo sentido democrático a través de la consecución del Estado independiente propio como objetivo inmediato.
Pienso que “centrar el problema” consiste en otorgarle su dimensión política en el ámbito internacional y plantear nuestra independencia como una conquista democrática de primer orden. Posiblemente la única capaz de garantizar nuestra continuidad creativa y solidaria en el mundo. Opino, también, que deberán ser radicalmente políticos los medios para conseguirla. Es evidente que dicha batalla deberá resolverse en un campo no marcado por los intereses de los estados que actualmente nos controlan con toda su legislación (“leyes de partidos” o “sistemas electorales”, por ejemplo), su regulación arbitraria de derechos, sus sistemas educativos y de propaganda y su poder ejecutivo, sino en el de la profunda relación de fuerzas sociales. Por supuesto que en esta estrategia se podrán utilizar también los medios que otorga su propio sistema, pero siendo siempre conscientes de sus limitaciones y los fines para los que han sido creados.
Creo que cuanto más se demore el debate y la práctica necesarios para la consecución de la República de Navarra más graves serán nuestros problemas. Y que la democracia estará más lejos de Europa, incluidas por supuesto España y Francia.
La encrucijada en que se desenvuelve nuestra sociedad en la etapa presente requiere precisamente ese ejercicio de “centrar el problema”. Los datos que cotidianamente recibimos a través de las actuaciones de los estados español y francés con relación a nuestro pueblo no son precisamente proclives a la garantía, en el presente o en el inmediato futuro, de un estatus firme con desarrollo libre y pleno de su personalidad en todos los niveles: social, lingüístico, cultural, económico.
Por el contrario, son los intereses foráneos quienes marcan las hojas de ruta que nuestra sociedad, cuarteada territorial, administrativa y políticamente, se ve obligada a seguir. No planteo, en este momento, asuntos relacionados con el transporte o las infraestructuras como aeropuertos, ferrocarriles, carreteras y puertos. Tampoco los lingüísticos y culturales, o los de bienestar social en general como sanidad, educación y vivienda, ni los que afectan a sectores como la agricultura, pesca o industria. Menos aun los relacionados con lo que se conoce, de manera reducida y superficial, como “política” (partidos, campañas electorales, coaliciones...)
Me voy a centrar en dos problemas que atañen directamente al núcleo de cualquier sociedad que se pretenda democrática. El primero se refiere a la libertad de expresión y asociación. El segundo, a esa lacra de la humanidad que es la tortura.
El tristemente famoso macroproceso 18/98 ha dejado al aire las vergüenzas del régimen político que impera en España. Mucho, casi todo, se ha dicho y escrito sobre el procedimiento incoado: falta de pruebas, acusaciones genéricas, imputaciones arbitrarias y sobre todo el sofisma que supone igualar judicialmente, por coincidencia de fines (políticos), a quienes practican atentados y quienes no lo hacen y se sirven exclusivamente de cauces como la movilización social, la insumisión o la desobediencia civil. No voy a repetir argumentos; intentaré sacar conclusiones.
Los últimos episodios de torturas y el descaro y chulería manifestados por los responsables políticos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado español que incurriendo conscientemente en claras contradicciones las asumen y ratifican, muestran de modo todavía más descarnado la auténtica faz de su régimen político.
El análisis de ambas realidades nos debe conducir a “centrar el problema”. No se trata de “extralimitaciones” del poder judicial, en el primer caso, o del ejecutivo, en el segundo. Se trata más bien de la cruda expresión de su completa “no-democracia”. No son “déficits democráticos”, son su ausencia total. Y ésta es una cuestión radicalmente política.
Ante esta situación deberíamos de una vez por todas asumir la necesidad de separarnos de ese cuerpo en descomposición que es el Estado español, rehacer la unidad de nuestra sociedad, asumir nuestra capacidad como sujeto político y plantearnos, con toda seriedad y también con todas las consecuencias, como objetivo estratégico acceder al estatus de Estado independiente, en Europa y en el mundo.
Las características de nuestra sociedad, sobre todo su conciencia nacional diferenciada de España y Francia, nos permiten definir el proyecto realista de este objetivo en un plazo no muy largo. Nuestra cultura política, patrimonio del único Estado independiente creado por los vascos, Navarra, viva a pesar de siglos de imposición y dominio, constituye un elemento de primer orden de cara a su consecución.
Hay quienes proponen otra alternativa, en teoría también democrática, que consistiría en la “conversión” de España, es decir del Estado español, y del francés también por supuesto, en una democracia en forma de estado confederal con aceptación del derecho a la secesión, con inequívoco reconocimiento de los derechos de expresión y asociación, con acoso, erradicación y penalización total de la tortura etc. Personalmente considero esta opción claramente inviable. Nuestra abrumadora minoría demográfica y el hondo nacionalismo que impregna hasta la médula la sociedad española la convierten en utópica y más alejada de la realidad política que el logro de nuestra independencia, a pesar de poder contar con los catalanes como aliados en tal proceso. En todo caso, también es posible, y deseable, coordinar con ellos los esfuerzos emancipadores para nuestra liberación simultánea.
Por otra parte, las reivindicaciones parciales, de objetivos limitados, como pueden ser la “amnistía”, el “stop a la tortura”, el “reconocimiento” de los partidos políticos “ilegalizados” por el más que ilegítimo régimen que gobierna hoy el estado español, son formas de plantear nuestros conflictos que, en mi opinión, sólo pueden recuperar su profundo sentido democrático a través de la consecución del Estado independiente propio como objetivo inmediato.
Pienso que “centrar el problema” consiste en otorgarle su dimensión política en el ámbito internacional y plantear nuestra independencia como una conquista democrática de primer orden. Posiblemente la única capaz de garantizar nuestra continuidad creativa y solidaria en el mundo. Opino, también, que deberán ser radicalmente políticos los medios para conseguirla. Es evidente que dicha batalla deberá resolverse en un campo no marcado por los intereses de los estados que actualmente nos controlan con toda su legislación (“leyes de partidos” o “sistemas electorales”, por ejemplo), su regulación arbitraria de derechos, sus sistemas educativos y de propaganda y su poder ejecutivo, sino en el de la profunda relación de fuerzas sociales. Por supuesto que en esta estrategia se podrán utilizar también los medios que otorga su propio sistema, pero siendo siempre conscientes de sus limitaciones y los fines para los que han sido creados.
Creo que cuanto más se demore el debate y la práctica necesarios para la consecución de la República de Navarra más graves serán nuestros problemas. Y que la democracia estará más lejos de Europa, incluidas por supuesto España y Francia.
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Proceso 18/98
15 diciembre 2007
30 noviembre 2007
CUANTO ANTES NOS VAYAMOS, MEJOR
La primera noticia que salta por la radio, tras llegar a casa esta noche, consiste en la "ejecución" del tristemente famoso proceso 18/98. Antes de dictaminar la sentencia los inculpados son detenidos y enviados a la cárcel. Aun sin tener conocimiento completo de la misma ya "se sabe" que las condenas van a superar, en algunos casos, a las peticiones del fiscal.
Para quienes hemos defendido desde hace mucho tiempo la tesis de la radical ausencia de democracia en el actual régimen político que impera en el Estado español, legítimo sucesor del franquismo, esta sentencia ejecutada sin ser conocida no supone una gran sorpresa.
Todas las circunstancias que rodean el hecho corroboran la tesis y la amplian. A la falta de pruebas y al conjunto de anomalías que presidieron los meses de juicio se une la actuación final. En su conjunto, la farsa expresa con claridad la estructura profunda del Estado español. No se trata sólo de la sumisión de su "poder judicial" al "ejecutivo" que es realmente policiaco; se trata de algo más profundo: su carácter totalitario.
Se ha afirmado que el imperialismo es especie del totalitarismo. El imperialismo que desde siglos ejercen España y Francia sobre Vasconia se ha expresado de forma "clara y distinta" en estas actuaciones. El totalitarismo ha ejecutado de forma radical la aniquilación de quienes se oponen al mismo.
Se puede, y se debe, protestar en la calle y con voz muy alta, pero pienso que sobre todo es momento de volver a plantear la urgente necesidad de alejarnos cuanto antes del Estado que practica tales desmanes. La constitución de la República de Navarra, como Estado en Europa y en el mundo, aparece como condición necesaria para que nuestro pueblo acceda a una situación democrática. La cultura política de la única estructura política soberana creado por los vascos, el reino de Navarra, es una base firme para su construcción.
La democracia exige que nos vayamos ya, y nuestra dignidad también.
Para quienes hemos defendido desde hace mucho tiempo la tesis de la radical ausencia de democracia en el actual régimen político que impera en el Estado español, legítimo sucesor del franquismo, esta sentencia ejecutada sin ser conocida no supone una gran sorpresa.
Todas las circunstancias que rodean el hecho corroboran la tesis y la amplian. A la falta de pruebas y al conjunto de anomalías que presidieron los meses de juicio se une la actuación final. En su conjunto, la farsa expresa con claridad la estructura profunda del Estado español. No se trata sólo de la sumisión de su "poder judicial" al "ejecutivo" que es realmente policiaco; se trata de algo más profundo: su carácter totalitario.
Se ha afirmado que el imperialismo es especie del totalitarismo. El imperialismo que desde siglos ejercen España y Francia sobre Vasconia se ha expresado de forma "clara y distinta" en estas actuaciones. El totalitarismo ha ejecutado de forma radical la aniquilación de quienes se oponen al mismo.
Se puede, y se debe, protestar en la calle y con voz muy alta, pero pienso que sobre todo es momento de volver a plantear la urgente necesidad de alejarnos cuanto antes del Estado que practica tales desmanes. La constitución de la República de Navarra, como Estado en Europa y en el mundo, aparece como condición necesaria para que nuestro pueblo acceda a una situación democrática. La cultura política de la única estructura política soberana creado por los vascos, el reino de Navarra, es una base firme para su construcción.
La democracia exige que nos vayamos ya, y nuestra dignidad también.
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11 noviembre 2007
NAVARRA COMO PARADIGMA
Se entiende como "paradigma" un modelo capaz de explicar de forma sencilla una realidad verificada tanto en el campo de las ciencias físicas y biológicas como sociales.
El modelo que construyeron Copérnico y Galileo en los siglos XVI y XVII, con el Sol en posición central y los planetas girando en su entorno, permitía explicar de forma mejor y más sencilla los hechos que observaban los astrónomos que las visiones que proponían a la Tierra como centro del universo. Eso es un paradigma en el campo de la astronomía.
El modelo de evolución de las especies mediante selección natural postulado por Darwin y Wallace en el siglo XIX, completado por las investigaciones de su contemporáneo Mendel, permitió generar en el siglo XX el paradigma que actualmente nos permite explicar y comprender la evolución de la vida en nuestro planeta de modo más adecuado y completo que las visiones creacionistas basadas en las narraciones bíblicas y en textos de otras religiones o en planteamientos evolucionistas menos elaborados, como eran los de Lamarck.
En la perspectiva de las ciencias sociales se adoptan modelos como son los conceptos de “revolución neolítica”, “revolución industrial”, "revolución científico-técnica", “sociedad del conocimiento” o "globalización" que permiten una explicación mejor de las etapas por las que ha pasado el desarrollo de la humanidad que unas simples perspectivas cronológicas que relatan exclusivamente historias de reyes, batallas y conquistas.
Para la comprensión de la realidad histórica de nuestro país se han construido fundamentalmente tres modelos. Estos tres paradigmas se pueden resumir como el "foral”, el “bizkaitarra” y el “navarro”.
El “paradigma foral” es el primero desde el punto de vista cronológico. Es el que presenta, por una parte, las primitivas relaciones entre el reino de Castilla y las Provincias como “pactadas” y, por otra, con el reino tras la conquista, como una “incorporación aequae principal”, es decir de igual a igual, también “pactada”. Desde la perspectiva de las Provincias Vascongadas un importante representante, ya en el siglo XVI, de esta visión es Esteban de Garibay. También lo es Manuel Larramendi en el XVIII, así como todo el pensamiento de la tradición carlista en los siglos XIX y XX.
El segundo, que surge tras las derrotas en las guerras carlistas, es el “paradigma bizkaitarra o aranista”. Arana Goiri, consciente de los movimientos nacionalistas en la Europa de su época, no rechaza el modelo foral pero lo supera con una visión “nacional” que lo incluye. Arana, desde una perspectiva bizkaitarra y con escasa reflexión sobre la realidad navarra da, no obstante, un paso de gigante: los vascos no somos españoles ni franceses, somos sencillamente vascos y tenemos derecho a nuestra independencia, a nuestro Estado propio.
El tercero, intuido desde la etapa de la Primera Guerra Carlista, se reformula hoy en día con más precisión y es el que podemos denominar como “paradigma navarro”. Ya Xaho, durante dicha guerra, percibió o intuyó, a través de su libro “Viaje a Navarra durante la insurrección de los vascos” (1865), la centralidad absoluta de Navarra en Vasconia.
Desde que Anacleto de Ortueta escribiera su obra, ya clásica, “Nabarra y la unidad política vasca” (1931) ha llovido mucho. Con la publicación de “La Navarra marítima” de Urzainqui y Olaizola (1998), se retomó con más fuerza y claridad la idea ya expresada por Ortueta. En el intervalo, casi 70 años de “travesía del desierto”: la guerra de 1936-39, la dictadura del general Franco y su régimen, para culminar con la “seudotransición” que no supo, o no quiso, dar carpetazo al fascismo vencedor de aquella guerra. Como un importante oasis en esta larga travesía se manifiesta la obra de Federico Krutwig (1962) quien con la mirada puesta en la “Gran Vasconia” constató su plena coincidencia con la máxima extensión del reino navarro.
Hasta el primer tercio del siglo XX, fue la parte de Navarra que conservaba su referencia nominal al Estado independiente de los vascos quien llevó la voz cantante en las reivindicaciones políticas de la Vasconia ibérica frente al Estado español. La “intelligentsia” hispana pronto se percató de la trascendencia política de la realidad y alcance de Navarra y, tras los episodios bélicos del siglo XIX y la famosa “Gamazada” de su final, decidió la necesidad de neutralizar las veleidades emancipadoras de Navarra. Para ello utilizó infinidad de medios: legales, paralegales e ilegales, pero todos ellos ilegítimos. Comenzó con Víctor Pradera, siguió con Raimundo García (“Garcilaso”), de triste memoria, en los prolegómenos y consecución del “Glorioso Alzamiento” de 1936 y tuvo su consecuencia lógica en la política actual de Upn a la que, de inmediato, se sometió el PsoE. En todos ellos la “razón de Estado" (español, obviamente) se impuso con claridad. Sus intereses objetivos se manifestaron en la política diaria.
Todo ello fue añadido a que la actividad de estos personajes del primer tercio del siglo XX se desarrollaba sobre una sociedad con graves carencias y limitaciones, consecuencia del esfuerzo bélico del siglo anterior: muertes, exilio, emigración masiva, empobrecimiento y en un proceso profundo de postración y decadencia. En resumen, sobre una sociedad inerme.
La vitalidad de la sociedad que vive en el territorio de la actual “Alta Navarra” comenzó a renacer en los años 60 del pasado siglo y durante los últimos años de la vida del dictador Franco daba importantes signos de fortaleza e inconformismo. Tras su muerte, en cama, la maquinaria de integración puso sus motores al máximo de revoluciones. Se aprovechó también de los favores que sus “enemigos” les ofrecían en bandeja. Como ejemplo fundamental tenemos la famosa disposición “Transitoria Cuarta” de la Constitución española. El planteamiento de “incorporación de ‘Navarra’ a ‘Euskadi’” no se podía haber hecho de forma más torpe, suponiendo que lo hubieran redactado quienes pretendían la unificación e independencia de Vasconia.
La simple pretensión de “incorporar” la parte simbólica, política, territorial, histórica y, hasta muy poco tiempo atrás, demográficamente más importante del país, el “reino”, al resto del país, hasta ese momento denominado como “las Provincias”, resultaba un planteamiento, cuando menos, poco oportuno y con nulas posibilidades de prosperar en el territorio sudpirenáico denominado como Navarra. Todo ello, además bajo un nombre, Euzkadi, rechazado casi desde su invención por Arana Goiri, por personlidades como Arturo Campión. En este sentido conviene recordar sus artículos publicados en la Revista Internacional de Estudios Vascos en 1907.
Navarra ha sido la única organización política independiente y soberana de Vasconia, ha sido realmente el “Estado de los vascos”. Euskal Herria es la denominación del país, como pueblo, en relación con su lengua y cultura, pero su nombre político es Navarra. Resulta muy triste que las más altas instancias de la parte occidental de nuestro país, conocido históricamente como “Vascongadas” y hoy como CAV, cuando desde España se les afirma que “los vascos nunca han tenido un Estado”, callen. ¿No lo saben? ¿no quieren saberlo? ¿no les interesa?. La primera opción tiene fácil arreglo: accedan una visión más rigurosa de nuestra historia; la segunda y la tercera tienen más trascendencia y llevan a pensar, sin malicia, que la independencia del país, su acceso a sujeto político a nivel internacional, como Italia, Portugal u Holanda, no les interesa. Y eso, en mi opinión, es muy grave.
Los actuales regimenes políticos español y francés están basados, entre otros factores, en la conquista y ocupación de las naciones que hoy están dentro de sus fronteras: Occitania, Catalunya, Bretaña, Córcega, Vasconia... han sido conquistadas en diversos y complejos procesos históricos que no es el momento de evocar aquí. Únicamente recordaremos el último episodio de la conquista de la Navarra sudpirenáica por Castilla-España, cuyo 500 aniversario se conmemorará en 2012.
En resumen, Navarra es un paradigma capaz de explicar y permitirnos la comprensión de muchos hechos que son realidades actualmente. En este sentido se pueden aportar como consideraciones importantes:
1.- Sin la existencia del reino de Navarra es muy probable que el Sistema foral vasco, tal y como se presentaba a finales del siglo XVIII, no hubiera existido o lo hubiera hecho de forma diferente y empobrecida.
2.- La presencia del reino permitió el mantenimiento de una sociedad vasca viva y con un fuerte sentido de pertenencia, prevaleciendo sobre las fronteras impuestas por las monarquías española y francesa primero y los estados español y francés más tarde; sociedad y pueblo reconocidos en cualquier instancia internacional, tanto científica como cultural, social e incluso política.
