01 mayo 2009

ESTADO PROPIO DESDE UNA PERSPECTIVA CATALANA

Es evidente que, desde el punto de vista de la reflexión política por lo menos, Cataluña nos saca muchas traineras de ventaja. Mucho me gustaría encontrar en alguna publicación realizada en nuestro país con un nivel parecido al pequeño (por tamaño), pero grande (por el contenido) trabajo publicado recientemente por el profesor de Derecho Constitucional Hèctor López Bofill. Se trata de una reflexión, tan seria y profunda como clara y sencilla, sobre la oportunidad y necesidad de un Estado propio en el momento actual para Cataluña. Pienso que, por obvias similitudes históricas, sociales y políticas, para nosotros también.

Sus planteamientos responden en gran parte a la necesidad de desmontar las falacias que nos intentan vender quienes disfrutan de su Estado propio sobre la no necesidad de tal institución y por su superación en el actual contexto de globalización. El libro es un alegato, muy bien construido, sobre las funciones de los estados en la actual situación de nuestro planeta y la necesidad de uno propio en el caso de los Países Catalanes y, añado de mi cosecha, en el nuestro.

El cuestionamiento radical que López Bofill hace sobre la absoluta falta de democracia en la delimitación de las mugas, de las fronteras, de los estados actualmente constituidos en nuestro entorno, como herederas directas de los logros territoriales de los estados absolutistas precedentes, es otra de las aportaciones de gran interés de la obra comentada.

López Bofill cita con frecuencia los trabajos de Will Kymlicka, tratadista canadiense de gran importancia en estos asuntos. Una de las consideraciones de Kymlicka, que retoma López Bofill, se refiere a la contradicción que supone que las llamadas democracias occidentales acepten la discusión de cualquier aspecto de su organización interna salvo el más importante: el marco humano y territorial en el que se desarrolla su organización. Este es asumido como eterno e inmutable, parece transparente a la mirada de quien lo contempla.

Hay una cuestión en la que no puedo manifestar mi total acuerdo con López Bofill y se trata del modo en que plantea la posible solución del conflicto. En los casos de Montenegro y Kosovo parece bastante claro que el sujeto, tanto en el contexto territorial como en el de la población, no era discutido. Por el contrario, en el caso de Navarra tal marco ha sido previamente desvirtuado, precisamente por los procedimientos no democráticos originarios del Antiguo Régimen antes citados y aceptados sin ninguna crítica por sus actuales herederos, los sedicentes estados “democráticos”.

López Bofill se manifiesta contrario al uso de la violencia como método para lograr la independencia, la soberanía, el Estado propio en suma. El problema, desde mi punto de vista, consiste en un uso devaluado del concepto de violencia. La violencia real, la de los estados dominantes, se produce en las fases de conquista y ocupación y se sigue manifestando durante las etapas de su consolidación y mantenimiento. Lo que se conoce como “violencia” de los grupos que utilizan el llamado “terrorismo”, individual y testimonial, no alcanza el nivel estratégico suficiente para ser considerada como válida actualmente en el camino de la emancipación. Los estados dominantes la asumen sin problemas graves, ya que el coste que produce en su estructura es muy débil. Además, la utilización que hacen de la misma, del dolor innecesario que provoca, sobre todo a través de su propaganda a nivel internacional, conlleva el efecto contrario y se manifiesta, con claridad, como opuesta a los intereses de la nación sometida, la nuestra en este caso.

La fuerza, realmente efectiva, capaz de doblegar la voluntad de los estados dominantes, sólo puede venir de la capacidad de la propia sociedad ocupada, de su movilización, de su insumisión y rebeldía. Tal violencia, efectiva y real, es el único factor que puede conducir, al final, a su ingobernabilidad y, por ello, a posibilitar su emancipación. No existen procedimientos vicarios o delegados. Al margen de la capacidad de la propia sociedad, del pueblo en suma, no hay organizaciones “armadas” ni vías “políticas” que aceptan sin crítica el sistema político impuesto, aptos para su consecución.

Sin rechazar la necesaria movilización de la sociedad cívica, López Bofill defiende procedimientos basados en la utilización del sistema “democrático” de los estados ocupantes. El problema es que tal sistema, fundamentado en nuestro caso en la unidad de la soberanía respectiva de las naciones española y francesa, organiza los marcos electorales de acuerdo con sus intereses y con el objetivo principal de que desde su interior nunca podamos, ni catalanes ni vascos, acceder a “mayorías” capaces de un cambio real. Esta es una de las múltiples trampas que nos acechan y que se manifiestan en nuestra realidad política cotidiana. Si la movilización social es capaz de crear una masa crítica suficiente con la idea clara de la necesidad estratégica del logro de un Estado propio como el objetivo político a conseguir, las tácticas concretas de confrontación con los estados dominantes podrán incluir múltiples variantes, incluso, sin sacralizarlas y desde el mayor escepticismo, el uso de sus propios sistemas electorales.

El balance del libro de López Bofill es, en mi opinión, positivo y manifiesta, en primer lugar, la radical falta de democracia de los estados actualmente constituidos en nuestro entorno, tanto del español como del francés. En segundo, expresa la necesidad de un Estado propio como principio democrático y garantía de la consecución de unas sociedades centradas y equilibradas, ni sometidas ni expoliadas; unas sociedades democráticas y solidarias, unas sociedades libres, en suma.

Como conclusión, pienso que López Bofill ha elaborado un trabajo para leer con reposo y para reflexionar. Y, sobre todo, para obrar en consecuencia. Aquí y ahora, en Cataluña y en Navarra, como ya he indicado, considero que la primera exigencia democrática es la (re)constitución del Estado propio respectivo. En ambos casos sus estados históricos fueron sometidos y subordinados por la estructura política castellano-española en diferentes, pero siempre largos y complejos, procesos históricos. En ambos, a pesar de todo, gran parte de su contenido nacional, como la lengua y cultura social y política propias, continuó activo e incluso, por lo menos en nuestro caso, mantuvo vivas residualmente parte de sus estructuras propias y la reivindicación de su plenitud.

Unas sociedades como la vasca o la catalana, fuertes y con conciencia de ser sujeto político en los apasionantes avatares y retos del mundo actual, no tienen otra opción democrática que la consecución de su propio Estado. En esa pelea se encuentra López Bofill; y muchos de nosotros también, por supuesto. Sería muy interesante y práctico disponer, como de tantos otros libros producidos desde los Países Catalanes, de traducciones al euskera y al español.


Referencia bibliográfica:

López Bofill, Hèctor
“Nous estats i principi democràtic”
Barcelona 2009
Angle Editorial