21 marzo 2007

NAVARRA VISTA DESDE CATALUNYA

La perspectiva unánime que actualmente se ofrece de Navarra desde la prensa española resulta acorde con el pensamiento nacionalista dominante en la misma. No me resulta extraña, tampoco me asombra. Responde a esa lógica tan bien expresada por la frase: “lo más parecido a un español de izquierdas es un español de derechas”.

Por el contrario me ha resultado sorprendente, penosamente sorprendente, la visión brindada de Navarra desde la prensa catalana, por AVUI sobre todo, tras la manifestación de “reconquista” del pasado sábado 17 de marzo.

Tal vez se trata de ingenuidad por mi parte, pero me cuesta comprender que periodistas, personas en general, con una visión democrática sobre los hechos nacionales, tanto de las realidades del Estado español como de las del resto de Europa y del mundo, tengan tal ceguera (¿ignorancia?) respecto a Navarra.

Según el planteamiento utilizado generalmente, ante la “cuestión vasca” no hay más que dos alternativas: la primera, la imperial, la de la imposición del ancestral unitarismo del Estado español; la segunda, la perspectiva “sabiniana” edulcorada y representada tradicionalmente por el PNV y, hoy también por EA y, en líneas generales, por la Izquierda Abertzale.

Si una sociedad como la que hoy ocupa el territorio de la actual Comunidad Foral de Navarra (CFN) no presenta veleidades “sabinianas” o “vascongadistas”, queda automáticamente calificada como “española”. Desde mi punto de vista, esta perspectiva constituye una burda simplificación.

Desde el conocimiento que permite la historia no manipulada por los intereses de los nacionalismos dominantes (español y francés), se puede llegar a una comprensión aceptable del proceso que ha conducido a la situación actual, aunque sea de modo sencillo.

Los testimonios sobre los vascones son múltiples y antiguos. Durante el Imperio romano tenían su soporte en las tierras del entorno del río Ebro, con Calagurris (actual Calahorra, en La Rioja) como uno de sus centros más importantes. Su principal ciudad fue Iruñea, la actual Pamplona, que debe su nombre en castellano a Pompeyo (Pompeiopolis, Pompei-iluna en versión vasca; Pamplona). Tras la caída del Imperio los vascones mantuvieron una organización social y política propia, a pesar de los conflictos con los vecinos “bárbaros” procedentes del Norte y del Este de Europa instalados tanto en la península Ibérica (visigodos) como al norte (francos). El frecuente “domuit vascones” de las crónicas visigóticas de Toledo expresa los esfuerzos de conquista, por una parte, y los de pertinaz resistencia, por otra.

La culminación de los esfuerzos de afirmación frente a ambos enemigos tiene lugar en 778 en la batalla de Orreaga / Roncesvalles contra el ejército de Carlomagno. Muy poco tiempo después surge a las crónicas la existencia del reino de Pamplona. Este reino se organiza en torno a los notables vascones que, tras la caída del Imperio romano, han mantenido una estructuración política propia basada en lo que algunos tratadistas denominan como “Derecho Pirenaico”, contrapuesto tanto al Romano como al Germánico. Es un derecho basado en el uso y la costumbre y que tiene como soporte fundamental la casa (“etxea”) y la familia anexa; es un derecho en el que la persona, inscrita en la comunidad, participa en sus trabajos y decisiones.

El reino de Pamplona alcanzó su cenit territorial a comienzos del siglo XI bajo Sancho III el Mayor (“rey de los vascos” según crónicas musulmanas de la época), pero su organización política en clave “moderna” tuvo lugar a mediados del XII, bajo Sancho VI el Sabio. La concepción política del reino pasa de ser “personal”, del rey, a ser territorial, con una administración sofisticada y eficaz y, significativamente, se produce con el cambio de nombre: pasa de “reino de Pamplona” a “reino de Navarra”. En aquella época los territorios y poblaciones de La Rioja, Bizkaia, Araba y la actual Gipuzkoa eran parte del reino.

Castilla ocupó La Rioja y Bizkaia, salvo el Duranguesado, a lo largo del siglo XII, y en 1200 el Duranguesado, Araba y el actual territorio de Gipuzkoa. Durante los siglos siguientes el reino restante se extendía por ambas vertientes del Pirineo hasta que la parte ibérica, la más extensa e importante demográficamente, fue ocupada y conquistada para Castilla por Fernando el Católico en 1512. La parte aquitana continuó independiente hasta 1620, en que Luis XIII de Francia la incorporó a dicho Estado.

Navarra constituye la máxima expresión política lograda por los vascos a lo largo de su historia. No dicen verdad quienes afirman que “los vascos nunca han tenido un Estado”. Claro que lo hemos tenido y ha sido, precisamente, el reino de Navarra, estado europeo independiente y de igual rango que la Corona de Aragón, Francia, Inglaterra, Castilla o Escocia.

El actual sistema foral de los distintos territorios que actualmente forman Vasconia es el resto del sistema estatal navarro minorado y asimilado tras largos y duros procesos de conquista, ocupación y asimilación, pero sigue siendo, en potencia, el germen del futuro Estado vasco en Europa. Los navarros nunca hemos renunciado voluntariamente al mismo. La Navarra que seguía manteniendo tal nombre dentro de la Monarquía española fue reino diferenciado y con Cortes propias hasta 1841, cuando, tras la derrota en la Primera Guerra Carlista, se forzó la (mal) llamada “Ley Paccionada de 1841”. Fue una Ley para los vencidos. En ella Navarra dejó de ser “reino” y pasó a ser “provincia” y perdió la mayor parte de sus instituciones propias, comenzando por las Cortes que ejercían realmente el poder legislativo en la Navarra que controlaban.

Navarra se convirtió en una provincia “foral”, semejante en cierto modo a lo que, desde la “normalización” política que impuso Enrique IV de Castilla, ya eran las Provincias Vascongadas tras las “Guerras de Bandos”. No obstante en las profundas relaciones que se establecen durante la Primera Guerra carlista y posteriormente entre los órganos políticos de todos los territorios vascos peninsulares, es la Diputación de Navarra quien lidera los proyectos.

Los españoles siempre han considerado Navarra como una “cuestión de Estado”. Desde su conquista principal en 1512 hasta la actualidad más rabiosa. El desarrollo de la Primera Guerra Carlista en el territorio de la actual CFN supuso un enorme desgaste demográfico y económico. Quedó una sociedad inerme, diezmada por la guerra y el exilio. La frontera del territorio en que se hablaba euskera retrocedió rápidamente, en beneficio del castellano, en más de 40 Km en pocos años. El proceso aculturizador provocado por las autoridades españolas fue efectivo desde el punto de vista lingüístico. No tanto desde la perspectiva política propia, que ha seguido considerando mayoritariamente la realidad de la existencia de un reino independiente y conquistado como algo perdido y deseable de recuperar.

