13 marzo 2008

CARLOS III EL NOBLE

En esta parte del mundo en la que nos ha correspondido vivir, controlada por el poder político español, no conciben la existencia de un rey que se pueda llamar Carlos III y que no sea “el mejor alcalde de Madrid”. Si exceptuamos, obviamente, nuestra Navarra, donde por ventura todavía pensamos que “el mejor alcalde de Madrid” fue don Enrique Tierno Galván. Aquí, Carlos III, el de verdad, es “el Noble”, el rey de Navarra.

Y efectivamente existió. Del mismo modo que su padre Carlos II, al que intereses ajenos a Navarra otorgaron la denominación de “el Malo”. Ambos fueron reyes de nuestro Estado soberano y a los dos sería necesario, con seguridad, reducir los epítetos que les ha otorgado una historia hecha en gran parte desde fuera, por españoles y franceses. Ni Carlos III fue tan “Noble”, ni Carlos II tan “Malo”, por lo menos para los intereses de nuestro reino.

Comentaba recientemente con Iñigo Saldise, compañero de fatigas en el quehacer cotidiano en pro de la recuperación de nuestra memoria histórica y de nuestro patrimonio, la dificultad de la tarea de hacer accesibles a nuestra sociedad actual, sobre todo en su vertiente más “joven”, los conflictos de épocas tan lejanas como los siglos XIV y XV. Eran situaciones y mentalidades muy diferentes, sin embargo la idea de “reino” como “pueblo de Navarra” capaz de controlar desde sus “Estados” o “Cortes” los desmanes de nobles y reyes, foráneos principalmente por supuesto, pero también propios, es algo que se manifiesta a lo largo de toda esta etapa histórica y permanece hasta nuestros días.

Iñigo se atreve desde la radio, mientras que yo, ante una hoja en blanco, siento mucho miedo al escribir sobre épocas tan complejas y distantes. Viene esta introducción a cuento de haber leído un libro de Eloisa Ramírez Vaquero con título “Carlos III rey de Navarra. Príncipe de sangre Valois (1387-1425)”, Gijón 2007 y editado por Trea en su colección “Corona de España” y serie “Reyes de Navarra”.

El libro es complejo, como sin duda lo fueron los intereses con los que tuvo que bregar nuestro Carlos III, menos belicosos que los de su padre pero posiblemente más complicados desde el punto de vista geoestratégico, en el mundo de las alianzas y de los cambiantes juegos de intereses que se manifestaban en su época.

El largo conflicto franco-británico (Guerra de los Cien años), las pugnas internas de la monarquía francesa (Borgoña, Orleáns, Bretaña, Armagnac, Foix...), el Cisma de Occidente, con hasta tres papas disputándose el cetro de San Pedro, los intereses del Imperio, las posesiones británicas ubicadas en las mugas de Navarra (Lapurdi, Zuberoa, Gascoña, Guyena...), por no hablar de los complejísimos intereses que movilizó la sucesión a la Corona Catalano-aragonesa en los que triunfó la rama castellana de Antequera frente a los partidarios de Jaume d’Urgell, el control de los reinos de Sicilia y Nápoles y muchos otros, constituyen los ingredientes principales de una situación internacional compleja y muy difícil de compaginar con los intereses de un reino menguado como lo era a la sazón Navarra.

En este conjunto abigarrado de intereses, contrapuestos muchas veces, complementarios en otras pero siempre cambiantes, hay un elemento que el libro de Ramírez Vaquero no cita y que descubrí hace bastantes años gracias a una colaboración de Enrique Pérez Boyero, profesor de la Universidad de Málaga, en la revista “Príncipe de Viana” en su número 52 de septiembre-diciembre de 1991 y páginas 69-72. El artículo se titula “Un mensaje confidencial de Carlos III el Noble al Rey de Granada”.

En dicho mensaje Carlos III previene al Sultán Nazarí de los intentos de Castilla para formar una alianza con Aragón y Navarra e ir en su contra. El mensajero, Juan de Samaniego, fue interceptado por los intereses castellanos antes de llegar a su destino. No obstante, el proyectado acuerdo entre los tres reinos peninsulares, del que Castilla había excluido a Portugal, nunca tuvo lugar.

Según Pérez Boyero “...esta misiva demuestra que la política de amistad y estrecha colaboración con Castilla practicada por Carlos III no fue siempre tan lineal como a veces se ha dicho”. Y más adelante “...Enrique III (de Castilla) buscó la colaboración de los reyes de Aragón y de Navarra para emprender una cruzada contra el último reino musulmán de la Península. Pero sus planes de cruzada no agradaron a ninguno de los dos soberanos. El monarca aragonés, Martín I el Humano, acababa de firmar un tratado de paz con Muhammad VII y Enrique III solo pudo obtener la promesa de su neutralidad en caso de iniciar una guerra contra Granada. Carlos III, en cambio, no quiso inhibirse del asunto. Alarmado por los proyectos del rey castellano, decidió intervenir para tratar de impedir que Castilla alcanzara un poder excesivo y rompiese el equilibrio existente entre los reinos de la Península...”

Tras su lectura, complementada por este breve apunte “musulmán”, se deduce que nos encontramos en un período sumamente complejo desde el punto de vista político y, como muy bien dice Eloisa Ramírez Vaquero en la conclusión de su libro, en una época en la que “...la maquinaria del ‘estado’ es ya una realidad casi completa, que se va desvistiendo del traje medieval para ir incorporando la coraza moderna. La estructura tomaba cuerpo y se engrasaba desde hacía por lo menos dos siglos, los resortes del estado moderno se abrían paso inexorables...”

En la construcción de “esta estructura” (Estado), la monarquía navarra constituye una de las primeras y más avanzadas expresiones europeas, ya desde Sancho VI el Sabio en el siglo XII. Los Evreux, con sus luces y sombras, conforman una etapa muy importante en este proceso, interrumpido violentamente por las conquistas de 1512-24 a manos castellanas y de 1620 francesas, que culminó a mediados del siglo XVI con el esplendor cultural de la corte de Pau, con las reinas Margarita y Juana.

Publicado en Haria, número 21, marzo de 2008