3.- El euskera como lengua viva, también con gran probabilidad, no hubiera superado el tránsito a la modernidad sin la existencia del Estado navarro. Sirva como ejemplo la traducción del Nuevo Testamento al euskera encargado por la reina de Navarra Juana de Albret en 1571 a "Jean de Liçarrague de Briscous" (Ioannes Leizarraga).
4.- Parece difícil que sin la existencia histórica de Navarra, como entidad política independiente, Arana Goiri hubiera establecido su planteamiento político nacional con la radicalidad que lo hizo. Asímismo pienso también que es muy probable que sin Arana Goiri no se hubiera llegado a concretar el paradigma navarro con la profundidad que se realiza actualmente.
Navarra, además, opino que nos permite plantear la perspectiva próxima de la realidad de un Estado vasco como instrumento que constituya, por una parte, la vía democrática para la normalización política de nuestra sociedad y para que, por otra, nuestro pueblo acceda a ser sujeto político en Europa y en el mundo. Y que, de este modo, a través del desarrollo pleno de sus potencialidades, pueda colaborar a la construcción de un planeta justo,sostenible y solidario.
El modelo que construyeron Copérnico y Galileo en los siglos XVI y XVII, con el Sol en posición central y los planetas girando en su entorno, permitía explicar de forma mejor y más sencilla los hechos que observaban los astrónomos que las visiones que proponían a la Tierra como centro del universo. Eso es un paradigma en el campo de la astronomía.
El modelo de evolución de las especies mediante selección natural postulado por Darwin y Wallace en el siglo XIX, completado por las investigaciones de su contemporáneo Mendel, permitió generar en el siglo XX el paradigma que actualmente nos permite explicar y comprender la evolución de la vida en nuestro planeta de modo más adecuado y completo que las visiones creacionistas basadas en las narraciones bíblicas y en textos de otras religiones o en planteamientos evolucionistas menos elaborados, como eran los de Lamarck.
En la perspectiva de las ciencias sociales se adoptan modelos como son los conceptos de “revolución neolítica”, “revolución industrial”, "revolución científico-técnica", “sociedad del conocimiento” o "globalización" que permiten una explicación mejor de las etapas por las que ha pasado el desarrollo de la humanidad que unas simples perspectivas cronológicas que relatan exclusivamente historias de reyes, batallas y conquistas.
Para la comprensión de la realidad histórica de nuestro país se han construido fundamentalmente tres modelos. Estos tres paradigmas se pueden resumir como el "foral”, el “bizkaitarra” y el “navarro”.
El “paradigma foral” es el primero desde el punto de vista cronológico. Es el que presenta, por una parte, las primitivas relaciones entre el reino de Castilla y las Provincias como “pactadas” y, por otra, con el reino tras la conquista, como una “incorporación aequae principal”, es decir de igual a igual, también “pactada”. Desde la perspectiva de las Provincias Vascongadas un importante representante, ya en el siglo XVI, de esta visión es Esteban de Garibay. También lo es Manuel Larramendi en el XVIII, así como todo el pensamiento de la tradición carlista en los siglos XIX y XX.
El segundo, que surge tras las derrotas en las guerras carlistas, es el “paradigma bizkaitarra o aranista”. Arana Goiri, consciente de los movimientos nacionalistas en la Europa de su época, no rechaza el modelo foral pero lo supera con una visión “nacional” que lo incluye. Arana, desde una perspectiva bizkaitarra y con escasa reflexión sobre la realidad navarra da, no obstante, un paso de gigante: los vascos no somos españoles ni franceses, somos sencillamente vascos y tenemos derecho a nuestra independencia, a nuestro Estado propio.
El tercero, intuido desde la etapa de la Primera Guerra Carlista, se reformula hoy en día con más precisión y es el que podemos denominar como “paradigma navarro”. Ya Xaho, durante dicha guerra, percibió o intuyó, a través de su libro “Viaje a Navarra durante la insurrección de los vascos” (1865), la centralidad absoluta de Navarra en Vasconia.
Desde que Anacleto de Ortueta escribiera su obra, ya clásica, “Nabarra y la unidad política vasca” (1931) ha llovido mucho. Con la publicación de “La Navarra marítima” de Urzainqui y Olaizola (1998), se retomó con más fuerza y claridad la idea ya expresada por Ortueta. En el intervalo, casi 70 años de “travesía del desierto”: la guerra de 1936-39, la dictadura del general Franco y su régimen, para culminar con la “seudotransición” que no supo, o no quiso, dar carpetazo al fascismo vencedor de aquella guerra. Como un importante oasis en esta larga travesía se manifiesta la obra de Federico Krutwig (1962) quien con la mirada puesta en la “Gran Vasconia” constató su plena coincidencia con la máxima extensión del reino navarro.
Hasta el primer tercio del siglo XX, fue la parte de Navarra que conservaba su referencia nominal al Estado independiente de los vascos quien llevó la voz cantante en las reivindicaciones políticas de la Vasconia ibérica frente al Estado español. La “intelligentsia” hispana pronto se percató de la trascendencia política de la realidad y alcance de Navarra y, tras los episodios bélicos del siglo XIX y la famosa “Gamazada” de su final, decidió la necesidad de neutralizar las veleidades emancipadoras de Navarra. Para ello utilizó infinidad de medios: legales, paralegales e ilegales, pero todos ellos ilegítimos. Comenzó con Víctor Pradera, siguió con Raimundo García (“Garcilaso”), de triste memoria, en los prolegómenos y consecución del “Glorioso Alzamiento” de 1936 y tuvo su consecuencia lógica en la política actual de Upn a la que, de inmediato, se sometió el PsoE. En todos ellos la “razón de Estado" (español, obviamente) se impuso con claridad. Sus intereses objetivos se manifestaron en la política diaria.
Todo ello fue añadido a que la actividad de estos personajes del primer tercio del siglo XX se desarrollaba sobre una sociedad con graves carencias y limitaciones, consecuencia del esfuerzo bélico del siglo anterior: muertes, exilio, emigración masiva, empobrecimiento y en un proceso profundo de postración y decadencia. En resumen, sobre una sociedad inerme.
La vitalidad de la sociedad que vive en el territorio de la actual “Alta Navarra” comenzó a renacer en los años 60 del pasado siglo y durante los últimos años de la vida del dictador Franco daba importantes signos de fortaleza e inconformismo. Tras su muerte, en cama, la maquinaria de integración puso sus motores al máximo de revoluciones. Se aprovechó también de los favores que sus “enemigos” les ofrecían en bandeja. Como ejemplo fundamental tenemos la famosa disposición “Transitoria Cuarta” de la Constitución española. El planteamiento de “incorporación de ‘Navarra’ a ‘Euskadi’” no se podía haber hecho de forma más torpe, suponiendo que lo hubieran redactado quienes pretendían la unificación e independencia de Vasconia.
La simple pretensión de “incorporar” la parte simbólica, política, territorial, histórica y, hasta muy poco tiempo atrás, demográficamente más importante del país, el “reino”, al resto del país, hasta ese momento denominado como “las Provincias”, resultaba un planteamiento, cuando menos, poco oportuno y con nulas posibilidades de prosperar en el territorio sudpirenáico denominado como Navarra. Todo ello, además bajo un nombre, Euzkadi, rechazado casi desde su invención por Arana Goiri, por personlidades como Arturo Campión. En este sentido conviene recordar sus artículos publicados en la Revista Internacional de Estudios Vascos en 1907.
Navarra ha sido la única organización política independiente y soberana de Vasconia, ha sido realmente el “Estado de los vascos”. Euskal Herria es la denominación del país, como pueblo, en relación con su lengua y cultura, pero su nombre político es Navarra. Resulta muy triste que las más altas instancias de la parte occidental de nuestro país, conocido históricamente como “Vascongadas” y hoy como CAV, cuando desde España se les afirma que “los vascos nunca han tenido un Estado”, callen. ¿No lo saben? ¿no quieren saberlo? ¿no les interesa?. La primera opción tiene fácil arreglo: accedan una visión más rigurosa de nuestra historia; la segunda y la tercera tienen más trascendencia y llevan a pensar, sin malicia, que la independencia del país, su acceso a sujeto político a nivel internacional, como Italia, Portugal u Holanda, no les interesa. Y eso, en mi opinión, es muy grave.
Los actuales regimenes políticos español y francés están basados, entre otros factores, en la conquista y ocupación de las naciones que hoy están dentro de sus fronteras: Occitania, Catalunya, Bretaña, Córcega, Vasconia... han sido conquistadas en diversos y complejos procesos históricos que no es el momento de evocar aquí. Únicamente recordaremos el último episodio de la conquista de la Navarra sudpirenáica por Castilla-España, cuyo 500 aniversario se conmemorará en 2012.
En resumen, Navarra es un paradigma capaz de explicar y permitirnos la comprensión de muchos hechos que son realidades actualmente. En este sentido se pueden aportar como consideraciones importantes:
1.- Sin la existencia del reino de Navarra es muy probable que el Sistema foral vasco, tal y como se presentaba a finales del siglo XVIII, no hubiera existido o lo hubiera hecho de forma diferente y empobrecida.
2.- La presencia del reino permitió el mantenimiento de una sociedad vasca viva y con un fuerte sentido de pertenencia, prevaleciendo sobre las fronteras impuestas por las monarquías española y francesa primero y los estados español y francés más tarde; sociedad y pueblo reconocidos en cualquier instancia internacional, tanto científica como cultural, social e incluso política.
3.- El euskera como lengua viva, también con gran probabilidad, no hubiera superado el tránsito a la modernidad sin la existencia del Estado navarro. Sirva como ejemplo la traducción del Nuevo Testamento al euskera encargado por la reina de Navarra Juana de Albret en 1571 a "Jean de Liçarrague de Briscous" (Ioannes Leizarraga).
4.- Parece difícil que sin la existencia histórica de Navarra, como entidad política independiente, Arana Goiri hubiera establecido su planteamiento político nacional con la radicalidad que lo hizo. Asímismo pienso también que es muy probable que sin Arana Goiri no se hubiera llegado a concretar el paradigma navarro con la profundidad que se realiza actualmente.
Navarra, además, opino que nos permite plantear la perspectiva próxima de la realidad de un Estado vasco como instrumento que constituya, por una parte, la vía democrática para la normalización política de nuestra sociedad y para que, por otra, nuestro pueblo acceda a ser sujeto político en Europa y en el mundo. Y que, de este modo, a través del desarrollo pleno de sus potencialidades, pueda colaborar a la construcción de un planeta justo,sostenible y solidario.
06 octubre 2007
NECESITAMOS UN GPS MÁS PRECISO
La histeria que la “hoja de ruta” marcada por Ibarretxe ha desatado en la familia hispana no debería sorprendernos. El nacionalismo español es montaraz, agreste, con querencias a la “asonada”, al golpe de mano, para reconducir las aguas a su cauce. En el Estado español no hay más nación que España, el resto es... silencio.
Los vascos de 2007 vivimos en una situación esquizofrénica por muchas razones. Intentar aclarar cuales son los caminos, tortuosos, violentos y entrecruzados, que nos han conducido al estado actual requiere de un GPS muy preciso. Y ese GPS no puede ser exclusivamente “sincrónico”, es decir basado en un análisis de la situación actual, retrocediendo como mucho a la etapa de la llamada transición (1975-80), sino que debe abarcar en su conjunto la raíz de lo que se conoce como “problema vasco”. Debe incorporar un análisis del largo proceso que desde el siglo XII nos ha conducido al presente.
Si se reconoce que dicho problema es de índole “nacional”, será necesario definir cual es el sujeto de esa “nación”. Es claro que los problemas nacionales surgen cuando una nación es avasallada (conquistada, ocupada etc.) por otra. Normalmente esa relación asimétrica produce la destrucción de la organización propia de la nación sometida, provoca la sustitución, brusca o paulatina, de sus instituciones por las de la dominante. En esas condiciones, ¿se puede admitir como justo el marco “nacional” que define para la “nación dominada” su ocupante?, ¿se puede considerar como “democrática” la estructura jurídico política impuesta, sin el reconocimiento en situación de libertad, por el dominado?
Pienso que considerar como “democrático” el estatus de la dominación y los marcos administrativos determinados por ella es una concesión “no democrática”. Me explico: los derechos de una nación sometida que siempre han sido reivindicados y por los que permanentemente ha luchado, constituyen realmente la “democracia” y, además, no prescriben. Creo que el resto es imperialismo.
En nuestro caso el conflicto profundo procede de algo que los dirigentes de la actual CAV ocultan o pretenden ignorar. Los vascos sí hemos tenido un Estado independiente que fue el reino de Navarra. Cuando en el congreso de los Diputados de España se lo negaron a Ibarretxe al presentar su famoso “Plan”, éste calló, con lo que reconoció implícitamente uno de los supuestos de la nación dominante: afirmar que nunca hemos sido independientes ni existido con personalidad internacional propia ni, por consiguiente, hemos podido ser conquistados.
Precisamente si hoy en día se manifiesta en nuestro pueblo una conciencia nacional con capacidad suficiente para exigir el ejercicio de su poder a través del logro de un Estado propio, es porque éste ha existido durante muchos siglos y ha dejado sus huellas, que en el fondo son elementos constitutivos, a través de su propio modo de asociación y organización, que se ha concretado en las épocas moderna y contemporánea en su cultura jurídico-política propia o Sistema Foral, y permanentemente, en su lengua propia, el euskera.
Una nación dominada no puede sentar sus reivindicaciones exclusivamente en la “legalidad” impuesta y en “no molestar” a sus acólitos. Una nación dominada ha de contar con sus propias fuerzas y las debe organizar para llevar la confrontación al plano real, a la relación de fuerzas sociales. La resolución del conflicto en el nivel institucional es algo que será derivado del anterior. La perspectiva institucional, reitero impuesta, normalmente no es resolutiva, simplemente recoge los frutos de la confrontación en el primer nivel.
Todo lo anterior viene a cuento de un artículo escrito por Ramón Zallo (“Hoja de ruta... con GPS”) publicado por varios medios de comunicación de nuestro país. Con él estoy de acuerdo en algunas cuestiones: en la perspectiva de nuestra realidad postindustrial como sociedad del “conocimiento” y sus requerimientos a nivel internacional y en la exposición de las que el autor denomina como “vías agotadas”, resumidas en el “Pacto de Ajuria Enea”, la “vía Ardanza”, la “pista de Lizarra” o la “tregua con doble mesa” que son, en el fondo y según mi criterio, resultados de una vía estatutaria sometida al sistema unitario.
No estoy de acuerdo con otras. Por ejemplo, con la consideración de que el actual sistema político español corresponde a una “democracia de baja intensidad”. Por el contrario, creo que la perspectiva, reflejada en su Constitución de 1978, de que la soberanía reside en el “conjunto de la nación española” en la que forzosamente nos incluyen, junto con catalanes y gallegos; más bien la invalida como democrática; ni de “alta”, ni de “baja” intensidad.
Tampoco estoy de acuerdo en considerar que “nuestra nación” tiene sus mugas en el actual territorio de la CAV, ni que Ibarretxe sea el “lehendakari” de los vascos. Ibarretxe es el presidente de una Comunidad Autónoma del Reino de España que se rige por un sistema político impuesto y, por lo mismo, no democrático y que, además, no abarca al conjunto de los vascos. Lo que, aun relativizando su valor, no se lo niega en absoluto, sobre todo considerando la virulenta reacción de los paladines de las esencias hispanas ante su propuesta.
No creo que Zallo mencione la fuerza que una sociedad dominada, con conciencia y capacidad de movilización, es capaz de ejercer para lograr su emancipación. El problema fundamental consiste en que no es sólo Zallo quien lo olvida, sino que también lo hacen los partidos que hoy se presentan como las “únicas alternativas” para alcanzar una solución a nuestro conflicto.
Opino que nuestro GPS debe tener más precisión. El indicado por Zallo se aproxima al núcleo, pero pienso que no lo desvela con suficiente profundidad. El hecho nacional vasco no puede supeditarse a las estructuras jurídico-políticas impuestas por las potencias dominantes y su solución, sin olvidarlas, debe retomar el conflicto desde su raíz. A todos nos corresponde obrar en consecuencia.
Los vascos de 2007 vivimos en una situación esquizofrénica por muchas razones. Intentar aclarar cuales son los caminos, tortuosos, violentos y entrecruzados, que nos han conducido al estado actual requiere de un GPS muy preciso. Y ese GPS no puede ser exclusivamente “sincrónico”, es decir basado en un análisis de la situación actual, retrocediendo como mucho a la etapa de la llamada transición (1975-80), sino que debe abarcar en su conjunto la raíz de lo que se conoce como “problema vasco”. Debe incorporar un análisis del largo proceso que desde el siglo XII nos ha conducido al presente.
Si se reconoce que dicho problema es de índole “nacional”, será necesario definir cual es el sujeto de esa “nación”. Es claro que los problemas nacionales surgen cuando una nación es avasallada (conquistada, ocupada etc.) por otra. Normalmente esa relación asimétrica produce la destrucción de la organización propia de la nación sometida, provoca la sustitución, brusca o paulatina, de sus instituciones por las de la dominante. En esas condiciones, ¿se puede admitir como justo el marco “nacional” que define para la “nación dominada” su ocupante?, ¿se puede considerar como “democrática” la estructura jurídico política impuesta, sin el reconocimiento en situación de libertad, por el dominado?
Pienso que considerar como “democrático” el estatus de la dominación y los marcos administrativos determinados por ella es una concesión “no democrática”. Me explico: los derechos de una nación sometida que siempre han sido reivindicados y por los que permanentemente ha luchado, constituyen realmente la “democracia” y, además, no prescriben. Creo que el resto es imperialismo.
En nuestro caso el conflicto profundo procede de algo que los dirigentes de la actual CAV ocultan o pretenden ignorar. Los vascos sí hemos tenido un Estado independiente que fue el reino de Navarra. Cuando en el congreso de los Diputados de España se lo negaron a Ibarretxe al presentar su famoso “Plan”, éste calló, con lo que reconoció implícitamente uno de los supuestos de la nación dominante: afirmar que nunca hemos sido independientes ni existido con personalidad internacional propia ni, por consiguiente, hemos podido ser conquistados.
