04 febrero 2010

ECONOMÍA Y ALGO MÁS

Me comenta un buen amigo lo que supone para nuestro país eso que él califica como “el coste de España”. Me decía que en estos momentos en los que la economía del Estado español está a la cola de Europa (basta con recordar a los PIGS, “pig” en inglés equivale a “cerdo” en español, citados así por el Financial Times y que son, respectivamente: Portugal, Irlanda, Grecia y… Spain), seguir formando parte de su “unidad” económica, administrativa y, sobre todo, política, supone un lastre para la sociedad vasca.

Estoy completamente de acuerdo con sus reflexiones. El pertenecer a España, con todo lo que supone de corrupción estructural y otras muchas lacras, puede abocar a Vasconia a una catástrofe económica que no nos correspondería por nuestra capacidad creativa, de innovación y producción, equiparable o superior a la de cualquier otro país europeo. Una hipotética salida del Estado español de la zona euro constituiría para nosotros un desastre de enormes proporciones y un, asimismo hipotético, retorno en condiciones negociadas por España, otro descalabro mayor si cabe.

Si a todo ello añadimos el permanente drenaje económico que supone nuestra actual dependencia de España y la inseguridad en la que se mueve tanto el Convenio económico de la CFN como el Concierto de la CAV, con sus respectivos cupos, siempre inestables y en proceso de permanente renegociación.

Pero pienso que hay más, mucho más. Y, sobre todo, de mayor calado, más profundo todavía. La cultura social y política de nuestro país ha dado sobradas muestras históricas de capacidad de reponerse ante profundas adversidades económicas y sociales. Las crisis provocadas por las guerras carlistas a lo largo del siglo XIX, a pesar de sus graves repercusiones demográficas, tuvieron una salida positiva, por lo menos desde el punto de vista productivo. Cosa semejante puede decirse de la recuperación económica posterior a la guerra de 1936 o de la que siguió a la enorme crisis “del petróleo” y la consecuente reconversión de las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado. A pesar de sufrir unas estructuras políticas contrarias a nuestros intereses y de atravesar una coyuntura internacional adversa, mantenemos una situación económica con ciertas perspectivas de optimismo.

Antes he comentado, como factor positivo, algo sobre nuestra “cultura social y política”. Y creo que ahí es donde radica el meollo de la cuestión. Muchos siglos de historia, como Estado independiente a través del reino de Navarra, primero y bajo un sistema, residual y subordinado sí, pero todavía con grandes virtualidades para su época después, el Sistema Foral, han permitido que nuestra sociedad mantuviera una organización fuerte y trabada, consistente. Esta cultura social y política constituye el soporte de lo que se puede decir es nuestra identidad como nación, tanto como lo puede ser nuestra lengua propia.

En la actual fase de globalización en la que tantas cosas cambian aceleradamente: (des)localizaciones, inversiones, tendencias, costumbres, gustos etc., pero, sobre todo, a través de las migraciones, todas las naciones que tienen capacidad para ello tienden a reafirmar su identidad. A buscarla si no la tienen clara y a propagarla si, más o menos, lo está. En esta parte del mundo en que nos ha tocado vivir, el debate principal en el seno de sus naciones es el identitario.

Cualquier país que pretenda tener hoy un futuro debe poseer un sistema social integrado, equilibrado y consistente. Para lograr ese objetivo la identidad es el elemento fundamental, es la clave del arco nacional. Sobre ella pueden construirse sistemas innovadores y empresas que los realicen, pueden establecerse redes de creatividad y productividad, a nivel interno e internacional. . El ser humano no puede vivir sin identidad. La pertenencia, el sentido de “ser con” o “estar en” es algo inherente a nuestra especie, como primates sociales que somos.

El mundo actual construye las relaciones internacionales a partir de la unidad política llamada Estado. Hoy no se puede vivir sin Estado, ya que si no se disfruta de uno propio, otros se encargan de que se pertenezca al suyo, el que han construido a su medida; además, generalmente, con malos resultados para quienes son incorporados por fuerza.

Ambas necesidades no son independientes. El Estado es el mayor generador, defensor y propagador de identidad. Cuando se vive, como Euskal Herria, bajo dos estados ferozmente unitaristas en los que prevalece el etnicismo de sus naciones originarias, como son el francés y el español, no hay más opción de futuro que la independencia política, el acceso a un Estado propio, en Europa y en el mundo.

Resulta muy bonito hacer juegos malabares con ideas como federalismo o confederación, pero son fuegos fatuos. Para federarse o confederarse tiene que haber dos, por lo menos, dispuestos a ello. En nuestro caso tal situación no sólo no se da, sino que parece absolutamente imposible, sobre todo vista la realidad histórica y presente de ambos estados. No percibo otra opción democrática que garantice nuestro presente y futuro, desde cualquier punto de vista que se mire, que la recuperación del Estado histórico de los vascos: el Estado de Navarra.