La “memoria histórica” de haber sido conquistados se mantiene en la sociedad de la actual Comunidad Foral Navarra. Pero la propaganda oficial del Estado aprovechó, todo hay que decirlo, algunos grandes errores políticos que en la llamada “transición” exhibieron muchos partidos “nacionalistas vascos”, que pretendieron “incorporar”, “absorber”, a Navarra en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAV). De ahí se ha seguido, en parte, la tesis que contrapone “Navarra” y “País Vasco” o a “vascos” con “navarros”. Y bien sabemos que una mentira repetida con insistencia acaba pasando por verdad.

La sociedad de la CFN mantiene una clara conciencia política diferenciada con relación a la del resto del Estado español, a pesar de la disolución que ha sufrido por la fortísima presión de los sucesivos sistemas educativos y de los medios de propaganda, en cuanto a su lengua originaria, cultura y modos de vida propios en general. La sociedad de la CAV, en cambio, la que presenta una mayor penetración “nacionalista vasca”, mantiene un alto nivel de conciencia en los aspectos lingüístico-culturales, pero un desolador desconocimiento de su realidad histórica.

En cualquier caso considerar el Régimen Foral como un privilegio o una antigualla y, por consiguiente, manifestarse opuesto al mismo, es solidarizarse con el modelo unitarista del Estado español y oponerse a un germen de auoestima, de emancipación y de democracia que con respecto al mismo debe de lograr Euskal Herria. Mantener la dicotomía de “vascos” y “navarros” no consigue más que hacer el juego a los intereses del nacionalismo español dominante.

En este artículo he pretendido aclarar algunas de las cuestiones básicas que actualmente se plantean en Vasconia y que son sistemáticamente tergiversadas por los medios de comunicación españoles. Especialmente, la existencia de una perspectiva propia, que no pasa ni por el “nacionalismo vasco” en su versión sabiniana, ni por el nacionalismo español. No sé si habré logrado proporcionar un atisbo de claridad entre tantas tinieblas, pero me alegraré si así fuere.

13 comentarios:

Octavi Fornés dijo...

Muchas gracias por aclararme algo que siempre me ha tenido en dudas. La verdad és que los argumentos parecen más consistentes si quien los defiende lo hace con energia, però esto és solo una apariencia. Por desgracia aquí, en Catalunya, que tambien hemos tenido un autèntico estado, el mal ha calado muy hondo y la mayoria de catalanes -o por lo menos los que tienen capacidad mediatica- no llegan a creerse que somos una nación. El subsconsciente engaña y hace hablar en clave de "provincia". Precisamente todos los que acusan de "provincianos", "arcaicos", "primitivos" y "anacrónicos" són los únicos acreedores de estos adjetivos.
Sea como sea, la respuesta al argumento de "jamas habeis sido 'independientes'" és el de que los EEUU tampoco lo habian sido y ahora són la primera potencia mundial; o lo que es lo mismo, alguna vez ha de ser la primera, no?
Salut!

Garate dijo...

Estoy de acuerdo en que, para lograr la independencia en un momento dado, el elemento fundamental es la voluntad popular de la sociedad que la reclame. Pero, si esa sociedad se encuentra sometida, posiblemente también presente un bajo nivel de autoestima y, en tal caso, (re)conocer su historia y aportaciones al acervo universal puede darle un pequeño (o gran) empujón.

Además cuando una sociedad tiene voluntad presente de ser sujeto político a nivel internacional, o lo que es lo mismo tener Estado propio, es porque tiene una cultura política desarrollada y el haber gozado de una situación independiente ayuda mucho.

Muchas naciones quieren estado propio, pero los estados nacionalizan, crean naciones. ¡Vaya que si nacionalizan! Se lo podemos preguntar, sobre todo, a los "franceses", pero también a los "españoles".

Andoni Errazkin Beratzadi dijo...

Es una idea genial. Si desde los Países Catalanes nos identificasen como la República de Navarra sería el semen del primer consulado navarro. Aun así os animo a que leáis la pequeña reflexión que he escrito hoy en el forum de BERRIA.info. Diserto sobre la hipótesis de lo adecuado del nombre de nuestra futura República Federativa, la República Federativa de Vasconia en las Navarras. Wasconia como perspectiva de nuestro Estado, y Navarra como perspectiva de nuestro paisaje antrópico. Por supuestísimo el Derecho Vascón, el vascuence, la toponimia de las navarras y otras herencias inmateriales a restituir. La retribución histórica deseada pasa por comprender que Vascongadas, Gasconia, Vasconia o Wasconia tienen una misma raiz, tal como nauarra, navarro, nabarra, naparroa, nafarroa, navarre, navarra tienen un mismo origen, cual es NABARROA, palabra compuesta por "naba" y "harro". Dos palabras con el fin de describir la orografía, o sea nuestro topónimo nacional para referirnos al paisaje antrópico de las tierras de Vasconia.

otra historia dijo...

En la historia de España pueden señalarse dos procesos encontrados, contrapuestos, sincrónicos durante cerca de un milenio y al cabo complementarios. Uno tiene como meta y otro como punto de partida el País Vasco. Su enunciación va a sonar a paradoja. El primero se inició dos siglos antes de Cristo y no ha terminado todavía. El segundo comenzó hace mil años y está aún sin rematar. No sé si jamás serán completados. Me refiero a la romanización de la Península todavía inconclusa a los veintidós siglos de iniciada, porque aún está por romanizar un jirón de España en los Pirineos occidentales: una parte de Vasconia. Y a la vasco-castellanización de Hispania, incompleta a los mil años de haber comenzado. ¿Paradoja? No. Realidad. Esos dos lentísimos procesos multiseculares y sincrónicos, contrapuestos y complementarios, son una realidad innegable del pasado de los peninsulares. Una realidad que ha influido decisivamente en la acuñación de lo español. Los dos tienen por pivote al País Vasco. La romanización no le ha ganado todavía por entero -sólo por ello se distingue del resto de España. Y de esa España sin romanizar- que nadie se escandalice de las dos afirmaciones- surgió el intento de vasconización de la Península por obra de Castilla, histórica prolongación -no por poco conocida menos auténtica- de la Vasconia no romanizada, o, lo que es igual, no occidentalizada aún, cuando el pueblo castellano nació de la matriz vasco-cantábrica.

