01 julio 2012

LA BATALLA DE NOAIN





    EL 30 de junio de 1521 sucedió la batalla entre las tropas castellanas y las de Navarra en las campas de Eskiroz y Noain. Nueve años antes, el duque de Alba había invadido el reino navarro y había rendido su capital, Iruñea. Desde entonces, los esfuerzos por recuperar la independencia se habían sucedido, uno tras otro, y habían fracasado. La guerra se prolongaba. Aquel año de 1521, la rebelión de los comuneros en Castilla obligó al ocupante a retirar sus fuerzas y dirigirlas contra la revuelta, con lo que se debilitó el control español sobre el reino. Los navarros aprovecharon la ocasión para intentar una nueva ofensiva. A las órdenes del general Asparrós, una fuerza compuesta de navarros, gascones y franceses aliados liberó Donibane Garazi y atravesó los Pirineos. A la vez, las poblaciones ocupadas se rebelaron y expulsaron a los españoles, como ocurrió en Lizarra. En Pamplona, los propios sublevados hirieron al militar español Ignacio de Loyola en el ataque al castillo donde estaba acuartelado.

    Una vez dominada la rebelión comunera en Villalar, el Ejército imperial volvió a invadir Navarra. La independencia apenas había durado un mes. El general Asparrós, que había avanzado hasta Logroño, antigua ciudad navarra que intentó tomar, se retiró hacia Pamplona. En Noain, junto al castillo de Tiebas, estableció su campamento. El Ejército español, engrosado con los vencidos de Villalar, reunía una tropa de 30.000 soldados. Una columna dirigida por Francés de Beaumont atravesó por senderos de pastor la sierra de Erreniega y atacó por la retaguardia al Ejército navarro, cerrándole la retirada e impidiéndole el paso hacia Pamplona.

    La desproporción de fuerzas (se calcula que el Ejército navarro sumaba apenas unos 8.000 hombres) decidió el resultado de la batalla. Unos 5.000 soldados murieron en aquel día, y se desbarató la mayor milicia reunida en la guerra por la independencia del reino.

    Después de la derrota de Noain, la lucha por liberar el territorio navarro se prolongó durante varios años, con episodios célebres como la toma del castillo de Amaiur o la batalla de Hondarribia. Amaiur es el símbolo por excelencia de la resistencia épica de Navarra frente a un invasor abrumadoramente superior. En Hondarribia, los navarros se atrincheraron tras las murallas y dos años y medio de asedio dan fe de su voluntad de combatir. En la encarnizada disputa por esta plaza ocurrieron los hechos que hoy, con ignorancia y vergüenza, se celebran como motivo del alarde de Irun. Pero tanto en Amaiur como en estas otras escaramuzas. la guerra militar, por heroica o desesperada que fuera, estaba acabada. Noain marcó el cenit de la guerra abierta entre Navarra y España.

    Noain es uno de los principales escenarios de nuestra historia, el lugar en el que la decisión de la población navarra por mantener su independencia fue aniquilada. Navarra era la heredera de la antigua Vasconia, el territorio en que se mantuvo un poder soberano y unas instituciones políticas asentadas, y llegó a la Edad Moderna como un Estado europeo homologado, con una población y una cultura propias. Como en toda historia pasada, el anacronismo o el presentismo con que la interpretamos representa un peligro en el sentido de trasponer épocas, figuras, conceptos políticos, clases, instituciones y demás circunstancias. Como ocurre en todos los lugares y con todas las historias del mundo. Pero más allá de estas lecturas simplistas o manipuladas, Noain es uno de los hitos que explican nuestro pasado, que conducen al presente, y que representan a las claras que los vascos tuvimos un Estado propio, una independencia que fue arrebatada por las armas por un imperio español agresivo, genocida, en auge en aquella época.


    TASIO AGERRE, * PRESIDENTE DE NABARRALDE
    Publicado en Diario de Noticias de Navarra

    09 junio 2012

    UNA CONQUISTA INJUSTIFICABLE




    Con ocasión del 500 aniversario del inicio de la conquista y ocupación de Navarra por Fernando el Católico, Álvaro Adot nos ofrece un nuevo libro. Su título, “Navarra, julio de 1512. Una conquista injustificada”. Tras su magnífico “Juan de Albret y Catalina de Foix o la defensa del Estado navarro (1483-1517)” de 2005, basado en su tesis doctoral, nos encontramos con otra obra también consistente, basada de igual modo en documentación de la época y muy bien estructurada y centrada tanto en la situación real del reino como en las justificaciones utilizadas por el aragonés en la etapa de su conquista.

    La obra consta de dos partes. La primera, en la que el autor hace una sintética y clara descripción de la situación de las potencias implicadas en el momento de la conquista. Resulta de gran interés la exposición que presenta de las guerras y conflictos en los que se vio incurso Fernando de Aragón en Castilla, en la que quedó como regente tras morir su esposa Isabel en 1504. En efecto, el aragonés fue desterrado de Castilla en 1506, para volver a ocupar la regencia en agosto de 1507. Todo ello en un ambiente de gran conflictividad social y política entre los partidarios de su hija Juana (conocida como la “Loca”) y los suyos propios. Adot deja claro el contrapunto que suponía acusar a Navarra de inestabilidad, cuando, durante esta etapa, se caracterizó por su total normalidad. Ese tipo de acusaciones y problemas no se adjudicaron en exclusiva a Navarra; eran, normalmente, simples pretextos para justificar la agresión sobre cualquier reino pacífico. Tal fue el caso de Navarra, Estado neutral en el campo europeo e internamente ordenado, a cuyo dominio aspiraba el Católico, como quedo clara según la documentación que aporta el autor. En este apartado, Álvaro Adot analiza con claridad los vaivenes de las relaciones entre Inglaterra, Castilla-Aragón (ya España en la mente del rey), Francia y Navarra-Bearne, principalmente, y las razones que llevaron a los sucesivos y diversos juegos de alianzas y tomas de posición de sus actores en la política europea del momento.

    Uno de los principales atractivos de esta obra consiste en la segunda parte, en la que Adot aporta documentos de gran interés como testimonio de las claras intenciones de Fernando de Aragón de ocupar y hacerse cargo del reino de Navarra, dentro de su estrategia española y europea. El autor incluye varios documentos de la época a los que añade, en texto aparte, sus propios comentarios, en los que contextualiza, a mi modo de ver con gran acierto, lo expresado en los originales.

    El primer texto, una autojustificación de la conquista, es una carta escrita por Fernando el 20 de julio de 1512 a su confesor, Diego de Deza, entonces obispo de Sevilla. El segundo, el famoso “Tratado de Blois” de 17 de julio de 1512, sobre el que se han apoyado la mayor parte de quienes han tratado de fundamentar la “justicia” de la conquista y ocupación de Navarra, del que Adot realiza un detallado análisis En este punto resulta de gran interés la comparación que hace el autor entre el auténtico “Tratado de Blois” y la versión propagandística del mismo que hizo correr el propio rey Fernando desde Burgos el 16 de julio, un día antes de la firma del auténtico y concebido como soporte moral e intelectual de la agresión.

    El último texto que presenta Álvaro Adot es la narración de la conquista de Navarra escrita por el diplomático, comerciante, político e historiador florentino Francesco Guicciardini, embajador de su patria, Florencia, en la corte del rey Católico los años de 1512 y 1513, es decir durante la etapa de la conquista. Es un texto de gran interés, sobre todo dada la calidad de su autor como uno de los padres de la historiografía moderna. También debe su atractivo a la objetividad con que trata los hechos, dada su relativa lejanía de los intereses que se movieron en el conflicto.