Precisamente si hoy en día se manifiesta en nuestro pueblo una conciencia nacional con capacidad suficiente para exigir el ejercicio de su poder a través del logro de un Estado propio, es porque éste ha existido durante muchos siglos y ha dejado sus huellas, que en el fondo son elementos constitutivos, a través de su propio modo de asociación y organización, que se ha concretado en las épocas moderna y contemporánea en su cultura jurídico-política propia o Sistema Foral, y permanentemente, en su lengua propia, el euskera.
Una nación dominada no puede sentar sus reivindicaciones exclusivamente en la “legalidad” impuesta y en “no molestar” a sus acólitos. Una nación dominada ha de contar con sus propias fuerzas y las debe organizar para llevar la confrontación al plano real, a la relación de fuerzas sociales. La resolución del conflicto en el nivel institucional es algo que será derivado del anterior. La perspectiva institucional, reitero impuesta, normalmente no es resolutiva, simplemente recoge los frutos de la confrontación en el primer nivel.
Todo lo anterior viene a cuento de un artículo escrito por Ramón Zallo (“Hoja de ruta... con GPS”) publicado por varios medios de comunicación de nuestro país. Con él estoy de acuerdo en algunas cuestiones: en la perspectiva de nuestra realidad postindustrial como sociedad del “conocimiento” y sus requerimientos a nivel internacional y en la exposición de las que el autor denomina como “vías agotadas”, resumidas en el “Pacto de Ajuria Enea”, la “vía Ardanza”, la “pista de Lizarra” o la “tregua con doble mesa” que son, en el fondo y según mi criterio, resultados de una vía estatutaria sometida al sistema unitario.
No estoy de acuerdo con otras. Por ejemplo, con la consideración de que el actual sistema político español corresponde a una “democracia de baja intensidad”. Por el contrario, creo que la perspectiva, reflejada en su Constitución de 1978, de que la soberanía reside en el “conjunto de la nación española” en la que forzosamente nos incluyen, junto con catalanes y gallegos; más bien la invalida como democrática; ni de “alta”, ni de “baja” intensidad.
Tampoco estoy de acuerdo en considerar que “nuestra nación” tiene sus mugas en el actual territorio de la CAV, ni que Ibarretxe sea el “lehendakari” de los vascos. Ibarretxe es el presidente de una Comunidad Autónoma del Reino de España que se rige por un sistema político impuesto y, por lo mismo, no democrático y que, además, no abarca al conjunto de los vascos. Lo que, aun relativizando su valor, no se lo niega en absoluto, sobre todo considerando la virulenta reacción de los paladines de las esencias hispanas ante su propuesta.
No creo que Zallo mencione la fuerza que una sociedad dominada, con conciencia y capacidad de movilización, es capaz de ejercer para lograr su emancipación. El problema fundamental consiste en que no es sólo Zallo quien lo olvida, sino que también lo hacen los partidos que hoy se presentan como las “únicas alternativas” para alcanzar una solución a nuestro conflicto.
Opino que nuestro GPS debe tener más precisión. El indicado por Zallo se aproxima al núcleo, pero pienso que no lo desvela con suficiente profundidad. El hecho nacional vasco no puede supeditarse a las estructuras jurídico-políticas impuestas por las potencias dominantes y su solución, sin olvidarlas, debe retomar el conflicto desde su raíz. A todos nos corresponde obrar en consecuencia.
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03 septiembre 2007
PUEBLO Y PODER
Pueblo y poder, dos cuestiones apasionantes donde las haya, más si van unidas por la copulativa “y”. Cuestiones apasionantes y comprometidas, sobre todo cuando no se pretende hacer un análisis “al uso académico” de los conceptos, sino proporcionar una visión personal y práctica de los mismos, realizada desde el interior mismo del conflicto en que ambos y su relación próxima expresan realidades asimétricas de dominio y de control. Tal es la tarea que se ha propuesto Joseba Ariznabarreta en su último libro “Pueblo y poder” (Zarautz 2007).
La trama del libro se desarrolla según un esquema, en mi opinión, bastante lógico y didáctico. Comienza por la definición de “poder”: “...Denominamos poder a la actividad sostenida de un determinado pueblo en la consecución de sus objetivos. Tal potencia sólo puede ser percibida en acto, en el ejercicio de la misma. Un poder que no se ejerce es un absurdo, una ‘contradictio in terminis’” (página 30)
Sigue por la propia definición de “pueblo”. Ariznabarreta afirma sin ambages que puede haber muchos modos de expresar qué es un pueblo pero que la prueba definitiva, como el viejo Karl Marx decía del flan, es “comérselo”; esto es: “...examinar el acto por el que un pueblo es un pueblo...” y, a continuación,: “...el pueblo, cualquier pueblo, afirma su existencia mediante el ejercicio efectivo del poder –estable o precario, legítimo o ilegítimo- sobre un territorio determinado. El poder no es una característica o propiedad que junto a otras define a un pueblo, sino su constitutivo esencial, lo que le confiere inmediata realidad.” (páginas 35-36), de modo que, según el autor, cuando un grupo humano resigna ese poder inmediatamente deja de ser “pueblo”.
Se podría discutir la importancia del territorio, por lo menos entendido como permanente (cosa que no dice el autor), ya que creo que existen pueblos, como el gitano u otros pueblos nómadas, en los que sí se produce la afirmación y el ejercicio del poder, pero en los que el territorio estable es, en cierto modo, fugaz y secundario.
En cualquier caso, me parece acertado no entrar en el relato de características “objetivas” (lengua, costumbres o cultura en general), sino ir directamente al meollo del asunto, a la capacidad de ejercer como tal, de ser “pueblo”, sobre todo frente a los “otros”, sin proponer definiciones de tipo intelectual, que no son capaces de abarcar su ser en profundidad.
Puede parecer, en cierto modo y desde el punto de vista de la lógica formal, un razonamiento circular, ya que en ambos conceptos el autor utiliza el otro para su definición. No obstante, pienso que del contenido del libro se desprende más bien una perspectiva dialéctica en la que ambos cobran un contenido más profundo, en el ejercicio práctico de su vínculo interno, en las relaciones con los “otros” pueblos.
El siguiente punto del esquema planteado por Ariznabarreta trata de un aspecto que, desde mi punto de vista, parece que el autor lo tiene muy claro y yo no tanto. Me explico: el autor distingue entre sociedades “primitivas”, a las que designa como “indivisas” y sociedades desarrolladas o “escindidas”.
Vayamos por partes: el autor considera que existió una etapa en el desarrollo de las sociedades humanas en las que el poder que los pueblos ejercían era “hacia dentro” de sus propias sociedades y que no tenía como fin la explotación de unos grupos por otros, sino simplemente lograr la cohesión de su conjunto. No soy ni antropólogo ni etnólogo; pienso que bien pudo haber sucedido de la forma cómo nos relata Ariznabarreta, pero creo que se debería dejar una puerta abierta a ulteriores investigaciones y a pensar que en aquellas sociedades también se pudo ejercer “poder” de unas facciones sobre otras. El autor contrapone este tipo de sociedades a las “civilizadas” o “escindidas” en las que un sector utiliza el poder para la dominación de otros del propio grupo. En las sociedades de este segundo modelo, dentro del mismo pueblo se produce ya la clara oposición interna entre quienes detentan el poder y quienes son sujetos pasivos del mismo. Tal “poder” evolucionará hacia el enfrentamiento con otros pueblos y, al final, conducirá al imperialismo.
Al margen del juicio sobre la existencia de un “estado general” primitivo de los pueblos como “sociedades indivisas”, creo que la transición de una sociedad del tipo que el autor designa como “indivisa” a “escindida” debe ser explicada. En mi opinión, según lo que he podido asimilar de mis lecturas y de otros pensamientos recibidos, un punto de inflexión importante se produce con la llamada “revolución neolítica”. El surgimiento de la domesticación de determinados animales y, principalmente, de la agricultura conduce al paso de unas poblaciones cazadoras-recolectoras, básicamente nómadas, a otras sedentarias y al surgimiento de la ciudades. Todo ello constituye una revolución tecnológica y un cambio de modelo asociativo, ambos de primer orden, que implican una cantidad importante de problemas, por supuesto de supervivencia, derivados del crecimiento demográfico, pero sobre todo de control del “excedente” producido gracias a los mismos, necesarios de resolver. Y pienso que es en esta situación cuando surgen las sociedades “escindidas” y todas las consecuencias derivadas que cita Ariznabarreta.
Pienso que en este sentido son muy interesantes las reflexiones que plantea en su clásico “Comunidad y asociación” Ferdinand Tönnies (Barcelona 1979, Ediciones Península) en las que presenta las diferencias entre las sociedades organizadas, basadas en la instrumentalidad y la razón, y las comunidades fundamentales, basadas en el afecto y la emoción.
Antes de analizar las características del poder en las sociedades “escindidas”, Ariznabarreta nos propone una importante distinción entre lo que se conoce como “poder tecnológico” frente a “poder social”. El primero incluye las capacidades científicas y técnicas que permiten a la humanidad “dominar” (término utilizado en la cultura judeo-cristiana) a la “naturaleza”, concebida como realidad “externa” a la sociedad humana. El autor, tras constatar tal distinción, no entra en su análisis, sino que se centra exclusivamente en el “poder social”. Desde mi punto de vista, en las actuales “sociedades de la información” no se puede desdeñar el importantísimo papel que juega el “poder tecnológico”, sobre todo el de las “tecnologías de la información y las comunicaciones”. Sirva Internet como ejemplo fundamental.
A continuación, ya dentro del análisis del “poder social”, el autor distingue la clásica diferenciación entre “poder económico”, “poder ideológico” y “poder social”. Hay muchos autores (Michael Mann, por ejemplo, en “Las fuentes del poder social I”, Madrid 1986, Alianza Universidad) que añaden el “poder militar”. En la lógica de Ariznabarreta, que prima el (poder) “social” sobre el “económico” y el “ideológico”, queda muy clara la indistinción entre “poder social” y “poder militar”. Creo no equivocarme al pensar que el autor interpreta la frase atribuida a Von Clausewitz de que “la política es la guerra seguida por otros medios”, también en su sentido inverso como que “la guerra es la política seguida por otros medios”. En cualquier caso asimila “poder social” a “poder político”.
En la obra de Ariznabarreta hay una asociación constante entre la violencia y el poder. La violencia, para el autor, es un continuo entre su uso mas descarnado, como sería la guerra, y su expresión “amable” como amenaza de quien detenta el poder sobre quienes se muestran “rebeldes” al mismo, y que se expresa en intimidaciones, multas, juicios, prisión etc.
Un aspecto importante del libro comentado consiste en la reflexión que efectúa sobre la necesidad de legitimación que tiene cualquier poder constituido, sobre todo en las “sociedades escindidas”. Es evidente que la “sola violencia” no es suficiente para legitimar una situación de “poder social”. Serían necesarios ingentes efectivos de control que, al final, provocarían, según mi opinión, tales desajustes globales que llevarían al colapso social. Aquí el autor reflexiona, pienso que con buen criterio, sobre los medios “tranquilos”, como son la propaganda, el “consenso” y, en general, el “ocultamiento” de los métodos violentos de represión.
En este punto de la exposición, opino que puede ser interesante considerar la “solidaridad nacional”, efecto objetivo de la dominación imperial-colonial sobre las naciones sometidas y sus beneficios derivados, que un estado constituido puede ofrecer, y de hecho ofrece si es imperialista, a sus connacionales sin más contraprestación que el reconocimiento de su “legitimidad”.
Resulta de gran interés la reflexión que realiza el autor sobre “el estado”. Recuerda aquella famosa y clásica frase de “El nuevo Ídolo”, en “Así hablaba Zaratustra”, de Friedrich Nietzsche:
“Voy a hablaros de la muerte de los pueblos. De todos los monstruos fríos el más frío es el estado. Miente fríamente y he aquí la mentira que sale de su boca: ’Yo, el estado, soy el pueblo’ ¡Mentira!...”
Ariznabarreta considera que el estado ha sido la gran desgracia que le ha acontecido a la humanidad. Lo cual pienso que puede ser verdad, pero lo que también es cierto es que está ahí, y él lo reconoce, y eso exige que cualquier pueblo que quiera sobrevivir en nuestro mundo necesita tener el suyo y eso también lo expresa claramente el autor. Estimo que son dos niveles de análisis distintos: el segundo expresa una necesidad imperiosa para Vasconia, o para cualquier otro pueblo sometido, en los umbrales del siglo XXI, de “disfrutar” de su propio estado; mientras que el primero se debe plantear cronológicamente después y en solidaridad con el resto de sociedades del mundo. En cualquier caso es positivo el tenerlo siempre presente, aunque sólo sea como alarma frente a la tiranía y el totalitarismo.
Muy incisivo, concreto y acertado resulta el análisis del autor sobre la “práctica política” en nuestro país en los últimos tiempos, desde la etapa de la segunda república española, pasando por la guerra de 1936 y el franquismo, para llegar a la denominada “transición” y a la situación actual. En este punto pienso que siempre hay que distinguir entre quienes toman unas decisiones políticas, los dirigentes, y quienes son su base social. En cualquier sociedad del mundo las adhesiones y apoyos del “pueblo llano” se producen más por actos simbólicos que racionales o intelectuales. En consecuencia, cargar toda la culpa del desastroso proceso que llevaron a cabo los dirigentes de un determinado partido (Pnv, por ejemplo) a “todo” el partido tiene un riesgo evidente y grave: que esa adhesión afectiva y simbólica se sobreponga al análisis racional y que logre el enfrentamiento de sus bases con quienes podemos pensar en lo funesto de su política o, mejor, en la carencia de una política propia. Y, ya es sabido, quien no tiene política o estrategia propias sucumbe indefectiblemente a las de sus contrarios.
Me parecen muy acertados y sugerentes los “cuadernos”, que es como el autor denomina a los “capítulos” de su obra, dedicados al imperialismo y al totalitarismo con los que se cierra el núcleo teórico de la obra comentada.
Un asunto que creo que ha sido y sigue siendo discutible es el papel que Ariznabarreta, siguiendo un posición tradicional en el denominado “nacionalismo vasco”, asigna a la romanización de nuestro pueblo. Pienso que no es real la asimilación que hace de lo “vasco/vascón” a lo “bárbaro”. Los vascos fuimos efectivamente romanizados, pero a un nivel que no supuso la asimilación lingüística, aunque sí hubo préstamos nominales y, tal vez, sintácticos a nuestra lengua; pero también existieron a la inversa. En este sentido, la estructura política principal de los vascos, el reino de Pamplona-Navarra para justificar su legitimidad histórica se basaba en la organización romana (“Códice de Roda”, de 992, citado por Tomás Urzainqui en “Navarra Estado europeo” Pamplona 2003, Pamiela, en su página 137 y siguientes) y muy poco en los visigodos que, por el contrario, dieron soporte ideológico al estado unitario e imperialista leonés y, posteriormente, castellano. Como parece que se ha demostrado tras los reciente descubrimientos de Iruñea-Veleia, sus habitantes seguían siendo euskaldunes, aunque romanizados en costumbres y técnicas.
En todo caso la originalidad del “caso vasco”, con una instalación estable, posiblemente desde el Paleolítico, en el contexto pirenaico y con una profunda adaptación “ecológica” a su entorno físico y biológico que le lleva a la generación de un modo de organización y asociación propio, concretado en el denominado por muchos autores como Derecho Pirenaico”, le otorga unos atributos muy distintos de los que caracterizan a los pueblos “invasores”, procedentes de lo que hoy es la Europa oriental o del Asia central, esos sí, calificados por los romanos como “bárbaros”.
Hay hechos históricos que han tenido mucha importancia sobre nuestro pueblo y que no se citan en el libro. Uno, directo, es el papel de los celtas; otros, indirectos, a través del imperio español, como son las denominadas en su propaganda como “reconquista” y “guerra de la Independencia”. Y, por supuesto no se puede olvidar tampoco, el papel del imperio americano.
Una cuestión en la que el libro me parece confuso es el tratamiento a dado a los textos originales citados en el mismo. Por un lado, en el prólogo, el autor indica que “las citas en inglés no tienen otra finalidad que la de evitar que el lector tenga que confiar en mis pobres dotes de traductor...”. Muchas de las citas en inglés, comenzando por la de la página 25 sobre la “Resolución de Naciones Unidas de 14 de diciembre de 1960”, que se encuentra en menos de dos minutos a través de cualquier buscador en la red en su versión en español, se podían haber evitado. Efectivamente:
“Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación; en virtud de este derecho, determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.”
Para el lector medio tales citas suponen una fuerte traba en la lectura y comprensión del texto. En este sentido, en diversos casos existen traducciones al español de las obras citadas. Así, por ejemplo, en la página 278 cita, y traduce perfectamente, de una obra de Perry Anderson (“Lineages of the Absolutist State”) un párrafo, mientras que en la 280 cita otro, próximo al anterior, pero aquí sin traducir, cuando existe una versión en español de dicha obra: “El Estado absolutista” (Madrid 1979, Siglo XXI, páginas 56 y 60) en la que se encuentran ambas.
Semejante cuestión sucede con la cita en inglés, en la página 221, del abate Sieyes, de una obra de la que existe traducción directa del francés al español: “El tercer estado y otros escritos de 1789”. (Madrid 1991, Espasa Calpe) en la que la cita se encuentra en su página 212. También aparecen demasiados textos en latín, que para los lectores que no conocen en absoluto esta lengua clásica, resultan difíciles y, que al igual que los ingleses, pueden provocar rechazo y posiblemente, el abandono de su lectura. El “exceso” de notas a pie de página puede producir pavor, así mismo, a lectores no familiarizados con textos académicos. Hubiera sido preferible, en mi opinión, agruparlas al final para permitir una lectura más fluida a quien no busca el aparato crítico. Me parece un libro de lectura apropiada para personas habitualmente acostumbradas a obras sociológicas, políticas o históricas y no únicamente a “best sellers”.
