25 septiembre 2011

¿EN TIERRA DE NADIE?

En este mundo occidental en que vivimos no existen “tierras de nadie”. No hay poblaciones que existan al margen de los estados. Los vascos, exactamente igual que los magiares, lusos, bretones o cualquier otro grupo étnico europeo, vivimos dentro de un Estado concreto (el húngaro, el portugués o el francés en los casos citados). Aunque en el nuestro sean dos: el español y del francés. Y esta realidad es tozuda: si no tenemos Estado propio, tenemos (o nos tiene) otro. Siempre.

Hoy en día en nuestro entorno geopolítico se nos asegura que el Estado está perdiendo atribuciones. Es posible... Algunas han pasado a niveles supraestatales, como son las relacionadas con los sistemas militares o monetarios. Pero hay un asunto que cobra cada vez más importancia, en el que los estados tienen la competencia exclusiva y que está, además, relacionado con los procesos migratorios y otras cuestiones de gran alcance. Cualquier grupo humano que pretenda responder democrática y eficazmente a los retos que plantean los problemas vivos en el planeta Tierra a comienzos del siglo XXI debe constituirse como una sociedad cohesionada, en la que puedan expresarse en plenitud todas las potencialidades de su cultura social y política. Un elemento básico de cohesión es la lengua propia de los grupos que la poseen y utilizan.

Los estados, desde el siglo XIX sobre todo, son los principales generadores de identidad. En los estados multinacionales, pero monolingües, monoétnicos y unitarios en la práctica política, como los que nos toca soportar a los vascos, la identidad que se impone a través de la lengua, de la versión de la historia y de la consiguiente memoria asociada a los hechos y lugares que configuran una sociedad, es la de las naciones dominantes.

El estrepitoso fracaso de determinadas políticas “multiculturales”, basadas en la creación de guetos sin otra facultad que la de mantener las características étnico-religiosas de los grupos inmigrantes y sin ninguna capacidad de colaborar con el conjunto social en el que se integran para solucionar el conjunto de problemas de la sociedad de acogida, lleva a la necesidad de controlar los instrumentos de cohesión y manejarlos eficazmente. Para esa tarea, entre otras, está el Estado. Es el instrumento que puede garantizar que las aportaciones y valores de las culturas inmigrantes se incorporen al conjunto social de modo democrático, positivo y lo menos conflictivo posible.

En un reciente artículo, Euskal estatuaren ezinak eta nahiezak , publicado en Berria (2011/09/11) Pablo Sastre afirmaba que por tener mañana un Estado no vamos a ser más avanzados o mejores, y eso es sencillamente una postura derrotista y políticamente equivocada. Cualquier Estado tiene sus riesgos, pero la posición de Sastre es conservadora, cuando no abiertamente reaccionaria: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Es lo que hace implícitamente el autor al elegir España o Francia, lo malo conocido, frente a lo bueno por conquistar.

Si somos el pueblo de los batzarres y del auzolan, difícilmente vamos a tolerar un Estado propio que no sirviera a la propia sociedad. No es de recibo admitir la hipótesis peor, como afirma Sastre, de que “un Estado propio no sólo no nos ayudaría a ser a nuestro modo; sino que pondría al pueblo bajo su dominio”. ¡Como si España o Francia nos dejaran “ser a nuestro modo”! También esa desconfianza hacia la sociedad propia encubre una posición conservadora. Nunca la izquierda ha tenido miedo al pueblo, y cuando lo ha sentido, ha dejado de serlo para pasar al campo de los dominadores.

Es particularmente desafortunado afirmar: “bagarelako gara” (“somos porque somos”), ya que constituye o bien una frivolidad tautológica, vacía de contenido, del tipo “Navarra es Navarra” (de Jaime Ignacio del Burgo), o bien una expresión del esencialismo más rancio. Se diría que el ser social, según Sastre, constituye una esencia en sí, inmutable, y la realidad colectiva no fuera una construcción social, nacional en este caso, en la que el poder estatal aculturiza, manipula y, sobre todo, crea identidad.

Con posiciones como las expuestas en el artículo citado sólo se consigue afianzar el dominio secular al que España y Francia nos tienen acostumbrados. Sembrar la duda y el recelo frente a la tarea política liberadora de constituirnos en Estado independiente favorece las estructuras de dominio y explotación a las que estamos sometidos desde hace mucho tiempo. La lucha realmente progresista, aquí y ahora, consiste precisamente en su logro en el plazo más breve posible.

Está claro que hay opiniones para todos los gustos, pero hay cuestiones en las cuales se impone la cruda realidad y que, nos guste o no, está ahí y hay que afrontarla. Una de esas realidades es el Estado. El Estado puede ser instrumento de dominio, pero también de relativa liberación, según quien ejerza su control. Abandonarlo en manos ajenas por su condición de estructura de poder implica ceder el terreno de la lucha política y resignarse a la derrota, a la marginación, a vivir, como propone Sastre, en los resquicios.

En nuestro caso concreto, las funciones que ambos estados ejercen sobre la sociedad vasca se enfrentan a nuestros intereses. Los vascos del siglo XXI pertenecemos obligatoriamente a unos estados que no sólo recaudan nuestros impuestos y los utilizan en nuestra contra (sistema lingüístico y educativo, sistema penal, policial, judicial, militar, medios de propaganda y tantos otros...), sino que además controlan y canalizan todo tipo de inversiones y ayudas en un sistema de I + D + i que nos es ajeno, cuando no directamente contrario.

Todo eso, y mucho más, es lo que hace del Estado, un ente polifacético, polivalente y multiusos. Pero hay una cuestión que, como ya se ha dicho, es evidente: no existe ningún grupo humano en nuestro planeta que viva al margen de esa realidad. Necesitamos un Estado propio porque hoy es la forma de ser en el mundo. Como sujeto. Hoy por hoy; la única.

En resumen, el artículo de Sastre contrapone la cuestión social y democrática con el hecho nacional, algo ya utilizado en tantos debates históricos, lo cual le obliga como conclusión a una apología del estatus existente. Con la exquisita exigencia de perfección para lo propio, imposible de alcanzar, opta, de hecho, por seguir con lo ajeno, con lo que hay, España y Francia, sin dar opción a la posibilidad de un Estado nuestro, navarro, al margen de sus presumibles rasgos problemáticos o contradictorios. El artículo de Pablo Sastre es conservador, reaccionario, lleno de desconfianza hacia la propia fuerza de su pueblo y, por desgracia, defensor en el fondo de la situación de dependencia y dominio a que se ve sometida Euskal Herria.

Angel Rekalde / Luis María Martínez Garate