10 diciembre 2012

INDEPENDENCIA SIN ATRIBUTOS


En unas declaraciones a la prensa Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, afirmó hace unos días que, ante la agresividad de la ofensiva neoliberal del PP, había que abandonar la independencia de España. “Debemos solicitar –señaló- la incorporación voluntaria a algún Estado inequívocamente socialista que nos defienda. Como, por ejemplo, Corea del Norte”.

También me ha sorprendido Lidia Falcón al proponer que, dado el machismo galopante de la sociedad española, iba a promover una solicitud formal a la ONU para la supresión del estatus independiente de España y su absorción por un Estado, como el sueco o el noruego, que garantizara la superación de las desigualdades por razón de género.

Incluso, barriendo por la red, he descubierto demandas que reivindican la disolución de la soberanía de España por las actuaciones urbanísticas basadas en la corrupción, la destrucción del territorio, la especulación y la política antiecológica.

El partido socialista hispano, siempre preocupado por el reparto justo de la riqueza, estudia una ponencia que propone abandonar esa utopía fantasiosa del federalismo, y adherirse como un cantón más a la confederación helvética (léase Suiza), que, con miras al reparto, ¡esos sí que tienen riqueza!.

Junto a estas situaciones, verdaderamente novedosas y revolucionarias, resulta descorazonador que en nuestra comunidad haya todavía quien defienda la vía de la independencia política como fórmula de afrontar las desigualdades y las situaciones de opresión que los tiempos nos deparan. Como nos aclaran estos bregados luchadores de la libertad, la solución más segura en estos campos de la desigualdad y la conflictividad social está en el rechazo del marco estatal propio y la integración en alguno ajeno, siempre más acreditado y solvente.

En efecto, parece que nosotros pertenecemos a otra galaxia. Que vivimos impermeables a lo que se considera normal en cualquier otro lugar del mundo. Al pretender un Estado independiente, encontramos sectores que exigen la necesidad previa de que nos constituyamos como una “Euskal Herria euskaldun, socialista, feminista y ecologista” por lo menos.

Y si no se cumplen esos requisitos, ¿qué pasa? ¿Renunciamos a la independencia? ¿Seguiremos, como hasta ahora, dependiendo de España y Francia y de sus políticas arbitrarias y despóticas?

La independencia, el logro del Estado vasco, se debe concretar sencillamente así: independencia, Estado. Sin atributos. La pretensión de complementar estos conceptos implica acotar, problematizar y reducir su alcance. La nación, cualquier nación y por supuesto la nuestra, es amplia y muy variada. El Estado es la herramienta para tratar de reconducir los problemas sociales desde una perspectiva autocentrada, no dependiente de intereses extraños, extranjeros, tantas veces opuestos a los de nuestro pueblo. Es evidente que en el esfuerzo para alcanzar la aspiración a una sociedad euskaldun coincidiremos casi todos; para hacerla no sexista también encontraremos mayorías abrumadoras. En otros campos, seguro, habrá debates profundos, como en los asuntos relacionados con la ecología; y, no digamos, con el “socialismo”. Pero para todo eso necesitamos un Estado. Así, sin coletillas.

Hay otro sector que se proclama también defensor de la nación vasca y que no se pronuncia por los atributos, pero tampoco por el sujeto del enunciado, es decir por el propio Estado. Ese es otro problema, y no menor. Necesitamos con urgencia este instrumento y es precisa una hoja de ruta para acceder al mismo. Para mayor desdicha, todo esto sucede sin debate público. ¿Vamos por el camino acertado?

Eneko Urliaga

Noticias de Navarra (2012/12/18)

Deia (2013/01/05)

28 noviembre 2012

LA INDEPENDENCIA DE CATALUÑA



Cataluña está de moda. Desde la convocatoria de referéndum populares sobre la independencia se percibía un cambio en la sociedad civil del Principado de Cataluña. Esta convocatoria, con alto porcentaje de participación, no tuvo apoyo institucional, incluso fue mal vista por los sectores oficiales, tanto españoles como próximos a la Generalitat. Es evidente que quienes fueron a votar lo hicieron casi en su totalidad a favor de la independencia. Más que los resultados creo que fue importante la concienciación que supuso para muchos sectores de la sociedad. El sentimiento independentista ya existía pero se pudo proclamar sin complejos. La gente de la calle visualizó la posibilidad de expresarse sobre asunto tan importante.

Los radicales ataques al sistema educativo, a la lengua, a las infraestructuras económicas del Principado por el Estado español provocaron manifestaciones masivas. La más importante, el pasado 11 de septiembre, reunió un millón y medio de personas y reclamó directamente la constitución del Principado como un nuevo Estado europeo. Desde varias entidades culturales, Omium Cultural principalmente, se alentó la formación de una Asamblea Nacional Catalana capaz de recoger el clamor de la sociedad civil en pro de la independencia. Simultáneamente en los diversos medios de comunicación se estableció un profundo debate intelectual sobre el camino a seguir por Cataluña en la nueva etapa.

La presión de la sociedad, el citado debate intelectual y la reacción española ante algunas demandas de CiU, como el Concierto Económico, han llevado a los partidos políticos catalanes, encabezados por la propia CiU, a una iniciativa sin precedentes. Han marcado una “hoja de ruta” hacia la independencia. Las elecciones del pasado domingo fueron su primera etapa. Las siguientes serían: la constitución de un Parlamento Catalán mayoritariamente partidario del Estado propio, a continuación una convocatoria de referéndum y, por último, la proclamación unilateral de independencia. El ritmo y los tiempos irían en función del resultado de cada paso anterior y de las consecuentes negociaciones necesarias.

Los resultados de las elecciones han conducido a un Parlamento con clara mayoría independentista. ERC ha subido más de lo bajado por CiU y los votos españoles mantienen, a la baja, su cuota, a pesar de la mayor participación (más del 70%).

Cataluña Principado, en sus últimas manifestaciones, ha mostrado gran capacidad de movilización puntual, mientras que nuestra nación moviliza más gente en conjunto, pero lo realiza en demasiadas convocatorias, que en muchas ocasiones proponen reivindicaciones ajenas al logro del Estado propio.

Las fuerzas sociales y políticas del Principado han decidido una hoja de ruta basada, al principio, en las instituciones derivadas de la Constitución española: autonomía, estatuto, censo y sistema electoral. Aquí todavía no se ha decidido nada, ya que ningún partido ni sindicato ni movimiento social han planteado “hoja de ruta” alguna hacia el Estado propio.

El debate intelectual sobre su necesidad y la “hoja de ruta” para lograrlo está muy vivo en el Principado de Cataluña y, además, es de alto nivel intelectual. En nuestro país, por el contrario, no pasa de frases grandilocuentes, sin contenido político; la práctica de partidos, sindicatos y movimientos sociales está anclada en la retórica.

Los catalanes añoran nuestra capacidad de movilización cotidiana, aunque ellos la demuestran con vigor en momentos concretos. Ansían la fuerza de nuestra sociedad civil: ikastolas, cooperativas, asociacionismo en general. Yo envidio su capacidad de planteamiento intelectual y el nivel de sus debates públicos, aquí inexistentes.

Texto leído en el programa Hordago Nabarra de Hala bedi irratia

15 noviembre 2012

NAVARRA, ESTADO Y NACIÓN



No deja de ser contradictorio que el sistema jurídico de Navarra, que representa un caso excepcional en el mundo europeo por sus elementos de carácter representativo y con rasgos que lo convierten en auténtico antecesor de los planteamientos políticos modernos, carezca de una sistematización de sus presupuestos y desarrollos que en muchos casos pueden ser considerados auténticos modelos para el mundo actual.”

Mikel Sorauren

El último libro de Mikel Sorauren, recientemente publicado por Nabarralde, está formado por dos textos independientes, aunque complementarios. Lo digo así ya que explicar la constitución de un Estado sin hablar de la comunidad nacional a la que conforma jurídica y políticamente es casi debatir sobre una abstracción. Pero, de modo simétrico, intentar exponer el nacimiento e historia de una nación sin considerar la organización política capaz de estructurarla y de “nacionalizarla” que es el Estado, es también una forma incompleta de estudiarla.

El primer trabajo que se presenta en este libro constituye la exposición de una “teoría del Estado” que toma como modelo el caso de Navarra. De modo análogo a como los teóricos de los siglos XVII y XVIII tomaron como referencia para sus teorizaciones los casos de los estados francés (Bodin, Bossuet, Montesquieu, Rosseau…), británico (Hobbes, Locke…) u Holanda (Hugo Grotius), Sorauren lo hace con Navarra.