Pienso que la obra es muy interesante y sugestiva. Aporta mucho de lo que el autor indica en su subtítulo “Cuadernos para la reconstrucción de la razón” (“razón política”, añadiría yo), de los que tan carentes estamos desde hace ya mucho tiempo. Puede servir de base para un debate intelectual serio sobre nuestra triste realidad actual, en la que dicha “razón política” parece brillar por su ausencia.
Lo considero como libro de lectura obligada para quienes estén interesados en la evolución política de Euskal Herria y sus perspectivas en nuestra conflictiva realidad actual y, sobre todo, para aquellas personas que consideran que nuestro presente y futuro próximo se encuentran asociados a la (re)construcción del único estado que hemos tenido los vascos: Navarra.
La trama del libro se desarrolla según un esquema, en mi opinión, bastante lógico y didáctico. Comienza por la definición de “poder”: “...Denominamos poder a la actividad sostenida de un determinado pueblo en la consecución de sus objetivos. Tal potencia sólo puede ser percibida en acto, en el ejercicio de la misma. Un poder que no se ejerce es un absurdo, una ‘contradictio in terminis’” (página 30)
Sigue por la propia definición de “pueblo”. Ariznabarreta afirma sin ambages que puede haber muchos modos de expresar qué es un pueblo pero que la prueba definitiva, como el viejo Karl Marx decía del flan, es “comérselo”; esto es: “...examinar el acto por el que un pueblo es un pueblo...” y, a continuación,: “...el pueblo, cualquier pueblo, afirma su existencia mediante el ejercicio efectivo del poder –estable o precario, legítimo o ilegítimo- sobre un territorio determinado. El poder no es una característica o propiedad que junto a otras define a un pueblo, sino su constitutivo esencial, lo que le confiere inmediata realidad.” (páginas 35-36), de modo que, según el autor, cuando un grupo humano resigna ese poder inmediatamente deja de ser “pueblo”.
Se podría discutir la importancia del territorio, por lo menos entendido como permanente (cosa que no dice el autor), ya que creo que existen pueblos, como el gitano u otros pueblos nómadas, en los que sí se produce la afirmación y el ejercicio del poder, pero en los que el territorio estable es, en cierto modo, fugaz y secundario.
En cualquier caso, me parece acertado no entrar en el relato de características “objetivas” (lengua, costumbres o cultura en general), sino ir directamente al meollo del asunto, a la capacidad de ejercer como tal, de ser “pueblo”, sobre todo frente a los “otros”, sin proponer definiciones de tipo intelectual, que no son capaces de abarcar su ser en profundidad.
Puede parecer, en cierto modo y desde el punto de vista de la lógica formal, un razonamiento circular, ya que en ambos conceptos el autor utiliza el otro para su definición. No obstante, pienso que del contenido del libro se desprende más bien una perspectiva dialéctica en la que ambos cobran un contenido más profundo, en el ejercicio práctico de su vínculo interno, en las relaciones con los “otros” pueblos.
El siguiente punto del esquema planteado por Ariznabarreta trata de un aspecto que, desde mi punto de vista, parece que el autor lo tiene muy claro y yo no tanto. Me explico: el autor distingue entre sociedades “primitivas”, a las que designa como “indivisas” y sociedades desarrolladas o “escindidas”.
Vayamos por partes: el autor considera que existió una etapa en el desarrollo de las sociedades humanas en las que el poder que los pueblos ejercían era “hacia dentro” de sus propias sociedades y que no tenía como fin la explotación de unos grupos por otros, sino simplemente lograr la cohesión de su conjunto. No soy ni antropólogo ni etnólogo; pienso que bien pudo haber sucedido de la forma cómo nos relata Ariznabarreta, pero creo que se debería dejar una puerta abierta a ulteriores investigaciones y a pensar que en aquellas sociedades también se pudo ejercer “poder” de unas facciones sobre otras. El autor contrapone este tipo de sociedades a las “civilizadas” o “escindidas” en las que un sector utiliza el poder para la dominación de otros del propio grupo. En las sociedades de este segundo modelo, dentro del mismo pueblo se produce ya la clara oposición interna entre quienes detentan el poder y quienes son sujetos pasivos del mismo. Tal “poder” evolucionará hacia el enfrentamiento con otros pueblos y, al final, conducirá al imperialismo.
Al margen del juicio sobre la existencia de un “estado general” primitivo de los pueblos como “sociedades indivisas”, creo que la transición de una sociedad del tipo que el autor designa como “indivisa” a “escindida” debe ser explicada. En mi opinión, según lo que he podido asimilar de mis lecturas y de otros pensamientos recibidos, un punto de inflexión importante se produce con la llamada “revolución neolítica”. El surgimiento de la domesticación de determinados animales y, principalmente, de la agricultura conduce al paso de unas poblaciones cazadoras-recolectoras, básicamente nómadas, a otras sedentarias y al surgimiento de la ciudades. Todo ello constituye una revolución tecnológica y un cambio de modelo asociativo, ambos de primer orden, que implican una cantidad importante de problemas, por supuesto de supervivencia, derivados del crecimiento demográfico, pero sobre todo de control del “excedente” producido gracias a los mismos, necesarios de resolver. Y pienso que es en esta situación cuando surgen las sociedades “escindidas” y todas las consecuencias derivadas que cita Ariznabarreta.
Pienso que en este sentido son muy interesantes las reflexiones que plantea en su clásico “Comunidad y asociación” Ferdinand Tönnies (Barcelona 1979, Ediciones Península) en las que presenta las diferencias entre las sociedades organizadas, basadas en la instrumentalidad y la razón, y las comunidades fundamentales, basadas en el afecto y la emoción.
Antes de analizar las características del poder en las sociedades “escindidas”, Ariznabarreta nos propone una importante distinción entre lo que se conoce como “poder tecnológico” frente a “poder social”. El primero incluye las capacidades científicas y técnicas que permiten a la humanidad “dominar” (término utilizado en la cultura judeo-cristiana) a la “naturaleza”, concebida como realidad “externa” a la sociedad humana. El autor, tras constatar tal distinción, no entra en su análisis, sino que se centra exclusivamente en el “poder social”. Desde mi punto de vista, en las actuales “sociedades de la información” no se puede desdeñar el importantísimo papel que juega el “poder tecnológico”, sobre todo el de las “tecnologías de la información y las comunicaciones”. Sirva Internet como ejemplo fundamental.
A continuación, ya dentro del análisis del “poder social”, el autor distingue la clásica diferenciación entre “poder económico”, “poder ideológico” y “poder social”. Hay muchos autores (Michael Mann, por ejemplo, en “Las fuentes del poder social I”, Madrid 1986, Alianza Universidad) que añaden el “poder militar”. En la lógica de Ariznabarreta, que prima el (poder) “social” sobre el “económico” y el “ideológico”, queda muy clara la indistinción entre “poder social” y “poder militar”. Creo no equivocarme al pensar que el autor interpreta la frase atribuida a Von Clausewitz de que “la política es la guerra seguida por otros medios”, también en su sentido inverso como que “la guerra es la política seguida por otros medios”. En cualquier caso asimila “poder social” a “poder político”.
En la obra de Ariznabarreta hay una asociación constante entre la violencia y el poder. La violencia, para el autor, es un continuo entre su uso mas descarnado, como sería la guerra, y su expresión “amable” como amenaza de quien detenta el poder sobre quienes se muestran “rebeldes” al mismo, y que se expresa en intimidaciones, multas, juicios, prisión etc.
Un aspecto importante del libro comentado consiste en la reflexión que efectúa sobre la necesidad de legitimación que tiene cualquier poder constituido, sobre todo en las “sociedades escindidas”. Es evidente que la “sola violencia” no es suficiente para legitimar una situación de “poder social”. Serían necesarios ingentes efectivos de control que, al final, provocarían, según mi opinión, tales desajustes globales que llevarían al colapso social. Aquí el autor reflexiona, pienso que con buen criterio, sobre los medios “tranquilos”, como son la propaganda, el “consenso” y, en general, el “ocultamiento” de los métodos violentos de represión.
En este punto de la exposición, opino que puede ser interesante considerar la “solidaridad nacional”, efecto objetivo de la dominación imperial-colonial sobre las naciones sometidas y sus beneficios derivados, que un estado constituido puede ofrecer, y de hecho ofrece si es imperialista, a sus connacionales sin más contraprestación que el reconocimiento de su “legitimidad”.
Resulta de gran interés la reflexión que realiza el autor sobre “el estado”. Recuerda aquella famosa y clásica frase de “El nuevo Ídolo”, en “Así hablaba Zaratustra”, de Friedrich Nietzsche:
“Voy a hablaros de la muerte de los pueblos. De todos los monstruos fríos el más frío es el estado. Miente fríamente y he aquí la mentira que sale de su boca: ’Yo, el estado, soy el pueblo’ ¡Mentira!...”
Ariznabarreta considera que el estado ha sido la gran desgracia que le ha acontecido a la humanidad. Lo cual pienso que puede ser verdad, pero lo que también es cierto es que está ahí, y él lo reconoce, y eso exige que cualquier pueblo que quiera sobrevivir en nuestro mundo necesita tener el suyo y eso también lo expresa claramente el autor. Estimo que son dos niveles de análisis distintos: el segundo expresa una necesidad imperiosa para Vasconia, o para cualquier otro pueblo sometido, en los umbrales del siglo XXI, de “disfrutar” de su propio estado; mientras que el primero se debe plantear cronológicamente después y en solidaridad con el resto de sociedades del mundo. En cualquier caso es positivo el tenerlo siempre presente, aunque sólo sea como alarma frente a la tiranía y el totalitarismo.
Muy incisivo, concreto y acertado resulta el análisis del autor sobre la “práctica política” en nuestro país en los últimos tiempos, desde la etapa de la segunda república española, pasando por la guerra de 1936 y el franquismo, para llegar a la denominada “transición” y a la situación actual. En este punto pienso que siempre hay que distinguir entre quienes toman unas decisiones políticas, los dirigentes, y quienes son su base social. En cualquier sociedad del mundo las adhesiones y apoyos del “pueblo llano” se producen más por actos simbólicos que racionales o intelectuales. En consecuencia, cargar toda la culpa del desastroso proceso que llevaron a cabo los dirigentes de un determinado partido (Pnv, por ejemplo) a “todo” el partido tiene un riesgo evidente y grave: que esa adhesión afectiva y simbólica se sobreponga al análisis racional y que logre el enfrentamiento de sus bases con quienes podemos pensar en lo funesto de su política o, mejor, en la carencia de una política propia. Y, ya es sabido, quien no tiene política o estrategia propias sucumbe indefectiblemente a las de sus contrarios.
Me parecen muy acertados y sugerentes los “cuadernos”, que es como el autor denomina a los “capítulos” de su obra, dedicados al imperialismo y al totalitarismo con los que se cierra el núcleo teórico de la obra comentada.
Un asunto que creo que ha sido y sigue siendo discutible es el papel que Ariznabarreta, siguiendo un posición tradicional en el denominado “nacionalismo vasco”, asigna a la romanización de nuestro pueblo. Pienso que no es real la asimilación que hace de lo “vasco/vascón” a lo “bárbaro”. Los vascos fuimos efectivamente romanizados, pero a un nivel que no supuso la asimilación lingüística, aunque sí hubo préstamos nominales y, tal vez, sintácticos a nuestra lengua; pero también existieron a la inversa. En este sentido, la estructura política principal de los vascos, el reino de Pamplona-Navarra para justificar su legitimidad histórica se basaba en la organización romana (“Códice de Roda”, de 992, citado por Tomás Urzainqui en “Navarra Estado europeo” Pamplona 2003, Pamiela, en su página 137 y siguientes) y muy poco en los visigodos que, por el contrario, dieron soporte ideológico al estado unitario e imperialista leonés y, posteriormente, castellano. Como parece que se ha demostrado tras los reciente descubrimientos de Iruñea-Veleia, sus habitantes seguían siendo euskaldunes, aunque romanizados en costumbres y técnicas.
En todo caso la originalidad del “caso vasco”, con una instalación estable, posiblemente desde el Paleolítico, en el contexto pirenaico y con una profunda adaptación “ecológica” a su entorno físico y biológico que le lleva a la generación de un modo de organización y asociación propio, concretado en el denominado por muchos autores como Derecho Pirenaico”, le otorga unos atributos muy distintos de los que caracterizan a los pueblos “invasores”, procedentes de lo que hoy es la Europa oriental o del Asia central, esos sí, calificados por los romanos como “bárbaros”.
Hay hechos históricos que han tenido mucha importancia sobre nuestro pueblo y que no se citan en el libro. Uno, directo, es el papel de los celtas; otros, indirectos, a través del imperio español, como son las denominadas en su propaganda como “reconquista” y “guerra de la Independencia”. Y, por supuesto no se puede olvidar tampoco, el papel del imperio americano.
Una cuestión en la que el libro me parece confuso es el tratamiento a dado a los textos originales citados en el mismo. Por un lado, en el prólogo, el autor indica que “las citas en inglés no tienen otra finalidad que la de evitar que el lector tenga que confiar en mis pobres dotes de traductor...”. Muchas de las citas en inglés, comenzando por la de la página 25 sobre la “Resolución de Naciones Unidas de 14 de diciembre de 1960”, que se encuentra en menos de dos minutos a través de cualquier buscador en la red en su versión en español, se podían haber evitado. Efectivamente:
“Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación; en virtud de este derecho, determinan libremente su condición política y persiguen libremente su desarrollo económico, social y cultural.”
Para el lector medio tales citas suponen una fuerte traba en la lectura y comprensión del texto. En este sentido, en diversos casos existen traducciones al español de las obras citadas. Así, por ejemplo, en la página 278 cita, y traduce perfectamente, de una obra de Perry Anderson (“Lineages of the Absolutist State”) un párrafo, mientras que en la 280 cita otro, próximo al anterior, pero aquí sin traducir, cuando existe una versión en español de dicha obra: “El Estado absolutista” (Madrid 1979, Siglo XXI, páginas 56 y 60) en la que se encuentran ambas.
Semejante cuestión sucede con la cita en inglés, en la página 221, del abate Sieyes, de una obra de la que existe traducción directa del francés al español: “El tercer estado y otros escritos de 1789”. (Madrid 1991, Espasa Calpe) en la que la cita se encuentra en su página 212. También aparecen demasiados textos en latín, que para los lectores que no conocen en absoluto esta lengua clásica, resultan difíciles y, que al igual que los ingleses, pueden provocar rechazo y posiblemente, el abandono de su lectura. El “exceso” de notas a pie de página puede producir pavor, así mismo, a lectores no familiarizados con textos académicos. Hubiera sido preferible, en mi opinión, agruparlas al final para permitir una lectura más fluida a quien no busca el aparato crítico. Me parece un libro de lectura apropiada para personas habitualmente acostumbradas a obras sociológicas, políticas o históricas y no únicamente a “best sellers”.
Pienso que la obra es muy interesante y sugestiva. Aporta mucho de lo que el autor indica en su subtítulo “Cuadernos para la reconstrucción de la razón” (“razón política”, añadiría yo), de los que tan carentes estamos desde hace ya mucho tiempo. Puede servir de base para un debate intelectual serio sobre nuestra triste realidad actual, en la que dicha “razón política” parece brillar por su ausencia.
Lo considero como libro de lectura obligada para quienes estén interesados en la evolución política de Euskal Herria y sus perspectivas en nuestra conflictiva realidad actual y, sobre todo, para aquellas personas que consideran que nuestro presente y futuro próximo se encuentran asociados a la (re)construcción del único estado que hemos tenido los vascos: Navarra.
29 agosto 2007
CÓMO DIVULGAR (BIEN) LA SELECCIÓN NATURAL
La teoría de la evolución de los seres vivos es evidentemente anterior a Charles Darwin. Sin apartarnos de su familia, su abuelo Erasmus ya planteó una aproximación bastante seria a la misma. El principal aporte previo a Darwin lo constituye el del naturalista francés de principios del siglo XIX Jean-Baptiste Lamark.
Para cuando entre los años 1831 y 1836, Darwin realizó el viaje en torno al mundo, viaje que marcaría su destino y el de la Biología como ciencia, en el Beagle, la evolución de los seres vivos era un dato adquirido para una parte importante de los ámbitos científicos.
La gran aportación de Darwin fue la del descubrimiento del “modo” por el cual se produce la evolución, del mecanismo que posibilita que tal hecho ocurra y, en resumen, el que se pueda explicar de forma natural, sin intervención de ningún diseñador externo, la asombrosa variedad de especies que han existido o existen en nuestro Planeta.
Este mecanismo se conoce como “selección natural”. Consiste, aproximadamente, en que cuando un ser vivo sufre una “variación” con relación al resto de los de su especie, si esa alteración es acorde con el entorno en el que vive, está mejor adaptada al mismo, o le permite tener una mayor descendencia con posibilidades de sobrevivir, tal modificación se extenderá en la población de esa especie. Si por el contrario, la “variación” limita sus posibilidades de vida o de reproducción, tal modificación desaparecerá.
Ha habido mucha confusión entre la “selección natural” de Darwin y la “lucha por la existencia” y la “supervivencia de los más aptos”, sobre todo en el ámbito social, con teorías como la de Herbert Spencer a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los conflictos en la naturaleza, sobre todo los que suceden entre los predadores y sus presas, no están sometidos a ninguna ética y pueden parecer, si se me permite el símil antropomórfico “crueles”. Estas cuestiones rozan la “selección natural”, pero no forman su constituyente fundamental.
En efecto, las gacelas tienden a huir de los leones. Generaciones de gacelas corriendo delante de los leones han producido unos animales que, evidentemente, son muy rápidos. El proceso de selección natural no se produce por el hecho de la “brutalidad” (vuelvo al símil antropomórfico) que supone el destrozo de la gacela cazada por el león. La gacela que tenga una variante que le permita correr más y mejor, vivirá más, se apareará más y dejará más descendencia. Su variación habrá sido “adaptativa” y perdurará en su especie. El resultado final es que las gacelas que existen hoy en día... son muy rápidas. Las modificaciones que, en sentido contrario, producen individuos menos adaptados para el entorno de su grupo no prosperan por la misma razón.