    El trabajo en su conjunto tiene un gran atractivo y oportunidad, sobre todo ante el pertinacia mostrada por personas y grupos de interés que siguen presentando como verdades históricas hechos inciertos, cuando no falsos o amañados, como es el caso del texto del tratado de Blois de julio de 1512 utilizado por el aragonés; o la no participación de Navarra en el “Conciliábulo de Pisa” de 1511. También son sugestivos los testimonios que aporta sobre la fidelidad de la mayor parte del bando beamontés a los reyes Juan y Catalina a lo largo de la última etapa de normalidad en el reino. Quienes continúan manteniendo las obsoletas tesis de “incorporación voluntaria”, “pacto entre iguales”, “permanente destino español” o la “prosperidad de Navarra tras la conquista”, quedan inermes ante trabajos como el de Álvaro Adot. Sus posiciones caen como castillo de naipes ante un soplo de viento y, de paso, se airean sus vergüenzas.

      
    Referencia bibliográfica

    Adot Lerga, Álvaro
    “Navarra, julio de 1512. Una conquista injustificada”
    Pamplona – Iruñea 2012
    Editorial Pamiela

    05 junio 2012

    LA INGENIERÍA DEL PUCHERAZO


    El ‘pucherazo’ era la estafa electoral que conoció su máximo esplendor en la época de la Restauración. Se llevaban papeletas en pucheros, y se sumaban o restaban a la urna a gusto del consumidor. El sabotaje a los comicios electorales tiene en España una larga tradición. Ya lo dijo José Antonio Primo de Rivera: “ser rotas es el noble destino de las urnas”.

    En estos días se nos propone un nuevo trastorno en la ingeniería electoral, una ingeniosa perversión de la mecánica política a aplicar en la parte sur de Vasconia. Volvemos al ‘álgebra’ del pucherazo. La modificación del censo electoral es un astuto componente que viene a renovar su fórmula tradicional. Algunos ingredientes de esta sospechosa alquimia vienen de antiguo, como la partición territorial del país, o las ilegalizaciones de grupos políticos, que hacen desaparecer una porción sustancial del electorado, más recientes en el tiempo. En esta ocasión la feliz idea consiste en una alteración de grueso calibre, como es la pretensión de incorporar unas 300.000 personas al censo actual con la excusa de que se tuvieron que ausentar por la “violencia de ETA”. Un incremento de un 13%.

    En sí, la condición básica que permite estas ocurrencias es la nula tradición democrática del Estado español. Esto se expresa en dos planos que se condimentan y realimentan. La sociedad española presenta una enorme carencia de cultura democrática; basta recordar la tradición del “¡vivan la caenas!”. Excesos de poder que suponen transgresiones impensables en cualquier sociedad democrática, en España no concitan rechazo social ni castigo electoral alguno. Cierres de diarios, ilegalización de fuerzas políticas, torturas... ocurren sin ningún tipo de inquietud popular. Los gobiernos actúan arbitrariamente con la aquiescencia pasiva de sus súbditos. Crean leyes oportunas o vulneran las existentes con descaro e impunidad.

    Esta realidad no es coyuntural o asociada a situaciones puntuales, sino estructural desde el final del absolutismo monárquico a principios de siglo XIX. La sucesión de golpes de Estado o el soporte de las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad a la organización política de su Estado forman un continuo. Un grupo militar puede entrenarse en los lugares de memoria y dolor de los vascos, como Elgeta, y nadie se ruboriza. Una simple patrulla de la Guardia Civil puede asaltar un diario, amañar informes y provocar su cierre para siempre. Aunque luego se reconozca su falsedad, el mal permanece, el cierre es definitivo, no hay ningún tipo de reparación ni indemnización.

    Lo grave, pues, no es el pucherazo, sino el sistema corrupto que lo sustenta. Así, la tradición rufianesca del sistema político español es proverbial. Preguntaron a John F. Kennedy por las condiciones que necesita un país para ser democrático y respondió: “Libertad de prensa, separación de poderes, elecciones libres”. Ninguna de ellas se cumple bajo el Estado español. La separación de poderes, base de garantía de cualquier democracia, brilla por su ausencia. Dicho en jerga coloquial: el ejecutivo dirige, dicta o sustituye, según conveniencia, al legislativo; nombra los órganos y marca las decisiones del judicial. Unos encubren a otros, se pasan el cubilete como los trileros. La banca siempre gana. Ya lo decía Humpty-Dumpty: lo que importa es saber quién manda.

    La Constitución del Estado español se sostiene en su unitarismo y en un desprecio total a la diferencia, bien sea lingüística, cultural o de otra naturaleza. Como si correspondiera a una nación, a una población homogénea o a un pacto social. Pero la conquista violenta y la asimilación forzada de naciones como la navarra, la gallega o la catalana no se pueden ignorar. En un Estado plurinacional como el español son impensables planteamientos como los que exige una democracia del siglo XXI (según el canadiense Will Kymlicka o el catalán Ferrán Requejo).

    Según Requejo, si bien desde las perspectivas liberal y democrática, los principios generales o abstractos no ofrecen dudas, plantean la dificultad del “marco” sobre el que se pretende que alumbren. Es necesaria una tercera aproximación.

    Dice Requejo que la clave “nacional establece cuál es la colectividad básica de referencia en la que se aplican o debieran aplicarse las lógicas liberal y democrática. Paradójicamente, este es un tema mucho menos analizado. Resulta sorprendente que la mayoría de las teorías de la democracia no ofrezcan una teoría del demos legítimo. Prácticamente ninguna responde a la pregunta sobre cuál debe ser dicho demos, ni quien debe establecerlo, o si pueden existir varios “demos” en una democracia. No hay teorías elaboradas sobre las fronteras legítimas. Los enfoques que responden estas preguntas no son los liberales ni los democráticos, sino los nacionalistas: el “demos” lo forma la nación. Y todos los estados son nacionalistas. Pero en contextos plurinacionales se dan nociones y valores contradictorios sobre la nación, que producen nuevas interferencias entre las concepciones que pasan por las rendijas liberal, democrática y nacional. Y parece perfectamente legítimo que los “demos” de naciones actuales que no cuentan con un estado propio, como Escocia, Quebec o Cataluña, reclamen la construcción de una democracia liberal propia. El derecho a la secesión de colectivos nacionales forma parte de un refinamiento moral e institucional de las democracias liberales ‘avanzadas’”.

    El actual sistema político español hace desaparecer el “demos” vasco (al igual que el francés). En el sentido utilizado por Requejo, el “demos” navarro  es ignorado, la nación vasca queda inerme, sin derechos: los políticos y todos los derivados de la construcción cotidiana de la realidad, como los lingüísticos y culturales. El no reconocimiento del “demos” (vasco o catalán, por ejemplo) implica una radical falta de democracia en dichos sistemas.

    El derecho a la existencia del “demos” con todas las implicaciones políticas que exige, como puede ser, la independencia política, el Estado propio, es un elemento estructural imprescindible en una democracia moderna para ser considerada como tal, para pasar la “prueba del algodón”. Su ausencia es lo que permite que el “caldero del druida” en que se cuece el ordenamiento español sea lo que es: una amalgama de elementos absolutistas,  autoritarios, militares, judiciales, corruptos..., aspectos antidemocráticos que determinan la ingeniería del pucherazo como único sistema político en vigor.

    PUTXERAZOAREN INGENIARITZA


    “Putxerazoa” Errestaurazio garaian ezagun egin zen hauteskunde iruzurra da. Lapikotan eramaten ziren boto-txartelak eta kontsumitzailearen gustura gehitu edo kentzen ziren hautestontzitik. Hauteskundeen sabotajeak tradizio luzea du Espainian. José Antonio Primo de Riveraren hitzak errepikatuz: “apurtuak izatea da hautestontzien patu noblea”.