Pero, ¿por qué no se había realizado antes? El problema radica en el hecho de que prácticamente todas las teorías sobre el Estado surgen en Europa en una fase posterior al siglo XVI. Afirma Sorauren: “La práctica desaparición territorial del Estado navarro, subsiguiente a la conquista acometida por España desde el segundo decenio del siglo XVI, desarticuló en gran parte la posible intelectualidad que se hubiera creado en circunstancias de independencia y soberanía del reino”. Es decir que la conquista y ocupación del reino truncaron un desarrollo intelectual semejante a los definidos en otros estados europeos.

Es un hecho comúnmente aceptado que son los vencedores quienes escriben la historia. Las historias “nacionales” de los diversos pueblos de Europa se escriben de distinto modo según se posea o no un Estado propio. Eso es evidente en nuestro caso. Recuperar la historia de Navarra de las tergiversaciones, muchas veces falsedades directas, provocadas por los estados ocupantes supone una tarea ardua frente a la sencillez con la que realizan la suya quienes disponen de la herramienta Estado.

El campo de la elaboración de la teoría política es ciertamente más sofisticado que el de la narración e interpretación de la historia, pero presenta muchas características similares. La privación de un Estado propio en el momento en que comienzan en Europa las reflexiones teóricas sobre la historia y organización de sus estados supone una dificultad prácticamente insalvable a la hora de realizarlas desde aquí. Por eso nunca hemos tenido un estudio sistemático de la teoría jurídico-política, “Teoría del Estado” según Sorauren, que subyace a la práctica de siglos del reino de Navarra. La originalidad del Fuero y sus orígenes nebulosos situados, según el propio relato de la redacción del Fuero General en el primer tercio del siglo XIII, en la Alta Edad Media, son tratados por Sorauren con rigor.

Sorauren desmonta la idea, común hasta la actualidad, del Fuero como un texto elaborado por los estamentos del propio reino frente al inicio del gobierno de una dinastía extraña, los Teobaldos. Su cultura política, procedente del mundo franco, era contraria en muchos sentidos a la pirenaíca, basada en la supremacía de la comunidad sobre la realeza. Sorauren no rechaza el hecho de su redacción en esta época, sino que pone de relieve su existencia y aplicación en épocas anteriores; con Sancho VI el Sabio con seguridad, pero también con su padre García Ramírez IV el Restaurador en el segundo tercio del siglo XII.

La idea central del trabajo consiste en la tesis de que “el Fuero constituye un sistema jurídico completo que articula una forma de Estado”. El Fuero se entiende como la Constitución del reino, Estado, de Navarra. Incluso tras la conquista de sus territorios occidentales en 1200, hay una permanencia de un sistema político basado en el mismo, de modo que: “los navarros de todos los territorios del Estado navarro original entendían el Fuero como un sistema propio, configurado por el ordenamiento jurídico-político que correspondía a la organización del poder y las compilaciones de derecho público y privado a las que se acomodaba la legalidad vigente”.

Sorauren refrenda su tesis con una descripción, clara y pormenorizada, de las fases de evolución de la sociedad navarra y su concepción del Fuero. Tras la conquista de 1512 y su “incorporación” forzosa a Castilla en las Cortes de Burgos de 1515, Navarra persiguió durante muchos años la aceptación real de lo que se llamó el “Fuero Reducido”, una especie de actualización y resumen del conjunto de textos que formaban el Fuero Antiguo, el Fuero General y otros materiales dispersos. Nunca fue reconocido por España.

La continuidad y evolución de las reivindicaciones navarras de modo acorde con los cambios sociales e históricos, siempre basados en el principio fundamental de la primacía de la comunidad sobre el monarca, expresa la cultura de un pueblo que, desde la misma, construyó su organización política y la supo adaptar a los tiempos, a pesar de las dificultades internas sí, pero sobre todo externas.

La segunda parte del libro constituye un trabajo escrito en un tono completamente distinto. Es una vibrante reivindicación de Navarra, como Nación y como Estado, que sobresale por su estilo polémico y directo. Su estilo es muy distinto del de la primera, que es un modelo de desarrollo lógico, mucho más “cartesiano”.

Son dos textos que pueden ser leídos de forma complementaria. Para cualquier sociedad la nación y el Estado son dos aspectos inseparables de su realidad: la nación es la expresión de una colectividad que se autorreconoce en un proceso de construcción permanente; pero para ello necesita ineludiblemente de la herramienta que es el Estado.

Se trata de un libro que considero de lectura obligada para cualquier persona que aspire a conocer el contenido y trascendencia del Fuero de Navarra, así como sus orígenes y evolución; incluso de sus virtualidades de cara a un futuro Estado independiente de Navarra. Todo ello enmarcado en una sociedad con una especial cultura política de la que el Fuero es expresión escrita.


Referencia bibliográfica

Sorauren, Mikel. “Navarra, teoría del Estado. El nacimiento de una nación”. Pamplona-Iruñea 2012. Nabarralde.

05 noviembre 2012

VASCONIA Y SU INDEPENDENCIA



La independencia de sus naciones es un fantasma que nunca ha dejado de recorrer Europa. Hubo momentos en el siglo XX en los que, además, barría todo el mundo. Hoy parece que se ha vuelto a recoger en este Viejo Continente, sobre todo en su parte occidental, en la que se apoya en un viento que, parece, sopla a su favor. En efecto, Escocia, Cataluña, Flandes… son naciones que esprintan hacia su logro. En Vasconia florece la retórica independentista pero falla su concreción en una hoja de ruta capaz de llevarla a cabo con eficacia. En nuestra sociedad prevalecen la grandilocuencia y el tremendismo verbales de sus partidarios y se anteponen a la practicidad de los programas políticos concretos.

En la actualidad hay dos tendencias que confluyen en dar soporte a los empeños de estas naciones. Por un lado el lastre que suponen para Europa los estados grandes y corruptos de su espacio mediterráneo, como Italia o España. Por otro, la mejor capacidad de gestión y menor espacio para la corrupción, de los estados de pequeña dimensión, como Holanda o Dinamarca. Tenemos la tendencia a nuestro favor.

En nuestro país hay sectores para los que la historia y su forma concreta en cada sociedad, la memoria, no tiene valor frente a lo que denominan como su “voluntad” presente. Son personas y grupos que olvidan que la sociedad es un proceso en reconstrucción permanente, pero que nunca parte de cero. En los conflictos actuales se concentran cientos de años de luchas, derrotas y frustraciones. Su desconocimiento y el de los mecanismos que nos han conducido al presente y al proyecto de futuro que podamos imaginar, engendrarán todavía más desilusión y nos llevarán, en mi opinión, una vez más al fracaso.

Existen otros que basan el futuro en los derechos imprescriptibles de una nación conquistada, ocupada y subordinada en un largo proceso histórico de minoración y que fían su resolución a tribunales internacionales, como si se tratara de un asunto de justicia formal. No se percatan de que todos estos hechos, por violentos e injustos que hayan sido, sólo tienen valor si la sociedad del presente tiene capacidad y fuerza suficientes para ponerlos en valor y ejercerlos.

En este 500 aniversario de la ocupación de la parte más importante, demográfica y territorialmente, del Estado de los vascos, Navarra, se ha hecho desde muy variadas instancias sociales una importante labor de recuperación de la memoria histórica, de reame moral, de ambición para afrontar un futuro libre y soberano.

También este año ha aparecido un libro de gran interés para el conocimiento de un proyecto ideado en la etapa napoleónica por el político labortano, Joseph Garat. Con motivo de la ocupación de la península Ibérica por sus tropas, Napoleón planteó una especie de “zona de exclusión” entre el sur de los Pirineos y el Ebro. Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya fueron “zonas de gobernación especial” (militar cuando menos), al margen del propio reino de España, en manos de su hermano José.

En esta coyuntura, Garat imaginó un Estado vasco, asociado a Francia pero independiente, que incluiría a las poblaciones de ambos lados del Pirineo. Al pensar que los vascos descendían de los fenicios inventó su nombre: “Nueva Fenicia”. Presentó su plan a Napoleón, quien si bien no lo acogió negativamente tampoco lo hizo con demasiado entusiasmo. La posterior “caída en desgracia” del labortano y la ulterior derrota militar del emperador, hicieron que su proyecto no pasara de tal.

Con este pretexto, Iñigo Bolinaga nos ofrece un trabajo formalmente análogo a su anterior “El testamento”. Se trata de una narración novelada, con estilo ameno y ágil, con mucho diálogo y que se lee de un tirón. Lo que es una buenísima señal, sobre todo cuando no hay que descubrir ni al asesino ni la trama de intereses oculta. La situación política de la época, en Francia, en España y en Europa en general, aparece muy bien reflejada. Por detrás hay una gran labor de documentación.