Lo que desconocía Darwin era el mecanismo interno que permitía las variaciones, luego llamadas “mutaciones”, y su propagación en la descendencia de los individuos portadores. El mecanismo lo descubrió, en su misma época, un monje agustino centroeuropeo llamado Gregor Mendel. A pesar de ser contemporáneos, Darwin y Mendel se desconocieron; pero la síntesis de ambos planteamientos posibilitó en el siglo XX formar el cuerpo teórico que permitió elevar la Biología a la categoría de Ciencia en el mismo sentido que Copérnico; Galileo y Newton lo hicieron para las ciencias físicas en los siglos XVI y XVII.
Si a estas alturas del artículo queda todavía algún lector con interés en seguir, le indicaré que las breves reflexiones anteriores han sido provocadas por la lectura de un libro que me ha parecido una excelente divulgación de las teorías de la “evolución” y de la “selección natural”. Divulgación muy necesaria, sobre todo a día de hoy en que se escuchan muchas voces que ponen en duda, sin ningún fundamento, los planteamientos de Darwin y de quienes se reclaman de su pensamiento, para volver a posiciones en las que se precisa la intervención de una mente “diseñadora” en cada paso del proceso “evolutivo”. Por no hablar del movimiento “creacionista” que, sobre todo en Estados Unidos, reclama la realidad científica de la creación directa del mundo por Dios, según lo narra el libro del Génesis.
La obra en cuestión se titula “Darwin y el Diseño Inteligente. Creacionismo, Cristianismo y Evolución” (Madrid 2007). Su autor es un eminente biólogo, el profesor Francisco J. Ayala, actualmente profesor del departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de California, en Irving. Está publicado por Alianza Editorial.
El libro me ha parecido una de las mejores aproximaciones divulgativas que conozco a este asunto. Lo he leído con sumo interés y, espero, provecho. Tal vez parezca muy osado hacer de “divulgador” de un asunto en el que no soy especialista, pero precisamente por eso, por no serlo, lo he agradecido mucho y lo quiero compartir. Sirvan estas líneas para “divulgar al divulgador”; por cierto divulgador de primer orden, que es Francisco J. Ayala.
Para cuando entre los años 1831 y 1836, Darwin realizó el viaje en torno al mundo, viaje que marcaría su destino y el de la Biología como ciencia, en el Beagle, la evolución de los seres vivos era un dato adquirido para una parte importante de los ámbitos científicos.
La gran aportación de Darwin fue la del descubrimiento del “modo” por el cual se produce la evolución, del mecanismo que posibilita que tal hecho ocurra y, en resumen, el que se pueda explicar de forma natural, sin intervención de ningún diseñador externo, la asombrosa variedad de especies que han existido o existen en nuestro Planeta.
Este mecanismo se conoce como “selección natural”. Consiste, aproximadamente, en que cuando un ser vivo sufre una “variación” con relación al resto de los de su especie, si esa alteración es acorde con el entorno en el que vive, está mejor adaptada al mismo, o le permite tener una mayor descendencia con posibilidades de sobrevivir, tal modificación se extenderá en la población de esa especie. Si por el contrario, la “variación” limita sus posibilidades de vida o de reproducción, tal modificación desaparecerá.
Ha habido mucha confusión entre la “selección natural” de Darwin y la “lucha por la existencia” y la “supervivencia de los más aptos”, sobre todo en el ámbito social, con teorías como la de Herbert Spencer a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los conflictos en la naturaleza, sobre todo los que suceden entre los predadores y sus presas, no están sometidos a ninguna ética y pueden parecer, si se me permite el símil antropomórfico “crueles”. Estas cuestiones rozan la “selección natural”, pero no forman su constituyente fundamental.
En efecto, las gacelas tienden a huir de los leones. Generaciones de gacelas corriendo delante de los leones han producido unos animales que, evidentemente, son muy rápidos. El proceso de selección natural no se produce por el hecho de la “brutalidad” (vuelvo al símil antropomórfico) que supone el destrozo de la gacela cazada por el león. La gacela que tenga una variante que le permita correr más y mejor, vivirá más, se apareará más y dejará más descendencia. Su variación habrá sido “adaptativa” y perdurará en su especie. El resultado final es que las gacelas que existen hoy en día... son muy rápidas. Las modificaciones que, en sentido contrario, producen individuos menos adaptados para el entorno de su grupo no prosperan por la misma razón.
Lo que desconocía Darwin era el mecanismo interno que permitía las variaciones, luego llamadas “mutaciones”, y su propagación en la descendencia de los individuos portadores. El mecanismo lo descubrió, en su misma época, un monje agustino centroeuropeo llamado Gregor Mendel. A pesar de ser contemporáneos, Darwin y Mendel se desconocieron; pero la síntesis de ambos planteamientos posibilitó en el siglo XX formar el cuerpo teórico que permitió elevar la Biología a la categoría de Ciencia en el mismo sentido que Copérnico; Galileo y Newton lo hicieron para las ciencias físicas en los siglos XVI y XVII.
Si a estas alturas del artículo queda todavía algún lector con interés en seguir, le indicaré que las breves reflexiones anteriores han sido provocadas por la lectura de un libro que me ha parecido una excelente divulgación de las teorías de la “evolución” y de la “selección natural”. Divulgación muy necesaria, sobre todo a día de hoy en que se escuchan muchas voces que ponen en duda, sin ningún fundamento, los planteamientos de Darwin y de quienes se reclaman de su pensamiento, para volver a posiciones en las que se precisa la intervención de una mente “diseñadora” en cada paso del proceso “evolutivo”. Por no hablar del movimiento “creacionista” que, sobre todo en Estados Unidos, reclama la realidad científica de la creación directa del mundo por Dios, según lo narra el libro del Génesis.
La obra en cuestión se titula “Darwin y el Diseño Inteligente. Creacionismo, Cristianismo y Evolución” (Madrid 2007). Su autor es un eminente biólogo, el profesor Francisco J. Ayala, actualmente profesor del departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de California, en Irving. Está publicado por Alianza Editorial.
El libro me ha parecido una de las mejores aproximaciones divulgativas que conozco a este asunto. Lo he leído con sumo interés y, espero, provecho. Tal vez parezca muy osado hacer de “divulgador” de un asunto en el que no soy especialista, pero precisamente por eso, por no serlo, lo he agradecido mucho y lo quiero compartir. Sirvan estas líneas para “divulgar al divulgador”; por cierto divulgador de primer orden, que es Francisco J. Ayala.
27 agosto 2007
MÚSICA Y POLÍTICA
La Quincena Musical constituye la cúspide de los eventos musicales que a lo largo de cada año acontecen en Donostia. El pasado jueves 23 de agosto asistí a un recital de la soprano fiterana María Bayo, incluido en su programación.
Cuando, hace meses, se presentó el programa general y encontré su intervención no dudé en el interés del concierto. En la presentación aparecía, textual y exclusivamente: “obras de G. Bizet, H. Berlioz y selección de zarzuela”.
Una persona amiga, ya me había indicado desde Bilbao sobre la precariedad del programa que María Bayo realizaba en esta temporada. Y, además, de su sesgo político. También conocía algunas críticas desde Catalunya, concretamente del festival de Perelada.
Al llegar al auditorio Kursaal y leer el programa completo, intuí una primera parte interesante y una segunda, en cierto modo, “folklórica”. En efecto, la primera obra del programa era la superclásica, en todos los sentidos del término, “Sinfonía en Do Menor” de George Bizet con orquesta limpia, sin voz. Una preciosidad.
A continuación, dos obras de Berlioz, ahora sí, con María Bayo. La primera, una exquisita aria de la ópera “Béatrice et Bénedict”, creo que maravillosamente cantada; la segunda, un Bolero de “Zaide” que encaja a la perfección en lo que se conoce habitualmente como “españolada” y que, aunque no soy crítico musical sino un simple aficionado, me pareció muy pobre.
En mi opinión, la segunda parte del recital ofreció también un escaso balance, sobre todo desde el punto de vista de la programación seleccionada. La piezas orquestales de Jerónimo Giménez insertas en la primera línea del nacionalismo musical español del siglo XX, los intermedios de “Las Bodas” y “El Baile de Luís Alonso” respectivamente, son fragmentos de una buena factura y agradables de escuchar. Por el contrario, la música de la Obertura de “La Marsellesa” de Ruperto Chapí me pareció fuera de lugar. Obligar al público donostiarra al trágala que supone el escuchar el himno nacional francés y uno de sus cánticos emblemáticos como es el: “Ah ça ira, ça ira, ça ira...” en una pobre orquestación, es muy triste. Por lo que corresponde a las obras cantadas en esta segunda parte... demasiado “folklore” (en el peor sentido de la palabra) también. Posiblemente con la excepción cubana de “Cecilia Valdés”.
Sobre este concierto se me ocurren dos reflexiones que se superponen. Una, puramente musical, en la que aprecio un programa que desmerece tanto de la propia María Bayo, como de la Quincena Musical de Donostia. En este sentido recuerdo un precioso recital en el Victoria Eugenia en el que interpretó los “Cuatro líeder” de Richard Strauss; difícilmente olvidaré la primera ópera que le escuché en el Arriaga bilbaíno, “El Barbero de Sevilla”, y tantas otras a lo largo de su carrera. Recuerdo, también, un recital en el Baluarte de Iruñea con música de zarzuela del siglo XVIII, música española también pero alejada de ese género seudofolklórico que se ha denominado como “españolada”; y bastantes otras.
Cuando se prepara un programa musical no se puede hacer abstracción de la realidad social y política en la que se va a producir el evento. La música española me puede gustar igual que la italiana, checa o vasca, siempre que sea buena. Pero cuando se propone un programa mediocre, y esta es la segunda reflexión, en la que en la actual situación de Vasconia lo único que se enaltece es el nacionalismo, a través de las ya citadas “españoladas”... pues qué quieren que les diga: no me gusta. Y, además, me parece una provocación gratuita.
Cuando, hace meses, se presentó el programa general y encontré su intervención no dudé en el interés del concierto. En la presentación aparecía, textual y exclusivamente: “obras de G. Bizet, H. Berlioz y selección de zarzuela”.
Una persona amiga, ya me había indicado desde Bilbao sobre la precariedad del programa que María Bayo realizaba en esta temporada. Y, además, de su sesgo político. También conocía algunas críticas desde Catalunya, concretamente del festival de Perelada.
Al llegar al auditorio Kursaal y leer el programa completo, intuí una primera parte interesante y una segunda, en cierto modo, “folklórica”. En efecto, la primera obra del programa era la superclásica, en todos los sentidos del término, “Sinfonía en Do Menor” de George Bizet con orquesta limpia, sin voz. Una preciosidad.
A continuación, dos obras de Berlioz, ahora sí, con María Bayo. La primera, una exquisita aria de la ópera “Béatrice et Bénedict”, creo que maravillosamente cantada; la segunda, un Bolero de “Zaide” que encaja a la perfección en lo que se conoce habitualmente como “españolada” y que, aunque no soy crítico musical sino un simple aficionado, me pareció muy pobre.
En mi opinión, la segunda parte del recital ofreció también un escaso balance, sobre todo desde el punto de vista de la programación seleccionada. La piezas orquestales de Jerónimo Giménez insertas en la primera línea del nacionalismo musical español del siglo XX, los intermedios de “Las Bodas” y “El Baile de Luís Alonso” respectivamente, son fragmentos de una buena factura y agradables de escuchar. Por el contrario, la música de la Obertura de “La Marsellesa” de Ruperto Chapí me pareció fuera de lugar. Obligar al público donostiarra al trágala que supone el escuchar el himno nacional francés y uno de sus cánticos emblemáticos como es el: “Ah ça ira, ça ira, ça ira...” en una pobre orquestación, es muy triste. Por lo que corresponde a las obras cantadas en esta segunda parte... demasiado “folklore” (en el peor sentido de la palabra) también. Posiblemente con la excepción cubana de “Cecilia Valdés”.
Sobre este concierto se me ocurren dos reflexiones que se superponen. Una, puramente musical, en la que aprecio un programa que desmerece tanto de la propia María Bayo, como de la Quincena Musical de Donostia. En este sentido recuerdo un precioso recital en el Victoria Eugenia en el que interpretó los “Cuatro líeder” de Richard Strauss; difícilmente olvidaré la primera ópera que le escuché en el Arriaga bilbaíno, “El Barbero de Sevilla”, y tantas otras a lo largo de su carrera. Recuerdo, también, un recital en el Baluarte de Iruñea con música de zarzuela del siglo XVIII, música española también pero alejada de ese género seudofolklórico que se ha denominado como “españolada”; y bastantes otras.
Cuando se prepara un programa musical no se puede hacer abstracción de la realidad social y política en la que se va a producir el evento. La música española me puede gustar igual que la italiana, checa o vasca, siempre que sea buena. Pero cuando se propone un programa mediocre, y esta es la segunda reflexión, en la que en la actual situación de Vasconia lo único que se enaltece es el nacionalismo, a través de las ya citadas “españoladas”... pues qué quieren que les diga: no me gusta. Y, además, me parece una provocación gratuita.
25 agosto 2007
LEWIS MUMFORD
Acabo de terminar la lectura de un libro, muy largo, que me ha parecido genial de principio a fin. Lo he leído en su edición francesa aunque la original es en inglés y desconozco si hay edición en español. Se trata de “The City in History” (”La cité à travers l’histoire”) de Lewis Mumford.
Es un libro de casi 800 páginas en la que el autor hace un recorrido erudito, serio y muy ameno, sobre esa institución básica para las sociedades humanas, por lo menos desde el Neolítico, que es “la ciudad”.
La obra transcurre por fases diversas. El estudio de las ciudades antiguas (egipcias, mesopotámicas etc.) y clásicas (griegas y romanas) resulta muy instructivo y profundo, sin dejar de ser atractivo en todo momento. Su acceso al medioevo no sólo sigue siendo de gran interés, sino que cada vez se contempla como más próximo a nuestra realidad actual, y el autor no lo oculta. En la ciudad medieval se perfilan ya muchos de los caracteres de la moderna.
Mumford da el salto al Renacimiento y al Barroco con una todavía más clara perspectiva de la realidad “presente” (en este sentido hay que considerar que el libro fue escrito en 1965). Su planteamiento de la organización urbana en ambas etapas está hecho de un modo particularmente didáctico con referencias, por supuesto también fotográficas, a tramas urbanas que hoy siguen existiendo (sirve Washington como ejemplo), o a ciudades diseñadas en etapas más recientes pero inspiradas en su visión.
Cuando Mumford se adentra en la realidad “carbonífera”, es decir la de la “revolución industrial” (siglo XIX) y en todos los problemas relacionados con la energía y el transporte propios del XX… no tiene desperdicio. Es de una actualidad increíble, sobre todo pensando en la fecha de su escritura.
Su punto de vista está muy relacionado con la forma de concebir las relaciones humanas y urbanas planteada por los anarquistas clásicos (Kropotkin, desde el pensamiento social o Howard, desde el urbanístico, con su Idea de “ciudad jardín” por ejemplo), pero también de los urbanistas canónicos más importantes y clásicos del siglo XX, como Le Corbusier.
Su perspectiva humana y de una ecología seria y profunda se adelanta en más de 30 años a posiciones que hoy, con razón, pasan por “modernas” y “progresistas”.
La obra merecería un estudio profundo y serio, para el que no dispongo de tiempo ni me siento capacitado. En la web he encontrado una tesis doctoral en español dedicada a nuestro personaje y también me parece de gran interés.
En resumen, se trata, en mi opinión, de un clásico de la literatura sociológica de primera fila. Altamente recomendable para los interesados en la evolución actual de la sociedad humana y sus perspectivas ¿de futuro?
Publicado en Alenarte:
Es un libro de casi 800 páginas en la que el autor hace un recorrido erudito, serio y muy ameno, sobre esa institución básica para las sociedades humanas, por lo menos desde el Neolítico, que es “la ciudad”.
La obra transcurre por fases diversas. El estudio de las ciudades antiguas (egipcias, mesopotámicas etc.) y clásicas (griegas y romanas) resulta muy instructivo y profundo, sin dejar de ser atractivo en todo momento. Su acceso al medioevo no sólo sigue siendo de gran interés, sino que cada vez se contempla como más próximo a nuestra realidad actual, y el autor no lo oculta. En la ciudad medieval se perfilan ya muchos de los caracteres de la moderna.
Mumford da el salto al Renacimiento y al Barroco con una todavía más clara perspectiva de la realidad “presente” (en este sentido hay que considerar que el libro fue escrito en 1965). Su planteamiento de la organización urbana en ambas etapas está hecho de un modo particularmente didáctico con referencias, por supuesto también fotográficas, a tramas urbanas que hoy siguen existiendo (sirve Washington como ejemplo), o a ciudades diseñadas en etapas más recientes pero inspiradas en su visión.
Cuando Mumford se adentra en la realidad “carbonífera”, es decir la de la “revolución industrial” (siglo XIX) y en todos los problemas relacionados con la energía y el transporte propios del XX… no tiene desperdicio. Es de una actualidad increíble, sobre todo pensando en la fecha de su escritura.
Su punto de vista está muy relacionado con la forma de concebir las relaciones humanas y urbanas planteada por los anarquistas clásicos (Kropotkin, desde el pensamiento social o Howard, desde el urbanístico, con su Idea de “ciudad jardín” por ejemplo), pero también de los urbanistas canónicos más importantes y clásicos del siglo XX, como Le Corbusier.
Su perspectiva humana y de una ecología seria y profunda se adelanta en más de 30 años a posiciones que hoy, con razón, pasan por “modernas” y “progresistas”.
La obra merecería un estudio profundo y serio, para el que no dispongo de tiempo ni me siento capacitado. En la web he encontrado una tesis doctoral en español dedicada a nuestro personaje y también me parece de gran interés.
En resumen, se trata, en mi opinión, de un clásico de la literatura sociológica de primera fila. Altamente recomendable para los interesados en la evolución actual de la sociedad humana y sus perspectivas ¿de futuro?
