07 agosto 2009

NAFTALINA Y OTROS OLORES

El último número de Argia (2 de agosto, 2009) incluye un reportaje sobre las iniciativas que se están poniendo en marcha en torno al 500 aniversario de la Conquista de Navarra (1512-2012). Como en otras ocasiones, aprovechando que el Arga pasa por Pamplona -como el Pisuerga atraviesa otras villas- el periodista de Argia agarra el rábano por las hojas para descalificar a Nabarralde.

De hecho, el texto concluye de esa manera: “Nabarralderi kritika”. Enhorabuena. Aunque esa campaña de reflexión en torno a la conquista de 1512, unos hechos que han marcado lamentablemente nuestra historia hasta el presente, ha sido impulsada desde Nabarralde, para Argia es una buena oportunidad para sacarnos los colores con las descalificaciones de dos autores a los que da alas, sin poner en entredicho ninguna de sus sombras.

Por ejemplo, destaca Argia el “olor a naftalina” que Juanjo Larrea, profesor de la UPV, adjudica a los trabajos de Nabarralde. Silencia en cambio el “olor a muerto”, literal, que cualquiera, sin ser profesor de ninguna universidad, puede hallar, en dosis letales, en la propia historiografía en que se sustenta Larrea. En ella, como bien sabemos, lo español se remonta a la época de los dinosaurios y la legitimidad de su producto histórico a la de los visigodos (que por ser germánicos eran arios, la raza superior, y han gozado de gran estima en las universidades españolas). Que la historiografía hispana huela a naftalina en alguna corriente ajena debe de ser un alivio en comparación con las propias miasmas en que colea.

En torno a Nabarralde se mueve gente de distinto nivel cultural, con versiones más o menos militantes, de afición y convicción más que de academia, de acompañantes más o menos animosos, entusiastas. Como ocurre en todos los sitios. Pero si buscamos esos acompañantes en la escuela en que trabaja el historiador Larrea, en la escuela hispana, podemos encontrar unos compañeros de viaje mucho más rancios y carpetovetónicos que cualquier satélite o selenita que se asiente en tierra vasca.

Extraña leer en Argia la referencia, desde la cultura vasca, a cualquier historiador de cátedra española (y la UPV entra en esa categoría; salvo honrosas excepciones) y digo que extraña porque todo lo que se ha trabajado en investigación, con honradez y sentido crítico en este campo, se ha hecho desde fuera de la academia oficial: desde Campión a Barandiaran, desde Jimeno Jurio hasta Krutwig, Pierre Narbaitz o, ya puestos, Josemari Esparza con “Navarra: de la esperanza al horror”, por abrir el campo de épocas, autores y temas. Este último tema es paradigmático: la represión de la guerra del 36 (como esos grandes temas que nos atañen) se ha investigado desde fuera de las universidades. Al contrario, todo lo oficial ha venido lastrado por el control ideológico hispano, heredero de la inquisición, muy celoso de sus ideas, y sólo se ha investigado con rigor a la contra.

Precisamente ése es el sentido de la crítica de Larrea (como se ha podido observar en el escándalo que ha sacudido los hallazgos de Iruña-Veleia): la defensa del estatus académico. La oposición y guerra sin cuartel a cualquier argumento que desestabilice los currículos oficiales y las cátedras. Y Argia les da carta blanca. De nuevo, enhorabuena.

Sorprende también la cita, repetida y cargante, la credibilidad argumental concedida a Santi Leoné (en ésta y en otras crónicas), como si fuera un oráculo de la inteligentsia; un individuo que sólo ha destacado por su descalificación a Nabarralde (buena idea que le ha abierto muchas puertas, seguramente); un “sabio” que desdeña la memoria histórica y el patrimonio colectivo. No merece la pena polemizar sobre las ocurrencias que derivan de tal punto de partida. No me imagino a nadie en Berlín, en Roma, Londres, Venecia, París, Viena, Praga... a nadie, en esas ciudades históricas, que defienda que olvidemos nuestra historia; que nos despojemos de nuestro pasado; que imaginemos nuestro país desde ahora (como si los demás no imagináramos), desde el sinsentido (porque el sentido tiene su origen y su historia), haciendo abstracción de todos nuestros problemas, de cuanto nos han despojado, de lo que hemos sido, del tesoro que es nuestra cultura colectiva.

No entiendo a nadie en la cultura europea tomando en serio a un elemento así, a nadie sosteniendo en público propuestas de semejante calibre, y que una revista presuntamente cultural lo incluya en sus páginas, como no sea para catalogarlo de mono de feria.

Luis Mª Mtz Garate y Angel Rekalde