Todo lo que cuenta Bolinaga es historia: los personajes y los hechos. Las palabras concretas puestas en sus bocas no serán exactamente las que dijeron, pero están en el campo de la verosimilitud. Yo he disfrutado particularmente de la conversación entre Joseph Garat y Alexander von Humboldt, geógrafo, expedicionario y hermano pequeño de Wilhelm, el primer lingüista moderno en interesarse seriamente por el euskera.

Este trabajo nos introduce en un tiempo que para Europa fue muy convulso y en el que es importante conocer que se manejó la hipótesis de una Vasconia independiente. Así lo fue, soberana, hasta los inicios de la modernidad, en los que vio frustrada su evolución por los intereses de los dos estados absolutos e imperiales que la rodeaban. En aquella época quienes hacían la política, fundamentalmente, eran los notables, mientras que el pueblo sufría sus consecuencias  En los siglos XIX y XX son las masas quienes toman el protagonismo político. Es el pueblo el que persigue su emancipación a través de los movimientos democráticos y sociales, entre los que surge, con gran peso, el de la libertad de las naciones sometidas a los diversos imperios.

Conocer un hito, poco estudiado, del camino hacia la liberación refuerza nuestra autoestima. Es un arma –atractiva y provechosa- añadida a la lucha por nuestra emancipación que debemos agradecer a Iñigo Bolinaga.


Referencia bibliográfica

Bolinaga, Iñigo
“La alternativa Garat. El proyecto napoleónico de crear un Estado vasco”
Donostia-San Sebastián 2012.
Editorial Txertoa

20 septiembre 2012

DESTRUCCIÓN DE LA MEMORIA



La demolición del sistema defensivo del reino de Navarra durante la etapa de la conquista, entre 1512 y 1530, fue, sin duda, un modo expeditivo para lograr su rendición. Pero más allá de esta consideración bélica, la aniquilación de castillos y murallas tiene una lectura más profunda. De este asunto se trató en Aoiz en la sesión del III Congreso de historiadores de Navarra dedicada a “La destrucción de los castillos”.

La red de fortalezas de Navarra tenía una función que iba mucho más allá del simple sistema defensivo. Cumplía misiones simbólicas y efectivas relacionadas con la política territorial del Estado, con la delimitación de su espacio y su administración a todos los niveles. Desde los grandes castillos como Tiebas, Marcilla y tantos otros, hasta los simples palacios de Cabo de Armería, pasando por sencillas torres que ejercían labores de vigilancia y comunicaciones entre cualquier punto del reino y su capital, formaban una red jerarquizada que organizaba el territorio y daba base material al Estado. Su desmantelamiento suponía destruir no sólo el sistema militar de organización del reino sino, principalmente, la legalidad vigente, su orden civil, el control sobre su territorio. Y sustituirlo por una legalidad ajena, impuesta, un sistema subordinado y aniquilador del propio.

Jokin del Valle afirmó que, según la convención de la UNESCO, “somos el paisaje”. Y añadió: “los castillos constituyen un elemento especial del paisaje, por su ubicación llamativa y constituir elementos militares y de poder”. Con el tiempo, los paisajes de las poblaciones que albergaron el sistema defensivo navarro fueron cambiando y sus habitantes se resignaron al cambio. Al principio todo les resultaría extraño. Por supuesto la nueva forma de gobernar, pero también el paisaje con un castillo derruido primero y, poco a poco, por la fuerza del tiempo y la erosión de la historia, desaparecido. La memoria que podía tener cada pueblo de pertenencia a un Estado independiente, con su sistema político soberano, se fue diluyendo.

El paisaje es “depósito de memoria”, según expresó Joseba Asirón en la misma sesión. Y el paisaje cambia. A veces espontáneamente, pero en muchas otras ocasiones de manera inducida. Esto es lo que sucedió en la Alta Navarra tras los hechos bélicos y de ocupación reseñados. En la mayor parte de Europa, comenzando por nuestros “países vecinos”, España y Francia, y otros más lejanos como Escocia, han mantenido sus castillos como elemento de continuidad del paisaje, y de memoria por lo mismo; los han convertido en elementos de atracción cultural y turística con sus correspondientes centros de interpretación, museos, lugares de venta y promoción de libros, recuerdos, etc., siempre con referencia contextualizada al lugar correspondiente.

De los castillos destruidos en la época de la conquista queda la memoria en la toponimia y en las crónicas históricas de su destrucción, pero en el lugar donde cumplieron su misión no existe ninguna referencia. Existen otros casos, como el de Xabier, donde se mantuvo el castillo, pero en el que se ha perpetrado una tergiversación total de su sentido histórico. Han “olvidado” su función como castillo de una de las principales familias del reino independiente y resistente a la ocupación. Lo han “reconvertido” en una basílica de culto religioso, de dudoso valor estético, tras destruir su torre mayor, según explicó Pello Iraizoz.

Para los que sufrieron la conquista y sus inmediatos sucesores la desaparición de los castillos fue una auténtica humillación, pero seguían existiendo sus ruinas. El paso del tiempo borró estas huellas, el paisaje fue cambiando, allanándose como la memoria de los agravios recibidos en la conquista. La memoria sobrevivió, en gran parte, gracias a la transmisión oral de las vivencias de los hechos y de los permanentes agravios que perpetraba el sistema político impuesto tras la ocupación. Fue a finales del siglo XIX, con la constitución de la “Sociedad Eúskara de Navarra” y la posterior “Comisión de Monumentos”, cuando se comenzó a valorar este patrimonio y su función memorial. Recuperaron el recuerdo de lo que fue un Estado europeo soberano. Significativo es que uno de los principales trabajos de Julio Altadill, fundador de la Asociación Eúskara, fueran tres volúmenes dedicados precisamente a los castillos de Navarra.

El mantener y transmitir la memoria de las injusticias sufridas es un elemento emancipador. El olvido y tergiversación que provocan quienes controlan los resortes del poder y los medios de educación y propaganda en nuestro país, tiene una intención política clara: convertir una nación, orgullosa de su patrimonio e historia, en una sociedad mansa e integrada en su sistema imperial. Su puesta en valor es una tarea necesaria para recuperar nuestra dignidad y afrontar el futuro con decisión y optimismo. 

Noticias de Navarra (2012/09/25)

19 septiembre 2012

LA URGENTE INDEPENDENCIA



Es clásica la distinción entre lo que es importante y lo que es urgente. Muchas veces se ha reflexionado sobre la importancia de lograr un Estado propio para poder consolidar políticamente los principales anhelos de nuestra sociedad. Es evidente para muchos de nosotros la importancia que tiene un Estado para lograr la normalización de una lengua, Ya sabemos que con eso no basta, pero también que es condición necesaria. Otro tanto puede decirse sobre la enseñanza de la historia, la transmisión, la ubicación de los lugares de memoria de una sociedad. En una frase, en el afianzamiento y proyección de su identidad a futuro.

De lo que no se ha debatido es de su urgencia. En el momento presente hay dos motivos por los que la independencia se ha convertido en urgente. La primera es la necesidad de solucionar el gravísimo problema de los presos y exiliados. Hoy en día no se percibe en nuestra sociedad la capacidad de ejercer una fuerza suficiente sobre los estados español y francés para cambiar su política en este sentido. Un Estado vasco soberano e independiente dentro de Europa tendría una capacidad de negociar este problema con España y Francia varios órdenes de magnitud superior que los movimientos y presión que ejerce nuestra inerme sociedad actual frente a las losas de sus legislaciones, judicaturas y ejecutivos. Un Estado vasco tendría capacidad para negociar soluciones, resolver extradiciones, recuperar a sus exiliados, etc.

Hay otro motivo que provoca la urgencia de lograr un Estado propio que aúna dos circunstancias que se están produciendo simultáneamente, no por casualidad, en nuestro entorno más próximo. Una es la marcha imparable de Cataluña hacia su independencia. Los años de ninguneo, expolio económico, persecución de su lengua y cultura y, en suma, de humillaciones sin cuento, han conducido a que la sociedad civil catalana se haya puesto en marcha, haya iniciado un proceso muy claro y, previsiblemente, rápido hacia el Estado propio y haya arrastrado en el mismo (un millón y medio de manifestantes se dice pronto…) a sus políticos catalanistas más tibios.