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Anarquismo,
Ciudadanía,
Historia,
Urbanismo
05 agosto 2007
REFLEXIONES TRAS LA RESACA
Tras los acontecimientos políticos acaecidos en la última temporada en la CFN quisiera plantear, a quienes tengan la paciencia de leer este texto, las tres reflexiones siguientes:
Primera reflexión:
Como estaba cantado, en el caso de la CFN ha prevalecido el interés Nacional (así con mayúscula) y estratégico de los españoles sobre cualquier otra consideración de orden táctico (electoral o administrativo). El problema de la estabilidad de su nación, en la que nos incluyen sin remisión posible, y de su Estado, por lo menos tal y como ellos lo conciben, tiene como eslabones más débiles a los Países Catalanes y a Vasconia.
Los estrategas de España conocen perfectamente que el llamado “problema vasco” es, en su raíz, la “cuestión navarra”. La conquista de Navarra planea todavía como una etapa abierta, como una cuestión no resuelta definitivamente por su Estado. Aun permanece como una sociedad no asimilada. Y la temen.
Mal que bien pueden contemporizar con las veleidades “independentistas” de una ERC sin rumbo claro y, mucho mejor por supuesto, con todos aquellos cuya misión es “cautivar a España”, dentro de ella, también por supuesto. Con quien no pueden contemporizar es con una Navarra, máxima expresión política de los vascos, como Estado independiente en Europa. Conocen la potencialidad que este planteamiento conlleva y saben que el despertar de esa conciencia en toda Navarra conducirá a su emancipación.
Segunda:
Sufro cuando escucho a personas próximas (afectiva y políticamente) que desde la actual CAV se “compadecen” de los “pobrecitos navarricos”, cuando no simplemente “pasan” de ellos (que se lo guisen y se lo coman solicos). Parece que Navarra no va con ellos, que es otra galaxia.
Este planteamiento me parece irresponsable en la mente de cualquier persona que sienta realmente a Vasconia y considere a Euskal Herria como su patria, de cualquier bizkaitarra discípulo de Arana Goiri. Aunque ellos opinen que Navarra es, simplemente, un “herrialde” más.
Cuando nuestras potencias ocupantes conocen perfectamente el alcance de la “cuestión navarra” parece imperdonable la ignorancia que manifiestan en su casi totalidad quienes pretenden constituir la actual “clase política vasca”. La verdad es que, muchas veces, el escucharles me genera malestar y me rebelo cuando oigo aquiescencias propias a las afirmaciones españolas de que “los vascos nunca habéis sido independientes”, o que “nunca habéis tenido un Estado”.
Quienes vemos a Navarra como la estructura política internacional futura de los vascos en Europa y el mundo en general, lo hacemos pensando en la necesidad que tenemos como pueblo, como sociedad, de un Estado independiente. Lo necesitamos para sobrevivir, mantener y recrear nuestro patrimonio, y de ser sujeto en el mundo con nombre y apellidos propios.
Sabemos que la cultura política de nuestra sociedad fue fraguada por haber sido un reino (Estado) independiente, y también que su existencia permitió el mantenimiento de señas de identidad tan importantes como el euskera. Si hoy en día hay una voluntad política de independencia en Euskal Herria es porque existe esa cultura política forjada por la existencia histórica del Estado propio y de sus retazos posteriores manifestados a través del “Sistema Foral”. Arana Goiri bebió de esas fuentes, las asimiló en parte y las formuló políticamente, aunque de modo incompleto y descentrado, con gran mérito. Pienso que tan grande es el mismo que quienes reclamamos hoy el Estado navarro, posiblemente no lo haríamos de no haber existido previamente sus planteamientos.
Y tercera:
Me comentaban el pasado viernes 3 de agosto en Iruñea, desde posiciones de NaBai, que la decepción ante la postura del PsoE y de la situación creada, no tenía otra salida que la que supone alcanzar la “mayoría absoluta”. Con todo el respeto y admiración que me merecen creo que su forma de plantear la presente situación exige una puntualización.
Efectivamente, necesitamos de una “mayoría absoluta”, pero en el actual sistema político español, generado de la “transición”, se han hecho las cosas de manera que esto sea imposible. Por debajo de lo que aparece hoy en día como “política” existe una base, una capa, en la que se expresa la correlación de fuerzas sociales real. Lo que se conoce hoy como “política” es un pálido reflejo de la misma. Esa realidad de las fuerzas sociales en conflicto y su utilización con mejor o peor fortuna y voluntad según sus protagonistas, definió la Constitución española de 1978. Y sigue evolucionando y actuando en el presente.
Es cierto que necesitamos alcanzar esa “mayoría absoluta”. Es más, si supiéramos utilizar realmente la potencialidad social y política de nuestro pueblo, podríamos forzar a quienes nos controlan y dominan a cambiar esa otra “política” y sus (marcadas) reglas de juego. Pero para eso hay que hacer Política propia en un sentido profundo. Pienso que podemos alcanzar esa “mayoría” pero para ello hay que sentarse y analizar todas las posibilidades que nuestra sociedad presenta para erigirse en sujeto político y plantear la confrontación real en su nivel radical. Hay que debatir seria y democráticamente qué debemos hacer y cómo. Hay que definir una estrategia para salir de la crisis en la que estamos sumergidos. Sólo así creo que alcanzaremos esa “mayoría absoluta”. Como lo ha sido y se está manifestando en tantos otros lugares de Europa, desde Montenegro hasta Escocia.
Como aportación, pienso que el objetivo de nuestra (re)constitución en Estado independiente es el objetivo estratégico básico para la elaboración de una política democrática a la altura a de las necesidades del momento presente. Espero que las antecedentes reflexiones “tras la resaca”, contribuyan a la concreción de este debate.
Primera reflexión:
Como estaba cantado, en el caso de la CFN ha prevalecido el interés Nacional (así con mayúscula) y estratégico de los españoles sobre cualquier otra consideración de orden táctico (electoral o administrativo). El problema de la estabilidad de su nación, en la que nos incluyen sin remisión posible, y de su Estado, por lo menos tal y como ellos lo conciben, tiene como eslabones más débiles a los Países Catalanes y a Vasconia.
Los estrategas de España conocen perfectamente que el llamado “problema vasco” es, en su raíz, la “cuestión navarra”. La conquista de Navarra planea todavía como una etapa abierta, como una cuestión no resuelta definitivamente por su Estado. Aun permanece como una sociedad no asimilada. Y la temen.
Mal que bien pueden contemporizar con las veleidades “independentistas” de una ERC sin rumbo claro y, mucho mejor por supuesto, con todos aquellos cuya misión es “cautivar a España”, dentro de ella, también por supuesto. Con quien no pueden contemporizar es con una Navarra, máxima expresión política de los vascos, como Estado independiente en Europa. Conocen la potencialidad que este planteamiento conlleva y saben que el despertar de esa conciencia en toda Navarra conducirá a su emancipación.
Segunda:
Sufro cuando escucho a personas próximas (afectiva y políticamente) que desde la actual CAV se “compadecen” de los “pobrecitos navarricos”, cuando no simplemente “pasan” de ellos (que se lo guisen y se lo coman solicos). Parece que Navarra no va con ellos, que es otra galaxia.
Este planteamiento me parece irresponsable en la mente de cualquier persona que sienta realmente a Vasconia y considere a Euskal Herria como su patria, de cualquier bizkaitarra discípulo de Arana Goiri. Aunque ellos opinen que Navarra es, simplemente, un “herrialde” más.
Cuando nuestras potencias ocupantes conocen perfectamente el alcance de la “cuestión navarra” parece imperdonable la ignorancia que manifiestan en su casi totalidad quienes pretenden constituir la actual “clase política vasca”. La verdad es que, muchas veces, el escucharles me genera malestar y me rebelo cuando oigo aquiescencias propias a las afirmaciones españolas de que “los vascos nunca habéis sido independientes”, o que “nunca habéis tenido un Estado”.
Quienes vemos a Navarra como la estructura política internacional futura de los vascos en Europa y el mundo en general, lo hacemos pensando en la necesidad que tenemos como pueblo, como sociedad, de un Estado independiente. Lo necesitamos para sobrevivir, mantener y recrear nuestro patrimonio, y de ser sujeto en el mundo con nombre y apellidos propios.
Sabemos que la cultura política de nuestra sociedad fue fraguada por haber sido un reino (Estado) independiente, y también que su existencia permitió el mantenimiento de señas de identidad tan importantes como el euskera. Si hoy en día hay una voluntad política de independencia en Euskal Herria es porque existe esa cultura política forjada por la existencia histórica del Estado propio y de sus retazos posteriores manifestados a través del “Sistema Foral”. Arana Goiri bebió de esas fuentes, las asimiló en parte y las formuló políticamente, aunque de modo incompleto y descentrado, con gran mérito. Pienso que tan grande es el mismo que quienes reclamamos hoy el Estado navarro, posiblemente no lo haríamos de no haber existido previamente sus planteamientos.
Y tercera:
Me comentaban el pasado viernes 3 de agosto en Iruñea, desde posiciones de NaBai, que la decepción ante la postura del PsoE y de la situación creada, no tenía otra salida que la que supone alcanzar la “mayoría absoluta”. Con todo el respeto y admiración que me merecen creo que su forma de plantear la presente situación exige una puntualización.
Efectivamente, necesitamos de una “mayoría absoluta”, pero en el actual sistema político español, generado de la “transición”, se han hecho las cosas de manera que esto sea imposible. Por debajo de lo que aparece hoy en día como “política” existe una base, una capa, en la que se expresa la correlación de fuerzas sociales real. Lo que se conoce hoy como “política” es un pálido reflejo de la misma. Esa realidad de las fuerzas sociales en conflicto y su utilización con mejor o peor fortuna y voluntad según sus protagonistas, definió la Constitución española de 1978. Y sigue evolucionando y actuando en el presente.
Es cierto que necesitamos alcanzar esa “mayoría absoluta”. Es más, si supiéramos utilizar realmente la potencialidad social y política de nuestro pueblo, podríamos forzar a quienes nos controlan y dominan a cambiar esa otra “política” y sus (marcadas) reglas de juego. Pero para eso hay que hacer Política propia en un sentido profundo. Pienso que podemos alcanzar esa “mayoría” pero para ello hay que sentarse y analizar todas las posibilidades que nuestra sociedad presenta para erigirse en sujeto político y plantear la confrontación real en su nivel radical. Hay que debatir seria y democráticamente qué debemos hacer y cómo. Hay que definir una estrategia para salir de la crisis en la que estamos sumergidos. Sólo así creo que alcanzaremos esa “mayoría absoluta”. Como lo ha sido y se está manifestando en tantos otros lugares de Europa, desde Montenegro hasta Escocia.
Como aportación, pienso que el objetivo de nuestra (re)constitución en Estado independiente es el objetivo estratégico básico para la elaboración de una política democrática a la altura a de las necesidades del momento presente. Espero que las antecedentes reflexiones “tras la resaca”, contribuyan a la concreción de este debate.
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18 julio 2007
DESDE MADRID
Escribo esta breve reflexión desde Madrid a donde he venido a pasar unos días para reencontrarme con viejos amigos y ver unas cuantas exposiciones, principalmente las de Van Gogh y Patinir.
Conozco la teoría, muchas veces la he expresado tanto en público como en privado, sobre el hecho de que los españoles consideran Navarra como “cuestión de Estado”, del suyo evidentemente. Las mentes que dirigen sus “think tanks” saben perfectamente que la “cuestión vasca” es, en su raíz, la “cuestión navarra”. Si no que se lo pregunten a una de sus principales figuras, Jaime Ignacio del Burgo.
Resulta interesante escuchar los comentarios que los medios de comunicación madrileños dedican a las largas y complicadas vicisitudes de la formación del gobierno de la Comunidad Foral. Y también muchos comentarios recogidos en la calle, emitidos por personas “de a pie” y expresados sin saber que están siendo oídos por otros.
El veto que los poderes reales del Estado español han marcado a la posibilidad que en “su” Comunidad Foral gobiernen personas que tienen el referente de la Vasconia histórica, de la “Navarra entera” o, dicho de una forma más común, de Euskal Herria, es porque constituye para ellos una osadía inaudita.
No es, evidentemente, que las fuerzas agrupadas tras Nafarroa Bai no sean “constitucionalistas españolas”, que no lo son, ni que propugnen en su programa la “independencia de Navarra”, que tampoco. Es, simplemente, que no pueden tolerar que en “su” Navarra puedan tener un mínimo control político elementos que otorguen una cierta “normalidad” a nuestra lengua y cultura y a nuestro patrimonio en general.
Esos mismos sectores en Catalunya pactan sin problemas con un partido que se autodefine como independentista y partidario de la constitución de un Estado catalán separado de España, Esquerra Republicana. Y no pasa nada.
En Navarra, en cambio, saben que en cuanto dejen de apretar el acelerador del vehículo que dirige la destrucción de nuestro patrimonio (lengua, cultura etc.) y la tergiversación de nuestra historia y memoria colectiva, van a explotar muchos anhelos forzosamente acallados. Saben que en cuanto nuestra sociedad pueda respirar, aunque sea poco, unos aires menos insanos, estará a un paso de recuperar su autoestima y, por lo mismo, de encontrar una vía, política necesariamente, que le conduzca a su emancipación.
La agobiante situación de estos últimos años debe terminar pronto y pienso que la referencia al Estado de Navarra como el futuro Estado de todos los vascos, del modo que ya lo fue históricamente a través del Reino de Navarra, ha de convertirse en el eje de la política para conseguir la normalidad para nuestro pueblo a nivel internacional: la consecución de nuestra independencia.
Conozco la teoría, muchas veces la he expresado tanto en público como en privado, sobre el hecho de que los españoles consideran Navarra como “cuestión de Estado”, del suyo evidentemente. Las mentes que dirigen sus “think tanks” saben perfectamente que la “cuestión vasca” es, en su raíz, la “cuestión navarra”. Si no que se lo pregunten a una de sus principales figuras, Jaime Ignacio del Burgo.
Resulta interesante escuchar los comentarios que los medios de comunicación madrileños dedican a las largas y complicadas vicisitudes de la formación del gobierno de la Comunidad Foral. Y también muchos comentarios recogidos en la calle, emitidos por personas “de a pie” y expresados sin saber que están siendo oídos por otros.
El veto que los poderes reales del Estado español han marcado a la posibilidad que en “su” Comunidad Foral gobiernen personas que tienen el referente de la Vasconia histórica, de la “Navarra entera” o, dicho de una forma más común, de Euskal Herria, es porque constituye para ellos una osadía inaudita.
No es, evidentemente, que las fuerzas agrupadas tras Nafarroa Bai no sean “constitucionalistas españolas”, que no lo son, ni que propugnen en su programa la “independencia de Navarra”, que tampoco. Es, simplemente, que no pueden tolerar que en “su” Navarra puedan tener un mínimo control político elementos que otorguen una cierta “normalidad” a nuestra lengua y cultura y a nuestro patrimonio en general.
Esos mismos sectores en Catalunya pactan sin problemas con un partido que se autodefine como independentista y partidario de la constitución de un Estado catalán separado de España, Esquerra Republicana. Y no pasa nada.
En Navarra, en cambio, saben que en cuanto dejen de apretar el acelerador del vehículo que dirige la destrucción de nuestro patrimonio (lengua, cultura etc.) y la tergiversación de nuestra historia y memoria colectiva, van a explotar muchos anhelos forzosamente acallados. Saben que en cuanto nuestra sociedad pueda respirar, aunque sea poco, unos aires menos insanos, estará a un paso de recuperar su autoestima y, por lo mismo, de encontrar una vía, política necesariamente, que le conduzca a su emancipación.
La agobiante situación de estos últimos años debe terminar pronto y pienso que la referencia al Estado de Navarra como el futuro Estado de todos los vascos, del modo que ya lo fue históricamente a través del Reino de Navarra, ha de convertirse en el eje de la política para conseguir la normalidad para nuestro pueblo a nivel internacional: la consecución de nuestra independencia.
19 junio 2007
HABLANDO CON ESPAÑOLES
“Hitza hormaren kontra”, de Víctor Alexandre, es un libro didáctico de principio a fin. En el diálogo que expone, Fernando, su contrario español, utiliza todos los tópicos con que nos regala cotidianamente la “intelectualidad” hispana. En Víctor, todas las más elementales razones humanas y democráticas del valor de la autoestima, de la emancipación de las personas y sociedades adultas, en resumen: de la independencia.
En el año 1965 Julián Marías, discípulo de José Ortega y Gasset, publicó quince largos artículos en un periódico de Catalunya con el título común de “Consideración de Catalunya”; durante el siguiente año fueron editados como libro con el mismo título. Con seguridad era la primera aproximación que, tras la guerra de 1936-39, realizaba un intelectual español a la realidad catalana sin agresividad y con un talante de diálogo y comprensión. La perspectiva de Marías consistía obviamente en la imposibilidad de comprender la realidad catalana de forma distinta de la que supone su “pertenencia” a España, aun respetando su “hecho diferencial”, eso sí, como particularidad “regional”.
En 1967 un gran intelectual y político catalán, Maurici Serrahima, escribió y publicó, dentro de las limitaciones en cuanto a libertad de expresión propias de la época, una hermosísima respuesta a Julián Marías: “Realidad de Catalunya. Respuesta a Julián Marías”. En un libro sosegado, respetuoso y de gran rigor intelectual, Serrahima discute y rebate los planteamientos de Marías.
Hoy es otro tiempo, pero los prejuicios que flotan en el ambiente español con relación a la realidad catalana, y, también por supuesto, a la vasca siguen siendo semejantes. Víctor Alexandre ha “modernizado” el diálogo. Marías escribió su libro, Seharrima el suyo con sus respuestas y argumentos, pero, al mismo tiempo, ambos se cruzaron gran cantidad de cartas con este asunto como argumento. El libro de Víctor tiene la misma intención que la planteada en el diálogo Marías-Serrahima. Aquella correspondencia se realizó, obviamente, vía correo convencional. Hoy estamos en otra época y el correo electrónico campa a sus anchas y ha arrinconado al clásico hasta casi su extinción.
Los emails son, normalmente, más breves y sintéticos que las cartas de la correspondencia clásica. Lo que pierden en estilo literario, ganan en inmediatez, capacidad incisiva y actualidad. Y este es el planteamiento del libro de Víctor. Reproduce el diálogo cruzado entre dos amigos: uno, Fernando, español, de Madrid, con residencia en Luxemburgo, el otro, Víctor, catalán residente en Catalunya, pero corresponsal en su día de tres medios de comunicación en Alemania.