No soy el primero en lanzar la idea de la acción vasconizante castellana. Menéndez Pidal al estudiar los "Orígenes del español" defendió ya la teoría de que Castilla había metido una cuña vasca en Hispania. Aludía al castellano, claro está. Cabe ampliar su tesis de lo lingüístico a lo social y a lo vital. Alartinet ha aludido a esa influencia, pero el tema merece un libro Y me parece seguro que quienes hoy se llaman vascos -en verdad están vasconizados- no son, más que les pese, sino españoles todavía no romanizados de manera integral. Ellos mantienen aún viva y vivaz la lucha iniciada contra Roma por Indíbil y Mandonio -nueva aparente paradoja. Y Castilla prosigue aún la medieval aventura iniciada por Fernán González contra lo occidental, es decir de revancha contra Roma.

No participo del optimismo del gran prehistoriador austríaco Menghin, que ha llegado a escribir: ya no existe el enigma vasco. Cree que en el neolítico llegaron a España inmigrantes caucásicos que habrían ido avanzando a través de las penínsulas y de las islas del mar Mediterráneo; habrían desembarcado en el S. E. hispánico, se habrían mezclado con los habitantes de España, entre los que había elementos de población de estirpe africana y habrían constituido las masas protoibéricas y entre ellas las vasconas. Es muy probable que acierte Menghin pero su tesis necesita pruebas más sólidas que las por él alegadas para merecer el asenso unánime de los estudiosos. Viene en todo caso a sumarse a las que establecen un estrecho parentesco entre iberos y vascones. De ese parentesco sí podemos estar seguros. ¿Fueron los vascones una tribu de los iberos africanos, como se creyó antaño, cuando se juzgó su lengua idéntica a la de éstos? ¿Constituyeron una tribu de los iberos venidos del Cáucaso, puesto que hoy su habla se enlaza por muchos estudiosos con las hablas caucásicas? ¿Derivan vascones, iberos y aquitanos de un tronco común hurro-elamio, caucásico, como quiere Menghin? ¿Fueron los vascones, según piensan Bosch y Tovar, pirenaicos iberizados por los protoiberos africanos? No es lícito asentir sin reservas a ninguna de esas hipótesis. Pero fuerzan a tener por seguro el íntimo parentesco de los éuscaros con gran parte de la población primitiva de Hispania: A) la extensión, no sólo del nombre ili o iri = ciudad, sino de otra variada serie de topónimos vascos por grandes zonas de España: por Andalucía, levante, el Ebro, la meseta -ahí están, entre otros muchos, Arriaca, la Guadalajara de hoy y el pico abulense llamado Gorría-, es decir, por el solar de expansión de los almerienses iberos, desde Río Tinto hasta el Garona -sin la celtización, la romanización y la arabización de la toponimia peninsular es seguro que serían aun más numerosos en España toda los topónimos de raíz éuscara. B ) El hallazgo de palabras y aun de frases vascas en inscripciones ibéricas: plomos y vasos -remito a la reciente síntesis de Beltrán sobre tales hallazgos- y de nombres de personas de estirpe vascona en inscripciones romanas que registran habitantes en tierras iberas -por ejemplo en el bronce de Ascoli. Vasconia no es, no, un islote aislado y perdido en el océano de revueltas aguas de la Península; es simplemente el último rincón de ésta donde se habla todavía -naturalmente muy transformada al correr de los siglos- la lengua de buena parte de los españoles primitivos.

Arqueológicamente nada distinguió a Vasconia -empleo provisionalmente esta palabra con la amplitud inexacta con que hoy se usa por los vascos- del resto de España. En el paleolítico superior conoció la cultura franco-cantábrica y en el epipaleolítico las culturas aziliense y asturiense. Hasta ella penetró en el neolítico la hispano-mauritana o de las cuevas. En ella convergieron la cultura megalítica llegada a España de Oriente y de África y propagada por la costa atlántica y septentrional rumbo a los Pirineos de Occidente, la del vaso campaniforme recreada en Andalucía al contacto de los hispanos con los inmigrantes asiánieos y extendida radialmente a toda España desde la central meseta inferior, y la cultura almeriense media que subió por la costa levantina y por el Ebro. Los hallazgos arqueológicos realizados en el País Vasco y en Navarra -véanse en el libro de Barandiarán-comparados con los que se han realizado y siguen realizándose en el resto de España no dejan lugar a dudas sobre tal realidad. Los prehistoriadores no me dejarán mentir. Claro está que a la depresión vasca llegaban antes y con más intensidad las culturas y los pueblos procedentes de Cantabria, y a Navarra, los pueblos y las culturas del Centro y del Ebro; y algunos de los primeros -la civilización franco-cantábrica, el aziliense, y el asturiense- no pasaron a tierras navarras, y algunos de los segundos -la cultura de las Cuevas- no penetraron en la depresión vasca. Esa diferenciación separó ya en fecha remotísima a los auténticos vascones -aragoneses de Occidente y navarros- de las gentes de la costa: várdulos, caristios y autrigones. Esa diferenciación fue pareja de las que fueron creando los núcleos raciales y culturales primigenios de las otras tribus primitivas de Hispania. Y no contradice la innegable condición mestiza, étnica y culturalmente, de los habitantes en el doble solar de la Vasconia histórica. Cráneos dolicocéfalos de estirpe ibérica se han hallado en tierras vascongadas, según Campión, y todavía pueden distinguirse los morenos, enjutos y pequeños, de Val de Erro, de los fornidos, altos y musculosos del Roncal.

Tuve a várdulos, caristios y autrigones, es decir, a los vascos de hoy, por miembros de la gran familia cántabra al estudiar las tribus que habitaron el solar geográfico del reino de Asturias en la época romana. Los diferencian de los vascones: los geógrafos, la arqueología y la historia. Un texto de César establece la vecindad de Cantabria y Aquitania. Estrabón extendió aquélla hasta Vasconia y el Pirineo, y destacó la semejanza de costumbres de todas las gentes cantábricas que habitaban en la zona que el Pirineo y Vasconia limitaban. Los romanos distinguieron con nitidez a los vascones de los várdulos y los caristios; incluyeron a los primeros, con los otros pueblos del Ebro, en el Conventus juridicus caesaragustanus, cuya capital era Zaragoza, y a los segundos, con los cántabros, en el Conventus cluniensis, cuya capital, Clunia, estaba en el Duero. Gómez Moreno, al estudiar a los iberos y su lengua había señalado precisas diferencias arqueológicas, onomásticas y toponímicas entre el solar histórico de los vascones y el de los várdulos, caristios, autrigones y cántabros. Menéndez Pidal los distinguió asimismo al examinar algunos problemas del sustrato toponímico hispano. En su estudio sobre los pueblos del norte de España", Caro Baroja ha defendido con argumentos de peso que Cántabros, autrigones, caristios y várdulos hablaban una misma lengua y que era segura su unidad cultural y vital. No hace mucho, al historiar la lengua vasca en relación con la latina, ha reconocido aún, que ninguno de los pueblos que Ptolomeo incluye dentro del territorio várdulo o caristio tiene nombre de claro tipo vasco-aquitano. Y los textos históricos reunidos por Schulten hace muchos años aseguran la perduración de las diferencias históricas entre los vascones de ayer y los vascos de hoy hasta el año 808. Por tanto, no sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzcadi de hoy de la Navarra milenaria. Los navarros o eran iberos puros o hermanos de los puros iberos o estaban profundamente iberizados; y los habitantes de la depresión vasca si no eran Cántabros estaban muy emparentados con ellos.