    Egun hauetan, nahasmen berri bat proposatu zaigu hauteskunde ingeniaritzan. Baskonia hegoaldean aplikatu nahi den mekanika politikoaren perbertsio zorrotza. “Putxerazoaren” algebraren alorrean sartu gara berriz ere. Eta formula tradizional honen eraberritzea ekarriko duen osagai maltzurra, hauteskunde errolda aldatzea da.  Alkimia susmagarri honen osagaietako batzuk antzinatik datoz, herrialdearen lurralde banaketa kasu. Beste batzuk berriagoak dira eta hautesleriaren zati handi baten desagertzea dakarte: alderdi politikoen legez kanporatzeaz ari gara. Oraingo honetan berriz, hauteskunde erroldari 300.000 hautesle gehitzea da asmoa (errolda nabarmenki aldatuz), eta horretarako “ETAren indarkeriak” bultzatuta alde egin zutela erabiliko dute aitzaki gisa. Erroldari %13a gehitzea ekarriko du honek.

    Funtsean, Estatu espainiarraren tradizio demokratiko ezak ahalbidetzen ditu era honetako burutazioak. Eta hau elkar elikatzen diren bi planotan adierazten da. Espainiar gizarteak kultura demokratikoaren gabezia erabatekoa erakusten du; ¡Vivan las caenas! tradizioa gogoratzea besterik ez dugu honetaz ohartzeko. Edozein gizarte demokratikoan pentsaezinak liratekeen ekintzek ez dute inolako zigorrik edo gaitzespenik eragiten Espainian. Egunkarien itxiera, alderdi politikoak legez kanporatzea, torturak... jendartean inolako artegatasunik eragin gabe gertatzen dira. Gobernuak nahi erara aritzen dira hiritarren onarmen pasiboa dutelarik. Lege berriak asmatzen dituzte eta daudenak lotsagabeki urratu inolako zigorrik jaso gabe.

    Errealitate hau ez da aldian aldikoa, edo egoera puntualei loturikoa. XIX. mende hasierako absolutismo monarkikotik datorren errealitate estrukturala baizik. Estatu kolpeak edo indar armatuek Estatuaren antolakuntza politikoari emandako babesa etengabeak izan dira. Militar talde batek euskaldunon oroimen leku batean egiten ditu trebatze ariketak eta hemen ez da inor lotsaz gorritzen. Guardia Zibil patruila batek egunkari bat eraso dezake, informeak moldatu eta betirako itxi. Eta gerora guztia faltsukeria bat izan dela onartzen bada ere, okerra egina dago, itxiera betierekoa da, eta ez dago inolako kalte ordainketarik.

    Larria dena berez ez da putxerazoa, berau sostengatzen duen sistema ustela baizik. Hartara, ezaguna dugu espainiar sistema politikoaren tradizio iruzurtia.  John F. Kennedyk halaxe erantzun zuen herrialde batek demokratiko izateko zein baldintza behar dituen galdetu ziotenean: “Prentsa askatasuna, botere banaketa, hauteskunde libreak”. Hauetako bat bera ere ez da ematen Estatu espainiarrean. Botere banaketa, edozein demokraziaren oinarria, ez da inon aurkitzerik. Hizkera arrunta erabiliz: betearazleak legegilea zuzendu, aginduak eman eta batzuetan ordezkatu ere egiten du bere nahietara; judizialaren organoak izendatzen ditu eta bere erabakiak markatu. Batak bestea zuritzen du, godaleta bata besteari pasatu, trileroak bailiran. Bankua beti da irabazle. Humpty-Dumptyk zioen bezala: nork agintzen duen jakitea da garrantzitsuena.

    Espainiar Estatuaren Konstituzioa bere unitarismoan eta ezberdintasunekiko (linguistikoa, kulturala eta abar) erabateko mespretxuan sostengatzen da. Nazio bati, biztanleria homogeneo bati edo paktu sozial bati balegokio bezala. Baina nazio nafarraren, galiziarraren edo katalanaren indarkeriazko konkista eta asimilazioaren aurrean ezin dugu ezjakinarena egin. Espainiarra bezalako Estatu plurinazional batean ez dute balio XXI. mendeko demokraziaren planteamenduek (Will Kymlicka edo Ferrán Requejo katalanak azaldu duten bezala).

    Requejok aditzera ematen duenez, ikuspegi liberal eta demokratikoek aurkeztutako printzipio orokorrek zalantzarik planteatzen ez duten arren, “markoak” zenbait zailtasun agertzen ditu. Hirugarren aukera bat behar da.

    Requejoren esanetan klabe nazionalak zehazten du zein talderi aplikatuko zaion logika liberal eta demokratikoa. “Paradoxikoki, gai hau ez dago batere aztertua. Harrigarria dirudi teoria demokratikoen gehiengoak “demos” legitimoaren teoria ez azaltzea. Muga legitimoen teoria egituratuak behar ditugu. Galdera hauei erantzuna ematen dieten ikuspegiak ez dira liberalak edo demokratikoak, nazionalistak baizik: nazioak osatzen du “demos”-a. Eta estatu guztiak dira nazionalistak. Baina testuinguru plurinazionaletan nazioari buruzko balio eta ideia kontrajarriak ematen dira, eta hauek ikuspegi liberal, demokratiko eta nazionalaren artean interferentzia berriak sorrarazten dituzte.  Zentzu honetan, ulergarria da berezko estaturik ez duten nazioen “demos” horiek (Eskozia, Quebec edo Kataluniaren kasuan esaterako) demokrazia liberal propio bat sortu nahia. Talde nazionalen bereizketarako eskubidea demokrazia liberal “aurreratuen” fintasun moral eta instituzionalaren parte da”.

    Egungo sistema polítiko espainiarrak “demos” euskalduna desagerrarazten du (frantsesak egiten duen bezala). Requejok darabilen zentzuan, “demos” nafarra baztertu egiten da, nazio euskalduna babesik gabe geratzen da, eskubiderik gabe: ez politikoak eta ez eguneroko errealitatearen eraikuntzatik eratortzen direnak, linguistikoak edo kulturalak kasu. “Demos” hauen onarpen ezak (euskalduna edo katalana adibidez) sistema hauen errotiko demokrazia falta uzten dute agerian.

    Demokrazia moderno batek “kotoiaren froga” gainditu dezan – hau da, demokrazia legitimo gisa onartua izan dadin – “demosaren” izatearen eskubidea (eta horrek dakarren ondorio politiko guztiak, hots, independentzia politikoa eta berezko Estatua) onartzea ezinbesteko elementua da. Elementu honen gabezia da hain zuzen antolamendu espainiarraren izaera definitzen duena: elementu absolutista, autoritario, militar, judizial, ustelen nahaste-borrastea. Eta elementu antidemokratiko hauek guztiek daramate putxerazoaren ingeniaritza indarrean dagoen sistema politiko gisa ezartzera.

    Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate

    01 junio 2012

    LA CONQUISTA DE NAVARRA PARA PROPIOS Y EXTRAÑOS

    El conocido periodista, economista y escritor, navarro de Gordexola, Joxe Erramun Bustillo Castrexana acaba de publicar de la mano de la Editorial Txertoa su contribución al recuerdo de la conquista y ocupación de Navarra hace 500 años, en 1512. El título, "Guía de la conquista de Navarra en 12 escenarios" indica ya el objetivo de su publicación. Es una guía histórica con soporte en 12 "lugares de memoria" de los navarros y que tiene, al mismo tiempo, algo de guía turística. Es un trabajo que puede servir a los autóctonos, olvidadizos en tantas ocasiones de los episodios fundamentales de su pasado, para que ubiquen en tiempo y lugar unos acontecimientos fundamentales de su historia, así como a los foráneos que se acerquen a conocer nuestra gente y nuestras tierras con voluntad de saber algo más que los tópicos al uso de los prospectos editados por el llamado Gobierno de Navarra sobre su "Comunidad Foral" y española.