Desde Euskal Herria la situación que plantea el debate se nos hace familiar. En Vasconia quienes proponemos la emancipación de Navarra sufrimos, pienso que más todavía que en los Países Catalanes, la acusación de “etnicistas”. Hace falta mucho desparpajo y cara dura para que sean los españoles, con todos los conocidos antecedentes que, indudablemente, han marcado su actual cultura política y social, quienes nos imputen semejante título.
Hoy, las perspectivas de futuro de ambas naciones se están planteando desde posiciones ciudadanas, de libertad y progreso, de bienestar y solidaridad. Cosa que no ocurre en los herederos de la Reconquista, de Isabel y Fernando con la expulsión de los judíos y la Santa Inquisición, del genocidio americano y del sometimiento de Navarra y Países Catalanes, entre otros muchas sombrías hazañas históricas.
En el año 1965 Julián Marías, discípulo de José Ortega y Gasset, publicó quince largos artículos en un periódico de Catalunya con el título común de “Consideración de Catalunya”; durante el siguiente año fueron editados como libro con el mismo título. Con seguridad era la primera aproximación que, tras la guerra de 1936-39, realizaba un intelectual español a la realidad catalana sin agresividad y con un talante de diálogo y comprensión. La perspectiva de Marías consistía obviamente en la imposibilidad de comprender la realidad catalana de forma distinta de la que supone su “pertenencia” a España, aun respetando su “hecho diferencial”, eso sí, como particularidad “regional”.
En 1967 un gran intelectual y político catalán, Maurici Serrahima, escribió y publicó, dentro de las limitaciones en cuanto a libertad de expresión propias de la época, una hermosísima respuesta a Julián Marías: “Realidad de Catalunya. Respuesta a Julián Marías”. En un libro sosegado, respetuoso y de gran rigor intelectual, Serrahima discute y rebate los planteamientos de Marías.
Hoy es otro tiempo, pero los prejuicios que flotan en el ambiente español con relación a la realidad catalana, y, también por supuesto, a la vasca siguen siendo semejantes. Víctor Alexandre ha “modernizado” el diálogo. Marías escribió su libro, Seharrima el suyo con sus respuestas y argumentos, pero, al mismo tiempo, ambos se cruzaron gran cantidad de cartas con este asunto como argumento. El libro de Víctor tiene la misma intención que la planteada en el diálogo Marías-Serrahima. Aquella correspondencia se realizó, obviamente, vía correo convencional. Hoy estamos en otra época y el correo electrónico campa a sus anchas y ha arrinconado al clásico hasta casi su extinción.
Los emails son, normalmente, más breves y sintéticos que las cartas de la correspondencia clásica. Lo que pierden en estilo literario, ganan en inmediatez, capacidad incisiva y actualidad. Y este es el planteamiento del libro de Víctor. Reproduce el diálogo cruzado entre dos amigos: uno, Fernando, español, de Madrid, con residencia en Luxemburgo, el otro, Víctor, catalán residente en Catalunya, pero corresponsal en su día de tres medios de comunicación en Alemania.
Desde Euskal Herria la situación que plantea el debate se nos hace familiar. En Vasconia quienes proponemos la emancipación de Navarra sufrimos, pienso que más todavía que en los Países Catalanes, la acusación de “etnicistas”. Hace falta mucho desparpajo y cara dura para que sean los españoles, con todos los conocidos antecedentes que, indudablemente, han marcado su actual cultura política y social, quienes nos imputen semejante título.
Hoy, las perspectivas de futuro de ambas naciones se están planteando desde posiciones ciudadanas, de libertad y progreso, de bienestar y solidaridad. Cosa que no ocurre en los herederos de la Reconquista, de Isabel y Fernando con la expulsión de los judíos y la Santa Inquisición, del genocidio americano y del sometimiento de Navarra y Países Catalanes, entre otros muchas sombrías hazañas históricas.
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18 junio 2007
LA PALABRA CONTRA EL MURO
Dentro del relativo desconocimiento recíproco que se produce entre las realidades sociales y políticas de fondo catalana y vasca, el escritor y periodista Víctor Alexandre es una persona que, sin ser un político mediático, es conocido en Euskal Herria a través de sus artículos en Berria y en la página web de Nabarralde.
Autor de una extensa producción de libros, muchos de ellos auténticos best sellers en Catalunya como “Jo no sóc espanyol” (1999), “Despullant Espanya” (2001) y “El cas Carod” (2004), ha visto dos de ellos traducidos al español: “Yo no soy español” (2003) y “El caso Carod” (2004). Curiosamente ambas traducciones sólo han tenido una buena acogida en nuestro país, mientras que en el resto del territorio del estado español sus ventas han sido escasísimas.
Actualmente se representa en Catalunya una obra suya de teatro, “Èric i l’Exèrcit del Fènix”. Es la perspectiva jocosa de un grave suceso ocurrido en 2004, cuando la Guardia Civil detuvo a un niño de 14 años acusándolo de “terrorismo” por enviar varios correos electrónicos firmados por “l’exèrcit del Fènix” a empresas que no etiquetaban sus productos en catalán. Las esperpénticas situaciones vividas por Eric Bertran ante las instancias policíacas y judiciales hispanas harían reír si no fueran una violencia gratuita ejercida con sadismo sobre un chaval de 14 años.
Es una buena noticia que “La paraula contra el mur” haya sido traducida al euskara: “Hitza hormaren kontra”. Por el prestigio y autoridad de su autor y por el valor de la obra en sí misma.
El pez en el agua, las aves y mamíferos en el aire, cada cual a su modo, respiran sin ser conscientes de ello. Es su “medio natural”. Si ese medio falla, cuando el pez es “pescado” o si un ave o mamífero no tiene suficiente oxígeno en el aire, mueren. Da la sensación de que españoles y franceses tienen en lo que ellos consideran sus “naciones” respectivas algo semejante. Si se interpela lo que imaginan su “medio natural”, la “nación” marcada por los límites impuestos por sus estados respectivos, no pueden sobrevivir, se ahogan. Esta reacción es, hasta cierto punto, inconsciente.
El funcionamiento por actos reflejos (recordemos el conocido experimento de Pavlov en el que un acto reflejo condiciona la excitación gástrica por un mecanismo asociado a la comida, pero independiente de la misma) es un modo irreflexivo de comportamiento. El ser humano se caracteriza por la capacidad de reflexión y razonamiento, pero hay muchas situaciones en las que a la misma se sobrepone la reacción refleja.
El adoctrinamiento teórico y, sobre todo, práctico que los estados imperiales inculcan en sus súbditos en el ámbito “nacional” conlleva que la puesta en cuestión del mismo provoque una respuesta del tipo de la del perro de Pavlov. Ante lo que ellos consideran una amenaza a su estatus “nacional” reaccionan irreflexivamente. Pero eso no es lo peor, se rebelan con furia.
Lo normal en las personas parece que debiera ser una actitud receptiva ante las razones, expuestas sin acritud, de alguien que en el aspecto organizativo de las sociedades humanas tiene un punto de vista diferente. Pero, por desgracia, no es así. Todo esto queda perfectamente reflejado en “La palabra contra el muro”. El diálogo que plasma no tiene ni acritud, ni furia, ni violencia explícita. Y, sin embargo, la violencia está latente en la perspectiva de quien se posiciona en la defensa del actual estado de cosas.
Existe un “aire” que se da por supuesto. Es como si la liebre dijera a la trucha ¿cómo puedes vivir sin “aire”? Y a la trucha le cuesta muchísimo explicar que ella también respira “aire” pero que, para el lograr el funcionamiento regular de su metabolismo, lo hace de otro modo; que sus branquias son capaces de tomar el oxígeno que necesita del aire disuelto en el agua en la que vive y que no lo absorbe de la misma forma que la liebre lo adquiere a través de sus pulmones, del aire directamente.
Pero los humanos no somos ni truchas ni liebres. Podemos razonar y expresar nuestro razonamiento por el discurso. Eso es lo que intenta Víctor en el diálogo con su amigo español. Digo que “intenta”, ya que, tras leer el libro, da la sensación de que no lo consigue. Efectivamente, la posición de su amigo varía muy poco de principio a fin. Es capaz de comprender el hecho diferencial de Catalunya, pero siempre que forme parte de “su nación española”. Parece que la forma de respirar de las sociedades que él considera como españolas no puede ser realizada de otra forma. No puede concebir que sean capaces de vivir en otro medio, en un Estado independiente con el que se relacionen de igual a igual.
Pero también existe la otra cara de la moneda, la de quienes participando de una sociedad dominada se resignan a su mantenimiento y colaboran a su sumisión. Hay una emoción humana que, como tal, va más allá de la razón: el miedo. Ya Erich Fromm hace muchos años escribió “El miedo a la libertad”, una decisiva aportación al miedo que en la naturaleza humana va unido a asumir el riesgo de la libertad y de la responsabilidad asociada. En las situaciones de sometimiento, tanto a nivel personal (mujeres que sufren maltrato doméstico o trabajadores que sufren acoso laboral, por ejemplo), como social (naciones dominadas, grupos étnicos marginados) se produce este fenómeno. Para muchas naciones y personas es más “cómodo” permanecer en subordinación y llorar por su causa, pero sin hacer nada efectivo para liberarse.
Autor de una extensa producción de libros, muchos de ellos auténticos best sellers en Catalunya como “Jo no sóc espanyol” (1999), “Despullant Espanya” (2001) y “El cas Carod” (2004), ha visto dos de ellos traducidos al español: “Yo no soy español” (2003) y “El caso Carod” (2004). Curiosamente ambas traducciones sólo han tenido una buena acogida en nuestro país, mientras que en el resto del territorio del estado español sus ventas han sido escasísimas.
Actualmente se representa en Catalunya una obra suya de teatro, “Èric i l’Exèrcit del Fènix”. Es la perspectiva jocosa de un grave suceso ocurrido en 2004, cuando la Guardia Civil detuvo a un niño de 14 años acusándolo de “terrorismo” por enviar varios correos electrónicos firmados por “l’exèrcit del Fènix” a empresas que no etiquetaban sus productos en catalán. Las esperpénticas situaciones vividas por Eric Bertran ante las instancias policíacas y judiciales hispanas harían reír si no fueran una violencia gratuita ejercida con sadismo sobre un chaval de 14 años.
Es una buena noticia que “La paraula contra el mur” haya sido traducida al euskara: “Hitza hormaren kontra”. Por el prestigio y autoridad de su autor y por el valor de la obra en sí misma.
El pez en el agua, las aves y mamíferos en el aire, cada cual a su modo, respiran sin ser conscientes de ello. Es su “medio natural”. Si ese medio falla, cuando el pez es “pescado” o si un ave o mamífero no tiene suficiente oxígeno en el aire, mueren. Da la sensación de que españoles y franceses tienen en lo que ellos consideran sus “naciones” respectivas algo semejante. Si se interpela lo que imaginan su “medio natural”, la “nación” marcada por los límites impuestos por sus estados respectivos, no pueden sobrevivir, se ahogan. Esta reacción es, hasta cierto punto, inconsciente.
El funcionamiento por actos reflejos (recordemos el conocido experimento de Pavlov en el que un acto reflejo condiciona la excitación gástrica por un mecanismo asociado a la comida, pero independiente de la misma) es un modo irreflexivo de comportamiento. El ser humano se caracteriza por la capacidad de reflexión y razonamiento, pero hay muchas situaciones en las que a la misma se sobrepone la reacción refleja.
El adoctrinamiento teórico y, sobre todo, práctico que los estados imperiales inculcan en sus súbditos en el ámbito “nacional” conlleva que la puesta en cuestión del mismo provoque una respuesta del tipo de la del perro de Pavlov. Ante lo que ellos consideran una amenaza a su estatus “nacional” reaccionan irreflexivamente. Pero eso no es lo peor, se rebelan con furia.
Lo normal en las personas parece que debiera ser una actitud receptiva ante las razones, expuestas sin acritud, de alguien que en el aspecto organizativo de las sociedades humanas tiene un punto de vista diferente. Pero, por desgracia, no es así. Todo esto queda perfectamente reflejado en “La palabra contra el muro”. El diálogo que plasma no tiene ni acritud, ni furia, ni violencia explícita. Y, sin embargo, la violencia está latente en la perspectiva de quien se posiciona en la defensa del actual estado de cosas.
Existe un “aire” que se da por supuesto. Es como si la liebre dijera a la trucha ¿cómo puedes vivir sin “aire”? Y a la trucha le cuesta muchísimo explicar que ella también respira “aire” pero que, para el lograr el funcionamiento regular de su metabolismo, lo hace de otro modo; que sus branquias son capaces de tomar el oxígeno que necesita del aire disuelto en el agua en la que vive y que no lo absorbe de la misma forma que la liebre lo adquiere a través de sus pulmones, del aire directamente.
Pero los humanos no somos ni truchas ni liebres. Podemos razonar y expresar nuestro razonamiento por el discurso. Eso es lo que intenta Víctor en el diálogo con su amigo español. Digo que “intenta”, ya que, tras leer el libro, da la sensación de que no lo consigue. Efectivamente, la posición de su amigo varía muy poco de principio a fin. Es capaz de comprender el hecho diferencial de Catalunya, pero siempre que forme parte de “su nación española”. Parece que la forma de respirar de las sociedades que él considera como españolas no puede ser realizada de otra forma. No puede concebir que sean capaces de vivir en otro medio, en un Estado independiente con el que se relacionen de igual a igual.
Pero también existe la otra cara de la moneda, la de quienes participando de una sociedad dominada se resignan a su mantenimiento y colaboran a su sumisión. Hay una emoción humana que, como tal, va más allá de la razón: el miedo. Ya Erich Fromm hace muchos años escribió “El miedo a la libertad”, una decisiva aportación al miedo que en la naturaleza humana va unido a asumir el riesgo de la libertad y de la responsabilidad asociada. En las situaciones de sometimiento, tanto a nivel personal (mujeres que sufren maltrato doméstico o trabajadores que sufren acoso laboral, por ejemplo), como social (naciones dominadas, grupos étnicos marginados) se produce este fenómeno. Para muchas naciones y personas es más “cómodo” permanecer en subordinación y llorar por su causa, pero sin hacer nada efectivo para liberarse.
24 mayo 2007
LOS INFANZONES NAVARROS
Pello Esarte se encuentra en fase prolífica. Con motivo de la Feria de Durango del año pasado de 2006, presentábamos su libro sobre la sociedad baztandarra de los siglos XVI y XVII. En poco tiempo aparecerá también un breve folleto sobre el “Derecho a Rebelión” en el que narra episodios de nuestra historia en los que la acción protagonista es la rebelión contra los poderes ocupantes.
Hoy presentamos otro trabajo de Pello Esarte sobre “Los Infanzones navarros. Siglos XIII y XIV”. Es una obra de divulgación escrita en un buen estilo y de fácil difusión y lectura. Además, y esto es muy importante, revela una de las claves más importantes del Patrimonio navarro: su Cultura Política.
Se está haciendo común la idea de que el actual planteamiento de Navarra como el máximo referente político de Euskal Herria, del pueblo vasco, y como su único Estado independiente en Europa y el mundo, no se hubiera podido llevar a cabo sin la aportación de Arana Goiri en el tránsito de los siglo XIX y XX. De que Arana Goiri no hubiera podido imaginar su aportación fundamental de que “los vascos no somos españoles ni franceses, sino simplemente vascos” y que constituimos una nación diferenciada, sin la existencia durante largos siglos de Navarra como Estado independiente. Y, por último, de que sin la preexistencia de una sociedad pirenaica, de estirpe vascona, con unos modos de vida y organización muy bien adaptados ecológicamente en la organización de su sociedad a su contexto natural, no se hubiera constituido el reino de Navarra.
Todo este proceso evolutivo continuo tiene uno de sus momentos clave tras la sustitución de las dinastías autóctonas en la cabeza del reino, por reyes vinculados a las estructura políticas del norte, champañas y franceses para ser más concretos.
La organización social y políticas propia de los vascones permitió la construcción de un sistema político muy peculiar y de unas muy avanzadas características “democráticas” mediante las cuales la realeza no era absoluta, sino que debía rendir cuentas a sus gobernados. La autoridad se sometía a la colectividad. Este planteamiento, que estaba asumido por las dinastías autóctonas, era ignorado perfectamente por las de Champaña y posteriores, que llegaron al control del reino tras la muerte de Sancho VII el Fuerte.
En ese contexto se encuadra la redacción del “Fuero Viejo” frente a Teobaldo I de Champaña a partir de 1238, para convertirse en poco tiempo, en el “Fuero General”, como sistema en el que las “fuerzas vivas” del reino hacen valer, frente a los monarcas extraños, su modo de ver la “res publica”. El sentido “democrático” o, cuando menos “predemocrático”, se expresa con nitidez frente a la impronta “caudillista” y “preabsolutista” de los reyes francos.
Los modos de instituir la sociedad navarra frente a los nuevos reyes tuvieron su expresión más alta en las organizaciones de los “Infanzones navarros”. Esta es la trama del nuevo libro que nos propone Esarte: cómo la insumisa sociedad vascona busca, y encuentra, los modos de hacer valer lo que consideran “su derecho” frente a las imposiciones de monarcas desconocedores del mismo.
Tenemos en este nuevo trabajo de Pello Esarte un buen material para reflexionar sobre la triste y dividida sociedad de Vasconia en los comienzos del siglo XXI.
Hoy presentamos otro trabajo de Pello Esarte sobre “Los Infanzones navarros. Siglos XIII y XIV”. Es una obra de divulgación escrita en un buen estilo y de fácil difusión y lectura. Además, y esto es muy importante, revela una de las claves más importantes del Patrimonio navarro: su Cultura Política.
