17 marzo 2008

CONVIVIR Y DECIDIR

Convivencia y decisión

Las personas que viven juntas pueden hacerlo de muchas maneras, pero fundamentalmente de dos: pueden convivir, en equilibrio, con respeto recíproco y paridad o pueden coexistir en una situación de dependencia, dominio o explotación.

En la primera etapa de la vida de los individuos de la especie Homo sapiens sapiens y debido precisamente a su inmadurez en el momento del nacimiento, se produce la necesidad de su “hominización” personal, o lo que es equivalente, de “socialización”. Esta fase requiere una etapa prolongada de dependencia que, normalmente, tiene lugar dentro de la familia biológica del recién nacido. Como primer elemento y soporte de los demás se encuentra la herramienta que se denomina “lengua materna”.

Conforme la persona adquiere los conocimientos y habilidades necesarias para desenvolverse en sociedad va alcanzando lo que se conoce como “madurez”. La “madurez” es un proceso cuyo objetivo es precisamente la consecución de un individuo con criterio propio y capaz de afrontar, con más o menos éxito, pero responsablemente, los retos que su tiempo y su sociedad le plantean.

Cuando este proceso alcanza un determinado punto, la persona “decide” qué hacer con su existencia. “Decide” independizarse, impulsar un proyecto propio de vida, marchar del nido familiar, formar pareja e ir a vivir con ella, montar una comuna de okupas en algún edificio abandonado o irse a la Cartuja. Pero lo decide ella misma.

En su nueva etapa la persona convivirá en un nuevo entorno, colaborará con su pareja, si la tiene, con sus colegas okupas o con los monjes del cenobio. En cuanto persona emocionalmente equilibrada, intentará ser feliz y “convivirá” con su pareja, compañeros o las religiosas del convento.

Si las cosas le vienen mal dadas, si no se encuentra a gusto, si percibe hostilidad, agresión o, simplemente, no se ve realizado como persona, se replanteará su ubicación en ese contexto. El sujeto evaluará sus responsabilidades y opciones y, como consecuencia, decidirá su siguiente paso: abandonar su entorno, tomar un periodo de reflexión y, quizás como conclusión, se redefinirá en un nuevo entorno.

Elecciones del 9 de marzo

Como conclusión de los resultados de las elecciones del 9 de marzo, el líder del PsoE en Bizkaia, Patxi López, resumió la victoria de su partido con un principio programático: “el derecho a convivir por encima del derecho a decidir”. Sin saberlo, porque nos tememos que su formación intelectual no dé para tanto, retrató la política de su grupo en los mismos términos en que lo haría el cardenal Rouco Varela, representante de la facción más reaccionaria de la retrógrada iglesia española. En efecto, como sostiene la doctrina católica, en la iglesia no hay lugar para el divorcio, y lo que Dios ha atado no lo desata ni Cristo. La ley, divina, está por encima de los deseos y los derechos humanos.

En los mismos términos se expresó López, con la particularidad de que elevó el principio clerical del ámbito privado a la esfera de la política más encumbrada, la de la organización del Estado. Y, de hecho, al orden internacional, por cuanto alcanza al ejercicio de la autodeterminación de los pueblos y la fundación de los Estados.

Divorcio como libertad fundamental

Este contraste entre la primacía del derecho a convivir y el derecho a decidir está largamente tratado y documentado en ese debate que rodea a una libertad tan consustancial a nuestros tiempos y sociedades occidentales como es la que regula la ley del divorcio. Cuando López celebraba la supremacía del derecho a convivir, como victoria de sus tesis en las urnas, estaba identificándose con una visión cavernícola de la convivencia humana, la del patriarcado profundo, la del garrotazo a la mujer y el arrastre a la caverna sin derecho a réplica. Y no hacemos literatura; sin derecho a decidir por parte del sujeto, la convivencia deja de serlo; pasa a ser dominio de uno (el que decide) sobre otro; es esclavismo; es no disponer libremente de uno mismo. Y esta perspectiva sirve exactamente igual en el ámbito privado que en el público o político.

Seguir viviendo en una situación de agresión, hostilidad o simplemente dependencia se podrá definir de cualquier modo pero nunca como “convivencia”. La convivencia requiere la decisión y la opción libre de seguir en ese proyecto compartido. Una persona que contraponga “convivir” a “decidir” olvida, en el mejor de los casos, que para lograr una “convivencia” real se ha de poder decidir sobre la situación en la que se “convive”; se ha de evaluar la relación “coste-beneficio”. Una situación en la que hay un “convividor” y un “convivido” no es una relación simétrica, voluntaria, libremente elegida (o “decidida”); es siempre una situación o de dominio o de paternalismo. Una situación no igualitaria, no democrática.

En estos tiempos en que, demasiado a menudo, situaciones como la que ha definido López (derecho a convivir por encima del derecho a decidir) acaban en tragedia, con la muerte de la “convivida” a manos del sujeto que se cree con derecho a dominar. Deberíamos reflexionar sobre el peligro que encierra una “convivencia” de Euskal Herria con España cuando quien gobierna lo hace sobre tales principios. Ello explica la dificultad de hallar soluciones a los conflictos y también la problemática materialidad de otros principios democráticos en nuestra sociedad, a la que no se le reconoce el primero: el derecho a decidir.

Artículo escrito por Luis Mª Martínez Garate y Angel Rekalde

1 comentario:

Tondo Rotondo dijo...

El derecho convivir debe de estar equiparadao no sólo al de decidir sinó también a una cosa llamada justicia y dignidad.

Como bién dices "pueden convivir, en equilibrio, con respeto recíproco y paridad o pueden coexistir en una situación de dependencia, dominio o explotación", los partidos españoles optan por esta segunda fórmula... pués que lo asuman y provlamen y dejen de engañar.

Un saludo y gracias por tu visita :-P