    El texto de Bustillo incluye lugares decisivos en la historia, pero que en la actualidad se encuentran fuera del territorio que quedó, a la fuerza, formando parte de la monarquía española y que, ya en el siglo XIX, constituyó la Provincia de Navarra (Foral, eso sí, pero sin Cortes, sin tribunales de justicia, sin Cámara de Comptos, sin moneda...). Así, aparecen Hondarribia como último baluarte de un Estado independiente hasta 1524, por lo menos en el sur del Pirineo, Lescar en tierra de Bearne donde se encuentran sepultados los reyes navarros que mantuvieron el testigo de un reino independiente entre la Baja Navarra y el Bearne hasta un siglo más tarde, cuando el Rey Luis XIII de Francia proclamó en 1620 el Edicto de la Unión que suprimía su independencia, aunque los seguía considerando como "territorios forales". En 1789, la llamada Revolución francesa suprimió cualquier vestigio foral de Navarra y Bearne, si, pero de Laburdi y Zuberoa, también.

    Los sitios citados se encuentran en el hinterland navarro y tienen poderosas razones para aparecer la obra de Bustillo como "lugares de memoria", pero hay uno que puede descolocar a algunos lectores del libro: se trata de Atienza, el castillo de Atienza, como prisión alta seguridad en la que tras el fracaso del segundo intento de recuperación del reino en 1516, fueron encerrados varios prohombres navarros, entre los que el más importante políticamente era el mariscal Pedro de Navarra, pieza fundamental de la resistencia a la conquista y la ocupación española. El mariscal de Navarra, Pedro, fue posteriormente trasladado a Simancas donde murió, en extrañas circunstancias, en 1522.

    De entre los escenarios presentados por Joxerra Bustillo hay uno que desde el punto de vista cronológico es anterior a la etapa de la conquista. Se trata de Viana a cuyas puertas murió, fue asesinado, el hijo del Papa Alejandro VI y cuñado de los reyes de Navarra, César Borja (más conocidos en la literatura española e italiana como Borgia) por sicarios del Conde de Lerin, durante el sitio que soportaban en dicha ciudad por las tropas leales a Juan y Catalina de Albret. Digo Borja en vez de Borgia ya que su familia, valenciana, procedía del Campo de Borja y su apellido se mantuvo así entre los Borjas valencianos, como San Francisco de Borja, general que fue de la Compañía de Jesús. El apellido fue italianizado por la implicación de su familia en los conflictos de Italia, del Roma en particular. donde dos Borjas llegaron a ser papas. Alonso de Borja como Calixto III (1455-1458) y Rodrigo de Borja como Alejandro VI (1492-1503).

    El resto de escenarios aunque responden a la iconografía tradicional de otros análisis de esta etapa: Pamplona, Tudela, Estella, Garazi, Belate, Xabier y Marcilla, Noain y Amaiur, no dejan de ser de interés parejo.

    Cada capítulo va acompañado de una información adicional de gran utilidad en la que Bustillo indica lugares concretos a visitar e incluye páginas web de interés desde el punto de vista histórico, patrimonial, paisajístico y turístico por supuesto.

    La obra incluye tres apartados que suponen un gran acierto de la edición a la hora de centrar a los lectores. Uno de ellos consiste en una lista alfabética de personajes con su correspondiente biografía breve, se trata de "Quién es quién en la conquista". El segundo es una cronología de la misma, también muy útil al lector. El tercero contiene una bibliografía fundamental y bien elegida.

    Si algo se puede echar en falta serían dos o tres mapas en los que se indicara, con sobriedad,  los movimientos militares correspondientes a las tres fases de la Guerra de Navarra desde 1512 hasta 1530, en la que los españoles abandonaron Ultrapuertos donde, junto con Bearne los reyes Albret y después borbones siguieron reinando hasta 1620.

    En resumen, se trata de un trabajo divulgativo, pero al mismo tiempo de gran rigor e interés, sobre todo para quienes efectúan un primer acercamiento a la convulsa etapa que había iniciado el Imperio español, con Granada, Canarias, Italia,  las Américas y, como pieza de gran trascendencia (sobre todo para los vascos del siglo XXI), el reino de Navarra.

    Reseña bibliográfica:

    Joxerra  Bustillo Kastrexana
    "Guía de la conquista de Navarra en 12 escenarios"
    Donostia 2012
    Editorial Txertoa

    09 mayo 2012

    NAVARRA ES LA PATRIA DE LOS VASCOS


    El hecho de que el País de los Vascos no tenga un nombre aceptado de forma común indica varias carencias. La situación de una persona sin nombre en el que se reconozca supone un fuerte déficit de identidad y referencias. En el caso de que sea un grupo, tiene como premisa la falta de conocimiento de la propia realidad histórica y social.

    El nombre de un país no es sólo, menos aún principalmente, una “imagen de marca” (Iñaki Azkoaga, “El nombre del País de los Vascos”, Noticias de Gipuzkoa 2012/05/08). Constituye uno de los elementos de identidad con más fuerza de cohesión. Supone ubicarlo geográficamente en el mundo. Le otorga un reconocimiento social y político a nivel internacional. Implica evocar su trayectoria histórica. Equivale a tener unos referentes en los que la propia sociedad se ve reflejada. Consiste en asumir una lengua y un recorrido cultural de siglos. Es una base sólida para su permanente reajuste y proyección hacia el futuro. Es la expresión más simple y sintética de su patrimonio nacional.

    El patrimonio de una sociedad no es sólo una herencia recibida de generaciones anteriores, sino que consiste en un conjunto de valores y realidades, materiales y espirituales, en permanente actualización. El patrimonio que se fosiliza deja de ser patrimonio, se convierte en “letra muerta”. Las sociedades vivas están reescribiendo constantemente su propio relato. Reconstruyen su memoria y rehacen su historia cada día. Cuando un pueblo ha alcanzado determinados hitos en la historia no puede renunciar a ellos, salvo que pretenda su suicidio como colectividad. Si pretende tener un futuro como sujeto histórico en el concierto de las naciones del mundo, debe hacer valer todo su patrimonio sin ningún complejo.

    Cuando una nación reconocida con una denominación de tipo étnico (lingüístico o cultural) accede, durante el proceso histórico, a un estatus político de soberanía, sistemáticamente la designación política sustituye a la étnica. Por eso los lusos son conocidos en todo el mundo, comenzando por ellos mismos, como portugueses o los magiares como húngaros.

    El pueblo vasco, Euskal Herria, constituyó una estructura política independiente y soberana que permaneció como tal durante casi diez siglos y así fue reconocido internacionalmente en pie de igualdad con otros estados europeos. Los vascos construyeron un edificio político, el reino de Pamplona primero, y de Navarra después. Este edificio les permitió atravesar el final de la Alta Edad Media, toda la Baja y entrar en el Renacimiento como sujeto político y con una capacidad de nacionalización de su propia sociedad que todavía se manifiesta y es clara en todos los aspectos de la vida social vasca del presente.

    Este proceso fue truncado por avatares históricos de conquista y ocupación. De ellos el más importante posiblemente, la conquista y ocupación de 1512, conmemoramos este año el 500 aniversario. La pérdida de la soberanía supuso el deterioro de las instituciones políticas propias, una progresiva aculturación del país y cierta asimilación en las estructuras lingüísticas y culturales de los estados que lo dominaron y repartieron: España y  Francia.

    Si los vascos queremos hacer frente con dignidad a un futuro prometedor, mediante el logro de un Estado independiente, tenemos obligación de poner en valor nuestro patrimonio. Como una pieza fundamental, clave del arco, del mismo tenemos su nombre político: Navarra.

    Vasconia es un nombre antiguo, fundamentalmente geográfico. Euskal Herria corresponde a una denominación étnico-lingüística que, por lo mismo, no satisfizo al propio padre del nacionalismo vasco moderno: Arana Goiri, que, por lo mismo, inventó el neologismo Euzkadi. El Euzkadi de Arana era un deseo, un proyecto. El actual Euskadi es, para algunos, el mismo proyecto, pero para la mayoría de la población de la Vasconia Ibérica representa exclusivamente a una Comunidad Autónoma del Estado español. Navarra es, por el contrario, el Estado de los vascos.

