11 junio 2013

¿GAMAZADA?


Vuelven, nunca se han ido, las voces españolas contra de la fiscalidad “atípica e insolidaria” de Vasconia. En épocas de crisis –económica, de legitimidad, de corrupción estructural…– hay que buscar el chivo expiatorio. Y se puede encontrar sin escarbar demasiado el terreno en algo que, a pesar de su integración en el régimen jurídico-político del reino de España, sigue siendo una piedra en su zapato: los residuos de la soberanía explícitos a través del Convenio económico de Navarra (Alta Navarra o CFN) y el Concierto homónimo de las Provincias vascongadas (Euskadi o CAV).

Para los españoles la situación fiscal de Vasconia es como un grano purulento. Nunca la han aceptado de buen grado. Cuando han podido han intentado reventarla. Ya fue el dictador Primo de Rivera con la imposición de un nuevo Convenio a Navarra en 1927, o el socorrido “provincias traidoras” de Franco tras su victoria en la guerra iniciada en 1936. La realidad política de los restos forales siempre ha estado en la cuerda floja. Nunca ha sido una situación consolidada.

Y esto, ¿por qué? Sencillamente porque los restos de soberanía que constituyen los regímenes fiscales especiales de la Alta Navarra y de las Provincias vascongadas corresponden a la situación de subordinación política de un sujeto soberano, el reino o Estado de Navarra. La foralidad del Antiguo Régimen no se basaba sobre un sistema de pactos entre entidades soberanas. Estaba definido por una situación derivada de conquistas, ocupaciones y minoraciones. Es evidente que había algo de “armisticio” en el que se evitaba una violencia permanente a cambio de unas cesiones parciales e inestables.

Y en esas seguimos. Vuelven las llamadas al uniformismo escudadas en el socorrido concepto de solidaridad. ¿Por qué solidaridad con las regiones españolas y no con otras poblaciones y territorios de nuestro planeta que tanto sufren y tan carentes están de medios, incluso de la subsistencia más elemental? La solidaridad sólo puede venir de la mano de la libertad. No se puede ser solidario a la fuerza.

Cuando a finales del siglo XIX hubo un intento en este sentido por parte del gobierno de España, hubo una sublevación popular en el conjunto de la Vasconia peninsular en contra de su promotor, el ministro Germán Gamazo. Por eso fue conocida como “Gamazada”. La rebelión fue generalizada contra el gobierno español de Sagasta. En la Alta Navarra hubo varias grandes manifestaciones: la recepción de los comisionados a Madrid en Castejón, la gran manifestación en Pamplona en junio de 1893, la recogida de unas 120.000 firmas estampadas en el ‘Libro de Honor de los navarros", el alzamiento de la partida de Zabalegui en Valdizarbe…. Las movilizaciones se iniciaron en Vitoria y en Bilbao y en las de Donostia hubo dos muertos y uno en Laguardia en mayo del mismo año.

La Gamazada respondió a una situación propia de los finales del XIX. Euskal Herria había salido con más pena que gloria de la derrota de dos grandes guerras en las que se había enfrentado con las armas a los poderes del Estado español en su intento de abolir el sistema foral de Vasconia. Era una sociedad que estaba superando unas derrotas que habían acarreado su práctica destrucción, en la que quedaban como residuos el Convenio de Navarra y el Concierto de las Vascongadas.

Hoy, en el primer tercio del siglo XXI estamos en una situación muy distinta. A finales del XIX se atisbaba el principio de las nacionalidades, pero a nosotros nos quedaba todavía un poco lejos. El primero que supo captarlo fue Arana Goiri, con las limitaciones por todos conocidas de su insistencia en Bizkaia como núcleo del país y el reconocimiento de una supuesta “soberanía originaria” vasca, de cada uno de sus “siete” territorios (zazpiak bat) y no de la realidad de su Estado histórico, Navarra, a través del cual fueron efectivamente independientes. Arana Goiri erró en una parte importante de su planteamiento y de ese error seguimos padeciendo las consecuencias en la política vasca actual.

No es la hora de resucitar la Gamazada. La Gamazada tuvo su momento y fue muy importante. Supuso una movilización general de Euskal Herria, pero no se puede llevar mucho más lejos el paralelismo. Aquí y ahora la única reivindicación democrática posible, la que permite una consolidación real de nuestro país, la que haga que Euskal Herria pueda disponer y gestionar sus recursos en plenitud, es el logro del propio Estado.


Navarra es el Estado de los vascos. El reino de Navarra logró la nacionalización de su pueblo y, a pesar de conquistas, ocupaciones y minoraciones, nos ha permitido llegar vivos y con ganas de libertad a la etapa actual. La memoria de esa Navarra histórica y de las injusticias sufridas desde su conquista, comenzada en 1200 hasta la actualidad pasando por 1936 y el franquismo, es la que nos permite mantener una sociedad combativa y con capacidad de acceder a la independencia. Ese es nuestro reto democrático real. El Estado propio.

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