Unos y otros fueron después preceltizados primero y celtizados luego, intensamente Por los Pirineos occidentales vasco-navarros entraron en España los preceltas -ilirios o como quiera llamárseles- y más tarde los celtas históricos; y si los preceltas avanzaron muy hacia el interior de la Península -hoy se los supone refugiados en la cordillera cántabro-astur y en la cárpetovetónica- los celtas se extendieron a todo lo ancho y a todo lo largo del solar peninsular de Hispania. Taracena y Vázquez de Parga primero, y Maluquer después, han ido hallando importantes restos de poblados preceltas y celtas en Navarra y antes ya se inclinaba Bosch Gimpera a reconocer la celtización de várdulos y caristios. El supuesto islote vasco fue por tanto anegado por las oleadas de los nuevos invasores de la Península. Tovar se inclina a creer que es celta el nombre mismo de la tribu: barscanes. Significaría "los orgullosos" o "los de las cimas". En las cimas habrían permanecido empecinados y orgullosos y así habrían logrado salvar su personalidad histórica, matizada, claro está, por el aporte celta -la lengua vasca acusa esa influencia -pero sin llegar a celtizarse integralmente.

Tras el aporte ibero, el celta; el pueblo vascón recibía las mismas transfusiones sanguíneas y culturales y padecía o gozaba de las mismas simbiosis o antibiosis que los otros pueblos hispanos: Los vascos continuaban la gran navegación de la historia dentro de la nave española. Y así siguieron en la etapa inmediata de ese multisecular crucero histórico, cuando los romanos pusieron pie en España.

Que me perdone Mendizábal si me parece invención peregrina de su ingenio el pacto vasco-romano contra los celtíberos, pacto que carece de toda apoyatura histórica y que absolutamente nada justifica. Sempronio Graco firmó con los vascones y con los celtíberos acuerdos parejos cuando Roma entró por primera vez en contacto con ellos, antes de iniciar su sojuzgamiento. Los romanos ganaron luego Vasconia sin gran lucha -la Vasconia abierta del Sur, claro está- y en seguida comenzó su romanización.
El vasco vuelve a acusar la nueva inundación de modo evidente. Pero el ímpetu vital y la tozudez vascona lograron conservar otra vez la maravilla e su lengua neolítica en las asperezas de sus sierras: en el Saltus Vasconum

Muchos pueblos peninsulares ibéricos o iberizados habían logrado también, como el vasco, salvaguardar sus ancestrales personalidades históricas libres del impacto de lo precelta y de lo celta. Tanto como los vascones y aun más que los vascones, pues algunos de ellos no recibieron siquiera la visita de ninguno de los dos invasores y otros consiguieron rechazar o absorber a las masas celtas llegadas antes o después hasta sus solares nacionales. Pero no ocurrió otro tanto frente a la romanización. Esta fue más pertinaz, intensa, continua y duradera. Roma ganó en España muchas batallas, como el Cid de la leyenda, después de su muerte. Después de morir como potencia imperial, su tradición cultural, recogida por la Iglesia y prolongada en la única civilización con vigencia en la Península durante algunos siglos, prosiguió triunfando en tierras hispanas.

Debemos a Caro Baroja páginas excelentes sobre la extensión y la profundidad de la romanización en Vasconia. Alcanzó un área mucho mayor de lo que solía pensarse y una intensidad tal que, según el mismo autor demuestra, los vascones, aunque parezca inverosímil, se convirtieron en agentes de romanización. ¿Dónde? En la depresión vasca. Curioso fenómeno; a un tiempo llevaron a ella su propia herencia temperamental y, con ella, algunas reliquias de su iberismo remoto y de su reciente romanismo.

Por causas que nos escapan los vascones mostraron un extraño dinamismo eruptivo con ocasión de la caída del poder romano en España. La bagaudia o revolución campesina comenzó a agitar el País en el siglo IV. No conocemos bien su proceso originario. ¿Fue provocada por el enfoque entre la hombría de las masas rurales y la declinación de su condición jurídica dentro de un régimen agrario de signo señorial? No sé, pero la bagaudia adquirió en tierras vasconas una acuidad extrema, bien conocida: aludí a ella al estudiar el prefeudalismo occidental. ¿Provocó la bagaudia la erupción del dinamismo vascón al desencadenar fuerzas vitales hasta allí contenidas? No es imposible; pero no gusto de convertir las conjeturas en afirmaciones. Cualesquiera que fueran sus causas la exaltación de la potencia histórica de Vasconia a partir del siglo V es indudable. Y lo son sus desbordes energéticos de tipo expansivo. Los he señalado dos veces. Traté de la invasión vascona de Aquitania hace unos veinte años, al examinar los cambios sufridos por el ejército ultrapirenaico en los albores del feudalismo. Y hace poco he estudiado la entrada de los vascones en la depresión vasca, al examinar los orígenes del nombre de Castilla. Ni uno ni otro desborde expansivo son dudosos. Del primero han conservado recuerdo las crónicas francas y se han ocupado los historiadores de allende el Pirineo. Scliulten, Gómez-Moreno, Menéndez Pidal han señalado, acordes en lo esencial, la entrada de los vascones en la Euzcadi de hoy. Creo haber probado que coincidió con esa etapa explosiva de un hasta entonces insospechable dinamismo vascón. Caro Baroja reconoce como hecho histórico la vasconización de la toponimia del solar de várdulos y caristios, es decir, de las provincias vascongadas; y es segura tal vasconización. Señala además que los vascones introdujeron en ellas muchos nombres con terminación en ain, que cree resultado de la romanización de Vasconia, y otros topónimos alusivos a la organización urbana y a estilos de vida que esa romanización hizo conocer a los vascones, pero que nunca existieron antes en la depresión vasca. Los cree importados por los reyes de Navarra; pero conocemos hoy bastante la historia del País Vasco y del reino de Pamplona durante los siglos VII al X y puede de ella deducirse que desde la antigua Vasconia no pudieron bajar entonces a la nueva esos extraños topónimos locales. Porque los soberanos pamploneses no dominaron durante esos siglos el solar de Euzcadi y porque en sus colonizaciones de esa época exportaban nombres geográficos con final en utri; lo acredita la toponimia vasca de la tierra riojana.