    El nombre que, en mi opinión, mejor representa la realidad histórica vasca y su patrimonio, a la par que ofrece explícitamente la única perspectiva de futuro que puede garantizar su (buena) supervivencia, en un mundo convulso y en crisis, como Estado independiente, es el de Navarra.

    15 abril 2012

    JAIZKIBEL

    Esto es (parte de) lo que quieren destrozar en beneficio de algunas empresas constructoras

    El Puerto exterior de Pasaia es un fiasco, un timo económico innombrable como tal, que se plantea al margen de una ordenación territorial equilibrada de nuestra nación y que, además, presenta graves problemas paisajísticos y medioambientales.

    ¡No al puerto exterior de Pasaia!


    31 marzo 2012

    SOSTIENE DEL BURGO

    Sostiene Del Burgo que “El reino de Navarra nació a la historia como un reino español”. Y los toros, se me ocurre, que vinieron al mundo a vestir la fiesta española, a lucir en las banderas ultras y morir en las plazas. Pocas veces tenemos la suerte de encontrar tan al desnudo la doctrina del desatino nacional, el delirio español tan a las claras.
    El ideólogo del partido popular de Navarra ha publicado un argumentario que ataca el manifiesto de la Plataforma 1512-2012 sobre la conquista del duque de Alba, una versión renovada de aquella jocosa lectura de respuestas que recopiló la “Antología del disparate”.
    Sostiene Del Burgo que “El reino de Pamplona nace a la historia a finales el siglo VIII y comienzos del IX con una vocación netamente española”. España nace a la historia como un imperio del siglo XVI, de la neurona descarriada de Fernando de Aragón y su nieto el emperador Carlos; pero ya ocho siglos antes los vascones iluminados de Eneko Aritza apuntaban maneras. Frente a la memoria de Nafarroa Bizirik, Del Burdo nos relata la historia imperial de ‘Martínez el facha’.
    Sostiene, asimismo, que “En 1512, en el marco de un conflicto internacional, se produce el reencuentro definitivo del reino navarro con el resto de los reinos españoles”. Navarra estaba predestinada desde, por lo menos, el Paleolítico Superior a formar parte de esa indisoluble y casi eterna “unidad de destino en lo universal” que es España.
    Los “episodios” acontecidos entre 1512 y 1530 constituyeron, según Del Burgo, una “paz (que) produce efectos muy beneficiosos”. Y también: “El reino de Navarra se mantuvo intacto hasta 1839, en que se produjo su incorporación en el Estado español mediante un nuevo pacto de estatus, que se plasmó en la Ley Paccionada de 1841”.
    Recordemos que Navarra fue conquistada tras 18 años de guerra en la misma época y por el mismo imperio que dirigió la conquista de América. Hablar de paz, de reinos intactos, de pactos y otros eufemismos, es una burla macabra en la historia de la Humanidad, en la que los españoles han dejado una huella siniestra en forma de barbarie, esclavitud, violaciones, genocidios, expolios y demás ingredientes de lo que se dio en llamar la leyenda negra.
    Y para poner la guinda: “En 1982, un nuevo pacto –fruto de los derechos históricos de Navarra, amparados y respetados por la Constitución de 1978- permitió la reintegración y amejoramiento del régimen foral (...) Hoy Navarra es una de las comunidades con mayor grado de autonomía en el conjunto europeo”.
    De estas y otras citas de Del Burgo se desprende que las épocas que vivió el reino al margen de España, como Estado europeo independiente, fueron sumamente desgraciadas y que cuando se produjo el “reencuentro definitivo” en 1512 comenzó una etapa de paz, abundancia y felicidad plenas. Que, también, con el paso de los siglos todas ellas fueron “amejorando”, hasta llegar al colmo de perfección de su estatus actual. Es un caso extraño y poco conocido en la historia, en el que una nación soberana mejora tras su invasión por una potencia extranjera y sigue prosperando mientras la nación conquistadora se debilita, el imperio se desintegra, y a la vez avanza en su esfuerzo de asimilación y sometimiento. ¿No chirría esa historia? ¿No suena a los mantras habituales que los ocupantes y explotadores de todos los tiempos hacen repetir a sus sometidos? ¿No recuerda a la “mentira repetida” de Goebbels?
    La realidad parece que apunta en sentido contrario. Del Burgo mantiene: “No tiene sentido hablar de soberanía del pueblo navarro cuando Navarra estaba regida por unos reyes franceses que subordinaron sus intereses propios al interés del reino”. Por el contrario, la conquista y ocupación subsiguiente de 1512 parece, según el mismo Del Burgo, que sí respondía a la soberanía del pueblo navarro, aunque para ello hicieran falta unos efectivos militares de más de 17.000 hombres para dominar la capital del reino, poblada por menos de 10.000 personas. Tras la invasión “no violenta”, con casi dos soldados por habitante, el plumilla oficial del ejército ocupante, Luís Correa, escribe que los pamploneses (…) se mostraban “alegres por las calles, mandando que todos los vecinos estuviesen armados toda la noche, prestos a lo que el Duque (de Alba) mandase”, destacando su “fidelidad” al rey Fernando. Igualito que con Franco en los años “gloriosos” tras la victoria.
    Como modelo de esa paz, explica Del Burgo, “la destrucción de los castillos tanto de agramonteses como de beamonteses fue una medida que adoptó, una vez muerto el rey Católico, el cardenal Cisneros, regente de Castilla, y su principal finalidad era evitar que la nobleza pudiera utilizarlos en sus luchas fratricidas” y que “el pueblo llano veía con satisfacción esta medida, pues desde los castillos se ejercía el poder en ocasiones despótico de los nobles”. ¡Qué buenas son las madres ursulinas; qué buenas son, que nos llevan de excursión!
    Sostiene Del Burgo que “En su historia, publicada en 1513, Correa tan sólo refiere un acto de violencia extrema que protagoniza el coronel Villalba en el valle de Garro, sito en la tierra de vascos o Merindad de Ultrapuertos (hoy Baja Navarra), cuando trata de reducir al señor de Garro por no rendir vasallaje a Fernando el Católico”. El texto apologético de Correa –no podía ser menos siendo soldado, y escribiente, del ejército invasor- termina en 1513. La “Guerra de Navarra” siguió, según Peio Monteano, hasta 1529. Del Burgo mismo habla de los “tres intentos posteriores (otoño de 1512, 1516 y 1521)” de recuperación del reino o del apresamiento y muerte en circunstancias extrañas, en el castillo de Simancas, de Pedro de Navarra, mariscal del reino, tras el intento de 1516.
    Para tener una perspectiva próxima a lo acontecido en Navarra en aquel momento basta consultar los trabajos históricos que más recientemente han investigado sobre los hechos acaecidos en esta época: María Puy Huici (1993), Pedro Esarte (2001, 2007, 2009, 2011), Peio Monteano (2010), son ejemplo de obras en las que aparece la violencia de la conquista en forma de realidades concretas.
    La idea de España que expresa Del Burgo corresponde a su particular visión providencial y finalista de la historia. España es heredera de la monarquía visigoda y de los reinos de León y Castilla. Como realidad política surge a finales del siglo XV con sus gestas imperiales: Granada, Canarias, Italia, Navarra, América… Cualquier alusión anterior en el tiempo a Hispania (incluso bajo el nombre de “España”) hace referencia a una idea geográfica expuesta por los romanos y semejante a Iberia. Hacer equivalentes la “Hispania” romana a la “España” imperial de austrias y borbones constituye una forma ideológica y “finalista” de explicar el pasado.
    El nacionalismo español de Del Burgo manipula la historia al servicio de un ideario e intereses políticos muy actuales. Lo han hecho siempre que han percibido que su control sobre la sociedad navarra corría algún riesgo. Así lo hizo Víctor Pradera en el primer tercio del siglo XX y, también, en los últimos tiempos, su heredero espiritual Jaime Ignacio Del Burgo.
    Paz, imperio, felicidad, españolidad... nos vende Del Burgo. Pero la violencia asociada a la conquista de 1512 siempre ha permanecido en la memoria de los navarros. Siguiendo a Enzo Traverso (2005), ha sido una memoria “débil”, frente a otras, “fuertes”, así consideradas por estar apoyadas por instituciones políticas, fundamentalmente estados. Según Traverso “la memoria y la historia no están separadas por barreras infranqueables (…) Cuanto más fuerte es la memoria (…), tanto más el pasado, del que ella es vector, se convierte en susceptible de ser explorado y puesto en historia”. Es lo que hoy está sucediendo en Navarra. Y es algo imparable, mal que le pese a Del Burgo y a cualquier otro “Martínez el facha”.
     Artículo firmado también por Angel Rekalde