El otro es la debilidad total del Estado español. La crisis mundial se ha cebado en sus eslabones más débiles (¡quién se lo iba a decir a Lenin!). España es uno de ellos y no el menor. En mi opinión la efervescencia catalana no es ajena a este hecho. Su ventaja es que se han colocado dentro de la tendencia general (Québec, Escocia, Flandes…) y han sabido aprovechar el quebranto de España.

Nosotros deberíamos ser capaces de aprovechar todas las olas, la internacional, la propia derrota de España, el aliento catalán, la urgencia que requiere el problema de nuestros presos y exiliados y la necesidad de ser independientes para seguir existiendo en el mundo con una cierta tranquilidad, aun dentro de sus convulsiones y problemas. En un mundo en el que los agentes políticos siguen siendo los estados, ser sujeto exige tener uno propio. Ya que no se puede vivir al margen de un Estado, en lugar de depender de dos que nos son hostiles es mejor hacerlo de uno propio. No solucionará todos los problemas de inmediato, pero los hará más sencillos y con una solución más próxima.

Opino que el momento de la declaración unilateral no puede ser diferido. Por eso me resulta extraño que en ninguna de los programas electorales para la próxima convocatoria de la CAV aparezcan referencias a la independencia, ya no sólo a su necesidad, algo obvio, sino, sobre todo, a su imperiosa urgencia.

Pienso también que el nuevo Estado debe recoger en su primera declaración de independencia y en sus bases jurídicas internacionales la soberanía arrebatada injustamente al Estado de los vascos, Navarra. Más todavía, su legitimidad internacional sigue viva y creo que es el momento de ejercerla. 

Eneko Urliaga

Noticias de Navarra (2012/09/21)

16 septiembre 2012

29 agosto 2012

HAUTESKUNDEAK ETA BIDE ORRIA


ENEKO URLIAGA
NABARRALDEKO KIDEA

Euskal Autonomia Erkidegoko herritarrok hauteskundeetarako deitu berri gaituzte urriaren 21erako.Pachi baranda muturreraino iritsia da bere epe eta ahalbideetan, eta Euskadiko euskal jendeari dei egin dio Autonomia Erkidegorako beste legebiltzar bat eta beste gobernu bat hauta ditzan.

Mundu guztiak bozkario agerikoz hartu du aldi negargarri baten amaia, zeinetan Euskadi berrespainoltzea lortu nahi izan baitute eta zeinari, ikuspegi sinboliko batetik, bere estiloa eta grazia ematen ahalegindu baita.

Gogora ekarri besterik ez dago zer jolas erabili duen meteorologia mapen inguruan, nola diskurtsoetan aspertzeraino baliatu dituen propaganda, poesia, oboe eta diskoteka musika, hizkuntza politika eta antzeko paolak. Orain, makineria guztia abian jarria digute alderdiek, grinaturik, bielak ziztu bizian dituztela hauteskunde deialdiari begira.

Interesgarri aurkezten da kontua. Gaitz daukate, antza, Pachik eta Basagoitik. Abertzale bat iragarria dute garaile. Nagusitasuna lortzeko lehia, bada, euskal mundura lerratzen ari da. EAJ? Bildu? Nori joko dio kukuak? Zer tarterekin? Zer itunen bidez lortuko dute gobernatzea Euskadin? Zer egiteko?

Zalantza izpirik gabe independentzia xedetzat daukagunoi, gure herria Europaren barruan estatu independente gisa eratzea nahi dugunoi, jakingarri gertatuko litzaizkiguke hainbat kontu, gure botoa eman edo eman gabe geratu aurretik. Xaloki, argiki eta zintzoki, hauexek dituzu, lehendakarigai hori:

1.- Ordezkari zaituen euskal alderdi horrek independentzia aldezten al du, egiatan? Alegia, Euskal Herria estatu independente gisa eratzea Europako Batasunean?

2.- Aurreko galderari baietz erantzunez gero, hau izango litzateke hurrengoa: zer bitarteko sustatuko dituzu egitasmo hori burutan ateratzeko? Besterik gabe, etorkizuneko balizko hautesleak jakin dezan zure alderdiak zer bide orri baliatzeko asmoa duen helburu hori lortzeko, eta erabaki ea egiatan bideragarri eta arrakastatsua izan daitekeen.

3.- Bide orri bideragarri bat ez aurkeztea, nire iritziz, kea saltzen ibiltzearen parekoa da. Alegia, ez aldeztea, egiatan, gure herrialdea estatu independente gisa eratu ahal izatea.

4.- Lehenbiziko galderari zalantzaz erantzunez gero, edo erabateko erantzunik eman ezean, beste galdera bat egingo nieke: zer etorkizun proposatzen dute Baskoniarentzat XXI. gizaldian?

5.- Orain arte zehazturiko aukeretako bat izango litzateke esatea Espainiari lotutako estatu libre moduko bat nahi dutela, Ibarretxe plana zeritzon haren ildokoa.

6.- Baietz erantzunez gero, bigarren puntura joaraziko nieke, eta errepikarazi, baita hirugarrena ere. Gogoan izan plan hark porrot egin zuela, iragarri bezala, eta, Daniel profetak lehoien hobira nola, halaxe joan zela harako lehendakari hura Espainiako Diputatuen Kongresura.

7.- Beste alternatiba bat izango litzateke esatea orain artean bezala segituko dugula, alegia, beste edozein autonomia erkidegotako espainolen antzera kudeatzen gurea, eta haien administrazioak emandako pribilegioez gozatzen aurrerantzean ere. Nahiz eta horiek gain behera joan. Halako etorkizuna arbuiagarria da, egiatan euskal emantzipazioa nahi duen edonoren ikuspegitik.

8.- Beste hipotesi erantsi bat izango litzateke proposatzea zerbait berria, ustekabekoa, inongo euskaldun hilkorrek egundo ezagutu gabekoa. Botoa jakinaren gainean emateko, berriz, ezinbestean esan beharko ligukete zertan izango den berria, eta, halaber, azaldu egin beharko ligukete zer bide orriri jarraitu hori lortzeko. Berriro ere, bigarren eta hirugarren urratsak.

Laburbilduz, hauteskunde berri hauetarako hautagaiek proposatzen dutena proposatzen dutela, eta betiere berrikuntzatzat hartzeko modukoa baldin bada gure nazioaren emantzipazioari begira, bide orri bat aurkeztu beharko dute. Hautagaiek ezer aurkeztu ezean, baliteke aukerarik onena hauxe izatea: botorik eman ez eta urriaren 21ean ez joatea inongo bozkalekutara.

(Erredakzioan itzulia)


Berria (2012/08/29)

27 agosto 2012

ELECCIONES Y HOJA DE RUTA



A los ciudadanos de la CAV nos acaban de convocar a elecciones para el próximo 21 de octubre. El baranda Pachi ha llegado a la extenuación de sus plazos y posibilidades y ha convocado a vascos y vascas de Euskadi para que elijan un nuevo parlamento y gobierno de la Comunidad Autónoma.

Todo el mundo ha acogido con una alegría no disimulada el fin de una etapa desastrosa, que quiso ser la de la “reespañolización” de Euskadi y a la que, desde el punto de vista simbólico, intentó aportar su estilo y su gracia. No hay más que recordar su juego metereológico de mapas, saturación de propaganda, poesía en los discursos, música de oboe y discoteca, política lingüística y mandangas parecidas.

Ahora ya tenemos en marcha toda la maquinaria de los partidos, excitados, con las bielas disparadas ante la convocatoria. El asunto se plantea interesante. Parece que Pachi y Basagoiti lo tienen crudo. Que se vaticina ganador un abertzale. La disputa hegemónica se desplaza pues al mundo vasco. ¿Pnv?, ¿Bildu? ¿Quién se llevará el gato al agua? ¿Con qué margen? ¿Con qué pactos lograrán gobernar Euskadi? ¿Para hacer qué?

Para quienes aspiramos, sin margen de duda, a la independencia, a la constitución de nuestro país en un Estado independiente dentro de Europa, nos resultaría de gran interés conocer, antes de emitir nuestro voto, o de no emitirlo en absoluto, varias cuestiones. Son las que con candor, claridad y honestidad planteo a continuación a su candidato a lehendakari:

1.- El partido vasco que Vd. representa, ¿defiende realmente la independencia, constitución en Estado independiente, del País Vasco dentro de la Unión Europea?

2.- Si la respuesta a la anterior pregunta es positiva, la siguiente sería: ¿qué medios va a promover para llevar este proyecto a efecto? Se trata sencillamente de que el futuro posible elector conozca la “hoja de ruta” que tiene prevista su partido a ese fin y pueda juzgar sobre su viabilidad y posibilidades de éxito.