La entrada de los vascones en tierras de várdulos y caristios acaeció -no vacilo al afirmarlo- durante el período de anarquía que siguió a la caída del poder romano en España. Los geógrafos e historiadores griegos y romanos y el mismo cronista español del siglo v, Hidacio, interpusieron a caristios y várdulos entre cántabros y vascones. Los hicieron ya vecinos: Venancio Fortunato en el siglo VI y Julián de Toledo en el VI y en el X Alfonso III presenta a los vascones en los llanos de Álava. Fresca entonces su romanización, los invasores de Euzcadi llevaron a ella, con sus formas de vida nunca olvidadas -entonces introdujeron en el País Vasco de hay la rueda maciza de abolengo ibérico-, los referidos topónimos locales, producto de su intensivo contacto con Roma Al entrar en Euzcadi empujaron hacia Castilla a una parte de los várdulos y caristios; algunos se acogieron a los montes -los moradores de Tulonio, ciudad de la llanada de Álava, se refugiaron en la sierra a que dieron nombre -y los que permanecieron en sus antiguas sedes fueron inundados de vasquismo. Como cada tribu hispana al aceptar el latín creó su propio dialecto romance -donde esos dialectos se han conservado hasta hoy, como ocurre en el norte de España, las fronteras dialectales marcan las lindes de las viejas tribus primitivas-, así las tribus vasconizadas a partir del siglo v, crearon asimismo sus propios dialectos del vasco, también conservados hasta nuestros días.

Vasconia no habría llegado a romanizarse integralmente, y la zona por ella vasconizada en fecha históricamente reciente habría salvado, en su hoya y hasta hoy, unas formas de vida que le habrían sido impuestas como resultado de su conquista por los vascones de Navarra y de Aragón. Lo abrupto y cerrado de los Pirineos navarro-aragoneses habría hecho posible la perduración en ellos de la herencia temperamental primitiva. La caída de Roma, al permitirles vivir a la intemperie histórica e inducirles a abandonar su postura receptiva, habría interrumpido el curso de su romanización. El dinamismo explosivo que padecieron o gozaron en seguida y los éxitos expansivos que obtuvieron afirmaron luego su personalidad ancestral. Y la perduración a lo largo de tres siglos, hasta el mismo día de la conquista musulmana, de sus luchas con la monarquía hispano-goda, completaron el doble proceso: de detención perdurable de la inconclusa romanización y de perdurable exaltación de sus tradiciones tribales. A la hoya vasca, situada en un minúsculo rincón aislado del mundo romano, sin riquezas entonces codiciables y de difíciles comunicaciones, había llegado la acción de Roma menos intensamente que al resto de España. Encerrados várdulos y caristios entre el mar y los montes, en una depresión que no llevaba a parte alguna, no pudieron atraer la atención de los colonizadores romanos. La presencia en Velegia-Iruña -todavía avanzado el siglo IV- de una importante guarnición imperial, según el testimonio de la Notitia Dignitatum, atestigua la escasa romanización del País poco antes de la caída del señorío de Roma en la Península. Por ello después de su vasconización -ésta implicaba simplemente la afirmación de los matices vitales y temperamentales de una tribu hispana vecina, de historia no disímil aunque más saturada de iberismo-, la nueva Vasconia, aislada en su pequeño solar, pudo convertirse en un sagrado reservorio de vasquismo y por tanto de hispanismo primigenio, mientras la auténtica Vasconia, menos cerrada, más en perpetuo contacto con las gentes del valle del Ebro y en uno de los eternos caminos de comunicación entre Hispania y la Galia, era arrastrada por el torbellino de la historia islámica de España.
He estudiado con detención el tema. Los contactos entre musulmanes y vascones empezaron en los mismos días de la invasión de España. Muza cruzó el solar de Vasconia al subir Ebro arriba en su última campaña del 714. Antes del 718 los invasores ocuparon Pamplona la primitiva tierra de los vascos siguió la misma suerte que las otras tierras peninsulares en aquella hora triste en que los islamitas conquistaron nuestra patria común. Otra vez se afirmó la comunidad de destinos de todos los hispanos.

Esa comunidad de destino llevó pronto a los españoles del Norte a alzarse contra sus dominadores musulmanes. Los astures se sublevaron con Pelayo en 718 y vencieron en Covadonga en 722; por entonces debieron también rebelarse los cántabros; los vascones sacudieron el yugo islamita después de la derrota de Poitiers del 732. Todos los septentrionales fueron duramente combatidos por 'Uqba (734-739); resistieron las gentes del Cantábrico, sucumbió Vasconia. La rebelión general de los berberiscos en África y España (739-740) y las guerras civiles que durante algunas décadas asolaron a Al-Andalus permitieron a todos salvarse de la grave amenaza; el reino de Oviedo pudo afirmar su libertad y los vascones pudieron recuperar la suya. La serrana y marítima monarquía asturiana abarcó una larga faja de tierra que iba desde el Finisterre al Pirineo. La loca geografía del País y el no olvidado secesionismo hispano dificultaron la unión de los gallegos y de los vascones al reino unido de astures y cántabros. Pero los soberanos ovetenses lograron a la postre la unidad. La aseguró un rey, hijo de una vasca, Alfonso II (791-842)

Entretanto la Vasconia primitiva, siempre más vinculada al valle del Ebro que la nueva Vasconia, siempre a su vez más hermanada con las gentes del Cantábrico, comenzó a vivir su propia vida. He logrado renovar la historia de los orígenes del reino de Navarra. A fines del siglo VIII Pamplona se hallaba sometida a Córdoba y era gobernada por un renegado de la familia hispano-goda de los Banu Qasi', llamado Mutarrif. Se alzaron contra él y le mataron los vascones no sabemos si por propia o extraña iniciativa. Para vengar su muerte, sus familiares, que señoreaban Tarazona y Borja, se aliaron con un caudillo de la Vasconia ultrapirenaica -¿de Bigorra?-, Iñigo Arista; juntos derrocaron a los asesinos de Mutarrif, se apoderaron del País y así surgió a la historia un nuevo reino en torno a Pamplona, no mucho después del año 800. Las vinculaciones consanguíneas y políticas entre las dos familias, vascona y muladí, permitieron a los Aristas y a los Muzas defenderse alternativamente de Aquistarán y de Córdoba. Y en adelante el nuevo reino, heredero directo de la Vasconia ancestral primigenia, vivió muy mezclado a las gentes de su propia estirpe ibérica.