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    11 marzo 2012

    USOS DE LA HISTORIA



    Cuando se mezclan en un mismo zakuto anécdotas históricas de diversa trascendencia y de distintas épocas, se corre el riesgo de caer en el abismo del totum revolutum, en el que se es incapaz de distinguir el grano de la paja a la hora de producir un análisis acertado del proceso histórico. En tal caso, el resultado es, normalmente, pobre o erróneo y falto de la capacidad de explicación y comprensión que la perspectiva de la historia de toda nación o pueblo requiere. Eso es algo general y, por lo mismo, también aplicable a la historia de los vascos.

    Cuando, unido a lo anterior, dentro de una serie de hechos más o menos anecdóticos sobre reyes, se asocia algo tan importante como el surgimiento de la literatura escrita en euskera al hecho de la conquista de 1512 (euskal literatura guztia nafar Estatua konkistatu ostean ekoitzi dugu), se manifiestan dos problemas de los que no sé decir cuál me parece más grave. El primero es objetivo e indica desconocimiento. Se refiere a que fue precisamente tras la ocupación de la Alta Navarra por España, cuando en la Baja Navarra y el Bearne, territorios libres, se produjeron dos de los principales textos en euskera: el Linguae Vasconum Primitiae de Etxepare en 1545 y la traducción del Nuevo Testamento de Leizarraga, Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria, editada en 1571 en La Rochela bajo la protección y apoyo de la reina Juana III de Navarra. El segundo es subjetivo y se asocia a la carencia de autoestima con relación a la historia y memoria de la sociedad propia, de la nación vasca.

    Cuando se acepta como algo gracioso la puesta en ridículo de unos hechos traumáticos, bélicos y políticos, que condujeron a la minoración y subordinación de una nación como Navarra, el Estado de los vascos, con relación a otra (artículo de Mikel Soto, “Me cago en el V centenario”, en Gara, 2012/02/11) y este hecho se ha prolongado durante siglos hasta el presente más rabioso, se expresa no sólo la banalización de un acontecimiento histórico fundamental en la historia de una nación, sino, de nuevo, la falta de autoestima social y de dignidad de quien así se manifiesta.

    Cuando, no sé si de modo artero o inconsciente, se une la reivindicación foral, protonacional, expresada en las Guerras Carlistas del siglo XIX, con las apologías habituales en aquella época, tanto en Moret como en Larramendi y otros muchos defensores de los fueros y del euskera, es decir “lo vasco” con “el tubalismo”, justificación de supuestas raíces bíblicas, para asegurar su legitimación, se hace un flaco favor tanto a la causa de los fueros como a la del euskera.

    Cuando se acepta de modo acrítico el burdo principio, tan querido por las instituciones académicas oficiales de Francia y España, de que el Estado no surge hasta los siglos XVIII o XIX, se concluye que las instituciones políticas de Navarra no constituían un Estado vasco de verdad y que los únicos estados que hemos tenido han sido el español y el francés, de los que somos simple “periferia”. El hecho de ignorar la capacidad “nacionalizadora” que ejerció durante siglos el Estado navarro supone también un ejercicio de desconocimiento del proceso histórico y, una vez más, un complejo de minorización.

    Cuando se puede afirmar que en el siglo XII los vizcaínos pasaron a Castilla sin guerra (“bizkaitarrak gerra barik pasatu ziren Castillara”, Gorka Etxebarria, Berria), se oculta la traición a Navarra de las familias de Haro o Gebara y la realidad de que sus intereses feudales produjeron su integración en Castilla.

    Cuando todo lo anterior se expresa en un artículo, respetuoso por otra parte, como el escrito por Gorka Etxebarria en Berria (2012/03/03), creo que estamos ante la evidencia de una ignorancia mutua entre sectores que, por lo menos sobre el papel, nos encontramos en la misma trinchera. Todos queremos y nos esforzamos por la constitución de un Estado vasco (navarro) independiente, pero no existen entre nosotros cauces de debate fáciles y accesibles. Un ejemplo es la repetición incansable, por una de las partes, de que la historia no justifica las demandas actuales de independencia política, sin profundizar en las razones por las que nuestra sociedad sigue, en 2012, constituyendo una nación y mantiene su voluntad de ser independiente. Muchas de ellas no se pueden conocer en profundidad sin el estudio de la historia que nos ha conducido al hoy ni sin revisar los rastros de memoria que se han mantenido a lo largo del tiempo; en una palabra, sin conocer el proceso de construcción social de la realidad actual de nuestro pueblo. Todo ello sin pasar por el tamiz de las instituciones académicas oficiales de los estados que nos dominan.

    Publicado en BERRIA (2012/03/11)

    HISTORIAREN ERABILERA



    Prozesu historikoaren azterketa sakona egiterakoan garai eta garrantzi ezberdineko gertaera historikoak zaku berean sartzen baditugu, totum revolutum-aren amildegian erortzeko arriskuan egongo gara, gertaera nagusiak bigarren mailakoetatik ezberdintzeko ezgai. Horrelakoetan, azterketaren emaitza pobrea eta okerra izaten da gehienetan, herrialde bateko historiaren perspektibak behar duen azalpen edo ezagutza faltan duena. Gauza orokorra da hori, eta horregatik, euskaldunon historiari ere aplika dakioke.

    Horren harira, errege-erreginei buruzko narrazio baten barruan euskal literaturaren sorrera bezain gertaera garrantzitsua 1512ko konkistarekin erlazionatzen denean (euskal literatura guztia nafar Estatua konkistatu ostean ekoitzi dugu), bi arazo azaleratzen dira, zein baino zein larriagoa. Lehenengoa objektiboa da, eta ezjakintasuna adierazten du. Izan ere, Espainiak Nafarroa Garaia okupatu zuenean, hain zuzen, Behe Nafarroan eta Bearnen —hartara lurralde independenteak—, euskarazko bi testu nagusietakoak ekoiztu ziren: Etxepareren Linguae Vasconum Primitiae 1545ean eta Leizarragak egindako Testamentu Berriaren itzulpenaIesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria,1571n La Rochelan Nafarroako Juana III.a erreginaren babespean editatua. Bigarren arazoa subjektiboa da, eta euskal nazioak historiarekiko eta gizartearen memoriarekiko duen autoestimu gabeziari dagokio. 

    Nafarroaren, euskaldunon Estatuaren menpekotasuna eta gutxiagotzea eragin zuten ekintza beliko eta politikoak trufaka tratatzen dituenak (Mikel Sotoren artikulua, Me cago en el V centenario,Gara-n, 2012ko otsailaren 11n) —menpekotasun hori mendeetan zehar gaur egun arte luzatu dela kontuan hartuta— gure nazioaren funtsezko gertaera historikoa hutsaren pare jartzen du, eta jarrera horrek hala mintzatzen denaren autoestimu eta duintasun gabezia erakusten du. 

    Maltzurki ala axolagabeki foruen aldarrikapen protonazionala —XIX. mendeko gerra karlistetan nagusitu zena— garai hartako ohiko apologiekin —Moret, Larramendi eta foruen eta euskararen defendatzaile izan ziren beste hainbeste— alderatzen duenak, hau da, «euskalduna» «tubalismoarekin» parekatzen duenak mesede eskasa egiten die foruen eta euskararen auziei.