3.- El no presentar una “hoja de ruta” viable equivale, en mi opinión, a vender humo. Es decir, a no defender en realidad la constitución de nuestro país como Estado independiente.

4.- Si la respuesta a la primera pregunta ha sido dubitativa, o no suficientemente contundente, les haría otra pregunta: ¿qué futuro plantean para Vasconia en el siglo XXI?

5.- Una de las opciones definidas hasta el presente sería decir que aspiran a una especie de “Estado libre asociado a España”, en la línea de lo que se conoció como “Plan Ibarretxe”.

6.- Caso de respuesta afirmativa les remitiría al punto 2, repitiendo hasta el 3 incluido. Con la circunstancia en este caso del fracaso, cantado, del Plan de aquel lehendakari que fue al Congreso de los Diputados de España como el profeta Daniel al foso de los leones.

7.- Otra alternativa consistiría en afirmar que vamos a seguir como hasta ahora, es decir, gestionando una Comunidad Autónoma española como cualquier otra y continuar “gozando” de los privilegios correspondientes otorgados por su Administración. Aunque éstos vayan de capa caída. Esta perspectiva es despreciable a los ojos de cualquier persona que desee de veras la emancipación vasca.

8.- Una hipótesis añadida sería que propusieran algo “nuevo”, inesperado, por ahora desconocido por los vascos mortales. Sería imprescindible para votar con conocimiento de causa que nos dijeran en qué puede consistir esa “novedad” y que, asimismo, nos explicaran una “hoja de ruta” de cómo lograrlo. Vuelta a los pasos 2 y 3.

En resumen, que propongan lo que propongan los candidatos a estas nuevas elecciones, y siempre que sea algo digno de novedad de cara a la emancipación de nuestra nación, deben presentar una “hoja de ruta”. Si no presentan nada, es posible que la mejor opción sea “votar con los pies” y no aparecer el 21 de octubre por ninguna urna.

Eneko Urliaga

Noticias de Navarra (2012/08/28)
Gara (2012/08/29)

18 agosto 2012

MUGAS


"Entender que la unidad del país deriva de un Estado político nos hará superar las mugas físicas y mentales impuestas"

El próximo día 7 de septiembre arrancará en Arrasate la tercera edición del Congreso de Historiadores de Navarra, que en esta ocasión analizará las consecuencias de la conquista. Uno de sus ponentes, Martínez Gárate, analiza lo que supuso la partición territorial tras la invasión
FERNANDO F. GARAYOA - Sábado, 18 de Agosto de 2012 
Luis María Martínez Gárate, una mente abierta a la historia.
Luis María Martínez Gárate, una mente abierta a la historia. (Cedida)

    • Luis María Martínez Gárate, una mente abierta a la historia.
    PAMPLONA. Se lo nota la pasión a la legua, aunque medien kilómetros y la conversación sea telefónica. Su pensamiento busca la reflexión de la sociedad sobre una conquista que impuso unas fronteras, físicas y mentales, que todavía hoy arrastramos. Dejemos que sea al propio Luis María Martínez Gárate (Pamplona, 1949) el que de rienda suelta al análisis, concienzudo, realista y brillante de la deriva que ha sufrido y sufre Euskal Herria.
    La ponencia que presentará en el congreso se recoge bajo el epígrafe 'Frontera de malhechores'Comencemos por descubrir el origen de semejante término.
    Yo empezaría por la primera parte de la frase, la frontera, que es el punto, estable o inestable, al que han llegado dos organizaciones políticas o Estados. Concretamente, la conquista de Navarra de 1512, lo que provocó es que, donde antes no había fronteras, se impusieron unos poderes políticos, del conquistador y de los resistentes, que llegaron a definir el límite entre los dos. Pero, ¡cuidado!, una muga no es algo inocente porque divide el espacio; es decir, antes no había frontera, todo era Reino de Navarra. Pero es que, además de dividir el espacio, dividieron poblaciones, algo todavía más grave ya que así crearon dos espacios distintos, muchas veces enfrentados. En estos espacios se fue desarrollando el ejercicio del poder cotidiano creando así una conciencia de pertenencia; es decir, donde antes había una sola sociedad, se establecen dos. En resumen, lo que sucedió por ejemplo, a partir de la conquista de 1200, es que el continuo que formaba Navarra, desde Iruña hasta Gasteiz, se vio interrumpido formando una frontera, que con el tiempo consolidó la división de un pueblo que, aunque mantenía la misma lengua, su parte conquistada fue generando una identidad distinta a la de la población vasca que seguía bajo el Reino de Navarra.
    ¿Esa diferencia de identidades es la que dio lugar al término de malhechores?
    Claro. Se le denominó Frontera de malhechores por los conflictos que se producían, sobre todo instigados por el poder de Castilla, con los territorios mugantes con lo que quedaba de Navarra, ya que unos señores estaban a favor de Navarra y otros de Castilla. Esta situación, que era algo impensable antes de la conquista, se consolidó con la creación de diversas villas en Guipúzcoa y Álava, situadas justo en la muga con Navarra.
    Trasladando esa separación impuesta entre navarros y vascongados a la actualidad, ¿se puede decir que, de alguna manera, nos estamos recuperando de ese fraccionamiento del sujeto histórico y político?
    Hay que tener en cuenta que para la conquista del sujeto político, el Reino de Navarra, Fernando el Católico utilizó a los vascongados. Una vez que consiguieron crear dos identidades distintas, navarros y vascongados, azuzaron a estos últimos para conquistar Navarra. ¿Por qué? Por que así seguían manteniendo la división, impidiendo que no hubiera ningún apoyo solidario. Esto produjo una fosa muy grande que en ningún momento ha dejado de existir hasta que no se ha dado una cierta voluntad política por parte de los naturales del país. Esa fosa, que parte de principios del siglo XVI y llega hasta el XIX, España se encargó muy bien de profundizarla. Las primeras aproximaciones se produjeron cuando se atacaron los fueros, tanto vascongados como navarros, provocando que aquellos que son semejantes y se ven agredidos, se unan, algo que sucedió en la primera Guerra Carlista. Posteriormente, cuando se toma conciencia de que esto no es una región sino una nación, a través de Sabino Arana Goiri, aquellos factores que crearon la Frontera de malhechores, no desaparecieron pero sí se hicieron más livianos. Pero, de todas maneras, seguimos arrastrando mucho el provincialismo. En este sentido, mi ponencia está orientada a demostrar que el país era uno, que Euskal Herria ha tenido una organización política que era Navarra; y que las diversificaciones provinciales fueron fruto de la dominación, la conquista y la subordinación. Por lo tanto, el trabajo que hay que hacer para romper esas mugas es todavía largo, cotidiano e, incluso, de más calado y enjundia de lo que mucha gente piensa, ya que esas fronteras son más mentales que otra cosa. Por ejemplo, todavía hay personas, que se consideran patriotas vascas de buena fe, que siguen manteniendo vivas esas mugas... Y cuando tienes una percepción errónea de lo que es tu situación actual, las soluciones que puedas adoptar son erróneas o no lo suficientemente buenas. Por eso creo que considerar que la unidad del país se deriva de un Estado político, Navarra, es importante para superar las mugas físicas y las mentales impuestas. Mugas que se dan tanto en la Navarra actual, que se consideran los navarros auténticos, como de la parte del País Vasco, que se consideran como los vascos y casi hablan de los navarros como de los pobres navarricos.
    Noticias de Navarra 2012/08/18

    23 julio 2012

    INDEPENDENTISMO DE SALÓN


    Artur Mas se verá obligado a dar un paso muy pronto (Carles Boix)

    Los esfuerzos por el logro de a independencia de una nación exigen plantear tres cuestiones previas. La primera se refiere a la propia existencia de la nación, de un “demos” que tenga la capacidad de ser sujeto y que sea su soporte con permanencia en el tiempo. La segunda consiste en que ese “demos” tenga efectivamente voluntad de emanciparse, de llegar a ser sujeto político en el mundo y demuestre ese afán estableciendo con claridad el fin que pretende conseguir y los medios que va utilizar para lograrlo, es decir sea capaz de construir una estrategia. La tercera, es saber si quienes la propugnan conocen con suficiente base todo lo que implica construir un Estado viable en el siglo XXI; debe establecer el modelo al que aspira (burocrático, pesado, centralizado o bien, ligero, ágil, descentralizado y sin solapamientos de funciones…)

    Estas tres cuestiones se suscitan, sobre todo en el mundo occidental, en cualquier nación que aspire a emanciparse del Estado, o estados, en los que se asienta su población y territorio y en el/los que no está cómoda, es decir no se percibe apoyada en la construcción diaria de su nación y en los problemas que se plantean en un mundo cada vez más globalizado sino que, por el contrario, se ve constantemente agredida. Las respuestas a las tres cuestiones no son unívocas ni pueden serlo. Cada nación vive en situaciones distintas, como son diferentes las relaciones con los estados de los que depende, la memoria que guarda de sus relaciones con ellos y con el resto de naciones y, por supuesto, la historia que les ha conducido al presente.