La Vasconia clásica y la nueva Vasconia se separaron otra vez por casi tres siglos. La Euzcadi de hoy no había sido sometida por las huestes islamitas. La Crónica de Alfonso III, en oposición a las tierras que hubieron de ser repobladas -naturalmente por haber sufrido los zarpazos de la invasión muslim-menciona a Alava, Vizcaya y Orduña, como siempre poseídas por sus antiguos habitantes; y ello implica, claro está, que tampoco la lejana Guipúzcoa habría sido combatida por los mahometanos. En Córdoba empezaron a interesarse por la frontera oriental del reino de Oviedo a fines del siglo VII. Algunas huestes cordobesas aparecieron ya por Álava y Castilla en 792, 796 y 801; en este año fue terriblemente derrotado en las Conchas de Argazón un poderoso ejército islamita. Desde Córdoba fueron también atacados los Muzas del Ebro y los Aristas de Pamplona; los primeros se sometieron y su sumisión protegió a sus familiares y aliados pamploneses. Cerca de dos decenios se prolongó ese estado de cosas. Durante ellos los vascones de Navarra no fueron molestados por las tropas musulmanas Golpearon éstas, en cambio, sin descanso contra el solar de castellanos y alaveses. Parece pues seguro que éuscaros y vascones vivieron separados. Si la Euzcadi de hoy hubiera dependido de Pamplona, esos ataques no hubieran podido realizarse sin chocar con los Aristas y con sus aliados los Banu Muza; y fue precisamente un miembro de esa familia renegada quien en 839 invadió Álava al frente de las fuerzas cordobesas.

Las tierras vasconizadas en el siglo v -los vascos actuales- continuaron integrando por tanto el embrión de España bajo el gobierno del monarca de Oviedo. Y cabe deducir que colaboraron a las empresas comunes con lealtad y con entusiasmo, de la ausencia de todo movimiento secesionista vasco contra el Rey Casto durante el medio siglo que reinó en Asturias. A lo largo de esas cinco décadas el País Vasco resistió con heroísmo las acometidas sarracenas, como las resistieron cántabros, astures y gallegos, a cuyos destinos se hallaba gustosamente vinculado -los vascos defendieron a veces con los otros súbditos de Alfonso II los pasos de entrada a la Asturias transmontana. Mientras, el otro pueblo de habla éuscara vivía unido a los renegados del valle del Ebro, a quienes debían el poder los Aristas, y vivía de ordinario en paz con Al-Andalus. Sólo después de la ruptura entre navarros y muladíes, a mediados de siglo, por causas que he estudiado al examinar las relaciones de los vascos y los árabes, cambiaron los soberanos de Pamplona el rumbo de la política internacional y se acercaron a los reyes de Oviedo. Pero el último de los Aristas, Fortún, prisionero en Córdoba durante algunos años y abuelo de un príncipe andaluz -en su hija engendró el futuro emir Abd-Allah al padre de Abd al-Rahman III- siguió mediatizado por los islamitas cordobeses. Y fue preciso el golpe de estado del 905 -apoyado por Alfonso de Oviedo y por el conde de Pallars- para que en Navarra empezara a reinar una nueva dinastía, fiel aliada de los soberanos de Asturias y león contra los musulmanes.

Los dos pueblos de habla vasca siguieron separados: los vascos de hoy continuaron unidos a los otros pueblos cristianos, regidos desde Oviedo y en seguida desde León, la nueva sede regia. Durante muchas décadas alaveses y vizcaínos resistieron, unidos a los castellanos, los ataques de los últimos cachorros de los Banu Muza. Los vascos contribuyeron con sus hombres y su espíritu al nacimiento de Castilla; y del condado de Castilla formaron parte esencial durante el siglo x. Los documentos acreditan la importancia de la aportación vasca a la colonización de las nuevas tierras castellanas y atestiguan la extensión de la autoridad condal de Fernán González y de sus sucesores hasta muy dentro de la tierra éuscara. Integró ésta por tanto la nueva comunidad histórica llamada a los más altos destinos; y dió con ella sus primeros pasos en la historia. Sólo a fines del siglo x Navarra se anexionó una parte de Alava y sólo en 1029, tras la crisis de la dinastía condal castellana, Sancho III el Mayor incorporó a su reino la nueva Vasconia -la Euzcadi de hoy- y la Castilla de antaño, que así siguieron juntas su declinación hacia Pamplona. Castilla se separó de Navarra en 1035 y fue despaciosamente recuperando sus fronteras primitivas En 1076, a la muerte de Sancho el de Peñalén, Vizcaya volvió al redil castellano. Con la primitiva Castilla fue unida otra vez a Navarra por Alfonso I el Batallador, rey también de Aragón (1109), pero desde la muerte de este rey (1134) formó siempre parte de la Corona de Castilla. La rigieron, sí, señores poderosos pero dependientes de los reyes castellanos, como de ellos dependieron los otros muchos grandes señores del reino castellano-leonés a través de los siglos A fines del XII se incorporaron también a Castilla Alava y Guipúzcoa, la última voluntariamente. Y desde entonces el País Vasco, del cual sólo dos porciones habían vivido menos de dos siglos unidas a Navarra, vivió hasta hoy la historia de Castilla. Y con Castilla la historia de España. Cierto que las poblaciones de la costa vasca firmaron a veces pactos con potencias marítimas del Atlántico, pero otro tanto hicieron las ciudades marineras castellanas. Juntos castellanos y vizcaínos integraron una "nación" en Brujas y tuvieron la misma capilla hasta que se pelearon por cuestiones de preeminencia.

Con Juan I los reyes de Castilla fueron incluso señores de Vizcaya. Desde entonces los vascos de hoy han vivido hombro a hombro con los otros hispanos las horas alegres y las horas tristes de España. Han gozado de todas las ventajas que les procuraba el ser españoles y nunca han levantado las cargas que algunos los otros españoles soportaban -ya en el siglo XIV los castellanos protestaron de que los vizcaínos no pagasen como ellos alcabalas y sisas.

El patriotismo español de los vascos se hizo notorio cuantas veces corrió peligro su unión con Castilla. Reaccionaron unitariamente contra el acuerdo de Pedro I y el Príncipe Negro, por el cual el Rey Cruel cedía a Inglaterra el País Vasco, como compensación de la ayuda de las huestes inglesas contra su hermano Enrique II. Durante las frustradas negociaciones entre Enrique IV y Luis XI en torno al matrimonio de la Beltraneja y el Duque de Guiena, cuando el Impotente rey de Castilla estaba pronto a ceder el litoral vascongado, los vascos volvieron a alzarse contra su apartamiento de la Corona castellana -lo cuenta Mosén Diego de Valera- y obligaron a Enrique IV a jurar que nunca serían separados de Castilla. Fueron luego entusiastas partidarios de Isabel y Fernando en los comienzos de su reinado y defendieron heroicamente la frontera española contra Francia.

