26 noviembre 2009

A VUELTAS CON LA HISTORIA

La historia no es sólo, ni principalmente, la forma de entender un mundo que ya no existe. En primer lugar porque no es cierto eso de que “ya no existe”. ¡Claro que existe! Y precisamente por el hecho de que, de una u otra forma, sigue existiendo es por lo que se escribe la historia. La historia no es el cuento de una colección de hechos pasados, es, fundamentalmente, una narración coherente que selecciona situaciones, episodios, conflictos, tratados políticos etc. en función de los intereses de quienes tienen la capacidad de escribirla. No hay que olvidar que son los vencedores quienes escriben la historia.

Pensar que la realidad actual es “otra” que la que describe la historia es un inmenso error que sólo contribuye a justificar como real e inmutable lo que hicieron quienes controlan el poder en cualquier sociedad, de sus desmanes e injusticias principalmente. Y eso es así porque es a ellos a quienes beneficia y justifica, a quienes permite seguir manteniendo su dominio. Los “hechos” que cuenta su “historia” están seleccionados y contados a su estilo y responden a intereses de absoluta actualidad.

Por las mismas razones, la historia tampoco es, exclusivamente, lo que cuentan en sus textos los historiadores oficiales. Estos se mueven en torno de los circuitos académicos, que están en manos de quienes controlan los resortes del poder y pagan sus servicios. Tenemos como ejemplo de instituciones oficiales que trabajan sobre la historia “l’Institut de France” o “la Real Academia de la Historia” española. Esto nos lleva a una consideración relacionada con el hecho planteado antes de “quién hace la historia”. Franceses y españoles tienen sus respectivos estados que son quienes, para justificar su existencia y la de su nación, en los términos existentes en cada situación histórica (hoy, hace cien años y mucho antes), crean sus “academias” o “institutos” dedicados a su investigación y estudio.

No es completamente cierto el que no tengamos historiografía propia. En efecto, cuando todavía conservábamos, tras la conquista de 1512-24. algunos de los restos de nuestro Estado histórico, Navarra, se puede decir que sí la tuvimos, a través del Padre José Moret y Mendi S.J. y sus “Anales del Reino de Navarra” (1684) como obra más significativa. Moret supuso el inicio de un camino frustrado que, debido a los avatares políticos sobre todo de los siglos XIX y XX, no tuvo la continuidad necesaria para crear una escuela historiográfica propia. Su sucesor más importante, Arturo Campión, vivió y escribió 200 años después de Moret. La creación de escuelas de este tipo no es producto del azar, es resultado de unas estructuras políticas capaces de vertebrar la sociedad que se pretende estudiar. Pueden surgir personas aisladas que, en un momento dado, resplandecen y alumbran a la sociedad, pero que tienen enormes dificultades para crear escuela y garantizar su continuidad.

Dicho en otras palabras: Francia y España disfrutan de sendos estados que les permiten tener sus universidades, escuelas, institutos, investigadores e historiografía propios. Nosotros que fuimos privados de nuestro Estado, precisamente por la intervención violenta de ambas potencias, poco podemos esperar en nuestro favor de sus “escuelas historiográficas”. Más bien al contrario, en ellas encontraremos razones que justifican sus desmanes. Para tener una escuela propia “comme il faut” hay que tener un Estado que la alimente y dé sentido.

Ahí radica precisamente el núcleo del problema: el conflicto no es sólo ni principalmente historiográfico, sino político. Pensar que hacer “historia” en euskera va a contribuir a crear una historiografía propia es creer en los reyes magos. En euskera se puede hacer perfectamente historia francesa y española. Además, aquí y ahora, se hace realmente. Basta con hojear, siquiera superficialmente los libros de texto en los que nuestros niños y adolescentes aprenden “historia”. En euskera, eso sí.

Como muestra de lo dicho, acabo de revisar un texto utilizado por las ikastolas de Iparralde, “Erdi Aroa eta Nafarroako erresuma” (Baiona, 2005) para enseñanza de la historia en su tercer ciclo. Su planteamiento francocéntrico es muy fuerte; casi del calibre de la gravedad que supone el olvido en su texto de fechas como 778 (batalla de Orreaga) o 1200 (conquista y ocupación por Castilla de los territorios occidentales del reino) para nuestra historia. En muchas otras ocasiones, sobre todo en las fechas en que las librerías ponen a la venta los textos para el curso siguiente, septiembre normalmente, he hojeado también lo que se enseña al sur del Pirineo. Sustituyendo “franco” por hispano” nos encontramos con análoga y triste realidad.

No es suficiente con tener unas universidades que se llamen de “Euskal Herria” o de “Navarra”. Los estados que nos dominan ya se preocuparon a lo largo de la historia de que nuestra tradición universitaria no existiera. Cuando hemos llegado a tener universidades en nuestro territorio ha sido o bien de la manos de la Iglesia Católica (Compañía de Jesús y Opus Dei) o bien del Estado continuador del franquismo y de sus vicios sociales y políticos.

Pienso que ya es hora de afrontar en toda su crudeza el profundo carácter político del problema y plantearlo como tal. Sólo un Estado propio, obviamente el de Navarra, puede garantizar una escuela historiográfica propia que sirva realmente al conocimiento de las raíces y la evolución de nuestra sociedad a lo largo de los siglos y centrada sobre ella misma como sujeto histórico y político. Y que ayude, desde la independencia real, a plantear y construir un futuro interdependiente y solidario.

1 comentario:

Anónimo dijo...

interesante releer nuestra verdadera historia...
eneko