    En nuestro entorno geopolítico próximo tenemos tres naciones en esta tesitura: obviamente la nuestra: Navarra, pero también Cataluña y Escocia. Ya, de entrada, surge una clara diferencia en el tercer caso con relación a los otros dos: Escocia forma parte de un Estado, el británico, de reconocida tradición democrática. Navarros y catalanes, en cambio, pertenecemos a dos estados: España y Francia, cuya principal característica común ha sido, y es, su aversión a la diferencia. Ambos fueron modelos del absolutismo monárquico y, posteriormente de estados totalitarios y en particular en el caso español los largos años de régimen fascista todavía no han sido superados. Su expresión más evidente es la obligación que exigen al resto de naciones que dominan, dentro de su Estado, de someterse a las formas de ser de la impuesta por la que lo ha construido. Francia y España muestran un talante unitario y uniforme a la hora de afrontar las diferencias lingüísticas y culturales que tienen en sus respectivos territorios; ambas han perseguido, con saña rayana en el genocidio, a los pueblos que fueron “incorporando” a sus territorios respectivos y a sus lenguas. Por el “justo derecho de conquista”, claro está.

    El propio estilo de la potencia imperial ya marca la posible estrategia de la nación que aspira a su independencia. Posiblemente ésta sea la principal causa de la opción escocesa por un referéndum para determinar su futuro. Frente a la situación escocesa, catalanes y navarros tenemos a los estados español y francés, con todos los lastres acumulados antedichos. Parece una situación bastante más compleja en la que la opción del referéndum no cuaja, principalmente por ser manejable con facilidad por quienes definen arbitrariamente las divisiones administrativas, los censos y demás recursos de sus “democráticos” estados, es decir por quienes utilizan el pucherazo permanente. En Cataluña la inmensa mayoría de quienes luchan por su emancipación consideran el referéndum como el último paso del proceso. Para ellos sería sencillamente el momento de consolidación, a nivel internacional, de una independencia ya lograda de hecho.

    Los catalanes parece que otorgan prioridad, lógica por otra parte, a la independencia del Principado frente a la del resto de los Países Catalanes, que quedaría diferida a una etapa posterior a su independencia. Esta opción se puede basar en el hecho de que el Principado es el núcleo central, histórico, simbólico y socio-económico en el presente, mientras que el resto de territorios (País Valenciano, Illes, territorios ocupados por el Estado francés, l’Alguer en Cerdeña) serían espacios y grupos a incorporar posteriormente en el Estado propio. Para lograr esta independencia algunos dan prioridad a una declaración unilateral de independencia desde el actual Parlamento de Cataluña, mientras que otros propugnan tal declaración desde la propia sociedad civil catalana, representada en la Asamblea Nacional Catalana (ANC). La ANC constituye un movimiento cívico apartidario o suprapartidario que pretende englobar a todos los sectores sociales y políticos de Cataluña que persiguen su constitución como Estado independiente.

    En la conciencia a favor del Estado propio en Cataluña se dan múltiples factores conjuntos, de los que el económico no es el menor. Incluso hay quienes propugnan un Concierto o Convenio tipo de los de la actual CFN o de la CAV. Si al expolio fiscal, de infraestructuras, etc., se añaden los problemas relacionados con la enseñanza y uso de la lengua catalana, el cóctel para la independencia está servido. Según las últimas encuestas la población del Principado que aspira a la independencia es mayoritaria (un 51% por lo menos). La posibilidad de acceder a un “pacto fiscal” con España tiene tan pocas posibilidades de salir adelante como que los españoles se conviertan al federalismo. El Estado propio es la salida natural e inmediata. Como decía recientemente Carles Boix, profesor catalán en Princeton: Artur Mas se verá obligado a dar un paso muy pronto.

    Queda nuestra nación, Navarra. En esta última etapa se escuchan más voces reclamando la “independencia para Euskal Herria”. No obstante no ha aparecido ninguna propuesta pública consistente para concretar el modo de actuar, los pasos a dar, la estrategia en una palabra, para lograrlo. Nada más allá de eslóganes que pueden servir de muletilla para cualquier frase de propaganda electoral. Al no aparecer ninguna proposición concreta es fácil pensar lo que de hecho está sucediendo: no hay ningún debate al respecto. Parece que en nuestra nación, como en Cataluña, la opción de un referéndum en las condiciones políticas marcadas por la subordinación y partición territorial y humana asociadas al imperialismo franco-español, está descartada a priori. Son los mismos factores que impiden la utilización directa de los actuales “parlamentos” de Iruñea o Gasteiz, como soporte de legitimidad de nuestra independencia.

    ¿Dónde está Navarra en todo este tinglado? Sincera y simplemente creo que no está. No se percibe una conciencia clara de los problemas que suponen desde el punto de vista político romper con un Estado constituido y hacer surgir otro nuevo. Hay quienes piensan que tomando la parte por el todo, sin referencias a la centralidad política de Navarra, pueden conseguir la “independencia” de una “Euskadi”, que nunca se podrá confundir con la nación vasca. Les guste o no a quienes preconizan esta línea, hoy Euskadi designa a una Comunidad Autónoma del Estado español formada por tres provincias españolas y no representa el conjunto del “demos” vasco, ni social ni política ni históricamente. Otros hacen proclamas retóricas a favor de la independencia, pero no llevan a cabo actos performativos para su consecución. En ambos casos se impone la aceptación acrítica del “provincialismo” producto de las conquistas y consecuente subordinación política. Esto es, del “zazpiak bat” o, incluso, del menos comprometido “hirurak  bat” vascongado.

    La construcción de un Estado propio exige un gran esfuerzo de definición de metas y medios, de coordinación y acumulación de fuerzas, de estudio y previsión de escenarios Lo que se aprecia normalmente en la actual situación política de Navarra son brindis al sol. No se percibe la coordinación de fines y medios que implica una estrategia efectiva en su favor. Creo que en ambos casos estamos ante dos versiones de un independentismo de salón.

    19 julio 2012

    MEMORIA DE DONOSTIA



    Hay un testimonio, citado por Egaña en su último libro, que me ha resultado de especial interés. Se trata del de José Ignacio Sagasti, refugiado en Usurbil durante el sitio y asalto de Donostia, que escribió en una de sus cartas: “Reinando el partido que se llama servil se echará tierra a nuestras justas y lamentables reclamaciones y harán de nosotros lo que hacen de los indios”. Con su lectura me ha venido a la memoria la anécdota narrada por otro historiador navarro, amigo también, sobre una frase pronunciada en el Archivo de Navarra por la también historiadora María Puy Huici, referida a la ocupación de Navarra tras la conquista de 1512: “¡Nos trataron como a los indios!”. La expresión denota en ambos casos un contenido semejante a pesar de los tres siglos transcurridos entre los dos hechos históricos referidos.

    El tratamiento dado al reino de Navarra tras la conquista de 1512 y las consecuentes ocupación y subordinación de todo orden, fueron similares a los empleados por el imperio español en Canarias, Granada, América… ¡Como a los indios! Colonizados. Las distancias que median, no sólo en el tiempo, tres siglos, sino sobre todo en lo que suponía la anulación del Estado de los vascos, un reino con 700 años de independencia y soberanía, frente a una simple ciudad, son grandes. No obstante, San Sebastián había gozado durante el siglo XVIII de un estatus económico alto, gracias sobre todo a los negocios de la Compañía Guipuzcoana de Caracas; era una ciudad relativamente importante, sobre todo en el entramado vascongado de la época.

    El asunto central es que en ambos casos estamos hablando de la misma sociedad. En el primer caso se trata de su Estado independiente y en el segundo de una de sus poblaciones más dinámicas, pero se trata del mismo pueblo, del pueblo vasco. La consideración que merecía al conquistador, al ocupante, directamente activo o por instigación y abandono más tarde, es el de una simple colonia. Un siglo después de la conquista de 1512, Pamplona seguía como plaza de ocupación militar por los ejércitos españoles. A Donostia, tras 1813, se le negó todo tipo de ayuda para su reconstrucción, que tuvo que llevarse a cabo con el esfuerzo de sus pobladores y los de toda Gipuzkoa. En 1815, según reseña Egaña, los militares españoles continuaban ocupando las casas que seguían en pie en San Sebastián.