    Estatuak XVIII. edo XIX. mendean sortu zirela baieztatzen duen printzipio baldarra —Frantziako eta Espainiako erakunde akademikoek estiman duten printzipioa— zalantza izpirik gabe onartzen badugu, honako ondorio honetara iritsiko gara: Nafarroako erakunde politikoek ez zutela inoiz Estatu euskaldun bat eratu; izan ditugun estatu bakarrak espainiarra eta frantsesa izan direla, eta gu beti haien periferia. Estatu nafarrak mendeetan zehar izan duen nazio eraikuntzarako gaitasuna gutxiesteak prozesu historikoarekiko ezjakintasuna erakusten du, eta lehen aipatutako gutxiagotasun konplexua.

    XII. mendean bizkaitarrak gerrarik gabe Gaztelaren parte bilakatu zirela baieztatzen duenak —«bizkaitarrak gerra barik pasatu ziren Castillara», Gorka Etxebarria, BERRIA—, Harotarrek eta Gebaratarrek Nafarroari egindako traizioa ezkutatzen arituko da, eta haien interesek feudalek Gaztelarekin bat egitea ekarri zutela. 

    Arestian aipatutako guztia Gorka Etxebarriak BERRIArako idatzitako artikuluan (2012ko martxoak 3) irakurri nuenean —artikulua errespetuz idatzia bada ere— lubaki berean beharko luketen sektoreek batak besteaz ezer gutxi dakitela ohartu nintzen. Guztiok nahi dugu Estatu euskaldun (nafar) independente bat, baina ez da gure artean eztabaidarako gune abegikorrik. Adibide gisa, horietako sektore batek behin eta berriz errepikatzen duen iritzia: historiak ez duela gaur egungo independentzia nahia justifikatzen. 

    Baina sektore horrek ez du azaltzen zergatik, 2012an, oraindik ere, gure gizarteak nazio bat osatzen duen eta zergatik nahi duen burujabe izan. Ezin dugu galdera horren erantzuna ezagutu gure historia sakonki aztertu gabe, gaurdaino mantendu diren memoria trazuak ezagutu gabe; alegia, gure herriaren egungo errealitatea osatu duen eraikuntza sozialaren prozesua ezagutu gabe. Hori, noski, menpean gaituzten estatu ofizialetako erakunde akademikoen galbahetik pasatu gabe.


    08 marzo 2012

    NECESIDAD POLÍTICA Y ECONÓMICA DEL ESTADO PROPIO



    La realidad, parece, es que los tres grandes proyectos de los siglos XIX y XX, se han convertido en problemáticos: el capitalismo con bienestar social, la sociedad socialista y el nacionalismo clásico (que implica estado propio, soberanía, supremacía de la nación). Pero, por otra parte, es igualmente cierto que, en este desorden de modelos, la “sociedad nacional” o la “vida en nación” no han sido sustituidas por ninguna otra forma de organización equivalente de los espacios territoriales y colectivos. En el mundo contemporáneo, es decir en el conjunto de sociedades humanas, el “ser eso” sustancial, la identidad básica de grupo es todavía, y será, previsiblemente, en el futuro, sustancialmente un “ser” nacional: la entidad que define por encima del resto la vida política, moral, cultural, informativa, simbólica etc., es todavía y sobre todo nacional (…) La cuestión es pues que la entidad llamada “nación” no ha sido sustituida como marco central o supremo de id-entidad y de la vida de las sociedades: ni las “regiones”, ni “Europa” o la Unión Europea, por ejemplo, no han alcanzado un valor referencial y definitorio equivalente al que conserva el espacio definido como nacional


    A pesar de todos los intentos de explicar la evolución de las sociedades y los conflictos acontecidos en su proceso histórico durante los últimos dos siglos, mediante los conflictos de clase o las confrontaciones de civilización o de tipo religioso, encontramos que el eje fundamental sobre el que giran los choques más importantes en el mundo es el hecho nacional. La nación ha sido en los últimos tiempos y sigue siéndolo el elemento fundamental que da sentido de pertenencia y cohesión a los seres humanos. Los conflictos de clase que tradicionalmente se han venido analizando como problemas internos de cada Estado se manifiestan cada vez con más intensidad a nivel internacional como contiendas nacionales.

    En el mundo occidental, con instituciones militares conjuntas como la OTAN, en la Europa que vivimos, la de la Unión Europea, la de la superación de las fronteras y de los conflictos monetarios, se nos dice que la pertenencia nacional queda como un elemento residual. Los estados no disponen de ejércitos particulares ni de políticas monetarias propias sobre las que asentar su soberanía. Se nos dice que todo ello redunda en la obsolescencia de la organización política llamada Estado. Curiosamente quienes nos quieren vender este producto son medios, partidos y personas que tienen su Estado propio y que lo tienen activo y con iniciativa permanente. Son los mismos que nos dicen, también interesadamente que hay que luchar y defender la “Europa de los pueblos” y que nos olvidemos de esa utopía en trance de extinción llamada Estado.

    Nada hay más alejado de la realidad. Sobre todo en esta época de crisis general. Ya vemos que lo que se ha construido en la última etapa histórica es la Europa de los estados. Los sujetos políticos en Europa son los estados que constituyen la Unión. Pero no sólo eso sino, cuando la crisis hace temblar las bases económicas del capitalismo occidental, encontramos que la Unión europea lo que hace para intervenir y tratar de paliarla es llamar al orden a los estados que “no han hecho sus deberes”. Dentro de los “pigs” (Portugal, Irlanda, Grecia y “Spain”) se ha llamado al orden a Portugal y Grecia. Son los estados los que desde su propia organización económica y política los que deben afrontar los problemas.

    En referencia a los recientes disturbios y conflictos ocurridos en Gran Bretaña, el sociólogo Salvador Cardús decía en un reciente artículo: “En Tottenham, se ha dicho a diestro y siniestro que estábamos ante un caso claro de barrio "multicultural". Es una manera equívoca de describir un barrio con una mayoría de ciudadanos procedentes de antiguas y recientes inmigraciones y de sus descendientes. Pero eso no lo hace multicultural porque, al menos sobre el papel, supondría la existencia de una sociedad capaz de integrar la diversidad -incluida la autóctona- y no la mera superposición de grupos étnicos en competencia sobre el mismo terreno. Más que barrios multiculturales, son territorios en los que ha fracasado un determinado modelo de convivencia que, calificado con un término políticamente correcto y en nombre del respeto a la diversidad, enmascaraba formas radicales de segregación”.

    La nación constituye el lugar de encuentro de un grupo humano, el espacio en el que se pueden afrontar los problemas de una comunidad y tratar de resolverlos, aunque sea a través del conflicto, de un modo racional y respetuoso con los derechos de las personas y grupos. La nación es el lugar que da cohesión a un grupo humano. Los procesos migratorios que existen en la actualidad, y que sin duda seguirán creciendo, serán siempre conflictivos, pero lo serán en menor grado si la sociedad de acogida muestra un mínimo necesario de cohesión social. La suficiente para servir de referencia y marcar unos valores básicos. Los grupos humanos llegados de otras culturas sociales, religiosas y políticas aportarán matices al marco de acogida, pero éste es necesario que exista para una convivencia democrática.