Se está haciendo común la idea de que el actual planteamiento de Navarra como el máximo referente político de Euskal Herria, del pueblo vasco, y como su único Estado independiente en Europa y el mundo, no se hubiera podido llevar a cabo sin la aportación de Arana Goiri en el tránsito de los siglo XIX y XX. De que Arana Goiri no hubiera podido imaginar su aportación fundamental de que “los vascos no somos españoles ni franceses, sino simplemente vascos” y que constituimos una nación diferenciada, sin la existencia durante largos siglos de Navarra como Estado independiente. Y, por último, de que sin la preexistencia de una sociedad pirenaica, de estirpe vascona, con unos modos de vida y organización muy bien adaptados ecológicamente en la organización de su sociedad a su contexto natural, no se hubiera constituido el reino de Navarra.
Todo este proceso evolutivo continuo tiene uno de sus momentos clave tras la sustitución de las dinastías autóctonas en la cabeza del reino, por reyes vinculados a las estructura políticas del norte, champañas y franceses para ser más concretos.
La organización social y políticas propia de los vascones permitió la construcción de un sistema político muy peculiar y de unas muy avanzadas características “democráticas” mediante las cuales la realeza no era absoluta, sino que debía rendir cuentas a sus gobernados. La autoridad se sometía a la colectividad. Este planteamiento, que estaba asumido por las dinastías autóctonas, era ignorado perfectamente por las de Champaña y posteriores, que llegaron al control del reino tras la muerte de Sancho VII el Fuerte.
En ese contexto se encuadra la redacción del “Fuero Viejo” frente a Teobaldo I de Champaña a partir de 1238, para convertirse en poco tiempo, en el “Fuero General”, como sistema en el que las “fuerzas vivas” del reino hacen valer, frente a los monarcas extraños, su modo de ver la “res publica”. El sentido “democrático” o, cuando menos “predemocrático”, se expresa con nitidez frente a la impronta “caudillista” y “preabsolutista” de los reyes francos.
Los modos de instituir la sociedad navarra frente a los nuevos reyes tuvieron su expresión más alta en las organizaciones de los “Infanzones navarros”. Esta es la trama del nuevo libro que nos propone Esarte: cómo la insumisa sociedad vascona busca, y encuentra, los modos de hacer valer lo que consideran “su derecho” frente a las imposiciones de monarcas desconocedores del mismo.
Tenemos en este nuevo trabajo de Pello Esarte un buen material para reflexionar sobre la triste y dividida sociedad de Vasconia en los comienzos del siglo XXI.
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09 mayo 2007
LA REBELIÓN Y LA POLÍTICA
En Euskal Herria estamos tan sobrados de “derecho” como ayunos de capacidad política para ejercerlo consecuentemente y plasmarlo en realidades institucionales, fundamentalmente en la forma básica para que una sociedad o pueblo sea sujeto político en el mundo actual: el estado propio.
Nuestro pasado, más y menos antiguo, presenta tantos casos flagrantes de asalto a mano armada (nunca mejor dicho) a nuestras instituciones, a nuestra lengua, a nuestra cultura, en una palabra a nuestro Patrimonio, que bien podemos conocer en propia carne lo que significa el “derecho a rebelión”. Por ello mismo, la historia ofrece una buena muestra de nuestro espíritu insumiso, de nuestra capacidad de rebeldía contra tales atropellos.
Parece mentira que estemos donde estamos, en una situación que parece una espiral que se cierra sobre sí misma, desesperante y desesperanzada, sumida en un falso conflicto, al menos en los términos en los que se plantea, y que no sabe más que repetir “más de lo mismo” y hacerlo "ad nauseam". Parece increíble que no hayamos escarmentado en nuestro propio sufrimiento, en nuestro sentido del derecho y de la justicia y en la frustración por los escasos réditos obtenidos hasta el momento en nuestra lucha.
Si hacemos una revisión histórica de hechos ejercidos sobre nuestro pueblo “contra derecho” o “contra justicia” su “nombre es legión, pues somos (son) muchos” (Marcos 5 9). Efectivamente son innumerables y variados. Se reparten en el tiempo y en el espacio. Tal vez los más decisivos hayan sido los sucesivos episodios de conquista del único Estado constituido por los vascos: Navarra. Sin olvidar el asalto a sus restos, que conformaban lo que se conocía como el “Sistema Foral” hasta finales del siglo XVIII en el Estado francés y principios del XIX en el español, y su posterior destrucción.
A través de todos los avatares históricos de nuestra sociedad hay un hilo conductor que es una forma de concebir la sociedad y su organización, incluida la política. Se manifiesta en la relación de gobernados y gobernantes, con las limitaciones que la organización propia impone a estos últimos por voluntad de los primeros. Evidentemente los procesos que suceden en la Edad Media difieren muchísimo de los actuales, pero su hilo conductor se puede seguir con bastante facilidad y consiste en una visión de la organización social en la que la autoridad se debe a aquél sobre el que se ejerce y a quien debe rendir cuentas. No hay gobernantes absolutos, sino gobernantes al servicio de la colectividad y bajo su control.
Toda esta concepción forma parte principal de nuestro Patrimonio social y político. Nos han arrebatado mucho, nos intentan quitar más cada día, pero el espíritu de rebeldía permanece con gran fuerza en nuestra sociedad y se manifiesta de continuo. Un ejemplo bastante reciente tenemos en el movimiento insumiso frente a las “quintas” españolas.
Pero, como indicaba al comienzo, parece que nuestro Patrimonio social y político no incluye ese sentido de la estrategia y de la organización necesarios para afrontar los retos del mundo actual y, en concreto, el de la necesaria recuperación nuestro Estado para sobrevivir dignamente en el mismo, como sujeto político, y poder ejercer nuestra solidaridad, tan generosa dicen por otra parte, con nombres y apellidos propios, no los que “cautivantemente” nos ceden España y Francia.
Ahí radica nuestro principal problema. Si nuestra sociedad ha sido capaz de afrontar con éxito retos tan importantes como el tránsito de la economía del Antiguo Régimen al capitalismo, si hemos posibilitado la creación de un entramado económico y social como es el mundo cooperativo, si hemos sido capaces, en fin, de constituir un movimiento como el de las Ikastolas a favor de la supervivencia y desarrollo de nuestro euskera, tenemos que ser capaces de “incrementar”, o “amejorar”, nuestro Patrimonio social y político, basándonos en sus rasgos, ya reseñados anteriormente, pero aprendiendo de otras sociedades, de otros países, que han accedido a su independencia. O simplemente imaginándolo, pero con consistencia. Es nuestro reto.
Nuestro pasado, más y menos antiguo, presenta tantos casos flagrantes de asalto a mano armada (nunca mejor dicho) a nuestras instituciones, a nuestra lengua, a nuestra cultura, en una palabra a nuestro Patrimonio, que bien podemos conocer en propia carne lo que significa el “derecho a rebelión”. Por ello mismo, la historia ofrece una buena muestra de nuestro espíritu insumiso, de nuestra capacidad de rebeldía contra tales atropellos.
Parece mentira que estemos donde estamos, en una situación que parece una espiral que se cierra sobre sí misma, desesperante y desesperanzada, sumida en un falso conflicto, al menos en los términos en los que se plantea, y que no sabe más que repetir “más de lo mismo” y hacerlo "ad nauseam". Parece increíble que no hayamos escarmentado en nuestro propio sufrimiento, en nuestro sentido del derecho y de la justicia y en la frustración por los escasos réditos obtenidos hasta el momento en nuestra lucha.
Si hacemos una revisión histórica de hechos ejercidos sobre nuestro pueblo “contra derecho” o “contra justicia” su “nombre es legión, pues somos (son) muchos” (Marcos 5 9). Efectivamente son innumerables y variados. Se reparten en el tiempo y en el espacio. Tal vez los más decisivos hayan sido los sucesivos episodios de conquista del único Estado constituido por los vascos: Navarra. Sin olvidar el asalto a sus restos, que conformaban lo que se conocía como el “Sistema Foral” hasta finales del siglo XVIII en el Estado francés y principios del XIX en el español, y su posterior destrucción.
A través de todos los avatares históricos de nuestra sociedad hay un hilo conductor que es una forma de concebir la sociedad y su organización, incluida la política. Se manifiesta en la relación de gobernados y gobernantes, con las limitaciones que la organización propia impone a estos últimos por voluntad de los primeros. Evidentemente los procesos que suceden en la Edad Media difieren muchísimo de los actuales, pero su hilo conductor se puede seguir con bastante facilidad y consiste en una visión de la organización social en la que la autoridad se debe a aquél sobre el que se ejerce y a quien debe rendir cuentas. No hay gobernantes absolutos, sino gobernantes al servicio de la colectividad y bajo su control.
Toda esta concepción forma parte principal de nuestro Patrimonio social y político. Nos han arrebatado mucho, nos intentan quitar más cada día, pero el espíritu de rebeldía permanece con gran fuerza en nuestra sociedad y se manifiesta de continuo. Un ejemplo bastante reciente tenemos en el movimiento insumiso frente a las “quintas” españolas.
Pero, como indicaba al comienzo, parece que nuestro Patrimonio social y político no incluye ese sentido de la estrategia y de la organización necesarios para afrontar los retos del mundo actual y, en concreto, el de la necesaria recuperación nuestro Estado para sobrevivir dignamente en el mismo, como sujeto político, y poder ejercer nuestra solidaridad, tan generosa dicen por otra parte, con nombres y apellidos propios, no los que “cautivantemente” nos ceden España y Francia.
Ahí radica nuestro principal problema. Si nuestra sociedad ha sido capaz de afrontar con éxito retos tan importantes como el tránsito de la economía del Antiguo Régimen al capitalismo, si hemos posibilitado la creación de un entramado económico y social como es el mundo cooperativo, si hemos sido capaces, en fin, de constituir un movimiento como el de las Ikastolas a favor de la supervivencia y desarrollo de nuestro euskera, tenemos que ser capaces de “incrementar”, o “amejorar”, nuestro Patrimonio social y político, basándonos en sus rasgos, ya reseñados anteriormente, pero aprendiendo de otras sociedades, de otros países, que han accedido a su independencia. O simplemente imaginándolo, pero con consistencia. Es nuestro reto.
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24 abril 2007
REFLEXIONES SOBRE EL ESTADO
Qué es el Estado
El Estado es la organización que permite a una sociedad ser sujeto político en el mundo. En cualquiera de las múltiples facetas que presentan las actividades de un grupo social: desde las inversiones en investigación hasta el reconocimiento lingüístico internacional, desde las políticas comerciales hasta las expresiones deportivas, están condicionadas, hoy en día, por la existencia de un Estado que las avale.
Para qué sirve
El Estado es la estructura política que permite garantizar la existencia y crecimiento del patrimonio propio: lengua, cultura etc. Además, a pesar de los actuales procesos de globalización, la capacidad política y económica del Estado lo hace insustituible para garantizar una “buena vida” a las personas y sectores que integran el grupo nacional.
Otras vías diferentes
Como expresa el tratadista canadiense Will Kymlicka, en teoría un grupo nacional, consciente y sujeto político, puede ser que cumpla sus aspiraciones dentro de un Estado confederal o, en determinadas circunstancias, simplemente federal. No obstante, dadas las actuales estructuras políticas de los estados español y francés, pretender alcanzar estos objetivos en su seno es una utopía mucho más lejana que la de la constitución de un Estado propio.
Nuestro caso en la actualidad de Europa y el mundo
En nuestro caso y al margen de los aspectos lingüísticos y culturales, ya citados, a diario se muestran situaciones en las que la existencia de un Estado propio garantizaría realmente el ejercicio de los derechos de las personas y su bienestar. Pesca, agricultura, investigación, educación, cultura, sanidad, medios de comunicación, destino de inversiones etc. hoy están, en gran parte, en manos de unos estados que no sólo son ajenos a nuestro país sino que, tanto históricamente como en el presente, tienen como objetivo nuestra asimilación en sus respectivos grupos nacionales.
Principio fundamental
El derecho a la libre disposición, a la constitución del estado propio, es el primero de los Derechos Humanos ya que sobre el reposa la garantía del cumplimiento del resto.
Sobre la pretendida superación del Estado-nación
Hoy está de moda el hablar de la “superación del estado-nación”. Quienes así hablan son, por un lado, los más acérrimos defensores del suyo y, por otro, las personas acomplejadas de las naciones dominadas. Personas y grupos con el “síndrome de la mujer maltratada”. Son incapaces de separarse de quien les oprime y daña. Tenemos ejemplos muy recientes, como el de aquellos políticos que se autodenominan “vascos” que tienen como objetivo “cautivar” a España. Olvidan que precisamente son España, y Francia no hay que olvidarlo, quienes nos “cautivan” de verdad, nos tienen cautivos, en el sentido más estricto del término.
Importancia del Estado como reconocimiento
Resulta muy significativo el uso que en España, muchas veces desde nuestro país, de la expresión que se utiliza tanto de utilizar el término “Levante” para referirse a un País con existencia e historia propia como es el Valenciano. ¿Cuándo se ha llamado a Portugal “Poniente”? ¿Y cuál es la diferencia? Simplemente que Portugal es un Estado.
Algunas críticas a nuestro Estado
También se nos dice con frecuencia, sobre todo desde los sectores “progresistas” de nuestras naciones ocupantes, que tenemos que definir el modelo de Estado que queremos construir; que no vale un Estado neoliberal, autoritario, racista, conservador etc. Ellos no se preocupan excesivamente de las características del suyo, pero a nosotros nos exigen “pureza inmaculada”. En primer lugar está claro y hay que decírselo que, si lo queremos y somos capaces de ejercer la suficiente fuerza social, tenemos derecho y lograremos nuestro Estado. En segundo lugar, que con nuestra cultura política es difícil que construyamos un Estado autoritario. La trayectoria histórica de nuestro pueblo produjo unas instituciones políticas de control sobre los gobernantes insólitas en su época. Con esa cultura y con tantos años de sometimiento no es fácil que permitamos se construya un sistema político estatal en contra de nuestra propia sociedad.
Conclusión
Navarra es nuestro Estado y nuestra perspectiva actual y de futuro. Nabarralde es un catalizador para que nuestra sociedad logre la construcción de su propio Estado.
En cualquier caso, el grupo nacional que no se hace respetar, que no ejerce su capacidad social en este sentido ni se valora como tal, no conseguirá nunca su emancipación. Tampoco lo merece.
El Estado es la organización que permite a una sociedad ser sujeto político en el mundo. En cualquiera de las múltiples facetas que presentan las actividades de un grupo social: desde las inversiones en investigación hasta el reconocimiento lingüístico internacional, desde las políticas comerciales hasta las expresiones deportivas, están condicionadas, hoy en día, por la existencia de un Estado que las avale.
Para qué sirve
El Estado es la estructura política que permite garantizar la existencia y crecimiento del patrimonio propio: lengua, cultura etc. Además, a pesar de los actuales procesos de globalización, la capacidad política y económica del Estado lo hace insustituible para garantizar una “buena vida” a las personas y sectores que integran el grupo nacional.
Otras vías diferentes
Como expresa el tratadista canadiense Will Kymlicka, en teoría un grupo nacional, consciente y sujeto político, puede ser que cumpla sus aspiraciones dentro de un Estado confederal o, en determinadas circunstancias, simplemente federal. No obstante, dadas las actuales estructuras políticas de los estados español y francés, pretender alcanzar estos objetivos en su seno es una utopía mucho más lejana que la de la constitución de un Estado propio.
Nuestro caso en la actualidad de Europa y el mundo
En nuestro caso y al margen de los aspectos lingüísticos y culturales, ya citados, a diario se muestran situaciones en las que la existencia de un Estado propio garantizaría realmente el ejercicio de los derechos de las personas y su bienestar. Pesca, agricultura, investigación, educación, cultura, sanidad, medios de comunicación, destino de inversiones etc. hoy están, en gran parte, en manos de unos estados que no sólo son ajenos a nuestro país sino que, tanto históricamente como en el presente, tienen como objetivo nuestra asimilación en sus respectivos grupos nacionales.
Principio fundamental
El derecho a la libre disposición, a la constitución del estado propio, es el primero de los Derechos Humanos ya que sobre el reposa la garantía del cumplimiento del resto.
Sobre la pretendida superación del Estado-nación
Hoy está de moda el hablar de la “superación del estado-nación”. Quienes así hablan son, por un lado, los más acérrimos defensores del suyo y, por otro, las personas acomplejadas de las naciones dominadas. Personas y grupos con el “síndrome de la mujer maltratada”. Son incapaces de separarse de quien les oprime y daña. Tenemos ejemplos muy recientes, como el de aquellos políticos que se autodenominan “vascos” que tienen como objetivo “cautivar” a España. Olvidan que precisamente son España, y Francia no hay que olvidarlo, quienes nos “cautivan” de verdad, nos tienen cautivos, en el sentido más estricto del término.
Importancia del Estado como reconocimiento
Resulta muy significativo el uso que en España, muchas veces desde nuestro país, de la expresión que se utiliza tanto de utilizar el término “Levante” para referirse a un País con existencia e historia propia como es el Valenciano. ¿Cuándo se ha llamado a Portugal “Poniente”? ¿Y cuál es la diferencia? Simplemente que Portugal es un Estado.
Algunas críticas a nuestro Estado
También se nos dice con frecuencia, sobre todo desde los sectores “progresistas” de nuestras naciones ocupantes, que tenemos que definir el modelo de Estado que queremos construir; que no vale un Estado neoliberal, autoritario, racista, conservador etc. Ellos no se preocupan excesivamente de las características del suyo, pero a nosotros nos exigen “pureza inmaculada”. En primer lugar está claro y hay que decírselo que, si lo queremos y somos capaces de ejercer la suficiente fuerza social, tenemos derecho y lograremos nuestro Estado. En segundo lugar, que con nuestra cultura política es difícil que construyamos un Estado autoritario. La trayectoria histórica de nuestro pueblo produjo unas instituciones políticas de control sobre los gobernantes insólitas en su época. Con esa cultura y con tantos años de sometimiento no es fácil que permitamos se construya un sistema político estatal en contra de nuestra propia sociedad.
Conclusión
Navarra es nuestro Estado y nuestra perspectiva actual y de futuro. Nabarralde es un catalizador para que nuestra sociedad logre la construcción de su propio Estado.
En cualquier caso, el grupo nacional que no se hace respetar, que no ejerce su capacidad social en este sentido ni se valora como tal, no conseguirá nunca su emancipación. Tampoco lo merece.
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