    El último libro de Iñaki Egaña transcurre por estos derroteros. Por un lado, narra los acontecimientos que sufrió Donostia en el verano de 1813; por otro, destripa las entrañas que hicieron posible el conjunto de barbaridades descritas, lo explica con todo género de detalles. El amplio desconocimiento de lo acontecido en San Sebastián o, por lo menos, de los auténticos responsables del desaguisado, convierte el libro de Egaña en un trabajo de referencia.

    Tras su lectura quedan claras por lo menos tres cuestiones. La primera, que la toma de San Sebastián por las fuerzas anglo-portuguesas conllevó tal cantidad de muertes, violaciones, robos y tropelías en general que, unidos al incendio generalizado, llevan al autor a afirmar que fue “la mayor tragedia en la historia de la ciudad”. En segundo lugar, que la actuación de las tropas conquistadoras estaba cantada; se sabía de antemano que llegaban a Donostia con ánimo de esquilmar y arrasar. Y en tercero, pero no por ello  menos importante, que Castaños y todos los mandos, militares y políticos, españoles estaban al tanto de lo que se preparaba y no sólo no lo impidieron sino que lo azuzaron en contra de los “traidores guipuzcoanos”, por afrancesados dijeron, cuestión incierta por otro lado.

    El libro, como todo lo que escribe Iñaki Egaña es muy ameno, de fácil lectura. No soy particularmente experto ni en la época ni el asunto, pero da la impresión de ser riguroso. Los capítulos son muchos y, en general, cortos, lo que permite una cómoda lectura a trozos, sin perder el hilo del conjunto. Es previsible que, al reclamo del segundo centenario, se publiquen más trabajos sobre el asunto, pero que, a nivel de divulgación de lo sucedido aquel triste verano, será difícil que lo superen. Un trabajo, a mi juicio, importante para ayudar a recuperar la memoria histórica del conjunto de Euskal Herria y no sólo la de la población de la capital guipuzcoana, aunque fuera ella la sufridora de los agravios.

      
    Referencia bibliográfica

    Iñaki Egaña. 
    Donostia-San Sebastián 2012. Txertoa Argitaletxea

    01 julio 2012

    LA BATALLA DE NOAIN





      EL 30 de junio de 1521 sucedió la batalla entre las tropas castellanas y las de Navarra en las campas de Eskiroz y Noain. Nueve años antes, el duque de Alba había invadido el reino navarro y había rendido su capital, Iruñea. Desde entonces, los esfuerzos por recuperar la independencia se habían sucedido, uno tras otro, y habían fracasado. La guerra se prolongaba. Aquel año de 1521, la rebelión de los comuneros en Castilla obligó al ocupante a retirar sus fuerzas y dirigirlas contra la revuelta, con lo que se debilitó el control español sobre el reino. Los navarros aprovecharon la ocasión para intentar una nueva ofensiva. A las órdenes del general Asparrós, una fuerza compuesta de navarros, gascones y franceses aliados liberó Donibane Garazi y atravesó los Pirineos. A la vez, las poblaciones ocupadas se rebelaron y expulsaron a los españoles, como ocurrió en Lizarra. En Pamplona, los propios sublevados hirieron al militar español Ignacio de Loyola en el ataque al castillo donde estaba acuartelado.

      Una vez dominada la rebelión comunera en Villalar, el Ejército imperial volvió a invadir Navarra. La independencia apenas había durado un mes. El general Asparrós, que había avanzado hasta Logroño, antigua ciudad navarra que intentó tomar, se retiró hacia Pamplona. En Noain, junto al castillo de Tiebas, estableció su campamento. El Ejército español, engrosado con los vencidos de Villalar, reunía una tropa de 30.000 soldados. Una columna dirigida por Francés de Beaumont atravesó por senderos de pastor la sierra de Erreniega y atacó por la retaguardia al Ejército navarro, cerrándole la retirada e impidiéndole el paso hacia Pamplona.

      La desproporción de fuerzas (se calcula que el Ejército navarro sumaba apenas unos 8.000 hombres) decidió el resultado de la batalla. Unos 5.000 soldados murieron en aquel día, y se desbarató la mayor milicia reunida en la guerra por la independencia del reino.

      Después de la derrota de Noain, la lucha por liberar el territorio navarro se prolongó durante varios años, con episodios célebres como la toma del castillo de Amaiur o la batalla de Hondarribia. Amaiur es el símbolo por excelencia de la resistencia épica de Navarra frente a un invasor abrumadoramente superior. En Hondarribia, los navarros se atrincheraron tras las murallas y dos años y medio de asedio dan fe de su voluntad de combatir. En la encarnizada disputa por esta plaza ocurrieron los hechos que hoy, con ignorancia y vergüenza, se celebran como motivo del alarde de Irun. Pero tanto en Amaiur como en estas otras escaramuzas. la guerra militar, por heroica o desesperada que fuera, estaba acabada. Noain marcó el cenit de la guerra abierta entre Navarra y España.

      Noain es uno de los principales escenarios de nuestra historia, el lugar en el que la decisión de la población navarra por mantener su independencia fue aniquilada. Navarra era la heredera de la antigua Vasconia, el territorio en que se mantuvo un poder soberano y unas instituciones políticas asentadas, y llegó a la Edad Moderna como un Estado europeo homologado, con una población y una cultura propias. Como en toda historia pasada, el anacronismo o el presentismo con que la interpretamos representa un peligro en el sentido de trasponer épocas, figuras, conceptos políticos, clases, instituciones y demás circunstancias. Como ocurre en todos los lugares y con todas las historias del mundo. Pero más allá de estas lecturas simplistas o manipuladas, Noain es uno de los hitos que explican nuestro pasado, que conducen al presente, y que representan a las claras que los vascos tuvimos un Estado propio, una independencia que fue arrebatada por las armas por un imperio español agresivo, genocida, en auge en aquella época.


      TASIO AGERRE, * PRESIDENTE DE NABARRALDE
      Publicado en Diario de Noticias de Navarra

      09 junio 2012

      UNA CONQUISTA INJUSTIFICABLE




      Con ocasión del 500 aniversario del inicio de la conquista y ocupación de Navarra por Fernando el Católico, Álvaro Adot nos ofrece un nuevo libro. Su título, “Navarra, julio de 1512. Una conquista injustificada”. Tras su magnífico “Juan de Albret y Catalina de Foix o la defensa del Estado navarro (1483-1517)” de 2005, basado en su tesis doctoral, nos encontramos con otra obra también consistente, basada de igual modo en documentación de la época y muy bien estructurada y centrada tanto en la situación real del reino como en las justificaciones utilizadas por el aragonés en la etapa de su conquista.

      La obra consta de dos partes. La primera, en la que el autor hace una sintética y clara descripción de la situación de las potencias implicadas en el momento de la conquista. Resulta de gran interés la exposición que presenta de las guerras y conflictos en los que se vio incurso Fernando de Aragón en Castilla, en la que quedó como regente tras morir su esposa Isabel en 1504. En efecto, el aragonés fue desterrado de Castilla en 1506, para volver a ocupar la regencia en agosto de 1507. Todo ello en un ambiente de gran conflictividad social y política entre los partidarios de su hija Juana (conocida como la “Loca”) y los suyos propios. Adot deja claro el contrapunto que suponía acusar a Navarra de inestabilidad, cuando, durante esta etapa, se caracterizó por su total normalidad. Ese tipo de acusaciones y problemas no se adjudicaron en exclusiva a Navarra; eran, normalmente, simples pretextos para justificar la agresión sobre cualquier reino pacífico. Tal fue el caso de Navarra, Estado neutral en el campo europeo e internamente ordenado, a cuyo dominio aspiraba el Católico, como quedo clara según la documentación que aporta el autor. En este apartado, Álvaro Adot analiza con claridad los vaivenes de las relaciones entre Inglaterra, Castilla-Aragón (ya España en la mente del rey), Francia y Navarra-Bearne, principalmente, y las razones que llevaron a los sucesivos y diversos juegos de alianzas y tomas de posición de sus actores en la política europea del momento.

      Uno de los principales atractivos de esta obra consiste en la segunda parte, en la que Adot aporta documentos de gran interés como testimonio de las claras intenciones de Fernando de Aragón de ocupar y hacerse cargo del reino de Navarra, dentro de su estrategia española y europea. El autor incluye varios documentos de la época a los que añade, en texto aparte, sus propios comentarios, en los que contextualiza, a mi modo de ver con gran acierto, lo expresado en los originales.

