19 febrero 2008

EL PENSAMIENTO NAVARRO

Estos últimos días, estimulado por la lectura de un, para mí por lo menos, muy interesante libro he recordado una temprana mañana, soleada supongo, de un domingo de agosto de 1970. En aquella época yo estudiaba en Madrid y me encontraba en Iruñea compaginando el estudio de asignaturas pendientes para la convocatoria de septiembre, varias clases impartidas a estudiantes de bachiller para obtener algún pequeño beneficio y el ocio propio de las vacaciones.

En esa mañana, se oyó desde mi casa de la avenida de Carlos III, frente a Capuchinos, sobre el “Garaje Unsain” y muy próxima a la calle Leire en la que se ubicaba el periódico, un ruido tremendo, una detonación. Mi padre, sin apenas duda, exclamó: “¡el Pensamiento Navarro!”. Y tenía razón. Una enorme explosión se llevó por delante los restos materiales de un periódico que otros, previamente, ya habían liquidado y vaciado de contenido expulsando a su valiente director, Javier María Pascual y rompiendo cualquier lazo con los propietarios morales del periódico: los carlistas.

Había seguido muy de cerca las tribulaciones de Javier María Pascual como director de un medio de comunicación que él mismo había convertido, sin apenas más medios que su capacidad, voluntad y relaciones personales, en pionero de una prensa que pugnaba por salir del agujero de más de treinta años de franquismo, plantar cara al régimen y servir de altavoz de unas reivindicaciones hasta entonces silenciadas.

La época lo propiciaba. Por el mundo corría un amplio espíritu libertario y reivindicativo, cuyo exponente simbólico más importante fueron los movimientos en pro de los derechos civiles en Estados Unidos, la liberación de las trabas generacionales, la libertad sexual; resumido en un símbolo: “mayo del 68”. Hasta la encorsetada Iglesia Católica generó, con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, un potente movimiento de renovación.

En el Estado español el franquismo daba síntomas de agotamiento, no tanto por la capacidad de la autodenominada “oposición democrática”, sino por el final del modelo autárquico y el comienzo de los movimientos paneuropeos y globalizadores. La tímida “Ley de Prensa” de Manuel Fraga, en 1964, fue un pequeño movimiento del régimen en tal sentido.

El carlismo, como movimiento político decisivo en la consecución de la victoria de los sublevados el 18 de julio de 1936 contra el gobierno de la 2ª República española y alejado, por otra parte, de los circuitos de poder del régimen, se encontraba en una situación de abatimiento total. A lo cual había contribuido poderosamente el propio régimen propiciando divisiones y querellas internas. En resumen, el carlismo estaba mal visto por la escasa “oposición democrática”, por haber colaborado decisivamente con el ejército y resto de sublevados el 18 de julio de 1936 y por el propio régimen, por ser un protagonista muy crítico con su acción política y al que no podía desautorizar públicamente sin desautorizarse a sí mismo.

Al carlismo también le llegaron aires de renovación de la mano de un grupo de personas como el propio Carlos Hugo de Borbón y su Secretaría Particular (Ramón Massó, Víctor Perea y otros, de los que luego solo continuó José María Zavala). A este grupo se unieron otras, como Pedro José Zabala y el propio Javier María Pascual. Los aires del Concilio reavivaron las cenizas del carlismo que, mediante la hábil maniobra de sustitución del viejo Francisco López Sanz en la dirección del único periódico que consiguieron salvar de la “quema unificatoria” de Franco y Serrano Súñer, por el joven entusiasta, bien preparado y excelente escritor que fue Pascual, y propiciaron un importante cambio cualitativo en su línea informativa y editorial.

Javier María renovó totalmente la perspectiva del periódico, lo modernizó y, lo que es más importante, le dio aire fresco, afrontando con valentía y dentro de los escasos límites que le imponía el régimen, los principales retos políticos, sociales y económicos que tenían planteados Navarra, el Estado español y Europa.

Este sueño fue breve. De 1966 al verano de 1970 se respiraron esos aires en El Pensamiento Navarro y lo percibieron claramente sus muchos lectores, tanto carlistas como de la “oposición democrática” y del propio régimen. En efecto era el único periódico de “provincias”, según la despectiva terminología imperial, que se recibía en todos los ministerios del Gobierno español. La historia de esta etapa ha sido contada de forma muy amena, en mi opinión, en el libro escrito por Rosa Marina Errea Iribas aparecido en Navarra en 2007 y editado por Eunate. Su título, “Javier María Pascual y El Pensamiento Navarro. ‘Con él llegó el escándalo’ (1966-1970)” es bastante explícito al respecto.

La obra se sustenta en la Tesis Doctoral que presentó su autora en la Universidad de Navarra bajo la tutela del profesor don Francisco Javier Caspistegui. Resulta muy interesante como friso de una etapa decisiva para la sociedad de aquella parte de Navarra que entonces acababa de salir de su versión agropecuaria y encaraba un rápido proceso de industrialización y enfrentamiento a los problemas, hasta entonces soterrados, propios (de identidad) y del mundo (de ubicación).

Da la casualidad que quien aquella luminosa (supongo) mañana dijo lacónicamente, tras oír la explosión, “¡el Pensamiento Navarro!”, es decir mi padre, era Luis Martínez Erro, consejero del mismo y la única persona de su Consejo de Administración que se opuso, por un lado, a la destitución de Pascual como director y, por otro, que acató las órdenes del carlismo para poner sus acciones, de las que nunca se consideró titular sino sencillamente fideicomiso, a la disposición de su organización.

Aunque en esa etapa yo vivía en Madrid, estaba suscrito al “Pensamiento” y mantenía un fluida relación con mi padre que incluía, cotidianamente, los pesares y cuitas de ambos (de Javier María y de mi propio padre que en tantas ocasiones le sirvió de “paño de lágrimas” ante la postura cerril, integrista y destructora del resto del Consejo).

Cuando el pasado sábado, 16 de febrero de 2008, me tropecé casualmente, en las calles de Iruñea con Juan Indave Nuin, sustituto de Javier María en la dirección del diario y que tan activamente colaboró en la campaña para su desprestigio, sentí pena. Por él y por todos los que posibilitaron que ese proyecto se hundiera, arrastrando el periódico a la quiebra y ruina. No creo que Indave me reconociera.

Sobre el libro de Errea Iribas opino que es clarificador, aunque su autora manifieste una clara toma de partido a favor de Javier María Pascual a la que me adhiero cumplidamente, sobre todo para la comprensión de esos años cruciales en Navarra y en todo el Estado español, tal como ya he indicado anteriormente.

En el aspecto formal, pienso que la conversión de tesis a libro se podía haber mejorado, haciendo su lectura más amena, ya que en ocasiones peca de repetitiva. Los documentos que aporta son muy interesantes y muchos de ellos inéditos (los del propio fondo de Javier María Pascual). Alguna de las fotos que aparecen, como por ejemplo la de Pascual con don Javier con Montejurra como fondo, fueron tomadas por mi padre.

Siempre me quedará el interrogante: su inequívoca expresión ¿fue simple intuición de Luis Martínez Erro, a la vista del encono y violencia a la que se había llegado en el asunto del periódico?, ¿sabía algo? Supongo que nunca lo sabremos.

Mi padre falleció en 1995 y Javier María Pascual en 1998.

Sirvan estas líneas de homenaje a ambos navarros que, desde su carlismo militante, procuraron servir a su pueblo del mejor modo al que imaginaron tenían acceso, en aquellos tiempos y en sus respectivas situaciones.