A principios del siglo XVI se sentían tan unidos a Castilla que, según Zurita cuenta, en 1508 solicitaron sú incorporación a las cortes castellanas y no entraron en ellas porque el espíritu caballeresco de los procuradores entendía, estúpidamente, la asistencia a aquéllas como un privilegio y no querían compartirlo con nadie -unas décadas antes se habían opuesto a la entrada en las cortes de los representantes de Logroño. Y porque el Rey Católico no tuvo gusto -ningún rey lo ha tenido jamás- en fortalecer con elementos populares a las asambleas políticas del reino -el Canciller Ayala había escrito: "los vizcaynos son omes á sus voluntades, é quieren ser muy libres é muy bien tratados". Y desde el siglo X hasta el XIX, no sólo no han alzado una sola pretensión secesionista: se han sentido muchas veces sacudidos por un entusiasta fervor español. Será tan difícil negar estos hechos como es fácil comprobarlos a cualquiera

El País Vasco ha escrito páginas brillantes de la historia española, como las otras comunidades históricas que integran España. Los vascos han hecho maravillas... como españoles y conforme a la contextura temperamental hispana. Sus magnas figuras históricas no han pensado, ni han escrito, ni han obrado como vascos; todo lo que han hecho de grande y de universal ha sido dentro de la órbita vital y cultural de España. Desde Elcano, Francisco de Vitoria -era burgalés pero de remota estirpe vasca-, San Ignacio y Legazpi, hasta Unamuno, Zuloaga y Baroja, cuantos vascos famosos pueden señalarse han sido españoles ante todo y por cima de todo; y como españoles han colaborado a las grandes aventuras culturales de Europa. España los debe al País Vasco; pero sin el resto de España ninguno de esos nombres figuraría hoy en los anales de Occidente. Y hasta el mismo nombre de Vasconia sería una sombra sin vida perdurable. Gracias a no haber vivido una pura vida aldeana y marinera entre el mar y los montes, a haber sido preciadísimas y preciosísimas porciones de España y del pueblo español, Vasconia y los vascos han ocupado y ocupan aún un puesto al sol de la historia.

Dentro de Castilla primero y de España después los vascos -para decir mejor los vizcaínos, los guipuzcoanos y los alaveses, separadamente- han logrado regirse a sí mismos durante más siglos que las otras comunidades históricas hispanas.
¡Maravilloso privilegio! lo minúsculo de su solar geográfico restaba interés a cualquier intervención autoritaria de los reyes, y su situación en uno de los puntos de fricción de España con Francia obligaba a los príncipes a mimar a los vascos; sólo así se explica que lograran salvaguardar su vida autónoma cuando habían perdido la suya: primero los grandes concejos y los grandes señoríos dentro de los reinos españoles e incluso estos mismos más tarde. Pero, ¿quién se atreverá a ver en tal perduración la base histórica de una auténtica singularidad nacional?

Poseen los vascos una contextura temperamental propia, como poseen otras distintas cada una de las agrupaciones regionales hispanas; pero su estructura funcional no los distingue radicalmente de los demás grupos humanos de España. Las características, ditirámbicas o peyorativas, que se les atribuyen coinciden en su esencia con las que constituyen la esencia de lo hispánico. Es sugestivo el paralelo entre la manera de estar en la vida que suele definirse como típica de los españoles y la contextura vital de los éuscaros o vascos; ese paralelo descubre el estrecho parentesco que las une. Tal coincidencia se explica sin esfuerzo, pares ha sido en Castilla donde se ha forjado el arquetipo de lo hispánico y lo castellano es en buena parte prolongación histórica de lo vasco. Son mayores las diferencias que van apartando a lo éuscaro de los estilos de vida de las otras comunidades humanas de Hispania. Desde el sencillo y rígido pivote de Vasconia, las varillas del abanico español avanzan lentamente hacia el barroquismo portugués, el barroquismo andaluz y el barroquismo levantino. Lo vasco sería la raíz cúbica de lo hispano; y lo portugués, lo andaluz y lo levantino, lo español elevado al cubo.

La fidelidad de los vascos a su tradicional estilo de vida tampoco ha sido dispar de la que han guardado al suyo Galicia, Asturias, Castilla,

Andalucía, por ejemplo. La única causa de diferenciación entre los vascos y los otros españoles estriba en la perduración, en una zona cada vez más reducida de Vasconia, de la vieja lengua éuscara, que Dios conserve por los siglos de los siglos. Es decir, ni la raza ni la historia ni la contextura temperamental ni el amor al ayer... separan a los vascos de los otros hermanos de España. Los distingue de ellos solamente la supervivencia entre los vascos de un habla que en el extremo límite de la hoya y de los montes vascones ha resistido al avance, allí particularmente despacioso, de la romanización. La perduración no interrumpida de ese proceso va haciéndola retroceder poco a poco, de continuo, hacia los Pirineos. El éuscaro no es por tanto el habla de todos los vascos: muchos de ellos no la entienden hace tiempo. El que hoy llamamos español es tan legítimo patrimonio de los habitantes de Euzcadi como de los hijos de Castilla. Muchos vascos comenzaron a hablarlo tan temprano como los primitivos castellanos, mucho antes que los castellanos del Duero hacia el Sur. Y es notorio que en él se escribieron las más viejas leyes constitucionales de los vascos: sus fueros. Mas, aunque así no fuese, nunca el éuscaro separaría a los vascos del resto de los españoles. Porque no es una lengua más en la Península. Es una lengua hablada en la remotísima España neolítica. No obstante su inundación por lo céltico, y lo latino, al escucharla oímos aún como un eco de las voces milenarias de nuestros abuelos de la Edad de Piedra.
Prodigio increíble si no fuera cierto. Pero es la misma lengua o es hermana de la que hablaron los pueblos cántabro-pirenaicos y varios otros viejos pueblos de Hispania, y está íntimamente emparentada con la que empleaban los iberos levantinos antes de su romanización o está inundada y saturada de iberismos -Gurruchaga acaba de aceptar esa vinculación. Es por tanto el habla de una gran parte de los españoles primitivos y no puede por ello constituir base segura de una segura distinción nacional frente al resto de España.

Vasconia o la España sin romanizar. Sí; y además la abuela de España. Como dije al principio de estas páginas, a través de Castilla, a cuya generación contribuyeron, los vascones han proyectado su espíritu y su temperamento hacia Hispania y hacia todos los pueblos hispanos, y por eso España y lo español pueden ser pensados desde el País Vasco. He aquí por qué Vasconia o la España sin romanizar es la abuela de la España actual. La abuela gruñona que no se reconoce en su nieta y reniega de ella. La abuela que sueña grandezas de tiempos pasados y que repite gestos y dichos de entonces; Jaurlgoikoa et legizarra -Dios y fueros- es un lema digno de labios medievales. La abuela tozuda que quisiera vivir como antaño -el sentido particularista de los vascos es de pura estirpe hispana. La abuela que todos comprendemos y amamos con filial devoción; a la que es prudente dejar vivir a su agrado dentro de la patria común española -también su hija, Castilla, gustó en tiempos de vivir libremente. La abuela que guarda todavía recuerdos de nuestro más remoto ayer, de un ayer muchas veces milenario, cuyas raíces se hunden en la primigenia tierra de España.

kantabro piel roja dijo...