      El primer texto, una autojustificación de la conquista, es una carta escrita por Fernando el 20 de julio de 1512 a su confesor, Diego de Deza, entonces obispo de Sevilla. El segundo, el famoso “Tratado de Blois” de 17 de julio de 1512, sobre el que se han apoyado la mayor parte de quienes han tratado de fundamentar la “justicia” de la conquista y ocupación de Navarra, del que Adot realiza un detallado análisis En este punto resulta de gran interés la comparación que hace el autor entre el auténtico “Tratado de Blois” y la versión propagandística del mismo que hizo correr el propio rey Fernando desde Burgos el 16 de julio, un día antes de la firma del auténtico y concebido como soporte moral e intelectual de la agresión.

      El último texto que presenta Álvaro Adot es la narración de la conquista de Navarra escrita por el diplomático, comerciante, político e historiador florentino Francesco Guicciardini, embajador de su patria, Florencia, en la corte del rey Católico los años de 1512 y 1513, es decir durante la etapa de la conquista. Es un texto de gran interés, sobre todo dada la calidad de su autor como uno de los padres de la historiografía moderna. También debe su atractivo a la objetividad con que trata los hechos, dada su relativa lejanía de los intereses que se movieron en el conflicto.

      El trabajo en su conjunto tiene un gran atractivo y oportunidad, sobre todo ante el pertinacia mostrada por personas y grupos de interés que siguen presentando como verdades históricas hechos inciertos, cuando no falsos o amañados, como es el caso del texto del tratado de Blois de julio de 1512 utilizado por el aragonés; o la no participación de Navarra en el “Conciliábulo de Pisa” de 1511. También son sugestivos los testimonios que aporta sobre la fidelidad de la mayor parte del bando beamontés a los reyes Juan y Catalina a lo largo de la última etapa de normalidad en el reino. Quienes continúan manteniendo las obsoletas tesis de “incorporación voluntaria”, “pacto entre iguales”, “permanente destino español” o la “prosperidad de Navarra tras la conquista”, quedan inermes ante trabajos como el de Álvaro Adot. Sus posiciones caen como castillo de naipes ante un soplo de viento y, de paso, se airean sus vergüenzas.

        
      Referencia bibliográfica

      Adot Lerga, Álvaro
      “Navarra, julio de 1512. Una conquista injustificada”
      Pamplona – Iruñea 2012
      Editorial Pamiela

      05 junio 2012

      LA INGENIERÍA DEL PUCHERAZO


      El ‘pucherazo’ era la estafa electoral que conoció su máximo esplendor en la época de la Restauración. Se llevaban papeletas en pucheros, y se sumaban o restaban a la urna a gusto del consumidor. El sabotaje a los comicios electorales tiene en España una larga tradición. Ya lo dijo José Antonio Primo de Rivera: “ser rotas es el noble destino de las urnas”.

      En estos días se nos propone un nuevo trastorno en la ingeniería electoral, una ingeniosa perversión de la mecánica política a aplicar en la parte sur de Vasconia. Volvemos al ‘álgebra’ del pucherazo. La modificación del censo electoral es un astuto componente que viene a renovar su fórmula tradicional. Algunos ingredientes de esta sospechosa alquimia vienen de antiguo, como la partición territorial del país, o las ilegalizaciones de grupos políticos, que hacen desaparecer una porción sustancial del electorado, más recientes en el tiempo. En esta ocasión la feliz idea consiste en una alteración de grueso calibre, como es la pretensión de incorporar unas 300.000 personas al censo actual con la excusa de que se tuvieron que ausentar por la “violencia de ETA”. Un incremento de un 13%.

      En sí, la condición básica que permite estas ocurrencias es la nula tradición democrática del Estado español. Esto se expresa en dos planos que se condimentan y realimentan. La sociedad española presenta una enorme carencia de cultura democrática; basta recordar la tradición del “¡vivan la caenas!”. Excesos de poder que suponen transgresiones impensables en cualquier sociedad democrática, en España no concitan rechazo social ni castigo electoral alguno. Cierres de diarios, ilegalización de fuerzas políticas, torturas... ocurren sin ningún tipo de inquietud popular. Los gobiernos actúan arbitrariamente con la aquiescencia pasiva de sus súbditos. Crean leyes oportunas o vulneran las existentes con descaro e impunidad.

      Esta realidad no es coyuntural o asociada a situaciones puntuales, sino estructural desde el final del absolutismo monárquico a principios de siglo XIX. La sucesión de golpes de Estado o el soporte de las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad a la organización política de su Estado forman un continuo. Un grupo militar puede entrenarse en los lugares de memoria y dolor de los vascos, como Elgeta, y nadie se ruboriza. Una simple patrulla de la Guardia Civil puede asaltar un diario, amañar informes y provocar su cierre para siempre. Aunque luego se reconozca su falsedad, el mal permanece, el cierre es definitivo, no hay ningún tipo de reparación ni indemnización.

      Lo grave, pues, no es el pucherazo, sino el sistema corrupto que lo sustenta. Así, la tradición rufianesca del sistema político español es proverbial. Preguntaron a John F. Kennedy por las condiciones que necesita un país para ser democrático y respondió: “Libertad de prensa, separación de poderes, elecciones libres”. Ninguna de ellas se cumple bajo el Estado español. La separación de poderes, base de garantía de cualquier democracia, brilla por su ausencia. Dicho en jerga coloquial: el ejecutivo dirige, dicta o sustituye, según conveniencia, al legislativo; nombra los órganos y marca las decisiones del judicial. Unos encubren a otros, se pasan el cubilete como los trileros. La banca siempre gana. Ya lo decía Humpty-Dumpty: lo que importa es saber quién manda.

      La Constitución del Estado español se sostiene en su unitarismo y en un desprecio total a la diferencia, bien sea lingüística, cultural o de otra naturaleza. Como si correspondiera a una nación, a una población homogénea o a un pacto social. Pero la conquista violenta y la asimilación forzada de naciones como la navarra, la gallega o la catalana no se pueden ignorar. En un Estado plurinacional como el español son impensables planteamientos como los que exige una democracia del siglo XXI (según el canadiense Will Kymlicka o el catalán Ferrán Requejo).

      Según Requejo, si bien desde las perspectivas liberal y democrática, los principios generales o abstractos no ofrecen dudas, plantean la dificultad del “marco” sobre el que se pretende que alumbren. Es necesaria una tercera aproximación.

      Dice Requejo que la clave “nacional establece cuál es la colectividad básica de referencia en la que se aplican o debieran aplicarse las lógicas liberal y democrática. Paradójicamente, este es un tema mucho menos analizado. Resulta sorprendente que la mayoría de las teorías de la democracia no ofrezcan una teoría del demos legítimo. Prácticamente ninguna responde a la pregunta sobre cuál debe ser dicho demos, ni quien debe establecerlo, o si pueden existir varios “demos” en una democracia. No hay teorías elaboradas sobre las fronteras legítimas. Los enfoques que responden estas preguntas no son los liberales ni los democráticos, sino los nacionalistas: el “demos” lo forma la nación. Y todos los estados son nacionalistas. Pero en contextos plurinacionales se dan nociones y valores contradictorios sobre la nación, que producen nuevas interferencias entre las concepciones que pasan por las rendijas liberal, democrática y nacional. Y parece perfectamente legítimo que los “demos” de naciones actuales que no cuentan con un estado propio, como Escocia, Quebec o Cataluña, reclamen la construcción de una democracia liberal propia. El derecho a la secesión de colectivos nacionales forma parte de un refinamiento moral e institucional de las democracias liberales ‘avanzadas’”.

      El actual sistema político español hace desaparecer el “demos” vasco (al igual que el francés). En el sentido utilizado por Requejo, el “demos” navarro  es ignorado, la nación vasca queda inerme, sin derechos: los políticos y todos los derivados de la construcción cotidiana de la realidad, como los lingüísticos y culturales. El no reconocimiento del “demos” (vasco o catalán, por ejemplo) implica una radical falta de democracia en dichos sistemas.

      El derecho a la existencia del “demos” con todas las implicaciones políticas que exige, como puede ser, la independencia política, el Estado propio, es un elemento estructural imprescindible en una democracia moderna para ser considerada como tal, para pasar la “prueba del algodón”. Su ausencia es lo que permite que el “caldero del druida” en que se cuece el ordenamiento español sea lo que es: una amalgama de elementos absolutistas,  autoritarios, militares, judiciales, corruptos..., aspectos antidemocráticos que determinan la ingeniería del pucherazo como único sistema político en vigor.