    Para que este grupo nacional, con cultura social y política propia, tenga garantías de existencia, desarrollo y perspectivas de futuro, necesita del apoyo de ese instrumento político que el Estado. Cuando dentro de la organización política de un Estado existen varias comunidades nacionales distintas la supervivencia y futuro de las mismas sólo pueden ser garantizados por un Estado confederal o, cuando menos, federal. Pero cuando lo que rige el poder es un Estado unitario, absorbente, asimilista, negador e irrespetuoso de las diferencias lingüísticas, culturales y políticas, la única solución democrática es el logro de un Estado propio por cada una de esas naciones, el ejercicio de su libre disposición. En los casos de los estados español y francés la característica, casi genocida, de su sistema unitario, convierte el sometimiento de sus naciones en una situación radicalmente antidemocrática, con el sarcasmo añadido de que los impuestos que recauda de las mismas dice que lo revierte en ellas… ¡a través de su sistema educativo, sus medios de propaganda, su policía y su ejército! “Servicios” en los que no se reconoce ninguna de las naciones sometidas. Los circuitos de redistribución funcionan a favor de la nación dominante (española o francesa, en nuestro caso) y en contra de Navarra y los Países Catalanes.

    La cohesión social es el factor fundamental para lograr una convivencia justa en un mundo cada vez más complejo, en el que los flujos de personas y capitales son cada vez más profundos y rápidos. La nación es la expresión de esta cohesión. Y el Estado es el instrumento político que puede garantizar su viabilidad. Garantizar la viabilidad de una comunidad nacional exige defender una identidad que asuma lo global de manera dinámica, abierta y en permanente cambio, pero asentada firmemente en el proceso histórico que se ha convertido en el “nosotros” actual y en su voluntad de permanencia. Exige unos referentes de memoria, fechas y lugares, basados en una historia asentada sobre un método científico. Exige la centralidad en todos los referentes con relación a otras sociedades  y naciones.

    Todo lo anterior implica un sistema educativo coherente con estos fines: centrado en la propia nación al mismo tiempo que abierto al mundo. Supone unos medios de comunicación democráticos y que no sirvan, como actualmente, a la difusión y propaganda de identidades extrañas y con afán de sustitución de las propias. Comporta también unas redes de infraestructuras materiales (terrestres, ferroviarias y por carretera, aéreas, marítimas etc.) e inmateriales (telefonía, banda ancha, servidores de Internet etc.) centradas en los intereses de la propia nación. Implica también un sistema de I+D+i (Investigación. Desarrollo e innovación) soportado sobre una “I” añadida e  imprescindible, que es la Identidad.

    El ingeniero Juan José Goñi se referido recientemente en un artículo de prensa a los seis tipos de capital que están jugando en el desarrollo evolución hacia el futuro de cualquier sociedad y afirma: “Los seis activos sociales son: el capital económico, el capital conocimiento, el capital salud -física y emocional-, el capital cultural y de creencias, el capital ecológico o ambiental, y el capital relacional o de confianza. Estos seis activos responden a nuestra naturaleza antropológica de humanos como seres sociales emocionales y racionales con percepción del tiempo -pasado y futuro- y residentes en un planeta biológicamente desarrollado y ocupando un espacio evolutivo junto a múltiples especies”.

    La labor del Estado consiste en garantizar todo lo anterior y para ello es imprescindible el control de los flujos económicos. Por supuesto todos los relacionados con el sistema fiscal y servicios sociales (educación y salud, sobre todo), pero también y todavía más importantes actualmente, los referentes a la captación y canalización de capital hacia el tejido productivo y de servicios, centrado también un una visión estratégica del papel que la nación pretende jugar en la Europa y el mundo actuales.

    Una sociedad sin cohesión social no tiene un futuro estimulante. Más bien no tiene futuro. La cohesión social viene de la mano de la nación y la nación para ser viable y garantizar un futuro democrático, viable, solidario con otras sociedades del mundo y respetuoso con los límites de nuestro Planeta, necesita los recursos económicos que, hoy por hoy, sólo se pueden lograr a través de esa organización política que es  el Estado.


    Bibliografía

    Mira, Joan F. “En un món fet de nacions”. Palma de Mallorca 2008. Lleonard Muntané, Editor.


    Artículo publicado en Haria 30 (2012/03)

    04 marzo 2012

    LAS CORTES DE 1513



    El 3 de marzo de 1513 dieron comienzo las primeras Cortes del reino convocadas tras la conquista y ocupación iniciada en julio del año anterior. Estas Cortes duraron hasta el día 24 del mismo mes y año. La situación del reino en aquel momento se podía calificar de cualquier forma menos de normal. La práctica totalidad de personas opuestas a la invasión con derecho a participar en las mismas, agramonteses fundamentalmente, habían tenido que huir y se encontraban fuera del reino, exiliados. Los que asistieron fueron, por lo mismo, casi todos beamonteses. De ahí procede el que esta convocatoria haya sido conocida históricamente como “Cortes beamontesas”.

    Para ratificar lo dicho, en su trabajo “Breve historia de la invasión de Navarra, (1512-1530)”, Pedro Esarte afirma:

    “… La composición de estas Cortes fue fraudulenta, puesto que la mayor parte de los nobles fieles no participaron y el estamento de los caballeros se constituyó exclusivamente con los que juraron al nuevo rey. El tercer estamento, lo componía el brazo eclesiástico, igualmente amañado. En representación del Obispado de Pamplona asistió Joanes Paulus Oliverius, con el título de vicario de nuevo nombramiento, hecho que no fue aceptado por el cabildo catedralicio. Como titulares de monasterios sólo asistieron dos al juramento de las Cortes: fray Belenguer Sanz de Berrozpe, prior de la Orden de Jerusalén, y fray Miguel de Leache, abad de Leire. La legitimidad de estas Cortes fue, pues, nula de pleno derecho”.

    El virrey alcaide de los Donceles en nombre de Fernando el Católico, hizo público un perdón general, por el que se autorizaba a regresar a sus casas a todos aquellos exiliados que jurasen obediencia perpetua al nuevo monarca. En nombre de Fernando y en su propio nombre prestó solemne juramento de respetar los fueros, usos y costumbres del Reino, con una fórmula muy similar a la tradicionalmente empleada.

    Sobre su desarrollo, Peio Monteano, en su libro “La Guerra de Navarra (1512-1529)”, dice:

    “En los días sucesivos los diputados presentaron los agravios (…) que la Corona había realizado en los últimos meses. Entre los no reparados figuraban algunos que con el paso de los años se convertirían en recurrentes: que no hubiera jueces extranjeros en los tribunales navarros, que las fortalezas fueran encomendadas a alcaides navarros, que se indemnizasen los daños causados por los ejércitos, que se acabara con los excesos de las tropas etc. Y sorprendentemente, una petición de mayor calado político: las Cortes exigían que se reintegrasen a Navarra territorios que antiguamente le pertenecieron ‘en especial –decían- los lugares que están situados del Ebro hacia la parte de Navarra’. ¿Hablaban de la Sonsierra o estaban reivindicando también Álava, Gipuzkoa y Bizkaia?”

    A la petición de que el mando de las fortalezas navarras recayera siempre en naturales del reino, la respuesta textual fue: “La intención de sus altezas es que así se haga en adelante, pero por la calidad de los tiempos y en lo que toca a la defensa del reino su alteza no puede hacer otra cosa”. La “calidad de los tiempos” es un eufemismo que según desde el punto de vista que se considere, el de los vencedores o el de los vencidos,  indica situaciones muy dispares.

    Como conclusión, en el desarrollo de estas Cortes se evidencia que, si bien fueron unas Cortes conformadas en exclusiva por las fuerzas que desde dentro del reino apoyaron la invasión de 1512, quienes las protagonizaron tenían perfecta conciencia de formar parte de un Estado independiente y consideraban coyuntural su supeditación a Castilla y que, además, mantenían viva la memoria de las conquistas y agravios sufridos por Navarra tanto en la etapa más reciente como en otras anteriores.

    Publicado en diario de Noticias de Navarra (2012/03/04)

      
    Bibliografía

    Esarte Muniain, Pedro. “Breve historia de la invasión de Navarra, (1512-1530)”. Pamplona-Iruñea 2011. Editorial Pamiela.

    Monteano Sorbet, Peio J. “La Guerra de Navarra (1512-1529) Crónica de la conquista española”. Pamplona-Iuñea 2010. Editorial Pamiela