Muy bien, muy bien. Aplausos. Pero, ¿Por qué los franceses son más kantabros que los españoles? Por qué no mencionas lo neolítico de lo kantabro a través de la ibero-bereberización y saharo-mediteranización? Por qué no mencionas lo paleolítico de lo kantabro a través de la alpinización, de la pireinización y de la dordoñización? Por qué no mencionas que Europa nació en Kantabria? Por qué no mencionas la simetría kantábrica que existe entre francia y españa? Por qué pretendes españolizar lo kantabro? Por qué no kantabrizas lo francés y lo español? Por qué no nos dejáis autodeterminar? Por qué no aceptáis que nuestra territorialidad abarca Asturia, Kantiberia, Pirenaia y Okazitania? Por qué no nos dejáis libres, y dejáis de lado la glotofagia? Por qué no nos de-jáis en PAZ? Por qué no retiráis vuestras tropas franko-hispanas de nuestras tierras nabarras?

Anónimo dijo...

Amigo, si de verdad piensas que Navarra era "el estado de los vascos" lo que queda claro es que no sabes lo que es un Estado.
En aquella época no había estados, había reinos, y reinos absolutos, con un rey poco menos que omnímodo, que como mucho permitía ciertas libertades a los señores cuyo apoyo necesitaba. Desde luego nada que ver con un estado formado por la libre adhesión y voluntad de sus ciudadanos, puesto que éstos no existían ni tenían derechos reconocidos. Un rey llegaba hasta donde podía, se casaba con quien podía y guerreaba con quien podía y eso determinaba su territorio, pero la voluntad de los súbditos a nadie se le ocurría que tuviera la menor importancia.
Por esa regla de tres, los pobrecitos vizcainos no serían sino unos sujetos vasconizados a su pesar y a la fuerza por los conquistadores vascones-navarros que habrían vulnerado su derecho de libre determinación.
Por el amor de Dios, que estamos en el siglo XXI.

Garate dijo...

Admirado "anónimo":

Es evidente, y no desinteresado, que el término "estado" presenta una anfibología clara y cada cual pone su significado y orígenes donde interesa a sus objetivos "nacionales" del presente. Puedes leer a Adrian Hastings, por ejemplo.


Para constatar la "libre adhesión" y "voluntad" de sus ciudadanos, repasa cómo se constituyeron los modernos estados español y francés.

Estudia también un poquito de historia medieval de Navarra, Catalunya o Inglaterra, por un lado, o Castilla y Francia, por otro, y verás que no todos los "reinos medievales" eran idénticos.

Como, evidentemente, estamos en el siglo XXI algo habrá que hacer para superar los "totalitarismos estatales" franceses y españoles del XIX y XX. ¿O no?

Eso pienso yo por lo menos.

Anónimo dijo...

Hablo de estado en el sentido moderno, estado de ciudadanos con iguales derechos reconocidos en una Constitución.
En el que la libre adhesión de los ciudadanos surge de la legitimidad democrática de esos textos constitucionales.
Evidentemente la historia se ha desarrollado sobre guerras, conquistas y muertes. Nadie lo duda. Lo que ocurre es que si tenemos que echar marcha atrás para ir arreglando desaguisados los que vengamos de Caín y no de Abel lo tenemos crudo.
Por cierto, lo de llamar a Catalunya reino medieval ...

Garate dijo...

Cuando hablo de Catalunya no quiero decir que fuera un "reino medieval", sólo de que el Principado formaba parte de la confederación catalano-aragonesa (con el Pais Valencià incluido), y ese sí fue, en mi opinión, un "Estado medieval", como Navarra etc.

¡Ah!, También creo que todos venimos en parte de Caín y en parte de Abel. Pero unos han sufrido más que otros. Se lo pueden preguntar a armenios, judíos, kurdos, chechenos etc. etc.

Yo, como navarro, me siento en ese sentido más próximo de Abel.

El modo de vivir una realidad social y de participar en ella procede, en gran parte, de la memoria colectiva que existe y es operante.

Amigo, ¿dónde pones el límite en el tiempo pasado a partir del cual la memoria ya no es operativa?

¿En 1936-39?, ¿En 1914?
¿En los conflictos del siglo XIX?
¿En los Decretos de Nueva Planta?
¿En la Conquista de Navarra de 1512?

Me gustaría mucho saber dónde se puede poner el corte, sobre todo si hay un contínuo histórico de reivindicación y no aceptación de unos "hechos consumados".

Anónimo dijo...

Eres un cachondo, quieres arreglar lo de Catalunya reino medieval y dices que no, que "confederación catalano-aragonesa". Confederaciones en la Edad Media, manda bemoles.
En serio, lo del "continuo histórico de reivindicación" es un cuento, hasta el romanticismo a nadie se le ocurrió hablar de "pueblos" (cuanto daño ha hehco la palabrita) ni mucho menos de reivindicaciones nacionales. El amigo Arana, que fue aquí el primero, habló en un inicio de bizkaitarrismo y luego ya, bueno, metidos en gastos ..
La memoria me parece indispensable y no creo preciso ningún corte, antes al contrario, me parece perfecto que cada cual reivindique lo que quiera.
Lo que me parece evidente es que la foralidad navarra y la autonomía vasca no han estado jamás tan amparadas y protegidas por la legalidad vigente como ahora.
Gracias a ella el tan reivindicativo nacionalismo vasco lleva 25 años gobernando.
Parece que no les ha ido tan mal.

Garate dijo...

¡Te has destapado chaval! Igualito que el de "la otra historia".
¡Una, grande y libre!, como con Franco.
Vive, pero deja vivir.
Bukatu da. Agur.

Anónimo dijo...

Se echa de menos algún razonamiento, qué se yo ... "es que no sé de que hablo", cualquier cosa.
Lo de "la otra historia" no sé que es.
Lo de Franco me da la risa, de verdad.
Lo de "Vive, pero deja vivir" me gusta, sólo pediría la recíproca.
Agur.

Antso Azkarra dijo...

"Otra historia" decia:
"(...) Y me parece seguro que quienes hoy se llaman vascos -en verdad están vasconizados- no son, más que les pese, sino españoles todavía no romanizados de manera integral. (...)"

Ja, ja... ¡¡¡ "españoles no romanizados"!!!! ¡Deja que me ria!
Dos aclaraciones. Primera: España no existia cuando los romanos. Segunda: los vascos somos anteriores a los romanos y a la creacion de ese puzzle mal encajado (a la fuerza) llamado "España".

¡¡¡Dejadnos en paz ya, visigodos!!!